miércoles, 11 de mayo de 2016

MONASTERIOS DE SAN MILLAN DE LA COGOLLA...YUSO Y SUSO


El Monasterio de Suso fundado por San Millán en el siglo V. Tiene elementos visigóticos, mozárabes y pre-románicos, predominando el mozárabe del siglo X. Según la tradición en los sepulcros del claustro fueron enterrados los siete infantes de Lara y Gonzalo de Berceo recibe su primera educación en su escuela monástica.

Monasterio de Suso


Monasterio de Suso


El acceso a la construcción se realiza desde un atrio,llamado Portaello,con un suelo de cantos rodados grises y ladrillos rojos,formando figuras geométricas y una magnifica galeria de arcos que abren sus vistas al valle.En este atrio se halla los sepulcros de los Siete Infantes de Lara ó Salas y el ayo Nuño Salido

Interior Monasterio de Suso

Interior Monasterio de Suso




Cenatofio-siglo XII

En la segunda cueva llamada Oratorio de San Millan, podemos encontrar el cenotafio de San Millán. Situado a nuestra izquierda, se trata de una escultura yacente del santo de época románica (siglo XII), vestido con ropas sacerdotales visigodas, construido en alabastro oscuro casi negro. Tiene unas medidas de 1,13 metros de altura, 2,11 metros de longitud y 1,93 metros de profundidad.

En su manos podemos encontrar esculpido un portapaz sobre el pecho con una cruz florenzada de brazos iguales, con decoración de números y vegetales. Alrededor del santo podemos ver distintas escenas de la vida del santo: dos ciegos con sus bastones y un perro lazarillo acuden a implorar el milagro del santo, una niña muerta que resucitó al tocar el sepulcro, y distintos anacoretas. Se trata de decoración en altorrelieve que rodean los cuatro lados y los cuatro angulos formando un total de seis escenas. El cenotafio se apoya en un soporte con seis mensulas. Se le considera de una época tardo-románica o proto-gótica.

La cueva-sepulcral conserva la lauda del fundador de la segunda mitad del siglo XII,construida en alabastro negro y decorada con su escultura yacente,revetida con ropajes sacerdotales,alba,casulla y estola sobresaliendo una cruz labrada sobre su pecho con decoración de números y vegetales

La Leyenda de los infantes de Lara, incorporada al Romancero y cuyos hechos responderían a una realidad histórica situada en el último cuarto del siglo X, tuvo un éxito considerable en la Castilla de la Edad Media.

Según ella, los siete hermanos, hijos del noble Gonzalo Gustioz, fueron capturados por los musulmanes en una emboscada preparada por Ruy Velázquez, trasladados a Córdoba y decapitados. Los cadáveres se condujeron a Castilla y según una tradición no textual, fueron depositados en unos sepulcros pétreos que se ubicaron en el pórtico meridional del monasterio de San Millán de la Cogolla de Suso. De este modo, el monasterio fue también conocido como panteón de los siete héroes castellanos.

Mudarra (también llamado «hijo de la renegada»), hijo bastardo de Gonzalo Gustioz (padre de los infantes) y de una hermana del mismo Almanzor, recibió su educación de este caudillo musulmán. Vengó después la muerte de sus hermanastros.

Al menos desde el siglo XVI, los monasterios de San Millán de la Cogolla y San Pedro de Arlanza pujaron por la pretensión de conservar la sepultura de los siete jóvenes asesinados. El apasionamiento llevó a que en 1600 el abad del monasterio riojano, fray Plácido de Alegría, procediera a la apertura notarial de los siete sarcófagos ubicados en el pórtico del primitivo asentamiento en Suso, a fin de certificar su autenticidad.

La aparición de los cadáveres descabezados fue prueba que, poco tiempo después, convenció tanto a Sandoval como a Yepes para sellar la contienda a favor de la Cogolla. De este modo, el monasterio se conoció también como panteón de los siete héroes castellanos. Años antes, en diciembre de 1569, se habían encontrado en la iglesia parroquial de la villa de Salas «las cabeças de los siete Infantes dentro de vn arca de madera, cubiertas con vn lienço»

Los sarcófagos de los siete infantes de Lara se encuentran en el Monasterio de San Millán de Suso. Las cabezas de los infantes están en la iglesia de Santa María de Salas de los Infantes, y el sepulcro de Mudarra se halla en la Catedral de Burgos.



En esta misma cueva, a la derecha encontramos una oquedad artificial, formada por tres huecos, cada uno de ellos con una arcada de medio punto, y que hacía la veces de altar y sagrario para San Millán. Algún autor considera que pudiera ser el altar más antiguo de España.

Monasterio de Yuso


La portada de acceso al Monasterio se realizó en 1661 y el ella se puede ver el relieve de San Millan "Matamoros"ya que según la tradición combatió al Islam junto con Santiago en la batalla de Simancas.El zaguan se construyó un poco mas tarde en 1689,todo ello da acceso al Salón de los Reyes.





Escudo de armas (Castilla,Borbon,Navarra y León)

Cabe recordar que en los muros de este recinto monástico fue donde, hace más de mil años, unos monjes escribieron las primeras palabras en romance: una lengua que, evolucionada, hoy conocemos como castellano o español. En San Millán fue también donde escribió sus obras el primer poeta en lengua española conocido, Gonzalo de Berceo. Tras la declaración como Patrimonio de la Humanidad, el Gobierno de La Rioja ha realizado un notable esfuerzo para favorecer la protección y cuidado de los monasterios e investigar, documentar y difundir los orígenes de la Lengua castellana, a través de la constitución de la Fundación San Millán de la Cogolla y la creación del Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española (Cilengua)
Los monasterio de San Millán son conocidos como "cuna de la lengua", "cuna del castellano", o "cuna del vascuence"

Una lengua no nace. Se hace. Las Glosas Emilianenses no indican un momento ni el lugar exacto en que comienza a existir el castellano. Sin embargo, San Millán se ha convertido en el símbolo del nacimiento de la lengua casellana. En torno a su sriptorium, biblioteca y archivo un monje escribe por primera vez, de forma consciente, en el habla del pueblo. No son palabras sueltas, no son traducción de un texto en latín.
Surge así el el primer pasaje de prosa continua, una muestra de un sistema lingüístico, perfecto en sí mismo, en razón de su utilidad comunicativa, alejado ya de los esquemas latinos, con independencia lingüística consciente. Y en este mismo marco, sólo algunos siglos más tarde, escribió sus versos Gonzalo de Berceo, el primer poeta de nombre conocido de nuestra literatura.
Ninguna otra lengua conocida, de extensión e importancia comparables a la española, puede ser atribuida y asociada a un monumento y entorno natural tan singularizado y concreto como San Millán.
Pero San Millán es mucho más que un conjunto arquitectónico singular, más que unas glosas en romance, más que el lugar en que desarrolló su vocación y escribió Berceo. El verdadero tesoro que encierran estos Monasterios, lo que han dado al mundo y les ha hecho merecer el reconocimiento de la comunidad internacional es, precisamente, un patrimonio lingüístico.

Glosas emilianenses,Salon de Reyes

Claustro de dos plantas,la inferior inicida su construcción en 1549,con arqueria gótica pero concepción renacentista,la superior clásica con columnas toscanas

Claustro inferior,llamado procesion,porque por el recitaban los monjes sus oraciones recorriendolo,las estatuas están mutiladas,por el paso de las tropas Napoleónicas.

La Iglesia del Monasterio,es lo primero que se hizo de todo este conjunto,comenzada en 1504,se terminó 36 años después (está catalogada dentro del gótico decadente).El Retablo de Altar mayor contiene un lienzo de Frai Juan Ricci,de la escuela del Greco que representa a San Millan a caballo en la Batalla de Hacinas.La rejeria de Sebastian de Medina de 1676 completa el conjunto artistico de la capilla mayor.

Coro bajo



Púlpito de nogal posiblemente del siglo XVI


Dos veces al año,en el equinoccio,durante escasos minutos,el sol entra por el roseton de la Iglesia,atraviesa el circulo que corona el trascoro e incide en el centro geométrico de la iglesia,lo que demuestra su perfecta orientación.

Sacristia,antigua Sala Capitular,está presidida por un retablo barroco con talla de Nuestra Señora Reina de los Angeles,un techo espléndidamente pintado con frescos del siglo XVIII,sobre los muebles cajonera de madera de nogal(que se usan para guardar las vestimentas) hay veinticuatro oleos sobre cobre de estilo barroco.

Sacristia



Sacristia,retablo renacentista del siglo XVI de San Braulio y Santa Catalina

Gonzalo de Berceo
El primer poeta español, de nombre conocido nace en Berceo en torno a 1196. Recibe una primera educación, durante su niñez, en el Monasterio de Suso. Tras su formación universitaria en Palencia, siendo ya preste, vuelve hacia 1226 a Berceo. Compagina su labor de clérigo con la de notario eventual del Monasterio de San Millán.
Debido a su condición de notario, el poeta tendría libre acceso al archivo y biblioteca del monasterio que ya por entonces podrían haber sido trasladados parcial o totalmente a Yuso, cuya construcción se remonta a 1067. En el contacto con la documentación emilianense es donde, sin duda, surgiría su vocación literaria.En la biblioteca del monasterio encontraría la vita latina que San Braulio había dedicado al santo fundador, a partir de la cual escribe el poeta hacia 1230 su primera obra, la Vida de San Millán.
Después vendría, hacia el 1236, la Vida de Santo Domingo de Silos, santo nacido en la cercana localidad de Cañas, hacia el año 1000 y que siendo abad del Monasterio de Suso fue desterrado del reino de Pamplona-Nájera por el rey García. Pasó Domingo a tierras de Castilla donde sobre las primitivas ruinas de San Sebastián fundó el actual monasterio de Silos.Otras obras son el Poema de Santa Oria, el Martirologio de San Lorenzo, Milagros de Nuestra Señora, El duelo de la Virgen y Los loores de Nuestra Señora, El sacrificio de la Misa, Los signos del juicio final y tres Himnos.Además del Libro de Alexandre, se le atribuyen tres obras perdidas: Historia de Valvanera, Traslación de los Mártires de Arlanza, y Traslación de San Millán.

Fray Juan Ricci

Fray Juan Ricci está considerado como el mejor pintor claustral español. Fué además, un teórico. Perteneció a una familia de pintores. Su padre, Antonio Ricci, vino desde Italia para decorar el Escorial. Su hermano, Francisco, fué pintor del rey en 1656. Debió educarse con su padre, y es discípulo de Maíno.
En 1627 abandona la corte y se hace benedictino. Realiza sus estudios de Teología en Irache y de Derecho en Salamanca. Todo ello le dotará de un auténtico conocimiento erudito que explotará en sus escritos sobre arte.
Conocedor de varias lenguas antiguas y modernas, reclamará, muy en la línea de la época, la liberalidad de la pintura, sobre todo en su tratado de La pintura sabia (1660-1662), dedicado a la duquesa de Béjar. Este texto sigue la tradición albertiana al requerir para el pintor el estudio de la geometría, la perspectiva y la anatomía, a la que suma el papel esencial de la pintura como divulgadora de la imagen religiosa, convirtiendo al pintor en un emulador del Deus pictor. Todo ello se acompaña de hermosos dibujos en los que hace patente, además, su conocimiento de la arquitectura.
En 1641, tras ser nombrado profesor de dibujo del príncipe Baltasar Carlos, se le aparta por motivos políticos. Desde entonces realizará varios periplos por monasterios castellanos de la orden, que combinará con estancias en Madrid. No deja de trabajar como pintor en todos ellos.
Trabaja en el monasterio de Yuso entre 1653 a 1656. Viene para pintar los ocho lienzos del retablo mayor de la iglesia. Destaca el motivo central: San Millán a caballo en la batalla de Hacinas. Pinta además, otros lienzos para distintos retablos de la iglesia y cuatro retratos de reyes. Es el mayor conjunto conservado del artista.
Su pintura evoluciona muy poco, permaneciendo alejada de las novedades que se imponen en la corte o las que conocerá posteriormente en Italia. Aunque su pincelada es suelta y refleja una gran libertad de toque, lo más acertado de su obra es la gran severidad de los personajes de sus ciclos monásticos. A ello hay que añadir el excepcional retrato de fray Alonso de San Vítores del Museo de Burgos.

Millan el Ermitaño
San Millán es uno de los confesores hispanos más celebrados de la España visigoda. Debe la extensión de su fama a la Vita Sancti Emiliani escrita por el obispo San Braulio de Zaragoza, y más tardiamente a la Historia del Señor San Millán de Gonzalo de Berceo. Su fama también lo hizo tener una presencia en la iconografía, imaginería popular, leyendas, apariciones en batallas libradas contra los moros. Todo esto produjo un oscurecimiento de la verdadera figura de San Millán, monje pobre, eremita y santo.
Millán es hijo de pastores y pastor él mismo desde su niñez. Siendo joven se hace discípulo del ermitaño Félix, llevando vida solitaria y penitente en la provincia de la Rioja, en la montaña de Bilibio, cerca de Haro. Habiendo aprendido el tenor de vida eremítico, vuelve a su pueblo para internarse en los montes Distercios. Pasa allí cuarenta y cuatro años. Según Gonzalo de Berceo, «confesor tan precioso no nació en España...
De la soledad es llamado por su obispo Dídimo de Tarazona al presbiterado, asumiendo prontamente la parroquia de Santa Eulalia en su pueblo natal Berceo. El paso por la parroquia resultó en un estruendoso fracaso. Fue acusado de malversación del dinero parroquial por sus hermanos sacerdotes y reprendido por el obispo. Finalmente decide volver a su soledad. Se retira al valle de Suso o de arriba, cercano a su pueblo, donde trascurre la última etapa de su vida. En torno al santo va formándose una comunidad de hermanos y hermanas que formarán después de la muerte de San Millán el monasterio de San Millán de la Cogolla.
Ya en vida, San Millán es visitado, consultado y venerado. Salió al parecer muy poco de su eremitorio. La última salida que hace es para anunciar la destrucción de algunas ciudades de Cantabria. Un poco después muere con más de cien años.
Sus restos fueron venerados durante mucho tiempo en el mismo lugar de su ermita. En el 1076 sus restos son trasladados a la nueva Iglesia de Yuso o de abajo. Los restos de San Millán reposaron allí desde entonces.






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martes, 10 de mayo de 2016

MIGUEL ANGEL BUONARROTI.... LA CAPILLA SIXTINA,SUS MENSAJES Y UN SONETO



Sentado en lo más alto del andamiaje de madera, con la cabeza y los hombros echados hacia atrás, doliéndole el cuello, chorreándole la pintura por la cara, escociéndole los ojos, Miguel Ángel trabajaba día tras día del alba hasta el anochecer en sus monumentales frescos de la Capilla Sixtina, en el techo del Vaticano, en Roma.

La Capilla Sixtina es uno de los más famosos tesoros artísticos de la Ciudad del Vaticano, construida entre el 1471 y el 1484, en la época del papa Sixto IV, de donde procede el nombre por el que es conocida, aunque inicialmente se llamó Capilla Palatina. Su arquitecto fue Giovanni d'Dolci siguiendo los modelos de las antiguas plantas basilicales romanas las cuales por su parte se inspiraban estructural y arquitectónicamente en antiguos edificios griegos como el Concejo del Ágora ateniense
A veces trabajaba hasta 30 días sin parar. Se sentía enfermo de dolor, sufría vértigos y temía estar perdiendo la vista. En 1510, a la mitad de su maratónica tarea, escribió un poema en el que declaró, traducido libremente: “Estoy donde no debo: ¡no soy pintor!”
En efecto, Miguel Ángel Buonarroti se consideraba primero y más que nada escultor de mármol, y tenía muy mal concepto de sus habilidades pictóricas. Nacido en 1475, tenía 33 años cuando el papa Julio II lo mandó llamar a Roma y le encargó que repintara el techo de la Capilla Sixtina. La capilla ceremonial había recibido el nombre del tío de julio, el papa Sixto IV, para quien se construyó entre 1473 y 1481. Las paredes estaban llenas de pinturas magníficas de maestros como Botticelli y Perugino.


                                           
Genio solitario Busto en bronce de Miguel Ángel,hecho en 1565 por su amigo Daniele da Volterra
que refleja la soledad de un hombre dedicado por entero al trabajo.
Al principio, el papa Julio había querido que Miguel Ángel —que aceptó el encargo con reticencia— decorara el techo abovedado con retratos de los 12 apóstoles. Pero el artista pensó que eran “temas pobres” y decidió cubrir la superficie con su visión de la Creación.
Para alcanzar el altísimo techo, diseñó un andamiaje móvil de madera en el que podía pintar de píe o hasta caminar si quería. Aun así, en cuatro años y medio llegó a sentir que lo limitaba.
Empezó a trabajar en el verano de 1508, con la ayuda de seis asistentes que le mezclaban la pintura, le amasaban el yeso y a veces lo auxiliaban pintando. Su plan maestro era llenar la bóveda de frescos, desde las ventanas hasta el techo: acuarelas pintadas en yeso húmedo recién aplicado. Esto tenía que hacerse muy rápidamente, antes de que se secara el yeso.
Un error significaba tener que desprender el yeso y comenzar de nuevo. Sólo una vez tuvo que hacer esto el genial Miguel Ángel.
Primero hacía sus bocetos en papel y perforaba las líneas con un clavo. Luego sostenía el papel contra el techo y soplaba carboncillo pulverizado por las perforaciones para marcar el boceto en el yeso húmedo. Luego pintaba siguiendo las marcas, improvisando y detallando a veces conforme adquiría confianza.
Sus nueve escenas se sucedían en línea recta directamente arriba. Iban de la “Separación de la luz de la oscuridad” (la Creación), sobre el altar, a la “Embriaguez de Noé” (que muestra al hombre en su mayor alejamiento de Dios), sobre la entrada. Rodeando los grandes frescos e intercalados con ellos había una animada disposición de profetas, sibilas, antepasados de Cristo, desnudos masculinos que reproducían la belleza humana perfecta, y escenas que representaban la salvación de la humanidad.
En total creó unas 300 figuras del Antiguo y Nuevo Testamentos, cada una con sus propias características, expresión facial y pose: más de 1 022 m2 de superficie pintada.
A medida que la obra adelantaba, fue despidiendo a la mayoría de sus asistentes, alegando que les faltaba inspiración. Hombre fuerte, de mediana estatura y anchos hombros, soportó resueltamente los rigores del invierno romano, con el helado viento del norte y la lluvia que se colaba por el techo y creaba moho en partes de la pintura.
Comía sin dejar de trabajar (principalmente pedazos de pan) y de noche dormía irregularmente, vestido y calzado, en su estudio cercano. Sufría tanto mental como físicamente, y en enero de 1509 declaró, en carta que dirigió a su padre: “Nada le pido al Papa pues no me parece que mi trabajo marche de manera que lo amerite. Esto se debe a la dificultad del trabajo y también a que no es mi profesión. En consecuencia, pierdo el tiempo infructuosamente. Que Dios me ayude.”
El Papa compartía la desconfianza de Miguel Ángel y periódicamente visitaba la capilla, y subía por la escalera hasta lo alto del andamiaje para inspeccionar las pinturas. Esto dio lugar a agrias discusiones entre ellos. En el verano de 1510, por ejemplo, cuando la obra estaba semiterminada, el papa julio quiso saber cuándo estaría acabado el resto del techo. “Cuando me satisfaga como artista”, replicó Miguel Ángel. El Papa frunció el ceño y dijo ásperamente: “¡Y nosotros queremos que seas tú quien nos satisfaga y que la termines pronto!”

 

En otra ocasión, el Papa, de 66 años, amenazó con hacer arrojar físicamente al pintor andamio abajo si no trabajaba más deprisa. “¿Cuándo estará terminada?”, exigía saber Julio. “Cuando esté terminada”, replicaba Miguel Ángel ásperamente. El Papa enrojecía de ira y lo remedaba: “¡Cuando esté terminada! ¡Cuando esté terminada!” Levantaba entonces encolerizado su bastón y golpeaba a Miguel Ángel en un hombro.
La pareja hizo las paces más tarde y Miguel Angel reanudó él trabajo, pero en otoño —no por primera vez— se quedó sin dinero. No fue sino hasta febrero de 1511 cuando hubo dinero suficiente para continuar con la obra.

Para entonces, la gente que trabajaba en el Vaticano ya se había acostumbrado a la extraña apariencia de Miguel Angel en su ir y venir por la capilla a grandes pasos. Llevaba cabello y barba manchados de colores; su ropa eran harapos con pegotes de yeso, e iba cabizbajo, pues la luz exterior le hería la vista.

En las calles de las afueras muchos lo creían loco y se mofaban de él a su paso. Trabajando solo y sin distracción, terminó por fin su vasta obra en otoño de 1512, casi cuatro años y medio después de firmar el contrato con el Papa. Se retiraron el andamiaje y los lienzos de cubierta, y Julio y su corte vieron el techo terminado la víspera de Todos los Santos (el 31 de octubre). Al día siguiente se reabrió la capilla con la ceremonia de consagración por el Papa. Miguel Ángel no asistió al acto. Ansiaba volver a su escultura, y escribió a su padre: “Terminé la capilla que estaba pintando... El Papa está muy satisfecho.”

Las obras de Dios y del hombre En una serie de nueve paneles del techo de la Capilla Sixtina del Vaticano, se aprecia la concepción de Miguel Ángel de la creación del universo. Los andamios (izq. abajo) dan idea de las dimensiones de la capilla, cuyo techo se alza a 21 m. con 40 m de largo y 13m de ancho

Juicio Final Capilla Sixtina de Miguel Angel
El Juicio Final. En 1535, unos 25 años luego de que Miguel Ángel Buonarroti pintara la bóveda de la Capilla Sixtina, el Papa Pablo III le encargó el más grande mural jamás pintado sobre el Juicio Final, para decorar el ábside de la capilla. Fue terminado en 1541 por Miguel Ángel y entre 1980 y 1999 se llevó a cabo su limpieza y restauración.

Los mensajes que ocultó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina

Gran número de expertos en cábalas aseguran que en muchas de las pinturas que Miguel Ángel realizó se encuentran ocultos mensajes sobre sus desencuentros con el pontífice.

La construcción y posterior decoración de la Capilla Sixtina no fue solo una gran obra magna, sino que también representó las continuas disputas y ambiciones personales de los distintos pontífices que ostentaron el cargo a lo largo de los años que duraron las obras.



                                       
              David y Goliat forman la Ghimel, de gvura -orgullo- … 

Fue Sixto IV quien ordenó en 1477 la restauración de la Capilla Magna, dándole a esta su nuevo nombre (Sixtina), pero en los siguientes 30 años, cuatro papas más ostentaron el cargo, querie  ndo cada uno de ellos dejar impreso su nombre a través de la historia. De esta manera, se encargó el trabajo de decorar y pintar la capilla a varios artistas de renombre, los más destacados Rafael, Botticelli y Miguel Ángel.

Julio II, quizás el más ambicioso de todos los pontífices que habían participado hasta el momento en el proyecto, quiso modificar la obra para convertirla en un mausoleo dedicado a su persona que incluyera un monumento funerario constituido como la mayor tumba construida desde tiempos de los egipcios.
Esto llevó a continuos desencuentros entre el artista y el papa, por lo que todo parece indicar que Miguel Ángel utilizó sus conocimientos del movimiento neoplatónico surgido en la Florencia de los Medici que tanto molestaba a la Santa Sede.



                                  
El apostol Zacarias con el rostro del Papa Julio II.… Miguel Ángel pintó más de 400 personajes entre los años 1508 y 1512. En algunos de ellos escondió y camufló diferentes mensajes en las que hacía un reconocimiento a las raíces judaicas de la religión cristiana. Algunas de estas claves han salido a la luz después de muchísimos años de investigación; Aquí puedes ver las más significativas.


                                                      Aminadab y los cuernos del Diablo 

 Las disputas con el pontífice le llevaron a realizar la representación del profeta Zacarías, al que le pintó el rostro de Julio II y tras él una pareja de niños.
También podemos encontrar a otro curioso personaje realizando un gesto obsceno: Aminadab, que hacía con sus manos la cornamenta satánica. Este dibujo se encontraba sobre el del papa, por lo que se interpreta que dichos cuernos iban dirigidos hacia él. En el brazo de Aminadab también pintó un círculo amarillo, el símbolo de la vergüenza que los hebreos fueron obligados a llevar.
             
  Judit junto a su esclava forma la letra hebrea Chet

  Judit junto a su esclava forma la letra hebrea Chet  Algunos comentan que el dibujo de Judit junto a su esclava forma la letra hebrea Chet, de chessed (piedad), raíz fonética de hassidim (judíos observantes). A su vez, otra escena en la que podemos encontrar una letra oculta entre sus protagonistas es la que representa la lucha entre David y el gigante Goliat , formando la letra Ghimel, de gvurá (orgullo).
Muchos son los simbolismos que se dan a las diferentes representaciones del Génesis pintado por Miguel Ángel; lo que no sabremos jamás es hasta qué punto se hicieron con verdadera intención y cuales son la causas directas de las extrañas teorías sin fundamento por parte de los estudiosos respaldados por las pseudociencias.

                                          TOMASO CAVALIERI

De los más de 500 sonetos que Miguel Ángel compuso muchos fueron dedicados a Cavalieri. En ellos se refleja una poesía amorosa adherida a las convenciones de la época y plasman su adoración por el joven que para el artista parecía un reflejo de la belleza eterna:


"Veo con vuestros bellos ojos una dulce luz,

Que con los míos ciegos ya ver no puedo;
Llevo con vuestros pies un peso, adosado,
Que de los míos no es ya costumbre.
Vuelo con vuestras alas sin plumas;
Con vuestro ingenio al cielo siempre aspiro;
De vuestro arbitrio estoy pálido y rojo,
Frío al sol, calor en las más frías brumas.
En vuestro querer está solo el mío,
Mis pensamientos en vuestro corazón se hacen,
En vuestro aliento están mis palabras.
Como la luna a sí solo me parece estar;
Que nuestros ojos en el cielo ver no saben
Sino aquello que enciende el sol."

 https://www.facebook.com/notes/arte-y-cultura-tv/los-mensajes-que-ocult%C3%B3-miguel-%C3%A1ngel-en-la-capilla-sixtina/289906041034536
 http://www.portalplanetasedna.com.ar/sixtina.htm
 http://unapizcadecmha.blogspot.com.es/2013/01/miguel-angel-buonarroti-cartas-de-amor.html





jueves, 5 de mayo de 2016

III CONCILIO DE TOLEDO Y LA CONVERSIÓN DE RECAREDO


Con anterioridad al Concilio III, se habían celebrado en Toledo otros dos, que abren el orden numérico de la serie de Concilios toledanos. El Concilio I tuvo lugar en plena época romana (397-400), y giró en torno a las secuelas de la crisis priscilianista . 
El II Concilio se reunió el 17 mayo 527, durante el reinado de Amalarico, bajo la monarquía visigodo-arriana. 
Con el III Concilio de Toledo las reuniones eclesiásticas se convierten en asambleas representativas del reino, acudiendo a dichas congregaciones magnates, obispos, nobles y el rey para tratar asuntos políticos.
Fue en el año 586 cuando Recaredo sucede a Leovigildo, a comienzos del 587 se había convertido ya al catolicismo. Es curioso y significativo ver cómo en las fuentes hispanas se omite el hecho de que su hermano Hermenegildo fuese católico, ni siquiera Leandro de Sevilla hace referencia a él con motivo del III Concilio de Toledo, en que Recaredo y su mujer, la noble Baddo, declaran su conversión, acompañados de un nutrido grupo de nobles y obispos visigodos. No hay apenas ninguna mención del papel de Recaredo en la guerra entre su padre y su hermano, sólo que un año más tarde ordenó matar al ejecutor de Hermenegildo. Parece como si se hubiera procedido a un pacto de silencio entre la jerarquía real y la eclesiástica sobre tan oscuro pasado.
Se menciona a Recaredo como el continuador de la gran obra unificadora de Leovigildo, pero con la matización de que ésta se vio oscurecida por la perfidia religiosa. El nuevo rey es el adalid del catolicismo y quien consigue la unidad religiosa. La moderna historiografía, en diversas ocasiones, ha mitificado este hecho y su inmediata consecuencia: la celebración del mencionado III Concilio de Toledo. Sin embargo, el Concilio, según se deja traslucir de las intervenciones del propio rey, de la homilía de Leandro y del contenido en general, debió ser un intento de negociación de unificación religiosa, pero de gran alcance político. Sin pretender negar una conversión real, parece que el entramado político es mucho mayor y no simplificable a una identificación de unidad religiosa-unidad nacional, una vez liquidada la monarquía visigoda. El rey ponía una serie de condiciones en lo relativo a su intervención en el nombramiento de obispos, de este modo, los arrianos verían facilitado su paso a la confesión católica, sin necesidad de reconsagrar iglesias o rebautizarse; el clero católico tendría capacidad jurídica sobre diferentes causas y control en la política administrativa, en definitiva, se hacía patente algo que ya fue irreversible en lo sucesivo: la fuerte implicación entre Iglesia y Estado.
No todos los sectores vieron bien las consecuencias de este Concilio, del que Recaredo salía fortalecido en su papel de rey frente a ciertas tendencias nobiliarias, que no verían con buenos ojos esta fusión, ni la prepotencia de algunos hispanorromanos. De hecho, hubo algunos intentos de usurpación como el de los nobles de Mérida, como Segga, con el obispo Sunna a la cabeza, descabezada por la traición de uno de ellos, Witerico, el que luego sería rey, y por la intervención militar del dux de la Lusitania, el hispanorromano Claudio, según se documenta en las Vitas sanctorum patrum Emeretensium. Este mismo Claudio sofocaría otra rebelión en la Narbonense, de Granista, Wildigerno y otros nobles, también con un obispo arriano en sus filas Athaloco. Incluso hubo un complot por parte de su madrastra Gosvinta y el obispo Uldia, sofocado rápidamente. Al lado de estos intentos, tuvo también que combatir a otros grupos, como a los vascones y a los bizantinos, éstos acaudillados por el dux Comenciolo.
El Tercer Concilio de Toledo comenzó el 8 de mayo de 589, en la ciudad hispánica de Toledo, y en el cuál el Reino Visigodo de Toledo dejó oficialmente de ser arriano; el rey Recaredo hizo profesión de fe católica y anatematizó a Arrio y sus doctrinas; se atribuyó la conversión del pueblo godo y suevo al catolicismo. Varios obispos arrianos abjuraron de su herejía. Las resoluciones del Sínodo arriano de Toledo del 580 fueron condenadas.
Los reyes sucesores fueron los protectores de la nueva religión oficial; ellos eligieron a los obispos e impulsaron la cultura de las escuelas y de las bibliotecas episcopales y de los monasterios. Adoptaron el latín como lengua, con algunas influencias germánicas.
En cuanto los obispos se reunieron en Toledo el rey visigodo Recaredo I les comunicó que había levantando la prohibición de celebrar sínodos y a continuación los prelados se retiraron a ayunar durante tres días. El 8 de mayo de 589 se reunieron los obispos sentándose el rey entre ellos, siguiendo el ejemplo del emperador Constantino en el Concilio de Nicea. Tras el rezo de una oración, Recaredo anunció que su conversión se había producido sólo unos días más tarde de la muerte de nuestro padre –aunque al parecer esto ocurrió más bien diez meses después del fallecimiento de Leovigildo-. Un notario leyó a continuación una declaración escrita por el propio rey en la que se declaraba anatema las enseñanzas de Arrio y a continuación reconocía la autoridad de los Concilios de Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia
Asimismo subrayaba que él había traído al catolicismo a los godos y a los suevos y que ambas "naciones" necesitaban ahora la enseñanza de la verdadera fe por parte de la Iglesia. El documento iba firmado por el rey y por su esposa la reina Baddo. Los obispos aplaudieron y aclamaron a Dios y al rey, y uno de ellos se dirigió a los participantes en el concilio –obispos y otros miembros del clero, y la alta nobleza visigoda que también se había convertido- para que condenaran y declararan la herejía arriana en 23 artículos.
Asistieron al Concilio setenta y dos obispos, personalmente o mediante delegados (además de los cinco metropolitanos), siendo las figuras principales Leandro de Sevilla (supuesto instigador de la conversión de Hermenegildo) y el abad del monasterio servitano, Eutropio.

Los cánones aprobados en el Concilio introdujeron una gran novedad "constitucional" respecto de los arrianos porque se ocuparon de materias no estrictamente eclesiásticas, convirtiéndose en leyes cuando Recaredo publicó el "Edicto de Confirmación del Concilio'', en el que se imponían penas de confiscación de bienes o de destierro a los que desobedecieran las decisiones del Concilio. Se aprobó que los sínodos provinciales supervisaran anualmente a los jueces locales (iudices locorum) y a los agentes de las propiedades del Tesoro (actores fiscalium patrimoniorum), además de transmitir al rey las quejas que sobre ellos tuvieran. También se aprobó que la mujer que viviera con un clérigo fuera vendida como esclava y el dinero obtenido entregado a los pobres. Todo esto constituía una novedad pues se implicaba a los obispos en la imposición del cumplimiento de las leyes seculares. En los casos de paganismo o de infanticidio , por ejemplo, tanto los obispos como los jueces debían investigarlos y castigarlos conjuntamente. Así el poder de los obispos aumentó de forma espectacular y con ellos la influencia de los hispanorromanos en la monarquía visigoda.

Un aspecto importante fue la añadidura del término filioque (traducible como "y del Hijo") en el rezo del credo, por lo que el Credo pasaba a declarar que el Espíritu Santo procede no exclusivamente del Padre como decía el credo Niceno, sino del Padre y del Hijo al decir:et in Spiritum Sanctum, dominum et vivificantem, qui ex Patre Filioque procedit ("y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo").
Este hecho, tras ser adoptado como oficial el papa Benedicto VIII a petición del emperador Enrique II sería de gran trascendencia pues sería la justificación para la separación de las Iglesias Ortodoxas orientales tras el cisma de Oriente de1054.



En el año 586 Recaredo sucedió a Leovigildo, y a comienzos del año 587 ya se había convertido al catolicismo. Es curioso y significativo ver cómo en las fuentes hispanas se omite el hecho de que su hermano Hermenegildo fuese católico, ni siquiera Leandro de Sevilla hace referencia a él con motivo del III Concilio de Toledo, en que Recaredo y su mujer, la noble Baddo, declaran su conversión, acompañados de un nutrido grupo de nobles y obispos visigodos. No hay apenas ninguna mención del papel de Recaredo en la guerra entre su padre y su hermano, sólo que un año más tarde ordenó matar al ejecutor de Hermenegildo. Parece como si se hubiera procedido a un pacto de silencio entre la jerarquía real y la eclesiástica sobre tan oscuro pasado. 
Se menciona a Recaredo como el continuador de la gran obra unificadora de Leovigildo, pero con la matización de que ésta se vio oscurecida por la perfidia religiosa; en contraste, el nuevo rey es el adalid del catolicismo y quien consigue la unidad religiosa. La moderna historiografía, en diversas ocasiones, ha mitificado este hecho y su inmediata consecuencia: la celebración del mencionado III Concilio de Toledo. Sin embargo, el Concilio, según se deja traslucir de las intervenciones del propio rey, de la homilía de Leandro y del contenido en general, debió ser un intento de negociación de unificación religiosa, pero de gran alcance político. Sin pretender negar una conversión real, parece que el entramado político es mucho mayor y no simplificable a una identificación de unidad religiosa-unidad nacional, conceptos éstos que tanta difusión tuvieron, una vez liquidada la monarquía visigoda. El rey ponía una serie de condiciones en lo relativo a su intervención en el nombramiento de obispos; los arrianos verían facilitado su paso a la confesión católica, sin necesidad de reconsagrar iglesias o rebautizarse; el clero católico tendría capacidad jurídica sobre diferentes causas y control en la política administrativa, etc.; en definitiva, se hacía patente algo que ya fue irreversible en lo sucesivo: la fuerte implicación entre Iglesia y Estado.
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TEODOSIO I EL GRANDE Y EL CRISTIANISMO


Tras la muerte de Valente en la Batalla de Adrianópolis, el trono de Oriente quedó sin gobernante. Graciano, Emperador de Occidente, coronó a Teodosio I El Grande en el 379.
Teodosio era hijo de uno de los generales que había servido a Valentiniano I, había acompañado a su padre en diferentes misiones. Obtuvo el título de “magister militum” en virtud de su victoria contra los sármatas (tribu bárbara proveniente de la parte oriental de Escitia, en las cercanías del actual río Don) en Panonia. Al año siguiente, año 379, Graciano lo nombró Augusto.
Teodosio logró pacificar el estado de situación con los godos. Si bien los echó de la rica Tracia, permitió que se establecieran en Mesia como federados del Imperio, esto es, dentro del ejército al que los bárbaros debían prestar servicio y que tanta falta le hacían al nuevo Emperador, preocupado por reconstruir nuevamente el Ejército Romano.
Su política religiosa, por otro lado, consistió en afirmar el cristianismo del Concilio de Nicea mediante el edicto de Tesalónica el 24 de noviembre de 380, ratificando formalmente la decisión adoptada en el 313 (Edicto de Milán) por Constantino.
A pesar de los intentos precedentes por unificar el imperio, no fue sencillo hacer que los bárbaros, arrianos en su mayoría o paganos, adscribieran al cristianismo. Fue una lucha larga y a menudo, no desprovista de traiciones por parte de las tribus que prometían adoptar la nueva fe, regresando luego a sus credos privados.
Esta situación influyó particularmente en la caída de la parte Occidental, que estaba en plena decadencia para ese entonces, decantando en la división del Imperio en reinos romanos germánicos (año 476).
Asimismo, el cesaropapismo (la superposición de atribuciones entre el poder temporal y la Iglesia) iniciado por Constantino se fue acentuando paulatinamente con Teodosio y marcó todo el curso de la Edad Media, incluso el Renacimiento. De hecho, fue Teodosio quien determinó el sacerdocio bajo su propia autoridad y convocó el Primer Congreso Ecuménico de Constantinopla, destinado a neutralizar las disputas con el arrianismo y las formas herejes adoptadas por el paganismo.
Tras la muerte de Graciano en Occidente, se desataron guerras civiles en torno a la sucesión de la corona en las que Teodosio intervino con particular interés, instalando a su hijo Honorio como Emperador , aduciendo que quien había sido designado (Eugenio) carecía de legitimidad y contando con el apoyo de Valentiniano II (reinante en varias provincias e Italia).
La tensión se acentuó con el deceso de Valentiniano II en el 392, que derivó en una guerra civil entre Teodosio y los sospechados de haber asesinado a Valentiniano, arrianos. La cuestión se resolvió en la batalla de Frígido en la que el Emperador de Oriente venció, logrando la unidad del Imperio por un breve lapso de tiempo.
Teodosio murió en Milán el 17 de enero de 395 producto de un edema vascular y fue trasladado a Constantinopla el 08 de noviembre de 395. Sus hijos, Honorio y Arcadio, reinaron como Emperadores de Occidente y Oriente, respectivamente.

Teodosio se halló ante dos difíciles tareas: restablecer la unidad interior del Imperio, desgarrado por querellas religiosas a causa de la existencia de múltiples corrientes de tendencia diversa, y salvar al Imperio de la presión continua de los bárbaros germánicos, concretamente de los godos, que amenazaban a la sazón la misma vida del Imperio.
Hemos visto que el arrianismo había ejercido bajo el predecesor de Teodosio un papel preponderante. Después de la muerte de Valente, y sobre todo en el corto interregno provisional que precedió a la exaltación de Teodosio al poder, los conflictos religiosos se habían reavivado, tomando a veces formas muy violentas. Tales turbulencias y disputas se manifestaban sobre todo en la Iglesia de Oriente y en Constantinopla. Las disensiones dogmáticas rebasaban el restringido círculo del clero y se extendían a toda la sociedad de la época penetrando la multitud y llegando a la calle. La cuestión de la naturaleza del Hijo de Dios, se discutía con pasión extraordinaria, durante la segunda mitad del siglo IV, en todas partes, en los concilios, en las iglesias, en el palacio imperial, en las cabañas de los eremitas, en plazas y mercados. Gregorio, obispo de Nisa, habla no sin sarcasmo, hacia la segunda mitad del siglo IV, de la situación surgida de ese estado de cosas: "Todo está lleno de gentes que discuten cuestiones ininteligibles, todo: las calles, los mercados, las encrucijadas... Si se pregunta cuántos óbolos hay que pagar, se os contesta filosofando sobre lo creado y lo increado. Se quiere saber el precio del pan y se os responde que el Padre es más grande que el Hijo. Se pregunta (a los demás) por su baño y se os replica que el Hijo ha sido creado de la Nada”.
Con el advenimiento de Teodosio, las circunstancias cambiaron mucho. A raíz de su llegada a Constantinopla, el emperador hizo al obispo arriano la propuesta siguiente: que abdicara el arrianismo y se alinease en el niceísmo. Pero el obispo se negó a obedecer y prefirió ausentarse de la capital y celebrar reuniones arrianas extramuros de Constantinopla. Todas las iglesias de la ciudad fueron entregadas a los niceanos.



Teodosio se halló ante el problema de la regularización de sus relaciones con heréticos y paganos. Ya bajo Constantino, la Iglesia católica (es decir, universal, “Ecclesia Catholica”) se había opuesto a los herejes, A partir de Teodosio, la distinción entre “católico” y “herético” fue definitivamente establecida por la ley. Con el término de católico se entendió desde entonces partidario de la fe niceana y los representantes de todas las demás tendencias religiosas fueron calificados de heréticos. Los paganos quedaron incluidos en una categoría especial.
Al declararse niceano convencido, Teodosio entabló una lucha encarnizada contra los heréticos y paganos. Los castigos que les infligió acrecieron progresivamente. En virtud del edicto de 380, no debían llamarse “cristianos católicos” más que quienes, de acuerdo con la enseñanza apostólica y la doctrina evangélica, creían en la Trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Los demás, aquellos “insensatos extravagantes” que seguían las doctrinas heréticas, no tenían el derecho de llamar Iglesia a su reunión e incurrían en graves castigos. Con este edicto, al decir de un sabio historiador, “Teodosio fue el primero de los emperadores que reglamentó en su propio nombre, y no en el de la Iglesia, el Código de las verdades cristianas obligatorias para sus súbditos. Otros edictos de Teodosio prohibieron a los herejes toda reunión religiosa de carácter público o privado, no siendo autorizadas más que las reuniones de los partidarios del Símbolo de Nicea, a quienes debían ser entregadas las iglesias en la capital y en todo el Estado. Los heréticos sufrieron graves restricciones en sus derechos civiles, como, por ejemplo, en materia de herencias, testamentos, etc.
Deseoso de restablecer la paz y el acuerdo en la Iglesia cristiana, Teodosio convocó, en 381, un concilio en Constantinopla. Sólo participaron en él los representantes de la Iglesia de Oriente. Se califica a ese concilio de segundo concilio ecuménico. Ninguna de tales reuniones nos ha dejado tan pocos documentos como ésta. No se conocen sus actas. Al principio incluso no se la llamó concilio ecuménico, y sólo en el año 451 se le dio sanción oficial. La cuestión principal que, en el dominio de la fe, se discutió en este segundo concilio, fue la herejía de Macedonio, el cual, siguiendo el desarrollo natural del arrianismo, demostraba la creación del Espíritu Santo. El concilio, después de establecer la doctrina de la consubstancialidad del Espíritu con el Padre y el Hijo, y tras condenar al macedonismo o doctrina de Macedonio, y una serie de otras herejías relacionadas con el arrianismo, confirmaba el Símbolo de Nicea, en lo concerniente al Padre y al Hijo y le añadía un artículo sobre el Espíritu Santo.
Esta adición establecía sólidamente el dogma de la identidad y consubstancialidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero dada, la penuria e imprecisión de nuestros conocimientos sobre tal concilio, algunos sabios de Europa occidental han emitido dudas sobre el Símbolo de Constantinopla, que, sin embargo se cambió en el símbolo más rápidamente extendido e incluso el único oficial en todas las confesiones cristianas, a pesar de la diversidad dogmática de éstas. Se ha declarado que este símbolo, no fue el resultado de los trabajos del segundo concilio; que este no lo compuso ni lo pudo componer, y que, por tanto, semejante símbolo es apócrifo. Otros pretenden que fue compuesto antes o después de dicho concilio. Pero la mayoría de los historiadores ( sobre todo la escuela rusa ) demuestran que el Símbolo de Constantinopla fue efectivamente compuesto por los Padres del segundo concilio, si bien no quedó reconocido hasta la victoria de la ortodoxia en Calcedonia.



También al segundo concilio correspondió fijar el rango del patriarca de Constantinopla en relación al obispo de Roma. El tercer canon del concilio declara: “Que el obispo de Constantinopla sea el primero después del obispo de Roma, porque Constantinopla es la nueva Roma”. Así, el patriarca de Constantinopla ocupó entre los patriarcas el primer lugar después del de Roma. Semejante distinción no podía ser aceptada por otros patriarcas de Oriente, más antiguos. Es interesante notar la argumentación del tercer canon, que define la jerarquía eclesiástica del obispo de Constantinopla según la situación de la ciudad, capital del Imperio.
Teodosio tenía la firme voluntad de organizar por sí mismo todos los asuntos de la Iglesia, y en general lo consiguió. No obstante, tropezó con uno de los representantes más ilustres de la Iglesia de Occidente: Ambrosio, obispo de Milán. Teodosio y Ambrosio encarnaban dos puntos de vista diferentes sobre las relaciones de la Iglesia y el Estado. El primero era partidario de la superioridad del Estado sobre la Iglesia y el segundo pensaba que los asuntos de la Iglesia se abstraían a la competencia del poder secular. El conflicto estalló con motivo de las matanzas de Tesalónica. En esta populosa y rica ciudad, la falta de tacto de jefe de los germanos, numerosos destacamentos de los cuales estaban acantonados allí, hizo estallar una sedición entre los moradores, exasperados por las violencias de los soldados. El jefe germano y varios de sus hombres resultaron muertos. Teodosio, que sentía las mejores disposiciones hacia los germanos (algunos de los cuales ocupaban grados altos en sus ejércitos), se enfureció y se vengó de Tesalónica con una sangrienta matanza de sus habitantes, sin distinción de edad ni sexo. La orden del emperador fue ejecutada por los germanos. Pero este acto cruel del emperador no quedó impune. Ambrosio excomulgó al emperador, quien, a pesar de su poder y autoridad, hubo de confesar en público su pecado y cumplir humildemente la penitencia que le impuso Ambrosio. Mientras duró tal penitencia, Teodosio no llevó ropas reales.
En tanto que mantenía una lucha implacable contra los herejes, Teodosio no dejaba de tomar medidas decisivas contra los paganos. Con una serie de decretos prohibió sacrificar, buscar presagios en las entrañas de los animales y frecuentar los templos paganos. Como consecuencia de tales medidas, los templos paganos se cerraron. Los edificios sirvieron a veces para menesteres del Estado. Otras, los templos paganos, con todas las riquezas y tesoros artísticos que contenían, fueron demolidos por un populacho fanático. Nos consta la destrucción, en Alejandría, del famoso templo de Serapis, o Serapeion, centro del culto pagano en aquella ciudad. El último edicto de Teodosio contra los paganos, emitido el 392, prohibía de manera definitiva los sacrificios, las libaciones, las ofrendas de perfumes, las suspensiones de coronas, los presagios. Allí se trataba a la antigua religión de “superstición gentilicia”. Todos los violadores del edicto eran declarados culpables de lesa majestad y de sacrilegio, amenazándoseles con penas severas. Un historiador llamó al edicto de 392, “el canto fúnebre del paganismo”.
Con este edicto terminó la lucha sostenida por Teodosio contra el paganismo en Oriente.
En Occidente, el episodio más célebre de la lucha entablada contra el paganismo por los emperadores Graciano, Valentiniano II y Teodosio se produjo al ser retirado del Senado romano el altar de la Victoria. Retirado dicho altar ya una vez, por Constantino, como hemos visto, había sido reintegrado por Juliano. Los senadores, que seguían siendo semipaganos, vieron en aquello el fin de la pasada grandeza de Roma. Se envió al emperador un orador pagano, el famoso Símaco, para pedir la restitución del altar al Senado. Como dice Uspenski, aquel fue “el último canto del paganismo moribundo que, tímida y plañideramente, pedía gracia al joven emperador (Valentiniano II) para la religión a la que sus antepasados debían su gloria y Roma su grandeza”. La misión de Símaco no triunfó. El obispo de Milán, Ambrosio, se mezcló en el asunto y obtuvo la victoria.
En 393 se celebraron por última vez los Juegos Olímpicos. Se transportaron a Constantinopla desde Olimpia diversos monumentos antiguos, entre ellos la famosa estatua de Zeus ejecutada por Fidias.
La política religiosa de Teodosio se distingue claramente de la de sus predecesores. Estos últimos se habían unido a tal o cual forma de cristianismo, o al paganismo (como Juliano), adoptando cierta tolerancia para las opiniones o creencias ajenas. La igualdad de las religiones existía “de jure”. Teodosio se situó en una posición diferente. Aceptó la fórmula de Nicea como la única justa, y le dio fundamentos legales prohibiendo por completo las otras tendencias religiosas del cristianismo, y el paganismo también.




Con Teodosio, se vio en el trono romano a un emperador que consideraba la Iglesia y las opiniones religiosas de sus súbditos como asunto de su competencia. No obstante, Teodosio no consiguió dar a la cuestión religiosa la solución que deseaba, esto es, crear una Iglesia niceísta y única. No sólo continuaron las disputas religiosas, sino que se multiplicaron y ramificaron, dando, en el siglo V, origen a una actividad religiosa desbordada y ferviente. Pero sobre el paganismo sí consiguió Teodosio una victoria completa. Su reinado presenció la solidificación institucional del cristianismo. El paganismo, perdiendo la facultad de manifestarse abiertamente, dejó de existir como entidad organizada. Cierto que quedaron paganos, pero eran sólo familias o individuos aislados, que guardaban en secreto los amados objetos del legado de una religión muerta.
Teodosio no incomodó a la escuela pagana de Atenas, que continuó existiendo y haciendo conocer a sus auditores las obras de la literatura y se condena el arrianismo 
http://www.laguia2000.com/edad-media/teodosio-i-el-grande
http://www.cristoraul.com/SPANISH/sala-de-lectura/Bizancio-Vasiliev/2/11-Teodosio.html