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martes, 24 de marzo de 2020

EL ESCRITORIO DE SAN MARTIN DE ALBEDA....EL CÓDICE ALBELDENSE Y EL CÓDICE GOMESANO


La primera noticia conocida sobre la actividad "escriturística" del monasterio de San Martín de Albelda, figura en el prólogo que el presbítero Gómez realiza, como introducción al tratado de Virginitate de San Ildefonso, copiado por él en el año 951 . Este códice es el más antiguo de los conservados, escrito en este monasterio. Es de suponer que para ese año, el cenobio, que según el citado prólogo contaba entonces con casi doscientos monjes , dispusiera ya de una biblioteca y escritorio, llamado a convertirse poco después en uno de los centros culturales más importantes de la Edad Media española, abierto, como veremos, a las más variadas influencias . Precisamente ha señalado el profesor Bishko, que el período de máximo esplendor del monasterio coincide con los años del abaciado de Salvus, a quien su escritorio le debe el impulso definitivo ; bajo su patrocinio y el de sus sucesores se lleva a cabo la gran obra salida de este taller, el códice Vigilano e incluso él mismo compuso "himnos", "oraciones" y hasta "una regla dedicada a las monjas a base de extractos de la Regla de San Benito" Es decir, que su labor no se limitó únicamente a impulsar las tareas del scriptorium, sino que él mismo desplegó una intensa actividad literaria. Sin embargo, se  "da gran cantidad de libros en letra gótica" que según datos aportados recientemente por Gregorio de Andrés, pudo aún ver a comienzos del siglo XVI el conde de Aguilar en una de las cuevas del monasterio,(realmente apenas se sabe nada) Unicamente son dos los manuscritos completos que han llegado, elaborados con seguridad en su escritorio : el códice de Godescalco que se conserva actualmente en la Biblioteca Nacional de París y el códice Vigilano o Albeldense en la Real Biblioteca de El Escorial. Ambos están ornamentados, aunque de modo muy desigual. Así frente a la sobria decoración de lacerías de las iniciales del primero, es de destacar la rica ornamentación del segundo, con sus 88 folios miniados con figuras y escenas diversas, algunas incluso a página entera, constituyendo por sí mismo este códice, una de las más espléndidas manifestaciones de la miniatura española altomedieval. Se conserva también un fragmento de una Biblia Albeldense que es de suponer estuvo ricamente ilustrada.

 El Códice de Gomesano
Este códice fue copiado por el presbítero Gómez a petición de Godescalco, obispo de Puy en Velay (927-962) a su paso por el monasterio, camino de Compostela . Su realización se llevó a cabo entre los años 950-951. Es en enero de este último año, cuando Godescalco, al regreso de su peregrinación, se lo lleva consigo a su diócesis de Francia. Estas circunstancias en las que se elabora el trabajo son importantes, porque evidencian un hecho frecuente en el siglo X: las recíprocas relaciones que existieron en esta centuria entre uno y otro lado de los Pirineos, relaciones que explican el influjo ultrapirenaico que, como veremos, impregna las artes de este período
La decoración de este códice es sobria, reduciéndose al ornato de iniciales de lacería. J. Guilmain ha puesto de relieve el carácter carolingio de las mismas  testimoniando de este modo el importante papel, que a mediados de siglo, desempeñaban ya los influjos nórdicos en el scriptorium de Albelda. Estos influjos, sin embargo, no son exclusivos de esta zona. Precisamente ha señalado C. Nordenfalk, que es hacia el año 930-940, cuando se deja sentir en la España del Norte, el impacto del renacimiento carolingio, que se manifiesta entre otros factores, en la aparición en los manuscritos mozárabes castellanos y leoneses, de grandes iniciales de lacería, obviamente inspiradas en la escuela de Tours y en modelos franco-sajones. Esta impronta carolingia es patente, desde luego, en los dos artistas más importantes de esta primera mitad de siglo: Florencio y Magio, pioneros en el desarrollo de la iluminación y caligrafía en los ámbitos en los que trabajan, el primero en la zona de Castilla, y Magio en la órbita leonesa. Los dos utilizan el elemento nórdico del entrelazo en el vocabulario decorativo de sus iniciales. La primera obra conocida de Magio, que data probablemente de mediados de siglo, es el manuscrito de Beato que se conserva en la Pierpont Morgan Library de Nueva York. Aunque la decoración abstracta no juega aquí un papel dominante, el códice contiene algunas iniciales de entrelazo. J. Guilmain ha llamado la atención sobre las de los folios Ir, fol. 238 v, y fol. 10 r que indudablemente derivan de modelos insulares llegados a España por el intermediario de algún modelo francosajón. Admite este autor incluso la posibilidad de que Magio dispusiera de algún manuscrito francés importado a la península a fines del siglo VIII o comienzos del siglo IX. Estos entrelazados nórdicos los encontramos también en el Beato de Távara, empezado por el propio Magio pero terminado por su discípulo Emeterio en el año 970. Varios autores han observado igualmente como asimismo el calígrafo Florencio utiliza el entrelazo nórdico en el repertorio decorativo de sus iniciales. El propio J. Guilmain ha precisado estos influjos carolingios en algunas iniciales de las obras conocidas de este artista, como en las Moralia in Job de San Gregorio del año 945 (Madrid, Biblioteca Nacional, cód. 80), en las Homilías de Esmaragdo de la Catedral de Córdoba y en un fragmento de Biblia del año 953 cuyas iniciales de entrelazo, aunque más simples de estructura si las comparamos con las de las Moralia, derivan también de modelos nórdicos. La personalidad de estos maestros pudo influir, como es lógico, en la obra de sus discípulos, de modo que ese tipo de decoraciones pasa a formar parte del vocabulario ornamental de los manuscritos elaborados en sus zonas de influencia leonesa y castellana.
Ahora bien, ¿cómo llegan estos influjos nórdicos al monasterio de Albelda? Más que pensar en un influjo directo, posible también, de manuscritos francos llegados a la Rioja , hay que admitir como más probable, teniendo en cuenta la difusión que el elemento nórdico adquiere en la miniatura castellano-leonesa poco antes de mediados del siglo, que fue precisamente a través de Castilla, como estas formas carolingias llegaron a aquélla. Aunque no sabemos nada sobre la personalidad del escriba Gómez, admitiendo que él mismo realizara la decoración del códice y la posibilidad de que fuera el mismo escriba que en el año 914 terminó los Moralia de San Gregorio en el monasterio castellano de San Pedro de Cardeña, tendríamos en él el enlace cultural entre Castilla y Albelda.
Al lado de estos influjos nórdicos, se observa, en la decoración de este códice, aunque en menor escala, otros elementos decorativos tomados del repertorio ornamental musulmán.
El códice Vigilano o Albeldense
Obra capital del escritorio albeldense y de la miniatura riojana es este códice, llamado Vigilano por el nombre de su principal autor Vigila. Contiene las actas de los concilios nacionales, de muchos generales y particulares de otras naciones, decretales pontificias, el Fuero Juzgo, el calendario mozárabe, tratados de cronología y aritmética... Era ésta una empresa realmente ardua cuya dificultad no escapaba al propio Vigila quien al comienzo del libro nos confía sus vacilaciones y temores al considerar la envergadura de la tarea que se le confiaba, y que al final emprende en nombre de Cristo y lleva hasta el fin. En las páginas finales del códice se hace mención en verso y se retratan Vigila acompañado de sus principales colaboradores, Sarracino a quien llama compañero (socius) y García, discípulo (discipulus), así como los reyes de Pamplona en cuyo tiempo fue redactada la obra, constando igualmente el nombre del monasterio en el que se realizó San Martín de Albelda y la fecha en que se terminó: 976.

La ilustración de este códice es de extraordinaria riqueza, equiparable únicamente entre los de su época, a la de la serie de los Beatos, tanto por el número de folios miniados, algunos a página entera, como por la calidad de las miniaturas . Sin embargo los autores que han tratado de la miniatura española altomedieval, quizá deslumbrados por la originalidad de aquéllos, se han limitado a citarlo, señalando su lugar de origen, fecha en que se terminó, artistas que intervinieron en su ejecución, y añaden todo lo más una breve relación de las miniaturas más importantes describiendo someramente su estilo. Además mientras los primeros cuentan con varios estudios monográficos de conjunto y sobre alguno de ellos en particular, no existe, en cambio, ninguna monografía sobre este códice.

Predominan las miniaturas que representan personajes, bien aislados o en grupos, formando escenas, estos últimos generalmente dentro de encuadramientos. Todos están concebidos según los modos propios de la figuración "mozárabe" que centra su atención en la figura humana en sí misma, entendida esta individualidad no en cuanto relacionada con un espacio y tiempo determinados, sino en cuanto que son más bien imágenes arquetípicas. De ahí que cuando interesa identificar el personaje se recurre a la inscripción, colocada siempre al lado de éste. En ocasiones esta inscripción es genérica lector, episcopus, pero con más frecuencia designa el nombre propio del retratado, Constantino, Emperador; Hormisdas, Papa. Los personajes parecen estar concebidos en series iconográficas, la serie de los Papas, la serie de los asistentes a los Concilios, la serie de los lectores, pero desde el punto de vista formal todos pertenecen a una serie única, la creada por el miniaturista Vigila, inconfundible con otros personajes de otros códices creados por otros artistas en la misma época, aunque evidentemente todos tengan el mismo aire de familia. Es precisamente ésta una característica de los iluminado res hispánicos que consiste en cierta habilidad para hacerse con un estilo personal, entendido éste como "modo propio de hacer" los rostros, los plegados y adornos de la indumentaria, e incluso las actitudes de los personajes. Los rostros de los personajes vigilan os son todos idénticos. El miniaturista traza para todos ellos el mismo perfil ovalado formado por una línea recta que a la altura del pómulo se curva para formar la barbilla prolongándose hasta la oreja del otro lado que es otro óvalo, que termina en tramo recto. Los ojos, cejas, nariz y boca repiten también unos mismos trazos: dos arcos forman los ojos cuya pupila es un círculo negro intenso; las cejas las forman dos segmentos paralelos al que forma el superior del ojo tendiendo a unirse al trazo recto que perfila la nariz rematada en gancho; la boca está formada por un trazo vertical que sale de la nariz cortado por otro horizontal que remata a cada lado por otros dos formando gancho hacia abajo. Mayor variación se observa en peinados y tocados aunque en definitiva pueden reducirse a unos pocos modelos que se representan alternativamente.

Tiene también Vigila algunos convencionalismos de indumentaria, como son ciertos pliegues de la parte inferior de las túnicas y de algunos mantos que sobresalen por encima del plegado plano de líneas paralelas verticales, sugiriendo un segundo plano e incluso dando cierta sensación de relieve. Este tipo de plegado no lo volveremos a encontrar en ningún otro códice de la época salvo en el Beato de Gerona que ofrece un repliegue similar pero en forma de trompeta y no de canutillo como en éste. Con frecuencia túnicas y mantos ostentan cenefas adornadas de perlas y otros elementos decorativos, cayendo estos últimos por encima de los hombros, en líneas onduladas, muy características que se observan igualmente en el códice de Gerona, aunque con matizaciones distintas ya que los mantos en éste son cortos y las cenefas de perlas son de color negro, mientras que las de aquél son blancas y caen hasta el suelo. Complementa el ornato de la indumentaria series de líneas de puntos o de trazos cortos ya veces una línea continua blanca que sigue el trazado de los plegados, así como otros motivos formados por círculos y pliegues cortos en forma de V, generalmente dobles. Se observa en el tratamiento del plegado una tendencia, repetida más acusadamente todavía en el Beato de Gerona, a dejar transparentar las formas del cuerpo humano a través de las telas aminorando de este modo la inflexible rigidez que caracteriza la indumentaria de otros códices coetáneos. Los personajes se conciben con un canon esbelto siendo las proporciones de los mismos más alargadas que lo habitual en otras representaciones de la época, ofreciendo con ello otra similitud más con el códice de Gerona. El parecido de muchas de estas características señaladas con las del Beato gerundense revelan que el artista, pese a su mozarabismo evidente, se ha dejado influir como éste por corrientes occidentales del prerrománico europeo que presagian los tiempos románicos posteriores. Así lo han hecho notar Domínguez Bordona  y Camón Aznar para quien ambos códices evidencian en el panorama de la miniatura hispánica del siglo X un nuevo clima artístico, "cuya novedad consiste en una incipiente presentación de lo que luego han de ser típicos ritmos y estilizaciones románicas". Muestran efectivamente estas ilustraciones una serie de rasgos estilísticos que los volveremos a encontrar en el románico, como los pliegues en forma de tubo de las túnicas y mantos, el tratamiento de los paños ajustándose al cuerpo acusando las formas de éste, el canon más esbelto de la figura y también las actitudes de éstas que revelan posturas más gráciles y desenvueltas. Muy característico de este maestro son los gestos de las manos desproporcionadamente grandes pero muy expresivas y gesticulantes, de modo que atenúan la rigidez hierática un tanto bizantina de la impresión general sugiriendo agilidad y sensación de movimiento.


Esta corriente occidental europea ha sido subrayada por J. Guilmain para otros aspectos igualmente importantes de su ornamentación. Según este autor el vocabulario decorativo formado por motivos de entrelazo que aparece abundantemente en las iniciales o adornando elementos arquitectónicos como los fustes de las columnas y las arquivoltas de las arquerías, se encuentra ya en la iluminación carolingia, de modo que su estilo puede ser definido como un modo de decoración que deriva en primer lugar de modelos franco-insulares .Es muy significativo el hecho de que exista una continuidad perfecta entre la inicial D (la más elaborada del códice de Gomesano anteriormente citado) formada con entrelazos y las numerosas iniciales D que aparecen en este manuscrito que nos ocupa, muy semejantes a las de aquél. No cabe duda de que unas y otras revelan un mismo origen nórdico. Lo mismo cabe afirmar cuando estos entrelazos y cintas se fusionan con cabezas muy estilizadas de animales que les sirven de remate, cuya similitud aunque no igualdad con manuscritos carolingios e insulares ha sido también puesta de manifiesto por Guilmain, A estos motivos hay que añadir otros que testimonian igualmente idéntica fuente occidental europea, como son la serie de arquerías que decoran páginas enteras cuyos elementos arquitectónicos han sido sustituidos o combinados con cuerpos y miembros humanos y animales. Rige en estos folios el principio de variación que será después tan utilizado en la ornamentación románica, ya que aunque la estructura esencial decorativa de cada página no varía, los motivos ornamentales se combinan en todas de modos diferentes.


Así en ocasiones los animales que sustituyen a las bases de las columnas se representan enteros; otras veces, únicamente sus cabezas, en este caso agrupadas de dos en dos. En otras arquerías sustituyen a los capiteles, ofreciéndonos modalidades diversas, bien representados de cuerpo entero, o únicamente sus cabezas, muy estilizadas, que son a su vez remate de una cinta semicircular que forma la curva de la cesta del capitel. Es ésta una composición muy original ya que frecuentemente en estos casos las patas posteriores de estos animales aparecen asociadas a las basas de las columnas, y sus cuerpos están compuestos con los fustes de las columnas ornamentados con entrelazos. Cabezas y patas, concebidas "realísticamente", se asocian a la decoración abstracta. Las fuentes de todos estos motivos han sido también estudiadas por Guilmain quien ha demostrado que todos ellos derivan de prototipos nórdicos sobre todo de la iluminación merovingia, carolingia y franco-insular. Incluso algunos de estos motivos que tienen su origen remotamente en el arte oriental, como es el empleo de animales como basas de columnas (arquitectura hitita), adopta en el Códice Vigilano la variante occidental al estar suspendidos o colgantes de la columna y no sosteniendo ésta, como es habitual en las artes orientales.


Nos encontramos por tanto con todo un repertorio ornamental variadísimo que supone una importación occidental europea en el escritorio albeldense durante la segunda mitad del siglo X.

Más difícil de precisar son las rutas que pudieron tomar estas influencias del otro lado de los Pirineos, pero lo más probable parece ser que éstas llegaron, como dijimos, a Castilla de donde se expandieron hacia La Rioja. Por una parte confirma esta probabilidad el hecho de que estos entrelazados nórdicos simples o combinados con motivos zoomórficos fueron temas predilectos de los artistas que trabajaron en los escritorios castellanos de Cardeña, Silos y Valeránica. Con respecto a los primeros de estos motivos hemos visto ya las obras principales donde aparecen; y por lo que se refiere al entrelazo zoomórfico, éste constituye la mayor parte de las iniciales de la Biblia del año 949 realizada en San Pedro de Cardeña , así como de las principales obras de Florencio, como en las Morales de San Gregorio de la Biblioteca Nacional de Madrid, y en la Biblia de la Colegiata de San Isidoro de León datada en el año 960, firmada por él y su discípulo Sancho. Como obra significativa del scriptorium silense citaremos el manuscrito de la Biblioteca Nacional de París nouv. acq. lat. 2176, con idénticos entrelazados zoomórficos . Por otro lado es preciso tener en cuenta el hecho de que algunas obras literarias castellanas como el Penitencial de Silos según Romero de Otazu y los Smaragdos según Pérez de Urbel derivan de fuentes llegadas a Castilla en el siglo X o antes procedente del imperio franco. Además, según este autor, el Penitencial que incluye Vigila en los últimos folios de su gran obra albeldense es probablemente un extrado del Penitencial silense atribuido a Florencio por Menéndez Pidal y Romero Otazu. De lo dicho anteriormente, cabe preguntarse ¿conocía nuestro miniaturista Vigila las obras de este gran maestro de nuestra caligrafía y arte de la ilustración del libro que fue Florencio? Sin embargo su arte, en cuanto a la figuración, dista mucho de la de éste siendo el de Vigila mucho más avanzado, como hemos observado, en el sentido de presagiar en algunos aspectos los futuros tiempos románicos. Los temas estrictamente ornamentales, en cambio, presentan las formas típicas que procedentes de Francia recogen ya desde los años 930-940 los manuscritos castellanos del siglo X. De todos modos, al lado de estos posibles influjos castellanos, es preciso tener en cuenta, que gran parte de este acervo cultural-artístico ultrapirenaico, pudo penetrar en los monasterios riojanos, también a través del Camino de Peregrinación que para entonces ya estaba constituido. El sistema de arquerías vigilianas por ejemplo no figura en ningún códice castellano, lo cual hace suponer en mi opinión varios caminos de difusión de las formas ultrapirenaicas.

Otros motivos ornamentales revelan que los influjos islámicos habían penetrado también en el scriptorium de Albelda, como vemos en una serie de hojas estilizadas adornadas con anillos (que después veremos proliferar en los capiteles del Maestro de Claustro de la Catedral de Pamplona ya de época románica ) o en los arcos de herradura con la curvatura propia de los musulmanes, y algunos motivos ornamentales que como en el códice de Godescalco recuerdan a los caracteres de la escritura cúfica. No menos sorprendente es también el hecho de encontrarnos en los capiteles de las arquerías de este códice, tres bustos de hebreos con indumentarias musulmanas, constituyendo así un ejemplo de reminiscencia hebraica en la iconografía del Vigilano.

Detalle del folio 59. Tabla de Cánones.
Otros investigadores han señalado, además, influjos orientales en las miniaturas de este códice. Para Pijoan este manuscrito tiene que derivar forzosamente de un prototipo anterior realizado en época visigoda aunque no señala cuál. Se basa su opinión en razones conceptuales y estilísticas. Por una parte, considera que la labor de reunir y editar las actas de los concilios ecuménicos que debió realizarse ya por la Iglesia visigoda, suponía un esfuerzo tal de erudición y de crítica, "que no se puede imaginar en los monasterios españoles, algo aislados del resto del mundo, después de la invasión de los árabes". Por tanto para este autor Vigila y sus colaboradores no hicieron sino copiar un texto anterior. Este debió de estar además ilustrado. Corrobora su opinión algunos detalles de indumentaria que son considerados como "de moda ya pasada", como las "telas rodadas",y las togas que visten algunos personajes. Otros indicios de antigüedad en sus miniaturas, como el uso de nimbos para muchos personajes sin ser santos, los marcos con fondos para los retratos, e incluso el sistema de figurar los objetos sin perspectiva, ha llevado a pensar a este autor en un origen oriental sirio o egipcio y sobre todo copto del modelo: "es probable (afirma) que, cuando en la época visigoda se compuso el venerable modelo de la Hispana de los Concilios, copiado libremente por Vigila y Velasco, los padres españoles se procuraron documentos del Oriente y del Egipto, provistos de miniaturas" . Por su parte Cook ha analizado el parecido del tratamiento de las telas con el de algunos manuscritos coptos que se conservan en la Pierpont Morgan Library de Nueva York.
  Detalle del folio 59-Sierpe

Ambos influjos occidental, y oriental a través de lo visigodo, son perfectamente compatibles en el Vigilano, ya que Vigila pudo inspirarse en algún manuscrito de la Hispana que probablemente estuvo ilustrado, pero supo incorporar las nuevas corrientes artísticas, sobre todo europeas y también islámicas, que habían llegado ya a los escritorios castellanos e incluso al de San Martín de Albelda desde mediados de siglo, influjos patentes sobre todo en los aspectos ornamentales del códice. A la vez supo crear un estilo personal visible en la concepción de los personajes con innovaciones que preanuncian los tiempos románicos.
  
Detalle del folio 70v. Comienzo del índice de los concilios.
http://www.enciclopedianavarra.com/?page_id=2657
https://www.google.com/search?sxsrf=ALeKk03PFtBmeih71Mf5zbJj-EKQzAp9kg:1600805671848&q=c%C3%B3dice+albeldense+pdf&sa=X&ved=2ahUKEwjY5rLryf3rAhWyzYUKHWSACMQQ1QIoAnoECAsQAw&biw=1536&bih=750&dpr=1.25


domingo, 9 de febrero de 2020

BEATO DE LIÉBANA,EL CÓDICE DEL MONASTERIO DE SANTO DOMINGO DE SILOS


El 19 de mayo de 1840 compró el British Museum de Londres un manuscrito precioso; se trataba de una copia, espléndidamente iluminada, del Comentario de Beato de Liébana al Apocalipsis de San Juan. El códice había sido copiado en el scriptorium del monasterio de Santo Domingo de Silos pero ya había tenido una vida ajetreada desde sus propios comienzos.
Extraña que un cenobio tan antiguo como el de San Sebastián de Silos, situado al sur de la provincia de Burgos, fundada hacia finales del siglo IX o principios del X, no contara entre sus libros con un ejemplar de obra tan característica como éste hasta finales del siglo XI. Conocemos relativamente bien las vicisitudes de la biblioteca silense, sus manuscritos más antiguos, el renacer del scriptorium en tiempos del santo abad Domingo, que luego daría nombre al monasterio, el apogeo de los tiempos de don Fortunio... Pero en ningún momento hallamos que, a lo largo del siglo X, los monjes silenses dedicaran su tiempo y esfuerzo a la copia de un Beato, libro que, desde sus orígenes en la Liébana, a finales del siglo VIII, gozaba de un predicamento extraordinario. La casualidad y el interés de un archivero silense del siglo XVIII, el padre Domingo Ibarreta, han hecho que se conserven en el monasterio de Silos tres folios, procedentes de Santa María la Real de Nájera. Uno de esos folios, otrora del monasterio riojano de Cirueña, se fecha en el siglo IX, siendo así el testimonio más antiguo conservado de la transmisión manuscrita del Comentario de Beato, único además por su primitiva iluminación.
Pero nada de esto atañe directamente a Silos. A finales del siglo XI, cuando el texto de Beato empezaba a ser más raramente copiado y utilizado, los monjes de Silos deciden emprender la costosa tarea. Costosa porque se trataba de un códice que requería muy buen pergamino, tintas variadas, oro y plata para ser profusamente ilustrado. Si quería llevar a cabo una obra cuidada y bien acabada, era necesario además disponer de buenos calígrafos e iluminadores. Silos no carecía en este momento de nada de ello; los monjes Domingo y Muño pusieron manos a la obra, y el jueves, 18 de abril de 1091, a la sexta hora del día, dieron fin a la labor de copia del texto, que pudo llevarles unos cuantos meses. Siguiendo la costumbre, podían dar gracias a Dios por haberles permitido finalizar su obra: "Bendito sea el Señor que me condujo al puerto de esta obra. Bendigo también al rey del Cielo que me ha hecho llegar sin daño al final de este libro, amén".

Y es que la labor del copista es harto dificultosa, como ellos mismos se encargan de recordar al lector: 'La labor del escriba aprovecha el lector; aquél cansa su cuerpo y éste nutre su mente. Tú, seas quien seas, que te aprovechas de este libro, no te olvides de los escribas, para que el Señor se olvide de tus pecados. Porque quien no sabe escribir no valora este trabajo. Por si quieres saberlo, te lo voy a decir puntualmente: el trabajo de la escritura hace perder la vista, dobla la espalda, rompe las costillas y molesta al vientre, da dolor de riñones y causa fastidio a todo el cuerpo. Por eso tú, lector, vuelve las hojas con cuidado y aleja tus dedos de las letras, porque igual que el pedrisco destroza una cosecha, así el lector inútil borra el texto y destruye el libro.'

Finalizada su tarea, 'Domingo y Muño debieron pasar la obra, aún no encuadernada, a los iluminadores para que, en un año más o menos copiaran las iluminaciones del modelo en los espacios dejados en blanco al efecto. Pero entonces empezaron a sucederse unos problemas, cuya exacta determinación ignoramos. El caso es que, a la muerte del abad Fortunio, ocurrida hacia el año 1100, sólo se había llevado a cabo una mínima parte de las miniaturas. El trabajo debió paralizarse en los años sucesivos, pues el siguiente abad, don Juan, quien tuvo la dicha de recibir el manuscrito íntegramente iluminado de manos de su prior, don Pedro, quien debió llevar a cabo la mayor parte del trabajo que faltaba. La casualidad quiso que el 30 de junio de 1109, fecha del remate de toda la obra, fuera también el día de la muerte del rey Alfonso VI que había sido un insigne bienhechor de la casa de Santo Domingo.
El estado de conservación del manuscrito es tal que da la impresión de haber sido muy poco usado. Casi cincuenta años después de su remate, fue utilizado para copiar en uno de sus folios en blanco un documento que, por su importancia para la comunidad, merecía custodiarse en lugar seguro. Nos referimos a la división entre las mesas abacial y conventual, que tuvo lugar en 1158. Un lector curioso lo tuvo entre sus manos en el siglo XIV y señaló los pasajes que más le llamaron la atención. A partir de este momento ignoramos todo sobre él; en algún momento salió de Silos para no volver jamás.
En el siglo XVIII pertenecía al cardenal Antonio de Aragón, quien lo donaría al colegio de San Bartolomé de Salamanca, de donde pasó, cuando la supresión de dichos colegios, a la Biblioteca Real de Madrid. Cabe suponer que de ahí lo cogió José Bonaparte cuando fue rey de España, y luego fue vendido por él mismo al British Museum, cuando sólo era conde de Survilliers.
Esta es, 'grosso modo', la historia de un manuscrito que si bien a nivel textual no plantea mayores problemas, deberá ser profundamente estudiado a nivel iconográfico para determinar con precisión las diferentes manos que en él intervinieron, sus modelos e influencias, sus innovaciones, etc. Todo ello sin contar con que, en época indeterminada, fue enriquecido con unos folios, espléndidamente decorados, procedentes de un antifonario también silense, y de una visión del infierno, única para el arte románico. Pero también un análisis paleográfico concienzudo dará luz sobre la introducción paulatina de la escritura carolina en el reino de Castilla, ya que, escrito íntegramente en minúscula visigótica, son sin embargo frecuentísimas en el códice las influencias de la nueva forma de escribir.
Por encima de estas consideraciones más o menos eruditas, creo que es fundamental una valoración estética de nuestro manuscrito; con frecuencia olvidamos los sentimientos ante una obra de arte antigua o medieval para pasar rápidamente al análisis racional. Y no es esto lo que pretendieron Domingo y Muño y, sobre todo, el prior Pedro. El ejemplar silense de la obra de Beato es, sin ninguna duda, uno de los más bellos entre todos los conservados. 
Veamos alguno de los folios y su descripción...

El Infierno
El f. 2, originariamente en blanco, fue enriquecido por Pedro con la ilustración del Infierno, que ha adquirido una celebridad inusitada en el marco de la iconografía medieval por su rareza y complejidad. No es mi propósito realizar una larga digresión sobre dicha ilustración; tan solo resumir lo estudiado hasta el momento y consignar algunas ideas. La miniatura, de esplendoroso colorido, no figuraba en el plan inicial del antifonario, como ya advirtió hace bastantes años C. Cid. A. Boylan considera que esta imagen fue concebida para ilustrar la fiesta de San Román (18 de noviembre), incluida en los folios precedentes del antifonario. En ella se alude a las pruebas del calor y del frío a que es sometida la vida del justo, que equipara a la leyenda que rodea la imagen, “pasarán de gran calor a aguas de nieve y de aguas de nieve pasarán a gran calor” (Job. 24, 19), punto que será analizado a continuación. El sentido del texto de la fiesta del citado santo no tiene nada que ver con el tormento de los condenados del pasaje escatológico del Libro de Job. Recientemente S. Silva ha aportado nuevas opiniones, según mi parecer, convincentes. En mi opinión, esta ilustración se realizó expresamente para el beato, cuando este ya estaba terminado, en el folio que había quedado en blanco, con una clara idea doctrinal.
La composición se inscribe en un tetralóbulo, cuyos arcos coinciden con una circunferencia ideal, la medida de cuyo radio guarda una relación respecto al de cada uno de los correspondientes arcos de círculo del tetralóbulo que componen el infierno, y corresponde a la proporción áurea, al número áureo. En dichos arcos se dispone el vocablo IN / FER / N / US, sobre fondos verde, rojo, azul y rojo, contrastes que se asocian indudablemente a los generados por las inscripciones alusivas al paso del calor al frío. De esta forma se lee sucesivamente la inscripción donde se menciona un suplicio infernal de los violentos contrastes: el paso de los mayores calores a las aguas heladas y el proceso inverso, coincidente parcialmente con la paráfrasis de Job, 24, 19: “ad aquas nivium  aquas nivium transibunt ad calore nivium a calore nimio transibunt” –el texto de Job es “ad nimium calorem transeat ab aquis nivium et usque ad inferos peccatum illius”. San Jerónimo, como Bruno Astensis (de tormentis ad tormenta translati, nunc frigore, nunc aestu cruciabuntur) retoma la idea del contraste calor/frío como dos partes componentes del infierno: “duas gehennas… ignis et frigoris”. Los textos del infierno silense se disponen de manera concéntrica, de fuera hacia dentro.         
J. Yarza ha llamado la atención con buen tino sobre la estructura pantacular de la figura del infierno. Se trata de una representación cósmica construida por medio de círculos. Los seres dispuestos en ella afectan caracteres mezclados, entre animales y humanos, que se repetían en la compleja imaginería gnóstica, no en la tradición mozárabe ni foránea. Por otra parte, la disposición de los colores parece imbricarse en unas motivaciones precisas, tal vez de connotaciones mágicas conectadas con la alternancia de castigos de contraste.
Aunque visible desde cualquier lado, en la posición en que se contempla dentro del propio manuscrito, el arcángel Miguel figura en horizontal, pero en la posición inicial compositiva debe verse en pie con la balanza –primicia iconográfica en el arte hispánico–, frente al diablo, que pretende hacer trampa a su favor en el peso de los pecados. Si se desea continuar la lectura ha de girarse el folio en el sentido de las agujas del reloj. Cada diablo y los respectivos precitos se presentan sucesivamente de pie, no acostados. Se comienza por atimos, continuándose por radamas y se finaliza en beelzebub, a partir de la primera postura en que los protagonistas son Miguel y el diablo barrabás. Como advierte Yarza, si se traza una circunferencia concéntrica con la mayor, que pasa por los puntos de intersección de todos los otros de dicho tetralóbulo, se observa que roza los cuerpos curvados de los demonios, que parecen adaptarse a ella, contribuyendo a dar la impresión de rotación móvil que exige el conjunto. De hecho, el infierno de Silos constituye un pantáculo, objeto mágico, que hay que girar acompañado de la lectura de los textos, finalizado lo cual, posiblemente consigue aprisionar a alguien, particularmente a los avaros y lujuriosos, los representantes de los pecados más castigados.
Los cuatro demonios, de cuerpos horrorosos y agresivos, adoptan formas variadas, aunque sujetas a una anatomía parecida. Coinciden de manera palmaria en la figuración de grandes y desagradables ojos, con poder para producir daño. La superstición del mal de ojo (el aojo) tiene origen muy antiguo, y la Edad Media la hereda. De ahí los remedios contra dicho mal por medio de higas de azabache, coral, y otros objetos y materiales. Los nombres de los diablos entran a formar parte del repertorio en momentos diferentes. Si Satanás hunde sus raices, muy veladas, en la Biblia, con motivo de la caída de los ángeles malos, Asmodeo o Beelzebub entra en una dinámica más compleja, dotándosele de un estatuto de malignidad a partir del ser ambiguo que tenía en el Antiguo Testamento. Lucifer o Satanás sirven para identificar al diablo principal, el rebelde contra Dios y tentador del hombre. Otros penetran en el mundo demonológico medieval procedentes de medios gnósticos o maniqueos. La antigüedad clásica da vida a Radamas como juez de los infiernos. Es identificable con Rhadamanthus, hijo de Zeus y Europa, y su nombre afecta algunas variantes. Sus rasgos negroides podrían asociarse a los hombres no europeos, juzgados por Eaco, que junto a Radamente y Minos figuran en el Gorgias de Platón. Beelzebub proviene de una divinidad del Próximo Oriente. Incluso, ocasionalmente su nombre se divide, eliminándose el prefijo Baal o Beel, quedando solo Zebub o Zebul, como en el Beato de Girona (Girona, Museu de la Catedral, Num. Inv. 7). El nombre del malhechor liberado en lugar de Jesús, Barrabás, pasa en un momento indeterminado a figurar entre los demonios. Para San Isidoro (De ortu et obitu patrum) es una imagen del Anticristo, pero es más frecuente en fórmulas y textos de origen gnóstico. El nombre de Atimos, demonio lujurioso, como se deduce de la propia ilustración silense, tal vez sea un error de Minos. Nordström recoge la hipótesis de Roscher en cuanto a una combinación de Minos y su hermano Atymnios; también se ha propuesto un origen iranio. Se le aproxima más el nombre de Antemos, uno de los que sirven para designar al Anticristo en el Comentario de Beato, cuyo significado es abstemio de vino y bebidas espirituosas, aunque teniendo el texto a mano, resulta improcedente modificar el nombre. Por otra parte, la similitud con un demonio llamado Adinus invita a proponer la misma procedencia de ambos en el mundo antiguo cercano al gnosticismo, perviviendo en la Edad Media. Es de tamaño inferior a los demás y tiene una sola pierna; la otra es sustituida por dos pinzas de cangrejo con las que ataca a los dos amantes, que yacen abrazados en un lecho, cubiertos sus cuerpos con una manta. El hombre pasa una mano por el hombro de la compañera, cuya identidad con una hembra viene dada solo por los cabellos más largos. Aunque de manera genérica se alude al castigo del calor/frío, mencionado, y referente por tanto a todos los pecados, los únicos explicitados en la imagen son la lujuria y la avaricia. Se deduce el castigo de otros como los hipócritas, vengativos, etc., recogidos eventualmente en textos musulmanes y por los exégetas cristianos.
Beelzebub y Radamas castigan a dives, el rico, en la figura de un hombre muy bien ataviado, de cuyo cuello pende una gran bolsa al tiempo que sujeta dos más con las manos, evocación del cuerno de la abundancia. Los cabellos están saturados de circulillos verdes, tal vez sugerencia de monedas. Se trata de un pecado al que se ha prestado especial énfasis, ya que ocupa el centro de la composición. Radamas lo acosa con una lanza (bifurcum). El rico sufre además en la cabeza las mordeduras de las dos serpientes, serpentes comedunt divitem. Los pies de aquel son mordidos por dos sapos, que semejan tortugas, símbolo de los enemigos de Ra (el dios bueno en Egipto), que representan los poderes de la oscuridad y la superstición en el cristianismo primitivo. Beelzebub, aunque de perfil similar a Radamas, tiene cuernos, como el Barrabás gnóstico. Relacionado con círculos gnósticos se inscribe la figura de San Miguel pesante de almas. Aparece mencionado en el diagrama de los ofitas descrito por Orígenes, y se le vincula también con Mercurio en las gemas gnósticas, lo que provocó recelos en los medios cristianos primitivos.
Tal vez, opino con el citado autor, el pantáculo silense haya tenido un modelo cristiano del mismo tipo. Y quizá los años confusos y oscuros comprendidos entre 1109 y 1116 puedan suponerse como fecha de ejecución del Infierno, entendiéndose como una reacción a la reforma cluniacense por parte de la abadía. El énfasis conferido al pecado de la avaricia, que ocupa el centro del pantáculo, puede ser una feroz crítica al deseo de riquezas por los monjes de Cluny recién instaurados. La muerte oficial del abad Fortunio, que abre una nueva etapa, se sitúa en 1116, pero la real aconteció en 1109, año de finalización del Beato de Silos.


Cruz de Oviedo
La presencia de la cruz encabezando los manuscritos altomedievales es muy habitual. Esta es una de las cuatro cruces que enriquecen este beato.
En los manuscritos del siglo X se advierten dos tradiciones: la procedente de la miniatura francesa, que carece de encuadramiento y muestra la cruz cobijada bajo un arco y a la cual se asocia la presencia de las letras alfa y omega; y otra que carece de encuadramiento arquitectónico, sustituido por una rica orla decorativa.
El modelo de cruz de los manuscritos hispánicos suele inspirarse con frecuencia en la cruz de los Ángeles de Oviedo, realizada en el año 808, bajo el reinado de Alfonso II; de ella ha tomado el nombre en los manuscritos. La presencia de la cruz de Oviedo obedece a un triunfo contra los enemigos de la religión, como ponen de manifiesto las ilustraciones de códices o inscripciones en piezas de orfebrería.
Igual que la del folio anterior (f. 2v), esta cruz queda enmarcada por un arco de herradura y las estructuras de entrelazados alcanzan un extremo inusitado de complejidad.
De los brazos horizontales penden el alfa y el omega, que simbolizan el principio y el fin, atributo de la divinidad. Hacia arriba se prolongan sendos tallos rematados en estilizaciones florales que simulan ser dos lámparas. Esta decoración se ha inspirado directamente en la cruz del Liber Commicus de San Millán de la Cogolla.

La revelación a San Juan
La atmósfera de inmaterialidad que ha logrado crear el miniaturista consigue sobrecoger al espectador. Predominan los tonos oscuros sobre los amarillos y rojos, aunque se ha buscado amortiguar ese efecto de oscuridad mediante menudos grupos de pequeños círculos grises y rojos, salpicados por todo el fondo de la imagen.
La miniatura está dividida en dos registros claramente diferenciados. El arco que enmarca la escena del registro superior parece una referencia a las iglesias de Oriente, cuyos mensajes se ilustran en las correspondientes miniaturas. Bajo el gran arco de herradura aparece Cristo, entronizado e inscrito en una mandorla, y dos ángeles, a uno de los cuales entrega un libro, mientras el otro sostiene la mandorla.

En el registro inferior, san Juan recibe el libro de manos del ángel, situado en el centro de la imagen. El ala derecha del ángel aparece desplegada, como si acogiera al apóstol o le diera ánimos para llevar a cabo la misión que le ha sido encomendada. Otro personaje, situado a la derecha, actúa como introductor de la escena.
San Juan ante la ciudad de Éfeso
Escriba e iluminador han trabajado conjuntamente en este folio, que conjuga texto e imagen. En la miniatura, el apóstol san Juan se sitúa ante la ciudad de Éfeso, evocada mediante una puerta arquitectónica, una clara referencia al mundo clásico, a pesar de que esté formada por diversos arcos de herradura. El arco central está cobijado bajo un poderoso dintel, decorado en colores rojo y verde; a los lados, dos arcos pequeños con sendas torres a los laterales, y otra en el centro, rematada en un almenado de procedencia islámica.
Destaca la multitud de colores que el artista ha empleado para esta imagen: rojo, azul, verde, anaranjado, violeta, un vivísimo amarillo, ocre… El miniaturista ha destacado cada una de las piezas que componen el edificio pintándola de un color diferente.
San Juan está situado de pie bajo el arco central. La túnica y el manto de color oscuro contrastan con las vestiduras que cubren parcialmente, de un vivo amarillo.
El mensaje a la Iglesia de Esmirna
La ilustración, que pertenece al grupo de siete que representan los mensajes a las iglesias, responde a un modelo común en los beatos, siguiendo el modelo iniciado por Magio en el Beato de Escalada. El esquema se articula a partir del ángel y el apóstol frente a la correspondiente iglesia identificada por la respectiva inscripción. Las miniaturas de las cuatro primeras iglesias siguen el mismo esquema, con ligeras variaciones.
Los cortinajes que aparecen bajo el arco de entrada a la iglesia simulan la compartimentación propia de las iglesias de la Alta Edad Media. Es un elemento que aparece en todas las miniaturas, a excepción de las dos últimas. Los que aparecen sólo en algunos casos son el altar, presente en la representación del mensaje a la iglesia de Éfeso, y la lámpara, que se suele dibujar en la parte central de la franja superior de la imagen.
El artista ha estructurado el fondo de la imagen a partir de diferentes franjas de colores planos: azul, amarillo, rojo y verde, salpicados de numerosos circulillos. El marco está decorado a base de motivos vegetales de origen árabe.
La iglesia de Esmirna está sugerida por una esbelta edificación con un gran arco de herradura, limitado por dos torres que culminan en sendos arcos.

El mensaje a la Iglesia de Loadicea
El esquema compositivo de la imagen sigue la fórmula común de los mensajes a las iglesias: el ángel que da el libro a san Juan, a la izquierda, y la iglesia a la derecha. Sin embargo, en esta imagen el miniaturista ha identificado mediante inscripciones tanto a los personajes como a la iglesia.

La entrada de la iglesia está formada por dos grandes arcos de herradura amarillos. Sobre el dintel rojo, se sitúa otro arco más pequeño, en cuyo trasdós se dibujan tres almenas decorativas.

En esta miniatura, así como en la anterior, el artista ha prestado especial atención al color violáceo del fondo, que contrasta con el amarillo, el rojo y las tonalidades más oscuras, como el azul o el verde.

La imagen del águila, el animal que se asocia a san Juan, representa la letra a que inicia el texto. El ave, nimbada, apoya las patas sobre un cojín y despliega una de sus alas mientras mantiene la otra plegada. Mantiene la cabeza girada hacia las columnas de texto, como si nos invitara a leerlo. El artista ha puesto especial empeño en el minucioso dibujo del plumeado.


El Cordero y los cuatro seres vivientes
El Cordero es el personaje central, en torno al cual se sitúan los cuatro seres vivientes y una representación de los veinticuatro ancianos. En el texto de Beato, los vivientes y los ancianos personifican simbólicamente la Ley. Los cuatro animales simbolizan a los cuatro evangelistas: el león se identifica con san Marcos, el toro con san Lucas, el hombre con san Mateo y el águila con san Juan. En esta ocasión se han representado con grandes alas rojas decoradas y sobre las ruedas de Ezequiel. Los ancianos se han reducido a doce, cuatro de ellos ante los símbolos de los evangelistas, y el resto tocando instrumentos musicales o portando lámparas.

La estructura circular con la que el miniaturista ha organizado la composición evoca una cúpula. Se ha interpretado como una visión cósmica, formada a partir de círculos concéntricos. El sentido estático de la imagen contrasta con el dinamismo de la miniatura dedicada al Infierno (f. 2r), cuyos personajes transmitían movimiento continuo, así como la propia estructura de la imagen, que invitaba al espectador a hacerla girar.

Cristo aparece entronizado sobre los círculos, portando el libro de la revelación escrito por dentro y por fuera y sellado con siete sellos, que sólo podrá abrir el Cordero. Está inscrito en una vistosa mandorla decorada que sostienen dos ángeles, a los que el artista ha pintado tres alas de colores desplegadas.

La lucha de la serpiente contra el hijo de la mujer
Constituye una de las composiciones más deslumbrantes del programa ilustrativo de los beatos, tanto así que ha tenido cabida en la película El Nombre de la Rosa la que corresponde al Beato de Fernando I. Se figura a doble página en trece de los ejemplares conservados. La escena reúne diferentes episodios que se reflejan sin seguir un orden estricto de la sucesión narrativa. Explicada por medio de diversos textos, la ilustración está dominada por el gran dragón rojo de siete cabezas, que se constituye en el eje vertebrador de toda la historia; con las distintas cabezas lucha contra la mujer y los ángeles y vomita agua en el desierto, adonde aquella ha huido. Salvo en el Beato de Osma (f. 117v), donde el sol está sobre su cabeza y el niño desnudo sobre su vientre, los demás trasladan el sol al vientre, modalidad que se impone hasta el siglo XIII. Sobre la cabeza forman su corona doce estrellas. Bajo sus pies se dispone el disco lunar invertido (mulier amic/ta sole ex luna / sub pedibus ei[us] / et sup[er] caput / corona / stellarum). Se trata de un elemento fijo, a excepción, de nuevo, del Beato de Osma, que coloca la luna completa, y el de Arroyo (ff. 110v-111r), con el creciente hacia arriba. Si el dragón con su corpulencia y magnitud domina la escena, la mujer se repite en tres ocasiones. Importaba clarificar la sucesión de los acontecimientos. A la derecha de la ilustración, la mujer, alada, lleva al hijo ante el trono de Dios (ubi puer raptus est / ad d[ominu]m). La convención celeste se indica por medio de estrellas, donde están inscritos los tres personajes. La mujer, que ha huido al desierto, es representada abajo a la izquierda con grandes alas, una hacia abajo y la otra desplegada (date sunt / mulieri ale / aquile) y la serpiente (serpens / misit / aquam / ex / ore / suo / post / mulierem) alude a dicho animal satánico. San Miguel alado, acompañado de dos ángeles, sostiene una lucha con el dragón (michael et angeli eius cum draco[ne] / pugnant), venciendo y derribando a Satanás y a sus ángeles. Con su apariencia de Satanás, se halla atado en las profundidades del pozo del abismo interpretado a modo de cepo. En torno a él se sitúan desnudos sus ángeles sin alas (quos draco traxit angeli in infernum mittunt). Con su cola, el dragón ha barrido una tercera parte de las estrellas del cielo (ubi draco traxit / tertiam partem / stellarum), en número no coincidente en los distintos beatos, lo que significa simplemente un número simbólico. Los textos indicados coinciden con los de los beatos de la familia IIa, aunque se registran algunas variantes.

La visión de la lucha cósmica entre las fuerzas del bien y del mal constituye tal vez la más grandiosa de la revelación a Juan. Daría lugar a dos temas iconográficos del arte cristiano: San Miguel y la Inmaculada Concepción, esta última a partir del siglo XV. Sin embargo, tanto para Beato como para los primeros exegetas, la mujer vestida de sol personifica la Iglesia, y nada tiene que ver con la Virgen. Tanto el color como la composición imprimen a la ilustración un fuerte dramatismo. El dragón, que destaca por las cabezas y el colorido rojo, será derrotado por los ángeles lanceros, y ya vencido, contempla la caída de sus ángeles desnudos ápteros, prefiguración de los condenados en el Juicio Final.
La gran Meretriz de Babilonia y los reyes de la tierra
Babilonia es personificada como prostituta en la historia de la mujer y de la bestia. Comprende este episodio el capítulo 17 del Apocalipsis, y constituye el libro 9 de los comentarios de Beato, dividido en tres pasajes con las correspondientes explanationes e ilustraciones. Estas son: la gran Meretriz y los reyes de la tierra, la mujer sobre la bestia y la victoria del Cordero sobre ellas, donde la mujer no suele aparecer, más que excepcionalmente, como en el Beato de Osma. Como advierte A. Sepúlveda, las miniaturas ilustran cada una la respectiva storia, pero muchos detalles provienen de las interpretaciones proporcionadas en la explanatio de las otras, ya que se hallan estrechamente vinculadas incluso en el texto apocalíptico. Babilonia es la ciudad del diablo, opuesta a la ciudad de Dios, la Jerusalén celestial, la Iglesia, cuya representación humana en el Apocalipsis es la imagen ya analizada de la otra mujer, la que aparece envuelta en el sol, la luna bajo sus pies y tocada con una corona de estrellas bajo su cabeza.
A diferencia del resto de los beatos, el Beato de Silos constituye una excepción en la forma de representar la figura de la Gran Meretriz, ya que aparece de pie y no entronizada (meretricis magnae sedens super aquas multas). Esta última fórmula es una derivación iconográfica de la majestad de los califas abasíes, de donde parece que proviene la inspiración de la miniatura. Tampoco se toca la cabeza con corona, ni con la figuración de una ciudad, derivación del mundo helenístico y continuada en el clásico. De él lo recoge el arte sasánida de los siglos III-VII d. C., y superponiéndole la media luna, deviene una convención islámica. Porta en una mano una copa, cuya base terminada en sendos apéndices es sostenida por la meretriz y por uno de los reyes, al que se la ofrece. La copa de este tipo, con estructura cónica, está relacionada con la copa de los mundos abasí. La representada en el beato silense afecta un interés especial por la riqueza, cristal violado montado sobre conspicua base de oro. De hecho, este énfasis está acorde con el texto de la storia siguiente, donde se consigna que tiene “en su mano una copa de oro”. 
La ramera ha bebido con los reyes de la tierra el vino de la fornicación. Así se pone de manifiesto en el texto: ubi mulier pro/pinat de calice pleno / sanguine. La mujer está sobre las grandes aguas, trazadas sobre una masa violácea y recorrida por líneas de colores rojos y azules. La corriente de agua tiene un sentido simbólico y está concretada en el río Éufrates, que atraviesa Babilonia y precisamente el relato apocalíptico identifica esta ciudad con la gran ramera. Esta alusión a las aguas se contradice con el comienzo del versículo 3 (y me trasladó en espíritu al desierto), que sería más lógico asociar a la visión siguiente, la Meretriz sobre la bestia. Los dos reyes, que visten túnica talar y manto encima, se tocan con artísticas y airosas coronas, convención utilizada por el iluminador para este tipo de objetos así como para las lámparas.
Sigue a la ilustración el texto de la explanatio con 'Et uenit unus ex septem angelis...', formada por una cabecita de león de la que salen las consabidas ramas de ataurique evolucionado y una palma en medio, todo de color amarillo recorrido por rayitas rojas.
Cuarta Visión: sueño de Nabucodonosor sobre el árbol
El rey Nabucodonosor interroga a Daniel sobre un sueño que ha tenido relativo a un árbol. Esta parte del relato aparece en el beato de Magio, seguida de la materialización del sueño, con Nabucodonosor en la selva, capítulo que se hizo extraordinariamente popular a partir de la representación de Magio. Sin embargo, en el Beato de Silosaparece tan solo la primera parte, ya que la segunda se recogía en un folio perdido. La imagen de este códice es especialmente singular, ya que se ha representado sólo a los dos protagonistas: el rey y el profeta. Nabucodonosor no está entronizado, como en manuscritos anteriores, pero aparece de pie muy engalanado, con numerosos y extraños adornos, portando una espada y una espléndida corona. Aparece situado dentro de una construcción rematada en almenas, con unas pilastras que cumplen una función meramente decorativa. El sorprendente atuendo del rey está perfilado por una línea de grandes perlas amarillas que dotan a la imagen de gran expresividad y transmiten la idea de lujo y riqueza que se asocia a la corte de Nabucodonosor.

La figura del rey aparece tremendamente desproporcionada, con la cabeza y las manos muy pequeñas con respecto al cuerpo. Las dimensiones de Daniel, en cambio, son mucho menores. El profeta, que extiende su mano hacia el rey haciendo ademán de diálogo, le explica el significado del sueño.



Quinta visión: El festín de Baltasar
El rey Baltasar, hijo de Nabucodonosor, celebra un banquete impío con mil de sus príncipes. Ya ebrio, ordena que se sirva más vino en los vasos del templo de Jerusalén, que su padre había conseguido como botín. En ese momento aparecen los dedos de una mano que empieza a escribir sobre el muro tres misteriosas palabras: ManeThecelPhares, de significado desconocido para los sabios, que son requeridos por el rey para interpretarlas. La reina reclama la presencia de Daniel, el profeta que supuestamente ha sobrevivido a demasiados reinos, que además de amonestar con severidad a Baltasar, le explica el significado de las tres palabras. Se trata de las predicciones de la caída del rey. Mane significa que Dios ha puesto fin a su reino; thecel, que su peso en la balanza no ha alcanzado el requerido; y phares, que el reino se ha dividido y se entrega a medos y persas.
El banquete se celebra bajo una gran arco de herradura –que en el beato de Magio imita a los arcos califales de la mezquita de Córdoba con dovelas despiezadas alternando colores claros y oscuros–, en torno a una mesa circular con los invitados recostados a la manera romana. El artista ha asociado dos conceptos relacionados con culturas paganas, la romana y la islámica, en una representación de carácter negativo. Además, el vino de la profanación recibe especial atención, ya que aparece en primer término, transportado en una redoma por un sirviente.
El miniaturista de este beato sigue la creación de Magio, cuyo sentido de la simetría en la disposición del banquete destaca en la composición.

Bibliografia:
https://www.moleiro.com/es/beato-de-liebana/beato-de-silos-beato-de-liebana.html
Ángela Franco Mata
Jefa del Departamento de Antigüedades Medievales del Museo Arqueológico Nacional
(Fragmento del libro de estudio Beato de Silos)
Miguel C. Vivancos,
O.S.B. Monje de Silos,
Bibliotecario del monasterio de Silos
Doctor en Historia
https://www.turismo-prerromanico.com/manuscritos/beato-de-silos-20131015171807/