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lunes, 16 de julio de 2018

GREGORIO MARAÑÓN Y LA ESPERANZA ANTE LA CRISIS DEL SIGLO XX (II DE II)


Como español a secas;Marañón vio a España,la criticó y esperó en ella y de ella según la pauta estimativa de la generación a que pertenecía y que hoy se suele llamar "del 14":y como médico (por honda y bien servida vocación lo fue,como la eminencia que todos conocemos),su visión,su crítica y su esperanza obviamente tuvieron como suelo y marco la empresa que comúnmente se propuso la médica de esa generación.
Bien notorios son,los nombres cimeros de la Generación del 14: Ortega, Ors, Perez de Ayala, Américo Castro, Madariaga, Azaña, Rey Pastor, Angel Herrera...Como pensador y como médico,con ellos estuvo Marañón. Heredera de las dos inmediatamente precedentes,la del 98 (Unamuno,Menedez Pidal...) y la de 1880 (Cajal,Menédez Pelayo...),en esa generación tuvo su principal agente la definitiva "europeización" de lo mejor de la cultura española. El amor a España, la crítica de España, el trabajo actualizador y creador y la esperanza en su actividad reformadora fueron notas comunes en la obra española de ese espléndido grupo de hombres.
Como Ortega,Marañón prosigue la tarea crítica frente a la realidad histórica y social de España,constante desde Feijoo, y en cierto modo desde Cervantes y Queved,en buena parte de los mejores españoles.Pero cuando uno de ellos ha cumplido una tarea no sólo desde su situación,también desde su talante personal, y (salvo en contadas ocasiones) el de Marañón le movió de ordinario a la expresión serena y sosegada. No es fácil encontrar en su obra frases comparables en vehemencia y aspereza tantas de Unamuno,Azorin y el propio Ortega.
En la anchura y variedad de su obra escrita,éstos son los motivos principales de su descontento ante lo que España ha sido en su historia y en su vida:

1-Deficiencia de nuestro interés por la ciencia y consiguiente escasez de nuestra producción intelectual y científica. Causas de tal deficiencia habrían sido :el haber vivido durante los siglos de nuestra grandeza "derramados hacia afuera,en perpetua guerra, ya de conquista, ya civil, sin alcanzar el reposo necesario para organizar la ciencia" ; "la falta de austeridad en el espiritu" y un "ambiente desfavorable,sin posibilidades económicas y con mil vias abiertas a la tentación" ; una viciosa orientación de nuestra religiosidad tradicional, un "miedo absurdo a buscar la verdad fuera de Dios,como si Dios no estuviera en todas partes".

2-Consiguientemente: la ausencia en nuestros hábitos de "esa suerte de crítica impersonal y rigurosa,que no excluye la cortesia"; una frecuente y abusiva consideración del ingenio y la buena pluma como patente de corso y motivo de absolución : " Basta tener pluma fácil y algo de ingenio a su servicio para que todo lo demás sea perdonado".

3-La conversión de la injusticia social en hábito: "En España,hasta hace muy poco,la buena mesa era privilegio de unos cuantos elegidos".Hábito a que da expresión médica el tempranísimo y acusado envejecimiento que la maternidad y la miseria habitual imprimen sobre el cuerpo de las mujeres de nuestro pueblo campesino.
4-Ciertas lacras de nuestra vida social,la frecuente hostilidad,expresa o tácita,frente al que triunfa,la excesiva carencia de ternura en la almas,la tendencia a la mitificación positiva o negativa del pasado...

En la vida española,escribió Marañón, "hay algo que nos mantiene en permanente vilo,algo que bordea,cada día,el drama" ; y la causa principal de ese "algo" estaría en la suma de los vicios y las deficiencias que el ve en la vida individual y colectiva de los españoles.Pero su denuncia no está movida por el masoquismo,sino por el amor; y cuando no es blanda complacencia, el amor lleva siempre consigo voluntad de verdad y de perfección, porque "en la vida de los pueblos, como en la de los individuos,la perfección no nace de la satisfación sistémica, sino al revés, del examen permanente de conciencia y de la dolorosa,pero profunda,contrición".
Completando su visión de si mismo,puede decirse que Marañón fue un "esperanzado oficiante en la religión de crear esperanzas":Criticó la realidad de España porque con voluntad de perfección y esperanza en su futuro la amó.Con auténtica esperanza,no con ligero y retórico optimismo, y por consiguiente poniendo bajo un "si" condicional su confianza en el logro de lo esperado. "Si" que en su caso llevaba dentro las siguientes exigencias :

1ª- Reforma de la vida española por la vida de la educación.Tan pronto como como en la segunda mitad del siglo XIX se hizo viva y apremiante la conciencia de nuestro atraso respeto de las otras naciones de Europa ,surgió asi el propósito de conseguir mediante la educación la necesaria "puesta al dia" de la sociedad española.

2ª-Exigencia de una europeización de España centrada por la de su cultura superior,semejante a la que en el primer decenio habia formulado Ortega.De ese europeismo ha surgido la egregia gavilla de los españoles para los que ser europeos consiste,en ser "europensibus ipsis europernsiores",(mas europeos que los mismos europeos),en tanto que abiertos sin prejuicios nacionalistas a toda la diversidad de la cultura europea.

3ª-Voluntad de una eficacia social de la reforma duradera en el tiempo; por consiguiente,creación y fomento de instituciones idóneas para la ejecución del propósito reformador.El Instituto de Patología Médica fue, en el caso de Marañón,testimonio fehaciente de esa voluntad, aunque el excesivo optimismo de su fundador respecto de la calidad moral de los herederos de su obra médica privara de la necesaria solidez administrativa a tan importante empresa; mas tambien fue expresión de ella su activa participación en cuantas instituciones cientificas o literarias (academias,sociedades etc..quisieron solicitarla).

4ª-Un amoroso conocimiento de la tierra de España,movido,como el de Ortega,por le que habia inicado la Institucion Libre de Enseñanza y heredaron los hombres del 98 ."Si el amor es la raíz y el decoro de mi existencia",decia en 1937 a los gallegos de Montevideo," es no sólo porque nací en la Península de los altos y tristes destinos,tambien porque he empleado las horas de más noble afán de mi vida en conocerla palmo a palmo,con la mirada incansable con que buscamos hasta las honduras recónditas del alma de la mujer amada.No hay camino de España que yo no haya reconocido,ni vereda de sus serranias que no haya hollado con mi pié..."

5ª-La igualmente amorosa estimación de lo popular español: las cocina regionales,la tauromaquia,el folklore,la vida cotidiana de los campesinos...Con un literato y un pintor de la generación del 98, Valle-Inclan y Zuloaga,varios eminentes miembros de la del 14 (Ortega,Marañón,Perez de Ayala...) rompieron con la tradicional separación social entre el intelectual y el festivo, y dieron una versión actual y española a la tan espléndida sentencia de Terencio " Hispanus sum,et nihil hispanici a me alienum puto".

6ª-Con el ánimo de comprensión del liberal genuino como fundamento,pero sin renunciar jamás a la lucidez y a la crítica,un constante amor de salvación a todo lo salvable en la realidad y en la historia de España: no sólo,por tanto, a las personas y las hazañas que sinceramente quiso y admiró (Vives,Feojoo,Galdós,Cajal...) tambien a alas mas controvertidas.Su carácter y su oficio de médico, juntos entre si,a eso le condujeron cuando se decidió a ser también historiador." Analizando cualquier hecho histórico",escribió ," Llegamos siempre a la esfera imponderable de la intención,en la que reside el nudo del drama de la Historia y en la que hay argumentos para justificar todos los actos humanos y par explicar todas las pasiones!.

Tal fue a grandes rasgos,la estructura del "si" condicional  de la esperanza española de Marañón:tácitamente vino a decir :  "Si todo esto se cumple en la vida social y política de España,no sólo en sus minorías mas cultas,la esperanza en su futuro tendrá su fundamento". A lo cual cabria responder con una interrogación ..¿Y si todo eso no se cumple? 
Muy poco o nada fueron cumplidas esas condiciones de la esperanza de Marañón 
Marañón esperaba "In spe contra spem",sutil y donosamente escribió Ortega " Son tan debiles en España las esperanzas, que los españoles tenemos que abrigarlas para que no se nos mueran" ...
Abrigador de su esperanza en España,además de oficiamnte en la tarea de suscitarla,fue de por vida el español Gregorio Marañón...
   
 Bibliografia:
Pedro Lain Entralgo "Esperanza en tiempo de crisis" (Galaxia Gutemberg)      

  

  


      

GREGORIO MARAÑÓN Y LA ESPERANZA ANTE LA CRISIS DEL SIGLO XX (I DE II)




Ya bien entrado en la madurez,Marañon se llamó a si mismo "oficiante incansable en la gran religion de crear esperanzas":Pero la entrega entusiasta a tal oficio,¿quiere decir que quien lo practica sea necesariamente hombre esperanzado?.
En principio,no.Por la razón que sea,uno puede entregarse generosamente a la tarea de crear esperanzas,aunque en su fuero interno haya perdido las que trata de infundir a los demás.Recordemos el caso del protagonista de San Manuel Bueno,mártir,acaso el mas hermosos de los relatos de Unamuno. Otros hay como él (menos mártires,tal vez) en la vida real.Pero no fue este el caso de Gregório Marañón como creador de esperanzas.En todos los ordenes de la existencia humana fue hombre esperanzado
Muy claramente vivió Marañón el hecho de existir en el seno de una profunda crisis histórica,la tercera en la historia del mundo occidental,y a sus ojos consistente,como las otras dos,en la mezcla de una desazón angustiosa y un presentimiento.La angustia de la Roma de Séneca tenía como causa la ya iniciada decadencia del mundo antiguo, y como horizonte un vago presentimiento de la novedad que iba a traer consigo el cristianismo.La desazón que sienten las almas europeas al término de la Edad Media era a la vez hastío de la cultura medieval y presentimiento de América,un secreto anhelo de la ya próxima integridad planetaria ; con él se mezclaba la íntima apariencia de una vida regida por la Razón y el Progreso,los dos grandes mitos históricos de la Europa ulterior al Medioevo ; y a favor de uno y otro ,la creciente ilusión de convertir el planeta en un confortable y definitivo Paraíso . Pero en el siglo XX, concluye Marañón,esos ideales se evaporan , se debilita o se pierde la fe en la Razón y el Progreso , y una nueva angustia y un nuevo presentimiento se adueña de las almas . Por tercera vez en su historia, el mundo occidental entra en crisis.
Puntual y sumariamente enumeraré las notas que Marañón discierne en la estructura de la desazón del siglo XX :
1...Desorden moral: insensibilidad frente a la injusticia,crisis del sentimientos del deber. Marañón denuncia los atropellos "que se ejecutan en un vacío de sanción por parte de la sociedad" y ve como el "ansia desmedida de los derechos arranca el sentimiento del deber"
2...Pánico del instinto de la especie,por tanto descenso de la natalidad.
3...Quiebra de la fe en en valor absoluto de la ciencia y declinación del arte. 
4...Cambio profundo en el modo en cuanto a los instintos fundamentales ,pérdida del terror mítico a la muerte,cambio de aptitud frente a la enfermedad,sustitución progresiva del mando como función instintiva por el mando como instrumento objetivo de la ordenacion racional de la vida pública.
5...Ligero sentimiento de angustia ante el presente,angustia que no surge ante la nada,como Heidegger, y que no pasa de ser,según la bella fórmula de Marañón," una penosa nostalgia del bien que no se ha llegado a conocer".
En el presentimiento de este bien,se integran,a su juicio,los momentos siguientes :
 A- Paz,como resultado de la definitiva fusión del Viejo y el Nuevo Mundo, y como definitiva liberación del pánico que sufre el instinto de la especie.Una paz basada en la inteligencia y el amor,no en un pacto táctico,mas proxima a la eirene de los griegos que a la pax de los romanos.
 B- Creciente importancia de la ciencia,sin desmesura ni beateria, en la configuración de la vida humana.
 C- Nueva idea de Dios y renovada penetración de la fe religiosa en la vida histórica del hombre."Un anhelo secreto hacia la divinidad se advierte en casi todo el movimiento intelectual del mundo moderno" ,escribía Marañón en 1930 ; y a través de tantas y tan graves catástrofes,ésta siguió siendo su convicción íntima hasta la muerte.
Asi entendió Marañón la crisis del siglo XX.De tal situación histórica se sintió hijo y a ella estuvo vinculado su "patriotismo del tiempo" (su amor al presente) y su "patriotismo de la patria".Nunca fue nostálgico del pasado,aunque de el amara y admirara épocas y figuras;nunca, por otra parte,fue nostálgico del futuro,como los doctrinarios del progresismo.Con reposo clásico unas veces,con romántico arrebato otras,en todo momento amó el presente,su presente, y prefirió la inquietud de ser en él esperanzado y animoso a a la imaginada perspectiva de un futuro placiente y reposado.Un dia de julio de 1950.su pluma,para efusión o para diversión,dejaba la prosa por el verso,escribió este revelador poema confesional :
Yo solamente deseo
ser siempre el que ahora soy.
Mi día mejor es hoy,
mi mejor mundo el que veo.
Amo a todo en lo que creo
a lo humano y lo divino.
Y adoro todo camino 
sin saber a donde van,
y llamar al pan,el pan,
 y llamar al vino,el vino...

Desde este declarado amor a a su presente conoció y vivió Marañón la crisis del siglo XX, y desde el vivió y formuló su esperanza en su mundo,el mundo occidental.Como europeo,como occidental ¿que esperaba Marañón y de que modo esperaba?.
Esperaba según su fórmula,ese "bien que no se ha llegado a conocer",integrado por los concretos bienes antes expuestos. Y lo esperaba conforme a lo que él tan profundamente era y tan reiteradamente dijo ser : un liberal intimamente fiel al modo mas radical y mas noble de entender el liberalismo.
Ante una situación vital compleja (escribió) hay tres modos cardinales de afrontarla: la resolución univalente (la rápida elección de una determinada respuesta,entre varias posibles) ,la duda ( la metódica y ponderativa vacilación mental ante la pertinencia de cada una de ellas) y la ambivalencia (la simultánea inclinación del ánimo hacia las que en tal situación entran en juego) ¿Cual es la mejor? " Para la eficacia ",responde Marañón ,"el mejor es el hombre resuelto.Intelectualmente ,el mejor es el hombre que duda ( y que desde la duda,sabe buscar la verdad) .Y moralmete ,acaso el hombre ambivalente quizás sea el mejor". 
¿Por que? Porque la actitud ambivalente supone la comprensión de la razón del ser de las dos o mas aptitudes contrapuestas ante las que la ambivalencia surge.Ella es,en consecuencia,el nervio psicológico del liberalismo,entendido como disposición anímica y moral, y no como doctrina económica o política.De ahi el destino triste del liberal cuando la vida colectiva se arremolina o,mas levemente,cuando la vida histórica entra en crisis.Elocuentemente descubre Marañon ese trance: "Cuando hay que elegir entre uno y otro lado de la barricada,el liberal,no sabe lo que hacer.No porque ignore,como el hombre que duda,donde está la razón,sino porque no alcanza a quitar la razón del todo a nadie,ni darla a nadie por entero...Por eso en los dos lados,le miran con desconfianza.Muchas veces,desde ambos lados le lapidan". Tal fue su caso durante nuestra guerra civil y su inmediata postguerra.Con su anverso de gloria y su reverso de miseria,concluye " La ambivalencia del liberal equivale a generosidad"¿Que cabe hacer en tal situación? ¿Inclinarse por la abstención total? ¿Dejar que la crisis o el conflicto sigan su curso y evadirse hacia lo que en el propio presente sea grato,o al menos tolerable? .No.Siempre cabe vivir con dignidad,hablar con la libertad de que se disponga o callar haciendo que sea significativo el silencio,trabajar con empeño y ambición,mostrar con la propia conducta que es posible una correcta solución del conflicto...y saber esperar. Porque "a costa del dolor del liberal el mundo avanza,sin que alcancen a despeñarlo la extremosidad de los impulsos y la duda cautelosa de los tímidos".
Cada uno en su situación y a su personal modo,asi vivieron y esperaron los hombres del pasado que mas expresamente admiró Marañón (Vives,Erasmo,Feijoo,Jovellanos...);asi tantos mas, después de la Revolución francesa, y asi el propio Marañón, a la vez que conquistaba la serenidad y la tenue melancolía a que llegó,siempre dentro de la crisis de su siglo,en los últimos años de su vida.

Bibliografia:
Pedro Lain Entralgo "Esperanza en tiempo de crisis" (Galaxia Gutemberg)      
 

             

  

sábado, 14 de enero de 2017

EL EXISTENCIALISMO....CRISIS DE UNA ÉPOCA Y SU FILOSOFIA


El existencialismo es el nombre con que se designa a una serie de corrientes filosóficas que, desde los años treinta del siglo XX, se extendieron por Europa y que, a pesar de tener intereses y conclusiones diferentes, coinciden en entender la filosofía como análisis de la existencia, entendiendo por existencia el modo de ser el hombre en el mundo. El análisis de la existencia significa, consecuentemente, la aclaración e interpretación de los modos con que el hombre se relaciona con el mundo en virtud de sus posibilidades de conocimiento, vivencia y acción, y, al mismo tiempo, la aclaración e interpretación de aquellos modos con los que el mundo se abre al hombre, determinando o condicionando sus posibilidades.
El existencialismo, como corriente filosófica contemporánea, se presenta como la expresión y creación de un clima cultural que puede ser descrito negativamente como la crisis del optimismo romántico. Este optimismo que entra en crisis se fundaba en el reconocimiento de un principio infinito (la Razón, el Absoluto, el Espíritu, la Idea o la Humanidad) que constituía la sustancia del mundo, que lo regía y lo dominaba, lo mismo que al hombre, garantizándole sus valores fundamentales y determinando su progreso infalible. Los existencialistas sintieron el deber histórico de destruir en Europa ese mito romántico de la conciencia o espíritu infinito, guía del mundo, para sustituirlo por un saber sobre el hombre en cuanto ser terrestre y mundano. Para el existencialismo, el hombre es un ente finito, limitado en su capacidad y en sus poderes, arrojado al mundo, abandonado al determinismo de éste, y en lucha incesante con situaciones que pueden conducirlo al fracaso.
Frente al optimismo romántico, el existencialismo es el producto intelectual de una toma de conciencia radical de la situación social y cultural de crisis profunda, originada por la terrible ola de violencia y destrucción de las dos guerras mundiales, que sembraron de ruina y muerte todo el planeta. Estas dos conflagraciones mundiales provocaron una inmensa crisis en los órdenes gnoseológico y axiológico, manifestaron el drama de la muerte y la angustia de la finitud del hombre, y colocaron en el primer plano de la reflexión filosófica el tema del sentido de la existencia humana. El existencialismo fue una respuesta filosófica al desolador panorama de la pérdida colectiva de sentido. Por ello, la filosofía existencialista encuentra su auténtico significado cuando se la considera como profunda reacción indignada contra el movimiento cultural que postulaba el proceso de disolución de la persona humana y representa el enorme esfuerzo de recuperación de los valores singulares de la persona frente al degradante proceso de despersonalización que se había iniciado de forma irreversible desde comienzos del siglo XIX.
Este proceso de despersonalización es visible, en primer lugar, en el plano filosófico. Las dos corrientes filosóficas más dinámicas de comienzos del siglo XIX eran el idealismo hegeliano y el materialismo mecanicista. Ambas, a pesar de sus planteamientos radicalmente dispares, mantenían el único criterio común de considerar al sujeto humano como un ser pasivo, inerte, carente de esencia propia. El materialismo mecanicista consideraba al hombre como un mero producto de las fuerzas de la materia y todos los rasgos de su conducta podían explicarse por meras reacciones fisicoquímicas. El sujeto carecía de libre iniciativa y todas sus reacciones futuras podían determinarse previamente mediante leyes matemáticamente rigurosas. El idealismo hegeliano veía en los hombres reales y concretos el medio del que se servía la astucia de la Razón Universal para alcanzar sus objetivos. En el materialismo mecanicista, el hombre se disolvía ante la realidad material, y en el idealismo hegeliano quedaba aniquilado ante el Espíritu Absoluto. En estos dos movimientos, el hombre concreto, el hombre en su singularidad y sus cualidades personales, quedaba totalmente fuera del horizonte de la reflexión filosófica y, poco a poco, se fue llegando a la negación de la singular interioridad humana y de los anhelos, angustias específicas, tareas y proyectos existenciales particulares de los hombres concretos.
En el plano socio-político, el proceso de despersonalización se manifestó en el auge de los totalitarismos políticos de derecha o de izquierda en el panorama social europeo. El individuo quedaba reducido a una pieza anónima de la gigantesca máquina del Estado y era dirigido solamente por el ritmo y exigencias de este monstruoso artefacto. Los estados totalitarios comunistas del Este europeo, o los estados fascistas del Oeste, fueron limitando las libertades individuales de pensamiento o acción, ahogando con presión creciente los valores personales, avanzando en un proceso de sofocante despersonalización de todos los ciudadanos sometidos a sus órdenes autoritarias.
También aparece clara, en tercer lugar, la despersonalización en el campo laboral. En los países capitalistas democráticos el proceso de industrialización empobrecía la subjetividad humana en el plano económico-laboral. La división del trabajo y el proceso de progresiva automatización inherente al desarrollo de la tecnología, deshumanizaba al trabajador y lo convertía en un simple objeto desustancializado dentro del gigantesco engranaje industrial de la sociedad de consumo. La sociedad de consumo capitalista transformaba a los hombres en cosas, y las cosas carecen de singularidad, de creatividad, de responsabilidad o libertad.
Por estos aspectos despersonalizadores, el existencialismo se encuentra, ya desde sus comienzos, unido a ciertas manifestaciones literarias anteriores, en las que aparece más vivo que en otras el significado problemático de la vida humana. Las obras de Dostoievsky y de Kafka son dos manifestaciones claras de ese vínculo.
La relación con Dostoievsky se plasma en la continua presencia en su obra del problema del hombre que en cada momento elige las posibilidades de su vida, las realiza y carga con el peso y la responsabilidad de esta realización, pero que al mismo tiempo se encuentra continuamente más allá de dicha realización frente al propio enigma que resurge y se renueva, frente a otras posibilidades de elección y de realización. Así, por ejemplo, en Los hermanos Karamazof, el proyecto grandioso del Gran Inquisidor, que quiere hacer a los hombres esclavos y felices, cede ante el silencio y la mirada de Cristo, símbolo de la libertad constitutiva del hombre, de donde desciende todo bien y todo mal posible.
La relación con Kafka puede detectarse en la aguda visión que este autor tiene del sentido negativo y paralizante de las posibilidades humanas, que Kierkegaard había ya puesto de manifiesto. Toda la existencia humana se le muestra a Kafka bajo el peso de una inminente condena, bajo la amenaza inasible e inconcretable, pero cierta e insuprimible, de la insignificancia y de la nada, amenaza que se interrumpe y se concluye con la muerte. Temas kafkianos como el de la inseguridad fundamental de la vida, contra la cual no valen reparos ni refugios (El proceso), el de la llamada incesante a una realidad estable, segura, luminosa, que continuamente se promete y anuncia al hombre y continuamente le elude y se escapa (El castillo), el tema de la caída en la insignificancia y en la trivialidad cotidiana, que le quita al hombre hasta su carácter humano (La metamorfosis), son todos ellos la expresión literaria de lo que el existencialismo trata de esclarecer conceptualmente en sus análisis.
El existencialismo, que nació como una poderosa reacción frente a la crisis y frente a la tendencia que disolvía al hombre concreto, protagonizó una apasionada protesta contra la ruina del hombre, contra su masificación y despersonalización creciente, contra el injusto desconocimiento de sus peculiaridades individuales, de su autonomía y responsabilidad personal. Sobre todo después de la segunda guerra mundial, el existencialismo fue reflejo fiel y expresión auténtica de la situación de incertidumbre de la sociedad europea, dominada por las destrucciones materiales y espirituales de la guerra e inseguramente encaminada hacia una difícil reconstrucción. Este reflejo y su expresión tienen su manifestación en la literatura existencialista del momento.
En la literatura existencialista puede verse cómo Sartre, por ejemplo, describe situaciones humanas que llevan fuertemente grabada en sí mismas la huella de la problemática radical del hombre: las situaciones menos respetables y más tristes, pecaminosas o dolorosas, así como la incertidumbre de las empresas, sean buenas o malas, y la ambigüedad del bien mismo, que a veces termina en su contrario. Los temas de Sartre se repiten en Simone de Beauvoir, quien, además de en su obra literaria, ha ilustrado el último de dichos temas en un escrito titulado Por una moral de la ambigüedad . La problematicidad radical del hombre es tratada con gran originalidad y fuerza por Albert Camus. En El mito de Sísifo  vio en el héroe mitológico el símbolo de lo absurdo de la existencia humana, desequilibrada entre las infinitas aspiraciones y la finitud y limitación de las posibilidades, que culmina en la vanidad de todos sus esfuerzos. En El hombre rebelde , Camus describió los diversos aspectos de la revolución metafísica entendida como el movimiento por el cual un hombre se rebela contra la propia condición y contra toda la creación. El hombre en rebelión es el símbolo de un nuevo individualismo por el cual "...nosotros estamos ante la historia y la historia tiene que contar con este nosotros estamos, que, a su vez, debe mantenerse en la historia..." El "nosotros estamos" significa la defensa de la común dignidad humana que "...no puedo dejar envilecer en mí mismo ni en los demás..." Pero esta defensa no necesita, sino que rechaza, cualquier forma de absolutismo.
El uniforme existencialista propio de algunas vanguardias juveniles -"traspaso de los medios académicos a los 'medios bohemios'", en palabras de José Ferrater Mora- ha constituido en la posguerra, a pesar de sus formas superficiales y grotescas, otro anillo de conjunción que ha servido, sobre todo, como protesta contra los valores tradicionales de la sociedad.
En el terreno propiamente filosófico, los antecedentes históricos más cercanos del existencialismo hay que buscarlos en la fenomenología de Husserl y en la filosofía de Kierkegaard. De la filosofía de Kierkegaard, el existencialismo recoge las categorías de "existencia", "subjetividad" e "individuo". De la fenomenología de Husserl, toma la "ontología apofántica", esto es, la concepción de un ser (mundo) que se revela, más o menos, al hombre según estructuras que constituyen los modos de ser del hombre mismo. Otra fuente indudable del existencialismo viene dada por la filosofía de la vida en su actualismo, en su análisis del tiempo, en su crítica del racionalismo y de las ciencias de la naturaleza. Bergson, Nietzsche y Dilthey representan otras tantas influencias decisivas para los existencialistas.
Soren Kierkegaard no es un pensador existencialista en sentido estricto, sino un mero precursor del existencialismo. El intelectual danés fundó el existencialismo en cuanto aportó el trasfondo, la atmósfera y las ideas de las cuales se nutrieron posteriormente sus sucesores del siglo XX. Pero Kierkegaard no puede ser aún considerado un filósofo existencialista, porque no es un filósofo. La obra de Kierkegaard es a la vez literaria, teológica, moral, religiosa y mística, pero no filosófica. Toda obra filosófica requiere del uso coherente y sistemático de un método de pensamiento y en Kierkegaard no se encuentra rastro alguno de este método filosófico.
Pero la filosofía existencialista propiamente dicha aparecerá cuando los filósofos, impregnados de la temática existencial hasta aquí expuesta, encuentren un método filosófico que les sirva de guía fehaciente para sus análisis. Para ello hubo que esperar hasta la primera década del siglo XX, cuando el filósofo alemán Edmund Husserl creó la fenomenología, que influye en todos los existencialistas bajo la forma de dos conceptos-guía: el carácter intencional de la conciencia y el carácter apofántico de la razón. Propiamente hablando, sólo el primer concepto-guía, el carácter intencional de la conciencia, se puede asumir como vehículo fundamental entre existencialismo y fenomenología, ya que el carácter apofántico de la razón, segundo de estos conceptos, por el que la razón es la revelación del ser, llevó Heidegger a un desarrollo radicalmente distinto del resto de los existencialistas. Husserl no era existencialista, sino que se desenvolvía dentro de la órbita del esencialismo. Pero profesó un método de investigación, el método fenomenológico, que por sus propias características se acoplaba bastante bien a los objetivos de la temática existencialista. El método fenomenológico rehusaba encerrarse en presupuestos abstractos, y encaminaba su esfuerzo filosófico a describir exactamente los fenómenos tal como aparecen a la conciencia. Este método permitió dar una forma rigurosamente filosófica a las intuiciones de Kierkegaard y, con él, los filósofos existencialistas ofrecieron análisis fenomenológicos de considerable valor e interés. Utilizaron el método para captar la experiencia inmediata que se despliega en una descripción analítica, aplicándolo a la descripción de las experiencias religiosas, estéticas y axiológicas.
A pesar del método común, el existencialismo no constituye un movimiento filosófico uniforme, dada la pluralidad de experiencias vitales que ha de describir y analizar. Los filósofos de la existencia difieren tanto entre sí que hay que hacer un verdadero esfuerzo para encontrar pautas comunes a todos ellos. Además, Heidegger, Marcel y Jaspers se opusieron a que se los etiquetara con el nombre de existencialistas. En este sentido está justificado el hecho de que ciertos autores consideren que el existencialismo es simplemente el nombre de una tendencia, más que de un conjunto determinado de doctrinas. Es cierto que entre los filósofos existencialistas se da un cierto aire de familia, una base común, que les da cierta unidad, pero esta unidad dista mucho de ser uniforme. Intentar, por tanto, recoger la pluralidad de enfoques ontológicos que presentan el conjunto de los filósofos llamados existencialistas parece una empresa ardua y problemática. Las variadas definiciones de esta tendencia dadas por los estudiosos del movimiento existencialista reflejan esta dificultad para describir tal diversidad de orientaciones. Para Troisfontaines: "...El existencialismo es un retorno apasionado del individuo sobre su libertad para sorprender en el despliegue de sus marchas y contramarchas el sentido de su ser..." Para Green: "...El existencialismo es un esfuerzo para comprender la naturaleza humana en términos humanos, sin recurrir a lo sobrehumano o a lo que puede llamarse lo infrahumano..." Según Foulquie: "...El existencialismo se caracteriza, ante todo, por su tendencia a insistir en la existencia. El existencialista se desinteresa por las esencias, los posibles y las nociones abstractas: está en las antípodas del espíritu matemático; su interés se orienta hacia lo que existe o, sobre todo, hacia la existencia de lo que existe..." Para Jolivet: "...El existencialismo es el conjunto de doctrinas según las cuales la filosofía tiene por objeto el análisis y la descripción de la existencia concreta, considerada como el acto de una libertad que se constituye al afirmarse y no tiene otro origen o fundamento que esta afirmación de sí misma..." Según Prini: "...Más que una revuelta de la vida contra la razón, será necesario decir entonces que el existencialismo, en general, ha sido la exigencia de un concepto de la razón que verdaderamente trascienda y, por ende, comprenda a la vida, de cualquier modo que se resuelva luego esta exigencia en los procedimientos más o menos válidos o en las aporías de una u otra particular doctrina existencial..." Para E. L. Allen: "...El existencialismo es un ensayo de filosofar desde el punto de vista del actor en vez de hacerlo, como ha sido habitual, desde el punto de vista del espectador..." Según Fernando Molina: "...el existencialismo es un ensayo de dar cuenta de la individualidad..."
No obstante esta pluralidad definitoria, y a pesar de la diversidad de perspectivas, se puede intentar dar cuatro notas comunes que aclaren el significado histórico, filosófico y cultural de este movimiento: el problema metódico radical, el punto de partida fundamental, la afirmación principal y la conclusión moral decisiva.
El problema metódico fundamental, siguiendo a F. Copleston, es la pretensión de filosofar desde el punto de vista del actor y no desde el punto de vista del espectador, como había ocurrido hasta ese momento en la historia de la filosofía. Ello significa, en primer lugar, que el problema considerado por el filósofo se presenta ante él como un problema que emerge de su existencia personal en cuanto ser humano individual que libremente moldea su destino, pero que busca esclarecimiento con el fin de moldearlo. En segundo lugar, significa que ese problema concierne vitalmente al filósofo por ser éste un ser humano y no simplemente como resultado de circunstancias accidentales. En tercer lugar, el intento de filosofar desde el punto de vista del actor exige que el filósofo no intente resolver el problema olvidándose de sí mismo y de su personal compromiso, adoptando el punto de vista de lo absoluto, según el cual los seres humanos individuales carecen de toda importancia. Ello significa que el existencialismo intenta llevar al hombre entero, al individuo concreto en el contexto total de su vida diaria y en toda su problematicidad, a la filosofía, incluidas esas furias excluidas por los filósofos racionalistas, como la muerte, la angustia, la soledad, la culpa, el temor, el temblor, la desesperación... Por ello, uno de los temas fundamentales del existencialismo es la relación hombre-mundo. Aunque no es valorada del mismo modo por todos los autores, sí están todos de acuerdo en que el hombre no pude entenderse independientemente de sus relaciones con el mundo, como si fuera un alma pura, conciencia pura o espíritu puro. El existencialismo insiste en estudiar al hombre en todo aquello que le une al mundo: necesidades, estados de ánimo, esfuerzos y proyectos constantes, tal como aparecen en la vida cotidiana. Pero de todos estos aspectos, los existencialistas destacan aquellos rasgos del mundo que condicionan radicalmente al hombre, como la trascendencia, las situaciones y el influjo determinante que el mundo ejerce sobre realizaciones y proyectos. El mundo no es concebido solamente como un mundo de cosas de las que el hombre se sirve con la ayuda de su técnica y de su trabajo para satisfacer sus necesidades, sino, sobre todo, como un mundo de hombres, al que estos están vinculados por su yo personal .
En segundo lugar, todas las filosofías existencialistas arrancan, según I. M. Bochenski, de una llamada vivencia existencial, que es difícil de concretar y muestra un cariz distinto en cada uno de los filósofos. Así, por ejemplo, en Jaspers es un percatarse íntimo de la fragilidad del ser; en Heidegger, un experimentar auténtico de nuestra marcha anticipada hacia la muerte; en Sartre, la repugnancia o náusea ante lo absurdo de la vida. Estas vivencias hacen rezumar siempre a la filosofía de la existencia un fuerte sabor a experiencia personal y, por tanto, subjetiva. De ahí que el existencialismo conceda prioridad a la vida sobre la razón. Mientras que la filosofía idealista occidental, desde Descartes hasta Hegel, había exagerado sin límite el poder de la razón, culminando con el panlogismo hegeliano de considerar todo lo real como racional y todo lo racional como real, el existencialismo considerará que las cosas no deben ser explicadas racionalmente, sino que deben ser vividas, o mejor, vivenciadas. Mi vida, mi existencia particular, no tiene por qué subordinarse a los dictados de la razón. Hay vivencias existenciales que no pueden ser comprendidas por un saber ni pueden ser reducidas a un conocimiento objetivo. Es necesario encontrar mi verdad singular, fruto de mis vivencias existenciales, no la verdad objetiva de las definiciones esenciales de la razón filosófica. Ésta, mediante la utilización de los conceptos abstractos, presenta a la inteligencia un objeto universal, el cual se realiza en una multitud indefinida de sujetos, y deja escapar la existencia y la individualidad. El existente, por tanto, que escapa por naturaleza al pensamiento abstracto, a las definiciones esenciales de la razón, es, impensable, irrazonable, ilógico o misterioso. No puede ser captado por la razón, sino por una experiencia personal concreta o por alguna intuición singular del sujeto protagonista de su propio proyecto existencial. El sujeto está más allá de la razón conceptual. Es irracional o transrracional. Es incognoscible, no puede ser conocido, sino existiendo en su misteriosa incognoscibilidad.
Por ello, el existencialismo iniciará un proceso de subjetivización del pensamiento. Con frecuencia la filosofía de los existencialistas se fundirá con su biografía y su pensamiento, se impregnará con el calor de sus emociones del momento. La actitud distante que los filósofos del pasado acostumbraban a adoptar ante su filosofía, con la finalidad intelectual de darle objetividad y universalidad, se esfuma ante la pretensión de los existencialistas de pensar a partir de la propia existencia vivida.
De ahí también que todos los existencialistas rechacen la misma distinción entre sujeto y objeto, y desvaloricen así el conocimiento intelectual dentro del campo de la filosofía. Según todos ellos, no es una inteligencia la que logra el conocimiento verdadero, ya que es menester vivir la realidad. Esta vivencia se logra, por ejemplo en Heidegger, mediante la angustia. Por ésta, el hombre se percata de su finitud y de la fragilidad de su posición en el mundo en que ha sido arrojado y proyectado hacia la muerte.
La tercera nota característica del existencialismo, como ha destacado R. Jolivet, es la prioridad de la existencia sobre la esencia. La metafísica clásica había establecido la distinción entre la esencia y la existencia. La esencia no expresa todo lo que es un ser; únicamente hace referencia a lo que dicho ser tiene en común con los demás seres de la misma especie. Aristóteles, por ejemplo, definía al hombre como animal racional; ésta sería la esencia del hombre, es decir, aquello que los hombres tienen en común, prescindiendo de los rasgos singulares de cada hombre en particular. La esencia, por otra parte, no implica ni supone la existencia del ser definido, mientras que a partir de Platón toda la filosofía occidental habría sido una filosofía fundamentalmente esencialista, por haber concedido más importancia a la esencia que a la existencia. El existencialismo, por el contrario, afirmaría la prioridad de la existencia en relación con la esencia: las cosas, los objetos, es indudable que tienen esencia, y podemos preguntarnos, por ejemplo, qué es la mesa o el lápiz; pero acerca del hombre no puede preguntarse lo que es, sino sólo ¿quién es? En el hombre, según los existencialistas, prima la existencia sobre la esencia, ya que el hombre no tiene esencia prefijada, sino que libremente se la construye mediante las elecciones que va realizando a lo largo de las vicisitudes de su existencia en el mundo.
Mientras que la filosofía esencialista occidental, utilizando la razón abstracta, definía mediante las esencias y se quedaba así con lo común y universal prescindiendo de lo singular y particular, el existencialismo, con su reacción subjetivista, se interesó por recuperar aquello que de propio, o singular, tiene cada persona. Es decir, aquello que por definición escapa siempre al esencialismo: captar lo más singular, lo más subjetivo del sujeto, que es lo más valioso de él. Mientras que para el esencialismo lo que define al hombre es lo común, la esencia, para el existencialismo lo que lo define, por el contrario, es lo singular, lo que lo diferencia radicalmente de todos los demás hombres que han existido, que existen o que existirán. Es decir, aquello que es irreductible a la esencia: mi existencia. Frente a la tendencia a universalizar al hombre mediante la razón, propia de la filosofía esencialista que recorre el pensamiento occidental desde Platón hasta Hegel, el existencialismo tratará de singularizarlo mediante la existencia.
Para el existencialismo, por tanto, es desde el fenómeno fundamental de la existencia desde donde se establece y funda el valor de toda realidad. Pero considerando que la estructura originaria de la existencia no es el pensamiento, sino la libertad absoluta, que en su ejercicio, decisión y elección no está sometida o ligada a nada que la determine o guíe, el hombre no es más que lo que llega a ser, hechura e invención de su absoluta libertad. De ahí también que la existencia sea concebida como actualidad absoluta; no es nunca, sino que se crea a sí misma en libertad, deviene, es un proyecto. Por ello, los existencialistas afirman con frecuencia que la existencia coincide con la temporalidad.
Este actualismo existencialista se diferencia del propio de las filosofías de la vida en que los existencialistas consideran al hombre como mera subjetividad, y no como manifestación de ninguna corriente vital cósmica (como ocurre, por ejemplo, en Bergson), y en que la subjetividad existencialista se entiende en sentido creador: el hombre se crea libremente a sí mismo, es su libertad.
En cuarto lugar, N. Abbagnano opina que la filosofía existencialista se caracteriza por la importancia decisiva que da al concepto de posibilidad, concepto al que los existencialistas no dan ni el significado de estar libre de contradicción, como era entendido en la lógica tradicional, ni el de la potencialidad destinada a la acción, como lo entendía la metafísica tradicional. Los existencialistas se refieren a una posibilidad empírica, objetiva o real, de la que el hombre dispone en todos sus modos de comportarse frente al mundo, es decir, frente a las situaciones en las que se ve colocado. Ser posible significa que se espera lo que es posible, o también que uno mismo lo proyecta. Las posibilidades humanas tienen, por tanto, un carácter anticipador, orientado hacia un futuro de esperanzas y proyectos, aunque su realización nunca sea segura. Al proyecto de la existencia humana le ocurre lo mismo que al de un arquitecto. Lo mismo que un arquitecto, el hombre construye un edificio de acuerdo con las posibilidades que ya le vienen dadas (suelo, volumen, material de construcción, capacidad técnica de los trabajadores) y en función de los fines para los que servirá el edificio; igualmente, el hombre y las comunidades humanas proyectan su existencia de acuerdo con las posibilidades de que disponen, y también en función de las posibilidades que pretenden disponer en el futuro.
Las principales diferencias entre los distintos existencialismos pueden derivar precisamente del modo de entender el concepto de posibilidad. Desde este punto de vista interpretativo del concepto de posibilidad se han distinguido tres tendencias fundamentales: la tendencia negativa, la teológica y la positiva. La tendencia negativa insiste en el aspecto negativo y anulador de las posibilidades existenciales, y estaría representada por las filosofías de Heidegger y de Sartre. Otros existencialistas, tendencia teológica, interpretan las posibilidades existenciales en un sentido optimista, en cuanto que son potencialidades que están destinadas a realizarse, por lo que están libres de todo elemento negativo o inquietante. Esta reinterpretación de las posibilidades como potencialidades se produce al relacionar las posibilidades mismas con una realidad absoluta que garantice su realización infalible, definida bien como Ser (L. Lavelle), bien como valor (R. Le Senne), bien como Dios (G. Marcel). La tendencia positiva, así llamada porque no cae ni en el pesimismo de la primera tendencia ni en el optimismo teológico de la segunda, considera que han de aceptarse las posibilidades existenciales y en cuanto tales conservarse sin transformarlas en imposibilidades o en potencialidades. Para estos existencialistas (N. Abbagnano, M. Merleau-Ponty y J. P. Sartre) el horizonte que está abierto a una posibilidad no es ni una realización infalible ni un fracaso inevitable, sino un intento directo de concretar los límites y las condiciones de esa posibilidad, es decir, su grado de seguridad relativa o parcial.
Finalmente, el existencialismo podría caracterizarse a partir de las consecuencias que su núcleo de pensamiento común plasmó en el ámbito de la moral occidental. A pesar de que los diferentes existencialismos no configuraron una doctrina de los principios del obrar moral, sí acentuaron la dependencia de las exigencias incondicionadas con respecto a la existencia histórica concreta del agente, dando lugar a lo que se llegó a llamar la moral de situación. Las posiciones éticas del existencialismo reflejan la tesis de que los postulados éticos no bastan para resolver las cuestiones existenciales, sino que la significación de estos postulados depende de las condiciones concretas de la existencia (O. Höffe).
Los fundamentos de esta moral de situación habían sido ya expuestos por S. Kierkegaard. Para el pensador danés, lo que fundamentaba la obligación moral y la realización del deber-poder portador de las exigencias de la vida cristiana no son las determinaciones morales abstractas de una razón universal, sino la elección de sí mismo como realización de la libertad subjetiva. Las exigencias morales están aquí en una relación de tensión entre la incondicionalidad moral y la necesidad histórico temporal. Para K. Jaspers, en la situación histórica de su existencia, el hombre no puede alcanzar una certeza absoluta del deber, sino sólo una certeza relativa experimentada en el esclarecimiento de la "fe filosófica". En sus situaciones límite: muerte, sufrimiento, culpabilidad, está condenado al fracaso y se ve remitido a sí mismo. No existe expresamente una exigencia incondicional explícita, pero debe ser presupuesta y puede ser experimentada en el amor. El esclarecimiento de la existencia tiene una función de apelación: sitúa al individuo ante la tarea moral de asumir en libertad la responsabilidad de su existencia. J. P. Sartre, al negar todos los valores y todo sentido incondicional de la existencia, niega todo ser que vincule moralmente al hombre. El hombre no se experimenta inscrito en un mundo significativo, sino que se crea a sí mismo en un mundo absurdo. Está condenado a la temporalidad, y está así limitado por sus posibilidades históricas irrepetibles. La historicidad del ser humano indica que su obrar y el sentido de su vida no están determinados por normas morales absolutas, sino por la absoluta finitud del "ser ahí". La felicidad o fracaso de la vida están expuestos con ello al "destino del ser". El "ser ahí" se convierte en riesgo, pues más allá de sus condicionantes ónticos no puede conseguirse seguridad ni en el pensamiento ni en el obrar.
Para el existencialismo cristiano de G. Marcel, el ser humano está expuesto a lo incondicionado y al misterio. De ello saca éste la fuerza de una "esperanza contra toda esperanza". El hombre se traiciona cuando se cierra al misterio, y encuentra en cambio su verdadera posibilidad en la fidelidad a sí mismo y en la responsabilidad personal.
Con frecuencia se ha dado al concepto existencialismo una extensión demasiado amplia que ha dado lugar a grandes malentendidos. Se ha llegado a calificar de existencialistas no sólo a tendencias filosóficas contemporáneas, sino a muchas de las tendencias filosóficas del mundo antiguo grecorromano y de la Edad Media. Así, por ejemplo, el filósofo personalista francés Enmanuel Mounier, en su libro Introducción a los existencialismos, dio una definición a todas luces exagerada al considerar el existencialismo como una "...reacción de la filosofía del hombre contra los excesos de la filosofía de las ideas y la filosofía de las cosas..." Atendiendo a esta amplia definición, Mounier afirmó que el existencialismo puede compararse a un árbol alimentado desde sus raíces por Sócrates, los estoicos, San Agustín y San Bernardo. Estas filosofías producen posteriormente filosofías como las de Pascal, Maine de Biran y Kierkegaard. Desde este tronco, emergería una fructífera copa de filósofos existencialistas, dispersos en múltiples ramificaciones, como Bergson, Blondel, Scheler, Heidegger, Nietzsche, Sartre, Marcel, Jaspers... Esta clasificación es, por supuesto, excesiva, y fuente de confusión. Todos estos filósofos que llevan a cabo un análisis no sistemático, con ausencia de método, de la existencia, podrían ser denominados, en todo caso, filósofos de la existencia, pero no existencialistas. El nombre "existencialismo" debe reservarse para aquellos filósofos que llevan a cabo un análisis sistemático de la existencia mediante el uso del método fenomenológico. En este sentido, el existencialismo es un fenómeno privativo del siglo XX, con excepción hecha de Kierkegaard, un solitario del siglo XIX, cuya temática antihegeliana será el núcleo potencial que inspirará el nacimiento del existencialismo.
Los filósofos existencialistas más importantes son Martín Heidegger, Karl Jaspers, Gabriel Marcel y Jean Paul Sartre, aunque algunos de ellos rehúyen la etiqueta de existencialistas; y efectivamente, en muchos aspectos, sus reflexiones escapan al modelo existencialista. Acostumbra a hablarse también de dos tendencias principales en el existencialismo contemporáneo: el existencialismo ateo y el existencialismo teísta. Los principales representantes del existencialismo ateo serían Martín Heidegger en Alemania y Jean Paul Sartre en Francia, y del existencialismo teísta, Gabriel Marcel y Karl Jaspers, en Francia y Alemania, respectivamente.

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