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viernes, 5 de agosto de 2016

FRANÇOIS GERARD...EL NEOCLASICISMO PICTÓRICO Y LA MODA


A pesar de la idealización que pudiera existir en la realidad retratada en muchos casos, los referentes en cuanto a las materias y otros detalles del atuendo son más veraces en la pintura que en una ilustración.
Por supuesto, que unos estilos pictóricos son más útiles que otros para tal fin. En el caso de la pintura neoclásica, la técnica propia del estilo propició el legado de obras que permiten la observación con mayor claridad de detalles de la indumentaria. Con el predominio del dibujo y la forma sobre el colorido, se intentaba marcar un distanciamiento del espectador hacia la obra. Los retratos resultan claros, aplicando con la técnica, el deseo de reflejar con objetividad lo observado por el pintor.
Con el neoclasicismo, desde la segunda mitad del siglo XVIII, hacerse un retrato se hizo imprescindible no solamente para los miembros de la nobleza, sino también para la alta burguesía. Se pintaba expresamente para adorno de las habitaciones de los palacios y de las casas, pero, sobre todo, como seña de identidad y espejo de la personalidad y del gusto del retratado.
Estos retratos, bajo el estilo neoclásico debían marcar la categoría del personaje dentro de la escala social. Para ello, detallar los elementos del atuendo era indispensable: la vestimenta, la joyería, el cuidado en los peinados, los elementos del tocado o accesorios eran fuertes símbolos de poder. Todo era definido con antelación por el cliente, quien seleccionaba el conjunto con el que sería retratado. Y para ello, pintores como François Gérard dedicaba largas horas en su reproducción.
François Pascal Simon, barón Gérard (Roma, 1770-París, 1837) fue uno de los pintores más prolíficos y celebrados del Imperio y la Restauración. Su estilo como creador y su personalidad carismática propiciaron que sus servicios fueran reclamados por la alta sociedad de la época. Desde Napoleón Bonaparte y su familia hasta figuras del ambiente intelectual, artístico y miembros de la burguesía.
Nació en Roma, de padre francés y madre italiana. Aficionado a la pintura italiana y a la música desde joven, se trasladó con la familia a París en 1782 donde fue admitido en la “Pension du Roi”, institución creada para albergar a artistas jóvenes. Fue discípulo del escultor Agustin Pajau, del pintor Nicolas-Guy Brenet y, a partir de 1786, del pintor Jacques-Louis ­David. En 1789 compitió por el gran premio de Roma, quedando segundo tras Girodet.
Trabajó para el editor Pierre Didot ilustrando obras de La Fontaine, Virgilio y Jean Racine. Debutó en el Salón de 1791, pero fue en el de 1795 cuando alcanzó el éxito con su obra “Belisaro”, pintada en tan solo dieciocho días. Un año después, su fama se consolidó como retratista al exponer en el ‘Salón’ el Retrato del pintor de miniaturas Jean-Baptiste Isabel con su hermana.
A partir de 1800 Napoleón Bonaparte le encomendó una serie de retratos oficiales y pinturas de historia contemporánea, y se confirmó como uno de los pintores más apreciados del momento, posición que logró mantener tras la restauración monárquica. Su rápido giro político al admitir la llegada de los Borbones granjeó a Gérard una significativa fama, convirtiéndose en el pintor oficial de Luis XVIII, abriendo un afamado taller de retratos aparatosos y superficiales.
Su éxito lo corroboran los innumerables premios y cargos que ostentó, entre los que cabe destacar el de primer pintor de la emperatriz Josefina (1806), el de profesor y miembro de la Escuela de Bellas Artes de París (1811-1812), y el de primer pintor de Luis XVIII (1817), quien, además, le concedió el título de barón. El cambio del gusto artístico hacia la pintura romántica y la revolución de 1830 deprimieron su espíritu y falleció en París en 1837.
Los numerosos retratos realizados por Gerard nos dan muestra de la evolución de las modas desde finales del siglo XVIII hasta la segunda década del XIX. La moda del Directorio Francés está presente en cuadros como el realizado en 1805 a Madame Récamier o el de la Emperatriz Josefina de 1801…ambas consideradas como “maravillosas”, aún en la etapa napoleónica.
1805. François Gérard. Madame Récamier
1805. Madame Récamier
1801. François Gérard. Retrato de la emperatriz Josefina
1801. La emperatriz Josefina.
De la moda imperio abundan numerosas muestras. Fue la etapa donde el pintor trabajó para numerosas familias adineradas y miembros de la nobleza aún existente.
1803-1806. Hortense de Beauharnais, Empress Josephine's beautiful, talented daughter
1803-06.Hortense de Beauharnais
Caroline Bonaparte Murat before the Bay of Naples by François Gérard
1800 Caroline Bonaparte
Observamos la presencia de los generosos escotes propios del estilo imperio, las mangas globo, así como los detalles decorativos como el ‘cherrusque” o “cherruses”, las joyas, los tocados y los peinados de inspiración clásica.
Hortense_de_beauharnais
1800’ Hortense de Beauharnais
1809 Princess M. Kochubey by Baron François Gérard
1809.  Princesa M. Kochubey
1810. Portrait of Marie Laczinsk
1810.  Marie Laczinsk
1811 Catherine de Wurtemberg (1783-1835), reine de Westphalie by Baron François Pascal Simon Gérard
1810.  Marie Laczinsk
Augusta Amalia de Baviera, esposa de Eugenio, retratada por François Gérard hacia 1815.
1815 Augusta Amalia de Baviera
Sobre la indumentaria masculina ha dejado muestras también François Gérard, detallando el atuendo del recién definido estilo burgués: los fracs o spencer con las peculiares solapas, los pantalones ajustados ocultos en las botas de altas cañas, los cuellos de las camisas elevados por las chalinas…
François Gerard –'El pintor Isabey y su hija Alexandrine' (1796
1796.  El pintor Isabey  y su hija Alexandrine
Portrait de Charles- Just- François Victurnien, 4è prince de Beauvau
1800  Charles-Just Victurnien
Todo ello con una claridad que nos hace percibir hasta el tipo de tejido en que está confeccionada la prenda.No cabe duda, un pintor más como personalidad de la moda.
Más información:
“Gérard, barón François-Pascal-Simon”. En: Enciclopedia. Museo del Prado.
http://www.larousse.fr/encyclopedie/data/videos/1309391-François_Gérard_Mme_Récamier.jpg
https://vestuarioescenico.wordpress.com/2016/04/03/personalidades-de-la-moda-francois-gerard-el-neoclacisismo-pictorico-y-la-moda/

jueves, 9 de julio de 2015

EL NEOCLASICISMO...UN ORDENAMIENTO SOCIAL Y ARTISTICO




El término Neoclasicismo surgió en pleno siglo XIX para denominar de forma peyorativa al movimiento que, desde mediados del siglo XVIII, se venía produciendo en la filosofía y que consecuentemente se había transmitido a todos los ámbitos de la cultura. Responsable de este cambio es la Ilustración que, con su deseo de racionalizar todos los aspectos de la vida y del saber humanos, sustituyó el papel de la religión como organizadora de la existencia del hombre por una moral laica que ordenará desde entonces las relaciones humanas y llevará a un concepto deísta de la naturaleza. Un ejemplo de este intento de sistematizar los conocimientos es la publicación de la Encyclopèdie de D'Alambert y Diderot (1751-1765), obra clave de este movimiento.

Ilustración y Enciclopedismo convierten al hombre en el centro del universo, potenciando el progreso industrial y científico y todo aquello que pudiera contribuir a la mejora de sus condiciones de vida.

En el campo de las artes la Ilustración lleva a un proceso de moralización, rechazando el Rococó como estilo frívolo y decadente. La aparición de una pujante clase burguesa, con unos ideales enfrentados a los de la aristocracia, principal consumidora del arte rococó, activa el proceso de regeneración de la sociedad a través de las artes.

El Neoclasicismo no es un movimiento homogéneo; en él bullen muchas ideas diferentes y su expansión no coincide cronológicamente en los distintos países. Está perfectamente establecido a finales del siglo XVIII y decae durante el gobierno imperial de Napoleón, cuando ya las notas románticas son muy claras. Quizá por el origen galo del último barroco, en casi todos los países el neoclasicismo tiene un marcado carácter antifrancés, que se acentúa posteriormente con la ocupación de Europa por parte de Napoleón; este hecho despertará en todos los países un deseo de recobrar los respectivos estilos autóctonos.

El rechazo del rococó propició el afán por restaurar el arte antiguo al que se suponía no contaminado por la degeneración del barroco y que por tanto podía ser un arquetipo de belleza. Este interés por recuparar la antigüedad fue el ideal común que hizo del Neoclasicismo un estilo internacional, que se extendería con rapidez gracias a la abundancia de textos críticos y teóricos. En todos los escritos de mediados del siglo XVIII aparece la necesidad de volver a la antigüedad clásica como modelo para los artistas porque en ella estaba el verdadero estilo, los orígenes, en resumen, la vuelta a la naturaleza.

El descubrimiento y excavación de las ciudades de Pompeya y Herculano sepultadas por la erupción del Vesubio, en 1737 y 1748 respectivamente, permitió un conocimiento directo de las obras del arte antiguo, cuyo estilo y formas pasan con rapidez a todas las artes, dando lugar incluso a una moda arqueológica.

Con el deseo de recuperar las huellas del pasado se pusieron en marcha expediciones para conocer las obras antiguas en sus lugares de origen. La que en 1749 emprendió desde Francia el Marqués de Marigny junto con el arquitecto Soufflot y el diseñador Cochin dio lugar a la publicación en 1754 de Observations sur les antiquités de la ville d'Herculaneum, una referencia imprescindible para la formación de los artistas neoclásicos franceses. En Inglaterra la Society of Dilettanti subvencionó campañas arqueológicas para conocer las ruinas griegas y romanas; de estas expediciones nacieron libros como el de Stuart y Revett, Antiquities of Athens (1762). Estos textos junto a muchas otras obras, como las Antigüedades de Herculano (1757-1792), financiada por el Rey de Nápoles, luego Carlos III de España, sirvieron de fuente de inspiración para los artistas.

También hay que valorar el papel que desempeñó Roma como lugar de cita para viajeros y artistas de toda Europa e incluso de América. En la ciudad se visitaban las ruinas, se intercambiaban ideas y cada uno iba adquiriendo un bagaje cultural que llevaría de vuelta a su tierra de origen.




La villa romana del cardenal Albani se convirtió en un centro cultural donde se reunieron viajeros, críticos, artistas y eruditos con el deseo de recuperación del pasado. Entre ellos estaba el prusiano Joachim Winckelmann (1717-1768), un entusiasta admirador de la cultura griega y un detractor del rococó francés; su obra Historia del Arte en la Antigüedad (1764) es una sistematización de los conocimientos artísticos desde la antigüedad a los romanos. Para Winckelmann la obra de arte es producto de un determinado contexto histórico que debemos imitar. En su libro llama la atención sobre todo la idea de que las obras de arte son susceptibles de producir sentimientos en el espectador; a la vez que define un concepto racional y científico del ideal estético, introduce el sentimiento como motor para captar la belleza. Considera que el ideal de belleza es el arte griego por su noble sencillez y su contención en la forma de plasmar las pasiones humanas; este concepto tuvo una notable influencia en la manera de representar de los artistas neoclásicos, en la frialdad y cierta falta de expresividad de sus obras.

En Roma también trabajaba Giambattista Piranesi ; en sus grabados, como Antichita Romana  o Las Cárceles Inventadas , transmite una visión diferente de las ruinas con imágenes en las que las proporciones desusadas y los contrastes de luces y sombras buscan impresionar al espectador.

Quizá el rasgo más característico de la influencia de la Ilustración en las artes, sea el deseo de que sirvan de instrumento educativo; ya no deben contribuir a exaltar el poder de la iglesia o de la monarquía, sino ser reflejo de las virtudes cívicas. El carácter moralizante adjudicado a las artes hizo que cambiara el papel del artista, que de artesano pasó a ser intérprete de los valores cívicos. Así, los talleres artesanales fueron sustituidos por las Academias que racionalizaron el aprendizaje del artista y difundieron el nuevo estilo. En la segunda mitad del siglo XVIII se establecieron Academias en toda Europa que daban una formación clásica a sus alumnos y les concedían becas para estudiar en Roma las ruinas del pasado.

El sentido didascálico de las artes propició el nacimiento de exposiciones y museos que mostraban al público en general, y no sólo a un grupo de eruditos, las diferentes etapas de la Historia del Arte. En París se abrieron en 1750 algunas salas del Palacio de Luxemburgo para que se pudieran admirar las pinturas, pero fue el British Museum de Londres  el primer museo que se creó ex profeso para tal fin, dando paso a instituciones similares en toda Europa.



Arquitectura neoclásica

La arquitectura es la rama de las artes que antes se adaptó al nuevo ordenamiento social y moral. La Encyclopèdie le atribuyó la capacidad de influir en el pensamiento y en las costumbres de los hombres. Proliferan así las construcciones que pueden contribuir a mejorar la vida humana como hospitales, bibliotecas, museos, teatros, parques, etc., pensadas con carácter monumental. Esta nueva orientación hizo que se rechazara la última arquitectura barroca y se volvieran los ojos hacia el pasado a la búsqueda de un modelo arquitectónico de validez universal.

Nacen movimientos de crítica que propugnan la necesidad de la funcionalidad y la supresión del ornato en los edificios. Francesco Milizia (1725-1798) en Principi di Architettura Civile (1781) extendió desde Italia las concepciones rigoristas a toda Europa. Mientras, en Francia, el abate Marc-Antoine Laugier (1713-1769) propugna en sus obras Essai sur l'Architecture (1753) y Observations sur l'Architecture (1765) la necesidad de crear un edificio ideal en el cual todas sus partes tuvieran una función esencial y práctica y en el que los órdenes arquitectónicos fueran elementos constructivos y no sólo decorativos, todo ello para hacer una arquitectura verdadera: la construida con lógica.

Todos los arquitectos parten de unos supuestos comunes como son la racionalidad en las construcciones y la vuelta al pasado. Los modelos de los edificios de Grecia y Roma, e incluso de Egipto y Asia Menor, se convierten en referentes que todos emplean aunque desde puntos de vista distintos.

Los modelos greco-romanos dieron lugar a una arquitectura monumental que reproduce frecuentemente el templo clásico para darle un nuevo sentido en la sociedad civil. El perfil de los Propileos de Atenas le sirvió al alemán K. G. Langhans (1732- 1808) para configurar su Puerta de Brandeburgo, en Berlín (1789- 93), un tipo muy repetido como atestigua la entrada al Downing College de Cambridge (1806) obra del inglés William Wilkins (1778-1839) o el más posterior Propyläeon de Leo von Klenze (1784-1864) en la Köningsplatz de Munich.

También el inglés James Stuart (1713-1788), un arquitecto-arqueólogo al que se ha llamado el Ateniense, en su monumento a Lisícrates en el parque de Shugborough, en Staffordshire, reprodujo el monumento corágico a Lisícrates de Atenas. Los hermanos Adam extendieron por toda Inglaterra el Adam Style, un modelo decorativo para interiores con temas sacados de la arqueología; una de sus obras más representativas es Osterley Park (Middlesex), con una notable estancia etrusca y un clásico hall de entrada (1775-79).

Italia prefirió recrear sus modelos antiguos ya bien avanzado el siglo XVIII y en los comienzos del siglo XIX. El modelo del Panteón de Roma se repite en un gran número de templos, como el de la Gran Madre de Dio en Turín (1813-1831) de Ferdinando Bon Signore (1767-1843), la iglesia de Ghisalba (c. 1822) de Luigi Cagnola (1762-1833), o San Francesco di Paola en Nápoles de Antonio Simone y Pietro Bianchi que no se terminó hasta 1831; todos reproducen el pórtico octástilo y el volumen cilíndrico del Panteón romano.

Otros arquitectos, los llamados utópicos, revolucionarios o visionarios, plantearon edificios basados en las formas geométricas. No despreciaron la herencia del pasado clásico y, aunque respetaron las normas de simetría y la monumentalidad, sus edificios son a veces el resultado de la combinación caprichosa de las formas geométricas. Étiènne Louis Boullée (1728-1799) y Claude- Nicolas Ledoux (1736-1806) encabezaron esta postura; entre la gran cantidad de proyectos no construidos, merece la pena mencionar el Cenotafio de Newton concebido por Boullée como una esfera, representación del modelo ideal, levantada sobre una base circular que había de cobijar el sarcófago del científico. Ledoux ha dejado edificios construidos, entre ellos una parte de la utópica ciudad industrial de las Salinas de Arc-et-Senans, de planta circular, junto al bosque de Chaux; o algunas de las barrières o fielatos para la ciudad de París de los que aún subsisten algunos (Villette, Trône etc.).

Entre uno y otro grupo aparece una tercera categoría, la arquitectura pintoresca, a partir de la creación de jardines ingleses en el siglo XVIII, ordenados de forma natural lejos del geometrismo del jardín francés. En esta arquitectura se valora la combinación de la naturaleza con lo arquitectónico, la inclusión en el paisaje natural de edificios que remedan las construcciones chinas, indias o medievales. Este pintoresquismo con el juego de formas caprichosas y el aprovechamiento de la luz busca suscitar sensaciones en el espectador. Sir Horace Walpole (1717-1797) construyó en Twickenham (Inglaterra), Strawberry Hill (1753-1756), una fantasía gótica de la que su autor dijo que le había inspirado para escribir una novela gótica, una expresión del efecto inspirador de la arquitectura. También William Chambers (1723-1796) creó un conjunto pintoresco en los jardines de Kew (Londres) (1757-1763) con la inclusión de una pagoda china que reflejaba su conocimiento de las arquitecturas orientales.




Escultura neoclásica

También en la escultura neoclásica pesó el recuerdo del pasado, muy presente si consideramos el gran número de piezas que las excavaciones iban sacando a la luz, además de las colecciones que se habían ido formando a lo largo de los siglos.

Las esculturas neoclásicas se realizaban en la mayoría de los casos en mármol blanco, sin policromar, porque así se pensaba que eran las esculturas antiguas, predominando en ellas la noble sencillez y la serena belleza que Winckelmann había encontrado en la estatuaria griega. En este mismo sentido habían ido las teorías de Gotthold Efrain Lessing (1729-1781), que en su libro Laocoonte o de los límites de la pintura y de la poesía (1766) había tratado de fijar una ley estética de carácter universal que pudiera guiar a los artistas; sus concepciones sobre la moderación en las expresiones y en la plasmación de los sentimientos son reglas que adoptará el modelo neoclásico.

Así, los escultores de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, crearán obras en las que prevalecerá una sencillez y una pureza de líneas que los apartará del gusto curvilíneo del Barroco. En todos ellos el desnudo tiene una notable presencia, como deseo de rodear las obras de una cierta intemporalidad. Los modelos griegos y romanos, los temas tomados de la mitología clásica y las alegorías sobre las virtudes cívicas llenaron los relieves de los edificios, los frontones de los pórticos y los monumentos como arcos de triunfo o columnas conmemorativas.

El retrato también ocupó un importante lugar en la escultura neoclásica; Antonio Canova (1757-1822) representó a Napoleón como Marte (1810, Galería Brera, Milán) y a su hermana Paolina como Venus Victrix (1807, Roma Galería Borghese) tomando así los modelos de los dioses clásicos. No obstante, otros prefirieron un retrato idealizado pero al tiempo realista que captara el sentimiento del retratado, como Jean-Antoine Houdon (1741-1828) con su Voltaire anciano (1778, Ermitage de Leningrado) o el bello busto de la Emperatriz Josefina (1806, Château de la Malmaison) de Joseph Chinard (1756-1813).

Antonio Canova (1757-1822) y Albert Bertel (1770-1844) resumen las distintas tendencias de la escultura neoclásica. Mientras el veneciano llega al clasicismo desde una formación barroca y configura un estilo de gran sencillez racional como en Eros y Psiquis (1800, Museo Louvre, París), el danés Thorvaldsen siguió más directamente las teorías de Winckelmann hasta conseguir un estilo voluntariamente distante y frío que debe mucho a la estatuaria griega, cuyas obras tuvo ocasión de restaurar en la Gliptoteca de Munich. Su Jason o su Marte y el Amor (1803, Copenhague, Museo Thorvaldsen) reflejan esa fidelidad al modelo griego.


Pintura neoclásica

Es en la pintura donde hubo más dificultad para llegar a una estética neoclásica. Una de las razones fue la escasez de modelos antiguos, pues eran pocos los ejemplos de pintura que sacaban a la luz las excavaciones. Por ello fueron las decoraciones de los vasos de cerámica y los bajorrelieves casi las únicas referencias al alcance de los artistas. Cuando el teórico y pintor Anton Rafael Mengs (1728-1779) quiso llevar las teorías neoclásicas a la pintura, creó en el techo de una de las estancias de la Villa Albani de Roma lo que podría considerarse un manifiesto de este recién nacido clasicismo. En su Parnaso (1761), renunció a los efectos coloristas o de composición propios del Barroco para realizar una pintura en la que sobresalía la simetría y la razón, y se aunaban la perfección de las formas de la escultura antigua con los valores de la pintura de Rafael. El resultado es una obra fría, sin profundidad, conscientemente distante, que recuerda los relieves antiguos.

La arqueología dio lugar a pinturas que seguían los ejemplos de la antigüedad; Joseph M. Vien (1716-1809) se sirvió de un mural de Herculano, que había conocido a través de las publicaciones dedicadas a las excavaciones, para su Venta de Cupidos (1763, Château de Fontainebleau). Pero también se produjo una vuelta a los tradicionales maestros de la pintura: Rafael, Correggio, Carracci o Poussin. Todo ello generó una pintura en cierto modo ecléctica que pretendió prescindir de todo detalle superfluo para destacar la importancia del tema; éste es lo fundamental en la pintura neoclásica porque estaba destinada a regenerar la sociedad mostrando las virtudes ciudadanas que se interpretaban a través de temas sacados de la literatura clásica.

Jacques Louis David (1748-1825) plasmó en sus cuadros la estética neoclásica. Obras como Belisario recibiendo limosnas (1780) y el fundamental Juramento de los Horacios (1784, París, Louvre) plantean un espacio preciso en el que los personajes se sitúan en un primer plano, que junto con el predominio del dibujo, la ausencia de ornamentación, la luz fría y los detalles arqueológicos completan un conjunto que define el gusto neoclásico. Los temas de los cuadros hacen alusión a hechos heróicos y aleccionadores, aunque no forzosamente debían ser antiguos. Jean Baptista Greuze (1725-1805) ensalzó las virtudes domésticas con escenas ambientadas en la sociedad rural, como Novia de aldea (1761, París, Louvre) o El hijo pródigo (1778, París, Louvre). También tenían cabida los temas sacados de la historia contemporánea, como hizo Benjamin West (1737-1820) en La muerte del Capitán Wolfe (1770, Ottawa, National Gallery of Canada). En años posteriores Jean-Auguste Dominique Ingres (1780-1867) fundió en su pintura todas estas propuestas para realizar obras de gran fuerza decorativa.

Dentro del eclecticismo existente, también aparecen artistas que muestran interés por reflejar mundos más irreales y fantásticos salidos del inconsciente y alejados de la razón. En este grupo están William Blake (1757-1827), que en dibujos e ilustraciones para libros creó un mundo irreal de escenas lineales y curvilíneas, o Henry Fuseli (1741-1825), que muestra los estrechos límites que le separan del Romanticismo.
 http://www.espanolsinfronteras.com/EAH07-EdadModernayelNeoclasicismo.htm