Esta gran obra de ingeniería, declarada Patrimonio de la Humanidad en
2014, se extendía casi 1.800 kilómetros de norte a sur de China en la
época de su apogeo, las dinastías Ming y Qing.
Desde al menos 500 años antes de nuestra era, tanto los políticos como
los ingenieros chinos eran conscientes de que el transporte acuático
era más eficaz y menos costoso que el terrestre. Todas las grandes
civilizaciones del planeta llegaron a esta conclusión, pero la
originalidad china consistió en diseñar y realizar una vía acuática
artificial que articulara la capital con territorios extremadamente
lejanos, exenta de los peligros y sobresaltos que jalonaban los grandes
ríos. Tal fue el Gran Canal, la gran arteria acuática que desde el siglo
VII d.C. recorre China de norte a sur, a lo largo de casi 1.800
kilómetros. Su construcción y mantenimiento resultaron enormemente
costosos, pero el Gran Canal abarató radicalmente el tráfico de bienes
pesados a lo largo del Imperio, como harían 1.200 años después los
trenes en Europa.
