martes, 28 de enero de 2020

MAPAMUNDI PTOLEMAICO


                              Mapamundi de Ptolomeo en el Liber Chronicarum, 1493
Claudio Ptolomeo, matemático, astrónomo y geógrafo, nació en Egipto (90-168 d. C.). Vivió en Alejandría, ya bajo dominio romano, y trabajó en su biblioteca, desarrollando una vasta obra en la que reunió y compendió todos los saberes científicos del mundo clásico aplicados a la astronomía y a la geografía. Compuso dos obras fundamentales. La  Composición Matemática, que es un tratado astronómico en trece volúmenes muy apreciado y difundido entre los árabes, que lo conocían como Almagesto, y la Guía Geográfica, que fue considerada la obra más importante de la antigüedad en su materia.
El Almagesto es su obra más conocida y la que más influenció la concepción del cosmos en el occidente europeo durante toda la Edad Media. Es una colección de tratados astronómicos cuya hipótesis principal situaba a la tierra en el centro del universo. Desarrolló una compleja trigonometría para explicar y demostrar el movimiento orbital de los planetas y su trabajo dio nombre a la teoría geocéntrica conocida como sistema ptolemaico, que permaneció vigente hasta que ya en el siglo XV la rebatieran Nicolás Copérnico y sus seguidores, especialmente Galileo Galilei en el siglo XVI.
Mapamundi de Ptolomeo incluido en la edición de Roma de 1478
La Geografía de Ptolomeo fue la primera obra de su estilo en la que se elaboró una descripción de toda la ecumene con métodos científicos y un alto grado de rigor. En ella, el sabio alejandrino desarrollaba un sistema para trazar mapas y construir globos terráqueos inspirándose en la obra de Eratóstenes, de Hiparco de Nicea y también en la de Marino de Tiro, el otro gran impulsor de la ciencia geográfica en el siglo II d.C.
Ptolomeo fue el primero en utilizar los términos de latitud y longitud para ubicar los sitios en el mapa. Para ello estableció un sistema reticular de paralelos y meridianos distribuidos a intervalos regulares y calibrados en grados, divididos estos a su vez en minutos. Las líneas de longitud las definió partiendo de un meridiano principal de valor 0º que situó en el límite occidental de las Islas Canarias. En cuanto a los paralelos, estableció el 0º en la línea del Ecuador y el 90º en el Polo Norte; situó el extremo norte de la tierra habitable en el paralelo 63º y ubicó en aquella zona las islas de Scandia, Albión, Hibernia y Thule.
Su trabajo recopilando datos fue impresionante. Reseñó hasta 8.000 lugares según su latitud y longitud apuntando las coordenadas para su localización y ubicación en los mapas. Sabemos que la obra original contenía, además de un mapamundi,  veintiséis mapas regionales, diez de ellos de Europa, doce de Asia y cuatro de África. Ninguno de los originales ha sobrevivido y los más antiguos que han llegado hasta hoy datan de los siglos XII y XIII, quizás dibujados por un tal Agathodemon, cuyo nombre aparece en un documento bizantino que lo cita como el dibujante material de los mapas que Ptolomeo describía.
El mundo de Ptolomeo según Agathodemon. Probable copia del siglo XIII
Si bien es cierto que Ptolomeo equivocó las mediciones de la tierra, pues supuso que a cada grado correspondía en la línea del ecuador un arco de unos 80 kilómetros, reduciendo así la longitud del círculo máximo a poco menos de 30.000 Km., su propuesta fue tan seria y respetable que con ella en la mente, los grandes navegantes del renacimiento se atreverían a adentrarse en los océanos con la intención de llegar al otro extremo del globo.
Otra gran aportación de Ptolomeo a la cartografía, fue su propuesta para proyectar la esfera terrestre sobre la superficie plana de de los mapas, consiguiendo así cambiar la escala dentro de un mismo plano. Para representar la superficie curva de la tierra, Ptolomeo diseñó una proyección cartográfica cónica y otra seudo cónica.
Proyección cónica de Ptolomeo usada en el mapamundi de Bolonia de 1477
En la primera, los paralelos están representados como arcos concéntricos mientras que los meridianos son líneas rectas y se abren como un abanico con el foco en el polo norte. Fue muy utilizada para representar el mapa del mundo hasta que los descubrimientos ampliaron considerablemente la tierra conocida y esta proyección dejó de ser suficiente para contener toda la Ecumene. Después del descubrimiento de América se utilizó con más frecuencia en la elaboración de mapas regionales en los que la superficie cartografiada no reclamara tanto espacio.
Mapamundi de Ptolomeo  dibujado por Scotus. Incluido en la edición de Estrasburgo de 1520
La segunda proyección permitía una representación del mundo más amplia y de proporciones mejor definidas. En ella, no solo los paralelos, sino también los meridianos, se representaban con líneas curvas que convergían en el polo. La versión más popular, realizada siguiendo este esquema, fue la que dibujara Nicolaus Germanus en 1482 para la edición de Ulm. Al mapamundi de esta edición se añadieron las tierras de Islandia y Noruega y la costa sur de Groenlandia. Para conseguir encajarlas en el espacio disponible tuvieron que sacarlas del mapa, causando un efecto muy curioso.
Mapamundi Ptolemaico dibujado en 1482 por Nicolaus Germanus para la edición de Ulm
La tradición ptolemaica se perdió en Europa durante la Edad Media, en que la investigación geográfica experimentó una fuerte recesión. Su obra y sus conocimientos, sin embargo, se perpetuaron en la cartografía islámica, que profundizó en el sistema del sabio alejandrino y amplió los conocimientos y datos que él aportara. Se conservaron también sus conocimientos en Bizancio, donde conoció varias ediciones en lengua griega de las que solo han llegado algunos fragmentos hasta nuestros días.
A principios del siglo XV Jacobus Angelus terminó su traducción al latín de la Geografía de Ptolomeo, que se había mantenido vigente entre los árabes y en Constantinopla, donde había conocido sucesivas ediciones en lengua griega. A partir de esta traducción la ciencia renacentista redescubre la obra de Ptolomeo y experimenta un gran impulso gracias a invención de la imprenta. En las primeras ediciones se elaboraron los mapas siguiendo fielmente la descripción original pero inmediatamente empezaron a modificarse y a añadirse otros que incorporaban los nuevos conocimientos geográficos, uniendo a la precisión empírica de los portulanos el rigor del método científico aportado por la Geografía ptolemaica.
Edición de Germanus en 1470
A los nuevos mapas que resultan de esta síntesis de les conoce como "Tabulae Novae". El invento de la imprenta lanzó definitivamente la obra de Ptolomeo y con ella Europa conoció un auténtico boom cartográfico.  No es exagerado decir que la Geografía ptolemaica se convirtió en un clamoroso éxito editorial que se prolongaría, manteniéndose entre las obras científicas más reeditadas, al menos hasta final del siglo XVII. Buena parte de este éxito se debe a que fue una obra muy dinámica, continuamente enriquecida por las aportaciones de los grandes geógrafos y cartógrafos, incluso por los que desarrollaron sus propios sistemas. Hay que añadir a este dinamismo el hecho de que eran mapas de gran belleza y colorido. Generalmente eran coloreados a mano, por lo que entre ejemplares de una misma edición se daban acabados desiguales y a veces muy valiosos.
Ampliación del mapamundi ptolemaico realizada por Waldseemuller en 1507 incorporando los nuevos decubrimientos.
http://museovirtual.csic.es/salas/magnetismo/biografias/ptolomeo.htm
http://www.esascosas.com/el-mapa-de-ptolomeo/
https://www.geografiainfinita.com/2016/09/la-evolucion-de-la-cartografia-a-traves-de-15-mapas/



LAS ARPIAS Y EL LIBER MONSTRUORUM


La arpía o harpía es un ser fantástico, clasificado habitualmente entre los “híbridos y monstruosos” y dotado de un claro sentido negativo. Se conforma generalmente de cabeza de mujer, cuerpo femenino o de ave y cola de serpiente o escorpión, pudiendo tener incluso patas de ave de presa. Su fisionomía no es estable, como tampoco lo son sus descripciones e identificaciones, ya que habitualmente suele confundirse con la sirenapájaro , que desde la Antigüedad era descrita como un ser compuesto por rostro femenino y cuerpo de ave, diferenciándose de la arpía medieval por la ausencia de cola de serpiente o escorpión. Su carácter repugnante, devorador y aéreo las relaciona con los infiernos. 

Este tema resulta algo conflictivo, ya que no aparece en todos los diccionarios de iconografía, puesto que en muchas ocasiones se incluye bien en la descripción de las lamias o en la de las sirenas. Mateo Gómez y Quiñones Costa trataron en profundidad la problemática de las “arpías o sirenas” en la iconografía románica, concluyendo que su presencia en el arte románico no es muy frecuente, siendo superior la de la sirena-pájaro. De la misma opinión es Leclercq-Marx , que insiste en que en español la denominación arpía es empleada abusivamente para designar a todas las mujeres-pájaro de la escultura románica, cuando las sirenas-pájaro fueron mucho más populares, concluyendo que “que la mayoría de las mujeres-pájaro esculpidas en las iglesias románicas fueron concebidas como sirenas” . Resulta sorprendente comprobar la falta de unidad entre las definiciones de distintos estudiosos. Cirlot, por ejemplo, las considera “hijas de Neptuno y el mar alegorías o personificaciones de los vicios en su doble tensión (culpa y castigo)” , afirmando que en la Edad Media aparecen como emblemas del signo de Virgo. Chevalier , sin embargo, señala a las arpías como genios malignos de olor infecto que atormentan a las almas, partes diabólicas de las energías cósmicas y proveedoras de muertes repentinas; además de afirmar que simbolizan a las pasiones viciosas y figuran la disposición a los vicios y provocaciones de la maldad. 



La fisionomía de estos seres es algo variable. En ocasiones se conciben como monstruos alados con cara de mujer horrible, cuerpo de pájaro y zarpas de león, en otros casos como monstruos alados de rostro de vieja y cuerpo de buitre. En ocasiones puede mostrar un largo cuello e incluso patas de cuadrúpedo. Sus alas pueden encontrarse recogidas o explayadas. Al igual que en el caso de las sirenas, también existen arpías barbadas masculinas, como las de uno de los capiteles de la sala capitular de Burgo de Osma (Soria). A pesar de que se han asociado a las sirenas-pájaro por su papel de símbolos alados, las arpías añaden la cola de serpiente o escorpión al rostro femenino y el cuerpo de ave de las sirenas.

Este atributo les aporta un carácter telúrico, de hijas de la tierra, proclamado no solo por su cola, sino también por las serpientes que, saliendo de la boca, se dirigen hacia el suelo, como aparece en varios capiteles del claustro de Santo Domingo de Silos (Burgos). Las arpías son representadas con cierta frecuencia en parejas, con la posición de sus cuerpos adosados y las cabezas vueltas mirando fijamente. Se trata de una postura activa o amenazante, posiblemente condicionada por una mejor adaptación al soporte, así como por la influencia oriental en las composiciones organizadas en torno a un eje de simetría. Además, pueden presentarse tocadas con un gorro frigio.



Las principales fuentes para este ser fantástico las encontramos en los textos grecolatinos, si bien las arpías que fueron representadas en el arte medieval se alejan de estos modelos clásicos. Mateo y Quiñones se plantearon qué pudo motivar dichas transformaciones y en qué fuentes se habrían inspirado los artistas. De hecho, la figura de la arpía no aparece en el Fisiólogo, que se centra en la de la sirena, quizás por las dificultades que podrían encontrar en la diferenciación de ambas . 


Según Homero , las arpías eran diosas o genios furiosos del temporal que lloraban con el buen tiempo y cantaban con la tormenta. Solo el viento del Norte, hijo Bóreas y soplo del espíritu, podía ahuyentarlas. En la leyenda de los Argonautas son Furias con forma híbrida de doncella y ave de rapiña, raptoras que secuestraban a niños y adultos con sus garras. 


Hesíodo en su Teogonía, al referirse a los hijos de Taumante y Electra, las describe como “divinidades de larga y suelta cabellera, más veloces que los pájaros y los vientos”, pero su representación cambió con el paso del tiempo, si bien conservó su aspecto repugnante y condición femenina. Virgilio se refiere a ellas en la Eneida como aves con cara de doncella, garras encorvadas y vientre inmundo, pálidas de un hambre que no pueden saciar, además de relegarlas a la entrada del infierno como mensajeras de Hades. En algunas descripciones incluso se alude a la forma de caballo o mujer caballo10. Del texto de Virgilio destacamos este pasaje:    

“No hay monstruo más aciago que ellas ni peste alguna
más cruel o castigo de los dioses nació de las aguas estigias.
Rostros de doncella en cuerpos de ave, nauseabundo el excremento
de su vientre, manos que se hacen garras y rasgos siempre
pálidos de hambre”



El Liber monstrorum de diversis generibus de la época de Carlomagno editado por Corrado Bologna señala que las arpías serían políglotas, rasgo asociado al hambre y la avidez desenfrenada. Por otro lado, la arpía del Bestiario de Pierre de Beauvais se aparta de las descripciones de Homero y Virgilio, señalando que “esta bestia se parece a un caballo y a un hombre, con cuerpo de león, alas de serpiente y cola de caballo”. Autores como Pinedo han querido vincular la figura de las arpías con ciertas descripciones proporcionadas por los textos bíblicos. Es el caso del siguiente fragmento de la Epístola de San Pablo a los Romanos (Rom. 3, 13-15), basado en diversos pasajes de los Salmos, en el que se alude a que tanto judíos como griegos estaban bajo el pecado:

 “Sepulcro abierto es su garganta,
con su lengua urden engaños.
Veneno de áspides bajo sus labios:
maldición y amargura rebosa su boca.
Ligeros sus pies para derramar sangre”.

Por su parte, Leclercq-Marx ha señalado que la fuente utilizada era de tipo culto y su nombre no figuraba más que en contados casos, como el Liber Monstrorum, Fulgencio el Mitógrafo y los Mitógrafos del Vaticano.



El Liber Monstrorum es un libro de principios del siglo VIII que cataloga una de las más impresionantes listas de seres fantásticos de la Edad Media. Algunos lo vinculan con el erudito anglosajón Aldhelm, también conocido como el abad Anselmo. Otros, sin embargo, deducen una escritura cooperativa entre las mentes más inflamadas del período.
En los libros medievales acerca de criaturas insólitas se entiende que un monstruo solo puede ser considerado como tal si su ubicación coincide con un territorio inexplorado. 
Los monstruos son para la mentalidad medieval, criaturas salvajes que pertenecen al orden de la naturaleza pero que viven en regiones alejadas de la civilización. 
El Liber Monstruorum se construye a partir de esa creencia, es decir, que los monstruos habitan en países remotos que aún no han sido explorados. En este sentido, el Liber Monstruorum no crea sus propios monstruos, sino que recopila los mitos y leyendas acerca de estos seres fantásticos; algunos de los cuales aparecen en otros libros de la Edad Media, entre ellos, el Beowulf.
El Liber Monstruorum admite algunas evidencias cuestionables, por ejemplo, cartas apócrifas de Alejandro Magno, donde describe criaturas muy inusuales en su conquista del Este; así como fragmentos del Beowulf, en particular aquellos que denuncian los hábitos maliciosos de Grendel, aquel troll infame que el héroe asesina arrancándole un brazo.
Las fuentes del Liber Monstruorum admiten la influencia de los mitos griegos, de tal modo que sus páginas insisten en describir la naturaleza de seres ampliamente conocidos como las sirenas, faunos, sátiros, arpías, basiliscos, lamias, Erinias, Euménides y Furias; pero también revelan la identidad de monstruos más elusivos, como Groac'h, la bruja de Hansel y Gretel; o incluso de Glog, el cazador de monstruos de la Edad Media.
Repasemos tres de los monstruos citados en el Liber Monstruorum:


Cinocéfalo significa literalmente "cabeza de perro". El Liber Monstruorum  aclara que estas criaturas semihumanas proceden de la India, aunque lo más probable es que se los haya malinterpretado a partir de las imágenes y estatuas egipcias de Anubis.
Los cinocéfalos son monstruos bastante increíbles, sin embargo, también se inscriben entre las creencias católicas más antiguas.


Los Monópodos (también conocidos como Sciápodos), literalmente "un pie", son monstruos mitológicos de aspecto humano pero con un solo pie, a menudo tan grande y ancho que se lo utiliza para darse sombra. Esta extraña funcionalidad les ganó el epíteto de Skiapodos, los "pie-sombra".
El Liber Monstruorum se apoya en recursos clásicos para describir a los Monópodos, entre ellos, la comedia de Aristófanes: Los pájaros (Ornithes), representada en el 414 a.C.; también en la Historia Natural (Naturalis Historia) de Plinio el Viejo, que registra el avistamiento de Monópodos en la India por parte del sabio Ctesias:
"Se habla de otra raza de hombres conocidos como Monocoli, los cuales tienen una sola pierna, y son capaces de saltar con sorporendente habilidad. El mismo pueblo es conocido como Sciapodae, debido a su costumbre de echarse de espaldas durante las horas de mayor calor, y protegerse del sol con la sombra que proyecta su enorme pie. (Naturalis Historia, Plinio)"
Filóstrato también menciona a los Monópodos, así como Isidoro de Sevilla y San Agustín. 

El Liber Monstruorum describe a los Epifugi del siguiente modo: no tienen cabeza pero poseen todas sus funciones incrustadas en el pecho, excepto los ojos, que están alojados en los hombros.
Los Epifugi o Epiphagi proceden de una vasta estirpe de seres sin cabeza, desde los akephaloi griegos (literalmente "sin cabeza") a los Blemmyes latinos. Todos estos seres coinciden en alojar las funciones de la cabeza en el pecho.
El primero en investigarlos fue Herodoto. El sabio los ubicó en Etiopía y a veces en Libia. Plinio coincide en la procedencia africana, pero los sitúa en la región de Nubia.
A pesar de estas coincidencias, no todos los hombres sin cabeza comparten los mismos atributos. Por ejemplo, los Blemmyes tienen los ojos, la nariz y la boca en el pecho, mientras que los Epiphagi que registra el Liber Monstruorum tienen los ojos ubicados en los hombros.

El Liber Monstruorum abunda en descripciones fabulosas como los ejemplos que hemos visto. Para la época en la que fue escrito, la palabra monstruo,aludía a ciertas malformaciones, ciertos defectos físicos, ciertas exageraciones; en definitiva, a lo anormal, pero siempre con una raíz antropomórfica.
Los anglosajones los llamaban aglæca, término que podríamos traducir como calamidad; algo muy distinto de la raíz etimológica de monstruo, la cual se vincula con un prodigio puesto de manifiesto, con algo que se revela, que se muestra, que puede o no ser repulsivo pero que no necesariamente ha de infundir miedo.

https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4731405
https://www.researchgate.net/publication/264519481_Las_arpias
http://elespejogotico.blogspot.com/2016/11/liber-monstruorum-el-libro-de-los.html

lunes, 27 de enero de 2020

LA NOVELA PICARESCA



Género literario satírico de creación española, antecedente imprescindible para la evolución de la novela moderna. La primera novela picaresca es el anónimo Lazarillo de Tormes, publicado en 1554. La Celestina (1499) no es una novela picaresca en sentido estricto, pero sí contribuyó de una manera decisiva al desarrollo de la perspectiva cínica y el estilo satírico que caracterizan el género.
El género se define sobre todo por el protagonista, el pícaro, un joven de la clase de los sirvientes, que vive en varias ciudades y tiene aventuras y desventuras con diferentes amos. El pícaro aprende desde muy pequeño a ser astuto y a buscarse la vida. Sus preocupaciones principales son, primero, tener de comer, y después, si puede, "medrar". Otra característica del género es su forma, que se presenta como la autobiografía ficticia del mismo pícaro.
La aparición de la picaresca a mitad del siglo XVI con el Lazarillo de Tormes (1554) quedan establecidos los rasgos principales de este género, que sólo fructifica y se desarrolla en la segunda época de la picaresca, en el siglo del Barroco (XVII). Con El Lazarillo de Tormes nace un nuevo género narrativo que carecía de un modelo narrativo anterior y que se desarrollará, sobre todo, en el Barroco. Con el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán quedan fijados los rasgos formales e ideológicos básicos del Lazarillo, que luego serán repetidos, ligeramente modificados, por narradores posteriores.Utiliza el esquema tradicional de los libros o novelas de caballería, pero lo hace con una voluntad claramente desmitificadora, a partir de la crítica a la sociedad de la época. La estructura es un relato en primera persona de episodios o la vida del autor que vienen a justificar su situación final poco afortunada.
El principal ejemplo de la picaresca alemana es El aventurero Simplicissimus , del escritor Hans Jakob Christoph von Grimmelshausen. En Francia cabe destacar Historia de Gil Blas de Santillana, fruto de la pluma de Alain René Lesage, y en Inglaterra Moll Flanders, escrita por Daniel Defoe. En América Latina la obra que inicia el género novelesco es, precisamente, El Periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi, reflejo de la novela picaresca española.
La segunda mitad del siglo XVI, el reinado Felipe II (1556-1598), el Rey Prudente, se caracteriza por cierto predominio de la literatura religiosa (ascética y mística) y replegamiento del “brote picaresco”. El componente erasmista, con su sátira anticlerical en el Lazarillo, no fue adecuado para que este género de novela progresara en tiempos de Felipe II, el Concilio de Trento (entre 1545 y 1563) y la Contrarreforma.
La novela picaresca es un síntoma de la crisis que comenzaba a asolar a la sociedad desgastada en las luchas europeas. Sus protagonistas ya no son héroes, sino antihéroes, seres egoístas e insensibles, regidos por el determinismo, y que se encuentran solos en un mundo insolidario y dominado por la apariencia. El realismo de la picaresca reacciona contra la literatura idealista del Renacimiento, ya agotada. Se inicia una nueva época, el Barroco, en la que el tema central será el desengaño, la idea de que el individuo tiene que valerse por sí mismo empleando su “ingenio”, el desprestigio del heroísmo y de el prurito de la honra. El pícaro está liberado de la honra, en el sentido de convención social.
En tiempos de Felipe II, en los que florece la literatura idealizada de los libros de caballerías, la novela pastoril, la mística, el teatro de imitación clásica, una novela como el Lazarillo habría desentonado. Además las condiciones económico-sociales que hacen surgir la picaresca del siglo XVII aún no eran tan graves en tiempos de Felipe II, sino que en el reinado del Rey Prudente comienzan a agravarse. La plenitud del Renacimiento en tiempos de Felipe II con el culto a la belleza (lírica de Herrera) y la exaltación patriótica de la Contrarreforma no favorecían una literatura crítica y pesimista como la de la picaresca. Es claro que la primera novela de la segundo época picaresca, con la que se reanuda el género después del Lazarillo, se publique en 1599, un año después de la muerte de Felipe II, que cierra la etapa ascendente de la “España gloriosa” de la época imperial.


La novela en el siglo XVI se había situado en el plano idealista con la novela caballeresca, pastoril, bizantina y morisca. En el siglo XVII se orienta hacia el realismo con la picaresca y el cuadro de costumbres. En el Lazarillo la picaresca se muestra todavía benevolente y humana, casi optimista. En el siglo XVII, toma la picaresca un matiz más duro, crítico y agrio.
La picaresca del Renacimiento se diferencia de la del Barroco:
a) El Lazarillo violaba la ley por la miseria de su vida, por hambre, por la necesidad de la diaria supervivencia. El pícaro del siglo XVII no lo hace por hambre, sino por quebrantar la ley. El pícaro se presenta casi siempre como holgazán de origen innoble, que vive aprovechándose de la buena fe del prójimo; trabaja de vez en cuando, pero pronto vuelve a la vida ociosa.
b) La psicología del pícaro deriva de las terribles condiciones que le rodean. Todo conspira contra él, condicionando su existencia: su poco honrosa cuna, el bajo ambiente en que vive, la perfidia de sus semejantes, de los que no recibe más que golpes. De ahí su amargo pesimismo y su radical desconfianza frente al prójimo. Pero nunca se rebela, sufre esperando el momento de poder dar cauce a su resentimiento.
c) Después de cada aventura, hace reflexiones moralizadoras. El pícaro se complace en destacar la ilicitud de cada uno de sus acciones, exponiendo detalladamente la norma moral contra la cual tal acción peca. Recalca en ello la flaqueza humana. Ya no es amoral, sino inmoral.
d) Frente al Lazarillo, la picaresca del Barroco se dirige a capas más altas de la sociedad: clérigos de altos cargos, cardenales, embajadores. La crítica al concepto de la honra es aun más dura. Se acentúa el pesimismo: “vanidad de vanidades; todo es vanidad. ¿Qué provecho saca el hombre de todo por cuanto se afana debajo del sol?” (Eclesiastés l, 2-3).
e) El estilo es realista, pero a veces las descripciones de la picaresca barroca son tan desorbitadamente caricaturizantes que rayan en lo surrealista.

El Lazarillo es aún muy humano y compasivo, está más cerca de Cervantes que de la picaresca barroca, tiene una prodigiosa naturalidad y ofrece un realismo sin grotescas deformaciones; mientras que la picaresca barroca ofrece un pesimismo sistemático, una deformación caricaturesca y una insistente sátira de la sociedad de entonces; en la picaresca barroca el pícaro posee ya conciencia de su clase social y de su significado crítico. Aunque el Lazarillo contiene los gérmenes de toda la picaresca posterior, sólo que en una mesura más “clásica”, rasgos que la picaresca barroca exagera. En el Lazarillo tenemos ya algo del dualismo Don Quijote y Sancho Panza, algo de la tendencia idealista y muchas inquietudes erasmistas humanísticas.

Toda clasificación de la picaresca presenta grandes dificultades. Se ha usado el criterio del mayor o menor grado ético moralizador: Primer grado sin sermones moralizantes lo representaría el Lazarillo; segundo grado sería la perfecta fusión de ética y picaresca de Guzmán de Alfarache; el tercer grado, la fusión superficial y anecdótica de lo moral y lo picaresco de Marcos de Obregón. Pero con la misma legitimidad se pueden tomar otros criterios para hacer clasificaciones del género: el mayor o menor grado de sátira social, de realismo, de caricatura, de costumbrismo, etc.
El elemento moralizador de la picaresca corresponde a la “fiscalización religiosa de la época” (Valbuena Prat), que impedía una literatura de malos ejemplos sin ofrecer el remedio como un médico que describe enfermedades sin ofrecer remedio. Otra razón para este prurito moralizador es la de que el autor escribe su relato al cabo de una vida llena de peripecias, ya curtido por los años y quiere dar la sensación de gravedad propia de un filósofo. Al querer adoctrinar a los demás desde su condición insignificante social, el pícaro se está afirmando a sí mismo con gesto de profundo orgullo, del orgullo de quien posee el secreto de la inanidad de la vida.

El valor medieval dado a los escritos en relación con la calidad de sus doctrinas subsistía aún en el Barroco. La literatura como mero pasatiempo despertaba el recelo de moralistas y legisladores. Con el salvoconducto de la intención moralizadora, la picaresca podía ofrecer las más crudas descripciones de la realidad nacional. El realismo de la picaresca es muy debatido. No es el realismo humano y llano de un Cervantes o de un Velázquez, sino deformante y deshumanizante, exagerando lo grotesco para intensificar la intención satírica. La caricatura tampoco es rasgo común a toda la picaresca, y este es uno de los criterios para su clasificación. El caso más extremo es El Buscón de Quevedo, mientras que El Guzmán y el Marcos de Obregón son más realistas. A veces la realidad se esquematiza en abstracciones caricaturescas.
Los principios de composición fundamentales de la picaresca: el pícaro viaja y vagabundea, un síntoma de su inestabilidad social; el pícaro está al servicio de muchos amos; el pícaro narra en primera persona su pasado, sobre el que emite algún juicio o comentario. Este rasgo autobiográfico confiera a la narración un carácter subjetivo, típico del arte del Barroco.
En cuanto al estilo, las técnicas picarescas de expresión son sólo posibles una vez caducados los cánones clásicos de la belleza ideal, difundidos durante el Renacimiento. El Barroco proclama el valor de lo feo, sobre todo como elemento de contraste. “Antes pienso pintarme tal cual soy, que tan bien se vende una pintura fea, si es con arte, como una muy hermosa y bella ... Y tan bien hizo Dios la luna con que descubrir la noche oscura, como el sol con que se ve el claro y resplandeciente día... en el orden del Universo también hacen su figura los terrestres y ponzoñosos animales Y finalmente, todo lo hizo Dios, hermoso y feo” (La pícara Justina).
La picaresca es un arte idealista de signo contrario, como dice Américo Castro. La picaresca en su conjunto no es menos parcial y excluyente que las novelas renacentistas, aunque por debajo de sus deformaciones palpita una realidad sangrante, una sociedad con todas sus miserias, que justifican el rencor del pícaro. Vista así, la picaresca es una digna arma de crítica social a la España de su tiempo, la España que acaba de perder los ideales imperiales y está llena de mendigos. A la literatura española corresponde el mérito de haber llevado al terreno del arte un tipo y una actitud procedentes de los más bajos fondos sociales. La picaresca tiene en el terreno literario un paralelo con la pintura de la época del barroco: Así Velázquez pinta a bufones, bobos y deformados en sus pinturas, en las escenas reales no deja de documentar la degeneración de la clase alta española.
La riqueza de vocabulario es notable, así como el empleo de expresiones familiares, refranes y frases hechas.

"El siglo XVII es el siglo de la crisis acelerada del Imperio Hispánico : suspensión estatal de pagos; devaluación de la moneda, el vellón, en un 50%). La península tiene un exceso de nobles, hidalgos y religiosos. La miseria se enseñorea de la nación (“al rico llaman honrado porque tiene que comer”). En esta situación, Lope sigue escribiendo en el teatro sobre héroes medievales (“un labrador de Madrid, del linaje de los godos”). Sigue el desprecio “reconquistador” por las actividades comerciales e industriales: burguesas; ser intelectual agudo es ser judío. La mitomanía del español castizo y cristiano viejo prosigue en muchos autores: “que suele la cristiandad alcanzar más que la ciencia” (Tirso de Molina). El duque de Olivares intenta abrir los ojos a la clase dominante del país y meterles la mentalidad moderna de amor a la ciencia y al progreso: intenta en el 1641 traer judíos a España para que se hagan cargo de las actividades económicas; en vano. En 1640, Portugal recupera su independencia; separatismo en Aragón y Andalucía; Cataluña a punto de recuperar independencia; en 1647 se sublevan Sicilia y Nápoles; independencia de Holanda; la Paz de los Pirineos en 1654 reconoce la supremacía europea de Francia. La “república de hombres encantados” se refleja en la literatura y el arte. Los contradicciones del sistema imperial, sus mitos casticistas, su alta cultura junto a la enorme miseria del país, su poder militar junto a la gran decadencia tecnológico-económica, sus riquezas americanas junto a las grandes deudas con los banqueros europeos: el abismo entre el ser y el parecer así como la obsesión por el engaño y el desengaño, son la clave de la situación del Barroco español. Lope de Vega  ignorará el conflicto y destacará el nacionalismo y la mitomanía española, operando con la ideología de unir la clase dominante con los labradores ricos. Mateo Alemán, no menos ideólogo, presenta el descarnado desengaño y un feroz rechazo de lo humano. Calderón de la Barca y Tirso de Molina intentarán dar un marco teológico a todo; Calderón parte del desengaño para llegar siempre al desengaño. Luis de Góngora intentará una poesía formalmente pura y lujosa opuesta a la miseria social reinante. Francisco de Quevedo será el implacable desmontador de los soberbios edificios imperiales, para terminar en un oportunismo pragmático. Sólo Miguel de Cervantes (1547-1616) verá claramente la dirección que va a seguir el siglo del Barroco, e intentará dar una síntesis humana del problema del tiempo. Frente a estos autores está la novela picaresca como testigo implacable de la época, contraria al humanismo y dignidad de un Cervantes.» (Carlos Blanco Aguinaga).

En 1599 aparece el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán (1547-1615), autor de descendencia judía. Esta será la novela modelo de la picaresca barroca, es la obra máxima y absolutamente central para la comprensión de la picaresca evolucionada.

"La novela picaresca es un relato autobiográfico ficticio, escrito en primera persona por sujeto imaginario de ínfima extracción social, quien, pasando por avatares sucesivos, nos introduce en sectores y ambientes diversos de la sociedad, que podemos así contemplar desde una perspectiva poco favorecedora, es decir, desde abajo". (Francisco Ayala)
En la novela picaresca se nos cuenta siempre la historia de un trotamundos desheredado de la fortuna cuyo papel en la vida se reduce a ir satisfaciendo, de cualquier manera, sus necesidades más elementales. El hambre es, tal vez, el motor principal del pícaro, y para satisfacerla trabajando lo menos posible (esto es importante) hace de todo sin ser en suma nada: sirve a varios amos, hace de mendigo, roba y engaña. La humanidad no tiene otro sentido que el que tiene la vida del pícaro, comer y trabajar poco. Cuando aparece algún sentido superior, el pícaro advierte enseguida que sólo es vanidad y gesto. El pícaro es el antihéroe épico y se mueve en un mundo desidealizado, bajo y nada noble.
Otra característica es que las aventuras del pícaro son narradas no de forma “novelesca” imaginativa, sino de forma “realista” autobiográfica. De esto se deduce: el pícaro es un héroe solitario, vagabundo desterrado que no entra nunca en diálogo con los demás. Los más desconfían de él y él desconfía de todos una vez que adquieren algo de experiencia.
"Y aunque habla mucho con todo el mundo y todos hablan y actúan a su alrededor, las vidas de los demás nos llegan filtradas por la soledad del pícaro. La visión del mundo del pícaro por ser baja desenmascara la mentira de las visiones del mundo de la gente de su alrededor. La soledad del pícaro le aísla de todo el mundo que le rodea. En este aislamiento y en su indignidad, paradójicamente, el pícaro encuentra su superioridad sobre el resto de los hombres. Y de esta superioridad saca su razón para juzgarlos y condenarlos; para condenar la humanidad toda. De su aislamiento salen definiciones dogmáticas y deformantes de la realidad. La experiencia del pícaro se convierte en juicio del novelista: todo lo que él ha experimentado en su vida le sirve ahora de ejemplo para que el lector aprenda a condenar la realidad. La novela picaresca está pensada a priori como ejemplo de desengaña” (Blanco Aguinaga).
La picaresca representa el rechazo de las novelas tanto pastoriles como caballerescas y de aventuras en las que se idealizaba al héroe en los siglos XVI y XVII.
Caracteres generales de la picaresca:
a)    El pícaro es una figura antiheroica, un caballero de signo negativo, crítico de las virtudes caballerescas.
b)    Técnica narrativa: autobiografía fingida.
c)     Episodios: el pícaro sirve a distintos señores y así se suceden los episodios.
d)    Tiene el carácter de las novelas por entregas.
e)    Crítica social y sátira sobre la situación del país.
f)      Realismo detallado.
g)    No da soluciones a la miseria.

Si Calderón intenta cubrir el fracaso último con la sobre-estructura teológica y con el vano ropaje literario intenta cubrir la esencia verdadera del Barroco (el desengaño), en la picaresca surge este desengaño libre de trabas. Calderón prometía aún de una manera racional que en el más allá todo sería “de otra manera”. La picaresca es realista, ve que está el hombre limitado en su libertad espiritual por los dogmas que le sobrecargan, el hombre está rodeado de ignorancia e hipocresía, de corrupción social; todo esto le hace desconfiado, burlón o monitor y sobre todo pesimista en cuanto a la salvación posible. Ya no justifica este mundo de modo teológico como Calderón, aunque no niega abiertamente la posibilidad de otro mundo mejor “más allá”; pero quiere poner en claro qué poco sentido tiene este mundo de acá.
Se ha comparado la picaresca con la ascética, y la misma picaresca tiene parodias del pícaro que se comporta como un asceta con el mismo ritual (por ejemplo, pone sus remiendos diciendo oraciones como un sacerdote).
La picaresca tiene paralelos con la vena subterránea de la llamada “España Negra”: Los miserables del pintor Ribera, los niños comilones y piojosos de Murillo, la España de Francisco de Goya (Caprichos, Disparates), las pinturas de Zuluaga, los esperpentos literarios de Vale-Inclán (“reflejo de la realidad en espejos cóncavos”), el Sentimiento trágico de la vida, de Miguel de Unamuno, etc.

http://www.hispanoteca.eu/Literatura%20ES/La%20novela%20picaresca%20del%20siglo%20XVII.htm
https://lascosasmasbellasdelavida.wordpress.com/la-novela-picaresca-del-siglo-xvii/

domingo, 26 de enero de 2020

TARTESSOS EL ENIGMÁTICO PUEBLO DESAPARECIDO

Nombre con el que comúnmente se designa a una civilización y/o población que floreció en la Baja Andalucía aproximadamente al tiempo que comenzaba la época de las colonizaciones fenicias y griegas por todo el Mediterráneo. Realmente, el nombre de Tartesos o Tartessos representa un enigma que las investigaciones arqueológicas e historiográficas han ido cubriendo de veracidad desde que el historiador alemán Adolf Schulten iniciase la búsqueda de la mítica ciudad a la que los griegos veneraban como la más fértil y rica de toda Europa, identificándola con alguna de las existentes en el valle del Guadalquivir. Posteriores estudios lingüísticos, arqueológicos e históricos llevados a cabo por destacados investigadores (Juan de Mata Carriazo, Manuel Gómez-Moreno o, más recientemente, Juan Maluquer, Jaime Alvar o José María Blázquez) han intentando la difícil tarea de separar el grano de la paja, esto es, rastrear las evidencias históricas desde los textos y las leyendas, que se cuentan por centenares referentes a la riqueza de Tartesos. En las siguientes líneas, por lo tanto, se tratará de explicar el fenómeno tartésico desde todos los puntos de vista posibles, tanto historiográficos como míticos o legendarios.
Dejando de lado la problemática que identifica a Tartesos con la Tarsis bíblica (vía que, por el momento, parece descartada), el testimonio más antiguo que las fuentes griegas ofrecen sobre Tartesos proceden del poeta Estesícoro de Himera, que vivió entre los siglos VII y VI a.C. 
El vate heleno manejó, sin duda, tanto los testimonios de Plinio el Viejo como la monumental Theogonia de Hesíodo, en la que Tartesos aparecía como un río cercano a Erytheia, una de las tres islas en las que, en la época, estaba dividida la ciudad de Cádiz. La localización de Tartesos como un río (el Guadalete o, quizá, el Guadalquivir) queda avalada por la opinión del más famoso geógrafo griego: Estrabón, que también se pronunció en la misma dirección. No ha faltado tampoco quien ha identificado al río Tartesos con el río Tinto, debido a la riqueza de sustancias minerales que éste transportaba (y aún lo hace) y que, en este sentido, daría un argumento lógico a la proverbial riqueza tartésica.
Fue Hecateo de Mileto (VI-V a.C.) el primero en hablar de Tartesos como un país, dejándolo a la misma altura que Etruria o Iberia; Heródoto, el Padre de la Historia, duda en aplicar a Tartesos el calificativo de chora ('chora', "país") o emporion ('emporion', "lugar de mercado"), añadiendo más confusión al término. El primero en hablar de Tartesos como una polis ('polis', "ciudad") fue Éforo, pero ya en el siglo IV a.C., con lo que su testimonio tardío ha de verse con ligeras suspicacias; de igual modo sucede con el poeta Festo Avieno y su obra Ora Maritima, cuyos testimonios fueron esgrimidos por Schulten para otorgar a Tartesos el status de ciudad. Hoy día, los hallazgos arqueológicos y las investigaciones modernas se muestran bastante contrarios a dicha definición, manteniendo que Tartesos fue, más que una ciudad, una compleja y rica cultura que, por las evidencias arqueológicas, obtuvo un óptimo desarrollo económico en toda la Baja Andalucía. El que hubiera una capital, un centro, de dicha cultura queda, pues, a la espera de posteriores descubrimientos arqueológicos.
Como se ha citado en el punto anterior, Tartesos quedó definido, en principio, como el río que bordeaba la ciudad o la isla de Erytheia, famosa en las fuentes legendarias griegas por ser la sede del primer monarca tartésico: el tricéfalo Gerión, el rey del ganado al que Hércules mató en uno de sus trabajos. Precisamente Erytheia es el nombre de la hija de Gerión, cuyo hijo Norax colonizó Cerdeña. Descendientes del linaje de Norax fueron los otros dos legendarios reyes de Tartesos: Gargoris y Habis. El primero de ellos enseñó al pueblo el uso de la miel y el valor de ella (metáfora del conocimiento del comercio); por lo que respecta a su hijo Habis, su leyenda es uno de los topoi más habituales del mundo mediterráneo: el del hijo al que su padre manda matar, se salva y convive con animales salvajes para, finalmente, ser reconocido por su padre y reinar como le correspondería por linaje. Siguiendo con el tópico, Habis enseñó a su pueblo la agricultura y las leyes, gobernando pacíficamente y en paz durante largos años, que se corresponderían con el esplendor tartésico. De este modo, el linaje de Gargoris y Habis enlaza con el del único monarca tartésico que, pese al aura legendaria que también le rodea, también cuenta con datos fiables acerca de su veracidad histórica: Argantonio, quien, según los datos de algunos cronistas griegos, gobernó en Tartesos desde la mitad del siglo VII hasta la mitad del siglo VI, pues los mismos historiadores helenos le atribuyen una longevidad de, nada menos, ciento cincuenta años.
Las investigaciones acerca del origen mítico coinciden en aceptar, después de todas las leyendas habidas, un carácter antiquísimo a la monarquía tartésica, así como un brillante período de prosperidad entre los diferentes pueblos que habitaban la península ibérica antes de la llegada de fenicios y griegos. Además, los diferentes mitos entremezclados muestran la evidencia de un componente céltico (la tricefalia de Gerión, esto es, el rey de tres cabezas, es una reminiscencia de la tríada divina indoeuropea) y, naturalmente, un componente mediterráneo, representado por los reyes-agricultores y reyes-legisladores. Posiblemente, entre la oscuridad de los textos históricos y la brillantez de las leyendas estén los primeros y balbuceantes pasos de una cultura y una sociedad que, al menos entre sus contemporáneos griegos, fue tenida como una especie de El Dorado de la Antigüedad, por sus fabulosas riquezas y su localización incierta.
El conjunto de piezas de oro hallado en La Aliseda (Cáceres), que tal vez fue el ajuar funerario de una dama de alcurnia, permite apreciar con claridad el influjo fenicio en el ámbito de Tartessos. Así sucede con el cinturón, que consta de más de sesenta piezas en las que se han representado temas orientales como grifos alados, palmetas y un hombre luchando con un león.
Aparte de las cuestiones planteadas en los dos puntos anteriores, sí existen evidencias arqueológicas notables que prueban la existencia de una cultura rica de carácter orientalizante, muy influida por el mundo griego y por el mundo fenicio en todas las cuestiones. Las excavaciones realizadas en Huelva capital, Almuñecar (Granada), Toscanos y Trayamar (Málaga) y Setefilia, Carmona y El Carambolo (Sevilla), entre otros, han ofrecido materiales, cerámica, herramientas, adornos y joyas suficientes como para plantear las líneas maestras de lo que debió ser la sociedad y la economía de Tartesos. Como punto de partida, hay que establecer un dato indiscutible: la enorme importancia que Tartesos, gracias a su privilegiada situación minera, tuvo en las economías griega y fenicia. Salvo la plata de Cerdeña y el oro del Atlas norteafricano, el resto de Europa no tenía minas de importancia (o no se habían descubierto todavía); por contra, la costa andaluza era rica en todo tipo de metales, especialmente el estaño (fundamental para formar la aleación del bronce) y la plata. Tal riqueza ya había estimulado la formación de grandes culturas en la zona desde el tercer milenio antes de nuestra era, como la cultura de Almería, Los Millares o El Argar.
Ello explica que los fenicios, abandonando la isla Cerdeña, fundaran Cádiz aproximadamente en el año 1100 a.C. Los metales de la zona, tanto la plata como el bronce, eran suficiente atracción como para fundar una colonia donde los mercaderes abastecieran de metal a la metrópoli. Con todo, y gracias a diversas excavaciones en la franja que se desliza desde Huelva hasta Sierra Morena, Tartesos no fue un simple emporio de metales, sino un verdadero pueblo de trabajadores metalúrgicos. El hecho de que los fenicios comprasen el cobre indica que ya estaba hecha la aleación, por lo que los poblados tartésicos debieron estar salpicados por doquier de pequeños talleres metalúrgicos. Esta suposición lógica esta avalada por la gran cantidad de objetos manufacturados encontrados en las diferentes excavaciones, especialmente los yunques y herramientas típicas del trabajo del metal, así como el descubrimiento de vetas de mineral agotadas en el siglo VI a.C. Los rendimientos mineros obtenidos por los tartésicos fueron altísimos, como lo demuestran los análisis efectuados sobre las escorias. A cambio, Tartesos recibía telas, ámbar, cerámica y objetos de adorno procedentes de las más diversas zonas de Oriente, con lo que su cultura y sus tipos decorativos se orientalizaron, escondiendo el componente occidental autóctono. Más aún, parece que la entrada en la península ibérica de materias alimenticias tan fundamentales como el vino y el aceite se debe, precisamente, a los intercambios comerciales entre Tartesos y los fenicios.
La sociedad tartésica, tan rica y especializada, estuvo, sin duda, fuertemente jerarquizada, aunque la división del trabajo artesano debió ser el principal factor de cohesión social. El descubrimiento de pequeños talleres domésticos dedicados en exclusiva a las manufacturas metálicas explica, por una parte, el nivel de igualdad social; pero, por otra parte, el trato y el contacto con pueblos de comerciantes debió exigir la existencia de una densa red de comercialización de los productos tartésicos. Ello explica la existencia de una elite aristocrática dominante que, mitológica e históricamente, queda representada por la milenaria monarquía de Tartesos. Por si ello fuese poco, la demanda de metales fue tan grande que, a partir del siglo VIII a.C., existe la casi total certeza de un comercio entre Tartesos y las costas atlánticas (Galicia, la Armórica y las Islas Británicas), que abastecerían de estaño, plata y plomo (indispensable para la fundición) a la sobrepujada economía del sur peninsular. Pesca y ganadería tuvieron que completar el panorama económico de El Dorado de la Antigüedad, especialmente esta última. No hay que olvidar la leyenda de Gerión, el rey tricéfalo señor de los bueyes, donde subyace toda una identidad pecuaria de la zona desde los tiempos remotos, así como el animal mimético por excelencia del mundo mediterráneo: el toro.
Pectoral de oro en forma de piel de toro, procedente de El Carambolo. Los casi tres kilogramos de oro que en 1958 se hallaron en el cerro de El Carambolo, próximo a Sevilla, precedieron la excavación, entre los años 2002 y 2005, de un recinto sagrado edificado allí en el siglo VIII a.C., que fue remodelado y ampliado en el siglo siguiente. Aunque este santuario es de tipo fenicio, su altar en forma de piel de toro extendida, que se corresponde con los pectorales del tesoro que tienen igual forma, constituiría un rasgo original del mundo tartesio. Puede que las joyas que forman el tesoro de El Carambolo fuesen ornamentos de una imagen de culto (quizás adornaron toros sagrados) o atributos sacerdotales.
Las fuentes que hablan acerca de las manifestaciones culturales de los habitantes de Tartesos son dos: los escritores griegos y los hallazgos arqueológicos. Con respecto al arte, los tipos orientalizantes, especialmente influidos por el arte fenicio, son los que dominaron el gusto artesanal de Tartesos. Así se observa en los diferentes objetos extraídos de excavaciones arqueológicas, como ánforas y vasos (de cerámica y de vidrio), que muestran una riquísima decoración polícroma. Mención aparte merece el formidable tesoro encontrado en el poblado de El Carambolo (Sevilla). Los estudios de Juan de Mata Carriazo sobre los materiales encontrados revelan que los habitantes de Tartesos, si bien humildes en sus construcciones, dedicaron gran parte de su riqueza a la compra o elaboración de diferentes objetos de oro y plata, en especial brazaletes, diademas, gargantillas, cotas pectorales, collares, pulseras, cinturones, anillos y pendientes. La decoración geométrica y las pinturas diversas forman parte tanto de la cultura fenicia orientalizante como de la primitiva decoración griega, las dos mayores influencias del arte tartésico. Finalmente, hay que destacar que la vestimenta de gala de cualquier miembro de esta comunidad debió ser, grosso modo, de parecido aspecto al que muestran las numerosas estatuas de Damas que se han encontrado en la península, como la de Elche o la de Baza.
Con respecto al bagaje cultural de los tartésicos, la principal fuente vuelve a ser Estrabón. En el primer libro de su magna Geographia, habla de los turdetanos como el más culto pueblo de la península. El geógrafo griego se refiere a los habitantes del antiguo reino tartésico, que vivieron aproximadamente hacia los siglos II y I a.C. El cambio de nombre no es novedoso, puesto que los cronistas griegos siempre denominan a los habitantes por sus apelativos contemporáneos y, filológicamente, la raíz "Turt" es idéntica a "Tart". Así pues, Estrabón habla de los anales y leyes conservadas por escrito desde los tiempos del rey Argantonio, lo que hace suponer que la tradición de letras venía desde antiguo. Para corroborar tal dato, las excavaciones arqueológicas han descubierto gran cantidad de lápidas o estelas funerarias con caracteres alfabéticos en su exterior. El alfabeto tartésico, en parte indescifrable, participa de los rasgos generales peninsulares, pero tiene gran influencia oriental que lo hace, por el momento, hermético a los saberes actuales. Otro escritor griego, Éforo, cita varias leyes (aunque sería mejor utilizar el término "costumbres") tartésicas, como la prohibición a los jóvenes para testificar contra los ancianos (rasgo de jerarquización social). Con respecto a los cultos, se cita todo un elenco de santuarios en la zona dedicados a la adoración de diferentes divinidades, especialmente al sol, a la luna y a varias fuerzas semidiabólicas. Dejando de lado estos restos de culturas ancestrales, una de las tres islas en las que estaba dividida Cádiz se dedicó por completo a un templo para adorar a Afrodita, santuario dotado, a la manera griega, de su propio oráculo. Otro santuario, el de Zèphyros, dios del viento, se encontraba situado en la costa del Algarve (Portugal), dedicado al culto de aquel que traía, con sus buenos vientos, tanta riqueza comercial a la comarca.
Las leyendas y mitos relacionados con el antiguo reino andaluz no cesaron siquiera cuando la brillante civilización comenzó su decadencia. El primero en formular la identificación entre la Atlántida y Tartesos fue, de nuevo, Adolf Schulten, basándose en las semejanzas que el emplazamiento de Tartesos (o al menos donde él creyó que estaba) tenía con la descripción mitológica que Platón escribió en su obra Critias. Ciertamente, Gadeirike, donde dice Platón que se produjo la catástrofe, evoca en su raíz filológica al Gadir (Cádiz) fundado por los fenicios, aparte de situarla en las cercanías de las columnas de Hércules. Ciertamente, la descripción cultural del modo de vida, sociedad, tradiciones y gobierno del texto platónico también encaja a la perfección con el mundo tartésico que se ha descrito en estas líneas. Con todo ello, la explicación dada al mundo (filosófico, principalmente) del mito de la Atlántida es clara, y no se trata nada más que de otro topoi, el de la abundancia que presagia la catástrofe. Separando la dualidad mítica Atlántida-geológica (situada en América y que se hundió en los tiempos protohistóricos) y la Atlántida-geográfica y cultural, Tartesos, histórica y mitológicamente, guarda gran similitud con las explicaciones escritas dadas por Platón acerca de la posibilidad de que una civilización pre-indoeuropea sobreviviese en Europa hasta épocas muy avanzadas. Historia, mito y tradiciones ocultas tienen una parada habitual en este fabuloso Tartesos, tan fascinante para los lectores actuales como lo fue para sus contemporáneos europeos.
En las estelas funerarias de guerreros halladas en Extremadura y Andalucía se ha visto una manifestación de la cultura tartésica. Estela de Solana de Cabañas. Siglos VIII-VI a.C. MAN, Madrid.
Tartessia vive su esplendor entre los siglos VIII y V a.C. y es gracias a la obtención del bronce, así como la extracción de oro y plata, los que les hace importantes, pues dichos metales y su calidad son muy codiciados por los pueblos de las orillas del Oriente Próximo, concretamente Fenicia y Grecia.
Desde el centro de Europa entran en la Península otras poblaciones mezclando sus culturas. Introducen la lengua indoeuropea, origen de nuestra lengua. El propio mercadeo entre los distintos pobladores que llegan, influyen a los pueblos tartesos, y la sociedad se va transformando,  organizandose de forma más heterogénea, más compleja. Con ello da comienzo el fenómeno urbano en la Península, y con él el Estado. Abstracción que representa la más compleja forma de organización social. Garantía institucional para consolidar las desigualdades.
Una sociedad claramente jerarquizada, con una clase social acomodada. Aparece el poder político superior a los clanes y familias, y cambia de manera brusca la organización social. Aristócratas y reyes son sostenidos por la colectividad. Las ciudades se amurallan por primera vez, como lo demuestran algunos yacimientos.
La economía gira hacia la explotación minero-metalúrgica, que supone una organización compleja  y hacia la economía de tipo agropecuario con una distribución del poblamiento y del territorio. 
El bronce tarteso, por su brillanted y calidad es muy apreciado por los pueblos mediterráneos, sobretodo por los fenicios y griegos.
Los fenicios, que vienen de Fenicia, como buenos comerciantes, llegan a las tierras tartesas por el levante peninsular para intercambiar sus productos por los metales preciados, intentando hacerlo al mejor coste.
Se  establecen en las costas andaluzas y  la ciudad de Cádiz, pasa a ser el más importante punto de comercio de la época.
Los Griegos son una gran civilización, que compite en la comercialización con Europa, con los mismos cometidos que sus vecinos fenicios, se establecen por las Ampurias para comerciar con los pueblos de la península. Es posible que reemplazasen a los fenicios en esa tarea, aprovechándose de su creciente decadencia.
Todos estos enriquecimientos de otros pueblos, otras culturas, hacen que en los siglos VI, VII a.C., la civilización Tartesia alcance el cenit de su desarrollo.
En el siglo V a.C, todo este esplendor que atesora esta gran civilización, empieza a decaer no se sabe muy bien porqué. Poco a poco las vías comerciales se van estableciendo por otras nuevas y Tartesia se va diluyendo poco a poco. Parece ser que los púnicos o cartagineses, descndientes de los fenicios, son los causantes de esta desaparición o a lo mejor el agotamiento de las vetas de mineral aprovechables, que habría acabado con el comercio colonial fenicio. El deterioro económico y un cambio mundial hacen que Tartesia desaparezca, siendo Cartago el nuevo centro de poder.

https://www.abc.es/historia/abci-misterio-tartessos-rica-civilizacion-iberica-desaparecio-forma-abrupta-201901140151_noticia.html
http://www.enciclonet.com/articulo/tartesos/