lunes, 19 de agosto de 2019

CODEX BIBLICUS LEGIONENSIS Ó BIBLIA MOZÁRABE DE LEON


El Codex Biblicus Legionensis o Biblia mozárabe de León es una Biblia visigótica-mozárabe del año 960. El códice se encuentra en el Archivo del Museo de la Colegiata de San Isidoro. Una reproducción completa en facsímile se expone en el Archivo Capitular de la Real Colegiata de San Isidoro de León, ubicado en el Museo de la Real Colegiata de San Isidoro.



La Biblia visigótico-mozárabe de San Isidoro de León es considerada no sólo uno de los manuscritos medievales más raros y más valiosos sino que también es la Biblia mozárabe mejor documentada existente. Fechada con gran precisión, fue completada el 19 de junio de 960, en el monasterio de Valeránica, y exactamente grabada con los nombres y retratos de sus copistas, el miniaturista Florencio y el calígrafo Sancho.




 Esta Biblia contiene todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamentos, así como prólogos, comentarios de la Biblia y otros textos. Está escrito en letra minúscula visigótico-mozárabe con letras iniciales mayúsculas en el estilo entrelazado sajón y decorada con escenas bíblicas.



La belleza de su caligrafía, las abundantes anotaciones en los márgenes en latín y árabe, y la ejecución extraordinaria de sus miniaturas, ha hecho de ella un tesoro y que sea frecuentemente reclamada para exhibiciones internacionales.




Todos los aspectos son destacables, ya sea desde el punto de vista de la paleografía, historia, textos bíblicos o arte. El genio creativo de Florencio ofreció nuevas salidas en arte pictórico, combinando elementos procedentes del arte sajón, visigótico e islámico con nuevos rasgos de las fuentes carolingias.




 En definitiva, el arte mozárabe da un nuevo giro en los capítulos de este códice.



sábado, 17 de agosto de 2019

LOS ALINEAMIENTOS DE CARNAC


Los alineamientos de Carnac son un conjunto de alineamientos megalíticos situados al norte del pueblo del mismo nombre, junto al golfo de Morbihan, en Bretaña (Francia).
Carnac - Mapa Región
Carnac – Mapa Región
Es el monumento prehistórico más extenso del mundo ( con casi  8 km. de longitud ) y se cuentan entre las estructuras humanas más antiguas de Europa.
Carnac - Mapa
Carnac – Mapa
Fue erigido durante el Neolítico, en algún momento entre los milenios V y III AC. Varios estudiosos han especulado sobre su finalidad, aún incierta. Originalmente, las piedras de Carnac eran unas 10 mil. Hoy, 65 siglos después, quedan sólo 3 mil, en cuatro grandes agrupamientos: Le Menéc, Kermario, Kerlescan y Le Petit Menéc.
Carnac
Carnac
Le Menéc es el alineamiento más numeroso. Son 1.099 piedras en once filas colocadas como soldados o escolares, por orden de altura: las mayores miden 3,7 metros y las menores 90 centímetros. Se despliegan hacia el nordeste en suaves ondulaciones a lo largo de una línea levemente curvada. El alineamiento está flanqueado en sus dos extremos (este y oeste) por crómlecs (círculos de piedras).
Carnac - Ménec
Carnac – Ménec
Los megalitos de Kermario son los más grandes, las rocas más altas superan los 7 metros y disminuyen el tamaño a lo largo de 1.200 metros. Los otros dos agrupamientos son menores, pero Kerlescan se diferencia por una configuración cuadrada de las 540 piedras que lo componen.
Carnac - Kermario
Carnac – Kermario
La tradición local ha creado numerosas leyendas alrededor de los menhires. Una afirma que los megalitos son soldados romanos petrificados por Dios para proteger a San Cornelio, patrón de la zona de Carnac y del ganado, que era perseguido por aquéllos. Otra asegura que, en las noches, las piedras se desentierran y avanzan hacia el mar para bañarse o beber. Se les han atribuido poderes curativos, y se creía que podían brindar fertilidad y ayudar a los jóvenes que deseaban encontrar pareja.
Carnac
Carnac
Hans Hirmenech propuso a principios de este siglo que las filas de menhires eran las tumbas de soldados de la Atlántida que habían muerto durante la guerra de Troya. Asimismo, James Fergusson decía que la erección de estos monumentos debe conmemorar alguna gran batalla que tuvo lugar en esta llanura en tiempos remotos.
El primero en aludir el “tema celestial” de Carnac fue André Cambry en 1794, quién sostuvo que las piedras de Carnac se refieren a las estrellas, los planetas y el zodíaco. Autores posteriores retomaron la idea y, en 1970, el ingeniero inglés Alexander  Thom siguió los pasos de Gerald Hawkins en sus estudios sobre Stonehenge y los aplicó a Carnac.
Table des marchands et le Grand menhir brisé d'Er Grah à Locmariaquer
Table des marchands et le Grand menhir brisé d’Er Grah à Locmariaquer
Según Thom, el gran menhir caído de Locmariaquer era el centro de un inmenso observatorio astronómico apto para predecir eclipses. El inmenso menhir caído de Locmariaquer, conocido como Er Grah (la Piedra de las Hadas), medía más de 20 metros de alto y se cree que estaba en combinación con menhires hoy desaparecidos.
Grand menhir brisé d'Er Grah
Grand menhir brisé d’Er Grah
En experimentos efectuados en Francia, fue posible mover piedras de 30 toneladas, montadas sobre rodillos de madera, con el esfuerzo de 200 personas tirando de sogas y el apoyo de un grupo menor que mantenía la buena dirección con palancas. Si para mover un megalito de 30 toneladas hicieron falta 200 hombres...
Carnac
Carnac
¿Cuántos habrán sido necesarios para desplazar el menhir de Locmariaquer, que pesa 350 toneladas? Esta pregunta podría tener una sencilla respuesta aritmética. Pero hay un interrogante que es mucho más difícil de contestar: ¿Qué motivo impulsaba a nuestros antepasados de la Edad de Piedra y los llevaba a realizar esfuerzos tan desmesurados? Quizás las rocas lo saben, pero lo conservarán profundamente oculto hasta el fin de los tiempos.
Carnac
Carnac

jueves, 15 de agosto de 2019

EL HOMINIDO DE RINSING STAR


El 13 de septiembre de 2013, Steven Tucker y Rick Hunter, dos espeleólogos aficionados, penetraron en un sistema de cuevas dolomíticas llamado Rising Star, a unos 50 kilómetros al noroeste de Johannesburgo. Rising Star atrae a los espeleólogos desde la década de 1960, y sus intrincadas galerías y cavernas están bien cartografiadas, pero Tucker y Hunter pensaban seguir un recorrido menos trillado.También los impulsaba otra idea. Durante la primera mitad del siglo XX se habían hallado tantos fósiles de nuestros primeros ancestros en aquella zona que con el tiempo la región llegó a conocerse como la Cuna de la Humanidad. Aunque hacía tiempo que la época de oro de la búsqueda de fósiles había quedado atrás, los dos amigos sabían que un científico de la Universidad del Witwatersrand, en Johannesburgo, estaba buscando huesos. La probabilidad de encontrar algo por azar era remota. Pero nunca se sabe.
Ya en la cueva, Tucker y Hunter llegaron a una angosta galería conocida como el pasadizo de Superman, porque la mayor parte de la gente solo puede recorrerla en posición horizontal, con un brazo pegado al cuerpo y el otro estirado hacia delante. Después de atravesar una amplia cámara, escalaron por una escarpada pared conocida como la Espalda del Dragón. Una vez en lo alto, accedieron a una oquedad adornada con estalactitas de gran belleza. Hunter sacó la videocámara y entonces, para salirse del encuadre, Tucker se deslizó hacia el interior de una grieta que se abría en el suelo de la cueva. Con el pie encontró primero un delgado saliente en la roca, otro más abajo y después… el vacío.


Al descender se encontró en un estrecho conducto vertical que en algunos puntos no medía más de 20 centímetros de ancho. Llamó a Hunter para que lo siguiera. Los dos están muy delgados; son todo huesos y músculos fibrosos. Si hubieran sido un poco más robustos, no habrían podido pasar, y entonces, el que probablemente sea el hallazgo de fósiles humanos más sorprendente del último medio siglo (y sin duda el más desconcertante) no se habría producido.

Lee Berger, el paleoantropólogo que había pedido a los espeleólogos que estuvieran atentos a posibles fósiles, es un estadounidense corpulento, cuya sonrisa amplia es casi permanente. Su irreductible optimismo ha de­­mostrado ser esencial para su carrera profesional. A comienzos de la década de 1990, cuando consiguió un empleo en la Universidad del Witwatersrand («Wits») y ya había empezado a buscar fósiles, el foco de la evolución humana se había desplazado desde hacía tiempo hacia el Gran Rift Valley, en África oriental.

La mayoría de los investigadores consideraba el sur de África como una interesante nota marginal en la historia de la evolución humana, fuera de la trama principal. Berger había decidido demostrarles que estaban equivocados. Pero durante casi 20 años sus hallazgos relativamente insignificantes parecieron confirmar que el sur del continente tenía muy poco más que ofrecer.

Lo que más ambicionaba Berger era encontrar fósiles que arrojaran luz sobre el misterio más básico de la evolución humana: el origen de nuestro género, Homo, hace entre dos y tres millones de años. Del otro lado de la frontera que marca la aparición de Homo se encuentran los australopitecinos, de aspecto simiesco y entre los que destaca Australopithecus afarensis y su más famosa representante, Lucy, un esqueleto descubierto en Etiopía en 1974. De este lado tenemos a Homo erectus, una especie con cerebro voluminoso y proporciones corporales semejantes a las nuestras, que fabricaba herramientas, dominaba el fuego y se desplazaba a través de grandes distancias. Durante ese nebuloso paréntesis de un millón de años, un animal bípedo llegó a ser un incipiente ser humano, una criatura que no solo era capaz de adaptarse a su entorno, sino también de utilizar su mente para cambiarlo. ¿Cómo se produjo esa revolución?
El registro fósil es de una ambigüedad frustrante. Un poco más antigua que H. erectus es una especie llamada Homo habilis, así bautizada por Louis Leakey y sus colegas en 1964 porque la creían responsable de los útiles de piedra que estaban encontrando en la garganta de Olduvai, en Tanzania. En la década de 1970 diversos equipos dirigidos por Richard, el hijo de Louis, descubrieron más especímenes de H. habilis en Kenya, y desde entonces la especie ha sido el inestable tronco del árbol de la familia humana, que la ha mantenido bien arraigada en el este de África. Antes de H. habilis la historia humana se sume en la oscuridad, con unos pocos fósiles de Homo, muy fragmentarios y poco distintivos para asignarles un nuevo nombre de especie. Como dijo un científico, todos ellos cabrían en una caja de zapatos y aún quedaría espacio para los zapatos.
Berger argumenta desde hace tiempo que H. habilis es demasiado primitivo para ocupar esa posición privilegiada en el origen de nuestro género. Otros científicos concuerdan con él y sostienen que en realidad debería clasificarse como Australopithecus. Pero Berger ha sido casi el único en afirmar que el sur de África es el lugar donde deberían buscarse los fósiles de los verdaderos Homo más antiguos. Durante años, el desenfrenado entusiasmo con que difundía unos hallazgos relativamente menores solo sirvió para distanciarlo de algunos de sus colegas. Berger tenía la ambición y la personalidad necesarias para convertirse en un protagonista de su campo de la ciencia. Es un recaudador de fondos incansable y un maestro de la oratoria, capaz de entusiasmar a cualquiera. Pero no tenía los huesos.
Entonces, en 2008, hizo un descubrimiento importante. Mientras buscaba con su hijo de nueve años, Matthew, en un lugar llamado Malapa, a 16 kilómetros de Rising Star, encontró fósiles de hominino que sobresalían de la dolomía.


Durante el año siguiente, el equipo de Berger separó de la roca dos esqueletos casi completos. Datados en unos dos millones de años de antigüedad, eran los primeros hallazgos importantes del sur de África publicados desde hacía varias décadas. (Todavía está pendiente la descripción de un esqueleto aún más completo, hallado previamente.) En la mayoría de los aspectos, los fósiles eran muy primitivos, pero también presentaban rasgos curiosamente modernos.
Berger atribuyó los esqueletos a una nueva especie de australopitecino, que denominó Australopithecus sediba, y aseguró que podían considerarse «la piedra Rosetta» de los orígenes del género Homo. Aunque las principales autoridades de la paleoantropología le reconocieron el mérito de un hallazgo extraordinario, casi todos contradijeron su interpretación. A. sediba era de­­masiado reciente y extraño, y había sido hallado en un lugar que lo excluía como antepasado del género Homo. No era uno de los nuestros. (En otro sentido, tampoco lo era Berger, en opinión de algunos decanos de la paleoantropología.) Desde entonces, prominentes investigadores han publicado trabajos sobre las especies primitivas de Homo, sin mencionar siquiera a Berger ni sus hallazgos.
Berger se repuso del rechazo y volvió al trabajo, ya que en su laboratorio tenía más esqueletos procedentes de Malapa, incrustados aún en la roca. Una noche, Pedro Boshoff, espeleólogo y geólogo que Berger había contratado para buscar fósiles, llamó a su puerta. Venía con Steven Tucker. Cuando Berger vio las fotografías que traían de Rising Star, comprendió enseguida que Malapa iba a tener que esperar.



Tras un contorsionado descenso por el estrecho pozo de 12 metros de la cueva Rising Star, Tucker y Hunter habían llegado a otra bonita cámara, con una colada estalagmítica blanca en una esquina. Un pasadizo conducía a otra cavidad más grande, de unos nueve metros de largo por un metro de ancho, con las paredes y el techo cubiertos de caprichosas formaciones de calcita y enrevesadas coladas. Pero lo que llamó la atención de los dos hombres estaba en el suelo. Había huesos por todas partes. Los espeleólogos supusieron que debían de ser modernos. No eran pesados como piedras, como la mayoría de los fósiles, ni estaban incrustados en la roca, sino que yacían desperdigados por la superficie, como si alguien los hubiera tirado. Había en particular un trozo de maxilar inferior con los dientes intactos, de aspecto humano.
Por las fotografías, Berger se dio cuenta de que no eran huesos de humanos modernos. Algunos rasgos, sobre todo del maxilar y los dientes, eran demasiado primitivos. Las fotos revelaban que había más huesos por descubrir. Berger distinguió, por ejemplo, el contorno de un cráneo parcialmente enterrado. Parecía probable que los restos representaran gran parte de un esqueleto completo. El paleontólogo no salía de su asombro. En el registro fósil de los primeros homininos, el número de esqueletos más o menos completos, incluidos los dos de Malapa, podía contarse con los dedos de una mano. Y de repente, aquello. Pero ¿qué era? ¿Qué edad tenía? ¿Cómo había llegado al interior de la cueva?

Y más importante aún: ¿cómo podría sacarlo de allí? Tucker y Hunter carecían de los conocimientos necesarios para realizar la excavación, y ningún científico de los que conocía Berger (empezando por él mismo) era lo bastante delgado para deslizarse por aquel pozo. Entonces pidió ayuda a través de Facebook: Se necesitan tipos flacos, con formación científica y experiencia espeleológica, dispuestos a trabajar en am­­bientes claustrofóbicos. Al cabo de una semana y media tenía 60 aspirantes. Los seis mejor calificados resultaron ser mujeres jóvenes. Berger las llamó sus «astronautas subterráneas».

Con financiación , reunió a unos 60 científicos e instaló un centro de mando en la superficie. Unos espeleólogos locales ayudaron a tender tres kilómetros de cables eléctricos y de comunicaciones hasta la cámara de los fósiles. A partir de entonces, Berger y su equipo pudieron ver desde el centro de mando todo lo que ocurría allí dentro. Marina Elliott, estudiante de posgrado, fue la primera científica que bajó por el pozo.

Elliott y dos de sus colegas, Becca Peixotto y Hannah Morris, descendieron hasta la «zona de aterrizaje», en el fondo de la cavidad, y luego se arrastraron hasta la cámara de los fósiles. Trabajando por turnos de dos horas con otro grupo de tres mujeres, marcaron la localización y recogieron más de 400 fósiles de la superficie, y a continuación empezaron a retirar la tierra en torno al cráneo medio sepultado. Debajo y alrededor había más huesos, densamente agrupados. A lo largo de los días siguientes las mujeres siguieron estudiando aquel trozo de suelo de un metro cuadrado de superficie, mientras el resto de los científicos se congregaba delante de la pantalla en el centro de mando, en un estado de excitación casi permanente. Berger visitaba de vez en cuando la tienda de campaña científica y allí se quedaba, contemplando perplejo la creciente colección de huesos, hasta que una exclamación colectiva de asombro lo hacía volver corriendo al centro de mando, para ser testigo de un nuevo descubrimiento. Fueron unos días gloriosos.





Los huesos estaban magníficamente conservados, y por la duplicación de las partes corporales, pronto se hizo evidente que no había un esqueleto en la cueva, sino dos, después tres, más tarde cinco… y finalmente fueron tantos que empezó a ser difícil llevar la cuenta. Berger había previsto tres semanas de excavación. Al final de ese plazo se habían recuperado unos 1.200 huesos, más que los hallados en cualquier otro yacimiento de antepasados humanos en África, y todavía no se había agotado el material que había alrededor del cráneo. Hubo que excavar varios días más, en marzo de 2014, para dejar de encontrar huesos, a 15 centímetros de profundidad.

En total se recuperaron unas 1.550 piezas correspondientes a 15 individuos, como mínimo. Cráneos. Maxilares. Costillas. Decenas de dientes. Un pie casi completo. Una mano con casi todos los huesos intactos y en la disposición original. Minúsculos huesecillos del oído interno. Viejos, jóvenes y niños pequeños, identificados por sus diminutas vértebras. Algunas partes de los esqueletos parecían asombrosamente modernas, pero otras resultaban sorprendentemente primitivas y, en algunos casos, más simiescas incluso que las de los australopitecinos.
«Hemos encontrado una criatura muy notable», dijo Berger con una sonrisa que casi le llegaba a las orejas.

En paleoantropología, los especímenes recién descubiertos se mantienen tradicionalmente en secreto, hasta la realización de un estudio cuidadoso y la publicación de los resultados. Hasta ese momento, solo los colaboradores más próximos al descubridor tienen acceso a todos los datos. Debido a este protocolo, la respuesta al enigma central del ha­­llazgo de Rising Star («¿qué es?») podía tardar años o incluso décadas. Pero Berger quería terminar y publicar el trabajo antes de fin de año. En su opinión, todo el mundo de la paleoantropología debía tener acceso a esa importante información nueva lo antes posible. También puede que le gustara la idea de anunciar su ha­­llazgo –posible candidato a ser el más antiguo del género Homo– exactamente 50 años después de que Louis Leakey publicara el descubrimiento del que aún se considera el miembro más primitivo del género, Homo habilis.





En cualquier caso, solo había una manera de realizar rápidamente el estudio: conseguir que muchos ojos analizaran los huesos. Además de la veintena de científicos experimentados que habían colaborado en la evaluación de los esqueletos de Malapa, Berger invitó a más de 30 investigadores jóvenes. Todos ellos acudieron a Johannesburgo procedentes de 15 países para participar en una breve «batalla relámpago» con los fósiles, de seis semanas de duración. Para algunos científicos mayores que no tomaron parte en el estudio, colocar en primera línea a gente joven para publicar rápidamente los resultados fue quizás una decisión un poco imprudente. Pero para los jóvenes en cuestión fue «una paleofantasía hecha realidad», como afirmó Lucas Delezene, quien acaba de ser nombrado profesor en la Universidad de Arkansas. «Durante la carrera sueñas con una pila de fósiles que nadie ha visto antes y que tú consigues explicar.»

El taller fue en la Wits, en una sala sin ventanas y con las paredes ocupadas por estanterías de cristal llenas de fósiles y moldes de escayola. Los equipos de trabajo se dividieron por partes anatómicas. Los especialistas en cráneos se agrupaban en una esquina de la sala, en torno a una gran mesa cuadrada cubierta de fragmentos de cráneos y maxilares, y de moldes de otros cráneos fósiles conocidos. Las mesas más pequeñas se reservaron para el estudio de manos, pies, huesos largos y otros restos. La temperatura era fresca y el ambiente silencioso. Los jóvenes científicos trabajaban con los huesos y los calibradores, mientras Berger y sus asesores circulaban entre ellos, comentando en voz baja lo que veían.





La pila de fósiles de Delezene se componía de 190 dientes, una parte crucial del análisis, ya que con frecuencia las piezas dentales son suficientes para identificar una especie. Pero esos dientes eran diferentes de todo lo que los científicos de aquella mesa habían visto hasta ese momento. Algunos rasgos eran asombrosamente humanos. Las coronas de los molares, por ejemplo, eran pequeñas y con cinco cúspides, como las nuestras. Pero las raíces de los premolares eran extrañamente primitivas. «No sabemos muy bien qué pensar –dijo Delezene–. Es una locura.»

El mismo patrón «esquizoide» se manifestaba en las otras mesas. Una mano del todo moderna presentaba unos dedos absurdamente curvados, propios de una criatura arborícola. Los hombros también eran simiescos y las amplias y ensanchadas crestas ilíacas eran tan primitivas como las de Lucy, pero la base de la misma pelvis parecía completamente moderna. Los huesos de las piernas empezaban como los de un australopitecino, pero se iban modernizando a medida que bajaban al suelo. Los pies eran prácticamente indistinguibles de los nuestros.

«Casi podía trazarse una línea en las caderas: primitivo de aquí para arriba y moderno de aquí para abajo –comenta Steve Churchill, paleontólogo de la Universidad Duke–. Si hubiéramos hallado el pie solo, habríamos pensado que correspondía a un bosquimano muerto.»
Pero también estaba la cabeza. Se habían encontrado cuatro cráneos incompletos: dos probablemente masculinos y dos femeninos. Por su morfología general parecían lo bastante avanzados como para ser clasificados como Homo, pero las cajas craneales eran diminutas: apenas 560 centímetros cúbicos para los machos y 465 para las hembras, una cifra muy inferior al promedio de 900 centímetros cúbicos observa­do en H. erectus, y menos de la mitad de nuestro volumen craneal. Un cerebro grande es condición sine qua non para ser humano, el sello inconfundible de una especie que ha evolucionado para sobrevivir gracias a su ingenio. Los individuos hallados en Rising Star no eran humanos.
«Es rarísimo –declaró más adelante Fred Grine, de la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook–: cerebros minúsculos en unos cuerpos que no eran nada pequeños.» Los ma­­chos adultos medían alrededor de 1,50 metros y pesaban unos 45 kilos, y las hembras eran un poco más menudas. «Todo indica que fue un animal situado justo en el punto de inflexión entre Australopithecus y Homo», dijo Berger cuando el taller se acercaba a su fin.
En algunos aspectos el nuevo hominino de Rising Star era todavía más cercano a los humanos modernos que Homo erectus. Para Berger y su equipo, el hallazgo pertenecía claramente al género Homo, pero era diferente de todos los demás miembros del grupo, por lo que no tuvieron más opción que poner nombre a una nueva especie: Homo naledi, en alusión a la cueva donde habían encontrado los huesos, ya que naledi significa «estrella» en sotho, la lengua local.



En noviembre, mientras descubrían el extraordinario tesoro de huesos, Marina Elliott y sus colegas estaban casi igual de sorprendidos por lo que no estaban encontrando. «Al tercer o cuarto día seguíamos sin encontrar nada de fauna», recuerda la antropóloga. El primer día habían hallado varios huesos pequeños de ave en la superficie, pero aparte de eso, solo encontraban huesos de hominino.
Esa particularidad planteaba un misterio tan desconcertante como el de la identidad de H. naledi. ¿Cómo habían llegado los restos hasta una cámara de tan difícil acceso? Era evidente que los individuos no vivían en la cueva, ya que no había útiles de piedra ni restos de comida que sugirieran una ocupación. Es posible que un grupo de H. naledi entrara en la cueva y quedara atrapado, aunque la distribución de los huesos parece indicar que fueron depositados a lo largo de mucho tiempo, tal vez siglos. En el caso de que unos animales carnívoros hubieran transportado sus presas homininas hasta el interior de la cueva, los huesos presentarían marcas de dientes, pero no había ninguna. Y por último, si un curso de agua hubiera llevado los huesos hasta la cueva, también habría arrastrado otro tipo de restos. Pero no hay piedras ni otros de­­rrubios, sino únicamente sedimento fino, desprendido de las paredes de la cueva o filtrado a través de delgadísimas grietas.

«Una vez eliminado todo lo que es imposible –le recordó una vez Sherlock Holmes a su amigo Watson–, lo que queda, por improbable que parezca, ha de ser la verdad.»

Tras agotar todas las otras explicaciones, Berger y su equipo llegaron a la improbable conclusión de que los cuerpos de H. naledi tuvieron que ser transportados hasta allí, deliberadamente, por otros H. naledi. Hasta ahora, ese tratamiento ritualizado de los muertos solo se había observado en Homo sapiens y posiblemente en algunos humanos arcaicos, como los neandertales. Los investigadores no creen que aquellos homininos mucho más primitivos reptaran por el pasadizo de Superman, ni que se deslizaran por el pozo vertical, arrastrando unos cadáveres. Eso, más que improbable, sería totalmente increíble. Pero quizás en otra época el pasadizo de Superman era más ancho y transitable, y es posible que los homininos simplemente dejaran caer su carga por el pozo, en lugar de bajar ellos mismos. Con el tiempo, la pila creciente de huesos pudo haber caído lentamente hacia la cámara vecina.

Aun así, para depositar los cadáveres en las profundidades de la cueva, los homininos ha­­brían tenido que encontrar el camino de ida y vuelta hasta el pozo en la más completa oscuridad, lo que casi con seguridad habría requerido alguna forma de luz: antorchas u hogueras en­­cendidas a intervalos. La idea de que un ser con un cerebro tan pequeño haya podido exhibir una conducta tan compleja parece tan improbable que muchos investigadores sencillamente se han negado a darle crédito. Sostienen que en algún momento del pasado debió de existir otra entrada de la cueva que hiciera posible un acceso mucho más directo a la cámara de los fósiles, un acceso que probablemente permitió que el agua arrastrara los huesos hasta allí. «Tiene que haber otra entrada –afirmó Richard Leakey cuando viajó a Johannesburgo para ver los fósiles–. Es solo que Lee todavía no la ha encontrado.»

Pero, inevitablemente, el agua también habría arrastrado hasta la cámara piedras, material vegetal y otros restos que no se ven por ninguna parte. «Aquí no hay mucho espacio para la subjetividad –dijo Eric Roberts, geólogo de la Universidad James Cook de Australia, cuya delgadez le permitió examinar personalmente la cámara–. Los sedimentos no mienten.»

Las prácticas funerarias permiten a los vivos procesar el duelo, expresar respeto hacia los difuntos o preparar su transición a la otra vida. Ese tipo de sentimientos son inherentes al ser humano. Pero H. naledi –tal como Berger se empeña en repetir– no era humano, por lo que el comportamiento resulta particularmente desconcertante.
«Era un animal que parecía tener la capacidad cognitiva de reconocer su separación con respecto a la naturaleza», afirma.

El misterio de la identidad de H. naledi y del modo en que sus huesos llegaron a la cueva está inextricablemente ligado a la antigüedad de esos huesos, que de momento se desconoce. En África oriental los fósiles se pueden datar con exactitud cuando aparecen por encima o por debajo de estratos de ceniza volcá­nica, cuya edad es posible calcular gracias al ritmo preciso de la desintegración de los elementos radiactivos presentes en la ceniza. En Malapa, Berger había tenido suerte. Los huesos de A. se­­diba estaban entre dos coladas estalagmíticas–capas finas de calcita depositadas por agua en movimiento–, que también se pudieron datar radiométricamente. Pero los huesos de la cámara de Rising Star yacían simplemente en el suelo de la cueva o estaban sepultados en sedimentos mixtos y poco profundos. Por esta causa, parece todavía más difícil establecer cuándo llegaron a la cueva que determinar cómo lo hicieron.


A la mayoría de los científicos participantes en el taller les preocupaba la recepción que tendría su análisis si no iba acompañado de una datación. (De hecho, la ausencia de una datación resultó ser un impedimento para la publicación rápida de los trabajos científicos que describen los hallazgos.) Pero eso a Berger no lo inquietaba. Si H. naledi finalmente demostraba ser tan antiguo como su morfología sugería, entonces era muy probable que fuera la raíz del árbol genealógico del género Homo. Pero si la nueva especie resultaba ser mucho más reciente, entonces las repercusiones también iban a ser igual de importantes. Podría significar que mientras nuestra especie estaba evolucionando, otro Homo diferente, de cerebro pequeño y aspecto más primitivo, andaba por el sur de África hace mucho menos tiempo de lo que nadie se habría atrevido a pensar. ¿Cien mil años? ¿Cincuenta mil? ¿Diez mil? Cuando el emocionante taller estaba llegando a su fin con esa cuestión fundamental sin resolver, Berger seguía tan tranquilo como siempre. «Sea cual fuere su antigüedad, las repercusiones serán tremendas», decía, encogiéndose de hombros.


Unas semanas después, en agosto del año pasado, Berger viajó a África oriental. Con motivo del 50 aniversario de la descripción de H. habilis por Louis Leakey, Richard Leakey había convocado a los principales investigadores de la evolución humana a un simposio en el Instituto de la Cuenca del Turkana, el centro de investigación fundado por él mismo (en colaboración con la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook) cerca de la orilla occidental del lago Turkana, en Kenya.

El propósito de la reunión era tratar de llegar a algún tipo de consenso sobre el complejo registro fósil de Homo, sin caer en la fanfarronería ni el rencor, dos defectos endémicos en el campo de la paleoantropología. Iban a estar presentes algunos de los críticos más despiadados de Lee Berger, entre ellos varios de los que habían publicado feroces comentarios negativos acerca de su interpretación de los fósiles de A. sediba. Para ellos, él era un intruso en el mejor de los casos, y un embaucador que sabe venderse, en el peor. Algunos amenazaron con no presentarse si asistía Berger. Pero tras el hallazgo de Rising Star, Leakey no podía dejar de invitarlo.

«En este momento no hay nadie en el mundo que esté encontrando tantos fósiles como Lee», dijo Leakey.

Durante cuatro días los científicos se congregaron en un espacioso laboratorio, con modelos de escayola de los principales especímenes de Homo distribuidos sobre la mesas. Una mañana, Meave Leakey (también Exploradora Residente de National Geographic) mostró unos flamantes especímenes hallados en la costa este del lago, entre ellos un pie casi completo. Bill Kimbel, del Instituto de los Orígenes Humanos, describió una nueva mandíbula de Homo descubierta en Etiopía y datada en 2,8 millones de años, lo que la convierte en la pieza más antigua de nuestro género hallada hasta ahora. La arqueóloga Sonia Harmand, de la Universidad Stony Brook, hizo un anuncio aún más sorprendente: el hallazgo, cerca del lago Turkana, de decenas de toscos útiles de piedra de 3,3 millones de años de antigüedad. Si la industria lítica se originó medio millón de años antes de la aparición de nuestro género, será difícil seguir sosteniendo que el rasgo definitorio de Homo es el ingenio tecnológico.
Mientras tanto, Berger se mantuvo en un de­­susado segundo plano, hasta que surgió el tema de la comparación entre A. sediba y H. habilis. Había llegado su momento.
«Puede que para este debate sean más interesantes los hallazgos de Rising Star», propuso. Durante los 20 minutos siguientes, expuso todo lo sucedido: la afortunada casualidad que llevó al descubrimiento de la cámara, el rápido análisis de los hallazgos en junio y sus primeras conclusiones. Mientras hablaba, hacía circular un par de moldes de escayola de los cráneos de Rising Star.
Entonces llegaron las preguntas. ¿Habéis hecho un análisis cráneodental? Sí. Los cráneos y dientes de H. naledi lo sitúan en el mismo grupo que Homo erectus, los neandertales y los humanos modernos. ¿Diríais que es más próximo a H. erectus que H. habilis? Sí. ¿Se han encontrado marcas de dientes de carnívoros en los huesos? No. ¿Habéis hecho algún progreso en la datación? No, todavía no, pero ya conseguiremos datar los restos. No os preocupéis.
Tras la ronda de preguntas, las autoridades en la materia allí reunidas hicieron algo que nadie se esperaba, y Berger menos que nadie. Aplaudieron.


Cuando surge un hallazgo importante en el campo de la evolución humana –o incluso un hallazgo menor–, es corriente afirmar que la novedad echa por tierra todos los conceptos anteriores sobre nuestros antepasados. Quizá porque ha aprendido de los errores del pasado, Berger no ha dicho nada parecido respecto a Homo naledi, o al menos no todavía, mientras su datación sigue siendo incierta. No asegura haber encontrado al Homo más antiguo, ni ha afirmado que sus fósiles devuelven al sur de África el título de Cuna de la Humanidad que le había arrebatado África oriental. Sin embargo, los fósiles hacen pensar que ambas regiones y todas las intermedias pueden albergar las claves de una historia más compleja de lo que sugiere la metáfora del «árbol genealógico humano».
«Lo que naledi indica, en mi opinión, es que por mucho que creamos que el registro fósil es lo bastante completo para delinear una historia, en realidad no lo es», afirma Fred Grine, de Stony Brook. Quizá las primeras especies de Homo aparecieron en el sur de África y migraron después al este del continente. «O tal vez sucedió lo contrario.»

El propio Berger cree que la metáfora correcta para la evolución humana, en lugar de la de un árbol que se ramifica desde un tronco único, es la de un río trenzado, una corriente que se divide en canales que vuelven a confluir más adelante. De igual modo, los diversos tipos de homininos que habitaron los paisajes de África debieron de divergir en algún momento de un ancestro común, pero quizá más adelante volvieron a converger, de manera que nosotros, en la desembocadura del río del tiempo, llevamos dentro un poco del África oriental, un poco del África meridional y una gran parte de la historia que ignoramos por completo. Porque una cosa es segura: si hemos hallado una variedad nueva de hominino solo porque dos espeleólogos eran lo bastante delgados para pasar por una grieta de una conocida cueva sudafricana, no podemos ni imaginar lo que aún queda por descubrir.

SAFO Y LA ESCUELA DE LAS MUSAS




No son muchos los datos  acerca de la que fue (y sigue siendo) la más célebre poetisa griega de la Antigüedad...Safo y desde luego la que más ha dado que hablar desde entonces hasta hoy, no sólo evidentemente por cuestiones estético-literarias: la famosa y renombrada Safo(Psapfo, Sapfo, Saffo, Sapho); y no faltan tampoco algunas conjeturas sobre si acaso el nombre mismo pudo ser también un pseudónimo o un sobrenombre o apodo (éso sí: de una mujer en todo caso) hipotéticamente derivado del término sápfeiros, "lapislázuli", aunque este vocablo griego es con seguridad un préstamo lingüístico de los antiguos idiomas semíticos coetáneos, donde significaba también "zafiro".
Pues bien Safo  vivió entre los siglos VII y VI a.C.; era natural de Mitilene, la capital de la isla griega de Lesbos, de hermosas ensenadas, la mayor de las islas egeas situadas al costado de Asia Menor. 
Dirigió una reputada escuela  de carácter internacional, para jovenes griegas  de diversas ciudades helénicas insulares y continentales y que allí recibían enseñanzas de música, poesía, canto y danza,entre otras.
Escribió en dialecto griego eolio,e indudablemente  Safo innovó la poesía griega, no sólo con la "nueva" estrofa que se supone inventada o al menos popularizada literariamente por ella y luego llamada "estrofa sáfica", y con otras innovaciones métricas peculiares (todo lo cual viene a ser algo así como su "firma" y sus intencionadas señas de autoría e identidad en un género de poesía cantada de procedencia femenina, tradicional y anónima), sino aportando también bastante originalidad en el tratamiento intimista y personal de los temas tradicionales de la llamada "lírica monódica" (ésto es, "para una sola voz", la del solista que la cantaba sobre un ligero acompañamiento musical de flauta o de lira, de ahí el nombre de poesía lírica). 
Aparte de estos datos, y de los que se deducen explícita o implícitamente de sus propios poemas conservados (de los lamentablemente pocos e incompletos fragmentos que de la totalidad de su obra poética han llegado hasta nosotros a través de citas textuales de otros autores y comentaristas antiguos posteriores a ella), casi todo lo demás pienso que son  mitificaciones,además de unas cuantas anécdotas adicionales sobre la vida personal de la poetisa, en general tan legendarias y ficticias como extravagantes a veces: así, por ejemplo, su supuesto enamoramiento apasionado de un tal Faón -que parece ser en realidad el epíteto de alguna divinidad apolínea o incluso quizá del propio dios Apolo- y su consiguiente y no menos supuesto suicidio por amor al verse desdeñada, arrojándose al mar Jónico desde los acantilados de la isla de Léucade (en realidad, parece ser que Safo no salió mucho de Lesbos y que murió de muerte natural a edad avanzada)
Y es que en la antigüedad grecolatina, en el subgénero que podríamos llamar "mito-biográfico" o "pseudobiográfico", no hay personaje famoso que no esté rodeado de una legendaria aureola de llamativas anécdotas más o menos inverosímiles o incluso bastante estrafalarias. Tuvo Safo (su figura más que su obra) muchos irónicos detractores posteriores: ni que decir tiene que fue sobre todo el sarcasmo de los comediógrafos griegos el que más se cebó en criticar y ridiculizar la figura de esta mujer.



Safo es desde luego la más brillante de las escasas de poetisas griegas menores cuyos nombres y minúsculos fragmentos se han conservado, y que no son tampoco (como bien ha recordado un helenista contemporáneo) nada mediocres literariamente.
Pero es que además Safo es también  muy superior incluso a otros muchos poetas griegos que pasan por ser los más grandes de su tiempo y de todos los tiempos (aunque, como es natural, los gustos personales no sean nada concluyentes en la consideración objetiva de los fenómenos estéticos en general y de las cuestiones literarias en particular). El caso es que, si muchos fueron los críticos o los ridiculizadores, aun más numerosos o por lo menos más relevantes fueron sus elogiadores y rendidos admiradores entre las sucesivas generaciones literarias griegas y latinas, que le profesaron una profunda admiración tanto por la belleza formal de su poesía como por la propia simpatía personal que (más o menos mitificadamente) despierta la lectura de la poesía de esta excepcional mujer. El filósofo Platón (s. IV a.C.) la denomina elogiosa y tópicamente "la décima Musa", cuando ya la figura, la vida y la obra de Safo estaban sobradamente mitificadas y divulgadas; el ensayista y polígrafo Plutarco (s.I-II d.C.) la califica de "maravilla humana"; los poetas latinos Horacio y Catulo, entre otros muchos, la imitan formalmente y adaptan la "estrofa sáfica" a su propia poesía en latín. Para sus compatriotas lesbios la poetisa fue siempre una gloria y un motivo de orgullo nacional, llegando incluso a representar su efigie en algunas monedas posteriores, mientras que los escultores la reproducían en mármol y los pintores la representaban en las cerámicas, en retratos más o menos ficticios, idealizados o convencionales. Hubo, pues, una indudable "safo-manía" o "mitomanía sáfica", que duró prácticamente durante toda la Antigüedad grecolatina y que mantuvo un tono equilibradamente sostenido (sin excesiva polémica) entre la ironía hacia el personaje y la profunda admiración hacia la obra y hacia la persona.



Pero los varios libros de poesía que de ella se conservaban y copiaban (con su correspondiente música anotada) no tuvieron finalmente la suerte que merecían a la hora de ser recopiados por los monjes medievales o de sobrevivir a los propios azares de la transmisión manuscrita. No hay que pensar, sin embargo, que fueron deliberadamente ignorados debido a la poco recomendable circunstancia de haber sido compuestos por una mujer, y por una mujer especialmente admirada por la Antigüedad pagana, y mucho menos por la supuesta escabrosidad erótica de sus temas poéticos (cosas muchos más escabrosas se conservaron de otros poetas y literatos, lo que lleva a suponer que esa gran parte perdida de la obra de Safo era cualquier cosa menos escabrosa, pues si en verdad lo hubiese sido es muy probable que se hubiera conservado); pero sin duda tuvo alguna influencia en esta importante pérdida la  misoginia de algunos venerables abades de los monasterios medievales.
Fuera como fuese, el caso es que la mayor parte de esta obra poética se ha perdido para nosotros, y tan sólo nos quedan las mencionadas citas textuales que de algunas de estas composiciones dejaron escritas algunos comentaristas antiguos en sus propios libros (a veces estrofas enteras, a veces unos breves versos (o incluso  vocablos empleados por la poetisa), para mostrar tal o cual particularidad métrica o estilística), y poca cosa más, descontados algunos esporádicos hallazgos papiráceos de composiciones más completas, en especial un himno entero dedicado a Afrodita y alguna otra oda suelta. Ésto es todo lo que ha podido rescatarse de su poesía, pero aunque ciertamente no es mucho, es al menos lo suficiente para dejarnos un buen sabor de boca y para darnos una idea a partir de unas pocas migajas (además sin música) de lo que antaño debió de ser uno de los panes más redondos y tiernos de los que se cocieron en los hornos poéticos de la Antigüedad.



Los testimonios directos coetáneos (y más o menos objetivos) que tenemos sobre Safo, procedentes de sus propios contemporáneos, son tan escasísimos y ambiguos que casi se pueden reducir, resumir y ejemplificar en ese famoso y descriptivo verso (verso métricamente "sáfico", además) que le dedicó otro poeta coetáneo , Alceo de Mitilene, quien ,entre el juego de la adivinanza poética o la evocación nostálgica,la describe así:
       "(tu) dulce sonrisa, (tu) pureza, (tus) azulados rizos... ¡ Safo !
No se trata en este caso de una mitificación de la persona, sino de una poetización de sus mejores cualidades personales, visibles e invisibles; y dado que este verso es sin duda (descontados los fragmentos conservados de la propia obra de Safo) lo más directo que tenemos sobre ella, creemos que no está de más detenernos un poco en su análisis y exprimirlo bien para sacarle todo su jugo poético.
En efecto, si más allá de los tópicos y convenciones literarias creemos que estos adjetivos ("de dulce sonrisa", "pura", "de azulados rizos") pueden ser tal vez la más analítica, condensada y exacta descripción física que poseemos de esta mujer por alguien que la conoció y trató personalmente, es preciso profundizar todo lo posible en esos exiguos datos poéticos, hasta adivinar o descubrir desde ellos el otro lado de la personalidad de Safo (sus cualidades anímicas y morales).
Resumiendo:" la sonrisa de Safo (es lícito al menos imaginarla) debía de ser en todo caso algo muy "especial", una sonrisa que (naturalmente) era esporádica y no excluía ni la tristeza interior ni otros sentimientos ocasionalmente menos "alegres", pero que al parecer era también bastante consustancial y definitoria de esta mujer y bien conocida por sus íntimos y por cuantos la trataron de cerca (como el propio Alceo que aquí la retrata)".
Safo es pura," porque transparenta y expresa pureza (limpieza anímica interior), por mucho que las habladurías digan lo contrario, por mucho que esas habladurías sean ciertas o no: lo importante es que, haga ella lo que haga, el fondo de esta mujer será siempre puro y su expresión siempre reflejará pureza (éste es sin duda su rasgo más "divino", el que la señala como especialmente protegida por la Divinidad). A esta "santidad" especial, visible en su rostro,  (sonrisa limpia de toda ironía y malicia específicamente femeninas), visible en su cabello de rizos negros que brillan como nimbados por un halo o aura especial, es a lo que parece aludir el poeta.
Safo es pura porque vive ensimismada en sí misma y de sí misma, pero no para sí misma (recordemos el teresiano "vivo sin vivir en mí"); y como ella misma, también su poesía es pura, porque está concebida por encima y al margen de las impurezas eróticas masculinas y de otras pasiones "sucias" típicamente masculinas (la política, por ejemplo, que tantos apasionamientos y sinsabores -incluidos algunos destierros de su isla natal- proporcionó a su compatriota Alceo). Pero Safo vive ensimismada y entregada a sus alumnas y pupilas, al Amor, a la poesía y a su didáctica, a las Musas, en definitiva. Ésas son en todo caso sus más puras y auténticas pasiones.


La siguiente cuestión es: ¿cómo se veía Safo a sí misma?, pues realmente la cuestión de cómo la pudieron o podemos ver los demás desde los reflejos o "impresiones" anímicas que transmiten sus poemas dependerá en todo caso de las propias "proyecciones psicológicas" más o menos conscientes o inconscientes de los que la juzgamos o prejuzgamos o del grado en que se acierte a ver con plena objetividad lo que ella misma transmite de sí misma (tanto consciente como inconscientemente); se trata, pues, de no confundir la impresión (subjetiva, objetivizada) con la expresión (objetiva, subjetivizada). Ahora bien, lo literario es siempre un velo, una máscara del autor, un aparente des-velarse en el que en realidad no hay desvelamiento alguno, sino más bien todo lo contrario: ocultamiento y enmascaramiento de sí mismo (por lo menos en la inmensa mayoría de los poetas de todos los tiempos, lugares y mundos). 
Desde luego Safo es una mýstis (iniciadora), en el sentido en que es ante todo una maestra, una maestra e iniciadora que tiene a su cargo la educación de unas discípulas adolescentes , y en la medida en que su propia poesía es también indudablemente didáctica (a la manera femenina)  una poesía la suya en la que lo "moral" es algo mucho más implícito,  pues es ante todo una ética profunda que procede de la religiosidad más íntima, no de la "moral" como costumbre religiosa, social, política, convivencial o meramente cultural.
Sobre la naturaleza de esa escuela o internado dirigido por Safo, los comentaristas modernos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar si se trataba propiamente de una "escuela"  o si era más bien un internado femenino de tipo religioso iniciático (de tipo conventual, podríamos decir) que funcionaba como una pequeña comunidad dedicada al culto de determinadas divinidades (en especial de Afrodita, la diosa del Amor), es decir, una escuela en la que residían en régimen de internado esas jovenes donde aprendían música, danza, poesía, canto y otras "musas" (de ahí su nombre de "escuela de las Musas").
Antiguo templo eolico de Klopedi

Se carece de datos para reconstruir los aspectos predominantes en la vida cotidiana de este internado . Pero considerada la joven edad de las pupilas, parece que no puede pensarse en un ambiente similar al de los harenes orientales o incluso al de los propios gineceos femeninos de la sociedad griega.   
           "...Manzana sabrosa y bella
           que en alta rama enrojece...

           ¿La olvidó el cosechador?

           De éso nada, bien la vió...

           ¡No pudo llegar a ella! "

Con ello entremos en la cuestión principal: ¿Cómo era Safo?, ¿cómo era (a grandes rasgos) su psicología, su dinámica psicológica básica, su "complejo psicológico principal"? Antes hemos hablado (metafóricamente, claro está) de "la monja Safo". Era tan sólo una primera aproximación para entender y hacer más comprensible algunos de los aspectos propiamente "místicos" de su poesía, y de paso para contextualizar comparativamente esa especie de "colegio-internado-convento" que ella dirigió. La metáfora podrá parecer quizá un tanto improcedente, por excesivamente anacrónica, pero creemos que en el fondo no lo es tanto, por lo menos en orden a ubicar su figura y su obra en un contexto que era sin duda básicamente religioso en sentido amplio, en modo alguno "laico" o "profano" en el sentido etimológico del término.
Se está hablando de una persona que vivió hace más de 2600 años, en otro tiempo, en otro lugar, en otra civilización. Esa civilización, la helénica, era muy compleja y variada, muy dinámica y acumulativa, muy evolutiva en sí misma, y sin duda también mucho más extraña de lo que ha supuesto la erudición moderna y contemporánea y de lo que nos gustaría creer a los occidentales de hoy. En las obras de un Platón, en las delicadas bellezas de la poesía griega (no digamos ya en las rudas y no menos hermosas bellezas de la poesía homérica), en la tragedia y en la comedia griegas, en toda la literatura, el arte, la filosofía y el pensamiento griego en general, se establece una cálida corriente de comprensión que las hace "perfectamente" asequibles para el lector moderno, una comprensión aparentemente casi inmediata, sin intermediarios. Ahora bien, Platón no son sus escritos, Píndaro o Anacreonte no son sus poemas, en la medida en que la persona no tiene por qué coincidir (no coincide casi nunca de hecho) con su obra. Podemos sin duda entender esas obras, pero las personas (el Platón real, el Píndaro real...), si las pudiésemos conocer directa y personalmente, serían para nosotros (occidentales modernos) incomprensiblemente extrañas en casi todo, pues comprobaríamos quizá que no tenemos absolutamente nada en común con ellos y que ni siquiera podríamos tal vez sostener con ellos una conversación interesante de más de un minuto , aun en el supuesto de que fuéramos verdaderos "especialistas" en sus obras. Y ellos, seguramente, no nos mirarían tal vez como nosotros a ellos,  sino que muy probablemente ni siquiera nos prestarían más atención que la que prestarían en principio a unos "bárbaros" más, de los muchos que pululaban  cotidianamente por las ciudades griegas. Y no digamos ya si asistiéramos personalmente a algunos de los espectáculos  helénicos (a sus extrañas competiciones deportivas, a sus no menos extrañas representaciones teatrales integrales), o a sus ceremonias religiosas, o a sus rituales religioso-mistéricos, o a sus fiestas, o a sus actividades políticas, o a sus guerras: quedaríamos seguramente tan desconcertados en unos casos como aterrados en otros, a pesar de lo que sobre todo ello creíamos saber (y no cabe dudar de que estaríamos muchísimo más a gusto entre los individuos de cualquier tribu amazónica marginal contemporánea que entre estos "griegos" o "helenos" que creíamos tan cercanos).


Safo es ante todo una mujer griega, y además una griega lesbia de época arcaica (a más de 200 años de distancia por encima del ateniense Platón, a más de 150 años del historiador Heródoto, y más o menos contemporánea del rey asirio Asurbanipal, del asedio de Jerusalén por el rey caldeo Nabucodonosor, de la destrucción de la ciudad asiria de Nínive por los medos, de la época de apogeo de los tartesios ibéricos, etc). Era, en efecto, una griega de época arcaica (no de época "clásica"), con primitivas costumbres griegas tradicionales, con religiosidad griega arcaica y tradicional, con arcaicos esquemas mentales griegos de comprensión del mundo (incluido el mundo de los fenómenos anímicos, afectivos y psicológicos). En la poesía sáfica encontramos ciertamente unos sentimientos recurrentemente universales, de ayer, de hoy y de siempre: amor, celos, nostalgias, afectividad, sensibilidad, delicadeza, belleza, y todo un mundo de sensaciones y de experiencias anímicas típicamente  humanas. Ahora bien, los sentimientos (como contenido) son una cosa, y los sentimientos como expresión (y como comprensión, y hasta como impresión) son otra muy distinta. La vivencia (incluso la vivencia humana más intensa de todas, como es el Amor) no coincide casi nunca con su propia experiencia, y en todo caso tiene formas y "tempos" muy distintos según las personas, las mentalidades y las propias circunstancias personales. Pero la persona, precisamente, es lo más inaprensible a través de sus obras (las cuales son algo así como el negativo de una fotografía que  no pudiera "revelarse" por los procedimientos habituales sin autodestruirse a sí misma). Incluso la poesía es sólo un reflejo, un artificio, una sombra, no ya tan sólo de la persona, sino de sus propios sentimientos y vivencias. En rigor, la poesía es vivencia tan sólo en el momento o instante de vivirla, no en el de su creación y composición, y menos aun en el de su recreación, por lo que de hecho no es válida ni siquiera como "reproducción" de la vivencia integral (y mucho menos como "traducción" de esa vivencia), sino sólo como reproducción de una experiencia (aproximativa), de unas experiencias de hecho muy alejadas ya de los propios sentimientos vivenciales descritos en ella. Pero la vivencia en cuanto tal, la poesía real (no tan sólo la formal), y sobre todo la autora, la poetisa misma, en definitiva se nos escapan.
Dicho todo ésto, estamos ya quizá en mejores condiciones para intentar acercarnos con más objetividada la persona y a la personalidad de la autora, y en especial a su obra. Pero como la persona resulta del todo inaprensible en lo esencial de sus vivencias, a lo único que podemos acercarnos es a la "idea" que ella tiene y expresa de sus propios sentimientos, es decir, a algunas de sus concepciones expresadas metafóricamente en sus poemas. Por ejemplo, su concepción del Amor. Lejos está la posterior concepción filosófica que Platón desarrolla y expone en "El Banquete" (en boca precisamente de  una sacerdotisa y supuesta cortesana  llamada Diótima de Mantinea), con la distinción entre el amor terrenal (físico), procedente de una "Afrodita terrestre", y el Amor espiritualizado, psíquico-afectivo, procedente de una "Afrodita urania (=celeste)", según la explicación metafórica para la comprensión de este complejo fenómeno afectivo; en realidad, lo que vulgarmente se denomina "amor platónico" no es (al menos en Platón) más que un primer intento en el pensamiento griego (y en la literatura griega) por distinguir nítidamente los aspectos psicofisiológicos y los aspectos puramente psicoanímicos del proceso amoroso.
La Afrodita sáfica no es ni representa exactamente el Amor, sino más bien la potencia psíquica dominadora  de una psique que se encuentra poseída por los efectos de la pasión amorosa (quizá negativos, si la diosa no interviene y se mantiene lejos, o quizá positivos, si la diosa "posee" a su vez al poseído y le ayuda a controlar la situación en su provecho).
Estatera, moneda de  Lesbos

Se trata, evidentemente, de una concepción arcaica,  como lo era la mentalidad griega para ésta y para otras muchas cuestiones estrictamente psicológicas (los griegos no inventaron, ni esbozaron siquiera, una psicología conceptual y empírica, pero tenían algo mejor y más completo y efectivo: una elaborada mitología como expresión y descripción metafórica inconsciente de todos los complejos y procesos psicológicos, y un no menos elaborado ritual religioso-terapéutico que incluía ritos de todo tipo e incluso psicoterapias colectivas escenificadas como espectáculo). Sin embargo, a pesar de su carácter teóricamente rudimentario, esta concepción arcaica y pre-platónica constituye una clara visión bastante completa sobre los efectos, la dinámica y la integralidad de este fenómeno psicoafectivo integral que llamamos "amor". La poesía le sirve a Safo, entre otras cosas, para objetivar el sentimiento, y en definitiva también para controlarlo y no ser controlada y dominada por él.

Para terminar, una version de  himno sáfico dedicado a Afrodita. No es el mejor (el más sugestivo) de los poemas fragmentarios conservados de Safo, ni seguramente tampoco el más asequible para el gusto occidental contemporáneo (por cuanto es uno de los más arcaicos y extraños), pero sí que es al menos el más completo que se conserva y uno de los más característicos dentro de los de tema religioso, es decir, de los "poemas-plegaria", que son minoritarios entre los conservados, aunque no sabemos si también lo eran en la obra original completa.

A tí quiero invocarte, a tí, ¡AFRODITA!,

            la maquillada de pintaditas flores,

            diosa inmortal de bucles seductores

            y del gran Dios la niña favorita.

            A mí no me doblegues, mi señora,

            el corazón con malas decepciones

            ni tampoco con falsas emociones,

            pero acude hasta aquí, como solías,

            cuando mis voces recorriendo espacios

            a tí llegaban y tú te deshacías,

            y atrás dejando al Padre y su palacio,
            en tu dorado carro aquí venías:
            avestruces veloces y bellísimos,
            con el batir espeso de sus alas,
            lo arrastraban y al punto te traían
            desde los cielos claros y limpísimos
            hasta la tierra que ya se oscurecía.
            Y entonces tú, mi diosa más dichosa,
            con tu inmortal semblante sonriendo
            me preguntabas cuál era la razón 
            de que de nuevo te fuera requiriendo, 
            y qué otra cosa más me preocupaba
            o cuál deseo acaso contentara
            a este agitado y loco corazón:
            "¿A quién -decías- te atraigo seduciendo?
            ¿Quién a mi Safo le ocasiona pena?
            pues quien ahora te tiene por ajena,
            pronto te irá detrás y persiguiendo;
            la que desprecia tus regalos todos,
            los suyos te dará de todos modos;
            y de no amarte como bien debiera,
            muy pronto te ha de amar aunque no quiera".
            Vuelve de nuevo a mí tu rostro amable,
            consume la inquietud que me consume
            y cúmpleme la dicha interminable
            cual la desea mi ánimo contigo,

            y lucha tú también junto conmigo.