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lunes, 10 de agosto de 2020

HISTORIA DEL LIBRO ANTIGUO


Durante la edad media, la mayoría de los libros se hacían en pergamino. Sin embargo, poco a poco la llegada de un nuevo invento procedente de China revolucionaría el mundo del libro: El papel. No sé en que año apareció en Europa pero posiblemente los cruzados trajeron de su cautiverio en Tierra Santa el secreto de su fabricación. Existió un molino papelero en Játiva en el año 1150. En Italia, hay documentos que atestigüan su existencia en 1145. A Alemania llegó en 1320, Gran Bretaña en 1494. Simultáneamente, los primeros libros se hacían mendiante la técnica de la xilografía. Inventada en China en el siglo II a.C., consiste en grabar en una plancha de madera las partes que van a quedar en blanco (letras, figuras). Una vez grabada la madera, se entinta y se aplica directamente sobre el papel.
La xilografía no aparece en Europa hasta aproximadamente el año 1430. Los primeros libros impresos con esta técnica se realizan en Alemania. La "Biblioa Pauperum" ("Biblia de los pobres") está considerada como el primer libro xilográfico europeo. Otros importantes fueron el Speculum humanae salvationis, el Ars moriendi de Donato, el Decálogo o el Cantar de los Cantares. El libro xilográfico rara vez superaba las 50 páginas y se imprimía por una sola cara, pero las hojas se pegaban entre sí por la cara blanca de manera que parecía impreso por las dos caras del papel. Sin embargo era una técnica muy laboriosa y complicada si lo que se deseaba era imprimir texto. Pero se trataba de una técnica lenta y laboriosa, que no podía satisfacer la importante demanda de libros de entonces. A mediados del siglo XV, con la aparición de la imprenta, dejó de existir.

Al igual que el papel, la imprenta es un invento chino y aunque no puede afirmarse con rotundidad, en Europa la idea no procedió de allí (como sí ocurrió con el papel). En Europa la invención se atribuye a Johannes Gensfleich Gutenberg, nacido en Maguncia (Alemania) hacia el año 1400 (aunque hay algunos que afirman que el mérito es del holandés Laurens Coster por dos testimonios escritos.). Gutenberg ideó los tipos móviles de plomo y adaptó una prensa de uvas para la impresión de papel alrededor del año 1440, que es la primitiva imprenta. Esos tipos móviles de metal o plomo contienen los signos a imprimir, pueden combinarse entre sí para formar palabras y frases y que además, pueden usarse repetidamente.


En 1445 imprimió "El Juicio Final", del que sólo se conserva un fragmento. de una hoja En 1450 se asocia con Johann Fust, prestamista y editor alemán, que le financia un taller tipográfico, del que sale el "Misal de Constanza", considerado como el primer libro tipográfico.


Su Biblia de 42 líneas o Biblia Mazzarina impresa en 1452 es uno de los libros más bellamente creados. Es un libro idéntico a los manuscritos monásticos, con bellas capitulares miniadas a mano, márgenes generosos y con hermosos caracteres góticos. Consta de 2 volúmenes (Antigüo y Nuevo Testamento). Aunque sin colofón, se sabe que fue acabada en 1456 pues un ejemplar conservado en París, contiene una nota manuscrita que así lo atestigua. De esta biblia se tiraron 120 ejemplares en papel y 30 en pergamino de los que se conservan unos 46.
Posteriormente, pleiteó con su socio capitalista Fust quien se asoció con Peter Schoeffer. Así crearon en 1457 el Salterio de Maguncia, libro importantísimo por llevar sus capitulares en rojo, presencia de colofón y primera errata de un libro impreso conocida. Se conservan 18 ejemplares.
Disuelta la sociedad con Fust, debió buscar algún nuevo medio para continuar sus trabajos. Pudo llevarses los caracteres para imprimir la que se conoce como Biblia de 36 líneas o de Schelhorn pues hay ciertas particularidades que permiten decir que es una copia imperfecta de la de 42 líneas. Además, conocemos que estos caracteres fueron usados para imprimir distintos libritos alemanes de menor calidad. Así parece que, privado Gutenberg del apoyo de su socio capitalista, no pudo alcanzar la calidad del principio.


En 1459 salió a la luz, desde el taller de Schöffer y Fust, el Rationale divinorum officiorum y, al año siguiente, la Biblia de 36 líneas formada por tres volúmenes en folio y de la que se conservan sólo trece ejemplares. Schöffer y Fust fueron los primeros en concebir la imprenta como algo más que reproductor de manuscritos. Quisieron llevar su negocio fuera de los límites de Maguncia y vender sus obras en París, creando para ello una red de rutas comerciales para sus libros. Imprimieron el primer catálogo de ventas que se conoce en 1496. En 1460 Gutenberg abandona la imprenta, probablemente a causa de la ceguera, y muere en Maguncia en 1468.
La toma y saqueo de Maguncia en 1462 por Adolfo, elector de Nassau, pudo contribuir de manera decisiva a la difusión del gran invento. Así, la imprenta se propaga por toda Europa, llegando a Estrasburgo en 1460, a Colonia en 1466 y a Venecia en 1469. Esta ciudad se convirtió en un importantísimo centro impresión con casi 150 talleres. De todos ellos, destaca la figura de Aldo Manucio por su célebre Hypnerotomachia Poliphili. A Francia llegó en el año 1470 por iniciativa de unos profesores de la Soborna, que llamaron a tres impresores alemanes para que instalaran un taller en la universidad. En Inglaterra la establece William Caxton en Wetsminster hacia 1477. A Budapest llegó en 1473, Viena a 1482 y Copenhague en 1493. En España se estableció posiblemente en el año 1472
Según los expertos, se estima que el número de títulos impresos hasta el año 1500 ronda los 30.000 con una tirada total de no menos de 20 millones. Llegados a este punto, debemos definir el término incunable. Se llama así a todos los libros impresos hasta el domingo de Pascua de 1501 o sea, durante el siglo XV ya que en esa época se hacía comenzar el año con este día. En los paises nórdicos, esta fecha se prolonga hasta 1550 por la tardanza en la llegada de este importante invento.


El libro incunable se caracteriza por:
-Gran formato (folio o gran folio).
-Carecen de portada. En su lugar se insertaba el título en gran tamaño o acompañado de un grabado.
-En el colofón se colocaban los datos de impresión (impresor, lugar y fecha).
lustraciones: Se dejaban espacios en blanco para iniciales, orlas y epígrafes.  
-Están foliados pero no paginados.
-Uso exagerado de abreviaturas.
Falta de división del texto, ya que no solía haber capítulos.
-Se utiliza la letra gótica para los libros religiosos y la letra romana para los clásicos. 
-Se crean en papel, aunque existieron ejemplares en pergamino
-Se protegían con tapas de madera revestidas de piel o tejidos valiosos, y adornadas con ornamentos de hierro.


Los primeros impresores, en la región de Renania adaptaron otros inventos existentes anteriormente como la prensa rudimentaria, la tinta grasa y crearon un molde o punzón en cuyo extremo está grabada la letra en relieve, que no son otra cosa que los tipos móviles. El gusto por los clásicos griegos y latinas están en la base de las ideas humanistas del Renacimiento. Las ediciones de finales del siglo XV de los clásicos son de gran perfección en talleres de impresores que fueron auténticos hombres de letras. El mejor ejemplo son las obras de Aristóteles salidas de la imprenta de Aldo Manuzio en Venecia (1495-1498).



Hay mucho debate sobre el año en que la imprenta llegó a nuestro país. Se ha dicho que fue Barcelona, Zaragoza, Valencia o Sevilla. Durante un tiempo se creyó que era la Gramática de Mates en 1468 aunque la fecha resultó ser una errata (1488). También fueron candidatos el Sacramental publicado en Sevilla en 1470, la Ethica Oeconomica et Politica de Aristóteles impreso en Barcelona en 1473.
Hoy finalmente se cree que el primer libro español es el Sinodal de Aguilafuente, publicadas en Segovia en 1472 por Juan Párix. La obra es un volumen de 48 hojas en cuarto, sin indicación de lugar, nombre del impresor ni fecha. Conservada en la Catedral de Segovia. Contiene las constituciones aprobadas en un sínodo celebrado en la iglesia de Santa María de Aguilafuente los primeros días del mes de junio de 1472, presidido por el Obispo Don Juan Arias Dávila, para recordar a los clérigos sus obligaciones y evitar que se mezclaran en las contiendas civiles y sembraran guerra y discordia los que debían ser árbitros de la paz. Por lo tanto, aunque no tiene colofón, el cronista Diego de Colmenares indica hablando del sinodo que se imprimió luego -es decir, a continuación-. los tipos son iguales a otros 4 que si llevan colofón y que fueron hechos por el tipógrafo de Heidelberg Juan Parix ('Magister Ihoannes Parix de Heidelberg'). Se cree el prelado de Segovia Juan Arias Dávila, pudo conocer la imprenta en italia en su viaje a Roma en el año 1471, de donde se trajo a este impresor que debió permanecer en la ciudad hasta aproximadamente el año 1475.
La imprenta se expande por nuestro país: Barcelona y Zaragoza en 1475, Sevilla y Tortosa en 1477, Lérida en 1479, Mallorca 1480, Valladolid y Salamanca en 1481. Fue Salamanca donde más libros se imprimieron en estos años, con un total de 150 títulos, mil en toda España. Aún así la cifra es muy pequeña en comparación con otros países o ciudades. Sólo en Venecia se publicaron más de cuatro mil. Hay muchas razones que podrían justificar este dato: la posición geográfica, el final de la reconquista, la tardía y menor difusión de las ideas renacentistas italianas, etc. España ocupó el quinto lugar tras Italia, Alemania, Francia y Holanda.
Son libros los incunables españoles escritos en caracteres góticos, aunque también encontramos la tipografía romana proveniente de italia. Se publicaron muchos libros en hebreo que fueron destruidos tras la expulsión por parte de los Reyes Católicos. No hay por otro lado que olvidar, que Isabel era una reina culta, con dominio del latín y con un gran amor por los libros. Buena prueba, fueron las bibliotecas que fundó por todo el país.


LOS PRIMEROS TIPÓGRAFOS E IMPRESORES BOTEL,HOLTZ Y PLANCH
En 1473 Botel, Holtz y Planch se asociaron para trabajar durante tres años, actuando Botel como “magister dictae artis” y con el compromiso de enseñar este arte a sus compañeros, los socios capitalistas. A este taller se atribuye la edición de la obra: Ethica ad Nichomacun, Política y Oeconomica. La obra está impresa en un volumen en folio de 246 hojas, a línea tirada, sin foliación ni signaturas en tipografía romana.
Desde 1476 a 1478 Botel forma sociedad con Pablo Hurus de Constanza y Planck. De 1479 a 1495 posee taller propio en Lérida. Entre las obras publicadas por Botel se pueden destacar: Fori Regni Aragonum, el Eusebio de Cremona, la Vila Xti, la Officii Missae expositio y el Arte de bien morir.
El primer libro español con grabados fue el Fasiculus temporum de Werner Rolenwick impreso en Sevilla en 1480. Durante los primeros años de la imprenta como antes se ha indicado, aparecieron talleres por toda la geografía del país:Enrique Botel en Barcelona y Zaragoza, Felipe Vitzlant en Valencia, Alonso Martínez en Córdoba (quizás el primer tipógrafo español), Pablo de Colonia en Sevilla etc. En esta última ciudad apareció el primer libro impreso en España con notación musical: Lux Bella de Marcos Durán en 1492.
Son también relevantes la labor de impresores alemanes que bien se establecieron en ciudades concretas como Lamberto Palmart en Valencia o que hicieron su trabajo de manera itinerante como Johan Rosenbach que ejerció en Cataluña y Valencia hasta 1530.


LAMBERTO PALMART
La primera de las obras publicadas en España con fecha en un colofón final en el que no aparece el nombre del impresor es Comprehensorium vel vocabularius ex aliis collectus, de Johannes Grammaticus, fechado el 23 de febrero de 1475, cuya impresión ha sido atribuida a Lamberto Palmart en Valencia, con tipografía romana y texto a dos columnas, en una obra que consta de 334 folios.
Además de esta obra, se le atribuye "Obres o trobes en lahors de la Verge María", considerada por muchos como la primera obra impresa en nuestro país. También se le atribuyen: "Ética, Política y Economía de Aristóteles" (1473), un Salustio (1475), la "Suma de Santo Tomás" (1477) y la "Biblia Valenciana" (1478).


ALFONSO FERNANDEZ DE CÓRDOBA
Pocas noticias tenemos de los inicios de este impresor. Sabemos que era orfebre y castellano de nacimiento. Establecido en Valencia aparece relacionado con el círculo de la compañía "Los alemanes" (a la que pertenecía Lamberto Palmart). Su testimonio más antiguo lo encontramos en el colofón de la "Biblia romanzada en valenciano" por Bonifacio Ferrer. En ella aparece que la edición fue costeada por Felipe Vislant y tuvo como impresores una sociedad formada por Alonso de Córdoba junto a Lamberto Palmart, sociedad que tuvo que ser circustancial pues en 1477 imprime en solitario el "Confessionale defecerunt" de Antonio de Florencia. El hecho de coexistir con Lamberto Palmart en Valencia deja en interrogante de como se iniciara Alfonso de Córdoba el parte tipográfico; tengamos en cuenta que mientras Palmart utilizaba una letrería romana de estilo puramente napolitano, Fernández de Córdoba usaba tipos góticos venecianos. No obstante, por circunstancias desconocidas, abandona Valencia y se establece en Murcia, quizás por tratarse de un judío converso.


Manipulus Cuartorum (Mateo Flandro)



NICOLAS SPINDELER,PEDRO BRUN,MATEO FLANDRO

El primer incunable español que tiene el colofón completo y además, el primer impreso en España con caracteres góticos salió del taller Zaragozano de Mateo Flandro. Se trata del "Manipulus curatorum, de Guido de Monte Rocherii". Consta de 110 hojas sin numerar, en folio menor

Es la única obra conocida impresa en nuestro país por este impresor, que se cree que murió en este mismo año de 1475, víctima de una epidemia de peste. Algunos historiadores afirman que tanto Mateo Flandro como Mateo Vendrell, quien introdujo la imprenta en Gerona hacia 1480 e imprimió en Barcelona en 1484, son la misma persona.

Se cree que tanto Pedro Brun como Nicolás Spindeler trabajaron al menos en un principio en el taller de Mateo Flandro. De Mateo Brun y Nicolás Spindeler se sabe que pasaron de Zaragoza a Tortosa y posteriormente en 1578 a Barcelona, donde publicaron los Comentarios, de Santo Tomás. Tras separarse, la pista de Pedro Brun se pierde. Reaparece en el año 1492 en Sevilla donde publica un tratado de heráldica: "El Nobiliario" de Fernando Mejía, obra de 96 folios en caracteres góticos a doble columna. Del taller de Brun en Sevilla salió en 1498 la primera edición de la Introducción al canto llano, de Alonso Spañón, con notación musical impresa. Brun siguió trabajando en Sevilla hasta 1508. 

Por otro lado, tras separarse de Brun, Nicolás Spindeler imprime en 1490 la novela caballeresca Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell, en lengua valenciana medieval. En folio, consta de 388 hojas con signaturas tipográficas, impresa a dos columnas con caracteres góticos. Esta edición está considerada en el ámbito tipográfico como una de las obras cumbres de la imprenta española del siglo XVI.


ENRIQUE DE BASILEA
Establecido en Burgos, su primera obra fue la Grammatica, de Andrés Gutiérrez, publicada el 12 de marzo de 1485. Se le atribuye la impresión de unos sesenta libros dentro del siglo XV. Con tipografía gótica imprimió, entre otras obras la Crónica de España, de Diego de Valera (1487), el Tratado de amores de Arnalte y Lucenda (1491), la Cárcel de amor, de Diego de San Pedro (1496) y con romana las Epístolas de Marineo Sículo (1498), la Ópera, de Pedro Mártir de Anglería (1498), y Stultiferae naves, de Jodocus Badius Ascensius (1500).


JUAN ROSENBACH
Juan Rosenbach, natural de Heidelberg (actual Alemania), fue uno de los tipógrafos más destacados de la última década del siglo XV. Inició su actividad en Valencia, pasando a Barcelona en 1492, a Tarragona en 1498, a Montserrat en 1518 y finalmente a Perpiñán.
Entre sus obras destacan la Biblia parva, de San Pedro Pascual, en catalán (1492), Lo càrcer de amor, de Diego de San Pedro (1493), el Llibre de les dones, de Francisco Eiximenis (1495); Les conquistes e histories dels Reys d’Aragò, de Pedro Tomich (1495); la Gramática, de Nebrija (1497); las Comedias, de Terencio, en latín (1498); el Tratado de Cirugía, de Pedro de Argellata (1503), y la Cirugía de Guido de Caulliae (1518).


MIENARDO UNGUT, STANISLAUS POLONUS
Estos dos tipógrafos iniciaron su actividad en Sevilla desde el año 1491 hasta 1499, año en el que muere Ungut. Durante estos 8 años llegaron a producir más de setenta obras entre las que destacan la primera edición de las Siste Partidas, de Alfonso X el Sabio o la Caída de príncipes, de Boccaccio, traducida por Pero López de Ayala, Alfonso García y Juan Alfonso de Zamora, publicada en 1495 caracterizada por su bella portada xilográfica. Polonus estuvo en Sevilla hasta el año de 1502, en el que se traslada a Alcalá de Henares.
También fueron importantes las imprentas salmantinas. Resulta lógico pensar que una ciudad eminentemente universitaria sería un lugar propicio para el establecimiento de muchos y buenos impresores. Se da el caso curioso de que todos los impresos omiten el nombre de los impresores aunque sí indican que el libro está impreso en Salamanca y la fecha. En dos de las imprentas de la ciudad fueron publicadas la mayor parte de sus obras. Las dos más conocidas sirven habitualmente para designar las anónimas imprentas donde fueron publicadas: las Introductiones Latinae (1481) y la Gramática castellana (1492).
Aunque discutido, con el tiempo se ha acuñado el término “incunable” a todos los libros producidos en el siglo XV, extendiéndose esta palabra hasta el año 1550 en el caso de los libros impresos en el continente americano o en los países nórdicos europeos, a donde la imprenta llegó con mayor restraso.
Estos primeros libros están marcados por su similitud con los códices medievales manuscritos. ¿Por qué? … la respuesta es fácil:No se puede romper con el mercado e intentar introducir una novedad tan revolucionaria sin producir rechazo. Siempre se intenta imitar a lo que hay. Son pues libros impresos por ambas caras -al contrario que los libros bloque-. A una sóla columna o a dos con los comentarios en los márgenes con tipografía más pequeña, como los manuscritos. La letra inicial tenía un grabado propio o bien, se dejaba en blanco y se miniaba a mano posteriormente, ya que los primeros ensayos de iniciales en color en la impresión del Psalterio realizada por Fust y Schöfer en 1457 no fue continuada.
En estos libros antiguos los datos para identificarlos  hay que buscarlo en su interior o en su colofón. Así, el título y autor vienen al principio del texto formando parte de la dedicatoria del libro. En el colofón, además de estos datos suele venir la marca o escudo del impersor, que no es otra cosa que su marca comercial.
El incunable era un libro destinado a eruditos y por lo tanto, escrito en latín, lengua de la iglesia, de la jurisprudencia y de la ciencia hasta bien entrado el siglo XVII. Apenas se encuentran obras en castellano, pues sólo el 20% de ellas se escribieron en lenguas vulgares como el castellano. La temática como es de esperar, era fundamentalmente religiosa. También fueron abundantes los textos humanísticos y jurídicos.

http://lafabricadelibros.com/pdf/Historia.pdf
http://www.todolibroantiguo.es/historia-libro-antiguo-primeros-europa-siglo-xv.html
http://webs.ucm.es/info/especulo/numero45/libroant.html
https://www.pixartprinting.es/blog/historia-del-libro/
https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_del_libro



martes, 17 de marzo de 2020

EL CASTILLO DE BRAN Y LA"POSIBLE" HISTORIA DE DRACULA




La gran cantidad de libros, series televisivas y películas sobre vampirismo ponen en evidencia la enorme influencia del conde Drácula. Muchos no dudan de su origen histórico pero otros creen que es el fruto de una exagerada imaginación. Les invito a conocer la "posible" historia  y recorrer el castillo a través de las imágenes.
La Historia también tiene su historia
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Podemos situar su presentación pública en la novela del irlandés Bram Stoker, de 1897, donde presenta a su protagonista, Vlad Drăculea, como un hombre vampiro. La historia sirvió de base para el film Bram Stoker’s Dracula, dirigida por Francis Ford Coppola, con la actuación estelar del multifacético Gary Oldman.
Los que vieron la película recordarán que el joven abogado londinense Jonathan Harker (interpretado por Keanu Reeves) viaja a la Transilvania llevando unos documentos que el famoso conde debe firmar. En el castillo descubre no sólo que se ha convertido en su rehén sino que Drácula es un vampiro que perdió su amor hace varios siglos.
La novela tiene varios antecedentes literarios que confluyen en la creación del famoso personaje que se nutre de sangre humana; incluso se dice que la historia original le fue confiada por el húngaro Arminius (Armenio) Vámbéry. Del mismo modo, la película de Coppola tiene precedentes, entre los que se destacan Nosferatu el vampiro, de 1922, dirigida por F.W.Marnau, Drácula, de 1931, dirigida por Tod Browning e interpretada por Bela Lugosi y Drácula, de 1958, dirigida por Terence Fisher, con la recordada actuación de Christopher Lee.
Se ha postulado que para ubicar su novela en un remoto castillo en los Cárpatos de Transilvania, Bram Stocker se sirvió de dos obras: una de Emily Gerard, La tierra más allá de los bosques, de 1888, y un informe sobre los principados de Valaquia.



El Castillo de Bran (en rumano: Castelul Bran; en alemán: Schloss Bran; en húngaro: Törcsvári kastély) se ubica en la actual Rumania. Alrededor de él ha crecido la ciudad turística de Bran. Su fama proviene de la novela, pero digamos que es una de las pruebas más contundentes del triunfo del marketing sobre la Historia, porque Vlad III Drăculea (en rumano, Vlad Țepeș), el personaje histórico que inspiró a Stoker, pasó muy poco tiempo en el Castillo. Este Drácula, conocido como El Empalador, vivió en el siglo XV y luchó contra los turcos sarracenos que habían invadido Europa luego de las Cruzadas. Desde luego, no era un murciélago chupasangre ni nada parecido. Cuando se erigió la actual fortaleza (finales del siglo XIV) la zona pertenecía a Hungría. Hoy se visita desde la bella ciudad rumana de Brasov, y aunque no hay ninguna evidencia de vampirismo, sigue siendo una lugar preferido para góticos, y otras tribus urbanas de corte dark.
Un detalle interesante es la mención del Chupacabra, un personaje del imaginario popular centroamericano. Dice el texto en inglés del castillo que a este conocido mito, muy extendido en Honduras, se le adjudican más muertes que a todos los vampiros de la Historia.
Viajemos a través de las imágenes....


Vista exterior, a la llegada


 
Cruz en la base del edificio

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Vista interior. El retrato que se observa al fondo es de Vlad III Drăculea (en rumano, Vlad Țepeș).

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Vista de la biblioteca.


Vista del patio interior del Castillo de Bram que se observa desde una de las ventanas del edificio.


Armas y escudos expuestos en una sala.


Una de las antiguas cerraduras.

 
Da cierto temor pensar que Drácula en verdad existió.
Pero fué un personaje real...
Lo que sigue son hechos reales tomados de la historia y por la crudeza y la crueldad de estas acciones no debería ser leído por personas sensibles. Yo mismo al leer su historia , todavía siento espanto, no salgo de mi asombro de pensar que existió una persona que pudiera a sangre fría hacer todas estas cosas.
Era un sanguinario príncipe rumano, empalador, asesino, descuartizador y cruel torturador de personas. Daba a sus enemigos una atormentada muerte.
En mi opinión creo que tiene que estar entre las tres personas mas diabólicas, crueles y sanguinarias de toda la historia.
Nada que ver las películas de terror que vemos acerca de drácula porque la brutal realidad que se vivió es ampliamente más aterradora que la ficción que se plasma en los films.


Su verdadero nombre era Vlad Tepes III, (1428-1476), nació en la ciudad de Sighisoara, situada en la provincia de Transilvania, actual Rumanía en el año de 1428 y murió asesinado en el año de 1476, a los 48 años de edad en las cercanías de Bucarest, donde fue decapitado.

Aun se conserva la casa donde nació y en Bucarest hay un documento que da fe del nacimiento de este personaje.
Se conserva en buen estado también el castillo donde vivió, el que todavía posee un aire de misterio, con algunas habitaciones hechas dentro de la piedra que rodea el lugar, mobiliario original usado por Vlad y con escaleras en espiral que no conducen a ninguna parte.
Fue hijo del cruel Vlad Dracul, príncipe de Valaquia, llamado "El Diablo" y de donde viene el apodo de Drácula, que significa hijo de Drácul, es decir, "Hijo del Diablo".
Pronto el hijo superaría con creces las espantosas atrocidades de su padre.




Al decir que era empalador me refiero a que atravesaba a muchas de sus victimas por el ano o vagina, (los mas afortunados eran clavados por la espalda o por el abdomen) con un largísimo palo sin punta, ya que esto aseguraba el mayor dolor, el cual salía por la boca o por el hombro y luego clavaba ese palo en el suelo en forma vertical aún con la victima arriba y viva, para que por efecto del peso la persona fuera cayendo lentamente y enterrándose cada vez mas el palo en su cuerpo.

Muchas de las victimas todavía estaban vivas cuando llegaban al piso, lo que hace suponer que los encargados de la ejecución evitaban atravesar el corazón para prolongar mas la agonía de sus victimas. En algunos casos la piel era clavada con un clavo al palo para mantenerlo por más tiempo arriba hasta que se desgarrara la piel y así comenzar su descenso por el palo. Era una de las maneras más espantosas de morir imaginables pues era lento y doloroso.
Su macabra mente se fue formando desde niño al tener una infancia marcada por las desgracias y los malos ejemplos, al observar las atrocidades que hacía su padre, criado en un entorno de guerra, torturas, asesinatos y salvajadas totalmente apartado de Dios.
Fue rehén de los turcos a los 13 años de edad cuando fue entregado junto con su hermano Randu por su propio padre como muestra de sumisión al Sultán y como garantía de no atacarlos. Luego de un tiempo su padre y su hermano Mircea fueron asesinados por los boyardos.
Su padre fue apaleado hasta morir y su hermano enterrado vivo, por lo que el corazón de Vlad fue llenándose de un creciente odio.
Se cree que aprendió de los turcos algunas formas de tortura y la forma de ejecutar por empalamiento. A pesar que los turcos lo educaron y recibió buen trato, este no se plegó a sus deseos ni se convirtió al islamismo y aun cuando posteriormente lo ayudaron a tomar el trono de Valaquia les llegó a tomar un aborrecimiento acérrimo que lo llevó a traicionarlos varias veces, incluso llegando al extremo de hacer alianzas con los asesinos de su padre y luchar en batallas contra ellos, hasta llegar a morir a mano de los turcos.
Con la ayuda de los turcos llegó a ser príncipe de Valaquia en una época de la edad media dominada por las ambiciones de los monarcas europeos que buscaban ampliar sus territorios y vivían en continuas guerras. A pesar de que en esta edad media abundaban por Europa monarcas insensibles, de malvado corazón y dureza de alma, no hubo ninguno que por su brutalidad, crueldad y ensañamiento al matar se comparara con este sanguinario homicida.

Llegó a ser el más temido de todos los monarcas europeos de la edad media y hasta asesinó a sangre fría por motivos fútiles a su misma población, incluso a sus amantes. Impuso leyes en su territorio cuyas infracciones eran castigadas con las más afrentosas muertes. Alcanzó los mas oscuros extremos de cualquier mente siniestra de matar incluso a los bebés por empalamiento.



Muestra de su perturbada mente puede verse en los grabados que se conservan, donde puede apreciarse cuando Vlad Tepes desayunaba en medio de sus victimas empaladas y otras siendo descuartizadas.
Aunque el empalamiento era, evidentemente, la diversión favorita de Vlad, también gozaba con la aplicación de otros métodos a quienes de un modo u otro le habían hecho enfurecer, normalmente en la intimidad de sus castillos.

Entre los métodos de tortura favoritos del Príncipe de Valaquia se contaban también la amputación de miembros, nariz y orejas; la extracción de ojos con ganchos calientes al rojo vivo; el estrangulamiento, la hoguera, la castración, el desollamiento, la exposición a los elementos o a fieras salvajes, el vaciado de ojos, la parrilla y la lenta destrucción de las distintas partes del cuerpo.


Un delegado papal en la corte húngara lo describió así: "No era muy alto, pero sí corpulento y musculoso. Su apariencia era fría e inspiraba cierto espanto. Tenía la nariz aguileña, fosas nasales dilatadas, un rostro rojizo y delgado y unas pestañas muy largas que daban sombra a unos grandes ojos grises y bien abiertos; las cejas negras y tupidas le daban aspecto amenazador. Llevaba bigote, y sus pómulos sobresalientes hacían que su rostro pareciera aún más enérgico. Una cerviz de toro le ceñía la cabeza, de la que colgaba sobre unas anchas espaldas una ensortijada melena negra."
Por ser su ejército tan reducido empleó tácticas de guerrilla como tierra quemada, envenenó pozos de agua y envió enfermos de tuberculosis a los campamentos enemigos.

En las ciudades donde no lo aceptaban como su príncipe fue despiadado. Se realizaron ejecuciones de hombres, mujeres y niños, como en los casos de Brasov y Sibiu, ambas ciudades habitadas por colonos alemanes que no querían comerciar con él o que no querían pagarle tributo.

Con ello iniciaría su carrera de brutales masacres, entre las que se le atribuyen el exterminio de cien mil personas de las quinientas mil que habitaban la región entre 1456 y 1462, hechos detallados en documentos y grabados de la época, que pusieron de manifiesto su gusto por la sangre y el empalamiento, por lo que se le comenzó a llamar “Tepes” que significa en rumano: empalador.
Una de sus acciones de masacre masiva fue en su venganza contra los boyardos, asesinos de su padre y de su hermano mayor. Vlad llevó a cabo esta venganza en Pascua de 1459, invitando a los boyardos a una gran cena de Pascua pidiéndoles a estos que se pusieran sus mejores galas.

Cuando terminaron de cenar, Vlad mandó empalar a los más viejos, mientras que a los jóvenes les obligó a ir en una larguísima caminata hasta un castillo en ruinas en Targoviste, muchos perecieron en el camino, pero los que llegaron aún con vida, fueron obligados a construir el castillo de Drácula, sin despojarse de sus preciosas ropas de gala, que quedaron convertidas en harapos, mientras, obligados a construir el castillo, iban muriendo de cansancio y agotamiento ante el deleite del Empalador.

A Vlad le gustaba organizar los empalamientos multitudinarios con formas geométricas. La más común era una serie de anillos concéntricos alrededor de las ciudades. La altitud de la estaca indicaba el rango que la víctima había tenido en vida. Con frecuencia, Vlad los dejaba pudriéndose durante meses, ocasionando en el ambiente un espantoso olor nauseabundo a carne descompuesta. Un ejército turco que pretendía invadir Rumania se volvió atrás, aterrado, cuando encontró a varios miles de empalados descomponiéndose en lo alto de sus estacas, a ambas orillas del río Danubio.
Otra de sus actuaciones en su reinado fue cuando la población se quejaba de los continuos robos que sufrían por parte de ladrones en sus territorios, además de los pobres, que según Vlad no aportaban nada al país. Para erradicar esto propuso un gran festín en una gran casa de las afueras de las ciudades para pobres, ladrones, tullidos, leprosos, enfermos, pordioseros, en donde las grandes viandas y el vino estaban por doquier.

Cuando ya todos estaban bien servidos de comida y borrachos de vino, Vlad y su guardia se plantaron en la casa y preguntó a todos los allí reunidos si querían una vida sin privaciones ni preocupaciones y que todos los días se dieran festines como aquel, a lo que los mendigos y demás personas respondieron que sí y que había sido el mejor día de sus vidas. Vlad les sonrió y mandó a sus soldados que cerraran todas las puertas de la casa y prendieran fuego sobre ella. Nadie quedó con vida. Eliminó la pobreza acabando con los pobres. Estas atrocidades se fueron repitiendo con todos los mendigos en cada comarca de su principado. Llegaron a morir 3.600.
En 1461 derrotó al comandante turco Hanza en una emboscada en la frontera. Al capturar al turco le cortó los pies y las manos y lo dejó en la frontera para que sus compatriotas lo recogieran.
En 1460, 10.000 hombres fueron empalados en Sibiu. En 1461 Mehmed II, el conquistador de Constantinopla, un hombre al que no se le conocía precisamente por su repugnancia ante la efusión de sangre, se volvió a la susodicha ciudad enfermo de violentos vómitos ante la visión del Bosque de los Empalados.

Este peculiar "Bosque" era un valle donde se habían talado todos los árboles para obtener estacas. Estacas suficientes para empalar a más de 23.000 prisioneros turcos, húngaros, rumanos, búlgaros y colonos alemanes y sus familias empalados allí mismo, repartidos por todo el valle, en lo alto de los palos. Éste hecho lo dejó escrito el propio Vlad ya que mandó una carta el día 11 de enero de 1462 al rey de Hungría, en la que escribió que había empalado a veintitrés mil, ochocientos nueve personas y lo sabía bien ya que fueron cortando la cabeza a cada uno para facilitar el recuento. Además de la carta también envió al rey húngaro dos grandes sacos con orejas, narices y cabezas de sus víctimas.

En 1462 los turcos ocuparon Valaquia conquistando su capital Tirgoviste, y Vlad huyó a Hungría para pedir protección, al ver esto su esposa se suicidó tirándose al río y su hijo murió durante la escapada, pero el rey de ese país lo mandó encarcelar durante doce años en el castillo de Visegrád y posteriormente en Budapest, donde recibía un trato especial ya que el rey de Hungría le tenía como si fuera un visitante del castillo y ni siquiera llegó a estar entre rejas. Durante su cautiverio mantuvo su sangriento sadismo matando y torturando palomas y ratones. En 1473 recuperó su libertad y su trono en 1476, el mismo año de su fallecimiento.

En 1476 Vlad Tepes halló la muerte en una emboscada cuando los turcos lo sorprendieron desprevenido con una escolta de sólo 200 hombres de su guardia moldava, los cuales también fueron asesinados y sólo sobrevivieron 10 de ellos, aparentemente se suscitó una lucha desigual ante la superioridad numérica de los turcos. Vlad Tepes fue decapitado y su cabeza fue enviada a Estambul y exhibida públicamente.
El lugar oficial de su entierro es el monasterio de Snagov, cerca de Bucarest. El misterio rodea esta tumba, en la cual se observan inscripciones, graffitis y retratos de el. De una excavación que se realizó en 1931 se tienen dos versiones: una es la de una tumba vacía y la otra es que se encontró un cuerpo sin cabeza con ropajes lujosos.


 



Algunos historiadores defienden a este personaje de mente mórbida y desquiciada, tan malo era que ni siquiera el más loco de los enfermos podría concebir unos actos de crueldad tan grandes. Algunos historiadores pretenden que lo vean como un héroe que defendió los intereses de su país ya que esa zona siempre fue vista como territorio a conquistar.
Contó siempre con un ejercito muy reducido lo que ha llevado a algunas personas a tratar de reivindicar su causa diciendo que su crueldad se justificaba porque era una forma de mantener atemorizados a los enemigos para evitar la invasión, pero nada justifica este ensañamiento en el matar con tanto dolor, incluso por empalamiento a los bebes, niños y mujeres inocentes.

Su facilidad para decidir la muerte de las personas se muestra en este ejemplo: una persona de su mismo entorno que se quejó del mal olor que despedían los cadáveres empalados fue a su vez ejecutado por empalamiento desde el palo más alto para que pudiera a esa altura “respirar un aire más puro”.
 


En el año 1976 el presidente rumano Nicolás Ceaucesco declaró héroe nacional a Vlad Tepes al cumplirse 500 años de su muerte y en el año 2004 se acuñó una moneda con su figura por ser éste una de las principales personalidades nacida en Rumania, homenajes de los que discrepo porque no puede rendirse distinción a quien asesinó bárbaramente a mas de 100.000 personas y dejó para la posteridad la historia real de horror mas espantosa que se haya conocido.

https://pablobedrossian.com/2015/05/24/una-visita-al-castillo-del-conde-dracula-por-pablo-r-bedrossian/
https://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2020-08-21/el-falso-y-conocido-castillo-del-conde-dracula-donde-esta-el-verdadero-1276662792/
https://es.wikipedia.org/wiki/Castillo_de_Bran


viernes, 13 de marzo de 2020

LA PESTE NEGRA Y SUS REPERCUSIONES SOCIO-ECONÓMICAS.

 

En el año 1346 llegaron a Europa rumores de una terrible epidemia, supuestamente surgida en China, que a través del Asia Central se había extendido a la India, Persia, Mesopotamia, Siria, Egipto y Asia Menor. Se habla de regiones enteras que habían quedado despobladas, de forma que hasta el Papa Clemente VI en Avignon se muestra interesado por el tema, y reuniendo los informes que van llegando, calcula que el número de victimas de be ascender a casi veinticuatro millones de personas. Sin embargo, como en aquel entonces se desconocía el concepto de contagio, no hubo ninguna alarma en Europa hasta que la peste fue introducida en Italia por los barcos genoveses y venecianos que venían del mar Negro; La peste aparece en Italia en octubre de 1347, Y para enero del año siguiente ya ha penetrado en Francia, vía Marsella, y ha llegado hasta el Norte de Africa. La rata negra, buena pasajera de los barcos, la va extendiendo a lo largo de las costas y ríos navegables. Al mismo tiempo que penetra en España, en Italia alcanza Roma y Florencia, y llega a Paris en junio de 1348, pasando poco más tarde a Inglaterra a través del Canal de la Mancha. Ese mismo verano llega a Suiza y por el Este se extiende hasta Hungría.
En 1349 la peste reaparece en Paris, se extiende por Picardia, Flandes y los Países Bajos; de Inglaterra pisa a Escocia e Irlanda, asi como Noruega donde, procedente de Inglaterra, llega un barco fantasma con un cargamento de lana y toda la tripulación muerta, que embarranca cerca de Bergen. Desde Noruega se extiende la epidemia a Suecia, Dinamarca, Prusia  e Islandia, llegando incluso hasta Groenlandia. Deja una extraña bolsa de inmunidad en Bohemia y alcanza Rusia en 1351, aunque el primer brote ya había remitido en casi toda Europa a mediados de 1350.Aunque el número de víctimas varió desde un quinto de la población en algunos lugares hasta la casi total exterminación en otros, los investigadores modernos han llegado a aceptar como estimación más aproximada la cifra que nos da Froissart en su crónica, es decir, un tercio de la población, aproximadamente, desde la India hasta Islandia. En realidad Froissart tomó esta cifra del Apocalipsis de San Juan, la lectura preferida en aquellos duros tiempos.
Un tercio de la población de Europa en aquella época equivaldría a unos veinte millones de personas. En realidad es imposible saber el número de víctimas con exactitud, porque en este tema los cronistas de la época no son de fiar y hay que recurrir a otras fuentes, como recaudaciones de impuestos, censos o los escasos documentos que se conservan de las iglesias en los que se recogen nacimientos y defunciones. Tomemos como ejemplo Avignon, sede de la corte papal; se calcula que morían diariamente unas cuatrocientas personas y que unas síete mil casas quedaron deshabitadas. Los cronistas, impresionados sin duda por la acumulación de cadáveres, dan cifras exorbitantes al elevar el número total de muertos a sesenta y dos mil o incluso a ciento veinte mil, cuando la población total de la ciudad no pasaba seguramente de cincuenta mil habitantes.

Conviene recordar que las mayores ciudades de Europa, con una población de unos cien mil habitantes, eran París, Florencia, Venecia y Génova. Después venían Gante, Brujas, Milán, Palermo, Bolonia, Roma. Nápoles y Colonia, con más de cincuenta mil. Londres se acercaba a esta cifra junto con Burdeos, Tolousse, Montpellier, Lyon, Barcelona, Sevilla, Toledo, Siena y Pisa. Por todas estas ciudades la peste pasó matando de un tercio a dos tercios de los habitantes.

Italia, con una población de diez u once millones de personas, fue la que padeció más duramente sus efectos. En Florencia podemos decir que «llovía sobre mojado»; como consecuencia del inicio de lo que sería la Guerra de los Cien Años, las principales casas bancarias florentinas, los Bardi y Peruzzi, fueron a la bancarrota cuando Eduardo III de Inglaterra no pudo devolver los empréstitos que le habían concedido para la primera campaña (años 1343-44). Siguieron años de malas cosechas y con ellos apareció el hambre y se produjeron revueltas de campesinos y trabajadores; después la peste mató de tres a cuatro quintos de la población de esta ciudad, una de las más importantes de Italia. Venecia perdió dos tercios de sus habitantes y en Pisa morían quinientas personas al día.

Además, la primera aparición de la peste coincidió con un terrible terremoto que asoló Italia desde Nápoles a Venecia, dejando un rastro de destrucción que colaboró a aumentar la psicosis de fin del mundo.

En general la mortandad fue enorme en toda Europa; las ciudades estaban más expuestas a la epidemia, por ser centros de comunicación y dado el hacinamiento en que se vivía, sobre todo en los barrios pobres. París, por ejemplo, perdió a la mitad de sus habitantes. De todas maneras, se ha comprobado que el índice de mortandad en las aldeas, una vez que aparecía en ellas la peste, era igualmente alto.


En los sitios cerrados, tales como los monasterios o las prisiones, la infección de una persona normalmente significaba la de todos, como ocurrió en los conventos franciscanos de Carcasona y Marsella, en los cuales toda la comunidad murió. De los 140 frailes dominicos que había en Montpellier sólo sobrevivieron siete. El hermano de Petrarca, Gerardo, miembro de un monasterio de cartujos, enterró a su prior y a treinta y cuatro compañeros, uno por uno, hasta que se quedó solo con su perro y huyó a buscar refugio en otra parte. En Kilkenny, Irlanda, el hermano John Clyn de los frailes Menores también se encontró solo, rodeado de compañeros muertos, pero escribió una crónica de lo que había sucedido para que no ocurriera que «...las cosas que deben ser recordadas parezcan con el tiempo y sean borradas del recuerdo de quienes vendrán tras nosotros». Creía que el  mundo entero estaba en poder del demonio y, esperando morir a su vez, escribió: «Dejo pergamino para continuar este trabajo, por si alguien sobrevive y cualquiera de la raza de Adán escapa a la peste y continúa la labor que yo he comenzado». El hermano John, tal como escribió otra mano, murió de la peste, pero escapó al olvido. 

En todas partes se observó que la peste afectaba más a los pobres que a los ricos. El cronista escocés John de Fordun afirma llanamente que la peste «atacaba especialmente a las clases humildes y raramente a  los magnates». La misma observación hace Simón de Covino en Montpellier. Este aumento de la mortandad se debia, además de la penuria de medios de subsistencia, al hacinamiento y a la completa ausencia de medidas sanitarias en las viviendas de las clases más humildes.
Aunque la tasa de mortandad fuese mayor entre los pobres, los grandes también sufrieron el azote de la peste. El rey Alfonso XI de Castilla, el vencedor de Salado, fue el único monarca reinante que murió de la peste, pero su vecino Pedro de Aragón perdió a su mujer Leonora, a su hija y a una sobrina, en el espacio de seis meses. El emperador de Bizancio, Juan Cantacuzeno, perdió a su hijo. En Francia murieron la reina coja Juana y su nuera, la esposa del Delfin, ambas en 1349.
También murió la reina de Navarra. La segunda hija de Eduardo III de Inglaterra, que iba a casarse con el heredero de Castilla -el futuro Pedro el Cruel-, murió en Burdeos cuando se dirigía hacia su boda. Las mujeres parecen haber sido más vulnerables que los hombres, quizá porque al estar más recluidas en el hogar estaban más expuestas a las pulgas. Así murió la amante de Boccaccio, hija ilegítima del rey de Nápoles; y también Laura, la amada real o imaginaria de Petrarca.
Entre los médicos la mortaridad fue naturalmente más alta: de veinticuatro médicos que había en Venecia, veinte fueron víctImas de la epidemia, aunque las malas lenguas murmuraron que algunos de estos supuestos mártires de su deber habían huido de la ciudad o se habían escondido en sus casas. En Montpellier, sede de la principal escuela médica de la época, Simón de Cavino testifica que a pesar del gran número de médicos y estudiantes que allí había, muy pocos sobrevivieron al azote de la peste.
En cuanto al clero, la mortandad varió según el rango. La única excepción a esta regla fue la muerte de un tercio de los cardenales, pero ello se debió más bien a que se encontraban concentrados en la corte papal en Avignon. Entre los obispos se calcula que murió uno de cada veinte; en cambio los sacerdotes sufrieron igual que el pueblo llano, aunque en muchos lugares abandonaron sus deberes y huyeron por miedo al contagio. Por una extraña y siniestra coincidencia, en Inglaterra murieron sucesivamente el arzobispo de Canterbury, en  agosto de 1348, su sucesor en mayo de 1349, y el siguiente candidato tres meses más tarde. Suponemos que pocos estarían dispuestos a ocupar el más alto cargo eclesiástico de Inglaterra después de esta cadena de muertes.
Los campesinos caían muertos en los campos, en los caminos o en sus casas, y los que sobrevivían se hallaban presos de una apatía total, dejando el trigo maduro sin segar y el ganado desatendido. Esto ponía en peligro la economia del siglo, que dependía de la cosecha de cada año para comer y para hacer la siembra del año siguiente. La disminución alarmante de la mano de obra bien pronto se hizo patente y acarrearía graves problemas que examinaremos más adelante. «Quedaron tan pocos siervos y trabajadores que nadie sabía a quien pedir ayuda» escribió Knigbton. La idea de . un futuro sin futuro -valga la redundancia- creó un sentimiento de demencia y desesperación. Un cronista bávaro cuenta que «los hombres y las mujeres deambulaban como si estuviesen locos y dejaban que su ganado se perdiese porque ya nadie quería preocuparse por el futuro».
En cierto modo la respuesta emocional de la gente se vio embotada ante tanto horror y, tal como escribió otro testigo de la catástrofe: «En aquellos días había entierros sin pena y matrimonios sin amor».
Se desconoce qué fue lo que causó esta epidemia, la más terrible de la historia, pero ahora se cree que su origen geográfico no estuvo en China, sino en algún lugar de Asia Central y que desde allí se extendió por la ruta de las caravanas hasta llegar al mar Negro y luego a Europa. El origen chino fue  una noción equivocada del siglo XIV, basada en informes verdaderos pero retrasados que se referían a las grandes calamidades ocurridas en China -peste, hambre e inundaciones- a principios de la década de 1330, demasiado pronto por tanto para estar relacionadas con la peste que aparece en la India en 1346. El enemigo fantasma no tenía nombre y sólo empezó a conocérsele como la peste negra en citas posteriores. Durante la primera eclosión de la epidemia se le nombra como la gran mortandad o la peste a secas. Para empeorar las cosas llegaban a los oídos de los atemorizados europeos relatos desde Oriente en los que se hablaba de furiosas tempestades de fuego que arrasaban todo lo que encontraban a su paso, y se decía que los vientos provocados por estas lluvias de fuego eran los que habían traído la peste a Europa. También se culpó al terremoto antes mencionado de liberar gases pestilentes y sulfurosos del interior de la tierra; o bien se decía que la epidemia era la evidencia de una lucha titánica entre los planetas y los océanos, cuyo resultado había sido la evaporación de grandes masas de agua, lo que había hecho morir millones de peces que con su olor putrefacto habían corrompido el aire. Como se ve, todas estas explicaciones tenían en común el factor del aire envenenado, de las espesas nieblas y de las malignas influencias de los planetas.
El misterio del contagio era el más temible de los terrores. La gente se dio cuenta rápidamente de que la enfermedad se propagaba por el contacto con los enfermos, con sus ropas o sus cadáveres y también con sus casas. ¿Cómo? y ¿por qué? eran las preguntas claves que nadie acertaba a responder.
Gentile da Foligno, doctor en Medicina por la Universidades de Bolonia y Padua, se aproximó al concepto de infección respiratoria cuando afirmó que mediante la respiración se introducía materia venenosa en la persona. Pero al desconocer la existencia de los microbios, dedujo que el aire estaba envenenado por influencias planetarias. La desesperada búsqueda de explicaciones dio lugar a teorías tan peregrinas como la del contagio por la vista; pero tampoco debemos reír demasiado si pensamos solamente en los intentos que recientemente se han llevado a cabo para explicar el envenamiento del aceite de colza. Los médicos medievales, luchando con la evidencia, no podían desdeñar los términos y límites de la astrología, a la que creían estaba sujeto todo ser humano. La medicina era quizás el único aspecto de la vida medieval que escapaba al dominio de la doctrina cristiana, en parte debido a la gran influencia a que sobre ella tenía el mundo árabe. Guy de Chauliac, que fue médico de tres papas, practicaba de acuerdo con el Zodíaco. 
En octubre de 1348, Felipe VI pidió a la Facultad de Medicina de París que se definiese sobre las causas que habían provocado la temible epidemia de la peste, que parecía amenazar con el exterminio de la Humanidad. Con cuidadosas tesis, antítesis y pruebas, los doctores dictaminaron que su origen se debía a una triple conjunción de Saturno, Júpiter y Marte en el grado cuarenta de Acuario, ocurrida el veinte de marzo de 1345. Este veredicto se convirtió en la versión oficial y fue reproducido y traducido a diversos idiomas, llegando a ser aceptado incluso por los médicos árabes de Córdoba y Granada.
Naturalmente se intentaron llevar a cabo algunas medidas destinadas a la curación de los enfermos, pero casi todas ellas iban muy mal encaminadas. Los médicos efectuaban tratamientos destinados a sacar veneno e infección del cuerpo, sangrando, purgando con lavativas, cortando o cauterizando los bubones o aplicando compresas calientes. Se recetaban también pócimas que contenían especias raras y polvo de esmeraldas o perlas, siguiendo la teoría, no desconocida en la medicina moderna, de que la sensación de curación de un paciente es directamente proporcional al coste del tratamiento. El único caso de  medicina preventiva lo tenemos en la manera en que Guy de Chauliac, médico de Clemente VI, aisló al supremo pontifice en sus apartamentos del palacio papal de Avignon, prohibiéndole terminantemente que recibiera visitas y haciéndole sentar en medio de dos grandes fuegos durante' todo el caluroso verano provenzal. El aislamiento y el calor infernal que reinaba en las habitaciones papales contribuyeron sin duda a. espantar las pulgas.
Para la gente en general sólo podía haber una explicación para la peste: la ira de Dios. Los planetas podían satisfacer a los doctores cultos, pero Dios estaba más cerca de la mente del hombre normal. Marco Villani comparó la peste con el Diluvio, y en realidad estaba  convencido de que se trataba del fin del mundo. El mismo Papa contribuyó a fomentar esta creencia del castigo divino cuando en una bula de septiembre habló de la «Pestilencia con la que Dios está castigando a sus gentes». Era lógico que la ausencia aparente de una causa material diese a la epidemia una cualidad siniestra y sobrenatural, de modo que por toda Europa surgieron leyendas que simbolizaban a  la peste en la forma de una doncella que entraba en las casas para llevarse a sus habitantes.
Por otro lado, la aceptación general de que se trataba de un castigo divino creó un extenso sentido de culpabilidad, porque para recibir tamaño castigo se tenía que haber cometido un crimen horrible. ¿Qué pecados habia en la conciencia del hombre del siglo XIV? En realidad, todos -codicia, avaricia, usura, materialismo, adulterio, blasfemia, falsedad, lujuria, etc.- porque cuando más se acercaba el final de la Edad Media, anunciándose el hombre moderno, más se alejaban las personas de las doctrinas cristianas.
Los esfuerzos para apaciguar la ira divina tomaron muchas formas, como cuando la ciudad de Ruan decidió prohibir todo aquello que pudiese ofender al Señor, como el juego, la bebida y las blasfemias. En todas partes se organizaron procesiones de penitencia, algunas de las cuales reunían a miles de personas y duraban hasta tres días. Estas procesiones acompañaron el avance de la peste, al tiempo que servían para aumentar el contagio. Cuando se hizo evidente esto último, fueron prohibidas por el Papa.
Algunos cronistas de la época se vieron desilusionados, pues creían que con el castigo divino de la peste mejoraría el comportamiento moral de las gentes. En general ocurrió todo lo contrario. Tal y como había ocurrido en la epidemia que asoló Atenas en el 430 a. C., según la narración de Tucídides, la gente se volvió más amoral como consecuencia del sufrimiento, y el comportamiento más licencioso. La anécdota de los fabricantes de dados para el juego, que a raíz de la peste se dedicaron a fabricar cuentas para rosarios, fue sólo eso, una anécdota. 

Agnolo di Tura, un cronista  de Siena, recoge magistralmente este miedo que se apoderó de todos anulando cualquier otro instinto; "El padre abandona al hijo" (nos cuenta), "la mujer al marido, un hermano a otro, porque esta plaga parecía comunicarse con el aliento y  la vista. Y asi morían. Y no se podía encontrar a nadie que enterrase a los muertos ni por amistad ni por dinero ... Y yo, Agnolo di Tura, llamado el Gordo, enterré a mis cinco hijos con mis propias manos, como tuvieron que hacer muchos otros al igual que yo".

"E non sonavano campane, e non si piangeva persona, fusse che danno si volesse, che quasi ogni persona aspettava la morte; e per sì fatto modo andava la cosa, che la gente non credeva, che nissuno ne rimanesse, e molti huomini credevano, e dicevano: questo è fine Mondo". (Agnolo di Tura)
Citemos también el testimonio de un monje franciscano en Sicilia quien dice:  "Los magistrados y notarios se niegan a venir a hacer el testamento de los agonizantes, y ni siquiera los sacerdotes quieren acudir a escuchar confesión", También encontramos parecidos testimonios en Inglaterra, donde para aliviar las perspectivas de una muerte sin los últimos ritos (no sólo por causa de negligencia del sacerdote, sino porque muchas muertes eran repentinas) un obispo dio permiso a los laicos para que se confesasen entre si, "como hacían los apóstoles", y si ningún  hombre estaba presente, incluso podía efectuar la confesión una mujer, y si no encontraba a ningún sacerdote para administrar la Extremaunción, "entonces la fe debe bastar", El mismo Papa Clemente VI se vio obligado a garantizar el perdón de los pecados a los que morían de peste, dado que tantos fueron desatendidos por los sacerdotes, "Y no doblaban las campanas" cuenta un cronista de Siena, "y nadie lloraba, no importa cuán grande su perdida, pues todos esperaban la muerte". Guy de Chauliac, observador serio y meticuloso, nos confirma la misma opinión: "El padre no visitaba al hijo, ni el hijo al padre. La caridad había muerto".
Pero también hubo excepciones. En Paris, según Jean de Venette, las monjas del Hotel Dieu, "no teniendo miedo a la muerte, atendían a los enfermos con toda dulzura y humildad". Las que  morían eran sustituidas por otras, hasta que la mayoría "descansaron en paz ".
Las manifestaciones de insolidaridad se produjeron no solamente entre las personas sino entre regiones y países. Así cuando la plaga entró en el norte de Francia, asentándose en Normandía, y, frenada por el invierno, concedió una falsa tregua a Picardía. Un monje de la abadía de Fourcament cuenta que "entonces la  mortandad era tan grande entre las gentes de Normandía que los de Picardía se burlaban de ellos". Fue por poco tiempo, desde luego. La misma reacción la encontramos en los escoceses, que también gracias al invierno gozaban de una tregua frente a la peste que provenía de Inglaterra. Encantados de saber que una enfermedad misteriosa estaba diezmando a las gentes del sur, reunieron un ejército para invadirles. Pero antes de que se pusiesen en movimiento la peste cayó sobre ellos, matando a la mayoría mientras que los supervivientes huían del pánico, diseminando la enfermedad por toda Escocia.
En muchas ciudades se ordenaron estrictas. medidas de cuarentena para evitar el contagio. Tan pronto como Pisa y Lucca fueron infectadas, la vecina ciudad de Pistoia prohibió que ninguno de sus ciudadanos que estuviese de viaje en las ciudades afectadas volviese a casa, y asimismo prohibió la importación de lino y de lana. El Dux y el consejo de Venecia ordenaron que se enterrase a los muertos en las islas y a una profundidad mínima de cinco pies, y organizaron un servicio de barcazas para transportar los cadáveres. Polonia estableció la cuarentena en sus fronteras, lo que proporcionó una relativa inmunidad. En Milán el arzobispo Giovanni Visconti tomó medidas draconianas de acuerdo con el estilo de su familia; ordenó que las tres primeras casas en las que apareció la peste fueran tapiadas con sus ocupantes  dentro, quedando sanos, enfermos y muertos encerrados en una misma tumba común. No se sabe si por la prontitud de sus medidas o por fortuna, Milán escapó con pocas muertes a la plaga.
Por otra parte se tuvieron que tomar medidas para paliar en lo posible la desmoralización de la gente, de manera que muchas ciudades prohibieron que tocasen las campanas en señal de duelo o que se pregonasen los fallecimientos como era costumbre. La ciudad de Siena impuso multas a todo aquel que llevase luto, con la única excepción de las viudas.
Es una gran verdad en la Historia que las desgracias nunca vienen solas. Bien pronto la hostilidad del hombre presionado por la peste se volvió contra los judíos.
Los primeros linchamientos comenzaron en la prima vera de 1348, justo después de las primeras muertes producidas por la peste. El cargo contra ellos era que estaban envenenando los pozos. Estos ataques tuvieron lugar en Narbona y Carcasona, donde los judíos fueron sacados de sus hogares y arrojados a enormes hogueras. El judío como eterno extranjero era el blanco más obvio. Era el fuera de la ley que se había separado voluntariamente del mundo cristiano, y a quien durante siglos se había hecho objeto de odio. . En cuanto a la acusación de envenenamiento de los pozos, también era antigua; aparece en la plaga de Atenas, mencionada más arriba, . cuando se dijo que el envenenamiento era obra de los espartanos. También se contaba con el ejemplo más reciente de la plaga de 1320-21, en la que se culpó a los leprosos, creyéndose que actuaban instigados por los judíos y el Rey de Granada en una gran conspiración para destruir a los cristianos. Cientos de leprosos fueron atrapados y quemados en Francia durante 1322, y los judíos fueron también duramente multados.
De manera que con la Peste Negra, los judíos fueron de nuevo la cabeza de turco.  En 1348 el Papa, viendo el sesgo que tomaba la situación, publicó una bula prohibiendo la matanza, el saqueo o la conversión forzosa de los judíos sin juicio previo, lo cual frenó los ataques en Avignon y en los estados papales, pero no en el norte. Las autoridades, en la mayoría de los casos, intentaron proteger a los judíos al principio, pero acabaron sucumbiendo a la presión popular.
En Saboya, donde se celebraron los primeros juicios formales en septiembre de 1348, se confiscó la propiedad de los judíos mientras estos permanecían en prisión esperando que se probasen las acusaciones que contra ellos se levantaron. Naturalmente las acusaciones fueron comprobadas mediante el método medieval a base de confesiones obtenidas mediante tortura. Existía una conspiración judía internacional con base en Toledo, de donde partían emisarios que llevaban el veneno escondido en pequeñas bolsas, así como instrucciones rabínicas sobre la forma de envenenar pozos y manantiales. Los judíos fueron encontrados culpables; once de ellos fueron quemados vivos y el resto de la comunidad judía tuvo que pagar un impuesto de ciento sesenta florines al mes durante seis años para seguir residiendo en la ciudad.  
Las confesiones obtenidas en Saboya, distribuidas por carta de ciudad en ciudad, formaron la base para una serie de ataques a lo largo y ancho de Suiza, Alsacia y Alemania. De nuevo el Papa intentó frenar la histeria con otra bula en la que decía que aquellos cristianos que inculpaban a los judíos de la peste habían sido seducidos y engañados por el diablo. Señalaba que la peste afectaba por igual a todo el mundo, incluidos los judíos, y que lugares donde no vivía ninguna comunidad judía la plaga era tan terrible como en el resto del mundo. Animó además al clero a acoger a los judíos bajo su protección, pero desgraciadamente su voz no fue oída. En Balisea, el nueve de enero de 1349, toda la comunidad judía, de varios cientos de personas, fue quemada en una casa de madera construida especialmente al efecto en una isla del Rin, y se emitió un decreto por el cual ningún judío podía volver a la ciudad en doscientos años. En Estrasburgo, el consejo municipal, que se oponía a la persecución, fue depuesto por el voto de los gremios y se eligió otro dispuesto a cumplir la voluntad popular. En febrero de 1349, antes de, que la peste alcanzase la ciudad, los judíos de Estrasburgo, en número de dos mil, fueron conducidos a un camposanto donde todos aquellos que no aceptaron la conversión fueron quemados en hogueras. 

Para entonces otra voz se estaba alzando contra los judíos. Los flagelantes habían hecho acto de aparición. Como súplica desesperada a la piedad de Dios, su movimiento surgió en un espasmo repentino que recorrió Europa con la misma rapidez que la peste.
La autoflagelación pretendía expresar remordimiento y expiar los pecados de la comunidad. Como forma de penitencia era muy anterior a la peste, pero nunca había tenido el auge que consiguió gracias a la plaga.
Organizados en grupos de doscientos o trescientos y a veces más (los cronistas mencionan hasta mil) iban de ciudad en ciudad, desnudos hasta la cintura, azotándose con látigos de cuero que acababan en púas de hierro. Mientras gritaban pidiendo perdón a Dios y piedad a Cristo y a la Virgen, las gentes de la ciudad en cuestión lloraban y se lamentaban con ellos. Estas bandas hacían funciones regulares tres veces al día, dos en público en la plaza de la iglesia y otra en privado. Organizados bajo el mando de un maestro laico durante un período de tiempo prefijado, que normalmente era de 33 días y medio para representar los años de Cristo en la Tierra, a los participantes se les exigía obediencia al maestro y mantenerse a sí mismos mediante el pago de una cantidad de dinero fijada de antemano.
Tenían prohibido bañarse, afeitarse, cambiarse de ropa, dormir en camas y hablar o tener relaciones sexuales con mujeres sin el permiso del maestro. Evidentemente esto último no se cumplía ya que los flagelantes fueron acusados más tarde de celebrar orgías en las que se mezclaban los azotes con el sexo; un buen caldo de cultivo para sadomasoquistas.  Las mujeres acompañaban a los grupos en secciones separadas, a la retaguardia. Si una mujer o un sacerdote entraban en el círculo donde se estaba celebrando la ceremonia de la flagelación, el acto de penitencia se consideraba nulo y debía comenzar de nuevo.
El movimiento era básicamente anticlerical, porque los flagelantes estaban usurpando el papel de los sacerdotes como intermediarios ante la justicia divina. Extendiéndose a través de los estados alemanes, esta nueva plaga avanzó hacia Flandes, los Países Bajos y Picardía, llegando hasta Reims. Centenares de bandas vagaban por estas tierras, entrando en nuevas ciudades cada semana. Los habitantes les recibían con reverencia, doblando las campanas de las iglesias y les ofrecían alojamiento en sus casas. Les llevaban a los niños enfermos para que los curasen y empapaban paños en la sangre de los flagelantes que después se aplicaban en los ojos y que conservaban como reliquias. Muy pronto los flagelantes marcharon tras magníficas enseñas bordadas en terciopelo y oro por mujeres entusiastas.



Creciendo en arrogancia, se mostraron en abierto antagonismo con la Iglesia. Los maestros asumieron el derecho de oír confesión y a conceder la absolución e imponer penitencia, lo cual amenazaba la autoridad eclesiástica. Los sacerdotes que intervenían oponiéndose a ellos eran lapidados y se incitaba al populacho a que tomase parte en estas lapidaciones. Empezaron a ser temidos como una fuente de fermento revolucionario y una amenaza a la clase propietaria, tanto laica como religiosa. El emperador Carlos IV pidió al Papa que suprimiese a los flagelantes y a ello se sumó la petición de la Universidad de París. Sin embargo, incluso en Avignon, varios cardenales se oponían a que se tomasen medidas contra ellos, quizá porque no estaban completamente seguros de si el movimiento recién surgido tenía el respaldo divino o no. Mientras tanto los flagelantes habían encontrado una nueva víctima. En cada ciudad donde entraban se dirigían al barrio judío seguidos por el populacho, aullando venganza contra los "envenenadores de pozos". En Friburgo, Augsburgo, Nüremberg, Munich, Könisberg, en otros centros los judíos fueron masacrados con una meticulosidad que parecía buscar el total exterminio de la raza. En Worms, en marzo de 1349, la comunidad judía, compuesta por unas cuatrocientas personas, volvió a una antigua tradición quemándose dentro de sus hogares, antes que ser muertos por sus enemigos. La comunidad más numerosa de Frankfurt am Maine siguió el mismo ejemplo, propagándose el incendio a gran parte de la ciudad. En Colonia, el consejo de la ciudad repitió el argumento del Papa de que los judíos eran víctimas de la peste como todo el mundo, pero los flagelantes reunieron una muchedumbre "de esos que no tienen nada que perder" y se  entregaron a su labor de matanzas y saqueos. En Maínz, que contaba con la comunidad judía más importante de Europa, sus miembros se decidieron por fin a defenderse. Con armas recogidas de antemano mataron a doscientas personas del populacho, un acto que sólo sirvió para aumentar la matanza por parte de los ciudadanos, enfurecidos por la muerte de cristianos. Los judíos lucharon hasta que se vieron perdidos. Entonces se encerraron en sus casas y les prendieron fuego. Se dijo que seis mil perecieron en Mainz aquel 24 de agosto de 1349. Pero el exterminio total es raro en la Historia. Algunos grupos se salvaron mediante la conversión y el principe Ruperto del Palatinado, junto con otros príncipes, protegió a grupos de refugiados. El duque Alberto II de Austria fue uno de los pocos gobernantes que tomó medidas eficaces para proteger a los judíos en su territorio. Los últimos progroms tuvieron lugar en Antwerp y en Bruselas, donde toda la comunidad judía fue exterminada en diciembre de 1349. Cuando acabó la peste quedaban muy pocos judíos en Alemania y los Países Bajos.
Por esas fechas la Iglesia ya estaba decidida a asumir el riesgo de actuar contra los flagelantes. Los magistrados ordenaron que se les cerrasen las puertas de las ciudades. Clemente VI, en una bula de octubre de 1349, pedía que se les dispersase o detuviese; la Universidad de París negó su pretensión de inspiración divina y Felipe VI rápidamente prohibió la flagelación en público bajo pena de muerte. Las autoridades locales persiguieron a los "maestros del error" atrapándolos, colgándolos y decapitándolos .. Los flagelantes se desbandaron y huyeron "desapareciendo tan rápidamente como habían surgido", escribió Enrique de Hereford, "como fantasmas nocturnos o espíritus burlones". En algunas partes quedaron algunas bandas, no siendo suprimidas totalmente hasta 1357.
Como espíritus sin hogar los judíos fueron regresando lentamente desde el Este de Europa donde se habían refugiado, pero volvieron en peores condiciones y más segregados que antes. El mito del envenenamiento y sus masacres habían convertido la imagen del judío malvado en un estereotipo. El período de florecimiento medieval de los judíos había acabado y las murallas del "ghetto" aunque no físicas, ya se habían levantado.
¿Cuál era la condición humana después de la peste? Simón de Covino creía que la peste había tenido un efecto lamentable sobre la moral, «disminuyendo la virtud en todo el mundo». Gilles li Muisis por el contrario, pensaba que se había mejorado la moral pública porque muchas parejas que antes vivían en concubinato ahora estaban casadas, aunque esto se debió en realidad a las nuevas ordenanzas municipales. La tasa de matrimonios creció indudablemente, aunque no por amor. Muchos aventureros se aprovecharon de las huérfanas para ganar inmensas fortunas en forma de dotes, de tal manera que la oligarquía de Siena prohibió el matrimonio de las huérfanas sin el consentimiento de la familia. En Inglaterra Piers Plowman se lamentaba de la gran cantidad de parejas que se habían casado desde la peste «por ansias de riquezas y contra los sentimientos naturales» uno de cuyos resultados, según él, fue el gran número de matrimonios estériles. Quizá esta conclusión de Plowman es la moraleja de un moralista más que la realidad, puesto que otro cronista, Jean de Venette, afirma exactamente lo contrario, que los matrimonios que siguieron a la plaga tuvieron descendencia muy numerosa. Esto también puede ser un intento de buscar un alivio a la merma de población tras la peste.
La gente no mejoró a consecuencia de la epidemia. tal como hubiese esperado Matteo Villani, quien decía que la ira de Dios debía convertirles en "mejores hombres, humildes, virtuosos y católicos". En lugar de ello "olvidaron el pasado como si nunca hubiese existido y se entregaron a una vida más desvergonzada y desordenada que la que llevaban antes".
Debido a la abundancia de bienes y alimentos y a la escasez de consumidores los precios se hundieron y los supervivientes de la peste se  entregaron a una orgía salvaje de despilfarro. Los pobres se mudaron a casas abandonadas, dormían en camas y comían en servicio de plata; los campesinos se apoderaban de las tierras que nadie reclamaba, así como del ganado, incluso de lagares, forjas o molinos que habían quedado sin dueño y de muchas otras cosas que nunca antes habían poseído. El comercio se había reducido pero había aumentado el nivel de líquido dado que había menos personas para repartirlo.
El comportamiento de las personas se volvió más despiadado y cruel, como ocurre a menudo tras un período de violencia y sufrimiento. Se culpó de ello a los advenedizos y nuevos ricos que presionaban desde abajo. Siena renovó sus leyes suntuarias en 1349 porque muchas personas aparentaban mayor rango del que les correspondía por nacimiento u ocupación. Un estudio de las recaudaciones de impuestos después de la peste nos indica que aunque la población estaba diezmada, las proporciones sociales seguían siendo las mismas.
Debido a los intestatos, las propiedades sin herederos, y las disputas en torno a tierras y edificios, se levantó una furiosa tormenta de litigios, agravada por la escasez de notarios. Los colonos o la Iglesia se apoderaron de los terrenos y propiedades abandonadas. El fraude y la extorsión practicada por los tutores sobre los huérfanos se convirtió en un escándalo generalizado.
El resultado más obvio e inmediato de la peste negra fue naturalmente la disminución de la población, que debido a las guerras, el bandolerismo y nuevos brotes de la plaga, declinó todavía más hacia finales del siglo XIV. La peste en sí fue una maldición para el siglo, que bajo la forma de su bacilo almacenado en los transmisores (ratas y pulgas) surgió seis veces más en los siguientes sesenta años. Después de matar a los más susceptibles de contagio, con un considerable aumento de la mortandad infantil en las últimas fases, remitió por fin, dejando a Europa con una población reducida en casi un cincuenta por ciento para finales del siglo. Baste decir, como ejemplo, que la ciudad de Beziers, en el sur de Francia, contaba con catorce mil habitantes en 1304 mientras que un siglo más tarde sólo tenía cuatro mil. Las florecientes ciudades de Carcasona y Montpellier quedaron reducidas a sombras de su prosperidad pasada, al igual que Ruan, Arrás, Laon y Reims en el norte. Al disminuir el número de personas que podían pagar impuestos, los gobernantes aumentaron su cuantía, lo que provocó el resentimento popular, que iba a estallar repetidas veces en las décadas posteriores a la peste.



Los valores relativos de tierra y trabajo se vieron completamente alterados. Los terratenientes, en un intento desesperado de mantener sus tierras cultivadas, reducían las rentas que debían pagar los campesinos o incluso llegaban a anularlas totalmente. Más valía no tener beneficios que no ceder de nuevo los terrenos a la Naturaleza. Pero a pesar de todo, dada la gran mortandad, las tierras cultivadas disminuyeron forzosamente, y los terratenientes empobrecidos desaparecieron abandonando sus mansiones y castillos para unirse a las bandas de mercenarios que iban a ser la maldición de los años siguientes. 
Cuando debido a la disminución en la población activa, disminuyó también la producción, los bienes y alimentos de todo tipo comenzaron a escasear y los precios se dispararon. En Francia se cuadruplicó el precio del trigo en 1350. Al mismo tiempo, con la escasez de la mano de obra vino el mayor malestar social bajo la forma de demandas concertadas de aumentos salariales. Tanto los campesinos como los obreros, artesanos, escribas y sacerdotes descubrieron el valor de ser pocos. En el curso del año que siguió al primer gran brote de la peste, los trabajadores textiles de St. Omer habían conseguido tres aumentos de sueldo seguidos, y los alfareros de Amiens reclamaban subidas por el estilo. En muchos gremios los artesanos se declararon en huelga pidiendo más dinero y menos horas de trabajo.
En una época en la que el orden social se consideraba inamovible, acciones de ese tipo eran revolucionarias. La respuesta de los gobernantes fue la represión instantánea. En un esfuerzo por mantener los salarios al mismo nivel que antes de la peste, los ingleses promulgaron una ley en 1349 ordenando a todo el mundo trabajar por los mismos salarios que regían en 1347. Un estatuto francés de 1351, más realista, y aplicado a la región de Paris, permitía una subida de los salarios que no excediese en más de un tercio al nivel anterior; se fijaron además los precios y se regularon los beneficios de los intermediarios, y para aumentar la producción se ordenó que los gremios no fuesen tan estrictos en las restricciones acerca del número de aprendices y que se acortase el período de tiempo necesario para llegar a ser maestro artesano. Pero aun así, los conflictos laborales habían comenzado y los viejos lazos de unión medievales entre señor y campesino, noble. y artesano, se empezaban a aflojar y se irían repitiendo las luchas a lo largo de lo que quedaba del malhadado siglo XIV. Por un lado la educación sufrió seriamente debido a las  pérdidas que la peste produjo en el clero, que como se recordará, constituía la casi totalidad de la clase docente en la Edad Media. En Francia, de acuerdo con Jean de Venette, «pocos se encontraban en las casas, villas o castillos que pudiesen enseñar gramática a los niños». Para ocupar los puestos vacantes la Iglesia ordenaba sacerdotes a mansalva; muchos de ellos, hombres que habían perdido a sus familias en la epidemia y que buscaban en los hábitos un refugio y que apenas sabían leer y escribir.

Por un impulso contrario, se estimuló la creación de universidades como medio para conservar los conocimientos y la cultura, gravemente amenazados por la peste. Especialmente el emperador Carlos IV, un intelectual, se preocupó de la posible desaparición .del saber debido a la "loca rabia de la muerte pestilente" (según sus palabras) que había asolado al mundo. Fundó la Universidad de Praga en el año 1348, el mismo de la peste, y en los cinco años siguientes dio el respaldo imperial a las universidades de Orange, Perugia, Siena, Pavía y Lucca. En estos mismos años tres nuevos colegios universitarios fueron creados en Cambridge -Gonville Hall, Trinity Hall y Corpus Christi- aunque la causa de estas fundaciones no siempre fuese el amor a la cultura. El Corpus Christi fue creado en 1352 porque las tarifas de las misas de difuntos habían subido de tal modo después de la peste que dos gremios de Cambridge decidieron establecer un colegio universitario cuyos doctores se encargasen, en su calidad de sacerdotes, de orar por los difuntos de ambas corporaciones.
De todas maneras, las universidades también sufrieron el peso de la epidemia y en Oxford se escuchaban lamentaciones en los sermones por la falta de alumnos, mientras que en Bolonia, veinte años después de la plaga, el gran Petrarca se dolía en una serie de cartas tituladas "Sobre cosas viejas": donde antes no había "nada más alegre en el mundo ni más libre", ahora casi ninguno de los antiguos grandes maestros quedaba con vida, y en lugar de tan grandes genios "una ignorancia universal se había apoderado de la ciudad". Aunque hay que reconocer que de esto no sólo era culpable la peste, sino también la guerra y otros problemas. 
El sentimiento de pecado producido por la peste encontró alivio en la indulgencia plenaria ofrecida en el año del Jubileo de 1350 para todos aquellos que emprendiesen la peregrinación a Roma. El Jubileo, establecido por Bonifacio VIII en 1300, en principio estaba destinado a tener lugar cada cien años, pero el primero constituyó un éxito. tan grande -visitaron, según las crónicas, dos millones de peregrinos la Ciudad Santa- que Roma, empobrecida por la marcha de la corte papal a Avignon, rogó a Clemente VI que acortase el intervalo a cincuenta años. El Papa era de la opinión de que «un pontífice debe hacer feliz a sus súbditos» y les concedió lo que pedían. Así en 1350 los peregrinos se agolparon en los caminos que llevaban a Roma y se dijo que cada día entraron o salieron de la ciudad cinco mil personas. En cuanto a la Iglesia, emergió de la peste más rica y mas impopular que antes. Cuando todos estaban amenazados por la muerte repentina y con la perspectiva de irse al otro mundo en estado de pecado, el resultado fue un flujo de donaciones a instituciones religiosas tal y como no se había conocido hasta entonces. El convento de St. Germain L'Auxerrois, por ejemplo, recibió cuarenta y nueve herencias en seis meses, comparadas con las setenta y ocho de los ocho años anteriores. En Florencia la Compagnia de San Michele recibió trescientos cincuenta mil florines en concepto de limosnas para los pobres, aunque en este caso se acusó a los dirigentes de la compañía de usar el dinero para sus propios fines, a lo que ellos alegaron que los pobres y necesitados ya no necesitaban el dinero porque estaban muertos.
Enriquecidas por los donativos, las órdenes religiosas levantaron más animadversión de la que ya había contra ellas. Cuando Knighton se hace eco del fallecimiento de ciento cincuenta franciscanos, víctimas de la peste, en Marsella, añade "bene quidem" (buena cosa); y de los siete frailes que sobrevivieron de ciento sesenta que había en Maguelonne escribió «y con esos hubo bastante». Las órdenes mendicantes no podían ser perdonadas por abrazar el culto al dinero. Así la peste aceleró el descontento con la Iglesia, en el momento en que la gente necesitaba más apoyo espiritual. Clemente VI, al que no podemos llamar un hombre espiritual, se impresionó lo bastante con el mal comportamiento del clero durante la peste como para estallar furioso contra sus prelados. que le pedían en 1351 que aboliese las órdenes mendicantes. "Si lo hiciese" (replicó el Papa) "¿Qué podríais predicar a la gente? Si es sobre humildad, vosotros sois los más orgullosos del mundo, creídos y pomposos. Si es sobre pobreza, sois tan codiciosos que todos los beneficios os parecen poco. Si es sobre la castidad -pero no hablaremos de esto, porque Dios sabe lo que hace cada hombre y cómo algunos de vosotros satisfacéis vuestros deseos." Con esta triste opinión de sus clérigos falleció el Papa un año después. "Cuando los que tienen el título de pastores hacen el papel de lobos, la herejía crece en el jardín de la Iglesia", escribió Lothar de Sajonia.
Los supervivientes de la peste negra se encontraron con que no habían sido exterminados, pero tampoco habían mejorado, y por ello no podían encontrar un propósito divino en todo lo que habían sufrido. Si un desastre de esa magnitud era un pacto caprichoso de Dios o sencillamente no era obra divina, entonces todos los valores absolutos del hombre medieval se tambaleaban. Las mentes que se atrevían a hacerse estas reflexiones no podían volver atrás. El giro hacia la conciencia individual. Quedaba en el horizonte. En este punto la peste puede haber sido uno de los precipitantes del nacimiento del hombre moderno.
Pero entonces sólo dejó miedo, tensión y tristeza. Aceleró la conmutación de los servicios laborales en las tierras y profundizó el antagonismo entre ricos y pobres. Aumentó la hostilidad humana.
El estado de la Europa medieval después de la peste queda reflejado en el caso particular de Siena, que perdió la mitad de su población y donde se abandonaron las obras de la Gran Catedral (que iba a ser la mayor del mundo) para no reanudarse nunca más debido a la falta de mano de obra, de maestros masones y a la melancolía y pena de los supervivientes....
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https://www.eldiario.es/economia/historia-consecuencias-economicas-epidemias-historicas_1_1031167.html
https://historia.nationalgeographic.com.es/a/ensenanzas-pandemia-peste-negra_15238
https://es.wikipedia.org/wiki/Consecuencias_de_la_peste_negra
https://www.elboletin.com/noticia/187930/contraportada/las-consecuencias-de-la-muerte-negra:-un-siglo-de-estancamiento-poblacional-y-fin-de-la-servidumbre.html
https://www.lavanguardia.com/historiayvida/edad-media/20170217/47311697782/como-cambio-a-europa-la-peste-negra.html