
En
el año 1346 llegaron a Europa rumores de una terrible epidemia,
supuestamente surgida en China, que a través del Asia Central se había
extendido a la India, Persia, Mesopotamia, Siria, Egipto y Asia Menor.
Se habla de regiones enteras que habían quedado despobladas, de forma
que hasta el Papa Clemente VI en Avignon se muestra interesado por el
tema, y reuniendo los informes que van llegando, calcula que el número
de victimas de be ascender a casi veinticuatro millones de personas.
Sin embargo, como en aquel entonces se desconocía el concepto de
contagio, no hubo ninguna alarma en Europa hasta que la peste fue
introducida en Italia por los barcos genoveses y venecianos que venían
del mar Negro; La peste aparece en Italia en octubre de 1347, Y para
enero del año siguiente ya ha penetrado en Francia, vía Marsella, y ha
llegado hasta el Norte de Africa. La rata negra, buena pasajera de los
barcos, la va extendiendo a lo largo de las costas y ríos navegables. Al
mismo tiempo que penetra en España, en Italia alcanza Roma y
Florencia, y llega a Paris en junio de 1348, pasando poco más tarde a
Inglaterra a través del Canal de la Mancha. Ese mismo verano llega a
Suiza y por el Este se extiende hasta Hungría.
En 1349 la peste reaparece en Paris, se extiende por Picardia, Flandes y los Países Bajos; de Inglaterra pisa a Escocia e Irlanda, asi como Noruega donde, procedente de Inglaterra, llega un barco fantasma con un cargamento de lana y toda la tripulación muerta, que embarranca cerca de Bergen. Desde Noruega se extiende la epidemia a Suecia, Dinamarca, Prusia e Islandia, llegando incluso hasta Groenlandia. Deja una extraña bolsa de inmunidad en Bohemia y alcanza Rusia en 1351, aunque el primer brote ya había remitido en casi toda Europa a mediados de 1350.Aunque
el número de víctimas varió desde un quinto de la población en algunos
lugares hasta la casi total exterminación en otros, los investigadores
modernos han llegado a aceptar como estimación más aproximada la cifra
que nos da Froissart en su crónica, es decir, un tercio de la
población, aproximadamente, desde la India hasta Islandia. En realidad
Froissart tomó esta cifra del Apocalipsis de San Juan, la lectura
preferida en aquellos duros tiempos.
Un tercio de la población de Europa en aquella época equivaldría a unos veinte millones de personas. En realidad es imposible saber el número de víctimas con exactitud, porque en este tema los cronistas de la época no son de fiar y hay que recurrir a otras fuentes, como recaudaciones de impuestos, censos o los escasos documentos que se conservan de las iglesias en los que se recogen nacimientos y defunciones. Tomemos como ejemplo Avignon, sede de la corte papal; se calcula que morían diariamente unas cuatrocientas personas y que unas síete mil casas quedaron deshabitadas. Los cronistas, impresionados sin duda por la acumulación de cadáveres, dan cifras exorbitantes al elevar el número total de muertos a sesenta y dos mil o incluso a ciento veinte mil, cuando la población total de la ciudad no pasaba seguramente de cincuenta mil habitantes.
Conviene recordar que las mayores ciudades de Europa, con una población de unos cien mil habitantes, eran París, Florencia, Venecia y Génova. Después venían Gante, Brujas, Milán, Palermo, Bolonia, Roma. Nápoles y Colonia, con más de cincuenta mil. Londres se acercaba a esta cifra junto con Burdeos, Tolousse, Montpellier, Lyon, Barcelona, Sevilla, Toledo, Siena y Pisa. Por todas estas ciudades la peste pasó matando de un tercio a dos tercios de los habitantes.
Italia, con una población de diez u once millones de personas, fue la que padeció más duramente sus efectos. En Florencia podemos decir que «llovía sobre mojado»; como consecuencia del inicio de lo que sería la Guerra de los Cien Años, las principales casas bancarias florentinas, los Bardi y Peruzzi, fueron a la bancarrota cuando Eduardo III de Inglaterra no pudo devolver los empréstitos que le habían concedido para la primera campaña (años 1343-44). Siguieron años de malas cosechas y con ellos apareció el hambre y se produjeron revueltas de campesinos y trabajadores; después la peste mató de tres a cuatro quintos de la población de esta ciudad, una de las más importantes de Italia. Venecia perdió dos tercios de sus habitantes y en Pisa morían quinientas personas al día.
Además, la primera aparición de la peste coincidió con un terrible terremoto que asoló Italia desde Nápoles a Venecia, dejando un rastro de destrucción que colaboró a aumentar la psicosis de fin del mundo.
En general la mortandad fue enorme en toda Europa; las ciudades estaban más expuestas a la epidemia, por ser centros de comunicación y dado el hacinamiento en que se vivía, sobre todo en los barrios pobres. París, por ejemplo, perdió a la mitad de sus habitantes. De todas maneras, se ha comprobado que el índice de mortandad en las aldeas, una vez que aparecía en ellas la peste, era igualmente alto.
En los sitios cerrados, tales como los monasterios o las prisiones, la infección de una persona normalmente significaba la de todos, como ocurrió en los conventos franciscanos de Carcasona y Marsella, en los cuales toda la comunidad murió. De los 140 frailes dominicos que había en Montpellier sólo sobrevivieron siete. El hermano de Petrarca, Gerardo, miembro de un monasterio de cartujos, enterró a su prior y a treinta y cuatro compañeros, uno por uno, hasta que se quedó solo con su perro y huyó a buscar refugio en otra parte. En Kilkenny, Irlanda, el hermano John Clyn de los frailes Menores también se encontró solo, rodeado de compañeros muertos, pero escribió una crónica de lo que había sucedido para que no ocurriera que «...las cosas que deben ser recordadas parezcan con el tiempo y sean borradas del recuerdo de quienes vendrán tras nosotros». Creía que el mundo entero estaba en poder del demonio y, esperando morir a su vez, escribió: «Dejo pergamino para continuar este trabajo, por si alguien sobrevive y cualquiera de la raza de Adán escapa a la peste y continúa la labor que yo he comenzado». El hermano John, tal como escribió otra mano, murió de la peste, pero escapó al olvido.

En
todas partes se observó que la peste afectaba más a los pobres que a
los ricos. El cronista escocés John de Fordun afirma llanamente que la
peste «atacaba especialmente a las clases humildes y raramente a los
magnates». La misma observación hace Simón de Covino en Montpellier.
Este aumento de la mortandad se debia, además de la penuria de medios
de subsistencia, al hacinamiento y a la completa ausencia de medidas
sanitarias en las viviendas de las clases más humildes.
Aunque
la tasa de mortandad fuese mayor entre los pobres, los grandes también
sufrieron el azote de la peste. El rey Alfonso XI de Castilla, el
vencedor de Salado, fue el único monarca reinante que murió de la
peste, pero su vecino Pedro de Aragón perdió a su mujer Leonora, a su
hija y a una sobrina, en el espacio de seis meses. El emperador de
Bizancio, Juan Cantacuzeno, perdió a su hijo. En Francia murieron la
reina coja Juana y su nuera, la esposa del Delfin, ambas en 1349.
También
murió la reina de Navarra. La segunda hija de Eduardo III de
Inglaterra, que iba a casarse con el heredero de Castilla -el futuro
Pedro el Cruel-, murió en Burdeos cuando se dirigía hacia su boda. Las
mujeres parecen haber sido más vulnerables que los hombres, quizá
porque al estar más recluidas en el hogar estaban más expuestas a las
pulgas. Así murió la amante de Boccaccio, hija ilegítima del rey de
Nápoles; y también Laura, la amada real o imaginaria de Petrarca.
Entre
los médicos la mortaridad fue naturalmente más alta: de veinticuatro
médicos que había en Venecia, veinte fueron víctImas de la epidemia,
aunque las malas lenguas murmuraron que algunos de estos supuestos
mártires de su deber habían huido de la ciudad o se habían escondido en
sus casas. En Montpellier, sede de la principal escuela médica de la
época, Simón de Cavino testifica que a pesar del gran número de médicos
y estudiantes que allí había, muy pocos sobrevivieron al azote de la
peste.
En
cuanto al clero, la mortandad varió según el rango. La única excepción
a esta regla fue la muerte de un tercio de los cardenales, pero ello
se debió más bien a que se encontraban concentrados en la corte papal
en Avignon. Entre los obispos se calcula que murió uno de cada veinte;
en cambio los sacerdotes sufrieron igual que el pueblo llano, aunque en
muchos lugares abandonaron sus deberes y huyeron por miedo al
contagio. Por una extraña y siniestra coincidencia, en Inglaterra
murieron sucesivamente el arzobispo de Canterbury, en agosto de 1348,
su sucesor en mayo de 1349, y el siguiente candidato tres meses más
tarde. Suponemos que pocos estarían dispuestos a ocupar el más alto
cargo eclesiástico de Inglaterra después de esta cadena de muertes.
Los
campesinos caían muertos en los campos, en los caminos o en sus casas,
y los que sobrevivían se hallaban presos de una apatía total, dejando
el trigo maduro sin segar y el ganado desatendido. Esto ponía en
peligro la economia del siglo, que dependía de la cosecha de cada año
para comer y para hacer la siembra del año siguiente. La disminución
alarmante de la mano de obra bien pronto se hizo patente y acarrearía
graves problemas que examinaremos más adelante. «Quedaron tan pocos
siervos y trabajadores que nadie sabía a quien pedir ayuda» escribió
Knigbton. La idea de . un futuro sin futuro -valga la redundancia- creó
un sentimiento de demencia y desesperación. Un cronista bávaro cuenta
que «los hombres y las mujeres deambulaban como si estuviesen locos y
dejaban que su ganado se perdiese porque ya nadie quería preocuparse
por el futuro».
En
cierto modo la respuesta emocional de la gente se vio embotada ante
tanto horror y, tal como escribió otro testigo de la catástrofe: «En
aquellos días había entierros sin pena y matrimonios sin amor».
Se
desconoce qué fue lo que causó esta epidemia, la más terrible de la
historia, pero ahora se cree que su origen geográfico no estuvo en
China, sino en algún lugar de Asia Central y que desde allí se extendió
por la ruta de las caravanas hasta llegar al mar Negro y luego a
Europa. El origen chino fue una noción equivocada del siglo XIV,
basada en informes verdaderos pero retrasados que se referían a las
grandes calamidades ocurridas en China -peste, hambre e inundaciones- a
principios de la década de 1330, demasiado pronto por tanto para estar
relacionadas con la peste que aparece en la India en 1346. El enemigo
fantasma no tenía nombre y sólo empezó a conocérsele como la peste
negra en citas posteriores. Durante la primera eclosión de la epidemia
se le nombra como la gran mortandad o la peste a secas. Para empeorar
las cosas llegaban a los oídos de los atemorizados europeos relatos
desde Oriente en los que se hablaba de furiosas tempestades de fuego
que arrasaban todo lo que encontraban a su paso, y se
decía que los vientos provocados por estas lluvias de fuego eran los
que habían traído la peste a Europa. También se culpó al terremoto
antes mencionado de liberar gases pestilentes y sulfurosos del interior
de la tierra; o bien se decía que la epidemia era la evidencia de una
lucha titánica entre los planetas y los océanos, cuyo resultado había
sido la evaporación de grandes masas de agua, lo que había hecho morir
millones de peces que con su olor putrefacto habían corrompido el aire.
Como se ve, todas estas explicaciones tenían en común el factor del
aire envenenado, de las espesas nieblas y de las malignas influencias de los planetas.
El
misterio del contagio era el más temible de los terrores. La gente se
dio cuenta rápidamente de que la enfermedad se propagaba por el
contacto con los enfermos, con sus ropas o sus cadáveres y también con sus casas. ¿Cómo? y ¿por qué? eran las preguntas claves que nadie acertaba a responder.
Gentile
da Foligno, doctor en Medicina por la Universidades de Bolonia y
Padua, se aproximó al concepto de infección respiratoria cuando afirmó
que mediante la respiración se introducía materia venenosa en la
persona. Pero al desconocer la existencia de los microbios, dedujo que
el aire estaba envenenado por influencias planetarias. La desesperada
búsqueda de explicaciones dio lugar a teorías tan peregrinas como la
del contagio por la vista; pero tampoco debemos reír demasiado si
pensamos solamente en los intentos que recientemente se han llevado a
cabo para explicar el envenamiento del aceite de colza. Los médicos
medievales, luchando con la evidencia, no podían desdeñar los términos y
límites de la astrología, a la que creían estaba sujeto todo ser
humano. La medicina era quizás el único aspecto de la vida medieval que
escapaba al dominio de la doctrina cristiana, en parte debido a la
gran influencia a que sobre ella tenía el mundo árabe. Guy de Chauliac,
que fue médico de tres papas, practicaba de acuerdo con el Zodíaco.
En
octubre de 1348, Felipe VI pidió a la Facultad de Medicina de París
que se definiese sobre las causas que habían provocado la temible
epidemia de la peste, que parecía amenazar con el exterminio de la
Humanidad. Con cuidadosas tesis, antítesis y pruebas,
los doctores dictaminaron que su origen se debía a una triple
conjunción de Saturno, Júpiter y Marte en el grado cuarenta de Acuario,
ocurrida el veinte de marzo de 1345. Este veredicto se convirtió en la
versión oficial y fue reproducido y traducido a diversos idiomas,
llegando a ser aceptado incluso por los médicos árabes de Córdoba y Granada.
Naturalmente
se intentaron llevar a cabo algunas medidas destinadas a la curación
de los enfermos, pero casi todas ellas iban muy mal encaminadas. Los
médicos efectuaban tratamientos destinados a sacar veneno e infección
del cuerpo, sangrando, purgando con lavativas, cortando o cauterizando
los bubones o aplicando compresas calientes. Se recetaban también
pócimas que contenían especias raras y polvo de esmeraldas o perlas,
siguiendo la teoría, no desconocida en la medicina moderna, de que la
sensación de curación de un paciente es directamente proporcional al
coste del tratamiento. El único caso de medicina preventiva lo tenemos
en la manera en que Guy de Chauliac, médico de Clemente VI, aisló al
supremo pontifice en sus apartamentos del palacio papal de Avignon,
prohibiéndole terminantemente que recibiera visitas y haciéndole sentar
en medio de dos grandes fuegos durante' todo el caluroso verano
provenzal. El aislamiento y el calor infernal que reinaba en las
habitaciones papales contribuyeron sin duda a. espantar las pulgas.

Para
la gente en general sólo podía haber una explicación para la peste: la
ira de Dios. Los planetas podían satisfacer a los doctores cultos,
pero Dios estaba más cerca de la mente del hombre normal. Marco Villani
comparó la peste con el Diluvio, y en realidad estaba convencido de
que se trataba del fin del mundo. El mismo Papa contribuyó a fomentar
esta creencia del castigo divino cuando en una bula de septiembre habló
de la «Pestilencia con la que Dios está castigando a sus gentes». Era
lógico que la ausencia aparente de una causa material diese a la
epidemia una cualidad siniestra y sobrenatural, de modo que por toda
Europa surgieron leyendas que simbolizaban a la peste en la forma de una doncella que entraba en las casas para llevarse a sus habitantes.
Por
otro lado, la aceptación general de que se trataba de un castigo
divino creó un extenso sentido de culpabilidad, porque para recibir
tamaño castigo se tenía que haber cometido un crimen horrible. ¿Qué
pecados habia en la conciencia del hombre del siglo XIV? En realidad,
todos -codicia, avaricia, usura, materialismo, adulterio, blasfemia,
falsedad, lujuria, etc.- porque cuando más se acercaba el final de la
Edad Media, anunciándose el hombre moderno, más se alejaban las
personas de las doctrinas cristianas.
Los
esfuerzos para apaciguar la ira divina tomaron muchas formas, como
cuando la ciudad de Ruan decidió prohibir todo aquello que pudiese
ofender al Señor, como el juego, la bebida y las blasfemias. En todas
partes se organizaron procesiones de penitencia, algunas de las cuales
reunían a miles de personas y duraban hasta tres días. Estas
procesiones acompañaron el avance de la peste, al tiempo que servían
para aumentar el contagio. Cuando se hizo evidente esto último, fueron
prohibidas por el Papa.
Algunos
cronistas de la época se vieron desilusionados, pues creían que con el
castigo divino de la peste mejoraría el comportamiento moral de las
gentes. En general ocurrió todo lo contrario. Tal y como había ocurrido
en la epidemia que asoló Atenas en el 430 a. C., según la narración de
Tucídides, la gente se volvió más amoral como consecuencia del
sufrimiento, y el comportamiento más licencioso. La anécdota de los
fabricantes de dados para el juego, que a raíz de la peste se dedicaron
a fabricar cuentas para rosarios, fue sólo eso, una anécdota.
Agnolo
di Tura, un cronista de Siena, recoge magistralmente este miedo que
se apoderó de todos anulando cualquier otro instinto; "El padre
abandona al hijo" (nos cuenta), "la mujer al marido, un hermano a otro,
porque esta plaga parecía comunicarse con el aliento y la vista. Y
asi morían. Y no se podía encontrar a nadie que enterrase a los muertos
ni por amistad ni por dinero ... Y yo,
Agnolo di Tura, llamado el Gordo, enterré a mis cinco hijos con mis
propias manos, como tuvieron que hacer muchos otros al igual que yo".
"E
non sonavano campane, e non si piangeva persona, fusse che danno si
volesse, che quasi ogni persona aspettava la morte; e per sì fatto
modo andava la cosa, che la gente non credeva, che nissuno ne
rimanesse, e molti huomini credevano, e dicevano: questo è fine
Mondo". (Agnolo di Tura)
Citemos
también el testimonio de un monje franciscano en Sicilia quien dice: "Los magistrados y notarios se niegan a venir a hacer el testamento de
los agonizantes, y ni siquiera los sacerdotes quieren acudir a escuchar
confesión", También encontramos parecidos testimonios en Inglaterra,
donde para aliviar las perspectivas de una muerte sin los últimos ritos (no sólo por causa de negligencia del sacerdote, sino porque muchas
muertes eran repentinas) un obispo dio permiso a los laicos para que se
confesasen entre si, "como hacían los apóstoles", y si ningún hombre
estaba presente, incluso podía efectuar la confesión una mujer, y si no
encontraba a ningún sacerdote para administrar la Extremaunción, "entonces la fe debe bastar", El mismo Papa Clemente VI se vio obligado
a garantizar el perdón de los pecados a los que morían de peste, dado
que tantos fueron desatendidos por los sacerdotes, "Y no doblaban las
campanas" cuenta un cronista de Siena, "y nadie lloraba, no importa
cuán grande su perdida, pues todos esperaban la muerte". Guy de
Chauliac, observador serio y meticuloso, nos confirma la misma opinión: "El padre no visitaba al hijo, ni el hijo al padre. La caridad había
muerto".
Pero también hubo excepciones. En Paris, según Jean
de Venette, las monjas del Hotel Dieu, "no teniendo miedo a la muerte,
atendían a los enfermos con toda dulzura y humildad". Las que morían
eran sustituidas por otras, hasta que la mayoría "descansaron en paz ".
Las
manifestaciones de insolidaridad se produjeron no solamente entre las
personas sino entre regiones y países. Así cuando la plaga entró en el
norte de Francia, asentándose en Normandía, y, frenada por el invierno,
concedió una falsa tregua a Picardía. Un monje de la abadía de
Fourcament cuenta que "entonces la mortandad era tan grande entre las
gentes de Normandía que los de Picardía se burlaban de ellos". Fue por
poco tiempo, desde luego. La misma reacción la encontramos en los
escoceses, que también gracias al invierno gozaban de una tregua frente
a la peste que provenía de Inglaterra. Encantados de saber que una
enfermedad misteriosa estaba diezmando a las gentes del sur, reunieron
un ejército para invadirles. Pero antes de que se pusiesen en
movimiento la peste cayó sobre ellos, matando a la mayoría mientras que
los supervivientes huían del pánico, diseminando la enfermedad por
toda Escocia.
En
muchas ciudades se ordenaron estrictas. medidas de cuarentena para
evitar el contagio. Tan pronto como Pisa y Lucca fueron infectadas, la
vecina ciudad de Pistoia prohibió que ninguno de sus ciudadanos que
estuviese de viaje en las ciudades afectadas volviese a casa, y
asimismo prohibió la importación de lino y de lana. El Dux y el consejo
de Venecia ordenaron que se enterrase a los muertos en las islas y a
una profundidad mínima de cinco pies, y organizaron un servicio de
barcazas para transportar los cadáveres. Polonia estableció la
cuarentena en sus fronteras, lo que proporcionó una relativa inmunidad.
En Milán el arzobispo Giovanni Visconti tomó medidas draconianas de
acuerdo con el estilo de su familia; ordenó que las tres primeras casas
en las que apareció la peste fueran tapiadas con sus ocupantes dentro,
quedando sanos, enfermos y muertos encerrados en una misma tumba
común. No se sabe si por la prontitud de sus medidas o por fortuna,
Milán escapó con pocas muertes a la plaga.
Por
otra parte se tuvieron que tomar medidas para paliar en lo posible la
desmoralización de la gente, de manera que muchas ciudades prohibieron
que tocasen las campanas en señal de duelo o que se pregonasen los
fallecimientos como era costumbre. La ciudad de Siena impuso multas a
todo aquel que llevase luto, con la única excepción de las viudas.

Es
una gran verdad en la Historia que las desgracias nunca vienen solas.
Bien pronto la hostilidad del hombre presionado por la peste se volvió
contra los judíos.
Los
primeros linchamientos comenzaron en la prima vera de 1348, justo
después de las primeras muertes producidas por la peste. El cargo
contra ellos era que estaban envenenando los pozos. Estos ataques
tuvieron lugar en Narbona y Carcasona, donde los judíos fueron sacados
de sus hogares y arrojados a enormes hogueras. El judío como eterno
extranjero era el blanco más obvio. Era el fuera de la ley que se había
separado voluntariamente del mundo cristiano, y a quien durante siglos
se había hecho objeto de odio. . En cuanto a la acusación de
envenenamiento de los pozos, también era antigua; aparece en la plaga de
Atenas, mencionada más arriba, . cuando se dijo que el envenenamiento
era obra de los espartanos. También se contaba con el ejemplo más
reciente de la plaga de 1320-21, en la que se culpó a los leprosos,
creyéndose que actuaban instigados por los judíos y el Rey de Granada
en una gran conspiración para destruir a los cristianos. Cientos de
leprosos fueron atrapados y quemados en Francia durante 1322, y los
judíos fueron también duramente multados.
De
manera que con la Peste Negra, los judíos fueron de nuevo la cabeza de
turco. En 1348 el Papa, viendo el sesgo que tomaba la situación,
publicó una bula prohibiendo la matanza, el saqueo o la conversión
forzosa de los judíos sin juicio previo, lo cual frenó los ataques en
Avignon y en los estados papales, pero no en el norte. Las autoridades,
en la mayoría de los casos, intentaron proteger a los judíos al
principio, pero acabaron sucumbiendo a la presión popular.
En
Saboya, donde se celebraron los primeros juicios formales en
septiembre de 1348, se confiscó la propiedad de los judíos mientras
estos permanecían en prisión esperando que se probasen las acusaciones
que contra ellos se levantaron. Naturalmente las acusaciones fueron
comprobadas mediante el método medieval a base de confesiones obtenidas
mediante tortura. Existía una conspiración judía internacional con
base en Toledo, de donde partían emisarios que llevaban el veneno
escondido en pequeñas bolsas, así como instrucciones rabínicas sobre la
forma de envenenar pozos y manantiales. Los judíos fueron encontrados
culpables; once de ellos fueron quemados vivos y el resto de la
comunidad judía tuvo que pagar un impuesto de ciento sesenta florines
al mes durante seis años para seguir residiendo en la ciudad.
Las
confesiones obtenidas en Saboya, distribuidas por carta de ciudad en
ciudad, formaron la base para una serie de ataques a lo largo y ancho
de Suiza, Alsacia y Alemania. De nuevo el Papa intentó frenar la
histeria con otra bula en la que decía que aquellos cristianos que
inculpaban a los judíos de la peste habían sido seducidos y engañados
por el diablo. Señalaba que la peste afectaba por igual a todo el
mundo, incluidos los judíos, y que lugares donde no vivía ninguna
comunidad judía la plaga era tan terrible como en el resto del mundo.
Animó además al clero a acoger a los judíos bajo su protección, pero
desgraciadamente su voz no fue oída. En Balisea, el nueve de enero de
1349, toda la comunidad judía, de varios cientos de personas, fue
quemada en una casa de madera construida especialmente al efecto en una
isla del Rin, y se emitió un decreto por el cual ningún judío podía
volver a la ciudad en doscientos años. En Estrasburgo, el consejo
municipal, que se oponía a la persecución, fue depuesto por el voto de
los gremios y se eligió otro dispuesto a cumplir la voluntad popular.
En febrero de 1349, antes de, que la peste alcanzase la ciudad, los
judíos de Estrasburgo, en número de dos mil, fueron conducidos a un
camposanto donde todos aquellos que no aceptaron la conversión fueron
quemados en hogueras.

Para
entonces otra voz se estaba alzando contra los judíos. Los flagelantes
habían hecho acto de aparición. Como súplica desesperada a la piedad
de Dios, su movimiento surgió en un espasmo repentino que recorrió
Europa con la misma rapidez que la peste.
La
autoflagelación pretendía expresar remordimiento y expiar los pecados
de la comunidad. Como forma de penitencia era muy anterior a la peste,
pero nunca había tenido el auge que consiguió gracias a la plaga.
Organizados
en grupos de doscientos o trescientos y a veces más (los cronistas
mencionan hasta mil) iban de ciudad en ciudad, desnudos hasta la
cintura, azotándose con látigos de cuero que acababan en púas de
hierro. Mientras gritaban pidiendo perdón a Dios y piedad a Cristo y a
la Virgen, las gentes de la ciudad en cuestión lloraban y se lamentaban
con ellos. Estas bandas hacían funciones regulares tres veces al día,
dos en público en la plaza de la iglesia y otra en privado. Organizados
bajo el mando de un maestro laico durante un período de tiempo
prefijado, que normalmente era de 33 días y medio para representar los
años de Cristo en la Tierra, a los participantes se les exigía
obediencia al maestro y mantenerse a sí mismos mediante el pago de una
cantidad de dinero fijada de antemano.
Tenían prohibido bañarse, afeitarse, cambiarse de ropa, dormir en camas y hablar
o tener relaciones sexuales con mujeres sin el permiso del maestro.
Evidentemente esto último no se cumplía ya que los flagelantes fueron
acusados más tarde de celebrar orgías en las que se mezclaban los
azotes con el sexo; un buen caldo de cultivo para sadomasoquistas. Las
mujeres acompañaban a los grupos en secciones separadas, a la
retaguardia. Si una mujer o un sacerdote entraban en el círculo donde
se estaba celebrando la ceremonia de la flagelación, el acto de
penitencia se consideraba nulo y debía comenzar de nuevo.
El
movimiento era básicamente anticlerical, porque los flagelantes
estaban usurpando el papel de los sacerdotes como intermediarios ante
la justicia divina. Extendiéndose a través de los estados alemanes,
esta nueva plaga avanzó hacia Flandes, los Países Bajos y Picardía,
llegando hasta Reims. Centenares de bandas vagaban por estas tierras,
entrando en nuevas ciudades cada semana. Los habitantes les recibían
con reverencia, doblando las campanas de las iglesias y les ofrecían
alojamiento en sus casas. Les llevaban a los niños enfermos para que
los curasen y empapaban paños en la sangre de los flagelantes que
después se aplicaban en los ojos y que conservaban como reliquias. Muy
pronto los flagelantes marcharon tras magníficas enseñas bordadas en
terciopelo y oro por mujeres entusiastas.

Creciendo
en arrogancia, se mostraron en abierto antagonismo con la Iglesia. Los
maestros asumieron el derecho de oír confesión y a
conceder la absolución e imponer penitencia, lo cual amenazaba la
autoridad eclesiástica. Los sacerdotes que intervenían oponiéndose a
ellos eran lapidados y se incitaba al populacho a que tomase parte en
estas lapidaciones. Empezaron a ser temidos como una fuente de fermento
revolucionario y una amenaza a la clase propietaria, tanto laica como
religiosa. El emperador Carlos IV pidió al Papa que suprimiese a los
flagelantes y a ello se sumó la petición de la Universidad de París.
Sin embargo, incluso en Avignon, varios cardenales se oponían a que se
tomasen medidas contra ellos, quizá porque no estaban completamente
seguros de si el movimiento recién surgido tenía el respaldo divino o
no. Mientras tanto los flagelantes habían encontrado una nueva víctima.
En cada ciudad donde entraban se dirigían al barrio judío seguidos por
el populacho, aullando venganza contra los "envenenadores de pozos".
En Friburgo, Augsburgo, Nüremberg, Munich, Könisberg, en otros centros
los judíos fueron masacrados con una meticulosidad que parecía buscar
el total exterminio de la raza. En Worms, en marzo de 1349, la
comunidad judía, compuesta por unas cuatrocientas personas, volvió a una
antigua tradición quemándose dentro de sus hogares, antes que ser
muertos por sus enemigos. La comunidad más numerosa de Frankfurt am
Maine siguió el mismo ejemplo, propagándose el incendio a gran parte de
la ciudad. En Colonia, el consejo de la ciudad repitió el argumento
del Papa de que los judíos eran víctimas de la peste como todo el
mundo, pero los flagelantes reunieron una muchedumbre "de esos que no
tienen nada que perder" y se entregaron a su labor de matanzas y
saqueos. En Maínz, que contaba con la comunidad judía más importante de
Europa, sus miembros se decidieron por fin a defenderse. Con armas
recogidas de antemano mataron a doscientas personas del populacho, un
acto que sólo sirvió para aumentar la matanza por parte de los
ciudadanos, enfurecidos por la muerte de cristianos. Los judíos lucharon
hasta que se vieron perdidos. Entonces se encerraron en sus casas y
les prendieron fuego. Se dijo que seis mil perecieron en Mainz aquel 24
de agosto de 1349. Pero el exterminio total es raro en la Historia.
Algunos grupos se salvaron mediante la conversión y el principe Ruperto
del Palatinado, junto con otros príncipes, protegió a grupos de
refugiados. El duque Alberto II de Austria fue uno de los pocos
gobernantes que tomó medidas eficaces para proteger a los judíos en su
territorio. Los últimos progroms tuvieron lugar en Antwerp y en
Bruselas, donde toda la comunidad judía fue exterminada en diciembre de
1349. Cuando acabó la peste quedaban muy pocos judíos en Alemania y
los Países Bajos.
Por
esas fechas la Iglesia ya estaba decidida a asumir el riesgo de actuar
contra los flagelantes. Los magistrados ordenaron que se les cerrasen
las puertas de las ciudades. Clemente VI, en una bula de octubre de
1349, pedía que se les dispersase o detuviese; la Universidad de París
negó su pretensión de inspiración divina y Felipe VI rápidamente
prohibió la flagelación en público bajo pena de muerte. Las autoridades
locales persiguieron a los "maestros del error" atrapándolos,
colgándolos y decapitándolos
.. Los flagelantes se desbandaron y huyeron "desapareciendo tan
rápidamente como habían surgido", escribió Enrique de Hereford, "como
fantasmas nocturnos o espíritus burlones". En algunas partes quedaron
algunas bandas, no siendo suprimidas totalmente hasta 1357.
Como
espíritus sin hogar los judíos fueron regresando lentamente desde el
Este de Europa donde se habían refugiado, pero volvieron en peores
condiciones y más segregados que antes. El mito del envenenamiento y sus
masacres habían convertido la imagen del judío malvado en un
estereotipo. El período de florecimiento medieval de los judíos había
acabado y las murallas del "ghetto" aunque no físicas, ya se habían
levantado.

¿Cuál
era la condición humana después de la peste? Simón de Covino creía que
la peste había tenido un efecto lamentable sobre la moral,
«disminuyendo la virtud en todo el mundo». Gilles li Muisis por el
contrario, pensaba que se había mejorado la moral pública porque muchas
parejas que antes vivían en concubinato ahora estaban casadas, aunque
esto se debió en realidad a las nuevas ordenanzas municipales. La tasa
de matrimonios creció indudablemente, aunque no por amor. Muchos
aventureros se aprovecharon de las huérfanas para ganar inmensas
fortunas en forma de dotes, de tal manera que la oligarquía de Siena
prohibió el matrimonio de las huérfanas sin el consentimiento de la
familia. En Inglaterra Piers Plowman se lamentaba de la gran cantidad de
parejas que se habían casado desde la peste «por ansias de riquezas y
contra los sentimientos naturales» uno de cuyos resultados, según él,
fue el gran número de matrimonios estériles. Quizá esta conclusión de
Plowman es la moraleja de un moralista más que la realidad, puesto que
otro cronista, Jean de Venette, afirma exactamente lo contrario, que
los matrimonios que siguieron a la plaga tuvieron descendencia muy
numerosa. Esto también puede ser un intento de buscar un alivio a la
merma de población tras la peste.
La
gente no mejoró a consecuencia de la epidemia. tal como hubiese
esperado Matteo Villani, quien decía que la ira de Dios debía
convertirles en "mejores hombres, humildes, virtuosos y católicos". En
lugar de ello "olvidaron el pasado como si nunca hubiese existido y se
entregaron a una vida más desvergonzada y desordenada que la que
llevaban antes".
Debido a la abundancia de bienes y alimentos y a la escasez de consumidores los precios se hundieron y los
supervivientes de la peste se entregaron a una orgía salvaje de
despilfarro. Los pobres se mudaron a casas abandonadas, dormían en
camas y comían en servicio de plata; los campesinos se apoderaban de
las tierras que nadie reclamaba, así como del ganado, incluso de
lagares, forjas o molinos que habían quedado sin dueño y de muchas
otras cosas que nunca antes habían poseído. El comercio se había
reducido pero había aumentado el nivel de líquido dado que había menos
personas para repartirlo.
El
comportamiento de las personas se volvió más despiadado y cruel, como
ocurre a menudo tras un período de violencia y sufrimiento. Se culpó de
ello a los advenedizos y nuevos ricos que presionaban desde abajo.
Siena renovó sus leyes suntuarias en 1349 porque muchas personas
aparentaban mayor rango del que les correspondía por nacimiento u
ocupación. Un estudio de las recaudaciones de impuestos después de la
peste nos indica que aunque la población estaba diezmada, las
proporciones sociales seguían siendo las mismas.
Debido
a los intestatos, las propiedades sin herederos, y las disputas en
torno a tierras y edificios, se levantó una furiosa tormenta de
litigios, agravada por la escasez de notarios. Los colonos o la Iglesia
se apoderaron de los terrenos y propiedades abandonadas. El fraude y
la extorsión practicada por los tutores sobre los huérfanos se
convirtió en un escándalo generalizado.
El
resultado más obvio e inmediato de la peste negra fue naturalmente la
disminución de la población, que debido a las guerras, el bandolerismo y
nuevos brotes de la plaga, declinó todavía más hacia finales del siglo
XIV. La peste en sí fue una maldición para el siglo, que bajo la forma
de su bacilo almacenado en los transmisores (ratas y pulgas) surgió
seis veces más en los siguientes sesenta años. Después de matar a los
más susceptibles de contagio, con un considerable aumento de la
mortandad infantil en las últimas fases, remitió por fin, dejando a
Europa con una población reducida en casi un cincuenta por ciento para
finales del siglo. Baste decir, como ejemplo, que la ciudad de Beziers,
en el sur de Francia, contaba con catorce mil habitantes en 1304
mientras que un siglo más tarde sólo tenía cuatro mil. Las florecientes
ciudades de Carcasona y Montpellier quedaron reducidas a sombras de su
prosperidad pasada, al igual que Ruan, Arrás, Laon y Reims en el norte.
Al disminuir el número de personas que podían pagar impuestos, los
gobernantes aumentaron su cuantía, lo que provocó el resentimento
popular, que iba a estallar repetidas veces en las décadas posteriores a
la peste.
Los
valores relativos de tierra y trabajo se vieron completamente
alterados. Los terratenientes, en un intento desesperado de mantener
sus tierras cultivadas, reducían las rentas que debían pagar los
campesinos o incluso llegaban a anularlas totalmente. Más valía no
tener beneficios que no ceder de nuevo los terrenos a la Naturaleza.
Pero a pesar de todo, dada la gran mortandad, las tierras cultivadas
disminuyeron forzosamente, y los terratenientes empobrecidos
desaparecieron abandonando sus mansiones y castillos para unirse a las
bandas de mercenarios que iban a ser la maldición de los años
siguientes.
Cuando
debido a la disminución en la población activa, disminuyó también la
producción, los bienes y alimentos de todo tipo comenzaron a escasear y
los precios se dispararon. En Francia se cuadruplicó el precio del
trigo en 1350. Al
mismo tiempo, con la escasez de la mano de obra vino el mayor malestar
social bajo la forma de demandas concertadas de aumentos salariales.
Tanto los campesinos como los obreros, artesanos, escribas y sacerdotes
descubrieron el valor de ser pocos. En el curso del año que siguió al
primer gran brote de la peste, los trabajadores textiles de St. Omer
habían conseguido tres aumentos de sueldo seguidos, y los alfareros de
Amiens reclamaban subidas por el estilo. En muchos gremios los
artesanos se declararon en huelga pidiendo más dinero y menos horas de
trabajo.
En
una época en la que el orden social se consideraba inamovible,
acciones de ese tipo eran revolucionarias. La respuesta de los
gobernantes fue la represión instantánea. En un esfuerzo por mantener
los salarios al mismo nivel que antes de la peste, los ingleses
promulgaron una ley en 1349 ordenando a todo el mundo trabajar por los
mismos salarios que regían en 1347. Un estatuto francés de 1351, más
realista, y aplicado a la región de Paris, permitía una subida de los
salarios que no excediese en más de un tercio al nivel anterior; se
fijaron además los precios y se regularon los beneficios de los
intermediarios, y para aumentar la producción se ordenó que los gremios
no fuesen tan estrictos en las restricciones acerca del número de
aprendices y que se acortase el período de tiempo necesario para llegar
a ser maestro artesano. Pero aun así, los conflictos laborales habían
comenzado y los viejos lazos de unión medievales entre señor y
campesino, noble. y artesano, se empezaban a aflojar y se irían
repitiendo las luchas a lo largo de lo que
quedaba del malhadado siglo XIV. Por un lado la educación sufrió
seriamente debido a las pérdidas que la peste produjo en el clero, que
como se recordará, constituía la casi totalidad de la clase docente en
la Edad Media. En Francia, de acuerdo con Jean de Venette, «pocos se
encontraban en las casas, villas o castillos que pudiesen enseñar
gramática a los niños». Para ocupar los puestos vacantes la Iglesia
ordenaba sacerdotes a mansalva; muchos de ellos, hombres que habían
perdido a sus familias en la epidemia y que buscaban en los hábitos un
refugio y que apenas sabían leer y escribir.

Por
un impulso contrario, se estimuló la creación de universidades como
medio para conservar los conocimientos y la cultura, gravemente
amenazados por la peste. Especialmente el emperador Carlos IV, un
intelectual, se preocupó de la posible desaparición .del saber debido a
la "loca rabia de la muerte pestilente" (según sus palabras) que había
asolado al mundo. Fundó la Universidad de Praga en el año 1348, el
mismo de la peste, y en los cinco años siguientes dio el respaldo
imperial a las universidades de Orange, Perugia, Siena, Pavía y Lucca.
En estos mismos años tres nuevos colegios universitarios fueron creados
en Cambridge -Gonville Hall, Trinity Hall y Corpus Christi- aunque la
causa de estas fundaciones no siempre fuese el amor a la cultura. El
Corpus Christi fue creado en 1352 porque las tarifas de las misas de
difuntos habían subido de tal modo después de la peste que dos gremios
de Cambridge decidieron establecer un colegio universitario cuyos
doctores se encargasen, en su calidad de sacerdotes, de orar por los
difuntos de ambas corporaciones.
De
todas maneras, las universidades también sufrieron el peso de la
epidemia y en Oxford se escuchaban lamentaciones en los sermones por la
falta de alumnos, mientras que en Bolonia, veinte años después de la
plaga, el gran Petrarca se dolía en una serie de cartas tituladas "Sobre cosas viejas": donde antes no había "nada más alegre en el mundo
ni más libre", ahora casi ninguno de los antiguos grandes maestros
quedaba con vida, y en lugar de tan grandes genios "una ignorancia
universal se había apoderado de la ciudad". Aunque hay que reconocer
que de esto no sólo era culpable la peste, sino también la guerra y
otros problemas.

El
sentimiento de pecado producido por la peste encontró alivio en la
indulgencia plenaria ofrecida en el año del Jubileo de 1350 para todos
aquellos que emprendiesen la peregrinación a Roma. El Jubileo,
establecido por Bonifacio VIII en 1300, en principio estaba destinado a
tener lugar cada cien años, pero el primero constituyó un éxito. tan
grande -visitaron, según las crónicas, dos millones de peregrinos la
Ciudad Santa- que Roma, empobrecida por la marcha de la corte papal a
Avignon, rogó a Clemente VI que acortase el intervalo a cincuenta años.
El Papa era de la opinión de que «un pontífice debe hacer feliz a sus
súbditos» y les concedió lo que pedían. Así en 1350 los peregrinos se
agolparon en los caminos que llevaban a Roma y se dijo que cada día
entraron o salieron de la ciudad cinco mil personas. En cuanto a la
Iglesia, emergió de la peste más rica y mas impopular que antes. Cuando
todos estaban amenazados por la muerte repentina y con la perspectiva
de irse al otro mundo en estado de pecado, el resultado fue un flujo
de donaciones a instituciones religiosas tal y como no se había
conocido hasta entonces. El convento de St. Germain L'Auxerrois, por
ejemplo, recibió cuarenta y nueve herencias en seis meses, comparadas
con las setenta y ocho de los ocho años anteriores. En Florencia la
Compagnia de San Michele recibió trescientos cincuenta mil florines en
concepto de limosnas para los pobres, aunque en este caso se acusó a los
dirigentes de la compañía de usar el dinero para sus propios fines, a
lo que ellos alegaron que los pobres y necesitados ya no necesitaban el
dinero porque estaban muertos.
Enriquecidas
por los donativos, las órdenes religiosas levantaron más animadversión
de la que ya había contra ellas. Cuando Knighton se hace eco del
fallecimiento de ciento cincuenta franciscanos, víctimas de la peste, en
Marsella, añade "bene quidem" (buena cosa); y de los siete frailes que
sobrevivieron de ciento sesenta que había en Maguelonne escribió «y con
esos hubo bastante». Las órdenes mendicantes no podían ser perdonadas
por abrazar el culto al dinero. Así la peste aceleró el descontento con
la Iglesia, en el momento en que la gente necesitaba más apoyo
espiritual. Clemente VI, al que no podemos llamar un hombre espiritual,
se impresionó lo bastante con el mal comportamiento del clero durante la
peste como para estallar furioso contra sus prelados. que le pedían en
1351 que aboliese las órdenes mendicantes. "Si lo hiciese" (replicó el
Papa) "¿Qué podríais predicar a la gente? Si es sobre humildad, vosotros
sois los más orgullosos del mundo, creídos y pomposos. Si es sobre
pobreza, sois tan codiciosos que todos los beneficios os parecen poco.
Si es sobre la castidad -pero no hablaremos de esto, porque Dios sabe lo
que hace cada hombre y cómo algunos de vosotros satisfacéis vuestros
deseos." Con esta triste opinión de sus clérigos falleció el Papa un año
después. "Cuando los que tienen el título de pastores hacen el papel de
lobos, la herejía crece en el jardín de la Iglesia", escribió Lothar de
Sajonia.

Los
supervivientes de la peste negra se encontraron con que no habían sido
exterminados, pero tampoco habían mejorado, y por ello no podían
encontrar un propósito divino en todo lo que habían sufrido. Si un
desastre de esa magnitud era un pacto caprichoso de Dios o sencillamente
no era obra divina, entonces todos los valores absolutos del hombre
medieval se tambaleaban. Las mentes que se atrevían a hacerse estas
reflexiones no podían volver atrás. El giro hacia la conciencia
individual. Quedaba en el horizonte. En este punto la peste puede haber
sido uno de los precipitantes del nacimiento del hombre moderno.
Pero
entonces sólo dejó miedo, tensión y tristeza. Aceleró la conmutación de
los servicios laborales en las tierras y profundizó el antagonismo
entre ricos y pobres. Aumentó la hostilidad humana.
El
estado de la Europa medieval después de la peste queda reflejado en el
caso particular de Siena, que perdió la mitad de su población y donde se
abandonaron las obras de la Gran Catedral (que iba a ser la mayor del
mundo) para no reanudarse nunca más debido a la falta de mano de obra,
de maestros masones y a la melancolía y pena de los supervivientes....
https://www.facebook.com/bibliotecagonzalodeberceo/posts/796820130454968/
https://www.eldiario.es/economia/historia-consecuencias-economicas-epidemias-historicas_1_1031167.html
https://historia.nationalgeographic.com.es/a/ensenanzas-pandemia-peste-negra_15238
https://es.wikipedia.org/wiki/Consecuencias_de_la_peste_negra
https://www.elboletin.com/noticia/187930/contraportada/las-consecuencias-de-la-muerte-negra:-un-siglo-de-estancamiento-poblacional-y-fin-de-la-servidumbre.html
https://www.lavanguardia.com/historiayvida/edad-media/20170217/47311697782/como-cambio-a-europa-la-peste-negra.html