martes, 30 de abril de 2019

TOMBUCTU LA CIUDAD DE ADOBE




Tombuctú es una leyenda desde siempre. 
Antigüamente había sido un principal punto de encuentro de caravanas. Por eso se le atribuían grandes riquezas, incluso el sueño de una ciudad con calles pavimentadas de oro. 
Tombuctú, la Atenas africana, la Meca del Sáhara, La Roma de Sudán... estos son apelativos dedicados a esta ciudad, testigos de su memoria de leyenda.
En Tombuctú se guardan miles de manuscritos antiguos, algunos del s. XIII, que versan sobre asuntos religiosos, comerciales, científicos, y están escritos en árabe, hebreo y castellano aljamiado (textos escritos en español pero en caracteres árabes, producidos por los últimos musulmanes que vivieron en territorio cristiano entre los siglos XV y XVII). 

Sankoré. Tombuctú 5

¿Qué hacen aquí esos manuscritos?. A un centro caravanero como éste no sólo llegaban materias de comercio y riquezas, sino también cultura y libros. 
En Al-Andalus, El Cairo, Fez, Arabia, se generaba cultura, se enseñaba y se formaba a intelectuales, y algunos de ellos acababan viajando en esas caravanas, acompañados de sus libros. Se establecían en nuevos países y ciudades y daban clases, generalmente para extender y afianzar el Islam, pero muchas veces en combinación de otras ciencias. A partir de ahí se formaba una nueva demanda de libros, traídos de esos lejanos centros de saber (en forma de copias manuscritas). 
Su legado se transmitió de generación en generación. Las familias guardaron esos libros, ese saber sin el cual la memoria se perdería, conscientes de su valor, puede que incluso protegiéndolos con su vida en las guerras y conflictos que vivió la región a través de los siglos.
Hay un país, al suroeste de Libia, más allá del gran desierto( relata Herodoto en el siglo V antes de Cristo) que los comerciantes cartagineses suelen visitar. Cuentan que, después de un viaje muy largo y fatigoso, llegan a una playa donde descargan sus mercancías. Una vez dispuestas ordenadamente sobre la arena, las dejan allí, y ellos se alejan y encienden grandes hogueras para anunciar su llegada a quienes viven en aquellas tierras. Al ver el humo, los nativos salen de sus poblados y van hacia la playa, se acercan a las mercancías, las examinan y, tras depositar junto a ellas tanto oro como creen que valen, desaparecen de la vista. Entonces, son los cartagineses quienes se aproximan, y si consideran que el oro es suficiente, lo recogen y se van; pero si no les parece bastante, no lo tocan y se retiran de nuevo, y reavivan el fuego hasta que el humo vuelve a cubrir el cielo. Los nativos acuden entonces por segunda vez y añaden algo más de oro, y así se repiten las idas y venidas hasta que los comerciantes se dan por satisfechos.
Todas las épocas de las que guardamos memoria nos han legado alguna historia de un país fabuloso, preñado de riquezas, situado en alguna región ignota. Los más codiciados tesoros esperan a aquellos audaces dispuestos a desafiar los escollos que, invariablemente, cierran el paso a quienes pretenden alcanzar tan venturosas tierras.
Nada extraño, pues, que durante largo tiempo se creyera que la historia recogida por Herodoto en el norte de África no era sino una más de esas leyendas.
El interior del continente siguió envuelto durante siglos en una espesa nebulosa, acorazado por un desierto inhóspito en el que sólo conseguían sobrevivir algunas belicosas e irreductibles tribus nómadas.
La irrupción en el África septentrional de los conquistadores árabes supondría un cambio sustancial. Plenamente avezados a sobrevivir en las regiones más inhóspitas, los árabes penetrarían sin grandes problemas en el Sáhara, extenderían el islam hasta Sudan-es-Bilad (la tierra de los negros) y reanudarían el tráfico comercial del que se hacía eco Herodoto. Con ello, las noticias de las legendarias riquezas del África negra llegarían una vez más al mundo mediterráneo y, desde allí, a toda Europa.
La sal y el oro,ésas eran las mercancías claves, junto con los esclavos, del nuevamente floreciente comercio transahariano. La sal, componente esencial para el organismo humano, brotaba sin cesar en las salinas de Taghaza, en pleno desierto, pero escaseaba dramáticamente más hacia el sur. Allí, en cambio, en los parajes ya húmedos y boscosos del África tropical, el oro era tan abundante que los soberanos de aquellos reinos enjaezaban sus cabalgaduras con pepitas de oro gruesas como el puño, decían los rumores.


Poco a poco, y aunque siempre basándose en fuentes indirectas, el epicentro del singular intercambio adquiriría un nombre propio: Tombuctú. Un nombre propio, inconfundible, pero de localización incierta, ambigua y paradójica, no menos fantástica que su riqueza. Una ciudad situada, según unos, en pleno desierto; según otros, a orillas de un gran río. En cierto modo, la información no hizo más que realimentar la vieja leyenda.
La credibilidad de Tombuctú en el imaginario occidental como un emporio de riquezas inimaginables quedaría definitivamente avalada a principios del siglo XVI por un fiable testigo directo, el granadino Hassan Ibn Muhammad al Wazzani, más conocido entre nosotros como León el Africano.
Hijo de una distinguida familia instalada en Fez poco después de la ocupación de Granada por los Reyes Católicos, Hassan al Wazzani recorre buena parte del mundo islámico en viajes de negocios y también en diversas misiones diplomáticas como representante del xerif de Fez. Entre 1510 y 1515, los negocios familiares le llevan por dos veces a Tombuctú. Poco más tarde, en 1518, mientras se dirige por mar hacia Túnez de regreso de un viaje a Turquía, su galera es atacada por corsarios italianos, y tripulantes y pasajeros son apresados y conducidos a Nápoles para ser vendidos como esclavos. Tras diversos avatares, Hassan da con sus huesos en la corte pontificia, donde muy pronto es apreciado por el papa León X tanto por sus conocimientos del mundo musulmán como por sus servicios como traductor y profesor de árabe. Pero, sobre todo, lo que más sorprende e interesa al papa son los relatos de sus fascinantes viajes por el interior de África.
Dos años después de su captura, Hassan recupera la libertad a cambio de convertirse, al menos formalmente, a la fe católica. Con el bautizo, inicio de una nueva vida, Hassan recibe también un nuevo nombre, el mismo que el de su protector: Giovanne Leone. A partir de ese momento será conocido como León el Africano.
Alentado por el papa, Hassan-León completa la redacción de una Historia y descripción del África y de las extraordinarias cosas que contiene, obra que incluye el retrato de una ciudad que conjuga la opulencia económica del mítico El Dorado y el brillo cultural del Damasco o la Córdoba califales: "En Tombuctú se alzan una mezquita extraordinaria y un palacio majestuoso”, explica León el Africano. Los habitantes, y especialmente los extranjeros que viven aquí, son extraordinariamente ricos, hasta el punto que el actual rey ha casado a dos de sus hijas con dos de estos mercaderes. Hay muchos pozos llenos de agua muy dulce, y cada vez que el río Níger se desborda, hacen llegar el agua hasta la ciudad mediante acequias. En la ciudad se encuentra grano, leche y mantequilla en abundancia, aunque la sal es muy escasa y tienen que traerla desde las minas de Taghaza, situadas a veinte días de distancia.  Aquí reside un gran número de doctores, de jueces y otras gentes de gran sabiduría, que viven espléndidamente a cargo del rey, dice aún León el Africano. "Y aquí llegan libros y manuscritos desde la Berbería, que son vendidos por más dinero que cualquier otra mercancía. La moneda de Tombuctú es el oro puro, sin acuñar, sin inscripción de ningún tipo”.
Los europeos no querían oír otra cosa, y no hay por qué suponer que el granadino exagerase al describir las excelencias de Tombuctú. Sus visitas a la ciudad coinciden con su momento de máximo esplendor. Desde su fundación, a finales del siglo XI o principios del XII, la ciudad experimenta dos largos periodos de estabilidad: entre 1330 y 1360, cuando el mansa Kankou Mousa la coloca bajo su protección, y, sobre todo, entre 1468 y finales del siglo XVI, cuando son los askias sonraïs de Gao quienes dominan la ciudad y mantienen a los tuaregs a raya. El resto del tiempo, sin embargo, Tombuctú se halla permanentemente sometida a las exacciones de los nómadas del desierto y a la codicia de todos los reinos e imperios vecinos. En algún caso, con una importante participación hispánica, como a finales del siglo XVI, cuando, después de haber conseguido unificar Marruecos bajo su autoridad, el xerif Muley Ahmed considera que ha llegado la hora de extender sus dominios hacia el sur, más allá del gran desierto, para controlar las fuentes del oro con que regresan, cuando regresan, las caravanas que se arriesgan a cruzarlo.
Para llevar a cabo su proyecto, Muley Ahmed organiza un ejército formado básicamente por mercenarios andaluces, descendientes de familias granadinas, equipados con armas de fuego suministradas por la corona británica.
La expedición sale de Marraquech el 16 de octubre de 1590 dirigida por el pachá Judar, un cristiano renegado nacido en Las Cuevas (Granada).
La lengua oficial del cuerpo expedicionario es el castellano. Veinte semanas más tarde, a finales de febrero de 1591, el ejército andalusí llega al Níger, a la altura de Karabara, y desde allí se dirige, bordeando el río, hacia Gao, capital del imperio sonraï, que en aquellos momentos controla Tombuctú. El askia Ishak reúne una fuerza de 18.000 jinetes y 9.500 infantes. Cuando el 13 de marzo de 1591 los dos ejércitos se hallan frente a frente, sólo 1.000 hombres de Judar se encuentran en disposición de combate. El resto ha perecido en el viaje o se halla demasiado débil para empuñar las armas. Pero los 1.000 soldados del pachá tienen arcabuces. Los guerreros sonraïs, hasta entonces invencibles, no han visto jamás armas de fuego. Confiados en su superioridad, se lanzan en tromba contra aquel puñado de extranjeros exhaustos y achacosos. El combate dura pocos minutos. Diezmado por las balas, aterrorizado por las llamaradas y explosiones de unas armas diabólicas, el ejército sonraï huye en desbandada. Judar ocupa Gao sin más oposición y, pocas semanas después, Tombuctú. Ambas ciudades son saqueadas, y sus tesoros, enviados al soberano marroquí.
Pero la victoria de Judar y sus hombres pronto revela su fragilidad. Separados por más de 2.000 kilómetros de desierto de las grandes ciudades del norte(Mogador, Marraquech, Fez, Mequinez…) y de sus propias familias, pronto los invasores cortan las amarras con el soberano al que servían y pasan a constituir uno más de los diferentes grupos étnicos que a lo largo de los siglos se han sucedido como casta dominante de Tombuctú. Durante más de 100 años, los soldados de Judar y sus descendientes directos dominarán a sangre y fuego el gobierno de la ciudad, recibiendo una denominación claramente expresiva de su atributo original más peculiar: los arma, como son conocidos aún hoy sus descendientes.
Es a finales del siglo XVIII, coincidiendo con la emancipación de las colonias americanas, cuando las grandes potencias europeas deciden que ha llegado la hora de despejar definitivamente el misterio de Tombuctú y del Níger, y de abrir esas regiones a las hipnóticas luces de la civilización y el comercio.



Lo paradójico del caso es que cuando por fin los europeos se lanzan al descubrimiento y conquista de Tombuctú, lo hacen guiados por una imagen que ya no tiene casi nada que ver con lo que ocurre realmente en la ciudad y en toda la región. La ciudad lleva más de 200 años sometida a la rapiña, primero de los arma, después de los bambaras de Segou,de los peuls de Macina y de los tuaregs, siempre.
Alentada especialmente por los Gobiernos británicos y franceses, desde 1790 se desencadena una auténtica carrera colonial entre exploradores y aventureros de todo clase. Casi todos ellos dejan la piel en el empeño. Sólo los británicos pierden más de 150 exploradores. En total, desde los tiempos de León el Africano y hasta 1880, sólo cinco europeos consiguen violar el secreto de Tombuctú y regresar con vida para contarlo: Robert Adams (1811), René Caillié (1828), Heinrich Barth (1853) y, ya en 1880, la pareja formada por el alemán Oskar Lenz y el español, nacido en Tánger, Cristóbal Benítez, que le acompaña como sirviente e intérprete.
Cuando por fin los franceses ocupan militarmente la ciudad, en 1894, de su brillante pasado no queda más que una pálida memoria, unas ricas bibliotecas, una intensa espiritualidad islámica y, según una pertinaz leyenda, una no menos intensa sensualidad.


Las calles de Tombuctú están llenas de edificios recatadamente espléndidos, bastantes de ellos bien conservados –la ciudad fue declarada en 1988 patrimonio de la humanidad por la Unesco–. Muchas casas tienen puertas y ventanas ricamente labradas, a la manera árabe: la madera ornada con grabados, relieves y hierro forjado. En el interior se entrevén patios y estancias; hombres conversando recostados sobre esterillas, niños jugando, mujeres moliendo grano o cocinando.



La mezquita de Yinguereber, erigida por iniciativa del mansa Musa en el año 1330 y después destruida y reconstruida incontables veces, es una edificación extraña, inquietante, con un aire más de fortaleza que de templo. El minarete, aplastado por el sol, pulido por el viento, semeja más un baluarte defensivo que una torre desde donde llamar a la oración. Con todo, el conjunto es un monumento impresionante de formas blandas y ondulantes, de muros grisáceos y agrietados, como un viejo elefante yacente, esculpido por el tiempo.
Al atardecer, las calles de Tombuctú se llenan de grupos de hombres sentados o tendidos sobre el suelo arenoso. Conversan, o juegan a las cartas, al awalé o a las damas, sobre tableros dibujados en la arena, con piedrecillas como fichas.
De dos en dos, de tres en tres, las mujeres pasean lentamente luciendo sofisticados tocados. Muchos niños juegan y corretean, otros acarrean cubos de agua sobre sus cabezas. 
La noche cae y en el ambiente se entabla una inevitable conflagración entre hogueras y humo. Los niños siguen jugando, gritando y corriendo, tan pronto iluminados por el fuego como desaparecidos en la neblina. Los hombres siguen hablando a oscuras. Las mujeres preparan la cena.
Cuando el viento sopla, la arena invade las calles, trepa por los muros, sella puertas y ventanas. Tras no pocas fachadas espléndidas se abre el cielo. En el interior, todo se ha derrumbado, dejando sólo un gran decorado; pero no resulta extraño, porque toda la ciudad es un gran teatro donde se representa una función que nadie ha escrito, pero en la que cada uno parece saber perfectamente su papel.
La ciudad vive aparentemente aislada del mundo. De hecho, durante medio año, cuando el Níger crece, el aislamiento físico es casi total; sólo se puede llegar a ella o abandonarla, o bien por el río, navegando a bordo de piraguas o de barcos surgidos de la noche de los tiempos, o bien cruzando el desierto, navegando por mares de arena y piedras. En buena medida, es un universo aparte, y parece que también esté fuera del tiempo; pero, por poco que uno hurgue, la historia aflora por todas partes, todo el mundo habla de cosas que ocurrieron hace siglos como si fuese ahora mismo, como si cualquier día todo pudiese volver a ser como antes. Quizá tengan razón.
Investigadores en Timbuktu (o Tombuctú), Malí, están luchando por conservar decenas de miles de antiguos textos, que prueban que África tuvo historia escrita hasta, por lo menos, la época del Renacimiento europeo.

Bibliotecas públicas y privadas en la legendaria ciudad del Sahara han reunido hasta el momento 150.000 frágiles manuscritos, algunos de ellos del siglo XIII, y los historiadores locales afirman que muchos más podrían estar enterrados bajo la arena.
Los textos habían sido escondidos y almacenados por sus orgullosos propietarios, en construcciones de barro y en cuevas del desierto para ponerlas a salvo primero de los invasores marroquíes, de los exploradores europeos y finalmente de los colonos franceses.
Escritos en delicadísima caligrafía, algunos versaron sobre astrología o matemáticas, mientras que otros relataban la vida socia y económica en Timbuktu, durante su Edad de Oro, cuando fue un lugar del saber, en el siglo XVI.
"Estos manuscritos tratan todos los aspectos del conocimiento humano: leyes, ciencias, medicina", afirma Galla Dicko, director del Ahmed Baba Institute, una biblioteca que alberga 25.000 textos.Hay por ejemplo un escrito en una caja de cristal, roído por las termitas, un tratado acerca de la Política, enseñando las leyes del buen gobierno y advirtiendo a los intelectuales a no dejarse corromper por el poder de los políticos
En otra estantería de libros se encuentra un tratado sobre matemáticas y una guía a la música andalusí, así como historias de amor y la correspondencia entre comerciantes que recorrían las rutas de las caravanas que atravesaban el desierto del Sahara.
Sólo recientemente las familias más importantes han empezado a renunciar a sus preciosas reliquias familiares, persuadidos por los funcionarios locales de que todos estos manuscritos forman parte de un legado común para compartir.
"Es a través de estos escritos como podemos realmente conocer nuestro lugar en la historia", afirma Abdramane Ben Essayouti, Iman de la mezquita más antigua de Tombuctú, construida en 1325.

Los expertos creen que los 150.000 textos hasta ahora recogidos son sólo una fracción de lo que durante siglos ha permanecido oculto bajo el polvo de las puertas de madera de los hogares de Tombuctú.
Algunos académicos afirman que estos textos forzarán al mundo occidental a aceptar que África tuvo una historia intelectual antigua y valiosa a recuperar. Otros lo comparan con el descubrimiento de los rollos del Mar Muerto.
Pero a medida que se extiende la fama de estos manuscritos, los encargados de su conservación temen que lo que ha sobrevivido siglos de termitas y calor extremo, se pierda por la venta a turistas o la entrada del tráfico ilegal en el país.
Sudáfrica se está convirtiendo en la punta de lanza de la "Operación Timbuktu", para proteger los textos, creando una nueva biblioteca para el Instituto Ahmed Baba, escritor y erudito nacido en Tombuctú, contemporáneo de Shakespeare.
EE.UU. y Noruega están ayudando a preservar los manuscritos, que según el presidente de la República de Sudáfrica, Thabo Mbeki, ayudarán "a restaurar el respeto hacia sí mismos, el orgullo, el honor y la dignidad de los pueblos de África".
El pueblo de Tombuctú, cuyas universidades fueron atendidas por 25.000 eruditos en el siglo XVI, pero cuyo lánguido estilo de vida ha sido arrastrado por la modernidad, tiene similares esperanzas. Un proverbio local afirma que "las naciones antaño formaron una sola línea y Tombuctú estaba al frente; pero Dios le dio la vuelta, y Tombuctú se encontró entonces a la cola."

Se exponen por vez primera en Johannesburgo los manuscritos del National Ahmed Baba Centre for Documentation and Research de Tombuctú (Malí), ciudad que antaño fue una importante encrucijada cultural que atrajo a eruditos de los más lejanos lugares del mundo africano y árabe.
Los documentos en la exposición incluyen una biografía del profeta Mahoma junto con tratados de música, astronomía, física y farmacia tradicional.
Hay más de 100.000 manuscritos conservados en cinco bibliotecas privadas o en poder de varias familias de Tombuctú. Solo algunos saben lo que contienen, pero tanto si conocen o no su contenido, los guardan celosamente como herencia de la familia.
Entre los textos hay contratos de compraventa de esclavos; del comercio del oro y de la sal; cartas y decretos que demuestran cómo los juristas musulmanes resolvían conflictos entre las familias y el Estado. Algunos de los manuscritos hablan de los derechos de las mujeres y de los niños.
La mayoría están escritos en árabe, aunque algunos utilizan la escritura árabe para transcribir las lenguas locales que no tenían alfabeto.
Muchos de los textos más antiguos datan del imperio de Songhay, un próspero reino que existió entre los siglos XV y XVI. Tombuctú, hace cinco o seis siglos, era una encrucijada importante para las caravanas del oro y de la sal que atravesaban el Sahara. El comercio de libros también prosperó y la mezquita Sankoré se convirtió en un centro de enseñanza, atrayendo a miles de estudiantes cada año. Algunos manuscritos dan testimonio de la presencia española en la curva del Níger. Las bibliotecas reúnen también manuscritos de Marruecos, Damasco y Egipto.
Ayudados por un clima generalmente árido, los habitantes de Tombuctú han conservado esta riqueza cultural durante siglos. Pero el tiempo está en su contra. El Sahara ha estado avanzando poco a poco hacia el sur y la arena está llenando las calles de la ciudad, contribuyendo al flooding en la breve estación de lluvias. El papel ácido y las tintas ferrosas introducidas en el siglo XIX se están quemando lentamente a través del contacto con otros manuscritos; y las termitas parecen estar por todas partes.

Los viajes de Mohamed Abana, un relato autobiográfico estremecedor del llamado "Patriarca de la Casa Vacía"
Han sido muchos años de espera, en ocasiones tensa. Hoy, es una realidad. El Fondo Kati comienza a estar al alcance del público gracias a la traducción y publicación de un conjunto de notas históricas que relatan la vida de Mohamed Abana, patriarca Quti del Siglo XIX responsable de la reunificación de la biblioteca familiar.
La traducción de estas notas históricas (obra de Ada Romero) esclarecerá la historia de la familia de los Banu al Quti y aportarán nuevos datos sobre la historia de Al-Andalus. Ismael Diadié Haidara introduce el texto histórico, aportando las necesarias claves espacio- temporales para su correcta comprensión.
Tombuctú es una ciudad (apodada «la de los 333 santos») cercana al río Níger , en la región del mismo nombre, en la República de Malí. Con sus 35.657 habitantes es la localidad más poblada de la región y la decimotercera ciudad del país.
Su situación geográfica hace de la ciudad un punto de encuentro entre África occidental y las poblaciones nómadas beréberes y los árabes del norte. Tiene una larga historia como puesto avanzado de comercio, e intersección de la ruta comercial transahariana de norte a sur.
Se hizo próspera por Mansa Musa, rey del Imperio de Malí quien se anexionó pacíficamente la ciudad en 1324.
Es el hogar de la prestigiosa Universidad de Sankore y de otras madrazas, y fue capital intelectual y espiritual y centro para la propagación del islam en toda África durante los siglos XV y XVI. Sus tres grandes mezquitas, Djingareyber, Sankore y Sidi Yahya, recuerdan la edad de oro de Tombuctú. Aunque continuamente restaurados, estos monumentos están hoy bajo la amenaza de la desertificación, ya que la ciudad está principalmente hecha de barro. Según algunos estudios, Tombuctú ha tenido una de las primeras universidades del mundo.Estudiosos locales y coleccionistas todavía cuentan con una impresionante colección de antiguos textos griegos de aquella época y en el siglo XIV fueron escritos y copiados importantes libros, estableciendo la ciudad como centro de una importante tradición escrita en África.

Manuscritos. Tombuctú 6

Existen varias teorías para intentar explicar el origen del nombre de la ciudad. Por un lado, se cree que se compone de la unión de tin, que significa "lugar" y buktu, que es el nombre de una vieja mujer maliense conocida por su honestidad y que vivió en la región. Los tuareg y otros viajeros confiaban a esta mujer todas sus pertenencias que no tenían uso en su viaje de regreso al norte. Así, cuando éstos volvían a casa y les preguntaban dónde había dejado sus pertenencias, estos respondían que las habían dejado en Tin Buktu, esto es (el lugar donde vive Buktu).
Para Abderrahamne es-Saadi la ciudad recibe ese nombre debido a que, en sus orígenes, algún bien fue custodiado por un esclavo llamado Buctú, que significa "de Essuk" (una localidad del norte de Malí, a menudo referida por historiadores árabes como Tadmakka). Por tanto, en bereber significaría (el lugar de Buctú) Otra teoría de René Basset propone que proviene del idioma bereber antiguo, en el que buqt significa (lejos), así que Tin-Buqt significaría (un lugar lejano), como lejana es una localidad en el desierto del Sahara. Para otros, como el explorador alemán del siglo XIX Heinrich Barth, la segunda parte del nombre proviene de la palabra árabe nekba, que significa (duna) significando por tanto «lugar de dunas» o (depresión entre las dunas)

La ciudad fue fundada por los tuareg en torno al año 1100 por su proximidad al río Níger como un puesto de comercio, durante la dinastía Mandinga.Tombuctú era el punto de entrada al desierto del Sahara en la ruta transahariana de norte a sur; aquí se reunían los camelleros tuareg, quienes comerciaban con la sal que traían del Mediterráneo y la intercambiaban por oro, fruta y pescado con las tribus negras que poseían dichos bienes en abundancia. La procedencia del oro con el que comerciaban estas tribus era desconocida, y sumado al hecho que no se permitía la entrada a la ciudad a los no musulmanes, originó las más diversas leyendas sobre la ciudad. Un antiguo proverbio de Malí decía:
(El oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios sólo se encuentran en Timbuctú)...Provervio maliense
Durante el siglo XIV se construyó la muralla actual y la primera mezquita. Tuvo su mayor esplendor durante el reinado de los Askia (1493-1591), con más de 100.000 habitantes de diversas etnias: bereberes, árabes, mauritanos, bambas y tuareg. Los habitantes estaban organizados en barriadas, donde se agrupaban, pero manteniendo activa la ciudad mediante el comercio.
Pero Tombuctú también fue famosa por su cultura, convirtiéndose en un centro de estudios islámicos, gracias a las diversas facultades de su universidad. Cuando la prohibición a los no musulmanes fue levantada, durante la época francesa, llegaron a su Universidad letrados y científicos de distintos lugares, españoles, egipcios, persas y de todo el Magreb.



En 1312, Mansa Musa se convirtió en el rey del Imperio de Malí, y fue él quien convirtió a Tombuctú en un importante centro comercial y en un gran centro de estudios islámicos. Entonces, el imperio controlaba gran parte de las rutas comerciales entre el oro del sur y la sal del norte; 12 años después se anexionó la ciudad y la potenció como punto de unión de estas rutas comerciales.11 Mansa Musa fue un devoto musulmán, interesado en expandir la influencia del islam. En sus primeros años como rey, envió a ciudadanos malienses a estudiar en las universidades marroquíes; al final de su reinado estos ciudadanos volvieron y establecieron sus propios centros de estudio en la ciudad.Como musulmán, ordenó la construcción de grandes mezquitas (entre ellas la mezquita de Djingareyber en Tombuctú, por el arquitecto granadino Abu Haq Es Saheli en 132612 ), bibliotecas y madrazas. Aunque el imperio malí perdió el control sobre la región en el siglo XV, la ciudad permaneció como el mayor centro islámico del áfrica subsahariana.
Si bien bajo el control de Mansa Musa la ciudad prosperó, la edad dorada de Tombuctú llegó bajo el dominio del Imperio songhay; la ciudad fue conquistada por las tropas enviadas por el rey Sonni Alí Ber en 1468. Pese a que era musulmán, no era muy popular, así que fue derrocado por Askia Mohamed, un devoto musulmán que utilizó a los estudiantes como asesores legales sobre cuestiones éticas. Bajo su reinado, la religión y el estudio ocuparon de nuevo un lugar principal en el imperio Songhay.Estudiantes de todo el mundo islámico acudieron a la Universidad de Sankore (una de las primeras de África) y a las 180 madrazas con las que contaba la ciudad, donde se enseñaba teología, ley islámica y literatura. Unos 25.000 alumnos estudiaron un riguroso programa académico.


En 1591, tropas mandadas por el sultán de Marruecos conquistaron la ciudad y otras poblaciones de la zona. La expedición estaba formada en gran medida por moriscos, al mando de los cuales se encontraba un morisco castellano conocido como Yuder Pachá; la mayor parte de estos soldados se quedaron en Tombuctú y se fundieron con la población local.13 El dominio marroquí duró casi doscientos años, al cabo de los cuales los sultanes perdieron interés por la ciudad dado que no habían llegado a controlar las minas de oro y que resultaba demasiado caro mantener el poder nominal sobre la misma y sobre la región en general.


Durante siglos la entrada a la ciudad estuvo vedada a no musulmanes. El primer europeo que entró en la ciudad fue León el Africano, un musulmán granadino que estuvo en ella en la primera mitad del siglo XVI acompañando a su tío en un viaje diplomático. El primer europeo no musulmán en entrar en Timbuctú fue el explorador escocés Alexander Gordon Laing, que salió de Trípoli en febrero de 1825 con la intención de estudiar la cuenca del río Níger. Llegó a Timbuctú en agosto de 1826 y fue obligado a marchar pocas semanas después, aunque no llegó muy lejos, pues fue asesinado en el desierto. Poco después, en 1827, visitó la ciudad el francés René Caillié, que llegó navegando por el río Níger disfrazado de musulmán. Permaneció en ella dos semanas, tomando notas que luego publicaría en su libro «Journal d'un voyage à Tombouctou» («Diario de un viaje a Timbuctú»), en el año 1830, de vuelta ya en Francia. Se convirtió así en el primer europeo en volver de Timbuctú para contarlo, aunque falleció pocos años después debido a una enfermedad contraída en África. Años antes había estado el marinero francés Paul Jubert, quien llegó a la ciudad tras sufrir un naufragio frente a las costas de Marruecos y Senegal, siendo hecho prisionero y conducido a Timbuctú, donde fue vendido como esclavo; nunca recuperó su libertad y falleció al cabo de algunos años en Marruecos como cautivo. En 1893 la ciudad cae bajo la dominación colonial francesa, no sin la resistencia de los Tuareg, que sufrieron grandes bajas. La ocupación francesa se mantuvo hasta 1960, cuando el Sudán francés se independizó con el nombre de Malí.


La ciudad de Tombuctú, pese a su historia, se enfrenta a diversos problemas de carácter natural y económico. En primer lugar, la situación de la ciudad, muy próxima al desierto, la convierte en objeto de fuertes tormentas de arena. Debido, también, a su proximidad al río Níger, Tombuctú sufre las crecidas del río que dejan a la ciudad completamente aislada. Cuando esto ocurre, tan sólo se puede acceder a ella o abandonarla por medio del transporte marítimo o cruzando el desierto.
Esto entre otras muchas circunstancias hace que  Tombuctú permanezca en el olvido.







SALOMON Y LA REINA DE SABA,HISTORIA Y LEYENDA

   

Salomon,hijo de David y su sucesor en el trono de Israel,recibió la visita de la reina de Saba,deseosa de conocer al soberano.La Biblia nos relata este encuentro,entre la historia y la leyenda,que tiene como trasfondo el Proximo Orientedel siglo X a.C.          
Conocemos la historia del encuentro entre Salomon y la reina de Saba,gracias a la Biblia hebrea.En el Primer Libro de Reyes y en el Libro Segundo de Cronicas se explica muy sucintamente que la reina,tras oir hablar de la fama del rey de Israel,viajó a Jerusalen con productos exóticos de Arabia,camellos,especias,oro y piedras preciosas,con el objetivo de probar a Salomon con preguntas y cuestiones dificiles de resolver.Para su satisfacción,el rey respondió acertadamente,tras lo cual ella volvió a su tierra.Desde el punto de vista narrativo todo parece indicar que la anécdota del encuentro entre los dos monarcas se introdujo en la narración bíblica con el único objetivo de resaltar la asombrosa sabiduria de Salomón,aprovechando algunas narraciones que posiblemente circulaban por Palestina y Siria y que hablaban vagamente del reinado de una poderosa y bella mujer en las lejanas,ricas y exóticas tierras del sur de Arabia.
Gracias al relato bíblico,la visita de la reina de Saba a Jerusalén acabó convirtiéndose en uno de los mas imaginativos y fértiles ciclos de leyendas y cuentos de Oriente.De la literatura judia mas antigua surgió un colorido relato con todos los ingredientes necesarios para desarrollar una historia glamurosa :belleza,riqueza,poder,exotismo,intriga,magia y amor.Estos elementos se fueron incorporando en obras de diferentes generos y temáticas,como las "Antigüedades judias",de Flavio Josefo (que escribió en el siglo I d.C. ) o el "Targum Sheni", una traducción libre del Libro de Esther al arameo.
Segun estas fuentes,una abubilla informó a Salomón de que el reino de Saba era el único en laTierra que no estaba sujeto a su poder y de que su reina adoraba al Sol.
El rey envió esa ave a la ciudad sabea de Kitor,con una carta en la que conminaba a la reina a que se sometiera a su poder,a lo que ella respondió mandando una flota " con todos los barcos del mar" ,cargados con preciosos regalos.En esas naves viajaban seis mil jovenes de la misma estatura y aspecto,vestidos con ornamentos de purpura y nacidos el mismo dia y a la misma hora,que debian entregar a Salomon una misiva en la que la reina anunciaba que la reina llegaria a Jerusalen tras un viaje de tres años.
Cuando al fin la reina entró en el palacio de Salomon,pensó que el limpisimo suelo era una piscina llena de agua y se levantó el vestido enseñando asi sus piernas,algo de lo que Salomon se percató.Tras eso,la reina le presentó 19 acertijos,que el monarca resolvió con facilidad.

Estela funeraria sabea con la imagen de un hombre arando siglos I-III d.C. (Louvre)

Los árabes conocian los detalles de esa narración, y la adoptaron a su propia sensibilidad adornandola con nuevos elementos.Para ellos,la historia de la reina de Saba era tan famosa que incluso aparece narrada en el Corán.Asi,en la azora o capitulo 27 aparecen resumidos muchos de los elementos de la leyenda tal y como la habian desarrollado los autores judios,aunque en el Corán,Salomon aparezca descrito como un rey creyente en Alá,sabio y experto en magia,poseedor de un ejercito formado por hombres,genios y pájaros.De nuevo se repiten la aparición de la abubilla y la descripción de la figura de una reina sin nombre,rica,poderosa y adoradora del sol,que se sienta en el trono majestuoso de un lejano pais.En el Coran,el rey envia una carta a esa soberana, no para someterla a su reino sinó para invitarla a la conversación, a la cual ella responde enviandole emisarios y ricos regalos,que este a su vez rechaza.En la narración aparece un elemento nuevo : la treta usada por Salomon para probar la sagacidad de la reina.Mientras ella esta en camino, el rey envia un genio para que robe su trono y lo traiga a Jerusalen con el fin de modificarlo para ver si la soberana lo reconoce.Una vez la reina ha pasado la prueba,Salomon le muestra su impresionante palacio de cristal,construido por arte de magia; la soberana, impresionada por el poder del monarca de Israel,abandona el paganismo y se convierte a la fe de Alá.
Los comentadores del texto coránico fueron aportando otros elementos a la narracion;ademas de dar a conocer el nombre de la reina ,Bilqis (que probablemente es una deformacion del griego "pallakis" ,(concubina)) , y describir su extraordinaria belleza.tambien explicaron que los demonios no querian que Salomon se casase con ella,por lo que difundieron la noticia de que esa mujer tenia las piernas peludas como Lilith,el temible demonio femenino de la noche. Para comprobarlo,Salomon ordenó que los genios construyeran un suelo de cristal: Bilquis,confundiendolo con el agua,se arremangó el vestido para poder cruzarlo,dejando asi al descubierto sus piernas.Tras ordenar a los genios que hicieran una pócima depilatoria,Salomon acabó casandose con la reina.


La reunión de Salomón y la reina de Saba, 1470-1473.Tempera y oro en panel

Fue en los altiplanos septentrionales del Cuerno de Africa (las actuales Etiopia y Somalia) donde la historia biblica acabaría inspirando las leyendas fundacionales y las tradicionales literarias y folclóricas mas ricas acerca de la relación entre Salomon y la reina de Saba.Alli,la identidad etiope se fue formando gracias a tres elementos :el primero fué el cristianismo,que se habia convertido en la religión del reino de Aksum (origen de la moderna Etiopia) a mediados del siglo IV d.C. .Poco a poco,esta nueva religión,que probablemente habia llegado importada de Siria o de Egipto ,se mezclo con muchos elementos de origen judio y se desarrolló de forma autoctona y original.
El segundo rasgo que conformó la cultura etiope fue su caracter semitico que,probablemente,provenia de su estrecha relacción con el Yemen y,mas concretamente con el reino de Saba. De hecho la influencia sabea en Etiopia es aun evidente en su escritura,que es una derivación de la escritura sudarábiga utilizada en esa parte del Yemen preislámico.
Por último la relación de Etiopia con la reina de Saba permitió que su dinastia quedara perpetuamente legitimada y santificada,gracias a los relatos sagrados de la Biblia.De hecho,la relación de la reina de Saba con Etiopia debia de ser muy antigua,pues ya Flavio Josefo se refiere a ella en el siglo I d.C. .Esa misma idea aparece repetida en autores cristianos como Eusebio de Cesarea u Origenes por lo que no es extraño que fuera conocida por los cristianos de Etiopia.
El desarrollo de la leyenda aparece en el Kebra Nagast o Libro de la Gloria de los Reyes de Etiopia, una obra compilada en el siglo XIII,pero con elementos probablemente mucho mas antiguos,que contiene una historia novelada sobre el origen de la dinastia etiope,y cuyo propósito central es demostrar el caracter sagrado de la misma gracias a la unión de la reina con Salomon,de la cual naceria el primer monarca etíope de dicha linea. Segun el Kebra Nagast,la Reina del Sur (como se la menciona en los evangelios de Mateo y Lucas ) ,identificada como la reina de Etiopia,supo un dia por un súbdito comerciante llamado Tamrin que existia un reino gobernado por Salomón,que destacaba en el mundo por su riqueza y su justicia.Movida por su curiosidad la reina Makeda viajó a Jerusalen ,donde quedó admirada por la sabiduria del monarca biblico.A su vez Salomón quedó quedó prendado por la belleza de Makeda e intentó retenerla en su reino.Para ello ideó una treta que obligó a la reina a quedarse en Jerusalen y permitió a Salomón yacer con ella.De esa unión nació un niño llamado Bayna Lehkem,que fue reconocido por su padre.Los sacerdotes de Jerusalen lo consagraron con el nombre de David y le permitieron volver a Etiopia como Rey,llevandose consigo el Arca de la Alianza.
Aunque lo mas probable es que nunca se produjera ese encuentro entre Salomón y la bella Reina del Sur ,es muy verosimil que la Biblia se hiciera eco de la existencia y la fama del reino de Saba,del cual tenemos abundante informacion gracias a las inscripciones encontradas en el sur de Arabia.algunas de las cuales pueden remontarse al siglo VIII a.C..Gracias a esa informacion.que se complementa con los hallazgos arqueológicos ,sabemos que Saba,fue un cultura floreciente durante casi un milenio antes de la llegada del Islam. Los sabeos dominaron buena parte del Yemen,permaneciendo durante largos periodos de tiempo a la cabeza de una coalicion en la que participaban otros pueblos cultural,mente semejantes a ellos,los de Main,Qataban y Hadramaut.



Quemador de incienso;procede del territorio sabeo,por el que discurrian las rutas que llevaban ese producto hasta el Proximo Oriente y el Mediterraneo .Hacia 300 a.C.(M.Britanico) 

La primera mención del reino de Saba data del siglo VIII a.C. y procede de fuentes asirias. En ellas se nos describe un pueblo comerciante "cuyo hogar está muy lejos" y que consigue su riqueza gracias a la exportación de especias e incienso.Incluso se sabe que los sabeos emprendieron alguna misión diplomática y comercial llevando embajadores y regalos a la corte asiria.Desde esta perspectiva,es posible que la Biblia se hiciera eco de alguna visita oficial para establecer o fortalecer relaciones diplomáticas y comerciales semejante a las que describen los textos asirios refiriendose a enviados a las cortes de los reinos de Israel (entre los siglos IX.VIII a.C.) y de Judá ( IX y VI a.C.)
En las inscripciones sabeas mas antiguas,escritas en árabe meridional con un tipo de alfabeto totalmente diferente del árabe clásico,se menciona a sus reyes,entre los que el poder se transmitia por via materna. Tales reyes se llamaban a si mismos "los unificadores" ,es decir,jefes de una confederación de pueblos sobre los que mantenian su hegemonia politica y militar.La capital del reino era la imponente ciudad de Maryab,situada en un fértil oasis al borde del desierto. El primer florecimiento de la cultura sabea duró hasta aproximadamente la mitad del primer milenio a.C. ,momento en que el dominio de las rutas del comercio de incienso pasó a manos de otros pueblos del sur de Arabia.De esta época hay algunas evidencias que demuestran que los sabeos mantuvieron colonias comerciales en el Cuerno de Africa,en el area que luego se convertiria en Etiopia,mezclandose con las poblaciones locales.
Mas tarde,mil años despues de Salomon,entre los siglos I y III,Saba,volvió a ocupar un lugar preeminente en el panorama politico y económico del sur de Arabia.Durante eses periodo sus soberanos tuvieron la capital en Zafar, y ostentaron el titulo de reyes "de Saba y de Raydan,de Hadramaut y de Yemen" para demostrar que gobernaban sobre diferentes pueblos del sur de Arabia,aunque en realidad ese titulo fuera disputado tambien por los gobernantes de Himyar,otro pueblo del Yemen con el que tenian frecuentes conflictos y que acabó convirtiéndose en la potencia hegemonica  de la región. Como en épocas antiguas, la prosperidad de Saba descansó en su maestria en atrovechar sus recursos hidraulicos y en su dominio de las rutas comerciales del incienso y las especias; su colapso llegó con la destrucción de la gran presa de Maarib,construida a siete kilómetros al norte de esta ciudad,en el siglo VI d.C.,. Una decadas mas tarde,la conquista musulmana terminó de oscurecer el gloriosos pasado de los sabeos.
Pero el recuerdo de su antiguo explendor perduró en la leyenda, en la que brillan las fastuosas riquezas que una reina sin nombre puso a los pies del soberano mas sabio de la Tierra (este si,con nombre) ,admirada de su majestad y sus conocimientos: " Dió entonces ella al rey ciento veinte talentos de oro, y una grandisima cantidad de aromas y piedras preciosas; desde entonces,jamás se trajo tanta cantidad de aromas como la que regaló la reina de Saba al rey Salomón". Con estas palabras, el primer Libro de Reyes elevó al caudillo de un reino montañoso y no muy extenso a la categoria de gran soberano que recibia el reconocimiento del Estado mas poderoso de Arabia.Y asi quedó consagrada su imagen para toda la eternidad.

Bibliografia:
Francisco del Rio Sanchez (profesor de la U. de Barcelona)
Mas alla de la Biblia,Historia antigua de Israel ( Mario Liverani) 
         

           
              

lunes, 29 de abril de 2019

TARTESSOS EL ENIGNÁTICO PUEBLO DESAPARECIDO

Nombre con el que comúnmente se designa a una civilización y/o población que floreció en la Baja Andalucía aproximadamente al tiempo que comenzaba la época de las colonizaciones fenicias y griegas por todo el Mediterráneo. Realmente, el nombre de Tartesos o Tartessos representa un enigma que las investigaciones arqueológicas e historiográficas han ido cubriendo de veracidad desde que el historiador alemán Adolf Schulten iniciase la búsqueda de la mítica ciudad a la que los griegos veneraban como la más fértil y rica de toda Europa, identificándola con alguna de las existentes en el valle del Guadalquivir. Posteriores estudios lingüísticos, arqueológicos e históricos llevados a cabo por destacados investigadores (Juan de Mata Carriazo, Manuel Gómez-Moreno o, más recientemente, Juan Maluquer, Jaime Alvar o José María Blázquez) han intentando la difícil tarea de separar el grano de la paja, esto es, rastrear las evidencias históricas desde los textos y las leyendas, que se cuentan por centenares referentes a la riqueza de Tartesos. En las siguientes líneas, por lo tanto, se tratará de explicar el fenómeno tartésico desde todos los puntos de vista posibles, tanto historiográficos como míticos o legendarios.
Dejando de lado la problemática que identifica a Tartesos con la Tarsis bíblica (vía que, por el momento, parece descartada), el testimonio más antiguo que las fuentes griegas ofrecen sobre Tartesos proceden del poeta Estesícoro de Himera, que vivió entre los siglos VII y VI a.C. 
El vate heleno manejó, sin duda, tanto los testimonios de Plinio el Viejo como la monumental Theogonia de Hesíodo, en la que Tartesos aparecía como un río cercano a Erytheia, una de las tres islas en las que, en la época, estaba dividida la ciudad de Cádiz. La localización de Tartesos como un río (el Guadalete o, quizá, el Guadalquivir) queda avalada por la opinión del más famoso geógrafo griego: Estrabón, que también se pronunció en la misma dirección. No ha faltado tampoco quien ha identificado al río Tartesos con el río Tinto, debido a la riqueza de sustancias minerales que éste transportaba (y aún lo hace) y que, en este sentido, daría un argumento lógico a la proverbial riqueza tartésica.
Fue Hecateo de Mileto (VI-V a.C.) el primero en hablar de Tartesos como un país, dejándolo a la misma altura que Etruria o Iberia; Heródoto, el Padre de la Historia, duda en aplicar a Tartesos el calificativo de chora ('chora', "país") o emporion ('emporion', "lugar de mercado"), añadiendo más confusión al término. El primero en hablar de Tartesos como una polis ('polis', "ciudad") fue Éforo, pero ya en el siglo IV a.C., con lo que su testimonio tardío ha de verse con ligeras suspicacias; de igual modo sucede con el poeta Festo Avieno y su obra Ora Maritima, cuyos testimonios fueron esgrimidos por Schulten para otorgar a Tartesos el status de ciudad. Hoy día, los hallazgos arqueológicos y las investigaciones modernas se muestran bastante contrarios a dicha definición, manteniendo que Tartesos fue, más que una ciudad, una compleja y rica cultura que, por las evidencias arqueológicas, obtuvo un óptimo desarrollo económico en toda la Baja Andalucía. El que hubiera una capital, un centro, de dicha cultura queda, pues, a la espera de posteriores descubrimientos arqueológicos.
Como se ha citado en el punto anterior, Tartesos quedó definido, en principio, como el río que bordeaba la ciudad o la isla de Erytheia, famosa en las fuentes legendarias griegas por ser la sede del primer monarca tartésico: el tricéfalo Gerión, el rey del ganado al que Hércules mató en uno de sus trabajos. Precisamente Erytheia es el nombre de la hija de Gerión, cuyo hijo Norax colonizó Cerdeña. Descendientes del linaje de Norax fueron los otros dos legendarios reyes de Tartesos: Gargoris y Habis. El primero de ellos enseñó al pueblo el uso de la miel y el valor de ella (metáfora del conocimiento del comercio); por lo que respecta a su hijo Habis, su leyenda es uno de los topoi más habituales del mundo mediterráneo: el del hijo al que su padre manda matar, se salva y convive con animales salvajes para, finalmente, ser reconocido por su padre y reinar como le correspondería por linaje. Siguiendo con el tópico, Habis enseñó a su pueblo la agricultura y las leyes, gobernando pacíficamente y en paz durante largos años, que se corresponderían con el esplendor tartésico. De este modo, el linaje de Gargoris y Habis enlaza con el del único monarca tartésico que, pese al aura legendaria que también le rodea, también cuenta con datos fiables acerca de su veracidad histórica: Argantonio, quien, según los datos de algunos cronistas griegos, gobernó en Tartesos desde la mitad del siglo VII hasta la mitad del siglo VI, pues los mismos historiadores helenos le atribuyen una longevidad de, nada menos, ciento cincuenta años.
Las investigaciones acerca del origen mítico coinciden en aceptar, después de todas las leyendas habidas, un carácter antiquísimo a la monarquía tartésica, así como un brillante período de prosperidad entre los diferentes pueblos que habitaban la península ibérica antes de la llegada de fenicios y griegos. Además, los diferentes mitos entremezclados muestran la evidencia de un componente céltico (la tricefalia de Gerión, esto es, el rey de tres cabezas, es una reminiscencia de la tríada divina indoeuropea) y, naturalmente, un componente mediterráneo, representado por los reyes-agricultores y reyes-legisladores. Posiblemente, entre la oscuridad de los textos históricos y la brillantez de las leyendas estén los primeros y balbuceantes pasos de una cultura y una sociedad que, al menos entre sus contemporáneos griegos, fue tenida como una especie de El Dorado de la Antigüedad, por sus fabulosas riquezas y su localización incierta.
El conjunto de piezas de oro hallado en La Aliseda (Cáceres), que tal vez fue el ajuar funerario de una dama de alcurnia, permite apreciar con claridad el influjo fenicio en el ámbito de Tartessos. Así sucede con el cinturón, que consta de más de sesenta piezas en las que se han representado temas orientales como grifos alados, palmetas y un hombre luchando con un león.
Aparte de las cuestiones planteadas en los dos puntos anteriores, sí existen evidencias arqueológicas notables que prueban la existencia de una cultura rica de carácter orientalizante, muy influida por el mundo griego y por el mundo fenicio en todas las cuestiones. Las excavaciones realizadas en Huelva capital, Almuñecar (Granada), Toscanos y Trayamar (Málaga) y Setefilia, Carmona y El Carambolo (Sevilla), entre otros, han ofrecido materiales, cerámica, herramientas, adornos y joyas suficientes como para plantear las líneas maestras de lo que debió ser la sociedad y la economía de Tartesos. Como punto de partida, hay que establecer un dato indiscutible: la enorme importancia que Tartesos, gracias a su privilegiada situación minera, tuvo en las economías griega y fenicia. Salvo la plata de Cerdeña y el oro del Atlas norteafricano, el resto de Europa no tenía minas de importancia (o no se habían descubierto todavía); por contra, la costa andaluza era rica en todo tipo de metales, especialmente el estaño (fundamental para formar la aleación del bronce) y la plata. Tal riqueza ya había estimulado la formación de grandes culturas en la zona desde el tercer milenio antes de nuestra era, como la cultura de Almería, Los Millares o El Argar.
Ello explica que los fenicios, abandonando la isla Cerdeña, fundaran Cádiz aproximadamente en el año 1100 a.C. Los metales de la zona, tanto la plata como el bronce, eran suficiente atracción como para fundar una colonia donde los mercaderes abastecieran de metal a la metrópoli. Con todo, y gracias a diversas excavaciones en la franja que se desliza desde Huelva hasta Sierra Morena, Tartesos no fue un simple emporio de metales, sino un verdadero pueblo de trabajadores metalúrgicos. El hecho de que los fenicios comprasen el cobre indica que ya estaba hecha la aleación, por lo que los poblados tartésicos debieron estar salpicados por doquier de pequeños talleres metalúrgicos. Esta suposición lógica esta avalada por la gran cantidad de objetos manufacturados encontrados en las diferentes excavaciones, especialmente los yunques y herramientas típicas del trabajo del metal, así como el descubrimiento de vetas de mineral agotadas en el siglo VI a.C. Los rendimientos mineros obtenidos por los tartésicos fueron altísimos, como lo demuestran los análisis efectuados sobre las escorias. A cambio, Tartesos recibía telas, ámbar, cerámica y objetos de adorno procedentes de las más diversas zonas de Oriente, con lo que su cultura y sus tipos decorativos se orientalizaron, escondiendo el componente occidental autóctono. Más aún, parece que la entrada en la península ibérica de materias alimenticias tan fundamentales como el vino y el aceite se debe, precisamente, a los intercambios comerciales entre Tartesos y los fenicios.
La sociedad tartésica, tan rica y especializada, estuvo, sin duda, fuertemente jerarquizada, aunque la división del trabajo artesano debió ser el principal factor de cohesión social. El descubrimiento de pequeños talleres domésticos dedicados en exclusiva a las manufacturas metálicas explica, por una parte, el nivel de igualdad social; pero, por otra parte, el trato y el contacto con pueblos de comerciantes debió exigir la existencia de una densa red de comercialización de los productos tartésicos. Ello explica la existencia de una elite aristocrática dominante que, mitológica e históricamente, queda representada por la milenaria monarquía de Tartesos. Por si ello fuese poco, la demanda de metales fue tan grande que, a partir del siglo VIII a.C., existe la casi total certeza de un comercio entre Tartesos y las costas atlánticas (Galicia, la Armórica y las Islas Británicas), que abastecerían de estaño, plata y plomo (indispensable para la fundición) a la sobrepujada economía del sur peninsular. Pesca y ganadería tuvieron que completar el panorama económico de El Dorado de la Antigüedad, especialmente esta última. No hay que olvidar la leyenda de Gerión, el rey tricéfalo señor de los bueyes, donde subyace toda una identidad pecuaria de la zona desde los tiempos remotos, así como el animal mimético por excelencia del mundo mediterráneo: el toro.
Pectoral de oro en forma de piel de toro, procedente de El Carambolo. Los casi tres kilogramos de oro que en 1958 se hallaron en el cerro de El Carambolo, próximo a Sevilla, precedieron la excavación, entre los años 2002 y 2005, de un recinto sagrado edificado allí en el siglo VIII a.C., que fue remodelado y ampliado en el siglo siguiente. Aunque este santuario es de tipo fenicio, su altar en forma de piel de toro extendida, que se corresponde con los pectorales del tesoro que tienen igual forma, constituiría un rasgo original del mundo tartesio. Puede que las joyas que forman el tesoro de El Carambolo fuesen ornamentos de una imagen de culto (quizás adornaron toros sagrados) o atributos sacerdotales.
Las fuentes que hablan acerca de las manifestaciones culturales de los habitantes de Tartesos son dos: los escritores griegos y los hallazgos arqueológicos. Con respecto al arte, los tipos orientalizantes, especialmente influidos por el arte fenicio, son los que dominaron el gusto artesanal de Tartesos. Así se observa en los diferentes objetos extraídos de excavaciones arqueológicas, como ánforas y vasos (de cerámica y de vidrio), que muestran una riquísima decoración polícroma. Mención aparte merece el formidable tesoro encontrado en el poblado de El Carambolo (Sevilla). Los estudios de Juan de Mata Carriazo sobre los materiales encontrados revelan que los habitantes de Tartesos, si bien humildes en sus construcciones, dedicaron gran parte de su riqueza a la compra o elaboración de diferentes objetos de oro y plata, en especial brazaletes, diademas, gargantillas, cotas pectorales, collares, pulseras, cinturones, anillos y pendientes. La decoración geométrica y las pinturas diversas forman parte tanto de la cultura fenicia orientalizante como de la primitiva decoración griega, las dos mayores influencias del arte tartésico. Finalmente, hay que destacar que la vestimenta de gala de cualquier miembro de esta comunidad debió ser, grosso modo, de parecido aspecto al que muestran las numerosas estatuas de Damas que se han encontrado en la península, como la de Elche o la de Baza.
Tesoro del Carambolo. Museo Arqueológico de Sevilla (España).
Con respecto al bagaje cultural de los tartésicos, la principal fuente vuelve a ser Estrabón. En el primer libro de su magna Geographia, habla de los turdetanos como el más culto pueblo de la península. El geógrafo griego se refiere a los habitantes del antiguo reino tartésico, que vivieron aproximadamente hacia los siglos II y I a.C. El cambio de nombre no es novedoso, puesto que los cronistas griegos siempre denominan a los habitantes por sus apelativos contemporáneos y, filológicamente, la raíz "Turt" es idéntica a "Tart". Así pues, Estrabón habla de los anales y leyes conservadas por escrito desde los tiempos del rey Argantonio, lo que hace suponer que la tradición de letras venía desde antiguo. Para corroborar tal dato, las excavaciones arqueológicas han descubierto gran cantidad de lápidas o estelas funerarias con caracteres alfabéticos en su exterior. El alfabeto tartésico, en parte indescifrable, participa de los rasgos generales peninsulares, pero tiene gran influencia oriental que lo hace, por el momento, hermético a los saberes actuales. Otro escritor griego, Éforo, cita varias leyes (aunque sería mejor utilizar el término "costumbres") tartésicas, como la prohibición a los jóvenes para testificar contra los ancianos (rasgo de jerarquización social). Con respecto a los cultos, se cita todo un elenco de santuarios en la zona dedicados a la adoración de diferentes divinidades, especialmente al sol, a la luna y a varias fuerzas semidiabólicas. Dejando de lado estos restos de culturas ancestrales, una de las tres islas en las que estaba dividida Cádiz se dedicó por completo a un templo para adorar a Afrodita, santuario dotado, a la manera griega, de su propio oráculo. Otro santuario, el de Zèphyros, dios del viento, se encontraba situado en la costa del Algarve (Portugal), dedicado al culto de aquel que traía, con sus buenos vientos, tanta riqueza comercial a la comarca.
Tesoro de Aliseda. Museo Arquelógico de Madrid (España).

Las leyendas y mitos relacionados con el antiguo reino andaluz no cesaron siquiera cuando la brillante civilización comenzó su decadencia. El primero en formular la identificación entre la Atlántida y Tartesos fue, de nuevo, Adolf Schulten, basándose en las semejanzas que el emplazamiento de Tartesos (o al menos donde él creyó que estaba) tenía con la descripción mitológica que Platón escribió en su obra Critias. Ciertamente, Gadeirike, donde dice Platón que se produjo la catástrofe, evoca en su raíz filológica al Gadir (Cádiz) fundado por los fenicios, aparte de situarla en las cercanías de las columnas de Hércules. Ciertamente, la descripción cultural del modo de vida, sociedad, tradiciones y gobierno del texto platónico también encaja a la perfección con el mundo tartésico que se ha descrito en estas líneas. Con todo ello, la explicación dada al mundo (filosófico, principalmente) del mito de la Atlántida es clara, y no se trata nada más que de otro topoi, el de la abundancia que presagia la catástrofe. Separando la dualidad mítica Atlántida-geológica (situada en América y que se hundió en los tiempos protohistóricos) y la Atlántida-geográfica y cultural, Tartesos, histórica y mitológicamente, guarda gran similitud con las explicaciones escritas dadas por Platón acerca de la posibilidad de que una civilización pre-indoeuropea sobreviviese en Europa hasta épocas muy avanzadas. Historia, mito y tradiciones ocultas tienen una parada habitual en este fabuloso Tartesos, tan fascinante para los lectores actuales como lo fue para sus contemporáneos europeos.
En las estelas funerarias de guerreros halladas en Extremadura y Andalucía se ha visto una manifestación de la cultura tartésica. Estela de Solana de Cabañas. Siglos VIII-VI a.C. MAN, Madrid.
Tartessia vive su esplendor entre los siglos VIII y V a.C. y es gracias a la obtención del bronce, así como la extracción de oro y plata, los que les hace importantes, pues dichos metales y su calidad son muy codiciados por los pueblos de las orillas del Oriente Próximo, concretamente Fenicia y Grecia.
Desde el centro de Europa entran en la Península otras poblaciones mezclando sus culturas. Introducen la lengua indoeuropea, origen de nuestra lengua. El propio mercadeo entre los distintos pobladores que llegan, influyen a los pueblos tartesos, y la sociedad se va transformando,  organizandose de forma más heterogénea, más compleja. Con ello da comienzo el fenómeno urbano en la Península, y con él el Estado. Abstracción que representa la más compleja forma de organización social. Garantía institucional para consolidar las desigualdades.
Una sociedad claramente jerarquizada, con una clase social acomodada. Aparece el poder político superior a los clanes y familias, y cambia de manera brusca la organización social. Aristócratas y reyes son sostenidos por la colectividad. Las ciudades se amurallan por primera vez, como lo demuestran algunos yacimientos.
La economía gira hacia la explotación minero-metalúrgica, que supone una organización compleja  y hacia la economía de tipo agropecuario con una distribución del poblamiento y del territorio. 
El bronce tarteso, por su brillanted y calidad es muy apreciado por los pueblos mediterráneos, sobretodo por los fenicios y griegos.
Los fenicios, que vienen de Fenicia, como buenos comerciantes, llegan a las tierras tartesas por el levante peninsular para intercambiar sus productos por los metales preciados, intentando hacerlo al mejor coste.
Se  establecen en las costas andaluzas y  la ciudad de Cádiz, pasa a ser el más importante punto de comercio de la época.
Los Griegos son una gran civilización, que compite en la comercialización con Europa, con los mismos cometidos que sus vecinos fenicios, se establecen por las Ampurias para comerciar con los pueblos de la península. Es posible que reemplazasen a los fenicios en esa tarea, aprovechándose de su creciente decadencia.
Todos estos enriquecimientos de otros pueblos, otras culturas, hacen que en los siglos VI, VII a.C., la civilización Tartesia alcance el cenit de su desarrollo.
En el siglo V a.C, todo este esplendor que atesora esta gran civilización, empieza a decaer no se sabe muy bien porqué. Poco a poco las vías comerciales se van estableciendo por otras nuevas y Tartesia se va diluyendo poco a poco. Parece ser que los púnicos o cartagineses, descndientes de los fenicios, son los causantes de esta desaparición o a lo mejor el agotamiento de las vetas de mineral aprovechables, que habría acabado con el comercio colonial fenicio. El deterioro económico y un cambio mundial hacen que Tartesia desaparezca, siendo Cartago el nuevo centro de poder.