lunes, 9 de marzo de 2015

NAPOLEON Y JOSEFINA..AMOR Y DESAMOR DE UN MATRIMONIO IMPERIAL



La llamaba Josefina porque su verdadero nombre, Rose, había sido pronunciado por demasiados de sus amantes. Cuando en 1795 conoció a la que sería su esposa, a la que habría de convertirse en emperatriz del Gran Imperio francés, Napoleón Bonaparte  era apenas un general veinteañero, serio, solitario y con una dudosa carrera militar en el horizonte. Stendhal lo recordaba así, en aquella época: "Era el ser más delgado y más raro que había visto nunca. Siguiendo la moda del momento, llevaba unas inmensas 'orejas de perro' que le caían hasta los hombros. El aspecto del general Bonaparte no inspiraba confianza. La levita que llevaba estaba tan gastada, y todo él tenía un aire tan miserable, que me costó creer que aquel hombre fuese un general". En ese primer encuentro entre ambos jóvenes, fugaz, en un salón encopetado de la alta sociedad parisina, nació una relación de casi trece años de la que ha dado cuenta, para los siglos, una ingente correspondencia, que ahora traduce por primera vez al castellano,Fórcola.



"Adiós, mujer, tormento, felicidad,a la que amo, a la que temo", escribe Napoleón en 1796
Napoleón enseguida se enamora de aquella muchacha criolla llamada Rose Tascher de La Pagerie, hija de colonos de la Martinica y por entonces una buscavidas en el libertino París postrevolucionario. "Fue una relación desigual. Durante los primeros años, Napoleón adoraba a Josefina. La amaba de una manera absoluta, con un espíritu arrebatado, de hijo del Romanticismo más exaltado", comenta Ángeles Caso. Entre ambos hay algo sumamente inestable: un tormento de infidelidades y engaños, de enfados y reconciliaciones. Napoleón no deja pasar un día sin entregar carta para su esposa, y escribe a menudo con sonrojante arrebatamiento, como un adolescente a punto de caer muerto de tanto como ama, de tanta inquietud como le genera no ser plenamente correspondido. La posee -aunque él suele estar lejos, por las batallas, y solo puede sospechar acerca de la frenética vida, sexual y de la otra, que lleva su fina Josefina en París-, pero cree perderla a cada momento, y casi en cada carta le anuncia su final: "Adiós, mujer, tormento, felicidad, esperanza y alma de mi vida, a la que amo, a la que temo, que me inspira sentimientos tiernos que me atraen a la Naturaleza, y movimientos impetuosos tan volcánicos como el trueno", le escribe en 1796. Otras veces, si tiene el día rijoso, se despide con "un beso más abajo, más abajo de los senos". 

Napoléon y Josefina, de Harld. H. Piffard.

Opina Ángeles Caso que "esa debilidad de un hombre agresivo, un macho alfa, ante una mujer que ejerce a conciencia un cierto estereotipo femenino es algo muy común", y Josefina quiso aprovecharlo: mientras Napoleón está lejos, sometiendo Europa, ella lo engaña y gasta su dinero con un joven amante que no se separa de su lado. Es tal la ceguera del (todavía no) Emperador que ignora las advertencias de sus amigos de París. Josefina llega a fingir un embarazo para no tener que visitarle tras una batalla.




En 1804, Napoleón es nombrado Emperador con el apoyo de los viejos regicidas revolucionarios del Senado, que ven con buenos ojos la ejecución del Duque de Enghien, ordenada por el corso. Comienza, por esa época, la vida loca del tirano, y las cartas van encogiéndose, perdiendo efusividad. Bonaparte homenajea su figura legendaria a base de victorias que le ponen la cama perdida de amantes.



La ya Emperatriz Josefina cambia su actitud al sentir que su marido se le escurre entre los dedos: se convierte en una apacible consorte cuyos pecados, ahora, tienen más que ver con el lujo que con la lujuria. "A medida que aumenta el poder de Bonaparte, las tornas cambian. Josefina se convierte en una esposa suplicante y llorosa, y él empieza a tratarla mal. Aunque, en el fondo, siempre conserva hacia ella una brizna de cariño, como un resto del viejo amor"


Napoleón tiene su primer hijo con Louise Éléonore Denuelle de La Plaigne, una de sus amantes, y así disipa la duda que sobre su capacidad procreadora se tenía; no hay discusión: el niño, Charles León, es igual a él. La relación entre Napoleón y Josefina se deteriora aún más. En 1807, tras la conquista de Polonia, Napoleón se enamora de la polaca María Walewska, a la que, sin ser correspondido, somete con amenazas y, otra vez, como con su esposa, malos tratos. Tiempo después tienen un hijo, Alexandre. Son amantes al menos cuatro años más, hasta el exilio del emperador en la isla de Elba. Al cambio de papeles, Napoleón le recrimina a Josefina su tristeza: "Me dices que no haces más que llorar. ¡Vaya! ¡Qué feo!". Ahora es él quien la prohíbe ir a verle y la zahiere con desplantes e ironías: "Me he reído de eso que dices de que te casaste para estar con tu marido; yo creía, en mi ignorancia, que la mujer estaba hecha para el marido; y el marido, para la patria, la familia y la gloria; perdón por mi ignorancia; siempre se aprende algo con nuestras bellas damas". Napoleón parece estar cobrándose la venganza. Josefina se desespera, teme como a un nubarrón el divorcio y toma la extravagante decisión de proveer ella misma a su marido de amantes. Así lo mantendrá a su lado. Napoleón es ya una caricatura de sí mismo, un hombre cruel, autoritario y déspota. 


                 



"¿En lo humano?", se pregunta Ángeles Caso: . Su ambición no tenía límites. Creo que era un auténtico ególatra, sin apenas empatía hacia los demás. Si su vida hubiese transcurrido en el siglo XX, hablaríamos de él con el mismo espanto con que lo hacemos de Hitler. Pero vivió en un tiempo en el que la conquista y la guerra aún gozaban de prestigio. Y además disimuló toda su ambición tras una ideología supuestamente democrática y burguesa". Porque este libro es también un diario de batallas: una historia resumida, parcial de Europa a través del delirio de quien fuera, sin duda, su amo más poderoso, el más temible. Llama la atención cómo consigna las víctimas que deja a su paso, ni siquiera como muescas que incorporar a su espada: "La batalla de Austerlitz es la más hermosa de todas las que he mandado: 45 banderas, más de 150 cañones, los estandartes de la guardia de Rusia, 20 generales, 30.000 prisioneros, más de 20.000 muertos: ¡un horrible espectáculo!"

El desplome, la desgracia última de "la criolla" tuvo lugar el 14 de diciembre de 1809. Aquel día, escribe Ángeles Caso en la biografía de la pareja   "a las nueve de la noche, mientras la lluvia y el viento se abatían sobre París, una Josefina pálida y llorosa, vestida de blanco como una joven virgen y sin ninguna joya, entraba del brazo de su hija Hortensia en el salón del trono de las Tullerías, donde debía tener lugar la ceremonia de su divorcio". Al otro lado, o enfrente, los miembros de la familia Bonaparte, orgullosos, sonríen ante la caída en desgracia de aquella mujer descarada a quien nunca soportaron. Bonaparte blande el bienestar de Francia para justificar su decisión: debe tener hijos y prolongar la joven dinastía que encabeza. Se casa, pues, "con un vientre", como él mismo decía; y resulta ser el de María Luisa de Austria, sobrina nieta de María Antonieta, la reina guillotinada. "Durante años, Josefina cumplió como primera dama, porque era una anfitriona exquisita. Pero una vez coronado emperador, Napoleón necesitaba más. Quería crear una dinastía y ligarse a las grandes dinastías históricas para adquirir un aura de legitimidad", explica la escritora e historiadora.


Napoleón y Josefina continúan con su correspondencia. Pese a la nueva boda, la Emperatriz siempre será Josefina: "Lo curioso es que su destino parece estar ligado de una manera extraña a ese matrimonio. Cuando se casan, él no era más que un general sin destino. Es justo en ese momento cuando empiezan sus grandes victorias. Y nada más divorciarse para casarse con María Luisa de Austria, comienzan sus derrotas. Es como si Josefina, a pesar de su frivolidad y deslealtad, hubiera sido una especie de amuleto para él".

Al final, ella llora y él se muestra implacable. Nunca dejaron de escribirse. El 16 de abril de 1814, cuatro días antes de la muerte de Josefina, Napoleón, en su última carta, se despide: "Adiós, mi querida Josefina, resignaos como yo, y no dejéis nunca de recordar al que jamás os olvidó y jamás os olvidará".
http://www.elcultural.es/noticias/letras/Napoleon-y-Josefina-la-pasion-temible-de-un-matrimonio-imperial/6264


 

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