jueves, 18 de agosto de 2016

HISTORIA DE LA FARMACIA....HISTORIADORES VERSUS MERODEADORES.




La historia de la farmacia surge en el siglo XIX como respuesta a los cambios profesionales que supuso la industrialización. Era entonces poco más que un conjunto de semblanzas profesionales.Hoy es una disciplina desarrollada por los historiadores de la ciencia y de la farmacia, amenizada con las aportaciones espontáneas de los aficionados y coleccionistas.
Hace no mucho tiempo publiqué un artículo sobre el previsible desarrollo de la historia de la farmacia, a la vista de su envejecimiento conceptual y metodológico. Desde entonces, la situación ha empeorado y se ha agrandado el abismo entre los historiadores y los merodeadores aficionados a la historia. Citaba entonces a Huzinga: «No pocas veces el historiador se lanza a buscar la materia sin un buen planteamiento previo del problema que le preocupa. Y así descubre materiales que a nadie interesan. Los almacenes de la ciencia están abarrotados de materiales críticos elaborados que esperan años y años la mano que los construya. Se editan fuentes que no son tales fuentes, sino simples "charcos" cuando la pregunta no es clara, jamás se obtiene como respuesta un verdadero conocimiento. A la vaguedad de la pregunta corresponde siempre la vaguedad de la respuesta». Citaba también a Laín, para quien la historia de la medicina tiene tendencia a convertirse en una disciplina orquídea, exquisita pero inútil, aquejada de un triple mal, que se detecta igualmente en la historia de la farmacia: el diletantismo irresponsable, el gremialismo y la actividad de los profesionales jubilados.



Las cosas, lejos de mejorar, han empeorado, y abundan más que nunca los estudios basados en documentaciones incompletas y sin importancia, los inventarios inacabables, las relaciones de utensilios, medicamentos y enfermedades, sin que de todo ello se obtenga información alguna de valor. Es una historia trasnochada, que da a luz un determinado documento sin preguntarle nada, que informa de un tiempo demasiado corto, carente de significación, que testimonia de un incidente trivial de la profesión, que reproduce un inventario, una visita de boticas, un contrato ante notario, un examen, un cuaderno de notas, un epistolario, una nómina, una lista de asistentes a una reunión colegial o las anotaciones en un recetario. Para que la historia exista es necesario que la documentación estudiada sea fiable, significativa y completa. Y, sobre todo, que se esté dispuesto a interrogarla



Los contenidos a desarrollar por la historia de la farmacia son las relaciones del medicamento con su entorno: las modificaciones sociales producidas por los medicamentos y la influencia de varios factores en el uso de los fármacos: el pensamiento científico, la concepción de la enfermedad y de su tratamiento, la tecnología, el desarrollo económico y comercial, el azar, la política, la religión y la ética. Se trata de saber qué fármacos se emplearon en cada época y por qué, de aclarar la razón de que se emplease esa farmacia y no otra, y estudiar las técnicas de preparación, conservación y dispensación de los medicamentos. También hay que valorar la eficacia de los fármacos en la época en que fueron utilizados y ahora, así como la opinión que la sociedad ha tenido de los medicamentos y de sus profesionales.
Los historiadores de la farmacia desarrollan estos temas en condiciones difíciles: los farmacéuticos suelen preferir la historia corporativa a la científica, y la historia de la farmacia, como disciplina universitaria, está vinculada a un área de conocimiento que incluye farmacia clínica, biofarmacia, farmacoterapia, tecnología industrial, legislación, deontología, planificación y gestión. En minoría absoluta, está integrada en departamentos que contemplan la historia como una rareza o una disciplina irrelevante. En los tribunales y comisiones se mezclan historiadores con farmacéuticos clínicos y tecnólogos, y son determinantes los intereses de grupo. Por si el panorama no fuera lo suficientemente oscuro, se añade la labor de zapa realizada por los merodeadores, los historiadores aficionados y ocasionales, ubicados algunos de ellos en los departamentos universitarios, donde su actividad suele ser letal.


Los archivistas son algo más dañinos que los coleccionistas, porque sus admiradores, que son legión, les consideran expertísimos investigadores y sagaces historiadores




Los males que aquejan a la historia de la farmacia son muchos. En primer lugar, el coleccionismo, fruto de laboriosas recopilaciones: albarelos, morteros y libros antiguos, sellos, monedas y carteles. Este tipo de merodeador no es especialmente dañino si no se confunde a sí mismo, y tampoco nadie lo confunde, con un historiador. Los coleccionistas suelen agruparse bajo la denominación de amigos de la historia o alguna otra denominación semejante, muchas veces en ámbitos locales que refuerzan sus lazos y les facilita el intercambio de datos sobre sus respectivas colecciones.
La segunda plaga es el archivismo, que permite a los aficionados aportar datos triviales sobre el pasado de sus municipios: boticarios del pasado, farmacias antiguas, anécdotas corporativas. Este tipo de merodeador prolifera en las ciudades de pequeño y mediano tamaño y genera una abundante literatura al amparo de instituciones oficiales y crediticias. Son algo más dañinos que los coleccionistas, porque sus admiradores, que son legión, les consideran expertísimos investigadores y sagaces historiadores.
Uno de los merodeadores y saboteadores más dañino es aquel que se proclama seguidor y discípulo de un supuesto maestro y se propone seguir sus pasos
El tercer depredador de la historia de la farmacia es el documentalista incontinente, que reproduce prolijos documentos sin elaboración alguna, sobre reuniones de farmacéuticos, actos colegiales, asambleas, inventarios, actividades científicas inconexas, recetarios y noticias de prensa. Es un depredador de altura, trabajador infatigable carente de método, que merodea por los archivos, a los que en ocasiones despuebla de los documentos originales, para dar a luz voluminosos estudios con anexos interminables.
Otro merodeador es el aficionado despistado, una figura entrañable, apenas perjudicial, que ofrece colaboraciones espontáneas, fruto de observaciones bienintencionadas y casuales.
Otro merodeador es el aficionado despistado, una figura entrañable, apenas perjudicial, que ofrece colaboraciones espontáneas, fruto de observaciones bienintencionadas y casuales
A continuación están los sentimentales, los historiadores emotivos, guiados por el amor a la profesión y dedicados a glosar a los antepasados ilustres. Los lectores suelen muchas veces preferirlos a los historiadores serios, que les parecen aburridos y pedantes. Uno de los merodeadores y saboteadores más dañino es aquel que se proclama seguidor y discípulo de un supuesto maestro y se propone seguir sus pasos. Se cumple aquí una ley inexorable: el entusiasmo está en relación inversamente proporcional con la valía real del maestro, al que se cita continuamente para justificar los trabajos realizados. Este merodeador se considera muchas veces un humilde continuador de la obra del maestro y afirma que éste le encargó proseguir sus trabajos, por lo que está convencido de que sus aportaciones, si bien modestas, no debieran ser criticadas. Lógicamente, en ocasiones el maestro no dijo nada ni encargó cosa alguna, pero sus discípulos enaltecen su figura, incluso si se trata de un incompetente y un déspota. Los maestros ridículos tienen centenares de ridículos seguidores, que veneran al maestro y son especialmente dañinos cuando proliferan en exceso. Si su número es reducido forman parte de la sal y la pimienta de las disciplinas históricas, en especial de las sectorizadas y locales.



Otro saboteador es el amante de las generalizaciones. La complejidad de los hechos estudiados se sustituye por una serie de estereotipos que lo explican todo y nada al mismo tiempo. Su contribución sólo es dañina en cuanto sus generalizaciones impiden discernir aquello que realmente sucedió, que es sustituido por una generalización. Ésta puede ser incluso útil, pero su efecto nocivo consiste en que aplicada de forma mecánica y sistemática distorsiona los hechos y su comprensión. Como todos los grandes errores, éste tiene aspectos muy prácticos y permite realizar una exposición didáctica, coherente y divulgativa de la historia, materia de difícil transmisión sin el empleo de las generalizaciones. Es un vicio tan extendido que llega a confundirse con el oficio del historiador, que tiende a ordenar en exceso una documentación unas veces demasiado escasa y otras excesiva y caótica.
Otro intruso es el observador de nimiedades, que a él se le antojan trascendentes: las reimpresiones, los errores tipográficos, los índices de los libros y sus modificaciones en las diferentes ediciones, las dedicatorias y prólogos, las anotaciones en los márgenes de los textos, las inscripciones en los morteros, la heráldica farmacéutica, los asistentes a las reuniones, los cambios de sede de las instituciones, el personal auxiliar, las fotografías, los trajes, cualquier vestigio de los tiempos pasados. Su detallismo le convierte en un ayudante de los historiadores, si bien él abriga la sospecha de que el verdadero historiador es él, por la exactitud y minuciosidad de los datos que aporta a unos profesionales que en su opinión se benefician desconsideradamente de sus detalladas investigaciones.


La Triada Hermética o Elogio de la Vía Húmeda, alegoría alquímica del siglo XVII.

¿Sobrevivirán los docentes, divulgadores e investigadores y podrán ser considerados historiadores, o la disciplina caerá definitivamente en manos de los aficionados?
¿Existe el futuro?
Los merodeadores e intrusos asolan sistemáticamente todas las disciplinas históricas y es fácil reconocerlos e identificarlos en la historia de la farmacia, que sazonan con la exaltación profesional, la nostalgia del pasado, el coleccionismo compulsivo y nostálgico, una cierta tendencia a la desmesura y al entusiasmo que se deriva de la evocación romántica de unos tiempos que se supone mejores. No faltan tampoco quienes subliman en la historia todas sus carencias. El falseamiento histórico interviene en apoyo de la evocación nostálgica y aporta pruebas que, convenientemente manipuladas, parecen dar la razón a las tesis de los merodeadores, si bien la lectura objetiva de los textos desmorona sus imprudentes fantasías.
Así se cocina la historia de la farmacia, con la variopinta contribución de los numerosos y activos merodeadores y saboteadores, que rebasan en número, actividad y reconocimiento al reducido número de historiadores, que sobreviven en departamentos universitarios ajenos cuando no hostiles a la historia. ¿Sobrevivirá la historia de la farmacia como disciplina histórica? ¿Sobrevivirán los docentes, divulgadores e investigadores y podrán ser considerados historiadores, o la disciplina caerá definitivamente en manos de los aficionados? Sinceramente, no lo sé, nadie lo sabe. Cuanto puede decirse es que de momento, y de forma más bien milagrosa, los historiadores de la farmacia todavía resisten.


Bibliografía y enlaces

1. Esteva J. El envejecimiento conceptual y metodológico de la Historia de la Farmacia. Bol Soc Esp Hist Farm 1987;38:27-32.
2. Huizinga J. El concepto de historia y otros ensayos. Madrid: Alianza Editorial, 2001.


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