miércoles, 28 de diciembre de 2016

FILÓSOFOS PRESOCRÁTICOS


A los primeros filósofos griegos se les conoce con el nombre de "físicos" porque trataron de conocer y estudiar la naturaleza, la physis, de las cosas. El término physis tenía para los griegos de esta época un doble sentido: servía para designar tanto el crecer, el aparecer de algo, como la fuerza interna que impulsa dicho aparecer y crecer. Por ello tienen que estudiar lo que es el aparecer de lo que existe. La noción de physis implica una experiencia metafísica que tienes sus antecedentes en antiquísimas ideas religiosas o mágico-místicas. Nacido en las fiestas de las estaciones, el sentimiento de la armonía y de la simpatía entre los hombres y el mundo había sembrado en los espíritus la noción de una vida unánime. Esta noción, que implica una originaria identidad de materia, vida y espíritu, que supone un antiguo y radical parentesco entre todos los seres, que sugiere firmemente la inmanencia de la divinidad en todos ellos y en el principio del Todo, una vez despojada de sus vestiduras mitológicas y alejada de toda significación ritual, pasa a ser el objeto directo de una intuición filosófica básica. En la época en que estaba naciendo la filosofía escribía Esquilo: "Zeus es todas las cosas y lo que está más allá de ellas. Zeus es el aire, Zeus la tierra, Zeus el cielo". Los primeros filósofos no hablaban de Zeus, sino de la physis, pero la intuición que el poeta expresaba a través de la divinidad mítica no es muy diferente de la que ellos tradujeron en términos de experiencia o de razón. La ruptura entre mitología y filosofía se da porque los "fisiólogos" no se conforman con encomendar su experiencia del Ser al mito, a los relatos tradicionales, sino que intentan explicarla a través de la experiencia cotidiana, de la analogía y de la dialéctica.
La concepción de la physis en los primeros filósofos se caracterizó por su estabilidad e inmutabilidad frente a la pluralidad y movilidad de las cosas particulares. La Naturaleza tuvo para los presocráticos en general el doble sentido de sustrato inmutable del ser, por debajo de todas las mutaciones de las cosas, y de fuerza que hace llegar las cosas a ser, a modo de una fuente inagotable de seres. De la oposición primaria entre Naturaleza y cosas particulares se derivan otras varias oposiciones, como la existente entre verdadera realidad, solamente percibida por la razón, y apariencias mutables de las cosas percibidas por los sentidos; entre lo mutable y móvil, entre la unidad y la pluralidad, entre el ser y el no ser, entre lo lleno y lo vacío, entre lo limitado y lo ilimitado.
La escuela milesia intentó reducir la variedad desconcertante del mundo físico (apariencia) a una única sustancia material subyacente (esencia, verdadera realidad).
 "La mayoría de los que filosofaron por primera vez consideraron que los únicos principios de todas las cosas son de especie material. Aquello a partir de lo cual existen todas las cosas, lo primero a partir de lo cual se generan y el término en que se corrompen, permaneciendo la sustancia mientras cambian los accidentes, dicen que es el elemento y el principio de las cosas que existen; por esto consideran que nada se genera ni se corrompe, pues tal naturaleza se conserva siempre " (Aristóteles)
Los milesios fueron los filósofos que de modo original y radical respondieron a la pregunta ¿de qué está hecho el mundo? Tales contestó que el mundo estaba hecho de agua; Anaxímenes, que de aire; mientras Anaximandro afirmó que todas las cosas estaban hechas de un sustrato material que denominó "lo indefinido" o "lo infinito".
Las escuelas itálicas, pitagórica y eleática, constituyen el segundo estadio importante en la historia de la especulación presocrática. Su carácter y tema central difieren profundamente del de los milesios. Mientras a éstos les motivaba una innata curiosidad intelectual y el descontento con las explicaciones míticas, el impulso subyacente al pitagorismo fue religioso. A diferencia de los milesios, que intentaron explicar el mundo de una forma puramente naturalista, los pitagóricos emplearon principios y elementos explicativos tomados del campo de los seres no sensibles (Metafísica, A 8, 989 b 28), interesándose más por la forma o estructura del mundo que por su mero principio material. Los pitagóricos se interesaron por el cultivo de la música y de las matemáticas, movidos por la finalidad religiosa de purificar el cuerpo para liberarse del ciclo de las reencarnaciones. El principal descubrimiento pitagórico fue la gran semejanza entre los números y los seres y fenómenos del universo, y pensar que la esencia del universo es el número y su estructura formal una relación numérica armónica.


Llevando esta concepción hasta sus conclusiones lógicas,PARMENIDES llegó a afirmar la existencia de lo Uno, eterno e inmóvil, y negó la realidad de todo cambio y, con ello, de todos los seres sensibles. La doctrina de Parménides puede sintetizarse en dos tesis fundamentales. Según la primera, es imposible que surja la pluralidad a partir de una única realidad, y contra ella se rebelaron los milesios con encono. Si suponemos que originariamente existía solamente agua: ¿por qué no sigue habiendo sólo agua? Si solamente había agua, ésta no pudo generarse a partir de otra sustancia (que, por hipótesis no había) ni puede tampoco transformarse en otra cosa o desaparecer (¿qué podría hacerla desaparecer o transformarse si no hay nada a parte de ella?) Lo que no hay desde siempre no puede originarse; lo que hay desde siempre no puede tampoco ser destruido. Según la segunda tesis lo que hay, lo que existe, ha de ser único, es decir, una única realidad. Las consecuencias de estas dos afirmaciones eran tajantes: si, por una parte, de una única realidad no puede surgir la pluralidad y si, por otra parte, la razón nos obliga a aceptar la existencia de una única realidad, no habrá más remedio que declarar irracionales e ininteligibles el movimiento y la pluralidad. Parménides eliminó, por tanto, lo cambiante al afirmar lo permanente; eliminó lo que las cosas parecen ser (múltiples y mutables) al afirmar lo que son (una única realidad); eliminó la pluralidad al establecer la unidad; eliminó el conocimiento sensible en aras de las exigencias de la razón. El discípulo de Parménides, Zenón de Elea, reconociendo que las tesis de su maestro no eran aceptables para la experiencia común sensible, elaboró sus famosas cuatro aporías para demostrar a sus adversarios que tampoco las afirmaciones de la experiencia común, tales como la multiplicidad y el movimiento, eran aceptables para la razón.

Heráclito, por su parte, insistía en la mutabilidad de las cosas; decía que todo se encuentra en estado de flujo (panta rei, "todo fluye"), si bien insistía en la existencia de un Logos, norma o proporción dentro de estos cambios, y atribuía al fuego cierto tipo de realidad superior. Empédocles, para resolver el enigma planteado por Parménides, postuló cuatro elementos (fuego, aire, agua y tierra) y dos principios del movimiento, atracción y repulsión, o Amor y Odio, como poéticamente él mismo los denominó. Anaxágoras, cuya filosofía resultaba probablemente oscura incluso para sus contemporáneos, parece haber insistido en la permanencia de las cualidades y haber situado al Nous o mente como origen del movimiento y principio rector del universo.
Un momento importante en los albores del pensamiento filosófico y científico presocráticos lo constituyen los filósofos "armonistas", así llamados por su pretensión de reconciliar la filosofía del ser de Parménides con la filosofía del devenir de Heráclito. También fueron llamados pluralistas porque el modo de intentar la reconciliación fue el de renunciar a la unidad del principio-raíz de las cosas, ante la imposibilidad de explicar con un solo principio la formación de la variedad del universo, y establecer una pluralidad por lo menos cuantitativa de los elementos que constituyen el cosmos. Fueron Empédocles, Anaxágoras, Leucipo y Demócrito.



Empédocles,en su obra Sobre la Naturaleza admitió cuatro raíces de la realidad, las cuales se llamaron después "los cuatro elementos": la tierra, el agua, el aire y el fuego. Cada uno de esos elementos se mantiene ingenerado, incorruptible e imperecedero a través de todos los cambios de las cosas. Los elementos no se trasmutan, sólo se mezclan entre sí en proporciones diversas para formar las cosas y se vuelven a desunir cuando éstas se descomponen. A la fuerza unitiva la llamaba míticamente "amor", y a la fuerza disgregadora, "odio"; de esta forma simboliza con la primera las fuerzas atractivas y con la segunda las fuerzas repulsivas de la naturaleza. Mediante estas fuerzas explica el movimiento necesario para la unión y desunión de los elementos. Amor y odio se contrarrestan en su tensión logrando el equilibrio cósmico. Hay ciclos en que domina el amor y todo tiende a unirse, y otros en que domina el odio y todo tiende a disgregarse. Gracias al juego de las dos fuerzas se mantiene el orden en el universo en ciclos de evolución, que tienen un sentido constructivo o un sentido destructivo según sea la fuerza dominante.

Anaxágoras de Clazomene, en los fragmentos que han sobrevivido de su obra Sobre la Naturaleza, afirma que los elementos cualitativamente distintos que entran en la composición de las cosas no pueden ser sólo los cuatro de Empédocles, ya que tan pequeño número no podría explicar la casi infinita variedad de todas las cosas; por el contrario, sostiene que hay tantos elementos como realidades cualitativamente distintas hay en el universo, es decir, casi infinitas, y las llama "homeomerías". Hubo un tiempo en que todas las partículas se mezclaban en el universo en una masa homogénea, inerte y caótica, que por sí misma jamás hubiera sido capaz de abandonar su estado de reposo. El Nous ("inteligencia" o "mente") generó un movimiento que comenzó a agitar esa masa y provocó la agrupación de las homeomerías en proporciones distintas y desiguales en las cosas diversas que componen el cosmos. El Nous introdujo el movimiento en el caos inerte y fue separando las partículas y ordenando las cosas, hasta que del caos primitivo surgió el cosmos actual.


Leucipo y Demócrito,son los primeros filósofos considerados atomistas. De Leucipo, contemporáneo de Empédocles y de Anaxágoras, se sabe poco a ciencia cierta. Demócrito de Abdera, discípulo del primero, concibe al igual que Parménides el ser como eterno e incorruptible, idéntico en sustancia, pero no continuo y formando una sola unidad maciza, sino desmenuzado en infinitas partículas pequeñísimas e indivisibles, que por esta razón se llaman átomos. Los átomos son homogéneos e idénticos en cualidad; todos se componen de la misma sustancia. Para que el desmenuzamiento sea posible es necesario admitir, junto al ser pleno y sólido de los átomos, el vacío o no ser que los separe y haga posible su movimiento. Las diferencias cualitativas que observamos en la naturaleza son sólo diferentes impresiones subjetivas causadas por diferencias puramente cuantitativas. Los átomos, formados todos de la misma materia, se distinguen por su tamaño, por su figura, por su posición y por el orden en que están colocados. Al moverse en el vacío se encuentran unos con otros, y al chocar pueden bien rebotar y salir disparados, cambiando la dirección de su movimiento, o bien enlazarse entre sí si sus formas simétricas complementarias lo permiten, de forma que se producen las cosas compuestas. El problema grave para los atomistas fue cómo explicar el movimiento dentro de su concepción materialista y mecanicista. Según Aristóteles, los atomistas se vieron obligados a admitir como un hecho la eternidad del movimiento cuya causa no lograron explicar. Había, pues, tres cosas iniciales y eternas que han dado lugar a la formación del mundo: el ser o los átomos, el no ser o vacío y el movimiento.

En las últimas décadas del siglo V a.C. la consideración filosófica cambia de orientación en Grecia: deja de lado los problemas cosmológicos y físicos y se centra en el hombre y en lo humano. Este cambio coincide con el florecimiento de la filosofía en Atenas. No puede entenderse, por tanto, ni la aparición ni el papel de los sofistas sin considerarlos enmarcados en los acontecimientos que sacudieron la vida griega a comienzos de la quinta centuria, en especial en la Atenas de Pericles. Atenas fue en el siglo V una sociedad democrática abierta al debate, ya que el poder político se ganaba interviniendo en los debates del Consejo, de la Asamblea, de los tribunales; era la más importante y poderosa ciudad de la Hélade, su centro cultural, y acaudillaba la famosa Liga Marítima de sus distintas regiones. Atenas se llenó de toda clase de extranjeros, de gentes interesadas e interesantes, entre las que se contaban físicos como Anaxágoras, Demócrito y Diógenes de Apolonia, y sobre todo sofistas procedentes en su mayoría de la periferia.
El término "sofista" se usa para designar a un conjunto de pensadores que asumieron el protagonismo intelectual en Atenas durante la segunda mitad del siglo V, por tanto, a partir de la instauración radical de la democracia. Los más importantes fueron extranjeros: Protágoras de AbderaGorgias de LeontinoHipias de ElidePródico de Queos, Trasímaco de Calcedón. Solamente Critias y Antifonte eran oriundos de Atenas. La imagen de los sofistas que la historia de la filosofía ofrece hoy puede resumirse en los rasgos siguientes: Los sofistas fueron maestros en la enseñanza de la virtud (areté), entendiendo por areté la excelencia, la plenitud de desarrollo de las cualidades y potencias propias de un individuo; fueron maestros con un proyecto bien definido y sistemático de educación, que enseñaban con el fin de proporcionar técnicas de discusión y de elocuencia a los jóvenes, es decir, técnicas encaminadas al dominio de la palabra, del logos, que permitieran refutar al adversario político con el poder de la palabra.
La palabra sofista viene del griego sophos, que significa sabio. Pero si consultamos el diccionario nos encontramos con una curiosidad: sofista es sinónimo de manipulador, pues es la persona que utiliza sofismas, es decir, argumentos falsos con apariencia verdadera. En consecuencia, estamos ante un aspecto llamativo, pues una palabra con un significado claramente favorable se ha convertido en un término despectivo. Esta contradicción tiene una explicación y para conocerla es preciso adentrarnos en la historia y el pensamiento de los sofistas.
Los sofistas cobraban por enseñar, algo contrario a los ideales atenienses, que defendían lo que hoy conocemos como un sistema público de enseñanza. Para los sofistas el conocimiento es una mera técnica, mientras que Platón defiende el conocimiento como una vía para llegar a la verdad. Los sofistas son relativistas y entienden que el concepto de verdad es discutible, pues lo que es considerado verdadero en Atenas es censurado en otras ciudades y lo mismo sucede en relación con los conceptos morales.
El relativismo y el escepticismo son propuestas inaceptables para Sócrates y sus seguidores, quienes sostienen que existe una verdad, un camino en el conocimiento y unos valores morales universales y, en consecuencia, relativizar sobre estas cuestiones es una manera de pervertir la sabiduría, una especie de comercio del saber.
Los sofistas se presentaban como unos profesionales del conocimiento al servicio de los clientes que pudieran pagar por sus lecciones. Ellos enseñaban oratoria, como la técnica perfecta para defender cualquier idea en el contexto de la democracia, abogaban por el individualismo y la libertad de expresión y cuestionaban los valores convencionales de los atenienses. 


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