viernes, 17 de febrero de 2017

LOS MAESTROS GUANTEROS



El guante es una prenda, cuya finalidad es la de proteger las manos o el producto que se vaya a manipular’. Con esta definición, podemos entender que hayan existido siempre guantes para oficios, deportes y profesiones como jardinería, cirugía, podología, agricultura, boxeo, ciclismo, alpinismo, equitación, esgrima…entre otras muchas,su uso es necesario para la protección de las manos de las temperaturas extremas…pero, los guantes han sido también un objeto de gran valor como signo de distinción. El origen de los guantes se remonta a la prehistoria, cuando los habitantes de las zonas frías tuvieron la necesidad de proteger sus manos contra los rigores de la nieve, el hielo y los vientos polares y se cubren las manos con telas o pieles. Pero también el uso de guantes estaba muy difundido entre otros pueblos de Asia Menor, y tanto etruscos como egipcios conocían su uso en la antigüedad.”
En varias ciudades, la corporación que unía a los artesanos guanteros estaba unida al de los perfumistas, formando los gremios de los maestros ‘guanteros-perfumistas’ algo que en París se prolongó hasta bien entrado el siglo XVIII. Recordemos que desde que los guantes adquieren categoría de objeto de lujo, éstos son perfumados, por lo que la elaboración de los guantes tendría que culminar con el proceso de perfumado.
1537. Hans Holbein. Enrique VIII (detalle)
1537. Hans Holbein. Enrique VIII
Es así como se concede a los guanteros la autorización para la elaboración y venta, paralela a los guantes, de perfumes. Desde la Edad Media los árabes habían descubierto el proceso de destilar los aromas de las plantas, con lo que se abrió un caudal de fragancias extraídas del mundo vegetal. Las esencias de lavanda, almendra, cedro, canela, incienso, enebro, mastique, rosas…fueron utilizadas tanto para empapar los guantes como para ser vendidos como aceites aromáticos desde el siglo XV.
Lógicamente, el gremio de los guanteros estaría también muy relacionado con el de curtidores. La materia prima es fundamental para lograr guantes de calidad, por ello el vínculo de los guanteros con los curtidores era algo habitual. Conocidos como “aluderos”, trabajaban la piel, generalmente lanar, curtiéndola con ‘alumbre de roca’, sulfato doble de aluminio-potasio, mineral disponible en la naturaleza. Añadiéndole otros elementos como yema de huevo, harina y sal…se obtenía una piel curtida extremadamente suave y flexible.
1550. Princesa Isabel de Inglaterra (detalle)
1550. Princesa Isabel de Inglaterra 
1560. Sánchez Coello. Isabel de Valois (detalle)
1560. Sánchez Coello. Isabel de Valois 
Los maestros guanteros españoles (conjuntamente con los franceses) eran los más reconocidos en lo concerniente a la confección y elaboración de guantes de piel durante los siglos XVI al XVIII. También los artesanos de Inglaterra se destacaron, sobre todo, por la calidad del tratamiento de sus pieles, principalmente de ciervo, cordero y oveja.
Tan importante como la materia prima, lo era el corte de los guantes. Proceso que requería de gran habilidad para que la pieza encajara a la perfección en las manos y dedos de los clientes. Así se justifica que uno de los apartados de la gran Enciclopedia de Diderot se dedicara a ilustrar los patrones de los guantes.
1540. Agnolo Bronzino. Dama noble de Florencia (detalle)
1540. Agnolo Bronzino. Dama noble de Florencia
1562. Antonio Moro. Margarita duquesa de Parma (detalle)
1562. Antonio Moro. Margarita duquesa de Parma 
1571. Sánchez Coello. Ana de Austria (detalle)
1571. Sánchez Coello. Ana de Austria 
En la búsqueda de imágenes para ilustrar esta publicación,se hallan muchos retratos (sobre todo de los siglos XVI y XVI) en los que los personajes retratados están acompañados de sus guantes. Ya sea con sus manos enfundadas en ellos o, muchos, con los guantes colocados en un mueble cercano, la mayoría de los nobles debían demostrar su estatus, entre otros elementos vestimentarios, a través de los guantes.
https://vestuarioescenico.wordpress.com/2015/11/12/sobre-los-oficios-de-la-costura-los-maestros-guanteros/
https://vestuarioescenico.wordpress.com/2015/11/12/nomenclatura-del-traje-y-la-moda-corbata-a-la-steinkerque-cravat-a-la-steinkerque/

lunes, 13 de febrero de 2017

EUGENIO MARTINEZ CAMPOS Y LA PAZ DE ZANJON EN 1878




Firmada el 10 de febrero de 1878, esta paz, que con el tiempo se demostraría como una simple tregua, puso fin a la primera guerra hispano-cubana (la llamada “Guerra de los Diez Años”), siendo firmada, en nombre de España, por el general Arsenio Martínez Campos, el mismo que había dado inicio al período histórico conocido como La Restauración al pronunciarse en Sagunto, Valencia, en favor del futuro Alfonso XII, acabando así con el llamado “Sexenio Revolucionario” (1868-1874).
Esta contienda había sido un auténtico horror para ambos bandos, cifrándose en aproximadamente unas 300.000 víctimas las que se produjeron durante la misma, sin que ninguno de los dos bandos consiguiera imponerse de manera decisiva sobre el otro.




Por eso, el nombramiento del general Martínez Campos para hacerse cargo de las operaciones resultó decisivo, pues mostrando una gran inteligencia supo combinar la fuerza con la diplomacia, consiguiendo al fin que los diversos líderes “mambises” (nombre con el que se conocía a los insurrectos cubanos) se avinieran a fimar el acuerdo con España que ponía fin a la guerra. Por su parte, Martínez Campos supo mostrarse lo suficientemente indulgente para no provocar una ruptura de las conversaciones de paz,  prometiéndoles a los insurrectos, en nombre del gobierno español, los siguientes puntos.....


:

 – Indulto general para todos los combatientes, presos y desertores (muchos españoles se pasaron a las filas del enemigo) que habían combatido junto a los rebeldes.
– Igualdad de grados entre ambos ejércitos. Esto significaba que aquellos oficiales de entre los insurrectos que lo desearan, podían ingresar en el ejército español manteniendo el mismo grado del que hubieran disfrutado en el ejército rebelde.
– Libertad para abandonar Cuba de todo aquél que lo deseara.
– Concesión de una cierta autonomía a la isla.
– Admisión de representantes cubanos en las Cortes españolas.
– Fin de la esclavitud en la isla

Además, para evitar cualquier intento de venganza que pudiera comprometer el fin de las hostilidades, Martínez Campos hizo trasladar a la Península al autonombrado presidente cubano, Tomás Estrada Palma, que había caído prisionero de las tropas españolas, pues no se fiaba de que algún exaltado militar español decidiera tomarse la justicia por su mano y ejecutarlo sin más proceso.
Desgraciadamente, como he dicho antes, esta paz no fue un punto y final, tan sólo un punto y seguido, puesto que en 1895 se produjo una nueva (y definitiva) revuelta en Cuba, iniciada con el llamado “Grito de Baire”, debido a que las autoridades españolas no cumplieron algunos de los puntos incluidos en el Convenio de Zanjón, especialmente en lo tocante a la concesión de la prometida autonomía y en lo referente a la igualdad de grados y la admisión en el ejército español de sus antiguos enemigos. En cuanto a la concesión de la autonomía, distintos políticos españoles, encabezados por el mismísmo Cánovas del Castillo, se oponían a la misma, pues temían el efecto que ello pudiera tener sobre algunas regiones españolas, especialmente Cataluña y el País Vasco.
Por su parte, la asimilación de grados chocó con una negativa total por parte de los oficiales del ejército español, que no estaban dispuestos, bajo ningún concepto, a admitir dentro de sus filas a los que, hasta hacía muy poco, eran sus odiados y despreciados enemigos.
En resumen, como ocurrió más de una vez en la Historia de España, esto es la crónica de lo que pudo ser y no fue.
  • Los planes de Martínez Campos tras conseguir la paz de Zanjón en 1879 eran que Cuba fuera una provincia más de España, con todas las consecuencias, sociales y económicas sobre todo, que eso implicaba. Cánovas lo sacó urgentemente de la isla y lo colocó enfrente mismo del problema que planteaba: en el Gobierno. La experiencia de Martínez Campos con la mayoría conservadora y el incumplimiento de algunos acuerdos, lo lievó hacia el partido de Sa gasta. Con él se fueron los principales Generales de la Restauración.
    Esta decisión abrió a Sagasta las puertas del Gobierno por primera vez en la Restauración: 1881. Pero no fue, ni mucho menos, la única vez que su actitud fue decisiva en los cambios poffticos.
    Martínez Campos, además de mediador en el Ejército y consejero de la Corona en las crisis políticas, fue un embajador en diferentes conflictos y vigilante de la política de los partidos, tanto respecto al Ejército, la Corona o el tema colonial.

                   

                                                    General Martínez Campos
    Militar de carrera y político español, presidente de Gobierno en el año 1879. Nació en Segovia, el 14 de diciembre de 1831, y falleció en Zarauz, mientras veraneaba, el 23 de septiembre de 1900.
    Después de una rápida carrera militar en la Academia del Estado Mayor, en 1854 fue nombrado miembro del Estado Mayor, en cuya escuela más tarde sería profesor. Ascendió al grado de comandante del Arma de Caballería. Fue destinado al frente de Aragón, con las tropas mandadas por el general Dulce, para reprimir los brotes carlistas. En 1860 fue enviado a África, para luego ser destinado en la expedición que, junto a Francia e Inglaterra, envió España a México, durante el gobierno de Benito Juárez. En 1869 luchó, por primera vez, contra los insurrectos cubanos. Permaneció en la isla hasta el año 1872, desarrollando una brillante campaña que le valió el ascenso a brigadier.
    Debido a su fama, con la proclamación de la I República, en 1873, se le confió el mando de una de las brigadas catalanas para reprimir un nuevo brote carlista. La campaña no obtuvo los resultados deseados, debido a la gran indisciplina y baja moral que reinaba entre los soldados. El presidente de la República, Salmerón, le puso al mando del ejército valenciano, desde donde Martínez Campos reprimió con contundencia los levantamientos cantonalistas de Cartagena y Alicante.



                                                 Salmeron

    La caótica situación política en que se encontraba España desde la implantación de la I República le impulsó a conspirar en favor de don Alfonso, hijo de la destituida reina Isabel II, en el exilio. Logró, tras superar diversos obstáculos, proclamarlo rey de España en Sagunto, el 29 de diciembre de 1874. El éxito del golpe convirtió a Martínez Campos en el militar más prestigioso de la Restauración canovista. Al poco tiempo, el 24 de enero de 1875, logró poner fin a la tercera guerra carlista, gracias a un conjunto de rápidas operaciones por Cataluña. Sus brillantes servicios fueron premiados con el ascenso a capitán general, concedido el 27 de marzo de 1876. En noviembre del mismo año, el Gobierno le confió el ejército de operaciones en Cuba, sustituyendo al general Jovellar. En su nuevo periplo cubano, adoptó una política de guerra humanista y conciliadora, ya que fue consciente de lo difícil que resultaría hacerse con la situación por medio del uso exclusivo de las armas. Dictó generosas ordenanzas a favor de los desertores, exigió un trato humano y digno para los isleños insurrectos vencidos, liberó incluso a muchos prisioneros, etc. Al mismo tiempo, Martínez Campos desplegó una gran actividad militar que acabó por hacer ceder a los jefes insurrectos, los cuales abandonaron pronto las armas y firmaron la Paz de Zanjón en febrero de 1878.
    Con la firma de esta paz, el prestigio de Martínez Campos subió, si cabe, aún más, lo que provocó que, a su regreso a España, el rey Alfonso XII le encargase la formación de Gobierno, tarea que llevó a cabo con elementos del partido conservador. Martínez Campos, además de ostentar la presidencia, se hizo cargo de la cartera de Guerra. Sin embargo, una declaración en la que aseguró que, si de él dependiera, decretaría la total libertad para los negros, le colocó en una postura incómoda por lo que tuvo que renunciar a su cargo y pasarse a las filas del Partido Liberal, liderado por Mateo Práxedes Sagasta, en cuyo primer gobierno del año 1881 volvió a ocuparse de la cartera de Guerra. A la muerte del rey Alfonso XII, en noviembre de 1885, Martínez Campos fue el mediador entre Cánovas del Castillo y Sagasta en el Pacto del Pardo, por el que se estableció el turno pacífico en el poder entre los partidos liderados por ambos.
    El 26 de noviembre de 1893, encendida de nuevo la guerra en torno a Melilla, fue nombrado general en jefe del ejército español en África, y luego embajador extraordinario ante el sultán magrebí, con el que se entrevistó, en enero de 1894, logrando firmar un tratado de paz que puso fin al contencioso africano.



                                           Canovas del Castillo


    Su última acción militar la realizó otra vez en Cuba, al subir al poder, en 1895, Cánovas del Castillo, quien le mandó a la isla en vista de la gran dureza que adquirió el nuevo brote rebelde cubano. El Gobierno español confió, una vez más, en la gran experiencia del general Martínez Campos y en las grandes dotes humanistas que desplegó en la anterior confrontación isleña. Pero sus esfuerzos no se vieron coronados por el éxito, ya que los insurrectos, poseídos por un gran espíritu independentista y contando con la ayuda inestimable de los Estados Unidos, hicieron caso omiso a todas las propuestas de paz lanzadas por Martínez Campos. Con la amargura producida por el fracaso de su misión, Martínez Campos regresó a España.

                                           Valeriano Weiler


     Fue sustituido por el general Valeriano Weyler. Una vez en España, fue nombrado presidente del Supremo de Guerra y Marina, con lo que reanudó su vida política hasta su muerte, en Zarauz, el 23 de septiembre de 1900.
    Si como político Martínez Campos no tuvo la suficiente habilidad para triunfar, como militar sí tuvo el acierto de saber unir las armas con la labor diplomática, con lo que pudo poner fin a varios conflictos que estaban sangrando al país, como la guerra carlista y la insurrección cubana.
    http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=martinez-campos-arsenio
  • https://errepublikaplaza.files.wordpress.com/2014/02/nicolas_salmeron.jpg
  • https://lemiaunoir.com/wp-content/uploads/2016/01/C%C3%A1novas1.jpg
  • http://colegioeuropamalaga.com/blog/2008/01/22/la-paz-de-zanjon-1878

viernes, 10 de febrero de 2017

EL MITO DE ETANA



Tableta en acadio con un fragmento de la epopeya de Etana.

El mito de Etana es un poema épico sumerio que narra del intento del lugal Etana de Kish de conseguir un heredero. Siendo disponibles solo algunos fragmentos del texto, se han codificadas diferentes versiones.
El mito acadio de Etana refleja el papel clave de la monarquía en la sociedad mesopotámica.
En la lista de reyes sumerios, Etana aparece como soberano de Kish,un pastor que ascendió a los cielos. Los dioses le encomiendan la tarea de llevar a la humanidad las bendiciones de la monarquía; pero no tiene un hijo para continuar la dinastía (la misma situación de Keret en el mito ugarítico) y sabe que la única solución consiste en subir al cielo para que Istar, señora del nacimiento, le dé la planta de la vida. Aconsejado por Shamash, dios del sol, se procura la ayuda de un águila a la que rescata de una sima donde fue condenada el ave por haber traicionado a su amiga la serpiente, y el águila lleva a Etana sobre la espalda, en un vuelo espectacular.
En este punto se termina el texto, pero como la lista de reyes sumerios consigna el nombre del hijo y heredero de Etana, seguramente coronó con éxito su búsqueda de la planta del nacimiento.
Primera Dinastía Babilónico. XVIII-XVI (1763-1595 A. C.)

martes, 7 de febrero de 2017

LA PAPISA JUANA...¿LA MUJER QUE GOBERNÓ LA IGLESIA?



La historia  sobre un papa mujer, quien más tarde llevó el nombre de Johanna (Juana), apareció por primera vez a mediados del siglo XIII.

Variaciones de la historia

Primera versión: Jean de Mailly. El primero que parece haber tenido conocimiento de la leyenda fue el cronista dominico Jean de Mailly de quien otro dominico, Etienne de Bourbon (1261), adoptó la historia y la incluyó en su trabajo sobre los "Siete dones del Espíritu Santo".
En dicho relato, la supuesta papisa se ubica alrededor del año 1100 y aun no se le pone nombre. La narración dice que una mujer muy talentosa, vestida como un hombre llegó a ser notario de la Curia, después cardenal y finalmente Papa; que un día esta persona salió a montar y en esta ocasión dio a luz un hijo; que entonces fue atada a la parte posterior de un caballo, arrastrada alrededor de la ciudad, apedreada por la gente hasta morir y enterrada en el sitio mismo donde falleció; y que ahí fue puesta una inscripción que decía lo siguiente: "Petre pater patrum papissae prodito partum". Durante su mandato, añade la historia, fueron introducidas las témporas, que por eso eran llamadas los "ayunos de la papisa". 

Segunda versión: Martín de Troppau. Una versión diferente aparece en la tercera reseña de la crónica de Martin de Troppau (Martinus Polonus), insertada posiblemente por el autor y no por un transcriptor posterior. A través de este muy popular trabajo, la historia llegó a ser mejor conocida en la siguiente forma: Después de León IV (847-855) el inglés John de Mainz (Johannes Anglicus, natione Moguntinus) ocupó la silla papal dos años, siete meses y cuatro días. Él era, supuestamente, una mujer. En su juventud fue llevada a Atenas con ropas de hombre por su amante y allí fue tal su avance en el aprendizaje que nadie la igualaba. Llegó a Roma, donde enseñó ciencias y atrajo así la atención de intelectuales. Gozó del mayor respeto por su conducta y erudición y finalmente fue seleccionada como Papa, pero, quedando embarazada de uno de sus asistentes de confianza, dio a luz un niño durante una procesión desde San Pedro a Letrán, en algún lugar entre el Coliseo y San Clemente. Ahí murió casi de inmediato y se dice que fue enterrada en el mismo sitio. En sus procesiones, los papas siempre evitaban este camino; muchas personas creían que los papas hacían esto por su animadversión a esa desgracia.
Aquí aparece por primera vez el nombre de Johanna (Juana) como el de la supuesta papisa. Martín de Troppau había vivido en la Curia como capellán y penitenciario del Papa (murió en 1278), razón por la cual su historia papal fue ampliamente leída y a través de él la leyenda obtuvo aceptación general. Un manuscrito de su crónica relata de una manera diferente el destino de la supuesta papisa: tras de su alumbramiento Juana fue inmediatamente destituida e hizo penitencia por muchos años. Su hijo, se añade, llegó a ser Obispo de Ostia y la tuvo enterrada ahí después de su muerte.

Versiones posteriores. Crónicas posteriores hasta daban el nombre que llevaba de niña; algunas le llaman Agnes, otras Gilberta. Se encuentran más variaciones en los trabajos de diferentes cronistas, por ejemplo en la "Crónica Universal de Metz", escrita alrededor de 1250 y en ediciones subsecuentes de la "Mirabilia Urbis Romae" del siglo XII (?).
Conforme a ésta última, en una visión le fue dado a escoger a la papisa entre la desgracia temporal y el castigo eterno; ella eligió lo primero y murió durante el parto en la calle. 

Pruebas de su carácter mítico


Las pruebas principales del carácter enteramente mítico de la papisa son:
Ninguna fuente histórica contemporánea entre las historias de los papas tiene conocimiento de ella; tampoco se hace mención de ella hasta la mitad del siglo XIII. Resulta increíble que la aparición de una "papisa", si hubiera sido un hecho histórico, no hubiera sido notada por ninguno de los numerosos historiadores de entre los siglos X y XIII. En la historia de los papas no hay lugar en donde encaje esta figura legendaria. Entre León IV y Benedicto III, donde Martinus Polonus la coloca, no es posible insertarla porque León IV falleció el 17 de julio del año 855 e inmediatamente después de su muerte Benedicto III fue elegido por el clero y por el pueblo de Roma; solo que a causa del advenimiento de un antipapa en la persona del cardenal depuesto Anastasius, Benedicto III fue consagrado hasta el 29 de septiembre. Existen monedas con las imágenes de Benedicto III y del emperador Lotario I, quien murió el 28 de septiembre del año 855; por lo tanto, Benedicto III debió haber sido reconocido como Papa antes de esta fecha; el 7 de octubre del año 855, Benedicto III emitió una carta para el monasterio de Corbie. Hinemar, arzobispo de Reims, informó a Nicolás I de que un mensajero que había enviado a León IV se enteró de la muerte de este Papa y por lo tanto dirigió su petición a Benedicto III, quien la resolvió . Todas esos testimonios prueban que las fechas dadas en las vidas de León IV y Benedicto III eran correctas y que no hubo interrupción de la línea de sucesión entre estos dos papas, de modo que en este lugar no hay espacio para la supuesta papisa.


Esta leyenda de una papisa romana parece haber tenido una contraparte previa en Constantinopla. En efecto, en su carta a Miguel Caerularius (1053), León IX dice que él no creería lo que había oído, refiriéndose a que la Iglesia de Constantinopla ya había visto eunucos, de hecho una mujer, en su silla episcopal 
Respecto al origen en sí de la leyenda de la Papisa Juana, se han establecido diferentes hipótesis.
Algunos historiadores apuntan a la degradación del papado en el siglo X, cuando además tantos papas llevaron el nombre de Juan; parecía por lo tanto un nombre ideal para la legendaria papisa..  mientras que Leander  la entiende como aplicable en general a la venenosa influencia femenina que durante el siglo X hubo sobre el papado.
Otros investigadores se esforzaron por encontrar en varios acontecimientos y reportes una base definitiva para el origen de la leyenda. Leo Allantiu la relacionó con la falsa profetisa Theota, condenada en el Sínodo de Mainz (847); Leibniz revivió la historia de un supuesto obispo Johannes Anglicus que llegó a Roma y ahí fue reconocido como mujer. La leyenda también fue relacionada con los Pseudodecretos Isidorianos, por estudiosos como Karl Blascus.... 

Hasta aqui el cometario de la existencia o inexistencia de la Papisa Juana...
Veamos ahora la otra version...cualquiera de ellas puede ser realidad o mito...

El mito de la Papisa Juana
la unica mujer que goberno la Iglesia 


Llegó a liderar la institución gracias a su gran oratoria. Historiadores atribuyen la leyenda a un intento de desprestigio de la figura de Juan VIII por su actitud benevolente
Un numero indeterminado de cardenales deciden quién es el hombre que toma las riendas de la Iglesia Católica. Será un Papa que en dos milenios de historia, todos ellos varones... o al menos eso parece. Los cónclaves están envueltos en miles de leyendas y anécdotas, pero una de ellas pone en cuestión que todos los líderes de la Iglesia hayan sido hombres.
Según el mito, una mujer disfrazada de varón fue elegida Papa y gobernó entre los años 855 y 857, hasta que comenzó a sufrir las contracciones de un parto en medio de una procesión y dio a luz en público a su hijo, lo que provocó la ira de los fieles.
Juana nació cerca de Maguncia (actual Alemania) y las versiones sobre por qué escondió su feminidad son múltiples, desde el miedo a una posible violación hasta el amor por un joven estudiante que la obligaba a aparentar ser hombre para estudiar cerca de él. La única confluencia que guardan todas las versiones de esta leyenda es que Juana tenía un gran poder de oratoria y que eso le sirvió para labrarse un futuro dentro de la Iglesia. Juana entró en la religión como copista bajo el nombre masculino de Johannes Anglicus. En su nueva situación, Juana pudo viajar con frecuencia de monasterio en monasterio y relacionarse con grandes personajes de la época. 

                       El mito de la Papisa Juana, la única mujer que gobernó la Iglesia 
                                        Giovanni Boccaccio, 1539

Por entonces, la elección papal dependía de las votaciones de todos los fieles de Roma y su popularidad la alzó al liderazgo de la Iglesia. Juana tuvo entonces la desdicha de convertirse en la amante de un embajador, y quedó embarazada. Disimuló su estado gracias a las enormes túnicas que vestía pero finalmente dio a luz durante una procesión. A partir de ahí las distintas versiones del mito vuelven a contradecirse entre sí. Algunos dicen que fue lapidada por los fieles airados y otros que murió atada a los pies de un caballo que la arrastró por toda la ciudad hasta extramuros.
Desde entonces y, para evitar nuevos casos, se fabricó un asiento papal conocido como "sedia stercoraria" que disponía de un agujero en el centro del mismo. Según numerosos escritos, éste se utilizaba una vez elegido nuevo Papa tras el cónclave y su función era determinar mediante el palpado testicular si el nuevo Pontífice era realmente un varón.
Aunque hay numerosos escritos respecto a la papisa Juana no se precisa a qué Pontificado corresponde, aunque se barajan los de Juan VIII o Benedicto III. La hipótesis principal sobre la génesis de esta leyenda es un intento de desprestigio de la figura Juan VIII por su actitud benevolente con otras iglesias. Esto provocó que fuese tachado de poco varonil y se le adjudicara una "actitud femenina".



A pesar de que la historia niegue la existencia de la papisa Juana, numerosos cuadros representan su leyenda e incluso se hicieron películas sobre la única mujer que pudo algún día liderar la Iglesia Católica...¿Verdad ó mito?

http://www.abc.es/sociedad/20130311/abci-papisa-juana-201303101121.html
 http://ec.aciprensa.com/wiki/Juana_Papisa




sábado, 21 de enero de 2017

ISABEL I DE INGLATERRA Y SU GUARDARROPA


Isabel I de Inglaterra, a menudo conocida como La Reina VirgenGloriana o La Buena Reina Bess, fue reina de Inglaterra e Irlanda desde el 17 de noviembre de 1558 hasta el día de su muerte, el 24 de marzo de 1603. Isabel fue la quinta y última monarca de la dinastía Tudor. Hija de Enrique VIII, nació como princesa, pero su madre, Ana Bolena, fue ejecutada cuando ella tenía tres años, con lo que Isabel fue declarada hija ilegítima. Sin embargo, tras la muerte de sus medio hermanos Eduardo VI y María I, Isabel asumió el trono.


Isabel con vestiduras de coronación: el manto de tela de oro está sembrado con las rosas Tudor y forrado de armiño



La reina Isabel tenía una extraña habilidad para usar cualquier situación para su beneficio político y su imagen no fue una excepción. Era muy consciente de su apariencia personal y sabía que sus actos y su imagen juntos formaban su identidad, lo cual en conjunto se convertiría en un símbolo para la empresa completa de Inglaterra. Su imagen estaba cuidadosamente trabajada para impresionar y transmitir riqueza, autoridad y poder, tanto en su tierra como en el extranjero. A medida que su reinado avanzaba, también debía vestirse para la parte de diosa virginal en que se había convertido y transmitir confianza para el crecimiento de la nación. Su guardarropa estaba lleno de vestidos de rica fabricación adornados con joyas y elaborados detalles, lo cual era francamente imponente y hablaba enormemente acerca de su riqueza y su estatus.




1560: Isabel usa la “bolsa” de su capucha francesa sobre la frente como un bongrace o sombra.



El vasto vestuario de Isabel I es legendario: en su propia época algunos de los vestidos ricamente bordados eran mostrados con otros tesoros para deslumbrar a los visitantes extranjeros de la Torre de Londres. La cantidad de ropa registrada en los inventarios tomados en el año 1600 parece sugerir pura vanidad, pero una encuesta de la labor llevada a cabo en Wardrobe of Robes durante todo el reinado muestra una imagen diferente. Es una cuidada organización y economía.




1563



La auto-elaboración de la imagen de la reina implicó, literalmente, el uso de la "moda". Ella vestía para ser vista; sus ricas vestiduras y joyas hacían una declaración acerca de su poder como gobernante femenino y sobre la estabilidad y la fuerza de su nación. Su impacto era notado especialmente por los visitantes extranjeros en la corte. Los alemanes hablaban de su "túnica roja entretejida con hilos de oro" y su vestido "de satén blanco puro, bordado en oro". Un francés reportó sobre "una cadena de rubíes y perlas alrededor de su cuello" y sus brazaletes de perlas, "seis o siete filas de ellos."




1570



Isabel también exigía un sentido del estilo a todos aquellos que la rodeaban y sus cortesanos gastaban grandes sumas de dinero en su vestuario con el fin de atraer la atención de la soberana e impresionarla. El vestido era un medio de mostrar la jerarquía social e Isabel creía que la vestimenta debía adecuarse, pero no exceder, el rango de una persona. Era así que la reina debía vestir de manera más magnífica que todos los demás. A nadie se le permitía competir con la apariencia de la soberana y una dama de honor desafortunada fue reprendida por usar un vestido que era demasiado suntuoso para ella. Las camareras estaban destinadas a complementar la apariencia de la reina, no a eclipsarla.




Isabel de blanco


En los últimos años del reinado, las damas de la reina llevaban vestidos de colores lisos, como blanco o plateado. La reina, en cambio, tenía los vestidos de todos los colores, pero blanco y negro fueron sus colores favoritos, ya que simbolizaban la virginidad y la pureza, por lo que más a menudo llevaba un vestido de esos colores. Los vestidos de la reina estaban magníficamente bordados a mano con todo tipo de hilos de colores y decorados con diamantes, rubíes, zafiros y todo tipo de joyas.



Isabel de blanco y negro


La apariencia de Isabel hacía hincapié en su rango como jefe de Estado y de la Iglesia y el uso de vestidos ricos, pieles de marta, bordados de oro o perlas y todo tipo de oropeles estaba marcado por restricciones legales. Las llamadas “Leyes Suntuarias” habían sido publicadas originalmente por Enrique VIII y continuaron bajo Isabel I hasta 1600. Fueron promulgadas para imponer el orden y la obediencia a la Corona y para permitir la evaluación del status de un vistazo.



1575


Al igual que todas las mujeres aristocráticas isabelinas, la reina normalmente usaría una camisa, un corsé rígido con madera o hierro, una enagua, un guardainfante, medias, una toga, mangas y gorgueras en cuello y muñeca. Con el descubrimiento del almidón, las gorgueras se hicieron aún más elaboradas. Para completar su apariencia, la reina llevaría accesorios tales como un abanico, un pomo para evitar malos olores, aretes, un collar de diamantes o perlas, un broche y un reloj. Robert Dudley le regaló un reloj encastrado en un brazalete, el primer reloj de pulsera conocido en Inglaterra. Al igual que otras mujeres, ella también solía llevar un Libro de Plegarias en miniatura adjunto a su cinturón.



Para el aire libre, Isabel usaba ricas capas de terciopelo, guantes de tela o cuero y, en un clima cálido, protegía su pálido rostro del sol con sombreros de todas clases. Para cabalgar o cazar se ponía trajes de montar especiales que le dieran facilitad de movimientos y botas hasta la rodilla.




1580



Como el amor de Isabel por la ropa y la joyería se convirtió en conocimiento público, se incrementaron los regalos que recibía en Año Nuevo en este sentido. Por ejemplo, el 1º de enero de 1587, la reina recibió más de 80 piezas de joyería, incluso magníficas joyas de parte de sus muchos pretendientes. Del inventario compilado por Mrs. Blanche Parry, en su retiro en 1587 como dama de cámara de Isabel, sabemos que la reina tenía en ese momento 628 piezas de joyería.




1583



Esta entrega de regalos ayudó con los gastos de mantenimiento de su espléndido vestuario, al igual que la práctica de alterar prendas con nuevas mangas, corpiños o collares para actualizarlos. Poco del vestuario total de Isabel ha sobrevivido: vestidos y accesorios fueron reciclados, reutilizados, dados como regalos o usados como pago a las damas de su servicio. Sin embargo, cuentas detalladas del Guardarropa Real fueron mantenidas, detallando el tipo, la cantidad y los costos de la tela comprada, los proveedores utilizados y el tipo de prenda producida. A su muerte, más de 2000 trajes se registraron en guardarropa de Isabel. Estas cuentas y retratos de la época han proporcionado gran parte de la información disponible hoy sobre el vestuario isabelino.




1585



Como la mujer más poderosa de la nación, el gusto de Isabel establecía el ‘look’ del momento, sobre todo para la aristocracia. Este estilo se desarrolló a lo largo de su reinado, desde las elegantes y sobrias líneas de moda en su juventud hasta las cinturas estrechas, mangas hinchadas, gran engolado y amplio vuelo de faldas de sus últimos años. La influencia de Isabel se extendió más allá de la ropa femenina. En su reinado temprano, la moda masculina era muy similar a la que había sido bajo su padre y su hermano, favoreciendo una silueta ancha y cuadrada con capas de ropa hechas de ricas telas. Como el vestuario de Isabel se convirtió en más opulento y elaborado, con una silueta más y más exagerada, pasó lo mismo con sus cortesanos. Los hombres usaban corsés para tener una cintura ceñida y rellenaban los dobletes, lo que les hacía un vientre en punta, como un guisante en una vaina.




1587: las vestiduras de terciopelo rojo y el manto forrado de armiño constituyen el atuendo del Parlamento.


El ideal isabelino de la belleza era el pelo rubio, la tez pálida, ojos brillantes y labios rojos. Isabel era alta y llamativa, con la piel pálida y cabello rojo-dorado. Ella exageraba estas características, especialmente cuando envejecía, y otras mujeres trataban de emularla. Un cutis de alabastro simbolizaba riqueza y nobleza (indicando que uno no tenía que trabajar bajo el sol) y las mujeres se esforzaban mucho para lograr este look. La base blanca más popular, llamada albayalde, era hecha de plomo blanco y vinagre. Eran utilizados brebajes para blanquear las pecas y tratar manchas con ingredientes que incluían azufre, trementina y mercurio. Estos ingredientes tóxicos se hicieron sentir con el uso, dejando la piel “gris y arrugada”, como señaló un comentarista contemporáneo. Para combatir esto, la piel era glaseada con clara de huevo cruda para producir una superficie lisa y dura como el mármol.


Venas falsas eran pintadas con frecuencia sobre la piel para resaltar su “transparencia” y el bermellón (sulfuro de mercurio) era la opción más popular para colorear de rojo los labios. Altas y estrechas cejas arqueadas y una alta línea capilar requería mucho punteo y los ojos se iluminaban con gotas de jugo de belladona y delineaban con kohl (antimonio en polvo).




1588



La reina nunca estaba completamente vestida sin su maquillaje. En los primeros años de su vida usaba poco, pero después de su ataque de viruela en 1562, se pondría bastante para ocultar las cicatrices en su rostro. Seguía la moda: se pintaba la cara con albayalde, se ponía bermellón en los labios y cubría sus mejillas con colorante rojo y clara de huevo. Este maquillaje era muy malo para su salud, en particular el blanco de plomo, que lentamente envenenaba el cuerpo.




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El cabello rizado y rojo de Isabel presentaba otro desafío, con muchas recetas de tintura y blanqueo aportadas por mujeres que trataban de obtener el mismo look. Las pelucas rojas se convirtieron en la alternativa popular, que Isabel también tuvo que usar. Cuando Isabel envejeció, su legendario gusto por los dulces le tendió una trampa, provocando que sus dientes decayeran hacia las caries. Mientras que los isabelinos trataban de cuidar sus dientes y sabían que para mantenerlos limpios había que mantenerlos sanos, no tenían cuidado dental muy sofisticado y los dientes se pudrían. Como consecuencia de ello, Isabel tuvo que eliminar varios dientes a medida que fue madurando y para prevenir la aparición de las mejillas hundidas, metía trapos en su boca. Su influencia en aquel momento era tan omnipresente que algunas mujeres incluso fueron tan lejos hasta ensombrecer sus dientes para imitar su apariencia!.






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http://www.mujeresenlahistoria.com/2013/12/la-reina-virgen-isabel-i-de-inglaterra.html
http://www.viajejet.com/wp-content/viajes/Isabel-I-de-Inglaterra.jpg
http://nobleyreal.blogspot.com.es/2012/04/el-guardarropa-de-la-reina-virgen.html
http://www.elmundo.es/larevista/num158/textos/reina1.html