lunes, 4 de enero de 2016

MARILYN MONROE...EL MITO DEL EROTISMO


                                    Marilyn Monroe...¿una mujer fatal?
Nace el 1 de marzo de 1926....
El 5 de agosto de 1962, la actriz estadounidense Marilyn Monroe, el gran mito erótico de los años cincuenta, fue hallada muerta en su casa de Hollywood. Aunque el forense dictaminó que la actriz se había suicidado con una sobredosis de somníferos, las causas de su muerte permanecen aún confusas; se apreciaron algunas contradicciones en el informe médico de su trágico fin. Las dificultades profesionales y su agitada vida sentimental parecieron estar en el origen de su muerte. En cualquier caso, la jovialidad y el vivir desenfrenado y despreocupado que muchas veces había representado en el cine y fuera de él se corresponden poco con el verdadero perfil de su vida, marcada por las contradicciones y los complejos de una niñez y una juventud desgraciadas, seguidas después de un éxito arrollador al que no supo hacer frente, ni siquiera cuando creyó encontrar, junto a personalidades como Arthur Miller, la estabilidad y la seguridad que persiguió durante toda su vida.   



Marilyn Monroe, de verdadero nombre Norma Jean Baker (o Norma Jean Mortenson, apellido de su padrastro), nació el 1 de junio de 1926 en Los Ángeles, en el estado norteamericano de California. Hija de Gladys Baker, quien nunca le comunicó la identidad de su padre, su primera infancia fue muy dura. Su madre la dejó en manos de un matrimonio amigo hasta que cumplió siete años; entonces se la llevó a vivir consigo. Pero un año más tarde Gladys fue internada en un sanatorio psiquiátrico en el que se le diagnosticó una esquizofrenia paranoide, enfermedad que luego Marilyn creería haber heredado, especialmente cuando era internada por sus frecuentes depresiones. Su infancia y adolescencia transcurrieron entre un orfanato (en el que ingresó a la edad de nueve años y trabajó como ayudante de cocina), la casa de sus abuelos y las de varias familias que la adoptaron. En una de estas casas de acogida sufrió al parecer abusos sexuales por parte del cabeza de familia cuando contaba ocho años.
Nada hacía pensar que Norma Jean tuviera una futura carrera como actriz, ni tan siquiera el hecho de que su madre, una mujer extraordinariamente atractiva, hubiera trabajado durante un tiempo como montadora de negativo en Consolidated Film Industries. Marcada por la inestabilidad emocional y la pobreza, a los dieciséis años, tras abandonar sus estudios, se empleó en una planta de construcción de aviones.



 En la misma fábrica conoció a un mecánico de 21 años, James Dougherty, con quien contrajo matrimonio el 19 de junio de 1942 y de quien se divorciaría 
cuatro años después.





Ese mismo año de 1946 un fotógrafo de modas la descubrió y la convenció de que se hiciera modelo. Así, la aún llamada Norma Jean comenzó su carrera como modelo bajo la tutela de la agente Emmeline Snively, que le sugirió cambiar el color de su cabello, que era castaño de nacimiento, por el característico rubio platino
Durante esta época, Norma Jean realizó un sinfín de campañas publicitarias, siendo muy recordadas las que hizo para anunciar trajes de baño. Paralelamente, su carácter inquieto y deseoso siempre de adquirir nuevos conocimientos la llevó a tomar clases de arte dramático en el Actor's Lab de Hollywood y a asistir a cursos de literatura en la Universidad de Los Ángeles (UCLA).
                                              

El rostro de la modelo comenzaba a ser muy conocido. Sus innumerables trabajos publicitarios hicieron que en 1947 el magnate Howard Hughes, propietario de la compañía cinematográfica R.K.O., le ofreciera hacer unas pruebas de pantalla con el objeto de saber si podía dar juego ante una cámara cinematográfica; pero Norma Jean prefirió aceptar una oferta de la 20th Century Fox para trabajar unos meses como actriz de reparto. Intervino en tres películas olvidables en los que no fue debidamente acreditada, y ya entonces se verificó el cambio de nombre: Norma Jean pasó a llamarse Marilyn Monroe
 Uno de sus primeros papeles era de figurante entre una multitud; se trataba de la película de Frederick Hugh Herbert Scudda Hoo! Scudda Hay!, con June Harver. En un momento del film, Marilyn se separaba del grupo para saludar a la actriz principal. Esta escena, sin embargo, se cortó luego en el montaje, y Marilyn recordaba algunos años después: "Una parte de mi espalda es visible en un plano, pero nadie lo supo aparte de mí y algunos amigos íntimos."



Un año después la Fox rehusó renovarle el contrato, por lo que aceptó uno nuevo de parecidas características en Columbia. Para esta compañía actuó en la comedia musical Ladies of the chorus (1948), de Phil Karlson. Marilyn era una modesta bailarina de striptease llamada Peggy Martin y cantaba dos canciones. Para preparar este papel recibió lecciones del director musical de la Columbia, Fred Karger, con quien se cree que mantuvo relaciones íntimas. Al año siguiente participó en el que sería el penúltimo filme de los hermanos Marx más o menos al completo (Groucho, Harpo y Chico), Amor en conserva (Love Happy), de David Miller. En la película, Marilyn contoneó sus caderas con tanta donosura que Groucho, que interpretaba al detective Sam Grunion, manifestó por ella con su proverbial histrionismo un bullicioso deseo.

                                              Con Groucho Marx en Amor en conserva (1949)

A continuación consiguió, ya para la productora Metro Goldwyn Mayer, un papel breve pero de suma importancia para su futuro como actriz: en el excelente thriller de John Huston La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950), interpretaba con bastante soltura a Ángela, la amante de un gángster al que acaba por traicionar. El siempre atento Joseph L. Mankiewicz, que había iniciado su carrera como realizador cuatro años antes, reparó en la joven Marilyn y le ofreció otro pequeño pero suculento papel en su melodrama Eva al desnudo (All About Eve, 1950).




 En esta película interpretaba a una superficial aspirante a actriz en lo que podríamos calificar como uno de los primeros papeles que respondían al estereotipo que más tarde se crearía de ella.
Poco antes, en 1949, Marilyn, que durante un tiempo compaginó las profesiones de actriz y modelo, dio su primer golpe en aras de la celebridad al posar para una sesión fotográfica cuyo resultado es aún hoy una de las más genuinas imágenes de una pin-up girl. Se trata de las imágenes que muestran en tomas cenitales a Marilyn desnuda sobre un cubrecamas de color rojo. Algunas de las fotos aparecerían ese mismo año en un calendario, y algo después, en 1953, una de ellas sería la portada del primer número de la famosa revista erótica Playboy.



 Esto, sin duda, fue un verdadero acontecimiento mediático, quizá de los primeros que pueden ser comparados a los que se dan hoy día.
Mientras tanto, la actriz no abandonaba su carrera en el cine. Tras realizar algunos papeles secundarios no demasiado destacables, en 1952 apareció en algunos títulos de cierta importancia, bien por sus directores, bien por el trabajo que desempeñó en ellos: Encuentros en la noche (Clash by night), de Fritz Lang; No estamos casados (We're not married), de Edmund Goulding; el episodio que Henry Koster realizó para el film colectivo Cuatro páginas de una vida (O´Henry's Full House); y la película de intriga Niebla en el alma (Don´t bother to knock), de Roy Ward Baker, en el que encarnó de manera muy convincente al personaje de Nell Forbes. 

           
                                                                         En Niebla en el alma (1952)

Marilyn estuvo verdaderamente espléndida en su papel de Nell, una niñera perturbada que había intentado suicidarse en el pasado y que, desesperada y medio loca tras haber perdido a su gran amor, se disfraza ahora con las joyas de su señora para seducir a un atractivo piloto. La niña a la que debe cuidar aquella noche, Benny, frustra sus planes, por lo que la alucinada muchacha la amenaza primero con destriparla con tanta facilidad como a una muñeca, y luego la amordaza y la ata a la cama. En esta sádica y desquiciada relación con la pequeña, Marilyn dio muestras de una convincente crueldad que, al tiempo que desvelaba sus excelentes dotes dramáticas, tal vez le trajo a la memoria los horrores sufridos durante su propia infancia. Fue sin duda uno de los mejores papeles de su carrera.





Estrella de la comedia 




Pero el filme realmente importante de ese año fue la comedia de enredo Me siento rejuvenecer (Monkey Business), de Howard Hawks, el director que junto a John Huston y Billy Wilder tal vez supo extraer lo mejor de Marilyn Monroe. En esta comedia, verdadero clásico del género escrita por Ben Hecht, Charles Lederer y I.A.L. Diamond, hacía el papel de una secretaria rubia y tonta junto a dos verdaderos monstruos del género, Cary Grant y Ginger Rogers. La maestría de la puesta en escena y la espléndida carpintería dramático-cómica de la película era lo que estaba necesitando la carrera de Marilyn, que por fin podía demostrar su valía más allá de los estúpido que pudiera ser el personaje que interpretara. Además, y como se vería más adelante, fue en la comedia más o menos pura donde la actriz dio lo mejor de sí misma.
En 1953 iba a hacer las primeras tres películas en que su contribución era importante. En primer lugar, Niágara , un filme de suspense a lo Hitchcock que dirigió el siempre eficiente Henry Hathaway, pero que no era el tipo de producción idónea para la actriz. Mucho más importante, ya que tal vez es el título que marca el inicio de Marilyn Monroe como estrella y como mito sexual, es Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen prefer blondes), una nueva comedia, esta vez musical, de Howard Hawks.



Los caballeros las prefieren rubias, basada en una ingeniosa novela de Anita Loos, contaba la historia del enfrentamiento de dos coristas, una morena, la turgente Jane Russell, y otra rubia, Marilyn, que tratan de cazar a uno de los solterones más deseados y ricos de América. En esta película, plagada de excelentes gags y de provocativos números musicales, Marilyn demostró que era, además de una buena actriz de comedia, una notable cantante y bailarina, con un estilo personal y muy sugestivo. De hecho, el buscado personaje masculino, que interpretó Charles Coburn, optaba finalmente por quedarse con Lorelei Lee, la rubia.



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El tercer trabajo que hizo ese año fue un filme argumentalmente bastante parecido, Cómo casarse con un millonario (How to marry a millionaire), de Jean Negulesco, en el que Marilyn y otras dos actrices, esta vez Betty Grable y Lauren Bacall, se proponían conquistar a un millonario a toda costa. No tan exuberante ni rotunda como la anterior, era una película que explotaba en clave de comedia la disparidad de físicos y caracteres de las tres intérpretes femeninas y, por tanto, resultaba un trabajo muy a la medida de las aptitudes de Marilyn Monroe. Como consecuencia de estos sensacionales trabajos, en 1954 le sería otorgado el prestigioso Globo de Oro a la mejor actriz.
Convertida en menos de un año en una de las estrellas más rutilantes del firmamento cinematográfico hollywoodiense, el 14 de enero de 1954 contrajo matrimonio con el mítico jugador de béisbol Joe DiMaggio, uno de los primeros deportistas estadounidenses cuya popularidad era comparable a la de una estrella del cine. La boda fue uno de los acontecimientos sociales más sonados de ese año, pero sólo unos meses después, el 27 de octubre, DiMaggio y Marilyn se divorciaron. A pesar de ello, y según el testimonio de amigos de la actriz, Joe DiMaggio fue, de los tres maridos que tuvo, el único al que quiso realmente. 
Cinematográficamente hablando, 1954 no fue un gran año si se compara con el precedente o con los siguientes. Participó en dos títulos; el primero fue un peculiar cruce entre el melodrama y el western que dirigió Otto Preminger, Río sin retorno (River of no return), un buen filme coprotagonizado con Robert Mitchum en el que Marilyn no brilló especialmente. El segundo, la comedia musical Luces de candilejas (There's no business like show business), realizada por Walter Lang, resultó de un nivel muy inferior a las que había protagonizado el año anterior.



Pese a los éxitos profesionales que había obtenido en poco tiempo, su vida personal no era nada satisfactoria. Además del reciente fracaso sentimental con DiMaggio, no cesaba de luchar para demostrar que era algo más que una cara y una figura bonitas. Cuanto más se convertía en una sex-symbol, más intentaba no sucumbir a la conformista imagen que proyectaba. El acoso al que era sometida por parte de los directivos de las productoras era constante. Si en sus filmes ella atraía al hombre con su cuerpo y su inocente encanto, en la vida se jactaba de no haber aceptado nunca acostarse con los productores y jefes de los estudios, algo que a buen seguro le habría facilitado las cosas para conseguir mejores papeles, sobre todo en los inicios de su carrera.
Por otra parte, su arraigado complejo de nulidad intelectual, seguramente causado por haber abandonado pronto los estudios, la llevó a nuevas actividades. En 1955, por ejemplo, acudió al prestigioso Actors Studio neoyorquino para tomar clases con Lee Strasberg. Inducida por Strasberg, estudió el psicoanálisis con la finalidad de conocerse más a sí misma y hacer aflorar su potencial interpretativo. Strasberg, un hombre generoso, la trató como un padre y le ofreció intervenir en sesiones teatrales del centro, protagonizando obras como Un tranvía llamado deseo, de Tenessee Williams, y Anna Christie, de Eugene O´Neill. Estos detalles fueron objeto de burlas por parte de ciertos ambientes de Hollywood que se obstinaban en verla como una actriz cuyo único atributo valioso era el de despertar una irrefrenable atracción en los hombres. 




Las dos películas en las que intervino a continuación, aunque excelentes, presentaban al personaje que debía interpretar como alguien con más de un paralelismo con esa otra Marilyn de la vida real. Tanto en La tentación vive arriba (The seven year itch, 1955), de Billy Wilder, como en Bus Stop (1956), de Joshua Logan, Marilyn llevó a cabo dos interpretaciones estupendas. Pero el gran público, en lugar de cambiar la idea que tenía de la actriz fijándose en su capacidad interpretativa, todavía la encasillaba más, debido a que eran papeles similares a la imagen que desde los estudios se había dado de ella.



La presión habitual a la que se sometía a una gran estrella, el menosprecio que sentía que le profesaban algunos profesionales de la industria y el descontento consigo misma no tardaron en hacer mella en Marilyn. Su comportamiento en los rodajes era cada día más problemático, con frecuentes impuntualidades, excusas para intempestivas ausencias y malas relaciones con actores y técnicos. Por esta época comenzó a tomarse períodos de descanso en clínicas debido a las depresiones en que cada vez con mayor frecuencia se veía sumida.
Con todo, seguía estando en el ojo del huracán, siendo el objeto preferido de la prensa; pero también ello resultaba frustrante. Aceptaba conceder una entrevista a la espera de que algún periodista se interesara por sus inquietudes intelectuales, por lo que leía o por el tipo de películas que le gustaría interpretar, pero lo único que encontraba sistemáticamente eran burdas cuestiones de tocador. Algunas de sus respuestas de entonces se convirtieron en célebres, como cuando aseguró que no usaba ropa interior o que para dormir sólo se ponía Chanel n. 5. Así es que, inconscientemente o no, la propia Marilyn terminaba contribuyendo a consolidar la percepción que de ella tenía la gente.



1956 fue un año crucial en su vida, ya que el 29 de junio se casó con el dramaturgo Arthur Miller, para lo que debió convertirse previamente al judaísmo. Este enlace fue más sorprendente si cabe para el público y la prensa que el de DiMaggio. Miller, escritor y dramaturgo serio, proveniente de la élite intelectual judía, de posiciones ideológicas abiertamente izquierdistas, se casaba con una mujer que supuestamente era la antítesis: superficial, frívola, sin ideas propias y que aparecía habitualmente en las portadas de la prensa amarilla. Y quienes le auguraron lo peor, acertaron, ya que este tercer y último matrimonio fue un nuevo fracaso personal. La desenfadada e ingenua Marilyn Monroe no congenió con el exclusivo círculo de intelectuales neoyorquinos en que se desenvolvía Miller, y a pesar de que no se divorciaron hasta enero de 1961, pronto se distanciaron de forma irremediable. 




Entretanto, Marilyn había puesto en marcha un nuevo proyecto que causaba el recelo de los jefes de los estudios: su propia productora. Cansada del maltrato y el desprecio, en 1957 viajó a Gran Bretaña para protagonizar y producir El príncipe y la corista (The Prince and the Showgirl), nueva variación algo más dramática del tema de Los caballeros las prefieren rubias y Cómo casarse con un millonario. Como director y partenaire suyo Marilyn eligió al shakesperiano y muy británico Laurence Olivier. El rodaje fue, como venía siendo habitual, algo turbulento, con enfrentamientos con Olivier, retrasos, pastillas y alcohol. Curiosamente la crítica especializada, que ya había destacado su buen hacer como actriz dramática en Bus Stop, fue unánime al señalar que la espontaneidad y el encanto de Marilyn habían eclipsado a Olivier, aunque fue inmisericorde con la película.
De regreso a Estados Unidos, volvieron a surgir los problemas, las inseguridades y los temores de Marilyn: un matrimonio que ya no funcionaba; unos estudios cada vez más refractarios a contratarla, por extraño que esto pudiera parecer dada su inmensa popularidad; nuevas depresiones; nuevas estancias en sanatorios o clínicas de descanso, y dos nuevos factores, o cuando menos más acentuados: el consumo de alcohol y de píldoras, en especial barbitúricos.




 En su siguiente película, Con faldas y a lo loco (Some like it hot, 1959), genial y mordaz comedia sobre el amor y el transexualismo en que volvió a dirigirla Billy Wilder, el rodaje se convirtió en un verdadero suplicio. En sus memorias, Wilder lo recordaría como la experiencia más traumática de su carrera debido al imprevisible comportamiento de la actriz, que nunca llegaba a la hora o que, simplemente, tenía que repetir hasta 65 veces un plano en el que tan sólo tenía una frase. No obstante, y gracias en cierto modo a la buena química que había con los otros dos actores principales, Tony Curtis y Jack Lemmon, el resultado final fue satisfactorio; el trabajo de Marilyn sería premiado en 1960 con un nuevo Globo de Oro, esta vez en la categoría de mejor actriz de comedia o musical.
En 1960, coprotagonizó junto al actor francés Yves Montand el film de George Cukor El multimillonario (Let´s make love). Aunque con un planteamiento habitual en la filmografía de Monroe (chica humilde pero con ansias de superación que encuentra el amor en un hombre rico), Cukor imprimió al argumento un mayor acento dramático. Era una producción suntuosa, correctamente realizada, y con un buen trabajo de la pareja protagonista, pero aun así había algo en el conjunto que no terminó de funcionar. Durante el rodaje, Monroe y Montand tuvieron un romance que no pasó a mayores. Marilyn se enamoró del actor, pero para Montand no era más que una aventura. Una vez más, la mujer más deseada del mundo no encontraba o tenía dificultades para conservar un amor.
Su última aparición cinematográfica, si descontamos la incompleta y no estrenada película de Cukor Something´s got to give, fue para muchos críticos y aficionados el mejor trabajo de cuantos realizó Marilyn Monroe. Vidas rebeldes (The Misfits, 1961), de John Huston y con guión del aún marido de Marilyn, Arthur Miller, era un filme elegíaco, tocado con la rara cualidad de lo irrepetible, que unía en la pantalla a tres grandes actores, Clark Gable, Montgomery Clift y Marilyn Monroe, tres estrellas que además estaban atravesando por distintos motivos unos momentos personales especialmente delicados.



 Una historia de perdedores, tan del gusto de Huston, que en un último crepúsculo encontrarán al menos un lugar donde poder descansar y compartir sus experiencias con alguien. Intensa y emotiva, quizá este papel fue el mejor regalo que pudo hacer a Marilyn Arthur Miller, con quién se divorciaría poco después, el día 21 de enero de 1961, justo una semana antes del estreno de Vidas rebeldes. Su sentida interpretación de la divorciada Roslyn Taber, que encuentra un nuevo amor en el personaje que encarna Gable, volvió a ser destacada en 1962 con un nuevo Globo de Oro.


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Los últimos meses de la vida de Marilyn presentan una serie de zonas oscuras que probablemente nunca lleguen a esclarecerse, como su relación con el entonces presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, que parece probado que fue de naturaleza íntima, o más tarde con el hermano de éste, el senador Robert Kennedy, en la que algunos indicios pueden hacer pensar que fue tan sólo de amistad. De cualquier modo, los nombres de ambos aparecieron entonces y siguen apareciendo hoy en el asunto de la muerte por suicidio de la actriz, que falleció el 5 de agosto de 1962 a causa de una sobredosis de barbitúricos en su casa de Brentwood, California.
A las 3 de la madrugada, la señora Murray, su ama de llaves, la encontró en la cama en una postura extraña, con el teléfono fuertemente aferrado en una de sus manos y las luces encendidas. Un frasco vacío de Nembutal encima de la mesilla atestiguaba la ingestión masiva de pastillas por parte de la estrella. El médico forense certificó su muerte y expresó su convencimiento de que se trataba de un suicidio. En años posteriores, una auténtica industria del escándalo, de la que formarían parte la prensa amarilla, la de extrema derecha y un Norman Mailer arruinado y angustiosamente necesitado de dinero, especularon incansablemente sobre la relación entre su muerte y los hermanos Kennedy.
No era la primera vez que había ingerido una sobredosis de barbitúricos combinada con alcohol: exactamente lo mismo había ocurrido en la primavera del año anterior, poco después de la separación de Miller y del estreno de Vidas rebeldes. La policía, extrañamente, no reveló el nombre de la sustancia que había tomado Marilyn, e incautó y rehusó hacer públicas las cintas magnetofónicas de la compañía de teléfonos en que estaban grabadas las llamadas que efectuó la noche de su muerte. Esto no hizo más que confirmar las sospechas de que Marilyn llamó a alguien en busca de ayuda, alguien cuya alta posición pública no le permitía afrontar el escándalo que hubiera supuesto verse envuelto en semejante asunto.



Pese a la infinidad de biografías y libros que sobre ella se han escrito (incluyendo su autobiografía, aparecida póstumamente en 1974), en los que se ha podido percibir esa otra Marilyn que no se ajusta al tópico, aún hoy sigue apareciendo en primer lugar, o en un lugar muy destacado, en toda clase de rankings más o menos frívolos: en 1995 fue votada por los lectores de la revista inglesa Empire como la actriz cinematográfica más sexy de todos los tiempos; la misma revista, en 1997, la situaba como la octava estrella del cine (masculina y femenina) más grande de todos los tiempos; y en 1999, la americana People Magazine la consideraba la mujer más sexy del siglo.



En definitiva, a pesar de los denodados intentos que Marilyn Monroe llevó a cabo en vida para ser considerada de manera distinta a como se la veía, difícilmente desaparecerá nunca de la imaginación colectiva como uno de los íconos eróticos del siglo XX. La imagen de La tentación vive arriba, con blusa y falda plisada blancas que se le levantan y agitan cuando pasa sobre un respiradero del metro de Nueva York, ha quedado indisociablemente unida a su nombre. Su desaparición en plena juventud, y en la cumbre de su fama como actriz y como mito erótico vivo, no hizo más que acrecentar la leyenda.
http://www.biografiasyvidas.com/monografia/marilyn_monroe/

viernes, 1 de enero de 2016

LORENZO DE MEDICI... LA CONSPIRACIÓN DE LOS PAZZI Y SU MECENAZGO


El 1 de enero de 1449 nació en Florencia Lorenzo de Médicis, famoso en el mundo, desde hace varios siglos, con el nombre de Lorenzo el Magnífico. Nieto de Cosme el Viejo, pater patriae, padre del futuro León X, tío de Clemente VII, amigo de Poliziano y de Pulci, filósofo contemporáneo de Pico de la Mirandola, protector de Botichelli y de Miguel Angel, recibió a la hora de la muerte, la bendición de Jerónimo Savonarola. La maravillosa plenitud del Renacimiento florentino -que después fue Renacimiento italiano y más tarde Renacimiento europeo- Tuvo en Lorenzo su protagonista, o mejor aún, su epicentro temporal y simbólico. A pesar de que murió muy joven -sólo contaba cuarenta y tres años-, él, con su nombre, su obra, su influencia y su persona, llenó toda la historia italiana civil e intelectual del último tercio del siglo XV. Fue considerado el más inteligente de los cinco hermanos, y tuvo como tutor a un diplomático llamado Gentile Becchi. Participó en justas, cetrería, caza y cría de caballos para competir en el Palio de Siena. Se educó primero en Venecia, más tarde fue enviado a Milán con sólo diecinueve años en representación de su padre, Pedro de Médicis. Siendo Lorenzo aún joven, Piero lo envió a numerosas misiones diplomáticas. Entre ellas se cuentan viajes a Roma para ver al Papa y a otras figuras políticas y religiosas. Con veinte años, en 1469, la muerte de su padre le obligó a hacerse cargo del Estado florentino bajo un pulso permanente con el Reino de Nápoles. Su carácter conciliador y diplomático le permitió alcanzar la paz con los napolitanos en 1480 tras declararle la guerra Fernando I de Nápoles. Los enfrentamientos entre los jefes de familia de la república florentina mantenían la ciudad en tensión y Lorenzo debió disputar su posición de forma permanente. Esta actitud llevó a parte de la historiografía a considerarle un déspota. Otros, sin embargo, le consideraron un mantenedor del orden en un periodo muy convulso de la historia de la ciudad italiana
Poeta él mismo, Lorenzo el Magnífico se dejó conquistar por la poesía en lengua vulgar del siglo XV. Buen autor, se consagró a la composición de obras de distintos géneros: escribió las “Rime”, pequeños poemas idílicos como “La Nencia da Barberino” y “L’Ambra”, los “Laudi spirituali” y los “Canti carnascialeschi”. Compositor ecléctico, puso igualmente música a algunos versos siguiendo el modelo de Petrarca, como en el célebre soneto: “¡Cuán bella es la juventud, aunque huya de repente! Quien aspire a ser dichoso, séalo: del mañana no hay certeza.” La gran innovación cultural de Lorenzo se puede encontrar en su pasión por la vida en el campo y en su afición a las justas a las cuales dio un fuerte impulso, lo que permitió a la oligarquía florentina acercarse al estilo de vida de los príncipes del Norte de Italia. Su obra política aparece como ardua y complicada, ya que tuvo que mostrarse atento en no abusar del margen de independencia del que gozaba la familia y fue sin ninguna pasión que tuvo que asumir el rol de banquero. En cambio, sus intervenciones en el campo cultural prueban que en el interior del hombre de estado y de jefe de clan se escondía un príncipe erudito. Amaba a su familia y lo demostró haciendo gala de una solidez a toda prueba en los momentos más difíciles. Como su padre y su abuelo, no tenía ambiciones dinásticas. Su gran orgullo fue el de haber obtenido, en 1489, del papa Inocencio VIII el título de cardenal para su hijo Juan (el futuro León X) que iba a inmortalizar el nombre de los Médicis.
GDSDLa Conspiración de los Pazzi
Para 1478, Italia se encontraba dividida en dos grandes bandos, por un lado, el Papa y el rey de Nápoles, mientras que por otro lado se encontraban los venecianos, Milán y los florentinos; y aunque no había estallado un conflicto abierto entre ellos, diariamente se daban motivos para comenzar una, procurando el Sumo Pontífice en todas sus políticas, perjudicar a los florentinos. Por tanto, a la muerte de Felipe de Médicis, arzobispo de Pisa, el Papa, contra la voluntad de la Señoría de Florencia, nombró como reemplazante a Francisco Salviati, enemigo conocido de los Médicis. Figuraba la familia Pazzi en Florencia por sus riquezas y noble origen entre las primeras, liderada por Jacobo de Pazzi, quien ostentaba el título de Caballero gracias a su fortuna y condición. No tenía descendencia más que una hija natural, pero sí tenía muchos sobrinos provenientes de sus hermanos Pedro y Antonio; entre ellos estaban Guillermo, Francisco, Renato y Juan de Pazzi. Instigado por sus sobrinos Riario y Della Rovere, el papa quería crear un nuevo Estado Pontifical. Para realizar este proyecto, cerró un acuerdo con Nápoles que puso a Florencia en una situación muy crítica. Para contrarrestar los efectos de esta decisión, Lorenzo de Médicis intentó aliarse con Venecia. Se hizo el promotor de una Liga abierta, pero sin éxito. Mientras tanto los Pazzi comenzaron a meditar el modo de vengarse de los Médicis. El primero en hablar de ellos fue Francisco, el más valiente y susceptible de todos ellos, quien determinó, o adquirir lo que le faltaba o perder lo que tenía. Por la manifiesta mala voluntad del gobierno florentino hacia él, vivía casi siempre en Roma, donde, según la costumbre de los comerciantes venecianos, acumulaba grandes riquezas. Era íntimo amigo del conde Jerónimo, y ambos se quejaban mutuamente de los Médicis, hasta el punto de llegar a convenir en que, para que el Conde pudiera vivir seguro en sus estados, y Francisco de Pazzi en su ciudad, era necesario que cambiara el gobierno de Florencia, lo que no se podría conseguir sin la muerte de Juliano y Lorenzo de Médicis. Creyeron que el Papa y el rey de Nápoles acogerían de buen grado el proyecto cuando les mostraran la facilidad de realizarlo. Conformes ya en su ejecución, comunicaron el intento a Francisco Salviati, arzobispo de Pisa, quien por su ambición y haberle ofendido los Médicis poco tiempo antes, prometió voluntariamente su participación y, discutiendo los tres sobre los medios de realizar fácilmente el propósito, acordaron atraer a la conjuración a Jacobo de Pazzi, sin el cual creían no poder realizar cosa alguna. Para conseguirlo fue Francisco de Pazzi a Florencia, quedando en Roma el arzobispo y el conde, a fin de tratar con el Papa. Encontró Francisco a Jacobo más circunspecto y difícil de lo que esperaba; lo hizo saber en Roma, y creyendo que era preciso emplear a una persona de mayor autoridad para continuar, manifestó el proyecto a Juan Bautista Montesecco, capitán a sueldo del Papa. Montesecco tenía una gran reputación como militar, y estaba muy obligado al Conde y al Papa. Sin embargo, opinó que la conjura era difícil y expuesta, dificultad y peligro que el Arzobispo procuraba desvanecer, mostrando el auxilio que el Papa y el rey de Nápoles darían a la empresa, y además el odio que los florentinos tenían a los Médicis; el apoyo de los parientes que los Salviati y los Pazzi tenían dentro de Florencia; la facilidad de matar a los Médicis, que andaban por las calles de Florencia sin acompañamiento ni precaución alguna y, una vez muertos, la seguridad de cambiar el gobierno. Montesecco no creía en nada de esto, porque a muchos otros florentinos les había oído hablar de distinta manera. El papa había enviado a la universidad de Pisa, para seguir estudios eclesiásticos a Rafael de Riario, sobrino del Conde Jerónimo, y estando aún allí, le hizo cardenal. Creyeron conveniente los conjurados llevar a éste cardenal a Florencia, para que su llegada encubriera el complot, pudiendo ir en su comitiva ocultos los cómplices que necesitaban para realizarlo. Vino el Cardenal y le recibió Jacobo de Pazzi, los conjurados deseaban reunir, mediante el cardenal a Lorenzo y Juliano de Médicis en un solo sitio, para asesinarles juntos. Acordaron que el Cardenal les convidara a su Quinta de Fiésole; pero Juliano o por casualidad o intencionadamente, no fue. Fracasado este intento, creyeron que, si les convidaban en Florencia, necesariamente irían los dos. Dispuesto a todo con este objeto, hicieron las invitaciones para el domingo 26 de abril de 1478. Los conjurados deseaban matarles durante el festín, y toda la noche del sábado estuvieron disponiendo lo que debían hacer al día siguiente; pero, al llegar éste, dijeron a Francisco que Juliano de Médicis no iría. Los jefes de la conjura se reunieron de nuevo, y acordaron no diferir su ejecución por ser imposible guardar el secreto habiendo tantos cómplices. Convinieron, pues, dar el golpe en la iglesia catedral de Santa Reparata donde, por asistir a la función religiosa del Cardenal, irían, según costumbre los dos Médicis. Tomado este acuerdo, convinieron en que la señal para la ejecución sería el momento de la comunión del sacerdote que celebraba la misa mayor en dicha iglesia, y que, al mismo tiempo, el arzobispo Salviati, con su gente y con Jacobo de Poggio ocupara el Palacio Público, para que la Señoría, de buena voluntad o a la fuerza, les siguiera una vez muertos los Médicis. Así dispuestas las cosas, fueron a la iglesia, donde ya habían llegado el Cardenal y Lorenzo de Médicis. La iglesia estaba llena de fieles y comenzada la misa, sin que hubiera aparecido aún Juliano de Médicis, por lo cual Francisco de Pazzi y Bernardo Bandino, encargados de matarle, fueron a buscarle a su casa, y con ruegos y engaños le llevaron a la iglesia; siendo cosa digna de memoria que Francisco y Bernardo disimularan el odio y el propósito de muerte con tal inalterable tranquilidad, porque al acompañarle a la iglesia, por el camino, y dentro de ella, le entretuvieron con bromas y dichos propios de la juventud. Francisco, con la excusa de acariciarle, le estrechó con la mano y el brazo, para saber si llevaba coraza o cualquier otra defensa.
Juliano y Lorenzo de Médicis sabían del odio de los Pazzi contra ellos y que deseaban privarles de la autoridad que gozaban en la gobernación del estado; pero no temían por su vida, creyendo que, cuando los Pazzi intentaran algo, no tratarían de conseguirlo por medios tan violentos. No inspirándoles cuidado la propia conservación, hasta fingían ser sus amigos. Dispuestos los conjurados, los colocados junto a Lorenzo podían permanecer allí sin levantar sospechas, por la multitud que llenaba el templo; los otros estaban junto a Juliano. En el momento convenido, Bernardo Bandini, con el puñal que llevaba dispuesto, atravesó el pecho de Juliano de Médicis, que dio algunos pasos y cayó en tierra. Arrojándose sobre él Francisco de Pazzi, y le acribilló a puñaladas, con tan ciega rabia, que él mismo se hirió gravemente en una pierna. Antonio de Volterra y Esteban acometieron a Lorenzo, dirigiéndole varios golpes; pero sólo le causaron una ligera herida en el cuello, porque, su negligencia, o el valor de Lorenzo, que se defendió con sus armas al verse atacado, o el auxilio de los que estaban cerca, hicieron fracasar los esfuerzos de los conjurados, que, asustados, huyeron y se escondieron; pero, fueron encontrados más tarde y recibieron una muerte ignominiosa, siendo arrastrados por toda la ciudad. Lorenzo, con algunos amigos que le rodeaban, se encerró en la sacristía de la iglesia. Bernardo Bandini, después de matar a Juliano, mató también a Francisco Nori, íntimo amigo de los Médicis, por antiguo odio que le inspirase, o porque había querido socorrer a Juliano. No contento con estos dos homicidios, corrió en busca de Lorenzo, para hacer con valor y prontitud lo que, por torpeza y cobardía, no habían hecho los otros; pero, encerrado ya aquél en la sacristía, fueron vanos sus intentos.
En medio de estos graves sucesos, del tumulto y del ruido tan grande, que parecía que se arruinaba la iglesia, el Cardenal se refugió junto al altar, salvándole los sacerdotes. La Señoría, cesado el motín, pudo llevarle a su palacio, donde estuvo muy alarmado hasta que le pusieron en libertad. Vivían entonces en Florencia algunos perusinos expulsados de su ciudad por el partido dominante, y entraron en la conspiración por los Pazzi les prometieron conseguir que volvieran a su patria. Los llevaba el arzobispo Salviati al ir para ocupar el palacio con sus parientes y amigos, y Jacobo, hijo de Poggio. Al llegar al palacio, dejó en la planta baja algunos de los suyos, con orden de que, al oír ruido, ocuparan la puerta. Él, con la mayoría de los perusinos, subió, y supo que los Señores estaban comiendo, porque ya era tarde; pero al poco tiempo fue recibido por Cesar Petrucci, Confaloniero de justicia. Entró con pocos de los que le acompañaban, quedando los demás fuera, y casi todos éstos se encerraron, sin quererlo en la Cancillería. El arzobispo, entretanto, entró en las habitaciones del Confaloniero con pretexto de referirle algunas cosas de parte del Papa, y empezó a hablar con voz turbada, pronunciando frases entrecortadas y sin orden. La alteración de su semblante y lo incoherente de sus palabras engendraron en el Confaloniero tales sospechas, que de pronto salió gritando de la estancia y hallando a Jacobo de Poggio, le cogió por los cabellos y le puso en manos de sus subalternos. Producida la alarma entre los Señores, cada cual se armó con lo que encontró a mano. Los que habían subido con el arzobispo, encerrados unos y asustados otros, todos fueron muertos o arrojados vivos por las ventanas del palacio, siendo ahorcados el Arzobispo, Jacobo Salviati y Jacobo de Poggio. Los que quedaron en la planta baja, después de forzar la guardia y la puerta, la ocuparon toda ella, de modo que los ciudadanos que, al saber el motín, acudían al palacio, ni con las armas, ni con los consejos podían auxiliar a la Señoría.
Francisco de Pazzi y Bernardo Bandini, viendo a Lorenzo de Médicis seguro, y estando uno de ellos, en quien más confianza tenían los conjurados, herido gravemente, se asustaron. Bernardo, tan sereno en meditar su salvación como lo había estado en realizar el complot, juzgó la cosa perdida y apeló a la fuga. Francisco de Pazzi, al volver a su casa herido, probó a montar a caballo, porque lo convenido era rodear la ciudad con gente armada y llamar al pueblo a las armas para que proclamase la libertad; pero no pudo, a causa de la profundidad de la herida y de la sangre que había perdido, por lo cual, quitándose el traje, se echó en la cama desnudo, y rogó a maese Jacobo que hiciera lo que no podía hacer él. Maese Jacobo, aunque viejo y sin práctica de estos asuntos, para hacer la última tentativa en pro de la conjuración, salió a caballo con unos cien hombres armados que estaban dispuestos de antemano, y fue a la plaza del palacio, llamando en su ayuda al pueblo y proclamando la libertad; pero como la fortuna y liberalidad de los Médicis habían hecho al pueblo sordo, y la libertad no era conocida en Florencia, nadie le respondía, y los que dominaban en la parte alta del palacio de la Señoría le recibieron a pedradas y le asustaron a fuerza de amenazas. Dudando lo que haría, le encontró su cuñado Juan Serristori quien, después de reprenderle por el escándalo promovido, le aconsejó volviera a su casa, asegurándole que el amor al pueblo y a la libertad lo tenían en el corazón, como él, los demás ciudadanos. Privado de toda esperanza Jacobo de Pazzi, porque el palacio de la Señoría estaba en poder de los enemigos, Lorenzo de Médicis vivo, Francisco de Pazzi, herido, y sin ninguno que le siguiera, determinó salvar la vida, si podía, fugándose, y salió de Florencia con la gente que había llevado a la plaza, para ir a la Romaña. Entre tanto, toda la ciudad estaba en armas, y Lorenzo de Médicis, acompañado de muchos hombres armados fue a su casa. El pueblo había recobrado el Palacio de la Señoría, quedando presos o muertos los que al principio lo ocuparon, y por toda la ciudad se aclamaba a los Médicis. Los miembros de los muertos o los que llevaban clavados en picas o arrastrados por las calles, persiguiendo todos a los Pazzi con iracundas frases o cruelísimos actos.. Ocupadas sus casas por el pueblo, Francisco de Pazzi, desnudo como le encontraron, fue sacado de la suya y conducido al Palacio de la Señoría, ahorcándole al lado del Arzobispo y de los otros ejecutados. Imposible fue hacerle hablar cosa alguna, a pesar de las injurias que le dijeron e hicieron durante el camino y después. Fija su mirada en los que le rodeaban, suspiraba en silencio. Guillermo de Pazzi, cuñado de Lorenzo de Médicis, se salvó en casa de éste, porque era inocente y por los esfuerzos de su mujer, Blanca de Médicis. Renato de Pazzi se fue antes del atentado a su quinta en el campo y, al saber lo ocurrido, quiso huir disfrazado; pero descubierto y preso en el camino, le llevaron a Florencia. Maese Jacobo fue también preso al pasar los Alpes, porque sabían ya aquellos habitantes lo ocurrido en Florencia, y le detuvieron, llevándole a esta ciudad, sin conseguir, a pesar de sus ruegos, que le mataran en el camino. Cuatro días después del complot, maese Jacobo y Renato fueron juzgados y muertos. De todas las muertas hechas en aquellos días, tantas que las calles estaban llenas de miembros humanos, la única que inspiró compasión fue la de Renato, porque tenía fama de hombre prudente y bueno y desprovisto de la soberbia que censuraban en los demás individuos de su familia. Maese Jacobo fue primero enterrado en la sepultura de su familia; sacado después de allí, por haber muerto excomulgado, y enterrado junto a las murallas de la ciudad; sacado también de aquí, le arrastraron por toda la ciudad, desnudo, con la misma cuerda que había servido para ahorcarle y, no habiendo encontrado en la tierra sitio para su sepultura, los mismos que le arrastraban le arrojaron al rio Arno, que llevaba las aguas muy crecidas. A Juan Bautista de Montesecco, después de un largo proceso, le cortaron la cabeza, Napoleón Franzesi se libró, con la fuga, del suplicio. A Guillermo de Pazzi le confinaron, y a sus primos que quedaron vivos les encerraron en los calabozos del castillo de Volterra.
MECENAZGO
Indiscutiblemente dotado de un gran talento y de una sólida cultura Lorenzo de Médicis tenía el sentido de la innovación intelectual y artística. Para él, el mecenazgo consistía menos en efectuar encargos que a exhortar a los grandes a recurrir a los servicios de los artistas florentinos. En 1480, recomienda al rey de Nápoles, Giuliano da Maiano; en torno a 1485, Verrocchio viaja a Venecia. En la misma fecha, Leonardo da Vinci se traslada a Milán, bajo la sugerencia del señor de Florencia que ansiaba satisfacer a Ludovico el Moro. En 1481, a instancias de Sixto IV della Rovere, reconciliado con Florencia, un equipo de pintores, entre las más importantes personalidades del arte toscano, Botticelli, Domenico Ghirlandaio, Signorelli, son enviados a Roma para decorar la capilla Sixtina. A su vez, Filippino Lippi viaja a Roma llamado por el cardenal Carafa para decorar su capilla en la iglesia Santa María sopra Minerva y por el papa Alejandro VI para pintar los Aposentos Borgia. Incitó a su primo Lorenzo di Pierfrancesco encargar a Botticelli “La Primavera” y “El Nacimiento de Venus”. Fueron los Tornabuoni y los Sassetti, asociados de Lorenzo el Magnífico, quienes pagaron a Ghirlandaio los ciclos de frescos de Santa Trinità y de Santa Maria Novella (diez veces más barato de lo que le costó su célebre “Tazza Farnese”): solo financió directamente su colección de pequeños objetos preciosos (ánforas, urnas, copas, camafeos, medallas, joyas y estatuillas antiguas). Encomendó a Giuliano da Sangallo la edificación de una de sus casas de campo favoritas, la de Poggio a Caiano; y a Perugino, Ghirlandaio, Botticelli y Filippino Lippi decorar su villa de Spedaletto (cerca de Arezzo), cuyos frescos, desgraciadamente, han desaparecido. Filippino Lippi fue el artista preferido de Lorenzo, al que convirtió en un pintor célebre.
Vasari cuenta que a su muerte, todas las tiendas de la vía dei Servi fueron cerradas durante los funerales del pintor, como si hubiera muerto un príncipe. Discípulo de Botticelli, trabajó en Spoleto y en Roma. Filippino Lippi recibe en 1484/85 el encargo de terminar los prestigiosos frescos de Masaccio (muerto cincuenta años antes) en la capilla Brancacci de la iglesia del Carmine de Florencia. Fue solicitado también por los Strozzi en 1487, para decorar la capilla de la familia situada en el transepto de Santa Maria Novella. La acción cultural de Lorenzo se manifestó de dos maneras: por una prestigiosa política artística y por un cierto número de iniciativas personales y de encargos. No se puede ignorar la magnitud de la primera, aunque tendiera a desalojar de Florencia a sus artistas; por otro lado, los proyectos más interesantes fueron casi todos interrumpidos por la muerte prematura de Lorenzo a los cuarenta y tres años. En la época feliz, anterior al episodio de los Pazzi, los encargos para el palacio de la Vía Larga parece que fueron como antaño realizados por los Pollaiolo; el taller de Verrocchio realizó algunos encargos ocasionales, en particular para la “Giostra” de 1475. En 1484, Antonio del Pollaiolo y su hermano se fueron a Roma para realizar el monumento funerario en bronce de Sixto IV.
Angelo Poliziano
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Definido como príncipe de los humanistas, Angelo Poliziano se impuso por su prodigiosa cultura clásica y sus traducciones de Epicteto, Platón y Marco Aurelio. Nacido en el seno de una familia burguesa ligada a los Médicis, llegó a Florencia en 1464, después del asesinato de su padre. Aprovechó sus estudios para componer versos en latín que le valieron la protección de Lorenzo de Médicis, quien en 1475, le confió la educación de su hijo y lo instaló en su propia casa. Fue el amigo de los grandes eruditos y pensadores de Florencia (Argyropoulos, Marsilio Ficino, Landino). Pero sus aptitudes lo conducían más a la filología y a la poesía latina o italiana que al neoplatonismo. En 1475, comenzó a escribir sus “Stanze per la giostra del Magnifico Giuliano” (Estancias para el torneo) cuyas estrofas, o al menos una parte de ellas, están sin duda relacionadas con las pinturas de Botticelli. Pero esta obra fue interrumpida tras la muerte de Juliano de Médicis, víctima de los Pazzi, cuya conspiración (1478) fue contada por el mismo Poliziano. Dudando de la estabilidad del gobierno de Lorenzo, y desanimado por la hostilidad que le profesaba Clarisa Orsini, esposa de su protector, decidió abandonar Florencia y trasladarse a Mantua en 1479. Es allí donde redactó para Francesco Gonzaga, el primer drama pastoral italiano, “La fábula de Orfeo”. En 1480, volvió a Florencia, en cuya universidad Lorenzo le había reservado la cátedra de retórica griega y latina que ocuparía hasta su muerte. Sus investigaciones lo llevaron hasta los rincones más oscuros, pero también los más refinados de la literatura y de la cultura griega y latina. Cinco años antes su muerte, Poliziano creó su obra más culta, «Miscelánea», en la cual criticó a los antiguos, a los que consideraba culpables de haber influido demasiado a los poetas de su época.
Balada de las rosas
Éranse en derredor violetas, lises,
entre la hierba renacidas flores
de azules, rojos, cálidos matices;
y pretendí que fueran sus olores
de tu rubio cabello los primores
con su vívida gracia engalanados.
Ya de flores colmados pecho y brazo,
vi las rosas de múltiples colores:
volé a llenar, entonces, tu regazo,
pues eran tan suaves sus olores
que el corazón se desató en amores,
de dulce anhelo en júbilo abrasado.
Y dije para mí: Jamás podría
señalar d'estas rosas las más bellas;
unas en su capullo todavía
otras pálidas, otras cual centellas
Amor díjome entonces: Toma aquellas
que sobre las espinas han cuajado.
Cuando abre sus pétalos la rosa
y más rosa es la rosa y más loada,
en tu diadema será más hermosa
que en el rosal, del viento deshojada.
Niña: que sea en su esplendor cortada
la bella rosa del jardín cerrado.
Los poemas en los cuales basaba sus cursos, “los Silvae”, y también sus numerosos epigramas griegos, muestran que fue el premier humanista italiano a haber dominado verdaderamente la lengua de Homero. A fuerza de delicadeza y de musicalidad llegó a realizar, sobre todo en las “Stanze”, la síntesis entre formas clásicas y vernáculas con una ligereza y una habilidad dignas de las mejores creaciones de Florencia bajo Lorenzo el Magnífico. Cuatro años después de su muerte, Aldo Manuzio publicó en Venecia la primera edición de sus obras.
Juan Pico della Mirandola
NNoble lombardo destinado una brillante carrera de jurista eclesiástico, escogió la filosofía que estudió en Ferrara, Padua, Florencia y París. Descubrió el pensamiento griego y la tradición árabe encarnada por Averroes y la filosofía judía medieval. Su primera manifestación pública fue la presentación en Roma (1486) de sus 900 Tesis para ser disputadas, de las cuales varias fueron condenadas por una comisión designada por el papa. Pico contestó, pero su “Apología”, dedicada a Lorenzo de Médici, le valió un mandato de arresto. Huyó a Francia, pero fue detenido y encarcelado. Fue liberado gracias a la intervención del rey de Francia y del propio Lorenzo de Médici a quien, de regreso a Florencia, le dedicó (1488) su septiforme interpretación del Génesis, la “Heptaplus”. El círculo de neoplatónicos de Florencia lo acogió y fue a Poliziano a quien dedicó “De Ente e Uno”. La muerte le impidió acabar sus “Disputationes in astrologiam libro duodecim” y asistir al triunfo de Savonarola, con el cual mantenía relaciones amigables. Ligado a los neoplatónicos de Florencia, su admiración por Averroes y la Cabala modificó su punto de vista sobre Platón, el neoplatonismo y el hermetismo. Soñaba con elaborar una gran síntesis del pensamiento no cristiano. Su originalidad aparece claramente en su obra más conocida, el “Oratio de dignitate hominis” (Discurso sobre la dignidad del hombre) consagrado al rechazo de la definición neoplatónica del hombre como intermediario entre lo terrestre y lo divino. Para él, el hombre se sitúa fuera de toda jerarquía y sólo le atañe a él continuar o no su evolución espiritual. Partidario de la interpretación alegórica de los mitos griegos, estigmatiza por otro lado los clichés de la astrología convencional, de la cual hace en su último libro, el verdadero enemigo de la religión. Giovanni Pico della Mirandola formula propuestas que lo sitúan a la cabeza de los pensadores florentinos: “que el hombre, familiar de las criaturas superiores y soberano de las inferiores, es el vínculo entre ellas; que por la agudeza de los sentidos, por el poder indagador de la razón y por la luz del intelecto, es intérprete de la naturaleza; que, intermediario entre el tiempo y la eternidad…” Pico della Mirandola “De Hominis Dignitate” Algunos estudiosos proclaman a Lorenzo de Medici como uno de los «padrinos del renacimiento». Se destaca el llamado «jardín de escultura» que fundó, con el cual pretendía revivir el arte de la escultura, casi extinto en Florencia. En este jardín se impartió enseñanza gratuita en el proceso de esculpir a los más talentosos aprendices de los talleres del momento, entre ellos a Miguel Ángel, y fue allí donde éste realizó varias de sus primeras obras en mármol como La Virgen de las Escaleras y La batalla de los centauros. Para llenar la necesidad de tener un maestro en el jardín de escultura, Lorenzo contrató a Bertoldo, antiguo aprendiz del famoso escultor Donatello, quien a su vez fue aprendiz de Ghiberti. Bertoldo, a pesar de su avanzada edad enseñó el arte de esculpir el mármol a sus aprendices del jardín, lo cual les dio las bases necesarias para revivir la escultura en Florencia.
Fundó, entre otras instituciones, la Biblioteca Laurenciana. Enviados de Lorenzo recuperaron del Este de Europa gran cantidad de obras clásicas, montando talleres para copiar sus libros y difundir su contenido a través de toda Europa. Apoyó el desarrollo del humanismo a través de su círculo de amigos eruditos que estudiaron a los filósofos griegos y trataron de combinar las ideas de Platón con el cristianismo. En su condición de banquero desatendió los negocios heredados de la familia y tuvo muchos problemas para mantener las actividades mercantiles en el oeste de Europa, perdiendo las filiales de Londres, Brujas y Lyon (creada en 1466).
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Lorenzo, una vez asegurada la paz por su influencia y autoridad, dirigió sus esfuerzos a engrandecer su casa y su patria. Casó a su hijo primogénito, Pedro, con Alfonsina, hija del caballero Orsino, y después logró que a se segundo hijo, Juan, le concedieran la dignidad del cardenalato. Llegó éste a ser tan famoso como extraordinario fue su nombramiento de cardenal antes de cumplir 14 años. No le fue posible asegurar extraordinaria fortuna a su tercer hijo Juliano, por lo joven que era y lo poco que Lorenzo vivió. A sus hijas las casó una con Jacobo Salviati, otra con Francisco Cibo, y la tercera con Pedro Ridolfi. La cuarta, que, por tener a su familia unida, la había casado con Juan de Médicis, murió. Respecto a sus demás asuntos privados, en el comercio fue un total fracaso, porque las irregularidades de sus dependientes, que administraban los negocios de Lorenzo, no como hombre privado, sino como príncipe, le hicieron sufrir grandes pérdidas en diferentes puntos, siendo preciso que su patria le ayudara con una cuantiosa suma de dinero del Tesoro Público. De aquí que, por no exponerse de nuevo a los trances de la fortuna, dejó las operaciones mercantiles y adquirió dominios territoriales, como riqueza más sólida y segura. En las comarcas de Prato, Pisa y Val de Pesa compró grandes posesiones. Cuyas rentas y edificios y magnificencia no parecía en un civil, sino de un soberano. Después de esto se dedicó a embellecer y agrandar su ciudad; y, habiendo en ella grandes espacios sin edificar, los llenó de nuevas calles y casas, que ensancharon y hermosearon Florencia. Para asegurar la tranquilidad de sus habitantes y poder combatir desde lejos a los enemigos, fortificó el castillo de Fiorenzuola, situado en medio de los Alpes., hacia Bolonia; en la dirección de Siena comenzó la restauración del Poggio Imperial para hacerlo inexpugnable, y cerró a todo enemigo el camino de Génova con la conquista de Pietrasanta y Serezzana. Además, mantenía con subsidios y pensiones la amistad y adhesión de los Baglioni en Perusa, de los Vitelli en Citta de Castello, y el gobierno de Faenza estaba en su poder. Todas estas disposiciones constituían una especie de baluarte para la seguridad de Florencia. Durante este período de pazo procuró que abundaran las fiestas en la ciudad, haciendo celebrar con frecuencia torneos y representaciones de triunfos y sucesos de la antigüedad. Su propósito era mantener la abundancia en su patria, unido al pueblo y honrada la nobleza. Estimaba grandemente a los que sobresalían en cualquiera de las artes; favorecía a los literatos, de lo cual pueden testificar Agnolo de Montepulciano, Cristobal Landini y el griego Demetrio. El conde Juan de la Mirandolla, hombre casi divino, atraído por la magnificencia de Lorenzo de Médicis, prefirió Florencia a todas las otras ciudades que había recorrido, para fijar su residencia. Eran de su especial agrado la música, la arquitectura y la poesía, y compuso y comentó varias composiciones poéticas. Para que la juventud florentina pudiera ejercitarse en el estudio de la literatura, fundó la Universidad de Pisa, llamando a la enseñanza en ella a los hombres más sabios que había entonces en Italia. Para fray Mariano de Chinazzano, de la orden de San Agustín, porque era predicador notabilísimo, edificó un monasterio junto a Florencia. La fortuna y Dios le protegieron, y por ello todas sus empresas tuvieron feliz término, y las de sus enemigos desgraciado; porque, además de la conspiración de los Pazzi, quiso asesinarle Bautista Frescobaldi en el Carmen, y Baldinotto de Pistoya en su casa de campo; pero todos recibieron, como también sus cómplices, un justo castigo. No sólo los príncipes de Italia, sino los de países lejanos, conocieron con administración su modo de vivir y su fortuna. El Rey de Hungría, Mattias, le dio muchas pruebas de su estimación y aprecio, y el Sultán de Egipto le envió regalos por medio de sus embajadores. El Gran Turco le entregó a Bernardo Bandini, asesino de su hermano. Todas estas cosas atraían la admiración de Italia. Su prudencia aumentaba diariamente su reputación, porque era en discutir los asuntos elocuente e ingenioso, en resolverlos sensato, y en ejecutar lo resuelto activo y animoso. No le censuraron vicios que obscurecieran sus virtudes, aunque era aficionado a los placeres del amor y le deleitaba oír a los burlones y maldicientes y los juegos pueriles más de lo que convenía, pues muchas veces se le veía tomar parte entre los entretenimientos de sus hijos e hijas. Considerando estas aficiones unidas a las graves de los negocios públicos, parecía haber en él dos personas unidas por lazos incomprensibles. En sus últimos tiempos vivió lleno de molestias, causadas por la enfermedad que le afligía, produciéndole grandes dolores de estomago. Tanto se exacerbaron éstos, que falleció en Abril de 1492 a los cuarenta y cuatro años de edad. Lamentaron su muerte todos los ciudadanos y todos los príncipes de Italia, dando de ello pruebas manifiestas, porque todos, sin excepción, enviaron embajadores a Florencia para expresar su sentimiento a esta república.
Como monarca de la República de Florencia, Lorenzo aplicó mucho de las medidas de gobierno que les había instruido su abuelo Cosimo, y su reinado se separó notablemente del yugo generalista de su padre Piero. Lorenzo, junto con Juliano, brindó muchas oportunidades a los talentosos artistas de la república y sus dominios para que triunfaran dentro de sus territorios.   Sin embargo, para 1476, Lorenzo el Magnífico ya se había visto como un enemigo sólido y directo a la Orden Templaria resurgida, que en ese momento estaba liderada por el Sumo Pontífice Sixto IV, y su lugarteniente, el cardenal español Rodrigo Borgia. En ese año, Lorenzo ya había convertido a Giovanni en su principal agente de reconocimiento y defensor de los intereses de la República, y había juramentado como confaloniero de justicia al abogado Uberto Alberti.   Actuando con sus habilidades de Asesino, Giovanni Auditore logró desvelar una coalición entre el mismo Borgia y varios nobles de la Casa de Pazzi, la segunda familia más influyente en la nobleza florentina. En una violenta confrontación contra Borgia y sus hombres, Giovanni capturó con vida a un guardia que formaba parte del séquito del cardenal, y lo llevó al Palazzo Medici. Allí, Lorenzo discutió junto con Giovanni y Alberti los posibles traidores dentro del círculo de nobles de Florencia, y también los planes que tenía la Orden de los Templarios para derrocar a varios gobernantes en la Toscana.   Lorenzo y Alberti torturaron al guardia para que revelara el plan inmediato de Borgia, y descubrieron que los Templarios planeaban ejecutar el magnicidio de uno de los principales aliados de Florencia, el duque milanés Galeazzo María Sforza, que sería llevado a cabo el 26 de diciembre de ese mismo año. El príncipe florentino envió a Giovanni a detener el golpe de Estado, sin embargo, el Auditore no logró salvar la vida de Sforza, aunque sí determinó que los autores del magnicidio, los nobles Giovanni Andrea Lampugnani, Carlo Visconti y Gerolamo Olgiati procedían de la Serenísima República de Venecia, a donde posteriormente viajó y descubrió la participación de la Casa de Barbarigo en los planes del papado.
Giovanni Auditore capturó una carta que los Barbarigos pensaban enviar a Roma, notificando al papa del triunfo de su operación en el Ducado de Milán. El contenido de la carta, no obstante, estaba encriptado, por lo que Lorenzo de Médicis le encomendó a Uberto Alberti que la decodificara, y este a su vez pasó la tarea al monje Antonio Maffei.

Alberti y Maffei, sin embargo, eran agentes Templarios, y ocultaron el contenido de Lorenzo y Giovanni, y en lugar de cumplir reconocieron un supuesto fracaso al intentar descifrar la carta y realizaron una copia, con la intención de entregarla a su destinatario y de ese modo descubrir quién había orquestrado el asesinato de Sforza. Giovanni se ofreció a llevar la carta al Estado Pontificio, y obtuvo el consentimiento de Lorenzo en su operación. En Roma, Giovanni entregó la carta a Rodrigo Borgia en persona, quien a su vez la llevó al papa Sixto y procedió a enfrentar al Asesino en el altar de la Basílica de San Pedro. A pesar de que Giovanni resultó herido en la misión, descubrió que Francesco de' Pazzi era un partícipe de la conspiración papal, y que contaba además con el apoyo de altas autoridades del gobierno florentino. Por esta razón, Antonio Maffei envió guardias a su casa con intenciones de arrestarlo en un acto de traición al gobierno Médici. No obstante, Giovanni logró eludir a los Templarios, y envió una carta informando de todos sus descubrimientos a Lorenzo. Sin embargo, el confaloniero de justicia Uberto Alberti condenó a muerte con cargos falsos a Giovanni y a casi toda su familia. Alberti fue asesinado no mucho después por el hijo sobreviviente de Giovanni, Ezio, quien procedió a huir de la república.

En 1478, la familia Pazzi realizó un intento de derrocamiento contra Lorenzo y su familia en la Basílica de Santa María del Fiore. En el enfrentamiento, Ezio intervino y logró salvar a Lorenzo, aunque su hermano, Juliano murió a manos de Francesco de' Pazzi. El atentado contra el gobierno florentino fracasó rotundamente, y Lorenzo encomendó a Ezio buscar en todas las ciudades de Toscana a los conspiradores que habían escapado con vida, y para 1480, ya todos habían sido asesinados.
La contienda por sostener un régimen demagógico provocó que Lorenzo gastara todo el presupuesto de la república en el apadrinamiento de artistas, científicos y letrados. Casi en la bancarrota, Lorenzo de' Medici falleció el 9 de abril de 1492, con esto marcando el fin de la Edad de Oro de la República Florentina, socavando el tratado de paz entre las potencias italianas, y dejando el control de la ciudad a merced del papado y bajo la considerable influencia del discurso político del fray dominico Girolamo Savonarola, que tras la muerte de “El Magnífico” instauró en Florencia una república teocrática.
http://www.3djuegos.com/comunidad-foros/tema/31380192/0/especial-del-viernes-lorenzo-de-medicis-spoilers-de-assassins-creed-ii/
http://amediavoz.com/poliziano.htm#BALADA%20DE%20LAS%20ROSAS

AMADEO DE SABOYA... JURA LA CONSTITUCION ESPAÑOLA



Amadeo Fernando María de Saboya (n. Turín, Italia, 30 de mayo de 1845 - m. Turín, 18 de enero de 1890) fue rey de España con el nombre de Amadeo I y primer Duque de Aosta.Fue el segundo hijo de Víctor Manuel II, rey de Saboya-Piamonte, de la Casa de Saboya, y de María Adelaida de Austria (bisnieta de Carlos III de España) Se casó en 1867 con María Victoria del Pozzo con quien tuvo tres hijos: Manuel Filiberto, segundo Duque de Aosta, Victor Manuel, Conde de Turín, y Luis, Duque de los Abruzos.




La revolución de 1868 en España y la fuga de Isabel II dio lugar a un gobierno provisional presidido por Serrano, y del que estaban también formando parte los otros generales sublevados. El nuevo gobierno convocó Cortes Constituyentes, que con una amplia mayoría monárquica, proclamaron la Constitución de 1869, que establecía como forma de gobierno una monarquía constitucional. Una dificultad inherente al cambio de régimen fue encontrar un rey que aceptase el cargo, ya que España en esos tiempos era un país empobrecido y convulso, y se buscaba un candidato católico y demócrata.
Finalmente encontraron a su monarca en la persona del duque de Aosta, don Amadeo de Saboya, hijo del rey de Italia, que lo reunía todo para el cargo: procedente de una antigua dinastía (enlazada con la española) progresista, católico y masón, con licencia secreta del Papa para compaginar religión y masonería.
Fue don Amadeo el primer Rey de España elegido en un Parlamento, lo que parecía, no sin razón histórica, crimen de lesa majestad para los monárquicos de siempre. El 16 de noviembre de 1870 votaron los diputados: 191 a favor de Amadeo de Saboya, 60 por la República federal, 27 por el duque de Montpensier, 8 por el achacoso general Espartero, 2 por la República unitaria, 2 por Alfonso de Borbón, 1 por una República indefinida y 1 por la duquesa de Montpensier, la infanta María Luisa Fernanda, hermana de Isabel II; hubo 19 papeletas en blanco. De este modo el presidente de las Cortes, Manuel Ruiz Zorrilla, declaró: «Queda elegido Rey de los españoles el señor duque de Aosta».
Contó con el sistemático rechazo de carlistas y republicanos, cada uno por razones inherentes a sus intereses; pero también de la aristocracia, por verlo como un extranjero advenedizo, de la Iglesia, por apoyar las desamortizaciones; y del pueblo, por su incapacidad para aprender el idioma español.
Inmediatamente, una comisión parlamentaria se dirigió a Florencia para informar al duque; el 4 de diciembre acepta oficialmente esta elección, embarcando poco después rumbo a España. Mientras Amadeo I viajaba a Madrid para tomar posesión de su cargo, el general Juan Prim, su principal valedor, murió asesinado en un atentado el 27 de diciembre de 1870 en la calle del Turco en Madrid.
Amadeo desembarcó en Cartagena el 30 de diciembre, para llegar a Madrid el 2 de enero de 1871. Allí se dirigió a la Basílica de Atocha para rezar ante el cadáver de Prim. Tras este amargo trago se trasladó a las Cortes, donde realizó el preceptivo juramento: «Acepto la Constitución y juro guardar y hacer guardar las Leyes del Reino», terminando el acto con la solemne declaración por parte del presidente de las Cortes: «Las Cortes han presenciado y oído la aceptación y juramento que el Rey acaba de prestar a la Constitución de la Nación española y a las leyes. Queda proclamado Rey de España don Amadeo I».
La llegada de Amadeo al poder lo único que consiguió fue unir a toda la oposición, desde republicanos a carlistas. Como ejemplo de ello baste reproducir unas líneas del discurso ante las primeras Cortes de la nueva monarquía del líder republicano Emilio Castelar (20 de abril de 1870):
Visto el estado de la opinión, Vuestra Majestad debe irse, como seguramente se hubiera ido Leopoldo de Bélgica, no sea que tenga un fin parecido al de Maximiliano I de México...
Amadeo tuvo serias dificultades debido a la inestabilidad política española. Hubo seis ministerios en dos años que duró su reinado, e intentaron asesinarle el 19 de julio de 1872. El pobre rey enloquecía ante las complicaciones de la política española. «Ah, per Bacco, non capisco niente!», solía exclamar.
Completamente harto, más que abdicar, dimitió por propia iniciativa al mediodía del 11 de febrero de 1873, marchándose de Madrid sin esperar un minuto. La causa de esta dimisión fue una conjunción detonante de motivos, problemas y pretextos, y su decisión final fue la de no aguantar más él solo al frente de un país ingobernable. Decía en su discurso de renuncia:
Dos años largos ha que ciño la corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fueran extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la nación son españoles; todos invocan el dulce nombre de la patria; todos pelean y se agitan por su bien, y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible afirmar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar remedio para tamaños males. Los he buscado ávidamente dentro de la ley y no lo he hallado. Fuera de la ley no ha de buscarlo quien ha prometido observarla.
Ese mismo día se proclamó la Primera República Española.
De regreso a Italia, Amadeo asumió el título de Duque de Aosta. Tras la muerte de su primera esposa casó de nuevo el 11 de septiembre 1888, en Turín, con la princesa francesa María Leticia Bonaparte (París, 20 de noviembre 1866 – Moncalieri, 25 de octubre 1926), con quien tuvo un hijo: Humberto María Víctor Amadeo Juan, Conde de Salemi, (Turín, 22 de junio 1889 – Crespano del Grappa, 19 de octubre 1918).


Escudo personal de Amadeo de Saboya como rey de España.
Amadeo de Saboya
(1845 - 1890)

De Amadeo I, y según Eslava Galán...

«Presencia tenía Amadeo, y embutido en su uniforme, con los bordados y las charreteras, parecía un figurín, pero aparte de la presencia era hombre de escasas luces y, lo peor de todo, peligrosamente gafe»; «Lo que no se puede objetar es que no estuviera por agradar. En un paseo en carroza por Madrid, el secretario y cicerone que lo acompañaba le indicó que pasaban cerca de la casa de Cervantes y él respondió sin inmutarse: 'Aunque no haya venido a verme, iré pronto a saludarlo'. Para que se vea la maldad de la gente, basándose en este dato, algunos detractores propalan que era hombre de pocas letras. Cabría replicar que casi todos los reyes de España lo han sido y ello no les ha impedido reinar, pero además, en el caso de Amadeo, es falso, puesto que era muy aficionado a las novelas pornográficas francesas».

Corto espacio dedicado a la tragedia de un hombre que fue llamado para ser rey de un país en el que ninguno de sus súbditos quiso concederle la menor oportunidad 
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