miércoles, 27 de septiembre de 2017

BENITO PEREZ GALDOS Y LOS "EPISODIOS NACIONALES"


Dentro de la prolífica obra que supone la Literatura Universal, el siglo XIX tuvo algo de extraordinario. Algo sucedió en aquellos años para que tantos genios de la narración coexistieran y dejaran como legado algunos de los libros más célebres y reconocidos de la Historia. En el panorama español, algunos nombres muy ilustres se agruparon en la llamada corriente realista. Entre ellos destacan escritores de la talla de Leopoldo Alas Clarín, Emilia Pardo Bazán, y, sobre todo, Benito Pérez Galdós.
Benito Pérez Galdós nació en las Palmas de Gran Canaria en 1843, aunque pronto se trasladó a estudiar Derecho a Madrid. Su amor por el arte y los libros hizo que, ya en la capital del reino, se animara con escritos en revistas, a la vez que compartió algunas de las famosas tertulias y cafés con gentes de letras. Tras viajar a Francia y entrar en contacto con los creadores galos, regresó a España, donde publicó su primera novela, ‘La Fontana de Oro’ . Comenzaba así la carrera de uno de nuestros más gloriosos creadores, cuya obra puede dividirse en tres partes: ‘Novelas españolas de la primera época’, ‘Novelas españolas contemporáneas’ y, lo que nos ocupa en este análisis, ‘Los Episodios Nacionales’. 


Los ‘Episodios Nacionales’ nacen a partir de la idea de Galdós, gran conocedor de la disciplina de la musa Clío, de resumir y contar de forma novelada los convulsos hechos históricos que jalonaron el siglo XIX español. En este ensayo únicamente me referiré a la parte que yo conozco, la Primera serie (10 volúmenes), correspondiente al entorno de la Guerra de la Independencia, o más concretamente desde Trafalgar hasta la batalla de los Arapiles. Vaya por delante que para mí esta obra es, después de ‘Don Quijote de la Mancha’ de Miguel de Cervantes, la mejor de la literatura española; al menos hasta donde llegan mis conocimientos. No deja de ser una opinión muy personal, pero lo que sí está generalizado es la consideración de Galdós como uno de los más grandes novelistas, si no el mejor, en cuanto a calidad narrativa y cantidad de obras, de las letras de este país.
La serie, como he dicho, se divide en diez libros. No se trata de ensayos independientes, como algunas personas piensan, sino que son novelas perfectamente conectadas. La acción discurre cronológicamente, apareciendo una serie de hechos de gran importancia histórica. La primera serie completa queda entonces compuesta por:
1. ‘Trafalgar’ (1873).
2. ‘La corte de Carlos IV’ (1873).
3. ‘El 19 de marzo y el 2 de mayo’ (1873).
4. ‘Bailén’ (1873).
5. ‘Napoleón en Chamartín’ (1874).
6. ‘Zaragoza’ (1874).
7. ‘Gerona’ (1874).
8. ‘Cádiz’ (1874).
9. ‘Juan Martín El Empecinado’ (1874).
10. ‘La batalla de los Arapiles’ (1875).


Con títulos tan significativos es notoria la temática de cada uno de ellos. Y si bien constituyen una obra uniforme, con acción continuada, lo cierto es que hay algunos rasgos distintivos en cada uno de ellos. Por ejemplo, aunque hay partes cómicas a lo largo de los diez libros, ‘La Corte de Carlos IV’ y el comienzo de ‘El 19 de marzo y el 2 de mayo’, se prestan especialmente a situaciones de comedia. Bien distinto es el caso de ‘Gerona’, que puede ser calificado como el episodio más crudo y descarnado de toda la serie. En él se observa como el sitio de una ciudad conlleva una situación de hambre y caos, donde la diaria lucha por la supervivencia constituye un enorme horror en las calles de la población catalana. A su vez el siguiente episodio, ‘Cádiz’, deja a un lado la guerra y a las tropas napoleónicas para centrarse en las aventuras del protagonista en “la tacita de plata”. Este libro representa un soplo de aire fresco para un lector que durante cientos de páginas ha vivido montones de sitios, batallas y combates entre españoles y franceses.
Para novelar estos acontecimientos, el autor de Las Palmas recurrió al narrador en primera persona, inventando así la figura de Gabriel Araceli, un mozalbete huérfano que nos va contando su vivencias personales, a la par que las relaciona con los hechos históricos de la época.
El personaje de Gabriel recuerda, en alguna medida, al Jim Hawkins de ‘La isla del tesoro’. Gabriel nos comienza contando su infancia en Cádiz, ciudad que gracias a su importancia marítima siembra en él una eterna admiración por los océanos. Puerto de gran importancia mediterránea, Cádiz ofrece a Gabriel la posibilidad de criarse entre navíos y marineros de distintas nacionalidades, con miríadas de historias que narrar. A lo largo de la obra el personaje irá evolucionando, pasando de pillastre del barrio de la Viña a un exitoso militar. Gabriel se convierte de esta manera en el prototipo de héroe hecho a sí mismo.
También podemos hacer referencia a Don Francisco de Quevedo, ya que el propio Gabriel hace mención a Don Pablos durante su presentación en el inicio de ‘Trafalgar’. Y otra influencia clara en Gabriel, y en toda la obra galdosiana, es la de Charles Dickens. No hay que olvidar que Pérez Galdós fue traductor del genial autor inglés, y fue tal su fascinación por la obra de éste que recogió en la suya las mejores virtudes del de Portsmouth. Si Gabriel aparece como uno de los muchos huérfanos dickensianos, qué decir de personajes como los hermanos Requejo (‘El 19 de marzo y el 2 de mayo’), Mauro y Restituta, cuyos paralelismos con los típicos villanos del inglés son tremendos. Ambos se aprovechan de la juventud de Inés (amiga y amada de Gabriel) para encerrarla, obligándola a trabajar con el único afán de lucrarse. En este punto, y regresando a Quevedo, cabe destacar que la usura de Doña Restituta es muy semejante a la del Dómine Cabra de Quevedo, teniendo detalles tan desternillantes como el siguiente: "Dicen que cuando Doña Restituta entra en la iglesia roba los cabos de vela para alumbrar la casa, y cuando va la plaza, que es cada tercer día, compra una cabeza de carnero y sebo del mismo animal, con lo cual pringa la olla; y con esto y legumbres van viviendo".



También ‘Guerra y Paz’ se nos viene a la cabeza en alguna ocasión. Si Tolstoi realizó una obra de descomunales dimensiones sobre la invasión napoleónica a su país, algo semejante ocurre con Galdós. Ambas ofrecen un amplio abanico de personajes y situaciones, pero mientras que en ‘Guerra y Paz’ todo ocurre de manera más dispersa, en los ‘Episodios’, Gabriel ejerce de enlace entre personajes y localizaciones. Y en cuanto a esto último está claro que todo lo que nos cuenta Galdós resulta tremendamente cercano, mientras que ‘Guerra y Paz’, aun tratando temas universales y conocidos, delata en algunos de sus pasajes que se escribió a miles de kilómetros, dentro de una cultura distinta a la nuestra.
De lo que no cabe duda es de que todos los personajes que van apareciendo en ‘Los Episodios Nacionales’ son genuinamente españoles. Así, van apareciendo progresivamente veteranos marinos con ansias de una segunda oportunidad, devotas y regañonas ancianas, avaros y especuladores comerciantes, valerosos guerrilleros sin cultura, curas fanáticos, intrigantes cortesanas, gente de baja ralea que llena las tabernas y figones, nobles damas amantes de las más antiguas tradiciones, jóvenes calaveras con ansias de renovación, obstinados patriotas, políticos corruptos, cotillas, chaqueteros, y un largo etcétera de los más variopintos personajes.
También son curiosos los extranjeros que aparecen en la obra, quienes tienen la visión tópica que siempre ha ofrecido España al resto del mundo. En ‘La batalla de los Arapiles’, Miss Fly, una dama inglesa, aparece como todo un George Borrow, que imagina y disfruta de España como de una tierra llena de románticas aventuras, pasiones y folclore.
Y si bien el autor elogia como se merece a todos aquellos españolitos que abandonaron sus casas para combatir al francés, no escatima en críticas hacia algunos de los elementos de la guerrilla, que, como toda tropa reclutada a fuerza de las circunstancias, recogía lo mejor y lo peor de la sociedad, desde ilustrados y caballerosos combatientes hasta el más ruin y barriobajero de los criminales.
El gran acierto de la obra de Galdós es combinar a la perfección la documentación histórica con la ficción. A diferencia de los best-seller pseudohistóricos, los ‘Episodios’ constituyen una ardua labor de investigación basada en libros, viajes, epístolas, prensa, e incluso conversaciones del autor con supervivientes de los hechos. Empero, el carácter realista y fidedigno no entorpece las partes novelescas, donde los personajes y sus vivencias encajan a la perfección. Las licencias históricas deben ser aceptadas por un lector mínimamente predispuesto a ello.



La amplia documentación se puede observar, por ejemplo, en las batallas, las cuales, interviniendo Gabriel, son vistas como una acción de masas, de (el dolor, el miedo, el cansancio, la gloria, el orgullo, la rabia, ...). Trafalgar, Bailén o el conjunto, narrando el protagonista no sólo sus acciones personales, sino relacionando éstas con la globalidad del combate. De esta forma se recrean los movimientos de tropas, como si de un libro de Historia se tratase, pero dando una visión mucho más cercana y visto romance entre clases desiguales. Amargo sdesgarradora del acontecimiento, intercalando sensaciones y sentimientos itio de Zaragoza son contadas de una forma fidedigna, mezclándose personajes reales con novelescos, y provocando además que el lector busque información complementaria en libros y enciclopedias.



En cuanto a lo puramente ficticio, lo romántico no podía faltar en esta obra, pues en la vida de Araceli aparecerán varias mujeres que despiertan los instintos amorosos en él. Y si bien su gran amor y la mujer que guía sus impulsos es Inés, su relación con esta última pasará por muchas fases, siendo un romance que varía a medida que pasa el tiempo.
Gabriel comienza enamorándose en su adolescencia de Rosita, la hija del marino Alonso Cisniega (‘Trafalgar’), por la que siente un cada vez más estrecho cariño, que convierte la relación ama-criado en una devoción de nuestro huérfano por dicha dama. No obstante, la indiferencia de la joven hacia su fámulo provocará que éste olvide pronto a su ama y sufra su primer desengaño amoroso.
Más tarde conocerá Araceli a la mencionada Inés (‘La Corte de Carlos IV’), jovencita como él de clase humilde, desgraciada, y en quien el muchacho ve representada la belleza, la lucidez y la inteligencia. Esta Atenea madrileña pronto será vista por Gabriel como ese amor que todos hemos imaginado alguna vez, la única y verdadera dama por la que merece la pena vivir. Compañeros de infortunios, encierros y aventuras, estrechan sus lazos en medio de las adversidades. Arrebolados, los dos jóvenes se muestran cohibidos a la hora de declararse su amor. La adolescencia y las normas sociales les hacen tomarse su relación amorosa desde un punto de vista relajado, teniendo más de profunda amistad que de amor. Pero después Gabriel sentirá la mayor de las tristezas al descubrir el noble destino de Inés, alejándose su querida de su humilde alcance. El héroe gaditano se verá obligado a renunciar a su querida, en el muchas veces
erá también para Inés, quien obligada a contraer un matrimonio de conveniencia se plantea incluso la reclusión en un convento (‘Bailén’). Las distintas vicisitudes que surgen a lo largo de los diez volúmenes ven finalmente una alegre y feliz conclusión, en consonancia con los últimos acontecimientos de la serie (decisiva victoria que anuncia el fin de la guerra).
Ambos personajes verán reforzado su amor por el otro a través de los celos. Por ejemplo, nuestro amigo conocerá al pretendiente de Inés, Don Diego de Rumblar, quien con su alocado modo de vida nos parece tan indigno de Inés como al propio Gabriel. Por otro lado mientras que Gabriel siente aversión hacia un caballero inglés, Lord Gray (‘Cádiz’), Inés siente lo propio hacia Miss Fly (‘La batalla de los Arapiles’), otra hija de la Gran Bretaña. Son estos dos personajes muy curiosos, el primero apareciendo como un auténtico bohemio, mujeriego y conquistador, que encuentra en un país tan pasional como España el escenario perfecto para sus correrías. Miss Fly por su parte también siente fascinación por España, pero sus sentimientos son, en cierta forma, más limpios e idealistas, pues la inglesita espera cruzarse en “la piel de toro” con un caballeroso hidalgo semejante a El Cid. Resulta curioso que las vidas de ambos británicos se mezclen, cuando en principio ambos personajes eran totalmente independientes. Ésta es una constante de la obra que habrá quien acuse de falta de realismo, y puede que sea cierto, pero no lo es menos que eso no preocupa en absoluto al autor canario, pues la continua aparición y desaparición de personajes en distintos lugares acaba familiarizando al lector con ellos, facilitando en mucha medida la retención de personas y situaciones. Un ejemplo interesante de esto último es Juan de Dios, el empleado vasco de los Requejo (‘El 19 de marzo y el 2 de mayo’), quien tras sufrir el abandono de Inés vuelve a aparecer como un lunático fraile (‘La batalla de los Arapiles’). De esta forma se ve la evolución de los personajes, y de cómo los acontecimientos los van cambiando tanto a ellos como al país.



A colación de esto último cabe señalarse que los "Episodios Nacionales" poseen la capacidad de servirnos como guía de la España de la época. Si Cervantes en ‘El Quijote’ nos mostraba la España del XVII, Galdós nos muestra la del XIX. La acción transcurre a lo largo y ancho de toda la geografía hispana, y el autor muestra sus virtudes literarias a la hora de describir poblaciones y paisajes. Suerte tendrán aquellos lectores que conozcan a la perfección las calles y edificios nombrados.
No sólo las grandes dosis de placer que ofrecen los ‘Episodios Nacionales’ son interesantes, sino que todo español que la lea cobrará muchos puntos de lucidez, viendo reflejadas en un libro las dos (o tres, o cuatro, o infinitas) Españas, la eterna lucha política, el odio al contrario, que siguen tan vigentes ahora como a principios del XIX. Ya entonces se podían apreciar todos defectos y males endémicos que a día de hoy asolan la sociedad española.
Las eternas disputas de nuestros políticos y sus aliados contertulios hooligans no salen de la nada. Son el resultado de cientos de años de enfrentamientos banales, de posturas irreconciliables y de gente a quien gusta discutir y convertir en arma arrojadiza todo cuanto sale a su paso.
Los ‘Episodios Nacionales’ se presentan entonces como un perfecto retrato de nuestra querida, y a la vez acerba, España. Las virtudes y las miserias del país quedan al descubierto en este mosaico histórico, siendo patente la resignación del autor ante el continuo círculo sin fin que representa la Historia de España.
Ese testigo y ese ansia de retratar la evolución de nuestra sociedad lo ha recogido Arturo Pérez-Reverte, quien con su magnífica y exitosa saga del Capitán Alatriste no hace sino reflejar amargura, mala leche y humor negro, centrándose en el periodo histórico del Siglo de Oro. A pesar de ser sucesos ocurridos dos siglos antes que los ‘Episodios’, algunos fragmentos de Alatriste perfectamente se pueden complementar a los de Galdós. ¡Qué poco hemos cambiado!.
No hace falta que diga que me ha encantado, y he releído más de un capítulo de esta maravillosa obra. La verdad es que no lo esperaba de una novela de estas características.

http://m1.paperblog.com/i/229/2299582/1895-benito-perez-galdos-el-interior-su-finca-L-fB96Xm.jpeg
http://www.el-parnasillo.com/losepisodiosnacionales.htm 
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http://html.rincondelvago.com/episodios-nacionales_benito-perez-galdos.html
http://www.fromisi.com/2012/09/11/lectura-conjunta-de-los-episodios-nacionales/

viernes, 22 de septiembre de 2017

EL CABALLO BLANCO DE UFFINGTON


A unos cincuenta kilómetros de Oxford, en la zona sur-oriental de Inglaterra, nos encontramos con una peculiar muestra de arte prehistórico: El Caballo Blanco de Uffington.
El Caballo de Uffington es el geoglifo más grande y elegante de todas las figuras de caballos existentes en Gran Bretaña, de hecho puede observarse desde una distancia superior a los 20 Km.
Es una figura muy estilizada de unos 150 metros de largo por 30 metros de alto, construida en distintos segmentos que varían en longitud y excavada a una profundidad de unos 90 centímetros aproximadamente.
Resulta muy curioso puesto que sus finas líneas le dan cierta apariencia “moderna”, además sus curvas lo dotan de  un interesante “movimiento”.



El suelo de esta región está formado por una peculiar arcilla blanca, se cree que estas figuras fueron creadas siguiendo una técnica muy antigua, excavando el suelo hasta una profundidad de casi 1 metro. Las técnicas usadas en esa época eran bastante simples, bien amontonando o bien quitando arena, piedras o vegetación (técnica en positivo o en negativo)
Tallado en la parte alta de una colina de 374 metros de altura, el Caballo de Uffington se hizo retirando toda la grava que se encontraba allí, dejando expuesto el mineral que compone principalmente este terreno, la creta, que es de color blanco


Estas formaciones en las colinas de Oxfordshire, vistas desde las alturas, nos muestran la forma de un caballo, o al menos así era llamado durante el medievo.
Se ha discutido mucho acerca de qué representa realmente la figura, no está claro si se trata de un caballo o de algún otro animal. Hay textos que describen la imagen como un caballo desde el siglo XI, de hecho el llamado Cartulario de Abingdon (escrito por monjes sobre pergamino) habla del “Mons albi equi” (latín: “la colina del caballo blanco”). Se suele creer que el Caballo Blanco es un símbolo tribal relacionado de alguna forma con los constructores del Castillo de Uffington.


Hay hipótesis que sugieren que la figura era una señal para los viajeros que atravesaban The Ridgeway, anunciando que se vendían o cuidaban caballos en el fuerte.
El folclore local afirma desde hace siglos que es el retrato del dragón vencido por San Jorge en la cercana colina de Dragon Hill. Según la tradición San Jorge, venció al dragón en lo alto de esta colina y su sangre derramada por toda la colina envenenó la hierba, por esa razón no ha vuelto a crecer.


También ha sido asociada (junto con el resto de las figuras de caballos que abundan por la zona) a la forma de caballo con la que los celtas solían representar a la diosa “Epona”, divinidad relacionada con la fertilidad, las artes curativas y protectora de los caballos.
Algunos mitos sugieren también que la figura es una señal conmemorativa de la victoria de los sajones, a las órdenes de Alfredo el Grande, sobre los daneses en el año 890.
Se piensa que puede tener unos 3.000 años de antigüedad, pero estudios mas recientes lo han fechado en la Edad del Hierro lo que se ha podido descubrir por datación óptica, que muestra la cantidad de tiempo que un mineral ha estado expuesto a la luz. Además en sus alrededores también se encontraron monedas de esa época con la inscripción de un caballo bastante parecido.
De todas formas sigue sin estar muy claro ni la fecha de su construcción ni quienes pudieron ser sus creadores, ni su finalidad.


El Caballo Blanco de Uffington ha ido cambiado su aspecto con el tiempo debido a las adversidades meteorológicas, los actos vandálicos y a las distintas restauraciones que se han realizado.
Hasta finales del siglo XIX el Caballo Blanco era renovado cada siete años como parte de una fiesta local que se celebraba en la colina. Si no se limpia con regularidad se oscurece fácilmente, por lo que necesita un tratamiento constante para que permanezca visible. Actualmente su mantenimiento corre a cargo del departamento público English Heritage.


Otra leyenda  romántica relacionada con este caballo dice que en las noches iluminadas por la luna, la figura abandona su colina para ir a pastar al Manger, el valle donde está enclavado.
Otros muchos caballos aparecen diseminados por multitud de escarpados y colinas, algunos construidos en épocas difíciles de precisar y otros mucho mas recientes, que tratan de imitar a los antiguos: los caballos Blancos de Westbury, Osmington, Cherhill, Folkstone, Alton Barnes o Jockey.
Inicialmente existían 24 caballos, pero algunos con el tiempo han ido desaparecido.
El acceso a este lugar es bastante fácil si vamos en coche, podemos encontrar dos aparcamientos cercanos, uno que queda más arriba y está recomendado para personas con dificultades de movilidad, y el de más abajo, en el cual hay varias señales explicativas y un sendero que lleva hacia el caballo blanco.
Otro hecho curioso relacionado con esta figura es que en México, concretamente en Ciudad Juarez, se ha realizado una réplica del caballo blanco de Uffington.
El arquitecto local Hector García Acosta y su hijo Carlos han construido esta figura encalando la ladera de base rocosa como una forma de llamar la atención a los ciudadanos sobre la belleza de las montañas. La figura tiene unos 500 metros de largo y tardó en realizarse 3 años.

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