miércoles, 1 de noviembre de 2017

LA OLVIDADA POETISA SULPICIA


Sulpicia fue una de las pocas mujeres escritoras de la Antigüedad cuya obra ha llegado hasta nosotros. Seis poemas de amor, escritos al estilo de los poetas elegíacos como Catulo o Propercio, y dedicados a su amado Cerinto, son todo lo que conservamos de su creación literaria. No obstante, son suficientes como para haber producido una gran cantidad de material historiográfico sobre la figura de esta mujer que vivió en el s. I d.C.
Vivió bajo el gobierno de Augusto en Roma. Su padre era el orador Servio Sulpicio Rufo, hijo del jurista Servio Sulpicio Rufo. Su madre, Valeria, era hermana de Marco Valerio Mesala Corvino, compañero de estudios de Cicerón y patrono de Tibulo. 



Sulpicia fue pues lo que se ha denominado como "docta puella": hija de una de las familias más poderosas e influyentes de Roma. Como figura destacada del prominente círculo literario de Mesala (el equivalente tardo-republicano al de Mecenas en época de Augusto), amigo de Horacio y protector entre otros de Tibulo, Sulpicia estaría siempre rodeada de los poetas más vanguardistas de su época, que habían tomado como modelo la poética griega y componían sus propios versos, al tiempo que, de mano de maestros privados, aprendía gramática, griego, literatura, historia...A esa situación inmejorable para el desarrollo de la creación literaria se añadía la época extraordinaria en que la tocó vivir, calificada por muchos como el inicio del período dorado de las mujeres en Roma. En este contexto de libertades más o menos amplias y educación cada vez más extensa, no es de extrañar por tanto la aparición de una mujer dedicada a las letras como Sulpicia (no sería la única): una mujer joven ; instruida y muy culta, que aprendió a escribir versos (algo que requería mucho más que inspiración; precisaba de una enorme práctica dada la complejidad de la métrica latina y griega) y los utilizó para contar una historia de amor en primera persona...posiblemente veraz.


La obra de Sulpicia ha llegado hasta nosotros de forma accidental, ya que no constituye un corpus propio, sino que se inserta dentro de la obra de Tibulo. Este hecho puede deberse a que las mujeres tendrían en Roma poca o ninguna oportunidad de publicar sus escritos y de difundirlos. Por otro lado, integrar sus poemas dentro de la obra de Tibulo garantizaba a Sulpicia que sus creaciones no pasarían al olvido y se seguirían copiando como parte de los poemas de alguien afamado.


El llamado Ciclo de Sulpicia está compuesto de un grupo de poemas  (tan sólo seis) a modo de epístolas literarias breves o epistulae amatoriae. El Corpus Tibellianum, contiene también otros cuatro poemas de autor desconocido, que tienen a Sulpicia como tema y personaje principal. Por lo general, se considera que el Corpus Tibellianum fue publicado a partir de los "archivos" de Mesala, como obra recopilatoria de las principales composiciones realizadas en su círculo, siendo esto lo que ha permitido que la obra de Sulpicia se haya conservado. Al estilo de los poetas elegíacos, la obra de Sulpicia es posiblemente autobiográfica, con una fuerte carga amorosa y casi erótica, centrada en un amante, objeto de adoración y pasión, oculto tras un nombre falso o seudónimo (como la Lesbia de Catulo o la Corinna de Ovidio); es este caso, Cerinthus. Se ha especulado que Cerinthus pudiera referirse al prometido de Sulpicia, o por contra, un hombre de extracción social y económica inferior. En todo caso, Cerinthus está lejos de ser el esposo de Sulpicia en el momento en que ésta compone sus poemas; ello sin embargo no evita que la autora sienta por él una pasión arrolladora y ciega de la que, lejos de avergonzarse, se siente orgullosa, a pesar que de, en la época, cualquier relación fuera del matrimonio era para la mujer motivo de censura y castigo.

Al fin me llegó el amor, y es tal que ocultarlo por pudor
antes que desnudarlo a alguien, peor reputación me diera.
Citerea, vencida por los ruegos de mis Camenas, 
me lo trajo y lo colocó en mi regazo.
Cumplió sus promesas Venus; que cuente mis alegrías 
quien diga que no las tuvo nunca propias.
Yo no querría confiar nada a tablillas selladas
para que nadie antes que mi amor lo sepa, 
pero me encanta obrar contra la norma, fingir que el qué dirán
me importa: fuimos la una digna del otro, que digan eso.



Sin duda, la relación entre Sulpicia y Cerinthus no fue bien vista por Mesala, tío, tutor y protector de la autora, y el anciano intentó, aunque sin mucho éxito, separar a los amantes. En uno de sus poemas, Sulpicia expresa como, contra su voluntad, Mesala la ha obligado a marchar al campo Arentino (hoy, Arezzo), lejos de Roma. Sin embargo, como en otros autores elegíacos, la ausencia está lejos de enfriar la pasión que Sulpicia siente por su amado, sino que, por el contrario, la hace más fuerte por la acción constante y dolorosa de la añoranza, el recuerdo, la impaciencia, la ausencia, y el deseo febril de reunirse de nuevo...

Aborrecible se acerca el cumpleaños, que en el fastidioso campo
triste tendré que pasar, y sin Cerinto.
¿Hay algo más grato que la ciudad? ¿Es apropiado para una chica
una casa de campo y el frío río del lugar de Arezzo?
Descansa de una vez, Mesala, preocupado por mí en demasía;
a veces, pariente, no son oportunos los viajes.
Me llevas, pero aquí dejo alma y sentidos
por mi propia decisión, aunque tú no lo permitas.
¿Sabes que el inoportuno viaje ya no preocupa a tu chica?
Ya no puedo estar en Roma en tu cumpleaños.
Celebremos los dos juntos el día de tu aniversario
que te viene por casualidad, cuando no lo esperabas...



Sin embargo, Cerinthus no se muestra a la altura del amor desmedido de Sulpicia y, en su ausencia, entabla una relación con otra mujer que, para mayor agravio al orgullo de la autora, es de una extracción social y económica más baja que la autora y puede tratarse, incluso, de una prostituta. De pronto, Sulpicia agradece la preocupación de su tío Mesala de la que antes se quejaba amargamente y exhibe una total indiferencia, incluso desprecio, por la errónea elección de Cerinthus. No obstante, no es más que fingimiento, ya que sus palabras apenas pueden disimular el rencor, los celos y la furia que experimenta. Sulpicia, incapaz de olvidar a Cerinthus y de perdonar su traición, atormentada por la pérdida, acaba por enfermar. 

Resulta curioso que te creas, tan seguro ya de mí,
que no voy a caer de repente como una tonta.
Sea tuya la preocupación por la toga y la pelleja que la lleva, 
cargada con su cesto, antes que Sulpicia, la hija de Servio.
Por mí se preocupan quienes tienen motivo máximo de desvelo
que no vaya a acostarme con un cualquiera.
¿Tienes, Cerinto, una devota preocupación por tu chica,
porque ahora la fiebre maltrata su cuerpo cansado?
¡Ay! yo no desearía librarme de la penosa enfermedad,
si no creyera que tú también lo quieres.
Pero, ¿de qué me valdría librarme de la enfermedad, si tú
puedes sobrellevar mis males con corazón indiferente?

Sulpicia, sin embargo, se equivoca. El autor desconocido de la Elegía III,del Corpus Tibellianum recoge también la enfermedad de la autora y la preocupación sincera y casi desesperada de Cerinthus: "Depón tu miedo, Cerinthus (le recomienda): un dios no hiere a los que aman. Tú, únicamente, ama siempre: tu muchacha está a salvo. No hay necesidad de llorar: más apropiado será usar de las lágrimas si alguna vez aquélla fuera más triste contigo. Pero ahora es toda tuya. Hay pues, esperanza para la reconciliación". No obstante, Sulpicia, aunque desea amar de nuevo a Cerinthus y se arrepiente de no ceder de forma inmediata a sus deseos, no puede negar que desconfía de él por lo sucedido y sospecha que la pasión que sintió por ella no es ya más que una tenue sombra de la que experimentó en el pasado.

Para ti no sea yo, luz mía, un ansia tan ardiente
como parece que fui, hace algunos días;
si alguna falta cometí, tonta en mi exceso de juventud,
de la que confieso que me arrepiento más,
es haberte dejado solo ayer por la noche
deseando disimular su ardiente pasión
(Sulpicia, Elegía III, 18)

***
El día que te trajo a mí, Cerinthus, ése será para mí sagrado
y habrá de contarse siempre entre los festivos.
Al nacer tú, las Parcas vaticinaron una nueva esclavitud 
para las muchachas y te entregaron altivos reinos.
Me abraso yo antes que otras; me agrada abrasarme, Cerinthus,
si una mutua pasión te asiste debido a mí.
Que haya un amor correspondido, lo pido por tus dulcísimos hurtos,
por tus ojos y por tu Genio.
Quédate, Genio, recibe de buen grado los inciensos y favorece mis votos
si alguna vez aquel se abrasa cuando piensa en mí.
Pero si por casualidad ahora suspira ya por otros amores, 
entonces te pido, venerable, que abandones tus infieles altares.
Y tú no seas injusta, Venus: o que uno y otro, encandenados,
te sirvamos por igual o afloja mis cadenas, o mejor, 
que uno y otro estemos atados por sólida cadena 
y que ningún día después de éste pueda desatarla.
(Autor desconocido, Elegía, III, 11)



Todos los poemas, como se puede comprobar, tienen como tema central el amor de Sulpicia por Cerinto. Rechazada ya la antigua teoría de que Cerinto sería el prometido de Sulpicia, la historiografía ha apostado por la opción de que sería más bien su amante, lo que destaca la valentía de los poemas de la poetisa, que se atreve a expresar un amor que en Roma se encontraba prohibido para las mujeres, que debían limitar su sexualidad al matrimonio.
No se sabe si, como aventuran algunos autores, la relación acabó con un feliz matrimonio. Lo que sí se desprende de sus poemas es que Sulpicia era una mujer inusitadamente libre para la época en la que vivió, y que mostraba sus sentimientos sin importarle lo que la sociedad romana opinase al respecto.
¿Es su obra autobiográfica o una recopilación de temas comunes en la Elegía romana? Sea cual sea la opción correcta, es de destacar la valentía de Sulpicia, que se atreve a proclamar libremente y sin vergüenza un amor prohibido para una mujer, aún más para una de su condición social, política y económica, para quién los lazos afectivos debían limitarse al matrimonio y la familia...

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