viernes, 30 de junio de 2017

PUBLIO TERENCIO AFRO Y LA COMEDIA ROMANA

La vida de Terencio nos es conocida gracias a la célebre biografía recogida por Donato, que, a su vez, deriva de la escrita por Suetonio. De acuerdo con esta vita, Terencio nació en torno al 190 a. C. en el norte de Africa, en Cartago, y llegó a Roma como esclavo del senador Terencio Lucano. Éste, cautivado por su belleza e inteligencia, le dio una excelente educación y le concedió la libertad. Terencio estuvo próximo al círculo literario de Escipión Africano y fue amigo también de Gayo Lelio. Acerca de la fecha de su muerte, hay diferentes versiones. Lo único seguro es que la última representación de una obra suya fue en el 160 a. C. Luego la tradición cuenta que Terencio se embarcó hacia Grecia para buscar nuevos originales para sus comedias y que allí murió en torno al año 159 a. C. Otras noticias aseguran que el motivo de dicho viaje lejos de Roma fue su deseo de escapar a las críticas del público romano. La carrera dramática de Terencio fue breve y estuvo marcada en sus inicios por el fracaso y la envidia. De todo ello tenemos noticias gracias a los prólogos de sus comedias, en los que Terencio se aleja definitivamente del prólogo expositivo típico de la Comedia Nueva. Terencio aprovechó estas palabras iniciales dirigidas al público para abordar algunos asuntos relacionados con la crítica literaria y para exponer sus puntos de vista acerca de su propio arte frente a las acusaciones de sus adversarios: así, Terencio se defiende en estos prólogos de las acusaciones de plagio (Adelphi y Eunuchus), de contaminatio (Adelphi y Heautontimorumenos) y del rumor de que sus comedias eran en realidad obras escritas por sus amigos nobles (Adelphi).

Terencio inició su carrera como escritor dramático en el 166 a. C. y, si hemos de creer a la tradición, cuando terminó de escribir su Andria, se la leyó a Cecilio Estacio, que le mostró su admiración. Sea o no cierta esta leyenda, con ella se quiso significar que Terencio había seguido la senda iniciada por Estacio hacia una mayor helenización de la comedia romana. En cuanto a la cronología de sus obras, ésta se puede establecer con bastante seguridad gracias a las didascalias. Así, tras la representación de Andria en el 166 a. C., Terencio compuso Hecyra en el 165 a. C., obra que no obtuvo el beneplácito del público en esta primera representación, según expone Terencio en el primero de los dos prólogos que acompañan la obra; a continuación vendrían HeautontimorumenosEunuchus , Phormio y Adelphi . Precisamente, según las didascalias, en ese mismo año 160 a. C. tuvieron lugar la segunda, también fallida, y la tercera representación de Hecyra. De todos modos, si además de las didascalias examinamos los prólogos de las comedias, la datación de las obras varía; de ese modo, conforme a estos datos internos, Phormio sería anterior al Eunuchus, obra que habría sido seguida por el Heautontimorumenos. Sea como fuere, lo único que parece seguro es que Andria fue la primera comedia de Terencio y que Adelphi fue la última. Todas estas comedias fueron producidas por el actor-empresario Ambivio Turpión (protector antes de Cecilio Estacio) y su música compuesta por el esclavo Flaco.
Terencio se sirvió de las obras originales de Apolodoro de Caristo para componer su Hecyra y su Phormio. Para las cuatro restantes tomó como modelo a Menandro; sin embargo, Terencio reconoce haberse tomado algunas libertades a la hora de enfrentarse con los originales de sus obras: en su adaptación de Andria, por ejemplo, incluyó también algunos elementos de la Perinthia de Menandro; de acuerdo con sus propias palabras, ambas comedias eran de argumento muy semejante y sólo diferían en oratio ac stilus. De ese modo, de acuerdo con la información que brinda Donato en su comentario a Terencio, la escena inicial que en Andria de Menandro era un monólogo, Terencio la convirtió en un diálogo tal y como aparecía en Perinthia; con todo, tampoco respetó los interlocutores de esta última comedia, un marido y su esposa, sino que en Andria de Terencio la primera escena se abre con el diálogo entre Simón y su liberto Sosias.

De igual modo, Terencio declara en el Eunuchus que los caracteres del parásito y del soldado provienen del Kólax de Menandro, una obra que, a su vez, habían adaptado previamente Nevio y Plauto. En esta ocasión, Terencio hubo de defenderse en el prólogo de la acusación de "hurto" y, por ello, reconoce que no ha tomado los personajes del soldado y del parásito de autores latinos sino directamente de Menandro; además, su argumentación concluye con el aserto de que muchos de los personajes propios de la comedia están tan estereotipados que todos los autores recurren a ellos y los adornan con las mismas características sin que haya existido intención de plagio: currentes servos, bonas matronas, meretrices malas, parasitum edacem, gloriosum militem , etc., pues nullum est iam dictum quod non sit dictum prius, sentencia con la que Terencio resume su actitud frente a su oficio de comediógrafo. En Adelphi (título también de dos comedias de Menandro), Terencio utilizó una escena de los Synapothnescontes de Dífilo; de nuevo en esta ocasión, el fantasma de Plauto se cernía sobre Terencio, pues existía una comedia del sarsinate basada en la obra de Dífilo y titulada Commorientes. Terencio debe utilizar una vez más el prólogo de su obra como un discurso judicial y exponer en breves palabras su defensa. Los argumentos son semejantes a los empleados en otras ocasiones: la negligentia de Plauto, quien dejó sin tocar una escena de la obra de Dífilo, la misma que ahora Terencio había introducido en su comedia. Terencio reconoce así que, al igual que otros autores latinos de comedias, adopta una cierta libertad frente a sus originales y se permite incluir en sus obras personajes o escenas que en principio no debían ir allí; sin embargo, cuando hace esto, lo hace con cuidado y consigue integrar de tal modo esos elementos ajenos que, con ellos, sus tramas aparecen enriquecidas. En este mismo sentido conviene releer el prólogo de Heatontimorumenos, donde el personaje del Prologus es otra vez un abogado (orator), quien reconoce que su defendido (Terencio) "ha contaminado muchas obras griegas mientras hace pocas latinas". Con estas palabras, Terencio volvía a ratificar su libertad y su calidad como artista y como dramaturgo que, sin traicionar el espíritu de las comedias griegas, era capaz de crear nuevas obras.

Con estos pocos ejemplos queda de manifiesto el carácter totalmente novedoso de sus Prólogos, que dejan de lado su función expositiva para convertir a los espectadores del teatro en un verdadero jurado que ha de dictaminar sobre la calidad de la obra que van a contemplar. En este tipo de prólogos no se adelanta ninguna informarción sobre la obra, pues esta queda relegada a los parlamentos de los propios personajes. En este sentido, Terencio había recogido una tendencia apuntada ya en algunas obras de Plauto, como el Trinummus. De este modo el factor sorpresa es un elemento aún más importante; por lo demás, el perfil del público para el que escribía Terencio se presenta así más exigente, al menos desde el punto de vista del autor, quien le supone un conocimiento de la comedia suficientemente amplio como para degustar las exquisiteces de una trama bien construida. De todos modos, las comedias de Terencio no tuvieron un éxito inmediato a excepción del Eunuchus.

De acuerdo con la tendencia cultural de su época hacia una helenización más consciente, Terencio quiso imprimir a sus comedias un sello totalmente distinto del de Plauto. De esa forma, pretendía comunicar el espíritu de las comedias de Menandro y Apolodoro de Caristo (un imitador y admirador del gran comediógrafo griego) a las suyas propias. Se observa, así, un abandono de los ricos cantica musicales de Plauto; por el contrario, las comedias de Terencio presentan una mayor abundancia de senarios yámbicos. De igual modo, sus comedias conservan casi intacta la atmósfera griega de sus originales. Esta actitud distinta afecta también a la caracterización de los personajes: las matronas se muestran delicadas, afectuosas y compresivas; las meretrices, educadas y fieles; los padres, severos y preocupados por la educación de sus hijos; éstos, obedientes y respetuosos; los esclavos siguen siendo avispados e inteligentes, pero han perdido por completo su cinismo y actúan generalmente movidos por el deseo de ser útiles a sus amos.
Otro rasgo que diferencia el arte teatral de Terencio es su deseo de evitar cualquier tipo de ruptura de la ilusión dramática, por lo que los actores dejan de comunicarse y de hablar con el público, algo que sí ocurría en las comedias plautinas. Frente a Plauto, Terencio muestra también una mayor preocupación por la unidad de la trama de sus comedias, que resulta siempre perfectamente imbricada y en la que no se aprecian deficiencias ni olvidos.
En cuanto a la lengua de sus obras, resulta mucho más cercana al habla real de la clase media que la de las plautinas. Su estilo es fiel reflejo del habla de la sociedad romana de sus días sin recurrir a los brillantes artificios de Plauto y su gusto por la lengua de las clases más populares. Terencio se sirve, así, de ciertos rasgos que denotan la lengua coloquial como exclamanciones, interjecciones, interrupciones, elipsis, etc. Junto a este nivel medio coexisten rasgos propios de una lengua más culta y solemne como anáforas, aliteraciones, repeticiones o acumulación de sinónimos. A pesar de todas estas diferencias entre Plauto y Terencio, hay también muchos aspectos que les unen: en ambos se aprecia una visión moralizadora, una actitud más liberal hacia el sexo y un cierto optimismo, que no estaba en los originales griegos y que provenía de su propia experiencia como ciudadanos de una Roma, victoriosa y pujante.
La influencia de Terencio fue extraordinaria y pronto fue considerado un modelo de escritura y de buen latín. De igual modo, el talante moralizador de sus comedias preservó su obra de la censura eclesiástica, por lo que Terencio continuó siendo estudiado y admirado a lo largo de la Edad Media, como lo demuestran las obras de Hrothswitha de Gandersheim en el siglo X, admiración que se extendió hastas los humanistas.
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