jueves, 1 de junio de 2017

LA NOVELA PICARESCA



Género literario satírico de creación española, antecedente imprescindible para la evolución de la novela moderna. La primera novela picaresca es el anónimo Lazarillo de Tormes, publicado en 1554. La Celestina (1499) no es una novela picaresca en sentido estricto, pero sí contribuyó de una manera decisiva al desarrollo de la perspectiva cínica y el estilo satírico que caracterizan el género.
El género se define sobre todo por el protagonista, el pícaro, un joven de la clase de los sirvientes, que vive en varias ciudades y tiene aventuras y desventuras con diferentes amos. El pícaro aprende desde muy pequeño a ser astuto y a buscarse la vida. Sus preocupaciones principales son, primero, tener de comer, y después, si puede, "medrar". Otra característica del género es su forma, que se presenta como la autobiografía ficticia del mismo pícaro.
La aparición de la picaresca a mitad del siglo XVI con el Lazarillo de Tormes (1554) quedan establecidos los rasgos principales de este género, que sólo fructifica y se desarrolla en la segunda época de la picaresca, en el siglo del Barroco (XVII). Con El Lazarillo de Tormes nace un nuevo género narrativo que carecía de un modelo narrativo anterior y que se desarrollará, sobre todo, en el Barroco. Con el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán quedan fijados los rasgos formales e ideológicos básicos del Lazarillo, que luego serán repetidos, ligeramente modificados, por narradores posteriores.Utiliza el esquema tradicional de los libros o novelas de caballería, pero lo hace con una voluntad claramente desmitificadora, a partir de la crítica a la sociedad de la época. La estructura es un relato en primera persona de episodios o la vida del autor que vienen a justificar su situación final poco afortunada.
El principal ejemplo de la picaresca alemana es El aventurero Simplicissimus , del escritor Hans Jakob Christoph von Grimmelshausen. En Francia cabe destacar Historia de Gil Blas de Santillana, fruto de la pluma de Alain René Lesage, y en Inglaterra Moll Flanders, escrita por Daniel Defoe. En América Latina la obra que inicia el género novelesco es, precisamente, El Periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi, reflejo de la novela picaresca española.
La segunda mitad del siglo XVI, el reinado Felipe II (1556-1598), el Rey Prudente, se caracteriza por cierto predominio de la literatura religiosa (ascética y mística) y replegamiento del “brote picaresco”. El componente erasmista, con su sátira anticlerical en el Lazarillo, no fue adecuado para que este género de novela progresara en tiempos de Felipe II, el Concilio de Trento (entre 1545 y 1563) y la Contrarreforma.
La novela picaresca es un síntoma de la crisis que comenzaba a asolar a la sociedad desgastada en las luchas europeas. Sus protagonistas ya no son héroes, sino antihéroes, seres egoístas e insensibles, regidos por el determinismo, y que se encuentran solos en un mundo insolidario y dominado por la apariencia. El realismo de la picaresca reacciona contra la literatura idealista del Renacimiento, ya agotada. Se inicia una nueva época, el Barroco, en la que el tema central será el desengaño, la idea de que el individuo tiene que valerse por sí mismo empleando su “ingenio”, el desprestigio del heroísmo y de el prurito de la honra. El pícaro está liberado de la honra, en el sentido de convención social.
En tiempos de Felipe II, en los que florece la literatura idealizada de los libros de caballerías, la novela pastoril, la mística, el teatro de imitación clásica, una novela como el Lazarillo habría desentonado. Además las condiciones económico-sociales que hacen surgir la picaresca del siglo XVII aún no eran tan graves en tiempos de Felipe II, sino que en el reinado del Rey Prudente comienzan a agravarse. La plenitud del Renacimiento en tiempos de Felipe II con el culto a la belleza (lírica de Herrera) y la exaltación patriótica de la Contrarreforma no favorecían una literatura crítica y pesimista como la de la picaresca. Es claro que la primera novela de la segundo época picaresca, con la que se reanuda el género después del Lazarillo, se publique en 1599, un año después de la muerte de Felipe II, que cierra la etapa ascendente de la “España gloriosa” de la época imperial.


La novela en el siglo XVI se había situado en el plano idealista con la novela caballeresca, pastoril, bizantina y morisca. En el siglo XVII se orienta hacia el realismo con la picaresca y el cuadro de costumbres. En el Lazarillo la picaresca se muestra todavía benevolente y humana, casi optimista. En el siglo XVII, toma la picaresca un matiz más duro, crítico y agrio.
La picaresca del Renacimiento se diferencia de la del Barroco:
a) El Lazarillo violaba la ley por la miseria de su vida, por hambre, por la necesidad de la diaria supervivencia. El pícaro del siglo XVII no lo hace por hambre, sino por quebrantar la ley. El pícaro se presenta casi siempre como holgazán de origen innoble, que vive aprovechándose de la buena fe del prójimo; trabaja de vez en cuando, pero pronto vuelve a la vida ociosa.
b) La psicología del pícaro deriva de las terribles condiciones que le rodean. Todo conspira contra él, condicionando su existencia: su poco honrosa cuna, el bajo ambiente en que vive, la perfidia de sus semejantes, de los que no recibe más que golpes. De ahí su amargo pesimismo y su radical desconfianza frente al prójimo. Pero nunca se rebela, sufre esperando el momento de poder dar cauce a su resentimiento.
c) Después de cada aventura, hace reflexiones moralizadoras. El pícaro se complace en destacar la ilicitud de cada uno de sus acciones, exponiendo detalladamente la norma moral contra la cual tal acción peca. Recalca en ello la flaqueza humana. Ya no es amoral, sino inmoral.
d) Frente al Lazarillo, la picaresca del Barroco se dirige a capas más altas de la sociedad: clérigos de altos cargos, cardenales, embajadores. La crítica al concepto de la honra es aun más dura. Se acentúa el pesimismo: “vanidad de vanidades; todo es vanidad. ¿Qué provecho saca el hombre de todo por cuanto se afana debajo del sol?” (Eclesiastés l, 2-3).
e) El estilo es realista, pero a veces las descripciones de la picaresca barroca son tan desorbitadamente caricaturizantes que rayan en lo surrealista.

El Lazarillo es aún muy humano y compasivo, está más cerca de Cervantes que de la picaresca barroca, tiene una prodigiosa naturalidad y ofrece un realismo sin grotescas deformaciones; mientras que la picaresca barroca ofrece un pesimismo sistemático, una deformación caricaturesca y una insistente sátira de la sociedad de entonces; en la picaresca barroca el pícaro posee ya conciencia de su clase social y de su significado crítico. Aunque el Lazarillo contiene los gérmenes de toda la picaresca posterior, sólo que en una mesura más “clásica”, rasgos que la picaresca barroca exagera. En el Lazarillo tenemos ya algo del dualismo Don Quijote y Sancho Panza, algo de la tendencia idealista y muchas inquietudes erasmistas humanísticas.

Toda clasificación de la picaresca presenta grandes dificultades. Se ha usado el criterio del mayor o menor grado ético moralizador: Primer grado sin sermones moralizantes lo representaría el Lazarillo; segundo grado sería la perfecta fusión de ética y picaresca de Guzmán de Alfarache; el tercer grado, la fusión superficial y anecdótica de lo moral y lo picaresco de Marcos de Obregón. Pero con la misma legitimidad se pueden tomar otros criterios para hacer clasificaciones del género: el mayor o menor grado de sátira social, de realismo, de caricatura, de costumbrismo, etc.
El elemento moralizador de la picaresca corresponde a la “fiscalización religiosa de la época” (Valbuena Prat), que impedía una literatura de malos ejemplos sin ofrecer el remedio como un médico que describe enfermedades sin ofrecer remedio. Otra razón para este prurito moralizador es la de que el autor escribe su relato al cabo de una vida llena de peripecias, ya curtido por los años y quiere dar la sensación de gravedad propia de un filósofo. Al querer adoctrinar a los demás desde su condición insignificante social, el pícaro se está afirmando a sí mismo con gesto de profundo orgullo, del orgullo de quien posee el secreto de la inanidad de la vida.

El valor medieval dado a los escritos en relación con la calidad de sus doctrinas subsistía aún en el Barroco. La literatura como mero pasatiempo despertaba el recelo de moralistas y legisladores. Con el salvoconducto de la intención moralizadora, la picaresca podía ofrecer las más crudas descripciones de la realidad nacional. El realismo de la picaresca es muy debatido. No es el realismo humano y llano de un Cervantes o de un Velázquez, sino deformante y deshumanizante, exagerando lo grotesco para intensificar la intención satírica. La caricatura tampoco es rasgo común a toda la picaresca, y este es uno de los criterios para su clasificación. El caso más extremo es El Buscón de Quevedo, mientras que El Guzmán y el Marcos de Obregón son más realistas. A veces la realidad se esquematiza en abstracciones caricaturescas.
Los principios de composición fundamentales de la picaresca: el pícaro viaja y vagabundea, un síntoma de su inestabilidad social; el pícaro está al servicio de muchos amos; el pícaro narra en primera persona su pasado, sobre el que emite algún juicio o comentario. Este rasgo autobiográfico confiera a la narración un carácter subjetivo, típico del arte del Barroco.
En cuanto al estilo, las técnicas picarescas de expresión son sólo posibles una vez caducados los cánones clásicos de la belleza ideal, difundidos durante el Renacimiento. El Barroco proclama el valor de lo feo, sobre todo como elemento de contraste. “Antes pienso pintarme tal cual soy, que tan bien se vende una pintura fea, si es con arte, como una muy hermosa y bella ... Y tan bien hizo Dios la luna con que descubrir la noche oscura, como el sol con que se ve el claro y resplandeciente día... en el orden del Universo también hacen su figura los terrestres y ponzoñosos animales Y finalmente, todo lo hizo Dios, hermoso y feo” (La pícara Justina).
La picaresca es un arte idealista de signo contrario, como dice Américo Castro. La picaresca en su conjunto no es menos parcial y excluyente que las novelas renacentistas, aunque por debajo de sus deformaciones palpita una realidad sangrante, una sociedad con todas sus miserias, que justifican el rencor del pícaro. Vista así, la picaresca es una digna arma de crítica social a la España de su tiempo, la España que acaba de perder los ideales imperiales y está llena de mendigos. A la literatura española corresponde el mérito de haber llevado al terreno del arte un tipo y una actitud procedentes de los más bajos fondos sociales. La picaresca tiene en el terreno literario un paralelo con la pintura de la época del barroco: Así Velázquez pinta a bufones, bobos y deformados en sus pinturas, en las escenas reales no deja de documentar la degeneración de la clase alta española.
La riqueza de vocabulario es notable, así como el empleo de expresiones familiares, refranes y frases hechas.

"El siglo XVII es el siglo de la crisis acelerada del Imperio Hispánico : suspensión estatal de pagos; devaluación de la moneda, el vellón, en un 50%). La península tiene un exceso de nobles, hidalgos y religiosos. La miseria se enseñorea de la nación (“al rico llaman honrado porque tiene que comer”). En esta situación, Lope sigue escribiendo en el teatro sobre héroes medievales (“un labrador de Madrid, del linaje de los godos”). Sigue el desprecio “reconquistador” por las actividades comerciales e industriales: burguesas; ser intelectual agudo es ser judío. La mitomanía del español castizo y cristiano viejo prosigue en muchos autores: “que suele la cristiandad alcanzar más que la ciencia” (Tirso de Molina). El duque de Olivares intenta abrir los ojos a la clase dominante del país y meterles la mentalidad moderna de amor a la ciencia y al progreso: intenta en el 1641 traer judíos a España para que se hagan cargo de las actividades económicas; en vano. En 1640, Portugal recupera su independencia; separatismo en Aragón y Andalucía; Cataluña a punto de recuperar independencia; en 1647 se sublevan Sicilia y Nápoles; independencia de Holanda; la Paz de los Pirineos en 1654 reconoce la supremacía europea de Francia. La “república de hombres encantados” se refleja en la literatura y el arte. Los contradicciones del sistema imperial, sus mitos casticistas, su alta cultura junto a la enorme miseria del país, su poder militar junto a la gran decadencia tecnológico-económica, sus riquezas americanas junto a las grandes deudas con los banqueros europeos: el abismo entre el ser y el parecer así como la obsesión por el engaño y el desengaño, son la clave de la situación del Barroco español. Lope de Vega  ignorará el conflicto y destacará el nacionalismo y la mitomanía española, operando con la ideología de unir la clase dominante con los labradores ricos. Mateo Alemán, no menos ideólogo, presenta el descarnado desengaño y un feroz rechazo de lo humano. Calderón de la Barca y Tirso de Molina intentarán dar un marco teológico a todo; Calderón parte del desengaño para llegar siempre al desengaño. Luis de Góngora intentará una poesía formalmente pura y lujosa opuesta a la miseria social reinante. Francisco de Quevedo será el implacable desmontador de los soberbios edificios imperiales, para terminar en un oportunismo pragmático. Sólo Miguel de Cervantes (1547-1616) verá claramente la dirección que va a seguir el siglo del Barroco, e intentará dar una síntesis humana del problema del tiempo. Frente a estos autores está la novela picaresca como testigo implacable de la época, contraria al humanismo y dignidad de un Cervantes.» (Carlos Blanco Aguinaga).

En 1599 aparece el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán (1547-1615), autor de descendencia judía. Esta será la novela modelo de la picaresca barroca, es la obra máxima y absolutamente central para la comprensión de la picaresca evolucionada.

"La novela picaresca es un relato autobiográfico ficticio, escrito en primera persona por sujeto imaginario de ínfima extracción social, quien, pasando por avatares sucesivos, nos introduce en sectores y ambientes diversos de la sociedad, que podemos así contemplar desde una perspectiva poco favorecedora, es decir, desde abajo". (Francisco Ayala)
En la novela picaresca se nos cuenta siempre la historia de un trotamundos desheredado de la fortuna cuyo papel en la vida se reduce a ir satisfaciendo, de cualquier manera, sus necesidades más elementales. El hambre es, tal vez, el motor principal del pícaro, y para satisfacerla trabajando lo menos posible (esto es importante) hace de todo sin ser en suma nada: sirve a varios amos, hace de mendigo, roba y engaña. La humanidad no tiene otro sentido que el que tiene la vida del pícaro, comer y trabajar poco. Cuando aparece algún sentido superior, el pícaro advierte enseguida que sólo es vanidad y gesto. El pícaro es el antihéroe épico y se mueve en un mundo desidealizado, bajo y nada noble.
Otra característica es que las aventuras del pícaro son narradas no de forma “novelesca” imaginativa, sino de forma “realista” autobiográfica. De esto se deduce: el pícaro es un héroe solitario, vagabundo desterrado que no entra nunca en diálogo con los demás. Los más desconfían de él y él desconfía de todos una vez que adquieren algo de experiencia.
"Y aunque habla mucho con todo el mundo y todos hablan y actúan a su alrededor, las vidas de los demás nos llegan filtradas por la soledad del pícaro. La visión del mundo del pícaro por ser baja desenmascara la mentira de las visiones del mundo de la gente de su alrededor. La soledad del pícaro le aísla de todo el mundo que le rodea. En este aislamiento y en su indignidad, paradójicamente, el pícaro encuentra su superioridad sobre el resto de los hombres. Y de esta superioridad saca su razón para juzgarlos y condenarlos; para condenar la humanidad toda. De su aislamiento salen definiciones dogmáticas y deformantes de la realidad. La experiencia del pícaro se convierte en juicio del novelista: todo lo que él ha experimentado en su vida le sirve ahora de ejemplo para que el lector aprenda a condenar la realidad. La novela picaresca está pensada a priori como ejemplo de desengaña” (Blanco Aguinaga).
La picaresca representa el rechazo de las novelas tanto pastoriles como caballerescas y de aventuras en las que se idealizaba al héroe en los siglos XVI y XVII.
Caracteres generales de la picaresca:
a)    El pícaro es una figura antiheroica, un caballero de signo negativo, crítico de las virtudes caballerescas.
b)    Técnica narrativa: autobiografía fingida.
c)     Episodios: el pícaro sirve a distintos señores y así se suceden los episodios.
d)    Tiene el carácter de las novelas por entregas.
e)    Crítica social y sátira sobre la situación del país.
f)      Realismo detallado.
g)    No da soluciones a la miseria.

Si Calderón intenta cubrir el fracaso último con la sobre-estructura teológica y con el vano ropaje literario intenta cubrir la esencia verdadera del Barroco (el desengaño), en la picaresca surge este desengaño libre de trabas. Calderón prometía aún de una manera racional que en el más allá todo sería “de otra manera”. La picaresca es realista, ve que está el hombre limitado en su libertad espiritual por los dogmas que le sobrecargan, el hombre está rodeado de ignorancia e hipocresía, de corrupción social; todo esto le hace desconfiado, burlón o monitor y sobre todo pesimista en cuanto a la salvación posible. Ya no justifica este mundo de modo teológico como Calderón, aunque no niega abiertamente la posibilidad de otro mundo mejor “más allá”; pero quiere poner en claro qué poco sentido tiene este mundo de acá.
Se ha comparado la picaresca con la ascética, y la misma picaresca tiene parodias del pícaro que se comporta como un asceta con el mismo ritual (por ejemplo, pone sus remiendos diciendo oraciones como un sacerdote).
La picaresca tiene paralelos con la vena subterránea de la llamada “España Negra”: Los miserables del pintor Ribera, los niños comilones y piojosos de Murillo, la España de Francisco de Goya (Caprichos, Disparates), las pinturas de Zuluaga, los esperpentos literarios de Vale-Inclán (“reflejo de la realidad en espejos cóncavos”), el Sentimiento trágico de la vida, de Miguel de Unamuno, etc.

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