viernes, 21 de abril de 2017

LAS ARPIAS Y EL LIBER MONSTRUORUM


La arpía o harpía es un ser fantástico, clasificado habitualmente entre los “híbridos y monstruosos” y dotado de un claro sentido negativo. Se conforma generalmente de cabeza de mujer, cuerpo femenino o de ave y cola de serpiente o escorpión, pudiendo tener incluso patas de ave de presa. Su fisionomía no es estable, como tampoco lo son sus descripciones e identificaciones, ya que habitualmente suele confundirse con la sirenapájaro , que desde la Antigüedad era descrita como un ser compuesto por rostro femenino y cuerpo de ave, diferenciándose de la arpía medieval por la ausencia de cola de serpiente o escorpión. Su carácter repugnante, devorador y aéreo las relaciona con los infiernos. 

Este tema resulta algo conflictivo, ya que no aparece en todos los diccionarios de iconografía, puesto que en muchas ocasiones se incluye bien en la descripción de las lamias o en la de las sirenas. Mateo Gómez y Quiñones Costa trataron en profundidad la problemática de las “arpías o sirenas” en la iconografía románica, concluyendo que su presencia en el arte románico no es muy frecuente, siendo superior la de la sirena-pájaro. De la misma opinión es Leclercq-Marx , que insiste en que en español la denominación arpía es empleada abusivamente para designar a todas las mujeres-pájaro de la escultura románica, cuando las sirenas-pájaro fueron mucho más populares, concluyendo que “que la mayoría de las mujeres-pájaro esculpidas en las iglesias románicas fueron concebidas como sirenas” . Resulta sorprendente comprobar la falta de unidad entre las definiciones de distintos estudiosos. Cirlot, por ejemplo, las considera “hijas de Neptuno y el mar alegorías o personificaciones de los vicios en su doble tensión (culpa y castigo)” , afirmando que en la Edad Media aparecen como emblemas del signo de Virgo. Chevalier , sin embargo, señala a las arpías como genios malignos de olor infecto que atormentan a las almas, partes diabólicas de las energías cósmicas y proveedoras de muertes repentinas; además de afirmar que simbolizan a las pasiones viciosas y figuran la disposición a los vicios y provocaciones de la maldad. 



La fisionomía de estos seres es algo variable. En ocasiones se conciben como monstruos alados con cara de mujer horrible, cuerpo de pájaro y zarpas de león, en otros casos como monstruos alados de rostro de vieja y cuerpo de buitre. En ocasiones puede mostrar un largo cuello e incluso patas de cuadrúpedo. Sus alas pueden encontrarse recogidas o explayadas. Al igual que en el caso de las sirenas, también existen arpías barbadas masculinas, como las de uno de los capiteles de la sala capitular de Burgo de Osma (Soria). A pesar de que se han asociado a las sirenas-pájaro por su papel de símbolos alados, las arpías añaden la cola de serpiente o escorpión al rostro femenino y el cuerpo de ave de las sirenas.

Este atributo les aporta un carácter telúrico, de hijas de la tierra, proclamado no solo por su cola, sino también por las serpientes que, saliendo de la boca, se dirigen hacia el suelo, como aparece en varios capiteles del claustro de Santo Domingo de Silos (Burgos). Las arpías son representadas con cierta frecuencia en parejas, con la posición de sus cuerpos adosados y las cabezas vueltas mirando fijamente. Se trata de una postura activa o amenazante, posiblemente condicionada por una mejor adaptación al soporte, así como por la influencia oriental en las composiciones organizadas en torno a un eje de simetría. Además, pueden presentarse tocadas con un gorro frigio.



Las principales fuentes para este ser fantástico las encontramos en los textos grecolatinos, si bien las arpías que fueron representadas en el arte medieval se alejan de estos modelos clásicos. Mateo y Quiñones se plantearon qué pudo motivar dichas transformaciones y en qué fuentes se habrían inspirado los artistas. De hecho, la figura de la arpía no aparece en el Fisiólogo, que se centra en la de la sirena, quizás por las dificultades que podrían encontrar en la diferenciación de ambas . 


Según Homero , las arpías eran diosas o genios furiosos del temporal que lloraban con el buen tiempo y cantaban con la tormenta. Solo el viento del Norte, hijo Bóreas y soplo del espíritu, podía ahuyentarlas. En la leyenda de los Argonautas son Furias con forma híbrida de doncella y ave de rapiña, raptoras que secuestraban a niños y adultos con sus garras. 


Hesíodo en su Teogonía, al referirse a los hijos de Taumante y Electra, las describe como “divinidades de larga y suelta cabellera, más veloces que los pájaros y los vientos”, pero su representación cambió con el paso del tiempo, si bien conservó su aspecto repugnante y condición femenina. Virgilio se refiere a ellas en la Eneida como aves con cara de doncella, garras encorvadas y vientre inmundo, pálidas de un hambre que no pueden saciar, además de relegarlas a la entrada del infierno como mensajeras de Hades. En algunas descripciones incluso se alude a la forma de caballo o mujer caballo10. Del texto de Virgilio destacamos este pasaje: 

“No hay monstruo más aciago que ellas ni peste alguna
más cruel o castigo de los dioses nació de las aguas estigias.
Rostros de doncella en cuerpos de ave, nauseabundo el excremento
de su vientre, manos que se hacen garras y rasgos siempre
pálidos de hambre”



El Liber monstrorum de diversis generibus de la época de Carlomagno editado por Corrado Bologna señala que las arpías serían políglotas, rasgo asociado al hambre y la avidez desenfrenada. Por otro lado, la arpía del Bestiario de Pierre de Beauvais se aparta de las descripciones de Homero y Virgilio, señalando que “esta bestia se parece a un caballo y a un hombre, con cuerpo de león, alas de serpiente y cola de caballo”. Autores como Pinedo han querido vincular la figura de las arpías con ciertas descripciones proporcionadas por los textos bíblicos. Es el caso del siguiente fragmento de la Epístola de San Pablo a los Romanos (Rom. 3, 13-15), basado en diversos pasajes de los Salmos, en el que se alude a que tanto judíos como griegos estaban bajo el pecado:

 “Sepulcro abierto es su garganta,
con su lengua urden engaños.
Veneno de áspides bajo sus labios:
maldición y amargura rebosa su boca.
Ligeros sus pies para derramar sangre”.

Por su parte, Leclercq-Marx ha señalado que la fuente utilizada era de tipo culto y su nombre no figuraba más que en contados casos, como el Liber Monstrorum, Fulgencio el Mitógrafo y los Mitógrafos del Vaticano.



El Liber Monstrorum es un libro de principios del siglo VIII que cataloga una de las más impresionantes listas de seres fantásticos de la Edad Media. Algunos lo vinculan con el erudito anglosajón Aldhelm, también conocido como el abad Anselmo. Otros, sin embargo, deducen una escritura cooperativa entre las mentes más inflamadas del período.
En los libros medievales acerca de criaturas insólitas se entiende que un monstruo solo puede ser considerado como tal si su ubicación coincide con un territorio inexplorado. 
Los monstruos son para la mentalidad medieval, criaturas salvajes que pertenecen al orden de la naturaleza pero que viven en regiones alejadas de la civilización. 
El Liber Monstruorum se construye a partir de esa creencia, es decir, que los monstruos habitan en países remotos que aún no han sido explorados. En este sentido, el Liber Monstruorum no crea sus propios monstruos, sino que recopila los mitos y leyendas acerca de estos seres fantásticos; algunos de los cuales aparecen en otros libros de la Edad Media, entre ellos, el Beowulf.
El Liber Monstruorum admite algunas evidencias cuestionables, por ejemplo, cartas apócrifas de Alejandro Magno, donde describe criaturas muy inusuales en su conquista del Este; así como fragmentos del Beowulf, en particular aquellos que denuncian los hábitos maliciosos de Grendel, aquel troll infame que el héroe asesina arrancándole un brazo.
Las fuentes del Liber Monstruorum admiten la influencia de los mitos griegos, de tal modo que sus páginas insisten en describir la naturaleza de seres ampliamente conocidos como las sirenas, faunos, sátiros, arpías, basiliscos, lamias, Erinias, Euménides y Furias; pero también revelan la identidad de monstruos más elusivos, como Groac'h, la bruja de Hansel y Gretel; o incluso de Glog, el cazador de monstruos de la Edad Media.
Repasemos tres de los monstruos citados en el Liber Monstruorum:


Cinocéfalo significa literalmente "cabeza de perro". El Liber Monstruorum  aclara que estas criaturas semihumanas proceden de la India, aunque lo más probable es que se los haya malinterpretado a partir de las imágenes y estatuas egipcias de Anubis.
Los cinocéfalos son monstruos bastante increíbles, sin embargo, también se inscriben entre las creencias católicas más antiguas.


Los Monópodos (también conocidos como Sciápodos), literalmente "un pie", son monstruos mitológicos de aspecto humano pero con un solo pie, a menudo tan grande y ancho que se lo utiliza para darse sombra. Esta extraña funcionalidad les ganó el epíteto de Skiapodos, los "pie-sombra".
El Liber Monstruorum se apoya en recursos clásicos para describir a los Monópodos, entre ellos, la comedia de Aristófanes: Los pájaros (Ornithes), representada en el 414 a.C.; también en la Historia Natural (Naturalis Historia) de Plinio el Viejo, que registra el avistamiento de Monópodos en la India por parte del sabio Ctesias:
"Se habla de otra raza de hombres conocidos como Monocoli, los cuales tienen una sola pierna, y son capaces de saltar con sorporendente habilidad. El mismo pueblo es conocido como Sciapodae, debido a su costumbre de echarse de espaldas durante las horas de mayor calor, y protegerse del sol con la sombra que proyecta su enorme pie. (Naturalis Historia, Plinio)"
Filóstrato también menciona a los Monópodos, así como Isidoro de Sevilla y San Agustín. 

El Liber Monstruorum describe a los Epifugi del siguiente modo: no tienen cabeza pero poseen todas sus funciones incrustadas en el pecho, excepto los ojos, que están alojados en los hombros.
Los Epifugi o Epiphagi proceden de una vasta estirpe de seres sin cabeza, desde los akephaloi griegos (literalmente "sin cabeza") a los Blemmyes latinos. Todos estos seres coinciden en alojar las funciones de la cabeza en el pecho.
El primero en investigarlos fue Herodoto. El sabio los ubicó en Etiopía y a veces en Libia. Plinio coincide en la procedencia africana, pero los sitúa en la región de Nubia.
A pesar de estas coincidencias, no todos los hombres sin cabeza comparten los mismos atributos. Por ejemplo, los Blemmyes tienen los ojos, la nariz y la boca en el pecho, mientras que los Epiphagi que registra el Liber Monstruorum tienen los ojos ubicados en los hombros.

El Liber Monstruorum abunda en descripciones fabulosas como los ejemplos que hemos visto. Para la época en la que fue escrito, la palabra monstruo,aludía a ciertas malformaciones, ciertos defectos físicos, ciertas exageraciones; en definitiva, a lo anormal, pero siempre con una raíz antropomórfica.
Los anglosajones los llamaban aglæca, término que podríamos traducir como calamidad; algo muy distinto de la raíz etimológica de monstruo, la cual se vincula con un prodigio puesto de manifiesto, con algo que se revela, que se muestra, que puede o no ser repulsivo pero que no necesariamente ha de infundir miedo.

https://www.ucm.es/data/cont/docs/621-2014-06-11-Arpi%CC%81as.pdf
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