viernes, 30 de septiembre de 2016

EL ARTE EN LA CALLE... LYON


De mi visita a Lyon guardo (y guardaré) muy buenos recuerdos. La ciudad de la seda, patrimonio nacional de la Unesco y capital gastronómica del mundo alberga en su interior numerosos tesoros para descubrir.
Como reza el dicho “para muestra, un botón”, en esta ocasión quería compartir con ustedes algunos ejemplos de arte a pie de calle que me parecen maravillosos. Pequeños fragmentos que te atrapan y permanecen nítidos en la retina mucho tiempo después.
Una ilusión como una suerte de espejismo en el desierto que, desde luego, no está provocado por nuestra mente sino por un artista capaz de recrear una escena perfecta casi en tres dimensiones.
                     
Me refiero a los trampantojos (o a los trompe a l´oeil en su versión francesa). Se trata de una técnica pictórica a través de la cual se pretende engañar la vista (de ahí la idoneidad del nombre “trampa al ojo”) utilizando para ello la perspectiva y el claroscuro (juego de luces y sombras).
                     
Monreal y Haggar lo definen en Diccionario de términos de arte como “un subgénero del ilusionismo” ya empleado por los antiguos griegos y romanos y muy frecuente a partir del Renacimiento para generar sensación de profundidad.
En definitiva, un engaño intencionado al espectador para hacerle creer, a través de representaciones muy fieles, que ve algo que realmente no existe.
                      
Testigos mudos que no solo visten y embellecen las fachadas sino que conforman  “la piel de los habitantes” y una manera de contar historias tal y como lo definen los artistas de Cité Création, una de las señas de identidad de la ciudad en lo que a creación artística se refiere y autor de más de 578 frescos desde su creación en el año 1978.
                     
“Una (re) conquista del espacio y el refuerzo del sentimiento de pertenencia”  que se refleja en estas pinturas que rescatan recuerdos, momentos de la vida y subrayan la identidad y personalidad que hacen único a cada lugar.
                  
Así, dar un paseo tranquilo por Lyon se convierte en una experiencia inolvidable en la que, en el lugar más inesperado, encontrar un trampantojo.

La bibliothèque de la cité (esquina rue de la Platière et quai de la Pêcherie) en la cual libros y escritores como Rabelais, Reverzy o Louisé Labé entre otros se dan cita en esta fachada de 400 metros cuadrados que simboliza el patrimonio literario de la ciudad.

Le mur des Canuts (Boulevard des Canuts) Con dos versiones diferentes que datan de 1988 y 1998 respectivamente y una tercera a punto de ser terminada representa la actividad de la ciudad en su estado puro. Considerado el mural más grande de Europa, sus 1200 metros cuadrados sirven para reproducir el entorno de los canuts (trabajadores de la seda) y su actividad.


Fresque des lyonnais (esquina quai St.-Vincent et rue de la Martinière). Como si  de un teatro se tratase, en él  encontramos hasta 30 personalidades famosas lionesas, históricas o contemporáneas, como los hermanos Lumière, St-Exupéry, Paul Bocuse o Tony Garnier entre otros, que representan lo más granado de la ciudad.
                    
Como ven, una verdadera galería a cielo abierto es la que conforman estos ejemplos (y muchos más) que podran admirar en Lyon.



Hasta entonces podemos conformarnos con los que tiene la ciudad de Madrid dando, por ejemplo, una vuelta por la calles Álvarez Gato, Montera, de la Cruz o la carrera de San Francisco,los que visitaremos en breve...

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jueves, 29 de septiembre de 2016

JEAN BERNARD LEON FOUCAULT...EL PENDULO

Físico y óptico francés, nacido en París , cuyas contribuciones a la astronomía, en diversos campos de investigación, han sido determinantes para la historia y el avance de esta ciencia.
Debido a su precaria salud cuando era niño, desarrolló una timidez que ya no le abandonaría en su toda su vida. Aunque no fue brillante en sus estudios, destacó siempre por sus habilidades manuales. Una vez conseguido el título de bachiller, hizo estudios de medicina, con especial interés por las técnicas de microscopía; sin embargo, nunca ejerció su profesión, sino que prefirió volcarse en la física y la química, concretamente en las técnicas de preparación de microscopios médicos. Cuando supo del descubrimiento de Daguerre, la fotografía, se mostró muy interesado, especialmente por su aplicación a sus investigaciones. Así, construyó algunos aparatos y también perfeccionó los de Daguerre, lo que le permitió lograr las primeras fotografías de preparaciones a través del microscopio.
Preocupado por la calidad de luz que se empleaba en el microscopio, aprovechó los recientes descubrimientos de Grove y Mutse en la fabricación de pilas eléctricas y construyó un arco eléctrico que producía una luz blanca y brillante, de calidad muy superior a las lámparas de gas de la época. Para esto, desarrolló un mecanismo que ajustaba automáticamente la distante entre los carbones del arco con el fin de obtener una mayor estabilidad de la luz. También se interesó por la cuestión de la velocidad de la luz -afán que compartía con otros grandes cerebros de la época-, así que construyó un aparato que comparaba la velocidad de propagación de la luz con la del agua, mediante el cual pudo demostrar que en este elemento la luz se propagaba más despacio. Colaboró con Fizeau en el experimento de la rueda dentada, lo que le permitió medir la velocidad de la luz desde parámetros terrestres. En 1845 fue editor del Journal de Débats.
Años más tarde, demostró la rotación de la Tierra mediante un péndulo de oscilación (péndulo de Foucault). Basándose en el principio de que una masa oscilante tiende a mantener inmutable su plano de oscilación, Foucault suspendió un alambre de acero de 67 metros de largo en una cúpula en el interior del Pantheón de París. En la extremidad inferior del alambre había colocado una esfera de acero, con una punta que trazaba, en cada oscilación, surcos sobre una capa de arena colocada en el pavimento. Si la Tierra girase alrededor de su propio eje, decía Foucault, la dirección de los surcos trazados cada vez, debería cambiar con el transcurrir de las horas. Su cálculo se mostró exacto y el movimiento rotatorio de nuestro planeta fue, por primera vez, demostrado de manera experimental.

Se dice que el invento del péndulo de Foucault es un producto de la casualidad. Cuando en 1848, León Foucault trabajaba en su taller intentando acoplar una pesada barra metálica a un torno, mientras era sostenida mediante un cable de acero, Foucault reparó en una curiosa propiedad. El conjunto del cable más la barra formaba un péndulo, que oscilaba en un plano vertical el cual permanecía invariable (aparentemente invariable en intervalos de tiempo de unos minutos). Foucault observó que este plano se mantenía incluso rotando el sistema de sustentación del cable, lo que marcaba una diferencia entre el sistema tierra y el sistema que giraba con el sistema de sustentación: para el primero se conservaba el plano de oscilación del péndulo y para el segundo, no.
La experiencia parecía indicar que el plano de oscilación sólo se conservaría para sistemas de referencia inerciales, lo cual predecía que, dado que la tierra también gira (lentamente), podría detectarse el cambio del plano de oscilación de un péndulo respecto a la tierra, si se proveen las condiciones necesarias de observación.
Foucault construyó sucesivamente dos péndulos: uno de dos metros en su taller y posteriormente uno de once metros en el Observatorio de París, observando una rotación en sentido horario del plano de oscilación. Entonces, se le encargó la construcción de algo más espectacular para la Exposición Universal de París. Foucault montó un péndulo de 67 metros en el Panteón de París (también conocido como Iglesia de Santa Genoveva). Usó una bala de cañón de 28 Kg a la que soldó una fina punta metálica. Suspendió el péndulo de la cúpula y esparció una capa de arena en el suelo, para que la punta marcara la posición del péndulo de una manera trazable. Protegió con una barandilla circular una zona de unos cinco metros de diámetro en la que llevar a cabo las oscilaciones, y puso en marcha una serie de demostraciones públicas. En ellas, el péndulo era separado de la posición inferior y retenido mediante una cuerda, que le impedía caer. Al comienzo de la demostración, se prendía la cuerda, que cuando se había quemado lo suficiente se rompía, iniciando la oscilación del péndulo. Al cabo de unos minutos, se podía percibir el progresivo regruesamiento de la traza de la punta del péndulo sobre la arena. Pasadas horas, la anchura del sector circular era de unas decenas de grados.
El éxito de este experimento, llevó a Foucault a idear otros similares, como el del giróscopo, que también originó una demostración pública en 1860 (aunque sin el éxito o la espectacularidad del péndulo).

Foucault puso en movimiento un péndulo que pesaba 28 kilos y medía 67 metros de largo, y registró que el nivel de oscilación del péndulo giraba lenta pero continuamente en dirección de la marcha del reloj. La causa de este giro es, según los físicos, la Fuerza de Coriolis, que lleva el nombre del físico francés G.G. Coriolis, 1792-1843), también llamada aceleración angular. Resulta del movimiento de giro del globo terrestre y provoca una desviación de las masas hacia la derecha en el hemisferio norte y hacia la izquierda en el sur. Además, las corrientes del aire y del mar globales están sometidas a la influencia de esta misma fuerza.
El experimento de Foucault permitió demostrar el movimiento rotatorio de la tierra. Un péndulo cuyo punto de sujeción le permite oscilar libremente en cualquier dirección es usado para repetir el experimento que el físico francés Foucault realizó por primera vez en público en París en 1851.
El péndulo consiste en una masa sostenida por un cable, que se mantiene en movimiento. Al estar bajo estas condiciones (ver gráficos), el plano de oscilación gira lentamente respecto a una línea trazada en la tierra, aun cuando la tensión del alambre que soporta a la masa y fuerza gravitacional sobre ella, se encuentran en un plano vertical.


GRAFICO 1
                                            'Péndulo de Foucault'
1.- Movimiento del plano pendular (en el sentido de las agujas del reloj).
2.- Desplazamiento del plano de oscilación debido a la rotación de la Tierra.
3-. Movimiento de rotación de la Tierra (en el sentido contrario a las agujas del reloj).
GRAFICO 2
                                                 'Péndulo de Foucault'
El periodo de oscilación es menor en los polos, en donde giraría una vuelta completa cada 24 horas, mientras que en el ecuador el plano de oscilación no experimentaría ningún sentido de rotación.


Con todo, su mayor contribución a la observación astronómica consiste, sin lugar a dudas, en la invención del método para construir espejos parabólicos, con el que abrió así el camino al desarrollo de los modernos telescopios de reflexión. Otro de los trabajos más interesantes de Foucault fue la invención del giroscopio ; también fue el primero en introducir, en el año 1857, una superficie reflectora de vidrio plateado que sustituía a las metálicas que se habían utilizado hasta entonces en la composición de los telescopios y los habían mejorado sensiblemente. En 1864 fue nombrado miembro de la Royal Society, y al año siguiente de la Académie des Sciences
http://www.enciclonet.com/articulo/foucault-jean-bernard-leon/
http://www.taringa.net/post/ciencia-educacion/12167825/El-giroscopio.html
http://html.rincondelvago.com/pendulo-de-foucault.html

miércoles, 28 de septiembre de 2016

LOS TARTESSOS


En la actualidad se considera que Tartessos fue una cultura local  lo suficientemente adelantada y organizada para que pudieran influir en ella las colonias fenicias  del círculo del estrecho (con Gadir como principal capital) que se instalaron hacia el siglo VIII a C.
Sobre esta hipótesis la mayoría de los arqueólogos sitúan Tartessos en el Bajo Guadalquivir, aunque con una potente fuerza de influencia que llegaría hasta Extremadura (como demostraría el palacio de Cancho Roanoo Linares, en el Norte de Andalucía

                        

Posible ubicación de Tartessos en relación con fenicios (Gadir) y su expansión interior


Esta zona que ocupa hoy Doñana sería, en el I Milenio, un gran lago cerrado (Ligur o Aoron) en torno al cual se desarrollaría la zona más rica de esta civilización.
Ante su capital (nunca encontrada) los especialistas se dividen en dos posibilidades.
Unos apuestan por una localización hacia el este (que podría corresponder con la actual Sevilla o con Jerez de la Frontera-Puerto de Santa María). Esta zona sería especialmente rica en pastos, por lo que la agricultura, y especialmente la ganadería sería la principal actividad de Tartessos.




A favor de esta hipótesis se encontraría las leyendas de Gerión, las de los toros de Hércules o la de los cultos relacionados con el toro que se relacionarían con el mundo micénico.


                                                      Minas de Rio Tinto. Estado actual
Otros, sin embargo, prefieren una localización al oeste del lago, cercana a la actual Huelva.
Los que así piensan hablan de la importancia que tuvieron las minas de de cobre y estaño de Río Tinto, posible objetivo del comercio fenicio.
                                        Candelabros de Lebrija. Museo Arqueológico de Madrid
   
También alegan la importancia que tuvo la orfebrería en el arte tartessico, con ejemplos como el Carambolo , el tesoro de la Aliseda o los candelabros de Lebrija

Probablemente ambas actividades se complementaran, creando una sociedad bastante jerarquizada en donde una nobleza o un rey (según opiniones) controlaría la producción y el comercio con los fenicios.
Para esta clase social (probablemente para sus enterramientos) se realizarían las obras de orfebrería antes mencionadas, pues serían los únicos con capacidad de riqueza, ya que el pueblo estaría sometido a una especie de servidumbre casi feudal



Esta nobleza ya habría aparecido antes incluso de los contactos con los fenicios, como demuestra las numerosas estelas del periodo arcaico (geométrico) de Tartessos. En ellas se reflejan de una forma sumamente simplificada a guerreros portadores de espadas, carros, cascos y escudos, que serían los símbolos de su poder
                          
                 
Escritura Tartessa (Herdade da Abobada)

Lo que también sería probable es la existencia de una clase noble no guerrera parecida a los escribas egipcios. Su poder estaría en el conocimiento de la escritura (de la que posiblemente derivará el íbero), y según autores podrían ser sacerdotes de los principales templos tartésicos (a cielo abierto, muy parecido a los fenicios).

Otra de las evidencias cada vez más claras es que Tartessos (además de productor de materias primas) se encargó del comercio entre fenicios y castreños (costa gallega), creando así lo que en la actualidad llamamos camino de la Plata.                
Sin embargo, esta civilización hizo crisis en torno al siglo VI,derrumbándose por completo. Las causas no están nada claras y existen numerosas teorías, desde el control fenicio (o cartaginés temprano) de la zona, ya fuera militar, o puramente económico,la caída de la ciudad fenicia de Tiro a manos de Nabucodonosor en el 573 que estranguló el comercio,problemas internos dentro de los Tartessos al desaparecer los filones más superficiales de metal en las minas o por la propia desforestación y contaminación generada por la actividad metalúrgica,segun la oponión de unos y otros, incluso, hablan más de un cambio interno que de un verdadero colapso. Según Almagro o Ruiz y Molinos se produciría un cambio de centralidad hacia la Alta Andalucía (Linares) que poco a poco se iría iberizando, perdiendo su carácter monárquico por otro aristocrático y restringiendo la actividad comercial.


Durante siglos, Tartessos,fue el mito fundacional que daba los orígenes a lo español.
Toda la información provenía de textos griegos (los famosos nostoi o poemas de los retornos de los héroes de la guerra de Troya cuyo ejemplo más conocido sería la Odisea de Ulises) o los míticos trabajos de Hércules (en especial el de las Columnas de Hércules, como se conocía Gibraltar en la Antigüedad, los toros de Gerión o el de las manzanas de las Hespérides).
También la Biblia mencionaba a Tarsis, así como los posteriores historiadores y geógrafos grecolatinos (Herodoto, Estrabón, Plinio)


Con la lectura de todos estos fragmentos Tartessos aparecía como un reino rico y equilibrado, en las cercanías de la desembocadura del Guadalquivir, regido por reyes legendarios (Gerión, el de las tres cabezas, Gárgoris, descubridor de la miel, o su nieto Habidis, que les dejó agricultura, el urbanismo y las leyes. Tal vez sólo se podía suponer histórico a Argantonio, amigo de los helenos, aunque sus 180 años de longevidad le quitaban un tanto de crédito
En esto se quedaba todo. La feliz idea de una primera Edad de Oro hispana que se extinguiría de la misma forma que nació, en la más completa oscuridad.
Sin embargo, el 30 de septiembre de 1958 ocurrió, por puro azar, un accidente que lo cambió todo. En unas instalaciones de tiro al pichón muy cercanas a Sevilla, en el llamado cerro del Carambolo, unas obras de ampliación sacaron a la luz una vasija con veinte piezas de oro, exquisitamente trabajadas.
Entre ellas aparecían collares, brazaletes y unos curiosos objetos que los investigadores han pensado que se tratarían de pectorales.

                   

Aunque últimamente se ha propuesto una nueva hipótesis que se vincularía a bueyes que transportarían carretas rituales hacia algún tipo de santuario (curiosamente una imagen que, de ser cierta, podríamos vincular directamente con las peregrinaciones del Rocío, que no deja de ser una cristianización de Astarté/Tanit fenicia.
Sea  cual fuera la interpretación, lo cierto es que la técnica y motivos utilizados tienen una clara influencia del mundo fenicio que tan íntimamente se encuentra vinculado con Tartessos

                            
Pulsera. Tesoro del Carambolo

A su vez, esta orfebrería será básica para el mundo íbero, tal y como se pueden observar en piezas conservadas (Tesoro de Jávea) o en los adornos de las famosas Damas, profundamente influenciados por estas piezas

                      

Tesoro del Carambolo. Collar. Como todas las piezas anteriores custodiadas en el Museo Arqueológico de Madrid


Este tesoro hallado en la Aliseda (Cáceres) se ha emparejado al del Carambolo, siendo una prueba más  de los amplios límites que tuvo Tartessos o al menos su influencia directa(que en el caso de Extremadura eran sumamente lógicos, pues por ella pasaba la ruta de la plata y el estaño que comunicaba Tartessos con Galicia o las islas Casitérides .


Por otra parte, este tesoro ha sido fuerte objeto de polémica entre los especialistas, pues mientras unos la adjudican directamente a Tartessos(o a talleres gaditanos fenicios), otros hablan de un producto importado desde oriente (tal vez Chipre) por los fenicios. Y es que no hay que olvidar que los siglos VII y VI antes de Cristo conocieron una primera globalización artística denominada periodo orientalizante que influyó en artes tan dispares como el etrusco, fenicio o griego, caracterizada por una exuberancia decorativa.
Si nos referimos al propio tesoro, éste está realizado totalmente en oro a través de las técnicas de la filigrana y el cincelado. Se compone de una supuesta diadema , una pulsera, dos pendientes, dos anillos y un cinturón.
Se ha supuesto un ajuar de una tumba femenina de clase alta, relacionada con el rey.
Algunos de los temas que aparecen en él son típicos en todo el Mediterráneo y tendrán una larga historia.

Así, en el collar encontramos símbolos lunares que en Mesopotamia se asimilaban a Tanit/Astarté y que el cristianismo tomará para su imagen de la Inmaculada.

En los pendientes (tan voluminosos que necesitan una cadenita que los sustenta por encima de la oreja) aparece el árbol de la vida, de origen mesopotámico y posteriormente muy utilizado en el arte islámico.

Entre sus ramas aparece la palmeta y pájaros picoteando que tanto éxito tendrá en el mundo romano y  paleocristiano como representación del alma(algunos especialistas han hablado de un símbolo de resurrección)

La diadema , verdaderamente exquisita, se realiza por medio de pequeñas placas articuladas con formas de roseta y un fleco de filigrana que sustentan pequeñas bolas. Se conservan aún los pequeños huecos que (en un caso) se engarzan turquesas que crearían un efecto aún más rico y barroquizante (y que veremos volver a aparecer, al menos su efecto, en la orfebrería bizantina y visigoda).
Este modelo de diadema tendrá un gran éxito como lo confirmará el tesoro de Jávea íbero.


El cinturón posee en las bandas exteriores (con el dibujo repujado por la parte trasera y el fondo decorado con un exquisito granulado) la figura repetida de un hombre con un león y un grifo rampante que recuerda el tema de Gilgamesh mesopotámico, Melkart fenicio o el del Hermes/Hércules del mundo clásico, que volveremos a ver reaparecer en Bizancio o en el mundo islámico habitualmente vinculado a la realeza (un símbolo de valor del rey).







Aunque no exista unanimidad entre los especialistas, este jarro de bronce realizado a la cera perdida bien podría pertenecer a la cultura tartéssica (aunque probablemente tardía)


De pequeñas dimensiones y forma globular destaca su boca, creada por la cabeza de ¿un felino? con la lengua fuera que, en su partición, sirve para el paso del líquido.
El asa se convierte en un nuevo animal, serpiente, en la unión superior con esta cabeza zoomorfa, mientras que su engarce con la parte inferior se refuerza por medio de una palmeta (forma muy habitual en este mundo tartessico)


Ambas formas animalísticas se encuentran mucho más relacionadas con el mundo etrusco que con la tradicional influencia fenicia (este hecho es el que ha desconcertado a algunos investigadores).
Sobre el cuerpo principal de la jarra se sucede la decoración geométrica realizada por medio de incisiones poco profundas realizadas a mano alzada (de ahí sus irregularidades)



Según Bendala (investigador de esta civilización),la fecha seria el siglo VI a C, interpretando estos motivos animalísticos y vegetales como una alusión a la divinidad de la naturaleza y de la muerte relacionada con la divinidad fenicia de Astarté .
             

En el siglo VI antes de Cristo y en relación con la crisis de Tartessos que hizo cambiar la centralidad hacia el norte, se encuentra este monumento extremeño que representa (por el momento) la arquitectura más antigua conservada en la península.
Sus orígenes pudieron ser anteriores (existen al menos 5 fases distintas en el yacimiento), pero el edificio actual, sobre un podio elevado, presenta una forma de U.
Poco se sabe de sus usos, aunque los especialistas se inclinan a un a doble función religiosa (templo en la terraza central, al aire libre y, posiblemente, con algún tipo de estatua o piedra sagrada) y política (palacio de aristocracia local que también funcionaría como almacén para excedentes de la zona para su posterior redistribución o comercialización con el exterior) que controla una rica zona agrícola (con abundantes acuíferos) y, lo que es más importante, el trayecto de conexión entre Gadir,la costa gallega y su estaño.

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TOMBUCTU LA CIUDAD DE ADOBE




Tombuctú es una leyenda desde siempre. 
Antigüamente había sido un principal punto de encuentro de caravanas. Por eso se le atribuían grandes riquezas, incluso el sueño de una ciudad con calles pavimentadas de oro. 
Tombuctú, la Atenas africana, la Meca del Sáhara, La Roma de Sudán... estos son apelativos dedicados a esta ciudad, testigos de su memoria de leyenda.
En Tombuctú se guardan miles de manuscritos antiguos, algunos del s. XIII, que versan sobre asuntos religiosos, comerciales, científicos, y están escritos en árabe, hebreo y castellano aljamiado (textos escritos en español pero en caracteres árabes, producidos por los últimos musulmanes que vivieron en territorio cristiano entre los siglos XV y XVII). 

Sankoré. Tombuctú 5

¿Qué hacen aquí esos manuscritos?. A un centro caravanero como éste no sólo llegaban materias de comercio y riquezas, sino también cultura y libros. 
En Al-Andalus, El Cairo, Fez, Arabia, se generaba cultura, se enseñaba y se formaba a intelectuales, y algunos de ellos acababan viajando en esas caravanas, acompañados de sus libros. Se establecían en nuevos países y ciudades y daban clases, generalmente para extender y afianzar el Islam, pero muchas veces en combinación de otras ciencias. A partir de ahí se formaba una nueva demanda de libros, traídos de esos lejanos centros de saber (en forma de copias manuscritas). 
Su legado se transmitió de generación en generación. Las familias guardaron esos libros, ese saber sin el cual la memoria se perdería, conscientes de su valor, puede que incluso protegiéndolos con su vida en las guerras y conflictos que vivió la región a través de los siglos.
Hay un país, al suroeste de Libia, más allá del gran desierto( relata Herodoto en el siglo V antes de Cristo) que los comerciantes cartagineses suelen visitar. Cuentan que, después de un viaje muy largo y fatigoso, llegan a una playa donde descargan sus mercancías. Una vez dispuestas ordenadamente sobre la arena, las dejan allí, y ellos se alejan y encienden grandes hogueras para anunciar su llegada a quienes viven en aquellas tierras. Al ver el humo, los nativos salen de sus poblados y van hacia la playa, se acercan a las mercancías, las examinan y, tras depositar junto a ellas tanto oro como creen que valen, desaparecen de la vista. Entonces, son los cartagineses quienes se aproximan, y si consideran que el oro es suficiente, lo recogen y se van; pero si no les parece bastante, no lo tocan y se retiran de nuevo, y reavivan el fuego hasta que el humo vuelve a cubrir el cielo. Los nativos acuden entonces por segunda vez y añaden algo más de oro, y así se repiten las idas y venidas hasta que los comerciantes se dan por satisfechos.
Todas las épocas de las que guardamos memoria nos han legado alguna historia de un país fabuloso, preñado de riquezas, situado en alguna región ignota. Los más codiciados tesoros esperan a aquellos audaces dispuestos a desafiar los escollos que, invariablemente, cierran el paso a quienes pretenden alcanzar tan venturosas tierras.
Nada extraño, pues, que durante largo tiempo se creyera que la historia recogida por Herodoto en el norte de África no era sino una más de esas leyendas.
El interior del continente siguió envuelto durante siglos en una espesa nebulosa, acorazado por un desierto inhóspito en el que sólo conseguían sobrevivir algunas belicosas e irreductibles tribus nómadas.
La irrupción en el África septentrional de los conquistadores árabes supondría un cambio sustancial. Plenamente avezados a sobrevivir en las regiones más inhóspitas, los árabes penetrarían sin grandes problemas en el Sáhara, extenderían el islam hasta Sudan-es-Bilad (la tierra de los negros) y reanudarían el tráfico comercial del que se hacía eco Herodoto. Con ello, las noticias de las legendarias riquezas del África negra llegarían una vez más al mundo mediterráneo y, desde allí, a toda Europa.
La sal y el oro,ésas eran las mercancías claves, junto con los esclavos, del nuevamente floreciente comercio transahariano. La sal, componente esencial para el organismo humano, brotaba sin cesar en las salinas de Taghaza, en pleno desierto, pero escaseaba dramáticamente más hacia el sur. Allí, en cambio, en los parajes ya húmedos y boscosos del África tropical, el oro era tan abundante que los soberanos de aquellos reinos enjaezaban sus cabalgaduras con pepitas de oro gruesas como el puño, decían los rumores.


Poco a poco, y aunque siempre basándose en fuentes indirectas, el epicentro del singular intercambio adquiriría un nombre propio: Tombuctú. Un nombre propio, inconfundible, pero de localización incierta, ambigua y paradójica, no menos fantástica que su riqueza. Una ciudad situada, según unos, en pleno desierto; según otros, a orillas de un gran río. En cierto modo, la información no hizo más que realimentar la vieja leyenda.
La credibilidad de Tombuctú en el imaginario occidental como un emporio de riquezas inimaginables quedaría definitivamente avalada a principios del siglo XVI por un fiable testigo directo, el granadino Hassan Ibn Muhammad al Wazzani, más conocido entre nosotros como León el Africano.
Hijo de una distinguida familia instalada en Fez poco después de la ocupación de Granada por los Reyes Católicos, Hassan al Wazzani recorre buena parte del mundo islámico en viajes de negocios y también en diversas misiones diplomáticas como representante del xerif de Fez. Entre 1510 y 1515, los negocios familiares le llevan por dos veces a Tombuctú. Poco más tarde, en 1518, mientras se dirige por mar hacia Túnez de regreso de un viaje a Turquía, su galera es atacada por corsarios italianos, y tripulantes y pasajeros son apresados y conducidos a Nápoles para ser vendidos como esclavos. Tras diversos avatares, Hassan da con sus huesos en la corte pontificia, donde muy pronto es apreciado por el papa León X tanto por sus conocimientos del mundo musulmán como por sus servicios como traductor y profesor de árabe. Pero, sobre todo, lo que más sorprende e interesa al papa son los relatos de sus fascinantes viajes por el interior de África.
Dos años después de su captura, Hassan recupera la libertad a cambio de convertirse, al menos formalmente, a la fe católica. Con el bautizo, inicio de una nueva vida, Hassan recibe también un nuevo nombre, el mismo que el de su protector: Giovanne Leone. A partir de ese momento será conocido como León el Africano.
Alentado por el papa, Hassan-León completa la redacción de una Historia y descripción del África y de las extraordinarias cosas que contiene, obra que incluye el retrato de una ciudad que conjuga la opulencia económica del mítico El Dorado y el brillo cultural del Damasco o la Córdoba califales: "En Tombuctú se alzan una mezquita extraordinaria y un palacio majestuoso”, explica León el Africano. Los habitantes, y especialmente los extranjeros que viven aquí, son extraordinariamente ricos, hasta el punto que el actual rey ha casado a dos de sus hijas con dos de estos mercaderes. Hay muchos pozos llenos de agua muy dulce, y cada vez que el río Níger se desborda, hacen llegar el agua hasta la ciudad mediante acequias. En la ciudad se encuentra grano, leche y mantequilla en abundancia, aunque la sal es muy escasa y tienen que traerla desde las minas de Taghaza, situadas a veinte días de distancia.  Aquí reside un gran número de doctores, de jueces y otras gentes de gran sabiduría, que viven espléndidamente a cargo del rey, dice aún León el Africano. "Y aquí llegan libros y manuscritos desde la Berbería, que son vendidos por más dinero que cualquier otra mercancía. La moneda de Tombuctú es el oro puro, sin acuñar, sin inscripción de ningún tipo”.
Los europeos no querían oír otra cosa, y no hay por qué suponer que el granadino exagerase al describir las excelencias de Tombuctú. Sus visitas a la ciudad coinciden con su momento de máximo esplendor. Desde su fundación, a finales del siglo XI o principios del XII, la ciudad experimenta dos largos periodos de estabilidad: entre 1330 y 1360, cuando el mansa Kankou Mousa la coloca bajo su protección, y, sobre todo, entre 1468 y finales del siglo XVI, cuando son los askias sonraïs de Gao quienes dominan la ciudad y mantienen a los tuaregs a raya. El resto del tiempo, sin embargo, Tombuctú se halla permanentemente sometida a las exacciones de los nómadas del desierto y a la codicia de todos los reinos e imperios vecinos. En algún caso, con una importante participación hispánica, como a finales del siglo XVI, cuando, después de haber conseguido unificar Marruecos bajo su autoridad, el xerif Muley Ahmed considera que ha llegado la hora de extender sus dominios hacia el sur, más allá del gran desierto, para controlar las fuentes del oro con que regresan, cuando regresan, las caravanas que se arriesgan a cruzarlo.
Para llevar a cabo su proyecto, Muley Ahmed organiza un ejército formado básicamente por mercenarios andaluces, descendientes de familias granadinas, equipados con armas de fuego suministradas por la corona británica.
La expedición sale de Marraquech el 16 de octubre de 1590 dirigida por el pachá Judar, un cristiano renegado nacido en Las Cuevas (Granada).
La lengua oficial del cuerpo expedicionario es el castellano. Veinte semanas más tarde, a finales de febrero de 1591, el ejército andalusí llega al Níger, a la altura de Karabara, y desde allí se dirige, bordeando el río, hacia Gao, capital del imperio sonraï, que en aquellos momentos controla Tombuctú. El askia Ishak reúne una fuerza de 18.000 jinetes y 9.500 infantes. Cuando el 13 de marzo de 1591 los dos ejércitos se hallan frente a frente, sólo 1.000 hombres de Judar se encuentran en disposición de combate. El resto ha perecido en el viaje o se halla demasiado débil para empuñar las armas. Pero los 1.000 soldados del pachá tienen arcabuces. Los guerreros sonraïs, hasta entonces invencibles, no han visto jamás armas de fuego. Confiados en su superioridad, se lanzan en tromba contra aquel puñado de extranjeros exhaustos y achacosos. El combate dura pocos minutos. Diezmado por las balas, aterrorizado por las llamaradas y explosiones de unas armas diabólicas, el ejército sonraï huye en desbandada. Judar ocupa Gao sin más oposición y, pocas semanas después, Tombuctú. Ambas ciudades son saqueadas, y sus tesoros, enviados al soberano marroquí.
Pero la victoria de Judar y sus hombres pronto revela su fragilidad. Separados por más de 2.000 kilómetros de desierto de las grandes ciudades del norte(Mogador, Marraquech, Fez, Mequinez…) y de sus propias familias, pronto los invasores cortan las amarras con el soberano al que servían y pasan a constituir uno más de los diferentes grupos étnicos que a lo largo de los siglos se han sucedido como casta dominante de Tombuctú. Durante más de 100 años, los soldados de Judar y sus descendientes directos dominarán a sangre y fuego el gobierno de la ciudad, recibiendo una denominación claramente expresiva de su atributo original más peculiar: los arma, como son conocidos aún hoy sus descendientes.
Es a finales del siglo XVIII, coincidiendo con la emancipación de las colonias americanas, cuando las grandes potencias europeas deciden que ha llegado la hora de despejar definitivamente el misterio de Tombuctú y del Níger, y de abrir esas regiones a las hipnóticas luces de la civilización y el comercio.



Lo paradójico del caso es que cuando por fin los europeos se lanzan al descubrimiento y conquista de Tombuctú, lo hacen guiados por una imagen que ya no tiene casi nada que ver con lo que ocurre realmente en la ciudad y en toda la región. La ciudad lleva más de 200 años sometida a la rapiña, primero de los arma, después de los bambaras de Segou,de los peuls de Macina y de los tuaregs, siempre.
Alentada especialmente por los Gobiernos británicos y franceses, desde 1790 se desencadena una auténtica carrera colonial entre exploradores y aventureros de todo clase. Casi todos ellos dejan la piel en el empeño. Sólo los británicos pierden más de 150 exploradores. En total, desde los tiempos de León el Africano y hasta 1880, sólo cinco europeos consiguen violar el secreto de Tombuctú y regresar con vida para contarlo: Robert Adams (1811), René Caillié (1828), Heinrich Barth (1853) y, ya en 1880, la pareja formada por el alemán Oskar Lenz y el español, nacido en Tánger, Cristóbal Benítez, que le acompaña como sirviente e intérprete.
Cuando por fin los franceses ocupan militarmente la ciudad, en 1894, de su brillante pasado no queda más que una pálida memoria, unas ricas bibliotecas, una intensa espiritualidad islámica y, según una pertinaz leyenda, una no menos intensa sensualidad.


Las calles de Tombuctú están llenas de edificios recatadamente espléndidos, bastantes de ellos bien conservados –la ciudad fue declarada en 1988 patrimonio de la humanidad por la Unesco–. Muchas casas tienen puertas y ventanas ricamente labradas, a la manera árabe: la madera ornada con grabados, relieves y hierro forjado. En el interior se entrevén patios y estancias; hombres conversando recostados sobre esterillas, niños jugando, mujeres moliendo grano o cocinando.



La mezquita de Yinguereber, erigida por iniciativa del mansa Musa en el año 1330 y después destruida y reconstruida incontables veces, es una edificación extraña, inquietante, con un aire más de fortaleza que de templo. El minarete, aplastado por el sol, pulido por el viento, semeja más un baluarte defensivo que una torre desde donde llamar a la oración. Con todo, el conjunto es un monumento impresionante de formas blandas y ondulantes, de muros grisáceos y agrietados, como un viejo elefante yacente, esculpido por el tiempo.
Al atardecer, las calles de Tombuctú se llenan de grupos de hombres sentados o tendidos sobre el suelo arenoso. Conversan, o juegan a las cartas, al awalé o a las damas, sobre tableros dibujados en la arena, con piedrecillas como fichas.
De dos en dos, de tres en tres, las mujeres pasean lentamente luciendo sofisticados tocados. Muchos niños juegan y corretean, otros acarrean cubos de agua sobre sus cabezas. 
La noche cae y en el ambiente se entabla una inevitable conflagración entre hogueras y humo. Los niños siguen jugando, gritando y corriendo, tan pronto iluminados por el fuego como desaparecidos en la neblina. Los hombres siguen hablando a oscuras. Las mujeres preparan la cena.
Cuando el viento sopla, la arena invade las calles, trepa por los muros, sella puertas y ventanas. Tras no pocas fachadas espléndidas se abre el cielo. En el interior, todo se ha derrumbado, dejando sólo un gran decorado; pero no resulta extraño, porque toda la ciudad es un gran teatro donde se representa una función que nadie ha escrito, pero en la que cada uno parece saber perfectamente su papel.
La ciudad vive aparentemente aislada del mundo. De hecho, durante medio año, cuando el Níger crece, el aislamiento físico es casi total; sólo se puede llegar a ella o abandonarla, o bien por el río, navegando a bordo de piraguas o de barcos surgidos de la noche de los tiempos, o bien cruzando el desierto, navegando por mares de arena y piedras. En buena medida, es un universo aparte, y parece que también esté fuera del tiempo; pero, por poco que uno hurgue, la historia aflora por todas partes, todo el mundo habla de cosas que ocurrieron hace siglos como si fuese ahora mismo, como si cualquier día todo pudiese volver a ser como antes. Quizá tengan razón.
Investigadores en Timbuktu (o Tombuctú), Malí, están luchando por conservar decenas de miles de antiguos textos, que prueban que África tuvo historia escrita hasta, por lo menos, la época del Renacimiento europeo.

Bibliotecas públicas y privadas en la legendaria ciudad del Sahara han reunido hasta el momento 150.000 frágiles manuscritos, algunos de ellos del siglo XIII, y los historiadores locales afirman que muchos más podrían estar enterrados bajo la arena.
Los textos habían sido escondidos y almacenados por sus orgullosos propietarios, en construcciones de barro y en cuevas del desierto para ponerlas a salvo primero de los invasores marroquíes, de los exploradores europeos y finalmente de los colonos franceses.
Escritos en delicadísima caligrafía, algunos versaron sobre astrología o matemáticas, mientras que otros relataban la vida socia y económica en Timbuktu, durante su Edad de Oro, cuando fue un lugar del saber, en el siglo XVI.
"Estos manuscritos tratan todos los aspectos del conocimiento humano: leyes, ciencias, medicina", afirma Galla Dicko, director del Ahmed Baba Institute, una biblioteca que alberga 25.000 textos.Hay por ejemplo un escrito en una caja de cristal, roído por las termitas, un tratado acerca de la Política, enseñando las leyes del buen gobierno y advirtiendo a los intelectuales a no dejarse corromper por el poder de los políticos
En otra estantería de libros se encuentra un tratado sobre matemáticas y una guía a la música andalusí, así como historias de amor y la correspondencia entre comerciantes que recorrían las rutas de las caravanas que atravesaban el desierto del Sahara.
Sólo recientemente las familias más importantes han empezado a renunciar a sus preciosas reliquias familiares, persuadidos por los funcionarios locales de que todos estos manuscritos forman parte de un legado común para compartir.
"Es a través de estos escritos como podemos realmente conocer nuestro lugar en la historia", afirma Abdramane Ben Essayouti, Iman de la mezquita más antigua de Tombuctú, construida en 1325.

Los expertos creen que los 150.000 textos hasta ahora recogidos son sólo una fracción de lo que durante siglos ha permanecido oculto bajo el polvo de las puertas de madera de los hogares de Tombuctú.
Algunos académicos afirman que estos textos forzarán al mundo occidental a aceptar que África tuvo una historia intelectual antigua y valiosa a recuperar. Otros lo comparan con el descubrimiento de los rollos del Mar Muerto.
Pero a medida que se extiende la fama de estos manuscritos, los encargados de su conservación temen que lo que ha sobrevivido siglos de termitas y calor extremo, se pierda por la venta a turistas o la entrada del tráfico ilegal en el país.
Sudáfrica se está convirtiendo en la punta de lanza de la "Operación Timbuktu", para proteger los textos, creando una nueva biblioteca para el Instituto Ahmed Baba, escritor y erudito nacido en Tombuctú, contemporáneo de Shakespeare.
EE.UU. y Noruega están ayudando a preservar los manuscritos, que según el presidente de la República de Sudáfrica, Thabo Mbeki, ayudarán "a restaurar el respeto hacia sí mismos, el orgullo, el honor y la dignidad de los pueblos de África".
El pueblo de Tombuctú, cuyas universidades fueron atendidas por 25.000 eruditos en el siglo XVI, pero cuyo lánguido estilo de vida ha sido arrastrado por la modernidad, tiene similares esperanzas. Un proverbio local afirma que "las naciones antaño formaron una sola línea y Tombuctú estaba al frente; pero Dios le dio la vuelta, y Tombuctú se encontró entonces a la cola."

Se exponen por vez primera en Johannesburgo los manuscritos del National Ahmed Baba Centre for Documentation and Research de Tombuctú (Malí), ciudad que antaño fue una importante encrucijada cultural que atrajo a eruditos de los más lejanos lugares del mundo africano y árabe.
Los documentos en la exposición incluyen una biografía del profeta Mahoma junto con tratados de música, astronomía, física y farmacia tradicional.
Hay más de 100.000 manuscritos conservados en cinco bibliotecas privadas o en poder de varias familias de Tombuctú. Solo algunos saben lo que contienen, pero tanto si conocen o no su contenido, los guardan celosamente como herencia de la familia.
Entre los textos hay contratos de compraventa de esclavos; del comercio del oro y de la sal; cartas y decretos que demuestran cómo los juristas musulmanes resolvían conflictos entre las familias y el Estado. Algunos de los manuscritos hablan de los derechos de las mujeres y de los niños.
La mayoría están escritos en árabe, aunque algunos utilizan la escritura árabe para transcribir las lenguas locales que no tenían alfabeto.
Muchos de los textos más antiguos datan del imperio de Songhay, un próspero reino que existió entre los siglos XV y XVI. Tombuctú, hace cinco o seis siglos, era una encrucijada importante para las caravanas del oro y de la sal que atravesaban el Sahara. El comercio de libros también prosperó y la mezquita Sankoré se convirtió en un centro de enseñanza, atrayendo a miles de estudiantes cada año. Algunos manuscritos dan testimonio de la presencia española en la curva del Níger. Las bibliotecas reúnen también manuscritos de Marruecos, Damasco y Egipto.
Ayudados por un clima generalmente árido, los habitantes de Tombuctú han conservado esta riqueza cultural durante siglos. Pero el tiempo está en su contra. El Sahara ha estado avanzando poco a poco hacia el sur y la arena está llenando las calles de la ciudad, contribuyendo al flooding en la breve estación de lluvias. El papel ácido y las tintas ferrosas introducidas en el siglo XIX se están quemando lentamente a través del contacto con otros manuscritos; y las termitas parecen estar por todas partes.

Los viajes de Mohamed Abana, un relato autobiográfico estremecedor del llamado "Patriarca de la Casa Vacía"
Han sido muchos años de espera, en ocasiones tensa. Hoy, es una realidad. El Fondo Kati comienza a estar al alcance del público gracias a la traducción y publicación de un conjunto de notas históricas que relatan la vida de Mohamed Abana, patriarca Quti del Siglo XIX responsable de la reunificación de la biblioteca familiar.
La traducción de estas notas históricas (obra de Ada Romero) esclarecerá la historia de la familia de los Banu al Quti y aportarán nuevos datos sobre la historia de Al-Andalus. Ismael Diadié Haidara introduce el texto histórico, aportando las necesarias claves espacio- temporales para su correcta comprensión.
Tombuctú es una ciudad (apodada «la de los 333 santos») cercana al río Níger , en la región del mismo nombre, en la República de Malí. Con sus 35.657 habitantes es la localidad más poblada de la región y la decimotercera ciudad del país.
Su situación geográfica hace de la ciudad un punto de encuentro entre África occidental y las poblaciones nómadas beréberes y los árabes del norte. Tiene una larga historia como puesto avanzado de comercio, e intersección de la ruta comercial transahariana de norte a sur.
Se hizo próspera por Mansa Musa, rey del Imperio de Malí quien se anexionó pacíficamente la ciudad en 1324.
Es el hogar de la prestigiosa Universidad de Sankore y de otras madrazas, y fue capital intelectual y espiritual y centro para la propagación del islam en toda África durante los siglos XV y XVI. Sus tres grandes mezquitas, Djingareyber, Sankore y Sidi Yahya, recuerdan la edad de oro de Tombuctú. Aunque continuamente restaurados, estos monumentos están hoy bajo la amenaza de la desertificación, ya que la ciudad está principalmente hecha de barro. Según algunos estudios, Tombuctú ha tenido una de las primeras universidades del mundo.Estudiosos locales y coleccionistas todavía cuentan con una impresionante colección de antiguos textos griegos de aquella época y en el siglo XIV fueron escritos y copiados importantes libros, estableciendo la ciudad como centro de una importante tradición escrita en África.

Manuscritos. Tombuctú 6

Existen varias teorías para intentar explicar el origen del nombre de la ciudad. Por un lado, se cree que se compone de la unión de tin, que significa "lugar" y buktu, que es el nombre de una vieja mujer maliense conocida por su honestidad y que vivió en la región. Los tuareg y otros viajeros confiaban a esta mujer todas sus pertenencias que no tenían uso en su viaje de regreso al norte. Así, cuando éstos volvían a casa y les preguntaban dónde había dejado sus pertenencias, estos respondían que las habían dejado en Tin Buktu, esto es (el lugar donde vive Buktu).
Para Abderrahamne es-Saadi la ciudad recibe ese nombre debido a que, en sus orígenes, algún bien fue custodiado por un esclavo llamado Buctú, que significa "de Essuk" (una localidad del norte de Malí, a menudo referida por historiadores árabes como Tadmakka). Por tanto, en bereber significaría (el lugar de Buctú) Otra teoría de René Basset propone que proviene del idioma bereber antiguo, en el que buqt significa (lejos), así que Tin-Buqt significaría (un lugar lejano), como lejana es una localidad en el desierto del Sahara. Para otros, como el explorador alemán del siglo XIX Heinrich Barth, la segunda parte del nombre proviene de la palabra árabe nekba, que significa (duna) significando por tanto «lugar de dunas» o (depresión entre las dunas)

La ciudad fue fundada por los tuareg en torno al año 1100 por su proximidad al río Níger como un puesto de comercio, durante la dinastía Mandinga.Tombuctú era el punto de entrada al desierto del Sahara en la ruta transahariana de norte a sur; aquí se reunían los camelleros tuareg, quienes comerciaban con la sal que traían del Mediterráneo y la intercambiaban por oro, fruta y pescado con las tribus negras que poseían dichos bienes en abundancia. La procedencia del oro con el que comerciaban estas tribus era desconocida, y sumado al hecho que no se permitía la entrada a la ciudad a los no musulmanes, originó las más diversas leyendas sobre la ciudad. Un antiguo proverbio de Malí decía:
(El oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios sólo se encuentran en Timbuctú)...Provervio maliense
Durante el siglo XIV se construyó la muralla actual y la primera mezquita. Tuvo su mayor esplendor durante el reinado de los Askia (1493-1591), con más de 100.000 habitantes de diversas etnias: bereberes, árabes, mauritanos, bambas y tuareg. Los habitantes estaban organizados en barriadas, donde se agrupaban, pero manteniendo activa la ciudad mediante el comercio.
Pero Tombuctú también fue famosa por su cultura, convirtiéndose en un centro de estudios islámicos, gracias a las diversas facultades de su universidad. Cuando la prohibición a los no musulmanes fue levantada, durante la época francesa, llegaron a su Universidad letrados y científicos de distintos lugares, españoles, egipcios, persas y de todo el Magreb.



En 1312, Mansa Musa se convirtió en el rey del Imperio de Malí, y fue él quien convirtió a Tombuctú en un importante centro comercial y en un gran centro de estudios islámicos. Entonces, el imperio controlaba gran parte de las rutas comerciales entre el oro del sur y la sal del norte; 12 años después se anexionó la ciudad y la potenció como punto de unión de estas rutas comerciales.11 Mansa Musa fue un devoto musulmán, interesado en expandir la influencia del islam. En sus primeros años como rey, envió a ciudadanos malienses a estudiar en las universidades marroquíes; al final de su reinado estos ciudadanos volvieron y establecieron sus propios centros de estudio en la ciudad.Como musulmán, ordenó la construcción de grandes mezquitas (entre ellas la mezquita de Djingareyber en Tombuctú, por el arquitecto granadino Abu Haq Es Saheli en 132612 ), bibliotecas y madrazas. Aunque el imperio malí perdió el control sobre la región en el siglo XV, la ciudad permaneció como el mayor centro islámico del áfrica subsahariana.
Si bien bajo el control de Mansa Musa la ciudad prosperó, la edad dorada de Tombuctú llegó bajo el dominio del Imperio songhay; la ciudad fue conquistada por las tropas enviadas por el rey Sonni Alí Ber en 1468. Pese a que era musulmán, no era muy popular, así que fue derrocado por Askia Mohamed, un devoto musulmán que utilizó a los estudiantes como asesores legales sobre cuestiones éticas. Bajo su reinado, la religión y el estudio ocuparon de nuevo un lugar principal en el imperio Songhay.Estudiantes de todo el mundo islámico acudieron a la Universidad de Sankore (una de las primeras de África) y a las 180 madrazas con las que contaba la ciudad, donde se enseñaba teología, ley islámica y literatura. Unos 25.000 alumnos estudiaron un riguroso programa académico.


En 1591, tropas mandadas por el sultán de Marruecos conquistaron la ciudad y otras poblaciones de la zona. La expedición estaba formada en gran medida por moriscos, al mando de los cuales se encontraba un morisco castellano conocido como Yuder Pachá; la mayor parte de estos soldados se quedaron en Tombuctú y se fundieron con la población local.13 El dominio marroquí duró casi doscientos años, al cabo de los cuales los sultanes perdieron interés por la ciudad dado que no habían llegado a controlar las minas de oro y que resultaba demasiado caro mantener el poder nominal sobre la misma y sobre la región en general.


Durante siglos la entrada a la ciudad estuvo vedada a no musulmanes. El primer europeo que entró en la ciudad fue León el Africano, un musulmán granadino que estuvo en ella en la primera mitad del siglo XVI acompañando a su tío en un viaje diplomático. El primer europeo no musulmán en entrar en Timbuctú fue el explorador escocés Alexander Gordon Laing, que salió de Trípoli en febrero de 1825 con la intención de estudiar la cuenca del río Níger. Llegó a Timbuctú en agosto de 1826 y fue obligado a marchar pocas semanas después, aunque no llegó muy lejos, pues fue asesinado en el desierto. Poco después, en 1827, visitó la ciudad el francés René Caillié, que llegó navegando por el río Níger disfrazado de musulmán. Permaneció en ella dos semanas, tomando notas que luego publicaría en su libro «Journal d'un voyage à Tombouctou» («Diario de un viaje a Timbuctú»), en el año 1830, de vuelta ya en Francia. Se convirtió así en el primer europeo en volver de Timbuctú para contarlo, aunque falleció pocos años después debido a una enfermedad contraída en África. Años antes había estado el marinero francés Paul Jubert, quien llegó a la ciudad tras sufrir un naufragio frente a las costas de Marruecos y Senegal, siendo hecho prisionero y conducido a Timbuctú, donde fue vendido como esclavo; nunca recuperó su libertad y falleció al cabo de algunos años en Marruecos como cautivo. En 1893 la ciudad cae bajo la dominación colonial francesa, no sin la resistencia de los Tuareg, que sufrieron grandes bajas. La ocupación francesa se mantuvo hasta 1960, cuando el Sudán francés se independizó con el nombre de Malí.


La ciudad de Tombuctú, pese a su historia, se enfrenta a diversos problemas de carácter natural y económico. En primer lugar, la situación de la ciudad, muy próxima al desierto, la convierte en objeto de fuertes tormentas de arena. Debido, también, a su proximidad al río Níger, Tombuctú sufre las crecidas del río que dejan a la ciudad completamente aislada. Cuando esto ocurre, tan sólo se puede acceder a ella o abandonarla por medio del transporte marítimo o cruzando el desierto.
Esto entre otras muchas circunstancias hace que  Tombuctú permanezca en el olvido.
http://megaconstrucciones.net/?construccion=tombuctu#ixzz4654EYKOT
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