sábado, 24 de septiembre de 2016

GOETHE...UNA MUJER PARA UN MITO


A partir de ahora, lo que me quede de vida será puro regalo -me dijo–. En el fondo, ahora ya da igual lo que todavía pueda hacer, si es que llego a hacer algo.”

Según Eckermann estas son las palabras que pronunció Goethe  cuando, en junio de 1831, dio por finalizada la segunda parte del Fausto y con ello por concluida la obra de su vida: Fausto. El polifacético escritor alemán, deja claro que ello significaba, también, poner un colofón a su obra, e incluso a su vida; ya que él mismo la consideraba su Opus mágnum.
El Dr. Fausto era un personaje histórico y popular en Alemania siendo básicamente considerado un filósofo aventurero pseudohumanista y pseudomédico con algo más que tendencias hacia la magia y alquimia, que llevó una vida errabunda e irregular y se hizo famoso gracias a sus baladronadas que fueron dejando una huella indeleble en la imaginación del pueblo. Su nacimiento se sitúa en Knittlingen (Würenberg) hacía 1480, Melanchton su contemporáneo menciona que estudió en Cracovia donde por aquellas fechas aún se incluía la magia como materia de enseñanza. En 1540, al parecer en Stauen, se produjo su muerte en torno a la cual fue creciendo la leyenda de que ésta no había sido natural sino obra del diablo pues su cadáver fue descubierto en el suelo ya rígido y boca abajo. El personaje fue considerado la encarnación viviente del espíritu alemán de la época y, aunque contradictorio y caótico, atraía su fuerte individualismo que le hacia poseedor de una gran fuerza capaz de romper moldes pero con una conciencia obsesionada por el problema religioso lo que le mantenía en una lucha continua entre lo sacro y lo profano. 

                                                                  Doctor Faust. Ilustración S. XIX.

Goethe conocía la historia y/o leyenda desde su juventud, y así lo menciona en Poesía y Verdad, al parecer la historia se difundía en folletos de pocas páginas que se vendían por toda Alemania en las ferias y que el propio poeta nos describe como: “impresos en una especie de papel secante

                                          Versión popular de Fausto

Lo cierto es que desde que en Johann Spitz, en 1587, publicó lo que se considera el punto de partida de todos los desarrollos posteriores y que vulgarmente se conoce como: El libro de Fausto; el tema fue tratado en varias ocasiones y de muy diversas formas. No obstante, el personaje, en manos de Goethe se transforma y aún manteniendo sus aspectos esenciales, incluso los más oscuros, es cuando adquiere su verdadera dimensión y acaba por convertirse en la representación del alma del hombre moderno en la búsqueda del conocimiento y de si mismo.
Pero Fausto no es el único personaje de esta historia, y sabemos que Goethe dedicó mucho tiempo a construir otros también importantes, como Mefistófeles o Wagner, su famulus, y, por supuesto, los de las mujeres con las que Fausto pretende conseguir la felicidad: Margarita y Helena. Cada una de ellas compartirá con Fausto una de las partes de la obra, fueron creadas en etapas muy diferentes de la vida de su autor: Margarita es una creación de su juventud y Elena de su madurez.
En palabras del propio Goethe el tema del Fausto surgió al mismo tiempo que el de Werther durante su estancia en Wetzlar, entre 1773 y 1775, de manera que cuando llegó a Weimar ya llevaba casi escrita la primera parte: “en papel de carta y sin tachar ni una línea, pues me guardé de anotar una sola frase que no fuera buena y no pudiera quedarse tal como está”. Esto incluye, la mayor parte, del episodio de Margarita; Santoli menciona en su estudio, sobre el personaje que, sin duda Goethe, refleja en él un suceso real que tuvo lugar durante su estancia en Francfort que le causó viva impresión: la ejecución, por infanticidio, de Susana Margarethe Brandt; una pobre muchacha que había sido seducida y abandonada. En la actualidad, para entender esto, conviene conocer la respuesta que Saint-Victor, en su obra Las Mujeres de Goethe, da a la pregunta: ¿quién es Margarita?, que no es otra que: “una pobre hija del pueblo, sencilla é ignorante, que se deja seducir sin resistencia, se vuelve loca, y comete un infanticidio. Las gacetas de los tribunales narran diariamente historias parecidas a la suya“, esto pone de manifiesto que este tipo de suceso era bastante habitual en la época. El episodio de los amores de Fausto con una joven del pueblo, llámese Margarita o no, fue apareciendo y/o desapareciendo en las diferentes versiones que, sobre el tema, fueron publicándose; sabemos que en la de Johannes Nicolaus Pfitzer, de 1687, se incluye ya un vano amor del protagonista por una muchacha pobre en el que quizás esté su primer germen; sin embargo, el drama que escribió Marlowe en 1588 no lo incluía y será, sin duda, Goethe quién dé al personaje de Margarita carta de naturaleza.

                                     Margarita entrando en la Iglesia. Ilustración Saint Victori. 1883

                                                             Margarita en la Iglesia. Von Kreling

Una vez que Mefistófeles cumple el primer requisito de su pacto con Fausto y cuando, tras las necesarias transformaciones, éste se ve joven, agraciado y atractivo; tiene lugar su primer encuentro con la joven; que sale de la Iglesia después de confesarse ; sus caminos se cruzan en la calle, y Fausto intenta la conquista desde ese mismo instante; pero sus requiebros no convencen a la joven que escapa sola hacia su casa 
                                           Encuentro de Faust y Margarita. L. Alma-Tadema. 1857

                                                 Encuentro de Fausto y Margarita. Tissot. 1860.

La aparición de Margarita es importante ya que el autor nos la presenta resaltando sus principales características y lo primero que Goethe destaca en ella es su religiosidad y recato.
Los sentimientos de Fausto hacia ella no están definidos en estos primeros momentos, únicamente estamos ante un joven que tras recuperar su juventud persigue los placeres de la vida y tras quedar deslumbrado por los encantos de una joven siente la necesidad de conquistarla y poseerla; nada sabe de ella; pero de inmediato se siente atraído y le pide a Mefistófeles, quien se ha comprometido a cumplir todos sus deseos, que la consiga para él. Sin embargo, éste, que ha espiado a la muchacha y ha escuchado su confesión sabe de su bondad e  inocencia y conoce su escaso poder sobre ella, lo que le lleva a plantear a Fausto las dificultades de la empresa y la ilicitud e inmoralidad de sus pretensiones. Fausto resalta la extrema juventud de Margarita cuando manifiesta que la joven: “ bien pasará de los catorce años“. Esta referencia es significativa y hoy día su seducción daría lugar a algo más que a un conflicto emocional única consecuencia que el episodio tendrá para Fausto.   
Mefistófeles le planteará la necesidad de organizar el acercamiento a la joven para que no recele y así cumplir los deseos de Fausto. Empieza por introducirle en los aposentos de Margarita, que Goethe describe como un santuario, y mediante las observaciones de ambos puede apreciarse que la joven es ordenada y aseada; este humilde y modesto hogar es para Fausto un reino celeste al estar habitado por ella. Siente cómo se le oprime el corazón cuando inconscientemente percibe sus verdaderas intenciones dando muestra de ello con sus palabras: Y tú ¿qué te ha traído a este sitio? ¡Cuan íntimamente conmovido me siento! ¿Qué quieres, qué buscas aquí? ¿Por qué se te oprime el corazón? ¡Miserable Fausto! No te reconozco ya. ¿Es un mágico efluvio lo que aquí te envuelve? Un vivo impulso me arrastra en derechura al goce, y ahora siento derretirme en un sueño de amor. ¿Somos acaso juguete de cada soplo de viento? ” . La inmediata llegada de Margarita interrumpe la escena y les hace salir, con cierta precipitación, de los aposentos; no sin antes dejar en el armario de la joven una cajita con joyas, pensando que este regalo le hará perder la cabeza facilitando así sus propósitos. El cofre producirá sus efectos en Margarita aunque, quizás no solo por las joyas en si mismas, aunque tengan su atractivo dada las escasas de posibilidades de obtenerlas de otra forma, sino más bien porque su origen y procedencia la intriga y desconcierta.

                                                         Margarita en el espejo. Bouguereau. 1868

No obstante, al descubrirlas su madre, se ve obligada a desprenderse de ellas entregándolas a la Iglesia ya que según palabra de su madre: “ hija mía los bienes mal adquiridos turban el alma y consumen la sangre. Ofrezcamos esto a la Madre de Dios, y ella nos deleitará, con el maná celestial.”
El siguiente paso empleado por Mefistófeles en el acercamiento a Margarita pasa por apoyarse en una mujer de cierta edad, con ascendencia sobre ella, que de alguna manera rebaje el nivel de recelo de la niña y, que en cierta medida, haga las veces de intermediaria o celestina; en este caso será Marta, mujer que se acomoda a esos requisitos y por ende vecina y confidente de la niña la que acabará por introducir en su casa a Mefistófeles y a Fausto favoreciendo la seducción. Personaje de gran tradición en la literatura universal; Marta es descrita por Mefistófeles al plantear a Fausto su segundo encuentro con Margarita: “ Dentro de poco Margarita es vuestra. Esta tarde la veréis en casa de su vecina Marta. Es una mujer, ésta, que ni hecha de encargo para el oficio de alcahueta y gitana

                                                           Margarita. Martha Von Liezen-Mayer
Por este sistema Fausto consigue el amor de Margarita, paseando por el jardín de la casa de Marta, y por boca de la inocente niña conoceremos más detalles sobre su carácter y su vida. En primer lugar pone de manifiesto sus dudas sobre el interés que demuestra tan  alto y elegante caballero hacia su persona: “Bien comprendo que el señor guarda muchas atenciones conmigo y se humilla hasta llegar a confundirme. Tan habituado está un viajero a mostrarse complacido por delicadeza con lo que halla… Harto se que mi pobre conversación no puede halagar a un hombre tan instruido.” Con estas palabras reconoce la joven la diferencia de clase e instrucción existente entre ambos; para pasar a continuación a mostrar su descontento por sus manos rudas y estropeadas con el trabajo casero que realiza con una madre tan exigente como la suya. Fausto desdeña las conversaciones a que ella alude, y añade que a veces son fruto de la fatuidad y de una inteligencia limitada, destacando los valores de la sencillez, la inocencia, la humildad y la modestia, sublimes dones que posee Margarita, que le han sido otorgados por la bondadosa Naturaleza. 

                            Margarita y Fausto en el Jardín. Tissot
 La joven le cuenta cómo transcurre su humilde vida; ella arregla la casa, ya que no tienen sirvienta, cocina, barre, hace media, teje, cose; esto le supone mucho trabajo dada la minuciosidad de su madre; aunque la pequeña fortuna que dejó su padre al fallecer, la casita y el pequeño huerto permitiría, en su opinión no reducirse tanto. Tiene un hermano soldado y su hermana pequeña falleció; al parecer nació tras la muerte de su padre y como su madre había quedado tan postrada fue ella la que tuvo que hacerse cargo de la criatura; la cuidaba como si fuera una madre, atendiéndola día y noche. Goethe presenta en Margarita, de forma bastante marcada, dos características que aparecen en también muchos de sus personajes femeninos: la orfandad y la santidad; que están también presentes en la Carlota de Werther, su Otilie de Las Afinidades Electivas, Natalia y, en cierto modo, Mignon de Los Años de aprendizaje de Wilhelm Meister. Además de esto, sin duda, el personaje presenta muchas de las características propias del denominado: Ángel del hogar, imagen de la mujer típica y tópica a partir del siglo XIX.
Margarita aunque no comprende como puede atraer a Fausto una humilde pobre niña ignorante, no puede refrenar su amor hacia él, en su aposento junto a la rueca reconoce el hecho, para ello Goethe pone en sus labios las palabras y el sonido del mejor de sus Lied: “Oprimido está mi corazón, huyó de mí, el sosiego; nunca lo recobraré, nunca, nunca, más./ Allí donde no le tengo a él, es para mí la tumba; el mundo entero está para mi lleno de amargor y besarle cual yo quisiera aunque hubiese de morir en sus besos!” 

                                                                        Margarita. Rusiñol

El jardín de Marta es el lugar elegido para los siguientes encuentros de los amantes, allí Margarita caerá en brazos de Fausto y accederá a dar el siguiente paso, ideado por Mefistófeles, para su seducción; su voluntad está ya en manos de su amado y, aunque con cierto temor, accede a administrar unas gotas de la pócima, que éste le entrega, para provocar en su madre un sueño reparador que impedirá que descubra sus amores. Antes de entregarse a él, Margarita le pregunta si cree en Dios y su respuesta es tan ambigua e inconcreta que provoca que ella, ansiosa por creer que su respuesta es afirmativa, la interprete del modo  mas ajustado a sus deseos; mencionando que habla como si fuera el sacerdote aunque usando otras palabras. Menciona también, a su amado, el desagrado que le produce su acompañante, expresándolo de forma que permite intuir en ella una especie de sexto sentido: “Ese hombre que tienes a tu lado, me es odioso en lo más profundo de mi alma. Nada en mi vida me ha dejado una punzada tal en el corazón como la facha repulsiva de ese hombre.” Saint-Victor interpreta que aquí Goethe presenta esa antigua enemistad que Dios, en el Génesis, infunde a la mujer contra la serpiente: “Te aplastará la cabeza y le morderás el talón.”

                                                           Faust y Margarita. Delacroix. 1828 
La desgracia de Margarita acaba por consumarse, se inician los encuentros nocturnos con Fausto y con ellos la invade un sentimiento de culpa; que se ve agravado por las conversaciones  y críticas que algunas mozas del pueblo, con las que coincide en la fuente, vierten sobre otra joven, Bárbara, que se ha dejado seducir por un galán y paga su culpa con la penitencia que le ha impuesto la Iglesia y que, vestida con su sayal de pecadora, intenta pasar desapercibida en rincones oscuros del templo. Goethe recoge aquí lo que parece era costumbre en Alemania: el humillante castigo que sufrían las madres solteras, que debían vestir un sayal de penitencia debiendo aparecer con él y una corona de paja en el atrio de las Iglesias. El desenlace final será trágico; ella misma causará la muerte de su madre dándole más gotas de las debidas al intentar inducirla al sueño; e indirectamente la de Valentín, su hermano, a quien Fausto dará muerte con su espada cuando éste descubre sus furtivas visitas a su hermana. Tras este suceso Margarita, transida de dolor y con la razón perdida vagará con su pena y acabará dando muerte, también, a su hijo, fruto de sus amores con Fausto, lo que provocará su encarcelamiento y condena. 
                                                         Margarita Mater Dolorosa. Von Kaulbach 
Entonces, curiosamente, Fausto descubre que su amor por Margarita es más profundo de lo que él mismo se imaginaba e intentará salvarla de la muerte; pedirá a Mefistófeles que le introduzca en la prisión donde se encuentra la joven y que prepare su fuga; intentará con todo su afán que Margarita le siga, pero ésta, al igual que Ofelia en Hamlet, ha perdido la razón y aparece trastornada, incoherente, musitando frases inconexas y entrecortadas con las que relata a su amado sus actos: “Dí muerte a mi madre, ahogué a mi hijo. ¿No nos fue dado a ti y a mí? Sí, a tí también… ¿Pero eres tú? Apenas lo creo… Dame la mano… No, no es ensueño. Es tu mano querida… ¡Ah! Pero está húmeda. Enjúgala. Paréceme que veo sangre en ella. ¡Dios mío! ¿Qué has hecho? Envaina la espada te lo ruego“. Margarita, en su delirio sigue hablándole e indicándole lo que debe hacer cuando ella muera:  De esto has de cuidar mañana mismo. El sitio mejor lo darás a mi madre; al lado de ella pondrás luego a mi hermano; a mí un poquito separada, pero no muy lejos, y al pequeñuelo, a mi derecha, sobre mi pecho. Nadie más reposará cerca de mí… Estar a tu lado, unidos en estrecho abrazo, ¡qué dulce, qué deliciosa felicidad fue aquella! Pero nunca más habré de lograrla. Siento como si debiera hacer un esfuerzo para llegarme a tí, y se me figura que me rechazas de tu lado, tanta ternura!…”
Los intentos de Fausto para que Margarita le siga son vanos, ella continúa con su delirio; relatando su muerte y haciéndole sentirse cada vez mas culpable y más enamorado haciéndole, incluso, desear no haber nacido: “[…] Penetra la luz de mi día postrero. Este debía ser el de mis bodas. No digas a nadie que has estado en casa de Margarita. ¡Pobre guirnalda la mía! Ya está hecho. No hay remedio. Nos volvemos a ver, mas no será en el baile. La muchedumbre se apiña; no se la oye. La plaza, las calles no pueden contenerla. La campana está llamando, quebrada está la varilla. ¡Cómo sujetan y agarrotan! Ya me llevan al sangriento banquillo. Todos creen sentir en su nuca el filo de la cuchilla que se levanta sobre la mía. El mundo entero enmudece como una tumba!” 

                                                        Fausto  y Margarita en la prisión. Delacroix

La inesperada aparición de Mefistófeles, cuando intenta que, al menos, Fausto salga de allí, permite a la joven vislumbrar las puertas del mismo infierno aumentando su desasosiego y precipitando el desenlace, Margarita muere pidiendo al Padre Celestial la salvación; Mefistófeles pronuncia un ¡Está juzgada! y una voz desde lo alto sentencia: ¡Está Salvada!

                                                         Salvación de Margarita. Hense
Esta es la Margarita que Goethe presenta en la primera parte del Fausto, una muchacha del pueblo, laboriosa, maternal, inocente y gentil, en la que se ha querido ver representada el prototipo de la joven alemana de la época, aunque, quizás sea Dorotea la protagonista de Hermann y Dorotea la que más se ajuste a este modelo.
Margarita volverá a aparecer en la segunda parte de la obra, desde el Paraíso donde está totalmente redimida, actuará del mismo modo que la Beatriz de Dante en la Divina Comedia; hará posible la redención de Fausto; sigue sin comprender el mundo sin su amado y por ello su más ferviente deseo es estar a su lado; de ahí su ruego a la Virgen: “¡Dígnate, Madre mía, volver los ojos propicios á mi felicidad! ¡El hombre a quien amé en la tierra, ha vuelto a mí.”, a lo que la ella responde: “Ven, elévate a las esferas superiores; si él te reconoce, te seguirá.” Y de esta forma al igual que una niña muerta a los nueve años, reveló a Dante los misterios de la Eternidad; una pobre e ignorante muchacha, introduce a Fausto en el seno de Dios.
El personaje de Margarita, como muchos de los que aparecen en las obras de Goethe, tiene algo de la propia esencia de su autor; él mismo, en cierta ocasión hablando con Eckermann manifiesta su opinión sobre la creación de los personajes en general:” En los personajes subyace cierta necesidad, cierta consecuencia, gracias a las que una característica esencial de un personaje provoca otras características secundarias. Esto es algo que la experiencia demuestra una y otra vez, pero puede que algunos individuos tengan un conocimiento innato de ello. No voy a entrar a dirimir la cuestión de si en mi caso lo innato se ha unido a la experiencia, pero sí sé una cosa: cuando le he hablado a alguien quince minutos, estoy dispuesto a dejar que él me hable dos horas.”
Goethe pensaba que el conocimiento de los sentimientos elementales como: el amor, el odio, la esperanza, la desesperación y cualquier otro relacionado con las pasiones del alma era siempre innato en el verdadero poeta; lo que le permite describirlos de manera coherente. Pero, por el contrario no tendrá conocimientos innatos relacionados con cuestiones relacionadas con cosas como: la administración de justicia, el funcionamiento del Parlamento, el protocolo de la coronación del emperador, por ello, para ser verosímil en esta clase de cosas, el poeta debe utilizar su propia experiencia o el aprendizaje por medio de la tradición escrita. De esta forma los sentimientos amorosos entre Fausto y Margarita pertenecerían al ámbito de lo innato; no sucede lo mismo con otras características cuyo conocimiento se debería en mayor medida al conocimiento empírico. Cabria por tanto vincular a Margarita con mujeres reales con las que, de un modo u otro, el autor se relacionó a lo largo de su vida; y dada la época y el lugar en que escribió esta parte de la obra, sin duda, Goethe para la creación de este personaje bien podría haberse inspirado en Charlotte Bluff, de la que se enamoró perdidamente pero a la que debió renunciar por ser la prometida de un amigo personal que fue también fuente de inspiración para el personaje de Carlota en Werther; situación que, en última instancia, provocaría su partida, o fuga, a Weimar en 1775. 

                                                     Goethe. 1773





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