martes, 12 de julio de 2016

EL LIBRO DE LA CAZA DE GASTON PHÉBUS


El Libro de la caza fue escrito o, mejor dicho, dictado a un escriba, entre 1387 y 1389 por Gaston Phébus, conde de Foix y vizconde de Bearne, y dedicado al duque de Borgoña, Felipe II el Audaz. Hombre de compleja personalidad y vida tumultuosa.
El Libro de la caza fue, hasta finales del siglo XVI, el “breviario” de los seguidores del arte de la caza o la cinegética. Se trata de un manual de instrucciones para los cazadores, estructurado en siete capítulos enmarcados por un prólogo y un epílogo, que describe en detalle cómo llevar a cabo una cacería. Escrito para los jóvenes aprendices, el texto presenta una enseñanza concisa pero con la vivacidad y el interés propios de a quien le apasiona la temática. Gaston Phébus no se olvida de la importancia de los animales que participan en las monterías, especialmente la de los perros, fieles compañeros de los cazadores. Transmite sus conocimientos acerca de las distintas razas y sus respectivos comportamientos, cómo entrenarlas, cómo darles de comer e incluso cómo tratar sus diversas enfermedades. Resulta patente que la caza, afición por excelencia de cualquier señor de la Edad Media, no es solamente un pasatiempo, sino que conlleva muchas habilidades y cualidades tanto humanas como profesionales.
Gran cazador, el señor medieval era también aficionado a las obras de caza y de cetrería. En Inglaterra, Italia y Alemania así como en Francia, los libros de este tipo abundaban, repetidamente traducidos de una lengua a otra, conformando un acervo de manuscritos a veces admirablemente ilustrados. Uno de los mas celebres, sino el que mas, es probablemente  El libro de caza de Gaston Phébus, conde de Foix. 
Este tratado de caza fue escrito entre 1387 y 1389 por el conde de Foix, Gaston III (1331-1391), llamado Gaston Phébus (Febo, a causa de sus cabellos de oro o de sus hermosas facciones). Este gran señor poeta, hábil político y buen administrador, amigo y protector de las artes y las letras, vive rodeado de una corte fastuosa. Es también un hombre violento, responsable de la muerte de su único hijo. Formado en los ejercicios más brutales, es un gran cazador. Con esta experiencia y pasión es que Gaston de Phébus, a la edad de cincuenta y siete años escribe este tratado personal, en un excelente francés puntuado de algunos caracteres normandos y picardos, dado que su lengua materna es la lengua de Oc hablada a finales del siglo XIV en el condado de Foix. En su libro pasa revista a todos los aspectos de la caza medieval: animales a cazar, perros, pajes , lacayos , monteros, trampas..etc. La obra está dedicada a su compañero cazador y guerrero Felipe el Atrevido (1342-1404), duque de Borgoña. Se compone de cuatro libros: “Bestias mansas y salvajes”, “sobre la naturaleza y el cuidado de los perros”, “Instrucciones para la caza con perros” y “Caza con trampas, lazos y ballesta”.
Cuarenta y cuatro manuscritos del Livre de Chasse son conocidos actualmente, la mayoría del siglo XV y algunos de comienzo del siglo XVI. La Biblioteca Nacional de Francia conserva en el departamento de manuscritos dos ejemplares de esta obra con las signaturas de ms. Fr.619 y ms. Fr.616. Concretamente el segundo de ellos es con seguridad una copia del ejemplar original del autor y el más antiguo de los conservados, iluminado por el mejor artista de Aviñón contemporáneo del autor, preciso en el trazado y puesta en escena y capaz de conseguir con naturalidad las actitudes de hombres y animales, las miniaturas están perfectamente adaptadas al texto. 
Las 128 hojas del manuscrito están escritas a dos columnas de 40 líneas en escritura gótica. Las ochenta y siete miniaturas del manuscrito francés 616 son de excelente calidad.  
Este manuscrito pudo haber sido encargado por el hijo de Felipe el Atrevido, Juan sin Miedo , como un regalo para Louis d'Orléans . Si es así, la fecha seria antes del 23 de noviembre 1407, cuando Luis fue asesinado en París. Años más tarde cayó en manos de un duque de Bretaña, probablemente Francisco II, quien agregó su rúbrica en el folio 4. Antes de 1492 fue adquirido por los Reyes Católicos de España, que añadieron su escudo de armas a la primera página del libro.
Las miniaturas del Libro de la caza fueron encargadas a varios artistas, entre ellos un grupo llamado «corriente Bedford», del que destaca el Maestro de los Adelfos, por su sentido de la observación y la estilización decorativa, que hacen de sus trabajos ejemplos muy representativos del estilo gótico internacional. También asociado a este grupo identificamos al Maestro de Egerton, de estilo cercano al de los hermanos Limbourg. Por último, creemos poder distinguir también al Maestro de la Epístola de Otea, cuyas obras son reconocibles por su textura pictórica gruesa, muy diferente de la factura suave propia de la «corriente Bedford», con la cual parece haber colaborado únicamente en este manuscrito.
Dominando a la perfección los códigos de representación de la Edad Media, los miniaturistas ponen su arte al servicio del proyecto pedagógico de Gaston Phébus. Los segundos planos están bellamente decorados con miniaturas que recuerdan a los tapices de la época, pero en pequeño formato. No se busca tanto representar un espacio real como hacer hincapié en la jerarquía de valores. Todo está calculado y se refleja en un discurso coherente. El paso del tiempo está bien evocado por las diferentes edades de los personajes, sus actividades, sus relaciones y su situación en el espacio; se establece así un paralelismo entre la caza y el proceso de aprendizaje de la vida. El carácter mimético y a la vez ordenado de los elementos confiere al conjunto mucha entidad y cierto aire de serenidad, guiando al lector para que éste descubra los secretos de una montería bien desarrollada. Más allá de una lección de caza, lo que se ofrece es una lección vital.


El manuscrito fue entregado a Fernando e Isabel, unos años antes de 1492, cuando recuperaron Granada y se ve añadido su símbolo a su escudo de armas. La iluminación fue encargada a un artista castellano relacionado con Juan de Carrión, para realizar este ex libris  en el manuscrito. Los emblemas en el borde interior reflejan el vínculo conyugal de los monarcas, para cada uno se utiliza la inicial del otro: Fernando, el yugo (IUGO, la I) e Isabel, la flecha (flecha, la F). Los animales en el borde exterior ofrecen un preludio al manuscrito, ya que han sido tomadas de sus miniaturas.


Siguiendo una larga tradición medieval que se remonta a la antigüedad, el manuscrito comienza con un retrato del autor. Aquí está sentado en un trono elaborado, en una composición que ha sido comparada con una Maiestas Domini. En lugar de los nueve coros angélicos, sin embargo, hay nueve cazadores y perros, en lugar de los símbolos de los evangelistas. En la parte inferior son ocho los cazadores y tres perros. Entre los perros, sabuesos, galgos, perros de aguas, y alanos. La miniatura precede el prólogo, en el cual Febo invoca a la Trinidad y la Madre de Dios, y habla sobre las virtudes de la caza. Mediante la superación de la ociosidad, el cazador debía evitar los siete pecados capitales, podía saborear el aire fresco de la mañana, experimentar el gozo de una caza exitosa, disfrutar de la comida de celebración, y dormir tranquilo, sin ser molestado por los malos sueños. Los cazadores también viven más tiempo y entrar en el Paraíso al morir


Febo identifica dos tipos de cabras salvajes, la cabra montesa y el rebeco, y pensó erróneamente que estaban relacionados. Este último se distingue por sus cuernos cortos, en forma de gancho. Los campesinos utilizan sus pieles para hacer ropa y zapatos, y, si nada más estaba disponible, se comían su carne como alimento. Febo despreciada la carne de cabra, alegando que causaba la fiebre. Ya que estos animales vivían en lugares altos y escarpados podían superar a los perros, y era difícil cazarlos. En el fondo se ven los tejados y las torres de un pequeño pueblo pirenaico.

Perros sanos son esenciales para el éxito en la caza, por lo tanto, Febo dedica un largo capítulo a sus enfermedades y remedios. Los perros son susceptibles a la locura y una variedad de rabia, ambas mortales. En la miniatura, los perros son atendidos en diversas formas. En la parte superior, un hombre de la perrera examina la boca de un perro, mientras que otros recortan una pata o examinan un ojo. En la parte inferior, los perros reciben un baño de pies (para endurecer las pesuñas), se someten a un examen del oído, y son inspeccionados para asegurarse de que están libres de espinas y de parásitos.


Febo recomienda comenzar el entrenamiento de los cazadores a la edad de siete a doce años con una relación de los perros de caza, y cree que es más fácil retener lo aprendido a esa edad. Sostiene que "lo que un hombre aprende en su juventud, mantendrá mejor en su vejez." Un buen maestro que ama y es conocedor de los perros, también se considera crucial. La página da una lista con los nombres de los perros, que también deben ser capaces de reconocer a simple vista y por su ladrido. En la miniatura, el maestro instruye a un grupo de estudiantes, ninguno de los cuales parecen ser de esa edad. Dos de ellos, incluyendo a un hombre con barba, mantienen rollos de pergamino con los nombres de los perros que iban a aprender de memoria.


La perrera debe ser lo suficientemente grande para dar cabida a varios perros, tiene dos puertas, la que está en la parte delantera sólo se utilizaba para la caza, mientras que la de la parte posterior se mantiene abierta, permitiendo a los perros jugar y hacer ejercicio en un prado pequeño cercado. Era el deber del criado limpiar las jaulas cada mañana, proveer de agua fresca dos veces al día, y cambiar la paja de las camas, cada tres días. El criado duerme con los perros para evitar que se peleen. El desván mantiene caliente la perrera en el invierno y fresca en verano.


Los perros, también, tienen que ser entrenados para la caza. Esto se hace con la ayuda de un "perro de rastreo", que ha localizado (en las escena representada), el olor de un ciervo macho durante la noche. El maestro, en el medio, alienta al bernes o sabueso de montaña, y lo separa del resto de los perros que le siguen. A los perros no se les permitía ir por mal camino, y los vagos iban a ser aguijoneado con gritos y llamadas. El berner seguirá el rastro hasta localizar a la presa.


La preparación para la reunión, o el desayuno antes de la caza, comienza la noche anterior, cuando el noble se reúne con sus cazadores, los caballerizos, y los lacayos, asignándoles tareas para el amanecer. Después de los preparativos, los participantes se reunían en un claro cercano con buena sombra o un arroyo. Una buena comida es disfrutada por todos. En la miniatura, el noble, elegantemente vestido, flanqueado por dos cazadores, está sentado en una mesa larga y se sirve la bebida y la comida mientras un músico toca un caramillo. Lo más importante, sin embargo, es el lacayo que se acerca a la mesa por la izquierda, y que presenta los excrementos que ha encontrado, cuya observación permitirá a los cazadores elegir el ciervo que se ha de seguir. Los perros están cerca de una poza, bebiendo agua, y los caballos están listos, esperando a que comience la caza.


El rastreador, con su sabueso, ya ha localizado y acorralado al ciervo. Aquí dos cazadores a caballo, hacen sonar sus cuernos y comienza la caza. Un cazador de a pie, que ya ha desatado dos perros, también sopla el cuerno. Detrás de él, otros tres se preparan para añadir otros siete perros para la caza. Los dos cazadores montados llevan espada. Al toque de muerte, uno de ellos va a usar su espada para matar al ciervo exhausto.


Los corzos se cazan generalmente a la vista, por lo que los servicios del rastreador y su perro son innecesarios. Cuando un cazador descubre un corzo rompe una rama o marca el sitio de alguna manera para que los otros cazadores localicen el lugar. Cuando los perros han sido llevados al sitio de la caza se les incitan verbalmente. En esta miniatura dramática, el cuerno ha sonado y los perros persiguen con entusiasmo el corzo. Febo considera la caza del corzo similar a la del ciervo, pero el primero exige una mayor perseverancia por su astucia superior y resistencia. Por esta razón, los perros debían ser alimentados antes de la caza y su maestro debía animarlos con particular afecto.


Los spaniels se utilizaban usualmente para atrapar a los conejos o para llevarlos a sus madrigueras. Varias formas fueron diseñadas para conducir después a los conejos desde sus madrigueras a las redes o a las manos de los cazadores. El mozo de caballerías vestido de azul en la esquina superior derecha, por ejemplo, deja caer un hurón en una madriguera de conejo, lo que hace los hace huir. El hurón tenía que llevar bozal, porque de lo contrario se daría un festín con el conejo y este se quedaría ilocalizable en su madriguera. Si el uso del hurón no conviniera, los conejos pueden ser ahumados por la quema de una bolsa de pergamino pequeño que contiene una mezcla de arsénico, azufre amarillo y mirra que se tira dentro de la madriguera, como se muestra en la esquina superior izquierda. Un hombre tiene dos conejos muertos colgando de un palo, mientras que otro ha atado las patas traseras de los otros tres conejos juntos y está a punto de suspenderlos de su bastón.


La caza del jabalí podría tomar mucho tiempo, parte de la estrategia era cansar a los animales antes de golpear, tanto para ahorrarle a los sabuesos la muerte o lesiones graves, como para proteger a los cazadores. Febo sugirió que los jinetes que parcipan en la caza del jabalí, eviten la dirección en la que había sido arrojada una lanza, pues había visto caballos y jinetes muertos por lanzas errantes que caen al suelo empalando al caballo. En la miniatura, tres armas diferentes van a ser utilizadas: uno de los nobles usa su lanza y el otro una espada, el cazador a pie acaba de cargar la ballesta con una flecha de su carcaj. Un conjunto de ocho perros de caza se une a la cacería.



La idea detrás del uso de un carro camuflado era permitir acercarse a los cazadores a sus presas. Debido a que los animales de caza estaban acostumbrados a las ruedas sólidas de un carro de granja, Febo consideraba aquellos con ruedas de radios y llantas de hierro, como los más adecuados, ya que hacen más ruido y atraen la curiosidad de los animales. Ramas con hojas se utilizan para camuflar el carro, así como el caballerizo montado en el caballo de tiro. A fin de integrarse, tanto el ballestero como el caballerizo iban vestidos de verde.
A lo largo de su historia, el manuscrito ha cambiado en numerosas ocasiones de propietario: Aymar de Poitiers (finales del siglo XV); Bernardo Cles, obispo de Trento, quien poco antes de 1530 regaló el manuscrito a Fernando I de Habsburgo, infante de España y archiduque de Austria, hermano de Carlos V. En 1661, el marqués de Vigneau regaló el Libro de la caza al rey Luis XIV (r. 1643-1715), quien mandó conservar el manuscrito en la Biblioteca Real. En 1709 se extrajo de la biblioteca y fue a parar a manos príncipe heredero de Francia, el duque de Borgoña, quien a su vez lo archivaría en el Cabinet du Roi. En 1726, el manuscrito reaparece en la biblioteca del castillo de Rambouillet, en posesión del hijo natural de Louis XIV, Luis Alejandro de Borbón. Tras su muerte lo heredó su hijo, el duque de Penthièvre. Más tarde perteneció a la familia Orleans y finalmente al rey Luis Felipe, quien en 1834 lo llevó al Louvre. Tras la revolución de 1848 fue devuelto a la Biblioteca Nacional.

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