jueves, 9 de junio de 2016

TARTESSOS EL ENIGNÁTICO PUEBLO DESAPARECIDO

Nombre con el que comúnmente se designa a una civilización y/o población que floreció en la Baja Andalucía aproximadamente al tiempo que comenzaba la época de las colonizaciones fenicias y griegas por todo el Mediterráneo. Realmente, el nombre de Tartesos o Tartessos representa un enigma que las investigaciones arqueológicas e historiográficas han ido cubriendo de veracidad desde que el historiador alemán Adolf Schulten iniciase la búsqueda de la mítica ciudad a la que los griegos veneraban como la más fértil y rica de toda Europa, identificándola con alguna de las existentes en el valle del Guadalquivir. Posteriores estudios lingüísticos, arqueológicos e históricos llevados a cabo por destacados investigadores (Juan de Mata Carriazo, Manuel Gómez-Moreno o, más recientemente, Juan Maluquer, Jaime Alvar o José María Blázquez) han intentando la difícil tarea de separar el grano de la paja, esto es, rastrear las evidencias históricas desde los textos y las leyendas, que se cuentan por centenares referentes a la riqueza de Tartesos. En las siguientes líneas, por lo tanto, se tratará de explicar el fenómeno tartésico desde todos los puntos de vista posibles, tanto historiográficos como míticos o legendarios.
Dejando de lado la problemática que identifica a Tartesos con la Tarsis bíblica (vía que, por el momento, parece descartada), el testimonio más antiguo que las fuentes griegas ofrecen sobre Tartesos proceden del poeta Estesícoro de Himera, que vivió entre los siglos VII y VI a.C. 
El vate heleno manejó, sin duda, tanto los testimonios de Plinio el Viejo como la monumental Theogonia de Hesíodo, en la que Tartesos aparecía como un río cercano a Erytheia, una de las tres islas en las que, en la época, estaba dividida la ciudad de Cádiz. La localización de Tartesos como un río (el Guadalete o, quizá, el Guadalquivir) queda avalada por la opinión del más famoso geógrafo griego: Estrabón, que también se pronunció en la misma dirección. No ha faltado tampoco quien ha identificado al río Tartesos con el río Tinto, debido a la riqueza de sustancias minerales que éste transportaba (y aún lo hace) y que, en este sentido, daría un argumento lógico a la proverbial riqueza tartésica.
Fue Hecateo de Mileto (VI-V a.C.) el primero en hablar de Tartesos como un país, dejándolo a la misma altura que Etruria o Iberia; Heródoto, el Padre de la Historia, duda en aplicar a Tartesos el calificativo de chora ('chora', "país") o emporion ('emporion', "lugar de mercado"), añadiendo más confusión al término. El primero en hablar de Tartesos como una polis ('polis', "ciudad") fue Éforo, pero ya en el siglo IV a.C., con lo que su testimonio tardío ha de verse con ligeras suspicacias; de igual modo sucede con el poeta Festo Avieno y su obra Ora Maritima, cuyos testimonios fueron esgrimidos por Schulten para otorgar a Tartesos el status de ciudad. Hoy día, los hallazgos arqueológicos y las investigaciones modernas se muestran bastante contrarios a dicha definición, manteniendo que Tartesos fue, más que una ciudad, una compleja y rica cultura que, por las evidencias arqueológicas, obtuvo un óptimo desarrollo económico en toda la Baja Andalucía. El que hubiera una capital, un centro, de dicha cultura queda, pues, a la espera de posteriores descubrimientos arqueológicos.
Como se ha citado en el punto anterior, Tartesos quedó definido, en principio, como el río que bordeaba la ciudad o la isla de Erytheia, famosa en las fuentes legendarias griegas por ser la sede del primer monarca tartésico: el tricéfalo Gerión, el rey del ganado al que Hércules mató en uno de sus trabajos. Precisamente Erytheia es el nombre de la hija de Gerión, cuyo hijo Norax colonizó Cerdeña. Descendientes del linaje de Norax fueron los otros dos legendarios reyes de Tartesos: Gargoris y Habis. El primero de ellos enseñó al pueblo el uso de la miel y el valor de ella (metáfora del conocimiento del comercio); por lo que respecta a su hijo Habis, su leyenda es uno de los topoi más habituales del mundo mediterráneo: el del hijo al que su padre manda matar, se salva y convive con animales salvajes para, finalmente, ser reconocido por su padre y reinar como le correspondería por linaje. Siguiendo con el tópico, Habis enseñó a su pueblo la agricultura y las leyes, gobernando pacíficamente y en paz durante largos años, que se corresponderían con el esplendor tartésico. De este modo, el linaje de Gargoris y Habis enlaza con el del único monarca tartésico que, pese al aura legendaria que también le rodea, también cuenta con datos fiables acerca de su veracidad histórica: Argantonio, quien, según los datos de algunos cronistas griegos, gobernó en Tartesos desde la mitad del siglo VII hasta la mitad del siglo VI, pues los mismos historiadores helenos le atribuyen una longevidad de, nada menos, ciento cincuenta años.
Las investigaciones acerca del origen mítico coinciden en aceptar, después de todas las leyendas habidas, un carácter antiquísimo a la monarquía tartésica, así como un brillante período de prosperidad entre los diferentes pueblos que habitaban la península ibérica antes de la llegada de fenicios y griegos. Además, los diferentes mitos entremezclados muestran la evidencia de un componente céltico (la tricefalia de Gerión, esto es, el rey de tres cabezas, es una reminiscencia de la tríada divina indoeuropea) y, naturalmente, un componente mediterráneo, representado por los reyes-agricultores y reyes-legisladores. Posiblemente, entre la oscuridad de los textos históricos y la brillantez de las leyendas estén los primeros y balbuceantes pasos de una cultura y una sociedad que, al menos entre sus contemporáneos griegos, fue tenida como una especie de El Dorado de la Antigüedad, por sus fabulosas riquezas y su localización incierta.
El conjunto de piezas de oro hallado en La Aliseda (Cáceres), que tal vez fue el ajuar funerario de una dama de alcurnia, permite apreciar con claridad el influjo fenicio en el ámbito de Tartessos. Así sucede con el cinturón, que consta de más de sesenta piezas en las que se han representado temas orientales como grifos alados, palmetas y un hombre luchando con un león.
Aparte de las cuestiones planteadas en los dos puntos anteriores, sí existen evidencias arqueológicas notables que prueban la existencia de una cultura rica de carácter orientalizante, muy influida por el mundo griego y por el mundo fenicio en todas las cuestiones. Las excavaciones realizadas en Huelva capital, Almuñecar (Granada), Toscanos y Trayamar (Málaga) y Setefilia, Carmona y El Carambolo (Sevilla), entre otros, han ofrecido materiales, cerámica, herramientas, adornos y joyas suficientes como para plantear las líneas maestras de lo que debió ser la sociedad y la economía de Tartesos. Como punto de partida, hay que establecer un dato indiscutible: la enorme importancia que Tartesos, gracias a su privilegiada situación minera, tuvo en las economías griega y fenicia. Salvo la plata de Cerdeña y el oro del Atlas norteafricano, el resto de Europa no tenía minas de importancia (o no se habían descubierto todavía); por contra, la costa andaluza era rica en todo tipo de metales, especialmente el estaño (fundamental para formar la aleación del bronce) y la plata. Tal riqueza ya había estimulado la formación de grandes culturas en la zona desde el tercer milenio antes de nuestra era, como la cultura de Almería, Los Millares o El Argar.
Ello explica que los fenicios, abandonando la isla Cerdeña, fundaran Cádiz aproximadamente en el año 1100 a.C. Los metales de la zona, tanto la plata como el bronce, eran suficiente atracción como para fundar una colonia donde los mercaderes abastecieran de metal a la metrópoli. Con todo, y gracias a diversas excavaciones en la franja que se desliza desde Huelva hasta Sierra Morena, Tartesos no fue un simple emporio de metales, sino un verdadero pueblo de trabajadores metalúrgicos. El hecho de que los fenicios comprasen el cobre indica que ya estaba hecha la aleación, por lo que los poblados tartésicos debieron estar salpicados por doquier de pequeños talleres metalúrgicos. Esta suposición lógica esta avalada por la gran cantidad de objetos manufacturados encontrados en las diferentes excavaciones, especialmente los yunques y herramientas típicas del trabajo del metal, así como el descubrimiento de vetas de mineral agotadas en el siglo VI a.C. Los rendimientos mineros obtenidos por los tartésicos fueron altísimos, como lo demuestran los análisis efectuados sobre las escorias. A cambio, Tartesos recibía telas, ámbar, cerámica y objetos de adorno procedentes de las más diversas zonas de Oriente, con lo que su cultura y sus tipos decorativos se orientalizaron, escondiendo el componente occidental autóctono. Más aún, parece que la entrada en la península ibérica de materias alimenticias tan fundamentales como el vino y el aceite se debe, precisamente, a los intercambios comerciales entre Tartesos y los fenicios.
La sociedad tartésica, tan rica y especializada, estuvo, sin duda, fuertemente jerarquizada, aunque la división del trabajo artesano debió ser el principal factor de cohesión social. El descubrimiento de pequeños talleres domésticos dedicados en exclusiva a las manufacturas metálicas explica, por una parte, el nivel de igualdad social; pero, por otra parte, el trato y el contacto con pueblos de comerciantes debió exigir la existencia de una densa red de comercialización de los productos tartésicos. Ello explica la existencia de una elite aristocrática dominante que, mitológica e históricamente, queda representada por la milenaria monarquía de Tartesos. Por si ello fuese poco, la demanda de metales fue tan grande que, a partir del siglo VIII a.C., existe la casi total certeza de un comercio entre Tartesos y las costas atlánticas (Galicia, la Armórica y las Islas Británicas), que abastecerían de estaño, plata y plomo (indispensable para la fundición) a la sobrepujada economía del sur peninsular. Pesca y ganadería tuvieron que completar el panorama económico de El Dorado de la Antigüedad, especialmente esta última. No hay que olvidar la leyenda de Gerión, el rey tricéfalo señor de los bueyes, donde subyace toda una identidad pecuaria de la zona desde los tiempos remotos, así como el animal mimético por excelencia del mundo mediterráneo: el toro.
Pectoral de oro en forma de piel de toro, procedente de El Carambolo. Los casi tres kilogramos de oro que en 1958 se hallaron en el cerro de El Carambolo, próximo a Sevilla, precedieron la excavación, entre los años 2002 y 2005, de un recinto sagrado edificado allí en el siglo VIII a.C., que fue remodelado y ampliado en el siglo siguiente. Aunque este santuario es de tipo fenicio, su altar en forma de piel de toro extendida, que se corresponde con los pectorales del tesoro que tienen igual forma, constituiría un rasgo original del mundo tartesio. Puede que las joyas que forman el tesoro de El Carambolo fuesen ornamentos de una imagen de culto (quizás adornaron toros sagrados) o atributos sacerdotales.
Las fuentes que hablan acerca de las manifestaciones culturales de los habitantes de Tartesos son dos: los escritores griegos y los hallazgos arqueológicos. Con respecto al arte, los tipos orientalizantes, especialmente influidos por el arte fenicio, son los que dominaron el gusto artesanal de Tartesos. Así se observa en los diferentes objetos extraídos de excavaciones arqueológicas, como ánforas y vasos (de cerámica y de vidrio), que muestran una riquísima decoración polícroma. Mención aparte merece el formidable tesoro encontrado en el poblado de El Carambolo (Sevilla). Los estudios de Juan de Mata Carriazo sobre los materiales encontrados revelan que los habitantes de Tartesos, si bien humildes en sus construcciones, dedicaron gran parte de su riqueza a la compra o elaboración de diferentes objetos de oro y plata, en especial brazaletes, diademas, gargantillas, cotas pectorales, collares, pulseras, cinturones, anillos y pendientes. La decoración geométrica y las pinturas diversas forman parte tanto de la cultura fenicia orientalizante como de la primitiva decoración griega, las dos mayores influencias del arte tartésico. Finalmente, hay que destacar que la vestimenta de gala de cualquier miembro de esta comunidad debió ser, grosso modo, de parecido aspecto al que muestran las numerosas estatuas de Damas que se han encontrado en la península, como la de Elche o la de Baza.
Tesoro del Carambolo. Museo Arqueológico de Sevilla (España).
Con respecto al bagaje cultural de los tartésicos, la principal fuente vuelve a ser Estrabón. En el primer libro de su magna Geographia, habla de los turdetanos como el más culto pueblo de la península. El geógrafo griego se refiere a los habitantes del antiguo reino tartésico, que vivieron aproximadamente hacia los siglos II y I a.C. El cambio de nombre no es novedoso, puesto que los cronistas griegos siempre denominan a los habitantes por sus apelativos contemporáneos y, filológicamente, la raíz "Turt" es idéntica a "Tart". Así pues, Estrabón habla de los anales y leyes conservadas por escrito desde los tiempos del rey Argantonio, lo que hace suponer que la tradición de letras venía desde antiguo. Para corroborar tal dato, las excavaciones arqueológicas han descubierto gran cantidad de lápidas o estelas funerarias con caracteres alfabéticos en su exterior. El alfabeto tartésico, en parte indescifrable, participa de los rasgos generales peninsulares, pero tiene gran influencia oriental que lo hace, por el momento, hermético a los saberes actuales. Otro escritor griego, Éforo, cita varias leyes (aunque sería mejor utilizar el término "costumbres") tartésicas, como la prohibición a los jóvenes para testificar contra los ancianos (rasgo de jerarquización social). Con respecto a los cultos, se cita todo un elenco de santuarios en la zona dedicados a la adoración de diferentes divinidades, especialmente al sol, a la luna y a varias fuerzas semidiabólicas. Dejando de lado estos restos de culturas ancestrales, una de las tres islas en las que estaba dividida Cádiz se dedicó por completo a un templo para adorar a Afrodita, santuario dotado, a la manera griega, de su propio oráculo. Otro santuario, el de Zèphyros, dios del viento, se encontraba situado en la costa del Algarve (Portugal), dedicado al culto de aquel que traía, con sus buenos vientos, tanta riqueza comercial a la comarca.
Tesoro de Aliseda. Museo Arquelógico de Madrid (España).

Las leyendas y mitos relacionados con el antiguo reino andaluz no cesaron siquiera cuando la brillante civilización comenzó su decadencia. El primero en formular la identificación entre la Atlántida y Tartesos fue, de nuevo, Adolf Schulten, basándose en las semejanzas que el emplazamiento de Tartesos (o al menos donde él creyó que estaba) tenía con la descripción mitológica que Platón escribió en su obra Critias. Ciertamente, Gadeirike, donde dice Platón que se produjo la catástrofe, evoca en su raíz filológica al Gadir (Cádiz) fundado por los fenicios, aparte de situarla en las cercanías de las columnas de Hércules. Ciertamente, la descripción cultural del modo de vida, sociedad, tradiciones y gobierno del texto platónico también encaja a la perfección con el mundo tartésico que se ha descrito en estas líneas. Con todo ello, la explicación dada al mundo (filosófico, principalmente) del mito de la Atlántida es clara, y no se trata nada más que de otro topoi, el de la abundancia que presagia la catástrofe. Separando la dualidad mítica Atlántida-geológica (situada en América y que se hundió en los tiempos protohistóricos) y la Atlántida-geográfica y cultural, Tartesos, histórica y mitológicamente, guarda gran similitud con las explicaciones escritas dadas por Platón acerca de la posibilidad de que una civilización pre-indoeuropea sobreviviese en Europa hasta épocas muy avanzadas. Historia, mito y tradiciones ocultas tienen una parada habitual en este fabuloso Tartesos, tan fascinante para los lectores actuales como lo fue para sus contemporáneos europeos.
En las estelas funerarias de guerreros halladas en Extremadura y Andalucía se ha visto una manifestación de la cultura tartésica. Estela de Solana de Cabañas. Siglos VIII-VI a.C. MAN, Madrid.
Tartessia vive su esplendor entre los siglos VIII y V a.C. y es gracias a la obtención del bronce, así como la extracción de oro y plata, los que les hace importantes, pues dichos metales y su calidad son muy codiciados por los pueblos de las orillas del Oriente Próximo, concretamente Fenicia y Grecia.
Desde el centro de Europa entran en la Península otras poblaciones mezclando sus culturas. Introducen la lengua indoeuropea, origen de nuestra lengua. El propio mercadeo entre los distintos pobladores que llegan, influyen a los pueblos tartesos, y la sociedad se va transformando,  organizandose de forma más heterogénea, más compleja. Con ello da comienzo el fenómeno urbano en la Península, y con él el Estado. Abstracción que representa la más compleja forma de organización social. Garantía institucional para consolidar las desigualdades.
Una sociedad claramente jerarquizada, con una clase social acomodada. Aparece el poder político superior a los clanes y familias, y cambia de manera brusca la organización social. Aristócratas y reyes son sostenidos por la colectividad. Las ciudades se amurallan por primera vez, como lo demuestran algunos yacimientos.
La economía gira hacia la explotación minero-metalúrgica, que supone una organización compleja  y hacia la economía de tipo agropecuario con una distribución del poblamiento y del territorio. 
El bronce tarteso, por su brillanted y calidad es muy apreciado por los pueblos mediterráneos, sobretodo por los fenicios y griegos.
Los fenicios, que vienen de Fenicia, como buenos comerciantes, llegan a las tierras tartesas por el levante peninsular para intercambiar sus productos por los metales preciados, intentando hacerlo al mejor coste.
Se  establecen en las costas andaluzas y  la ciudad de Cádiz, pasa a ser el más importante punto de comercio de la época.
Los Griegos son una gran civilización, que compite en la comercialización con Europa, con los mismos cometidos que sus vecinos fenicios, se establecen por las Ampurias para comerciar con los pueblos de la península. Es posible que reemplazasen a los fenicios en esa tarea, aprovechándose de su creciente decadencia.
Todos estos enriquecimientos de otros pueblos, otras culturas, hacen que en los siglos VI, VII a.C., la civilización Tartesia alcance el cenit de su desarrollo.
En el siglo V a.C, todo este esplendor que atesora esta gran civilización, empieza a decaer no se sabe muy bien porqué. Poco a poco las vías comerciales se van estableciendo por otras nuevas y Tartesia se va diluyendo poco a poco. Parece ser que los púnicos o cartagineses, descndientes de los fenicios, son los causantes de esta desaparición o a lo mejor el agotamiento de las vetas de mineral aprovechables, que habría acabado con el comercio colonial fenicio. El deterioro económico y un cambio mundial hacen que Tartesia desaparezca, siendo Cartago el nuevo centro de poder.

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http://arquehistoria.com/el-hombre-de-plata-tartessos-y-su-alianza-con-los-griegos-10015
http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/tartessos-en-busca-del-reino-perdido_6233/3
http://www.ecestaticos.com/image/clipping/1a9bd629bcf13ed6d05851fffd5b19cc/area-aproximada-de-extension-e-influencia-de-la-civilizacion-de-tartessos-cc-te-y-kriptonita.jpg

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