domingo, 13 de agosto de 2017

LA ESCUELA DE TRADUCTORES DE TOLEDO

Es bien conocido que durante la Edad Media, la ciencia europea se limitaba casi exclusivamente a asuntos filosóficos. Existían algunas traducciones de los tratados de Aristóteles, de Platón y poco más. Los árabes, en contraposición, eran los depositarios del saber griego: Ptolomeo, Aristóteles, Platón, Galeno, Euclides, así como de la ciencia india y persa traídas del lejano oriente. Matemáticas, astronomía, astrología, medicina, quedaron unidas en un corpus científico manteniendo una llama que no sólo fue mantenida sino espoleada. El pueblo hebreo actúo como punto de unión entre musulmanes y cristianos.
En este contexto, surge en Castilla un hecho que sería fundamental para la historia de la civilización en el mundo occidental. Se trata del impresionante trabajo de traducción del árabe al latín primero y luego al castellano, llevada a cabo conjuntamente por cristianos, musulmanes y judíos en lo que hoy se conoce como Escuela de Traductores de Toledo en el período comprendido entre la tercera década del siglo XII  y la segunda mitad del siglo XIII.
Se suele designar como Escuela de traductores de Toledo  a una serie de iniciativas culturales dispersas y no limitadas solamente a la ciudad de Toledo. No se trataba de un centro educativo, sino de un grupo de estudiosos cristianos, judíos y musulmanes que trabajaron conjuntamente en la investigación y traducción al castellano y al latín de todas estas obras encontradas de la cultura árabe y de la antigüedad. La tolerancia que los reyes castellanos cristianos dictaron para con musulmanes y judíos facilitaron este comercio cultural que permitió el renacimiento filosófico, teológico y científico primero de España y luego de todo el occidente cristiano. En el siglo XII la Escuela de traductores de Toledo tradujo principalmente textos filosóficos y teológicos. Así, Domingo Gundisalvo interpretaba y escribía en latín los comentarios de Aristóteles, escritos en árabe, y que el judío converso Juan Hispalense le traducía al castellano, idioma en el que se entendían. En la primera mitad del siglo XIII esta actividad se mantuvo. Por ejemplo, reinando Fernando III, rey de Castilla y de León, se compuso el Libro de los Doce Sabios (1237), resumen de sabiduría política y moral clásica pasada por manos orientales. En la segunda mitad del siglo XIII Alfonso X  el Sabio, rey de Castilla y de León, institucionalizó en cierta manera en Toledo esta Escuela de traductores, centrada sobre todo en la traducción de textos astronómicos, médicos y científicos.
Las relaciones entre la cristiandad y el mundo árabe se establecieron durante la Edad Media a través de dos grandes focos que el Islam tenía situados en Europa: España y Sicilia. El contacto, que en un principio era social, racial y lingüístico, acabó por serlo de tipo cultural-científico, aunque éste precisó necesariamente del cauce que le brindaba la lengua.
Por regla general, el romance sirvió, tanto en Sicilia como en España, de puente entre el árabe y el latín, lengua esta en la que se volcó ese legado cultural greco-árabe y que, en definitiva, permitió su expansión por toda Europa; no obstante, hubo otras posibilidades en el tránsito de la cultura árabe a la europea de acuerdo con el momento y los eruditos de turno.
En España, hay muestras muy tempranas de ese contacto cultural, como la traducción de varios tratados árabes sobre el astrolabio en Ripoll o la visita de Gerberto de Aurillac (futuro papa Silvestre II) a Córdoba, ambos sucesos acaecidos a finales del siglo X. Más tarde, varios centros se dedicaron a traducir textos árabes y judíos al latín; así, en un lugar desconocido de la región del Ebro, trabajaron Roberto de Kétène y Hermán el Dálmata a mediados del siglo XII y tradujeron el Corán al latín a petición de Pedro el Venerable, abad de Cluny; en Burgos, Juan Gundisalvo tradujo, con un judío llamado Salomón, varias obras de Avicena y en Tarazona, Hugo de Santalla, bajo la protección del obispo Miguel , hizo traducciones de obras de geometría y astronomía como el Tractatus Alfragani de motibus planetarum, en Barcelona, hacia 1134-1145, el italiano Platón de Tívoli (Tiburtinus), en colaboración con el judío Abraham bar Hiyya (Savasiorda), tradujo entre otras obras el Quadripartitum Tetrabiblon de Tolomeo. No obstante, el centro de traductores más importante de España y uno de los de mayor pujanza y atracción del resto de Europa fue, con notable diferencia, el de Toledo.

Dejados aparte antecedentes oscuros, el gran momento de influjo hispano-musulmán hay que situarlo, como es sabido, tras la conquista de Toledo por Alfonso VI en 1085; esta urbe había experimentado un fuerte desarrollo cultural gracias a un rey local, llamado al-Ma'mun, que pocos años antes había brindado protección a un grupo de sabios en su corte. Tomada por los cristianos, la ciudad de Toledo se convirtió en centro de convivencia de musulmanes vencidos, cristianos vencedores y judíos-musulmanes refugiados que huían de la persecución almohade. La aparición de lo que hoy se denomina "Escuela de Traductores Toledana" se halla, por tanto, en estrecha relación con las invasiones de los almorávides y almohades que penetraron violentamente en los reinos cristianos durante los siglos XI y XII. Sobre todo el fanatismo de los almohades, su intolerancia religiosa con respecto a cualquier otra clase de creencias que no fueran las suyas, obligó a muchos judíos e incluso a algunos musulmanes a refugiarse en los reinos cristianos. La ciudad de Toledo se convirtió en el lugar de destino de tales inmigraciones, y Alfonso VI en el rey de los tres pueblos y de las tres religiones. Esta convivencia conllevó el contacto y la comunicación entre las diferentes lenguas de esas tres culturas. La voracidad intelectual de los eruditos cristianos les llevó hacia Toledo, donde se esperaba encontrar una buena parte del riquísimo legado árabe, esa ingente masa de materiales que la época moderna incluso magnificó al hablar de colecciones de libros que hoy consideramos poco menos que fabulosas, como los 400.000 volúmenes que, supuestamente, habría tenido la biblioteca califal de Córdoba en tiempos de Alhakan II. En todo caso, Toledo poseía un patrimonio cultural que Europa deseaba conocer con toda avidez.
El promotor de esta gran empresa fue el arzobispo don Raimundo de Sauvetat, cisterciense francés, que llegó a Arzobispo de Toledo y a gran Canciller de Castilla ; sin embargo, ya antes había sido decisiva la presencia de Bernardo de Sédirac, primero de los arzobispos toledanos, pues fue quien trajo a varios jóvenes franceses amantes de la cultura, entre ellos a don Raimundo. Continuaron su labor y mecenazgo los sucesores de éste, don Juan y don Rodrigo Jiménez de Rada (1170-1247). En puridad, la Escuela de Traductores de Toledo no tuvo una sede concreta, ni siquiera fue una institución conocida como tal; fue sobre todo un movimiento cultural de primer orden para el que confluyeron la iniciativa primordial de un arzobispo toledano, el esfuerzo de una serie de clérigos españoles y la contribución desinteresada y anónima de varios moriscos, judíos o judeoconversos de Toledo, junto al interés insaciable despertado en Oxford y en París por la nueva ciencia y la nueva filosofía arábigo-aristotélica.
Hay una gran laguna informativa hasta el presente sobre la forma de funcionamiento de la Escuela; sin embargo, el prólogo a la traducción latina del Libro de Anima de Avicena ha transmitido una breve frase que describe el proceso infinitas veces repetido en esta actividad traductora: "me verba vulgariter proferente (mientras yo iba traduciendo oralmente a la lengua vulgar, al romance castellano de Toledo), Domino Archidiacono singula in latinum convertente (el señor Arcediano iba pasando cada frase al latín)". Un morisco toledano, un judío converso como Juan Hispano (llamado también Juan de Toledo o Salomón ibn Dawud y acaso Juan de Sevilla), y en otros casos un zapatero o sastre que recordaba el árabe, iban introduciendo, preferentemente de palabra, el texto árabe al romance castellano, y luego el Arcediano de Segovia Domingo Gonzáles (el famoso Dominicus Gundisalvus), u otro clérigo buen conocedor del latín, iba poniendo en esta lengua lo que el morisco toledano traducía del árabe al castellano. No obstante, cabe concluir que no conviene hablar de un método común a todos estos eruditos, pues ello supondría ir más allá de los datos de que disponemos.
Fruto de esta labor de colaboración entre Juan Hispano y Domingo Gundisalvo fueron las siguientes versiones: el Secretum secretorum pseudo-aristotélico, De anima de Avicena, Fons vitae de Ibn GabirolDe intellectu de AlkindiLas opiniones de los filósofos de Algacel, De differentia spiritus et animae, de Qusta ben Luca; en último término, por su número destacan De intellectuDe scientiis De ortu scientiarum, de Alfarabi. Como ha señalado Manuel Alonso,
 "Fue tan íntima la compenetración de ambos, que no es fácil señalar la labor personal de cada uno. Las obras de Juan Hispano (Salomón ibn Dawud) recibían, al ser traducidas, retoques en que sin duda andaba la mano del discípulo, y las obras del discípulo eran sometidas a la aprobación del maestro. Lo único que cabe decir es que tal libro es trabajo, principalmente, de Domingo Gundisalvo, y tal otro fue labor principalmente de Juan Hispano; pero, en realidad, en todas trabajaban los dos. Mientras vivieron, todos los traductores vinieron a ponerse bajo su dirección".
Por el gran número de personajes que participaron y la enorme cantidad de traducciones que en la escuela toledana se hicieron, algunos han sospechado que una empresa cultural como ésta precisó de algún tipo de organización: a su frente debía estar Domingo Gundisalvo y su colaborador y maestro Juan Hispano. Aparte de obras originales de Gundisalvo como el De divisione philosophiaeDe processione mundiDe unitate et uno De inmortalitate animae, su colaboración con Juan Hispano representa, como ha escrito José Luis Abellán:
 "Un progreso considerable en la historia filosófica occidental. Es una especie de anticipo del tipo de colaboración que adquirirá pronto la especulación escolástica".
Aunque cronológicamente son contemporáneos de los pensadores del siglo Xll (Abelardo, San Bernardo, Escuela de Chartres), ideológicamente pertenecen al XIII, debido sobre todo a que Gundisalvo fue el primer pensador occidental que sufrió la influencia de las obras árabes y fue agente decisivo en la incorporación de las mismas al mundo latino. Por ello ha sido considerado como precursor del "agustinismo aviceniano", en el sentido de que puso en circulación numerosas tesis de Avicena si bien con un sentido cristiano. En realidad, Gundisalvo no sólo debe considerarse como un precursor del "agustinismo", sino como adelantado de toda la filosofía del siglo Xlll, de la que brinda un claro anticipo por su método y por su espíritu: por su método, en la medida en que incorpora a su actividad filosófica las prácticas de colaboración propias de la escuela; por su espíritu, en cuanto introduce en la concepción cristiana del mundo elementos ideológicos provenientes de la filosofía antigua, ya sean neoplatónicos o aristotélicos". Toledo y su escuela abrieron pronto sus puertas a personas de otras naciones europeas y alcanzaron una proyección internacional. En busca del saber desconocido que había en esta ciudad llegaron los estudiosos procedentes de los más lejanos rincones del Occidente cristiano. Gerardo de Cremona, Miguel Escoto, Hermannel Alemán, Alfredo de Sareshel, Daniel de Morlay o Alejandro Neckham se dieron cita en la ciudad del Tajo, y aquí tuvieron el primer encuentro con un mundo y una cultura radicalmente nuevos: la cultura y el mundo árabes.
Sin embargo, y de modo ciertamente curioso, la fama de Toledo estuvo vinculada, al menos por algún tiempo, con la enseñanza de las artes mágicas; de esa fama quedaba clara memoria mucho más tarde, según se desprende de testimonios como el cuento de don Illán de Toledo en el Conde Lucanor de don Juan Manuel o en otras leyendas que llegarán a nuestros días. En este sentido, hay que recordar que Helinando les daba a sus alumnos de Toulouse el consejo siguiente:
"Los clérigos acuden a París a estudiar artes liberales; a Orleans, los autores clásicos; a Bolonia, el derecho; a Salerno, la medicina; a Toledo, la magia; y las buenas costumbres, a ninguna parte".
 Cuando don Juan Manuel se refiere a don Illán y a su dominio de la nigromancia, afirma que "sabía más que otro omne que fuese en el mundo estonçe".
Daniel de Morlay (1157-1199) estudió árabe con Roger de Hereford en París, pero, cansado de la pretenciosa ignorancia de los maestros parisienses, se trasladó a Toledo en busca de una nueva ciencia. Aquí colaboró con las traducciones de Gerardo de Cremona, tradujo obras científicas pseudoaristotélicas y escribió un Liber de naturis inferiorum et superiorum. Alejandro Neckham vino a Toledo también desde París, donde era maestro hacia 1217. Escribió varias obras de medicina para estudiantes, un tratado (De naturis rerum) y un poema (De laudibus divinae sapientiae), en el que recomienda la lectura de los autores clásicos.
Alfredo de Sareshel dedicó a Alejandro Neckham su tratado De motu cordis, en el que cita todos los libros naturales de Aristóteles, y tradujo del árabe el De vegetalibus et plantis, obra de Nicolás de Damasco.
En 1217 residió en Toledo, dedicado a la traducción de obras árabes, Miguel Escoto. Desconocedor de la lengua y de las ciencias de las que hablaba, según el testimonio de Roger Bacon, se hizo ayudar en sus traducciones de judíos conocedores del árabe y de la lengua del lugar en que vivían. Por ello, en la vida y obra de Miguel Escoto aparecen los nombre de dos judíos: Abuteus, que le ayudó en la traducción del De sphaera o De verificatione motuum coelestium de Alpetragius, y Andrés, otro judío que colaboró con él en muchas de sus versiones.
Es curioso el hecho de que los intermediarios fueran con frecuencia judíos. En Barcelona, encontramos al judío Abrahán bar Hiyya ayudando al italiano Platón de Tívoli en sus traducciones; en Burgos, tenemos a Salomón, otro judío que brindó su apoyo en sus traducciones árabes a Juan Gonsalvi y, en colaboración, tradujo con él al latín la segunda parte de la Sifa de Avicena. Miguel de Escoto tradujo del árabe obras deAristóteles como la Ética a Nicómaco, la Historia de animalibusDe generatione animaliumDe animaDe caelo et mundo, la Física, la Metafísica, varios tratados de Avicena, como el resumen De animalibus, el De substantia orbis, los comentarios de Averroes al De somno et vigiliaDe sensu et sensatoDe memoria et reminiscentiaDe anima y al ya citado De caelo et mundo. Se le atribuye también un Liber de physiognomia y un tratado De secretis naturis.
En 1240, Hermann el Alemán firmó la primera versión latina del Comentario Medio de Averroes sobre la Ética a Nicómaco, de Aristóteles. Sus traducciones se suceden con intervalos más o menos largos. No es un arabista, como tampoco lo fueron Gundisalvo ni Miguel Escoto; y, como éstos, se hace ayudar de expertos en la lengua árabe y romance, aunque en este caso no serían judíos sino musulmanes. Con la ayuda de la confesión que hace nuestro traductor de su propia debilidad, Roger Bacon señala que Hermann reconocía que su función consistió más en ayudar a los traductores que en traducir. Se rodeó en España de sarracenos que fueron los verdaderos artífices de las traducción. Hermann no traducía del árabe sino que "Sarracenos tenuit secum in Hispania -dice Roger Bacon-, qui fuerunt in suis translationibus principales".
Gerardo de Cremona , sin embargo, poco posterior a Gundisalvo y con el que coincidió quizás algunos años en Toledo, inauguró un nuevo procedimiento de traducción similar al utilizado en nuestros días. Traducía solo, directamente del árabe, incluso obras ya traducidas por Gundisalvo. Gerardo era un arabista y buscaba el método directo en sus traducciones del árabe, pero además era un helenista, algo de todo punto extraordinario en la Edad Media. Esto le impulsaba a centrar sus preferencias de traductor no en obras de autores árabes, como había hecho Gundisalvo, sino en obras de autores griegos traducidas siglos atrás al árabe a través del siríaco. Tradujo del árabe el Almagesto de Ptolomeo (1175) y el Tegni de Galeno; con todo, los autores más beneficiados fueron Al-Kindi con la traducción del De quinque essentiisDe domno et visione y De ratione de Alfarabí, con el De scientiis y la Distinctio super librum Aristotelis de naturali auditu de Avicena, con el Canon de Aristóteles, con De caelo et mundoDe generatione et corruptioneDe naturali audituAnaliticos posteriores,Meteoros, etc.; varios tratados pseudoaristotélicos, como el Liber lapidumDe elementis De propietatibus elementorum; varios comentarios de Temistio y Alejandro de Afrodisia: De motu et temporeDe sensuDe intelellectu et intellectoDe unitateDe eo quod augmentum et decrementum in forma et non in yle.
El interés inicial de los traductores se orientó hacia las obras de medicina y matemáticas y, posteriormente, a las de astrología, astronomía y magia. Sólo en último lugar se interesaron por las obras de filosofía; sin embargo, años más tarde, éstas constituyeron un cauce fundamental en la penetración de la cultura griega en Occidente.
Era inevitable que el interés por la filosofía se despertara en algún momento, si se tiene en cuenta que ése era el acceso más directo hacia la filosofía griega y que fue en el siglo XII cuando la filosofía árabe y judía alcanzó su máximo esplendor en la Península Ibérica con nombres como los de Avenpace, muerto en 1138; Jehuda Ha-Levi, en 1165; Ibn Tufayl, en 1195; Averroes, en 1198, y Maimónides, en 1204. La traducción de los comentarios averroístas a Aristóteles, que comienza nada más producirse la muerte de Averroes, marcaron un hito en el trasvase filosófico de Oriente a Occidente. Así, las obras de Al Kindi, Al Farabi, Avicena, Algacel, Aristóteles, Alejandro de Afrodisia, Temistio, etc., empezaron a conocerse y a ejercer su influencia.
Para calibrar la importancia de esta apertura al helenismo, hay que pensar que el cierre de las escuelas de Atenas por Justiniano, junto con las especiales circunstancias socio-políticas que acarrearon la caída de Roma y la invasión de los bárbaros, había supuesto un largo período de decadencia cultural en Occidente. Si bien es cierto que no se rompieron totalmente los lazos que unían el legado helenístico, la labor intelectual quedó reducida a escasas minorías, y primaba el desconocimiento de una gran parte de la producción intelectual griega.
Un factor decisivo para la pervivencia de la cultura helenística había sido la creación de escuelas en Oriente. Destacó la de Edesa, fundada en el año 363, que pronto puso en circulación las obras científicas de Aristóteles, Galeno e Hipócrates. Pese a la disolución de este centro, hubo una continuación intelectual en nuevas escuelas abiertas en Siria, donde se tradujeron obras filosóficas de Aristóteles. La suerte de tales estudios fue distinta que la acontecida en Occidente, ya que la conquista y dominación árabe en Oriente no significó la liquidación de la cultura. Por el contrario, los profesores sirios encontraron en las cortes musulmanas un apoyo decidido para la continuación de sus investigaciones, especialmente las científicas. Los sirios, por tanto, sirvieron de puente entre ambas culturas: la griega y la árabe. Entre los siglos VII al X, se supone que se realizaron las grandes compilaciones de ciencias denominadas Colección de Alquimistas Griegos y Alquimistas Sirios. La extensión del imperio árabe posibilitó que tales traducciones llegaran a Occidente y fueran la causa de un gran movimiento científico y filosófico. La introducción de las obras de Aristóteles, en muchas ocasiones sin prever todas las implicaciones de su obra, no sólo tocó a su vertiente científica, lo que preocupó en un primer momento. El conocimiento más global de sus obras daría lugar a un replanteamiento de todos los temas relacionados con el mundo, el hombre y Dios. En definitiva, ya no se reducía a las aportaciones lógicas utilizadas en los siglos precedentes, sino que ponía en crisis lo que podríamos denominar la cosmovisión vigente. De igual forma, las relaciones de la fe y la razón habrían de ser objeto de una nueva sistematización.
Si hay que destacar la importancia de las traducciones no es en función, únicamente, de lo que significaron como enriquecimiento material en el Medievo, sino, además, por su contribución decisiva en el replanteamiento de un nuevo modo de filosofar. Las traducciones de obras griegas, árabes y judías fueron un verdadero impacto en el ámbito cultural de los primeros siglos medievales. Una ilustración del pobre ambiente intelectual europeo en la época previa a dichas traducciones toledanas está en el hecho de que Aristóteles, hasta muy entrado el siglo XII, sólo era conocido por algunos de sus escritos lógicos, conocidos con los nombres de Lógica vetus y Lógica nova; cuando, a mediados del siglo XIII, se comienza a conocer el corpus aristotélico, gracias sobre todo a la labor de Avicena y Averroes, el panorama de la filosofía y el horizonte del pensamiento sufrieron una transformación radical. El conjunto de obras aristotélicas sobre física, biología, zoología, psicología y política, más que como un conjunto de saberes, fue visto como un nuevo espíritu de investigación de la naturaleza que confiaba en la razón para desvelar sus secretos. El sentido moralizante de la vida en la Edad Media, expresado en moralidades, lapidarios y bestiarios bizantinos, fue sustituido por un acercamiento directo a las realidades naturales y una investigación de lo concreto. A ello contribuyó también de modo decisivo la ingente labor de traducción de obras científicas de autores como Galeno, Hipócrates, Euclides, Ptolomeo, etc.
La rápida difusión de las nuevas doctrinas, amparadas en la autoridad de autores paganos, asustó a la Iglesia católica, que se sintió obligada a dictaminar severas prohibiciones. Entre los autores sospechosos por su doctrina ocupó lugar destacado Aristóteles. En el sínodo de 1210, se prohibieron sus libros De naturali philosophia así como los comentarios al mismo, junto a las herejías panteístas de Ainabrico de Benes y David de Dinaut; en 1215, en la aprobación de los estatutos de la Universidad de París, se renovó dicha prohibición. Al fin, tras reiterarse en varias ocasiones ese veto a Aristóteles, se produjo una gran controversia, que acabó con la condena de signo antiaverroísta de 1277. También ha llamado la atención de los historiadores la condena de un personaje que aparece en diversos textos con el nombre de Mauritius Hispanus, y que hasta el momento no ha sido identificado. La mayoría de los autores, como Renan, De Vaux o Maudonnet, lo identifican con Averroes, aunque Menéndez Pelayo pensó que tal vez se tratara del mismo Domingo Gundisalvo; otros piensan que puede tratarse de Mauricio Bourdin, Arzobispo de Braga y luego antipapa Gregorio VIII; Manuel Alonso cree que se trata de Juan Hispano; Asín Palacios, que se trata de un moro español desconocido; en último término, Martín Grabmann sentenció con sensatez que no ha llegado la hora de una identificación histórica definitiva, por lo que se hace necesario esperar a nuevos descubrimientos e investigaciones.
Si el fenómeno de la Escuela de Traductores sigue el proceso señalado, lo normal es que su final se asocie con Hermann el Alemán, cuyo nombre es el último de los del grupo que acabamos de revisar y el primero de una nueva época, al ser también uno de los colaboradores de Alfonso X el Sabio. Esos eran años en los que se produciría un nuevo e importante fenómeno: la expansión de la cultura árabe en la Península no a través del latín, sino por medio de una lengua vernácula que se sentía ahora segura de sus fuerzas: el castellano.
Hoy, la prestigiosa y antigua Escuela de Traductores de Toledo es uno de los institutos culturales e investigadores de la Universidad de Castilla-La Mancha y tiene su sede en el antiguo Palacio del Rey Don Pedro en la toledana Plaza de Santa Isabel.

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