martes, 3 de enero de 2017

DE RERUM NATURA...LA NATURALEZA DE LAS COSAS Y LUCRECIO




El escritor romano Titus Lucretius Carus fue seguidor del primer siglo A. C. de la filosofía epicúrea, quien produjo uno de los poemas más importantes escritos en lengua latina. Su titulo es "De rerum Natura", que no es otra cosa que una traducción de la obra griega “peri juseos” del libro ahora perdido de Epicuro. Presumiblemente sobrevivieron algunas copias del libro de Lucrecio en bibliotecas pero nadie las leyó.
Con la Edad Media, los únicos focos de cultura se refugian en los monasterios. Algunos monjes anónimos volvieron a copiar el libro de Lucrecio y gracias a ellos han llegado hasta nosotros las dos copias que conocemos.
Así ,en 1417 Poggio Bracciolini encontró una copia de De rerum natura de Lucrecio en un monasterio,quizá en Suiza. Una copia del manuscrito la cedió a un coleccionista de manuscritos florentino, Niccolò de Niccoli (1363-1437) que nunca lo recupero. Por suerte, conservó el original y gracias a él la primera edición impresa del libro de Lucrecio se publicó en el norte de Italia en Brescia, cerca de 1473 y fue seguida rápidamente por otras impresiones, todas originadas en esta sola copia del mAparte de la primera edición de Brescia de 1473, destacan otras tres incunables: la de 1486 publicada en Verona por Paulus Fridenperger, la de 1495 publicada en Venecia por Teodoro de Ragazonibus y finalmente la publicada por Girolamo Avanzi en 1500. La primera edición postincunable y tan destacada como las cuatro anteriores es la realizada por Filipo Giunta en Florencia en 1512. Para 1600 habían aparecido treinta ediciones impresas y se había descubierto un segundo manuscrito.
Lo curioso del caso es que todos los códices que se conservan proceden de un mismo manuscrito probablemente del siglo IV, pero el que se conserva es del siglo IX que está en la Universidad de Leyden, y podría derivar de la biblioteca de Alcuino de York. Los mismos fragmentos que faltan en este texto faltan también en todos los demás, lo que indica su procedencia común.

De Rerum Natura es una obra que fue escrita en el siglo I a. C. por Tito Lucrecio Caro; dividido en seis libros. En ella se proclama la realidad del hombre en un universo sin dioses e intenta liberarlo de su temor a la muerte. Expone la física atomista de Demócrito y la filosofía moral de Epicuro. De hecho, casi todo el conocimiento que tenemos de Epicuro (uno de los pensadores más brillantes de todos los tiempos) proceden de esta obra. No hay razón para creer que Lucrecio añadió o aún alteró en nada las ideas epicúreas; Lucrecio era un poeta no un un filosofo ni físico. Acaso sea la mayor obra de la poesía de Roma y, sin duda uno de los mayores esfuerzos del alma destinados a la comprensión de la realidad, del mundo y del hombre.
Puede considerarse la obra de física más completa de la antigüedad. Es en esta filosofía Epicurea y en este poema donde podemos ver un gran hito del pensamiento científico, ético y humanista que conocemos hoy. Epicuro y sus seguidores fueron perseguidos y difamados por tantos años por algunas de sus creencias, como la negación tanto en la intervención de los dioses en los asuntos humanos como en la creación del mundo por parte divina, su desdén por la suntuosidad, el lujo y la exaltación de la vida placentera.
La obra es un caso único en el panorama filosófico antiguo, tanto por su amplitud como por su calidad literaria ya que la obra está escrita en verso, en hexámetros (Hexámetro es un verso de la poesía griega y latina que consta de seis pies o unidades de ritmo), dificultando su lectura, por lo que puede suponerse que no estaba dirigida al gran público, sino a pequeños grupos de intelectuales; utiliza comparaciones para aliviar la árida materia abstracta de la obra.
Está compuesta de 6 libros escritos en latín, que tratan de demostrar las teorías físicas de Epicuro. El primer libro trata de los átomos y del vacío, de que nada nace de la nada y de que todos los seres están formados de átomos. El libro segundo trata del movimiento de los átomos. El tercer libro habla acerca del alma. El cuarto sobre la teoría de la sensación. El quinto sobre el mundo. Y el sexto sobre diversos fenómenos atmosféricos y las enfermedades, terminando con un sombrío panorama sobre los estragos de la peste en Atenas. Sin embargo su poema trata otros temas como la esterilidad de la mujer y los métodos anticonceptivos que sostiene, la psicología, la sismología, la meteorología amén de otras disciplinas, el amor sus efectos y sensaciones.
En “De rerum natura” Lucrecio expone importantes principios de la teoría atómica como que los seres y los objetos no son creados de la nada por un poder divino, que ningún objeto se reduce a la nada sino a sus átomos, los cuerpos están compuestos de átomos invisibles e igualmente afirma la existencia de espacios vacíos entre los átomos. Pero tampoco podemos decir que es sólo un poema físico. La obra contiene toda una filosofía de vida: el hombre debe cultivar la amistad y evitar la guerra.
En la obra, Lucrecio siempre da un argumento: Intenta persuadir al lector a través de experiencias de la vida diaria.
Aquí reflejo algunos fragmentos interesantes de la obra. El resto podéis consultarlo en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes.
LIBRO I: Todos los seres están compuestos de átomos.
Nada puede ser creado de la nada...Los principios de cada cosa no pueden ser distinguidos por el ojo...
LIBRO II: Enfermedad y muerte
Además, cuando a un animal cualquiera le hiere un golpe más fuerte de lo que su naturaleza soporta, lo abate en un momento y pone en confusión todos los sentidos del cuerpo y del alma. Pues entonces se disuelve la disposición de los átomos, y en lo íntimo del ser se suspenden los movimientos vitales, hasta que la materia, sacudida por todos los miembros, desata el nudo vital que ligaba el alma con el cuerpo, desagrega al alma, y la expulsa al exterior por todos los poros...
Sucede también a menudo que, si el golpe recibido no es tan fuerte, los demás movimientos vitales triunfan y calman la tremenda confusión del choque, reconducen cada elemento a su camino habitual, desbaratan, por así decir, el movimiento de la muerte que se adueñaba del cuerpo, y vuelven a encender los casi extintos sentidos...
LIBRO III: Teoría del alma, con sus dos constituyentes: anima o principio vital y animus o mente
...Sentimos que el alma se engendra conjuntamente con el cuerpo y que crece a la vez y que envejece al mismo tiempo.
LIBRO IV: Todos los cuerpos despiden emanaciones. La visión, la forma, el color y la distancia.
Cuerpos hay que no cesan de exhalar olores, así como los ríos emiten frescor, el sol calor, las olas del mar aquel vapor que corroe los muros junto a la costa. Y por el aire flotan sin cesar sonidos varios...Tan cierto es que emanaciones diversas escapan de todas las cosas y se esparcen en todos sentidos, y no se concede reposo ni tregua a este fluir, puesto que tenemos continuas sensaciones y podemos a cada momento ver cualquier objeto, olerlo y oír sonido.
Por lo que se ve que el principio de la visión está en las imágenes, y sin ellas nada puede verse...Y a qué distancia esté de nosotros cada cosa, su imagen nos lo hace ver y nos da el medio de discernirlo. Pues, al ser emitida, al punto impele y empuja el aire interpuesto entre ella y los ojos; todo este aire fluye a través de nuestros ojos, despeja, por decirlo así, las pupilas y pasa. He aquí cómo apreciamos lo que dista cada cosa; y cuanto más aire es empujado adelante por la imagen, cuanto mayor es la corriente que roza nuestros ojos, más distanciado nos parece estar el objeto; pero entiéndase que todo sucede con gran rapidez, de modo que a un tiempo vemos lo que el objeto es y cuán lejos se encuentra.
LIBRO V: El mundo no es obra de un dios. Estamos en un mundo mortal en el que predomina la especie más fuerte
Decir, por otra parte, que en interés de los hombres quisieron los dioses crear esta esplendorosa naturaleza del mundo; que por tal razón es justo alabarlo como una meritoria obra divina y creerlo eterno e inmortal; que este mundo, edificado por antiguo designio de los dioses en favor de la raza humana y fundado en la eternidad, es sacrílego quererlo conmover de sus cimientos por fuerza alguna, o atacarlo de palabra y subvertir el universo entero desde sus bases; imaginar estas cosas y otras del mismo tenor es, Memmio, pura locura.
¿Por ventura nuestra vida yacía en aflicción y tinieblas, hasta que amaneció el día de la creación de las cosas? Pues todo ser nacido debe desear permanecer en la vida, mientras lo retiene el muelle placer. Mas para el que jamas gustó del amor de la vida ni figuró en el numero de los seres vivientes, ¿qué daño hay en no haber sido creado?...
Primeramente, puesto que la masa de la tierra y el agua y los leves soplos de las auras y los vapores del fuego, en los que vemos que consiste nuestro universo, constan todos de una materia sujeta a nacimiento y muerte, hay que pensar que el mundo entero está constituido de la misma materia.
En primer lugar, la valentía ha defendido la violenta raza de los leones, especie cruel; la astucia, a las zorras; la rapidez, a los ciervos. Pero los canes, de sueño leve y fiel corazón, toda la especie engendrada por el semen de las bestias de carga, los rebaños de lanosas ovejas y los bueyes cornudos, han sido todas, Memmio, confiadas a la tutela del hombre; pues ansiaban huir de las fieras, en busca de la paz y de ricos pastos adquiridos sin pena, que es lo que nosotros les damos en premio a sus servicios. Pero aquellos a quienes la Naturaleza no concedió ninguno de estos dones, de modo que ni podían vivir por sí mismos ni sernos de utilidad alguna, a cambio de la cual concediéramos a su especie pastos y protección bajo nuestra vigilancia, sin duda todos quedaban como presa y botín de los otros, impedidos por sus trabas fatales; hasta que la Naturaleza hubo cumplido la extinción de su raza.

En cuanto a Tito Lucrecio Caro se sabe muy poco de la vida de este poeta, que nació posiblemente en el año 98 a.C. y murió en el 54 a.C. Su tercer nombre, Caro, era propio de las clases bajas, pero Lucrecio tenía una extensa cultura, que no era fácil de adquirir para las clases desfavorecidas, así que podemos pensar que pudo apoyarle algún mecenas como le sucedió a otros autores romanos. Resulta cuanto menos enigmático el silencio de éstos sobre el que tuvo que ser un famoso poeta, pues se sabe que su obra era de sobra conocida por Cicerón y otros filósofos.
San Jerónimo decía que Lucrecio se volvió loco por culpa de haber ingerido un “filtro de amor” y que compuso este largo poema en los intervalos de lucidez que le permitía su locura, la cual la llevó a suicidarse a los 44 años de edad. Igualmente dice que la obra aunque finalizada no estaba “llevada a su perfección” así que Cicerón corrigió su obra justo después de la muerte del poeta. Si la doctrina de Epicuro era transgresora, la de Lucrecio no lo es menos, y arremete contra toda autoridad romana. Posiblemente el filtro del amor no fuese otro que las grandes cantidades de alcohol que Lucrecio tomaría y sus locuras, crisis de “delirium tremens”.
Lucrecio vio a sus contemporáneos como dice en su obra “derramar la sangre de los ciudadanos para aumentar sus riquezas, la avaricia doblando las fortunas, acumulando asesinato sobre asesinato, la crueldad gozando en los tristes funerales de un hermano, los padres rechazar y huir de la mesa de sus allegados”.
Los comentaristas de Lucrecio destacan su carácter apasionado y propenso a la melancolía, que se nota en su obra, se caracteriza como un hombre vehemente, exaltado y profundamente pesimista. Es un romano que sufre tremendamente por los males de su patria y que quiere curarlos. El mismo halla la paz en la sabiduría de Epicuro y se pasa por ello las noches trabajando para instruir a los ciudadanos, enseñándoles el remedio que podría salvarlos. Gracias a la filosofía de Epicuro, Lucrecio ha encontrado en la razón el arma invencible contra las vergüenzas de su siglo.

Resumiendo cuanto se sabe de la vida de Lucrecio puede decirse en breves líneas. Fidelísimo sectario de la filosofía de Epicuro, puso sin duda en práctica uno de los preceptos de ésta, el de ocultar la propia existencia a la vista de los contemporáneos y al estudio de la posteridad.
De las escuelas filosóficas de la antigüedad, ninguna se acomodaba mejor al espíritu de Lucrecio, o débil para la lucha, o desesperanzado del triunfo, o vencido por grandes desventuras que el epicurismo, doctrina triste y severa que preceptuaba la indiferencia para todas las agitaciones mundanas, asilo para las almas tímidas, prudentes o desalentadas, a las que ofrecía como remedio a sus pasiones y temores el quietismo y la vida contemplativa de la naturaleza.
 Esta tranquilidad, no exenta de egoísmo, la enaltece Lucrecio en los siguientes versos:
                           Pero nada hay más grato que ser dueño
De los templos excelsos, guarnecidos
Por el saber tranquilo de los sabios,
Desde do puedas distinguir a otros
Y ver cómo confusos se extravían
Y buscan el camino de la vida.
Vagabundos, debaten por nobleza,
Se disputan la palma del ingenio,
Y de noche y de día no sosiegan
Por oro amontonar y ser tiranos.
Oh míseros humanos pensamientos!
Oh pechos ciegos! Entre qué tinieblas
Y a qué peligros exponéis la vida
Tan rápida, tan tenue! Por ventura
No oís el grito de naturaleza,
Que alejando del cuerpo los dolores,
De grata sensación el alma cerca,
Librándola de miedo y de cuidado?
 Lucrecio ha encontrado para sí, en el seno del epicurismo, la paz que pide para su patria y la que desea para su íntimo amigo Memmio, a quien dedica el poema. Su ánimo sólo se apasiona para cantar esta paz firme y constante y enaltecer al fundador de la doctrina filosófica que se la ha dado.
Epicuro fue sin duda quien tuvo mayor número y más fieles discípulos, pero ninguno tan entusiasta como Lucrecio, para quien el filósofo era un dios que ha hecho suceder la calma y la luz a la tempestad y las tinieblas.
 El entusiasmo del poeta por Epicuro es tan grande, que casi le proclama dios, y al lado de los demás filósofos le considera sol cuya luz obscurece la de los demás astros. Los principios de su doctrina los estima como infalibles, y las objeciones contra ellos las rechaza, sin dignarse discutirlas.
La idea de hacer un poema con materia tan árida, de explicar poéticamente lo que sólo se presta a demostraciones científicas, prueba el firme convencimiento del poeta y su deseo de infundirlo también en el ánimo de sus compatriotas y sobre todo de Memmio. Claramente lo manifiesta en el principio del libro IV, cuando dice:

Los sitios retirados del Pierio
Recorro, por ninguna planta hollados;
Me es gustoso llegar a íntegras fuentes,
Y agotarlas del todo; y me da gusto,
Cortando nuevas flores, rodearme
Las sienes con guirnaldas brilladoras,
Con que no hayan ceñido la cabeza
De vate alguno las divinas musas:
Primero porque enseño cosas grandes
Y trato de romper los fuertes nudos
De la superstición agobiadora;
Después, porque tratando las materias
De suyo obscuras con piería gracia,
Hago versos tan claros: ni me aparto
De la razón en esto, a la manera
Que cuando intenta el médico a los niños
Dar el ajenjo ingrato, se prepara
Untándoles los bordes de la copa
Con dulce y pura miel, para que pasen
Sus inocentes labios engañados
El amargo brebaje del ajenjo,
Y la salud les torne aqueste engaño
Y dé vigor y fuerza al débil cuerpo;
Así yo ahora, pareciendo austera
Y nueva y repugnante esta doctrina
Al común de los hombres, exponerte
Quise nuestro sistema con canciones
Suaves de las Musas, y endulzarle
Con el rico sabor de poesía:
Si por fortuna sujetar pudiera
Tu alma de este modo con enlabios
Armónicos, en tanto que penetras
El misterio profundo de las cosas
Y en tal estudio el ánimo engrandeces!
Del desdén de los epicúreos por el cultivo de las ciencias participa Lucrecio, y da pruebas de ello en no pocos pasajes de su poema, como por ejemplo, cuando rechaza la opinión favorable a la existencia de los antípodas; pero en cambio, no pocas veces expone grandes descubrimientos. La teoría atómica, tan parecida a la moderna teoría molecular, fue, como ya hemos dicho, un enorme adelanto para la física. Según ella, el espacio era infinito y está poblado de mundos. Admite la existencia del vacío, porque sin él la constante movilidad de los átomos sería imposible, y llama la atención la exactitud con que Lucrecio explica algunas leyes naturales, como la de que en el vacío no influye la pesantez de los cuerpos, y pesados y ligeros caen con igual celeridad, o al hablar de las tempestades, la diferente rapidez con que llega a nosotros la luz y el sonido.
No son menos notables los conocimientos fisiológicos que Lucrecio demuestra en su poema, y también muy dignos de atención sus presentimientos acerca de la formación del mundo, de los animales antidiluvianos y de las especies que han desaparecido, enunciando la lucha por la existencia, fundamento de la teoría de la selección natural de Darwin.
La historia del universo y del hombre está expuesta en el quinto libro del poemario, entremezclada con los grandes problemas de la física, de la religión y de la moral, que trata el autor con un atrevimiento y una confianza en su acierto verdaderamente admirables. En la parte física sigue con docilidad los preceptos de su maestro. Respecto a la primitiva vida del hombre en el mundo y al principio de la civilización y de las sociedades, sus ideas son más originales, si bien en cuanto a la organización social, civil y política, a la aparición del poder público y al origen de la propiedad, se limita a generalizar la primitiva historia de Roma, aplicándola a la humanidad entera.
                         
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