domingo, 13 de noviembre de 2016

WASINGTON IRVING...CUENTOS DE LA ALHAMBRA


En estos años que nos separan de su muerte se han publicado muchas y bien documentadas biografías del escritor. De ahí que sólo ofrezca un breve repaso de su vida que nos permita conocer mejor al hombre que escribió Cuentos de la Alhambra.
Washington Irving , considerado como "patriarca de la literatura americana" y uno de los grandes escritores de habla inglesa de su tiempo" tuvo el privilegio de vivir en la Alhambra mientras escribía el libro Cuentos de la Alhambra. Después de recoger todas las leyendas de los habitantes de la Alhambra, y tras investigar en los archivos de la Biblioteca universitaria granadina, desarrolló un género de novela fantástica de imprescindible lectura.
Irving nació en la ciudad de Nueva York el 3 de abril de 1873, en el seno de una familia de ascendencia escocesa y británica. Su padre, William Irving , diácono de la iglesia presbiteriana, estaba enrolado en la marina británica cuando conoció a Sara Sanders , de origen británico. Las pocas perspectivas de futuro que ofrecía Inglaterra en esos años les llevó a emigrar a los Estados Unidos donde llegaron en julio de 1763. Aquí se dedicaron al comercio, en particular al negocio de venta de vino, azúcar y mercancías . Tres meses después de su nacimiento, se firmó el tratado de París que supuso el fin de la guerra entre Inglaterra y los Estados Unidos y el reconocimiento por parte de la metrópoli de la independencia de las colonias americanas.
La ciudad que le vio crecer apenas contaba con 20.000 habitantes y nada tenía que ver con la metrópolis de hoy. Nueva York en 1783 era una ciudad rural y su sociedad tenía muy poco de intelectual, pues la aristocracia estaba formada por comerciantes y hombres de negocios. Su familia, a pesar de que los negocios le sonrieron, nunca llegó a formar parte de esa aristocracia patricia de grandes fortunas.
Washington fue un niño vitalista, inocente y de salud quebradiza. Sentía una gran afición por la música, que posteriormente se convertiría en pasión. A esto habría que añadir el gusto por el teatro. Parte de esta afición por la música, la crítica teatral y el arte de la buena y amena conversación se la debe al otro pretendiente de su hermana Catherine, John Alderson.


La bonanza económica que disfrutó la familia después de los años duros de la guerra de la independencia y el sentirse el niño mimado de la casa, marcaron su carácter caprichoso, inconstante, vago e indisciplinado. Sus maestros se fueron sucediendo: Mrs. Kilmaster, Mr. Benjamín Romaine, Mr. Frike entre otros, pero con los mismos nefastos resultados: el pequeño Irving mostraba un total desinterés por el estudio metódico y serio. Sólo asimilaba aquello que le interesaba: la lectura. El resultado fue que el muchacho se convirtió en un soñador. Este carácter solitario y soñador, unido a su gusto por la música y el teatro, no era comprendido por su padre que le apodaba el filósofo. Hay que decir también que siempre contó con el apoyo de su madre quien, en cierta manera, permitió y, hasta cierto punto, favoreció las inclinaciones de Irving. Un rasgo característico de su familia fue la gran unión que siempre reinó entre todos los hermanos, así como la preocupación por buscar el bienestar de toda la familia. Siempre que surgía un problema y una dificultad, la familia acudía en auxilio de quien lo necesitara.
Irving dio por terminada su formación escolar a la edad de 16 años. Y como alternativa a ingresar en la universidad, se decantó por el estudio de leyes en el bufete de abogados de Henry Masterton y más tarde en el de Brockholst Livingston. Para él, la elección fue sencilla: buscaba una profesión que se estructurara de los siguientes elementos en orden lineal: hablar, argumentar, discutir y socializar. A todo ello se unía el hecho de que no había que trabajar mucho y, a lo que se sumaba otro factor no menos importante, estaba muy bien pagada. Pero sus hábitos no cambiaron y siguió siendo un mal estudiante. Nunca consiguió gustarle la abogacía. Sus grandes distracciones seguían siendo las mismas: el teatro y la lectura .

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En 1802 empieza a trabajar de oficial de juzgado en la oficina de Josiah Ogden Hoffman y a colaborar con su hermano Peter en el periódico que éste acaba de fundar, el Morning Chronicle. En él inició su carrera literaria con una serie de cartas, nueve en total, que firmaba con el pseudónimo de Jonathan Oldstyle. No nos llevemos a equívocos, Irving no escribía porque se hubiera despertado en él una determinación por ser escritor, sino más bien como un divertimiento.
Su salud se resintió y su familia, preocupada por este motivo, hizo un esfuerzo y le envió a Europa en 1804. El 19 de mayo tomó un pasaje en un barco de vela rumbo a Burdeos. Desde aquí inició un recorrido por distintas ciudades y países europeos. Visitó Marsella, Génova, Florencia, Roma, Nápoles, Sicilia, Mesina, Toulón, París y Londres. En Italia descubrió la música y la pintura. En Londres, el teatro. Visitó a gente famosa, frecuentó el teatro y la ópera, acudió a museos y galerías de arte, aprendió lenguas y observó la naturaleza y a los hombres y, en especial, a las mujeres.
A su regreso a América, su vida no cambió mucho, ni él la tomó demasiado en serio. La vida social le atraía más que nunca y a ella dedicaba todo el tiempo de que disponía. Junto con sus hermanos William, Peter y Ebenezer y algunos amigos fundó un club literario que no fue sino una excusa para divertirse y visitar bares y lugares de moda. Con su hermano William y su amigo Paulding fundó una revista quincenal, Salmagundi. Esta empresa supuso un éxito tremendo y en sus contribuciones se observa el embrión de casi todo lo que más tarde haría. En ese momento, su hermano Peter le propuso hacer una parodia cómica de la guía de Nueva York que acababa de publicar Samuel Latham Mitchill. Afortunadamente, el propósito inicial no se cumplió. Irving preparó algo más ambicioso, original y diferente. El resultado fue la obra A History of New York from the Beginning of the World to the End of the Dutch Dynasty, por Diedrich Knickerbocker, más conocida por A History of New York. El libro se publicó el 6 de diciembre de 1809, cuando Irving tenía tan sólo veintiséis años. El éxito fue abrumador y las críticas no quedaron atrás. La frescura, imaginación y espontaneidad que destilaba la obra no volverán a repetirse. Sin embargo, un hecho, la muerte de su prometida Matilda Hoffman, empañaría el éxito obtenido.


Los siguientes escritos llevarán ya un inconfundible sello de reposo, serenidad y madurez. A pesar del éxito continuó viviendo años de desidia, gran vida social y rutina, hasta que en 1815 decidió cambiar de aires y se embarcó con destino a Inglaterra. Esta partida le llevará a vivir en Europa durante 17 años.
Cuando llegó a Inglaterra no se consideró un extraño. Allí estaban sus hermanos Peter y Sarah, su amigo Henry Brevoort, el poeta Thomas Campbell y las amistades hechas en el primer viaje. Durante tres años viajó y entabló amistad con las figuras artísticas más representativas del momento.
Los años 1817 y 1818 fueron malos. Los negocios en Inglaterra fracasaron y sus hermanos, como en otras ocasiones, acudieron en su ayuda, enjuagando las imparables deudas y ofreciéndole distintas soluciones laborales que no le atrajeron. Por si fuera poco, otro hecho luctuoso vino a ensombrecer aún más esta época: la muerte de su madre. Pero Irving se mantuvo fiel a la decisión que había tomado diez años atrás en similares circunstancias cuando falleció su prometida Matilda. Y tomó el mismo camino: la literatura. No se equivocó en su elección. En 1820 publicó The Sketch Booky con él consiguió reconocimiento como escritor y solventar sus apuros económicos. Irving fue el primer escritor americano en lograr el reconocimiento como tal. Una vez reconocido por el mundo de las letras, se le abrieron las puertas de la sociedad literaria y civil, y compartió mesa y mantel con las personas más importantes del momento: Disraeli, Southy, Campbell, Hallam, Gifford, Milman, Foscolo, Rogers, Scott, Belzoni.
Con dinero fresco en el bolsillo se desplazó a Francia junto con su hermano Peter para viajar y volver a disfrutar de esa vida ociosa que tanto le gustaba. Poco después, en 1822, publicará otro éxito editorial Bracebridge Hall, obra en la que a través de cincuenta historias recogía los recuerdos y vivencias de los lugares que había visitado. Regresó a Francia y, después de 13 meses de continuo viajar, se instaló en París en agosto de 1823 con sus cuadernos repletos de notas y apuntes. Fue en la capital del Sena donde inició su nuevo libro, Tales of a Traveller. Pero una vez más París no le resultaba el lugar idóneo para escribir, así que regresó a Inglaterra para concluir, corregir y perfeccionar su nueva obra que vería la luz en 1824. En esta ocasión, el éxito no le sonrió. La crítica pedía algo más que lo que había presentado. Dolorido por las críticas, volvió a refugiarse en París.
A esta situación se sumó otro hecho no menos doloroso: acababa de ser rechazado por Emily Foster, una muchacha de diecisiete años que había conocido durante su estancia en Dresde. Y, otro factor no menos importante: se encontraba casi arruinado. Todo el dinero obtenido por la venta de sus libros lo había perdido en inversiones ruinosas. Deprimido, dolorido y sin inspiración apareció una tabla de salvación en el horizonte.
Durante su estancia en Burdeos recibió una invitación del embajador norteamericano en Madrid, Alexander Everett, pidiéndole que se trasladara a España con el fin de traducir una obra sobre los viajes de Cristóbal Colón que estaba a punto de aparecer en el mercado. La propuesta le pareció caída del cielo. De esta forma, el 10 de febrero de 1826 emprendió camino hacia España, donde pasaría una larga estancia de casi cuatro años. Fue el período más fecundo y fructífero de su vida literaria. Publicó dos obras Life and Voyages of Christopher Columbus  y Chronicle of the Conquest of Granada . Durante esta primera estancia en nuestro país residió en Madrid, Sevilla y Granada donde se encontraba cuando recibió la noticia de que Andrew Jackson le había nombrado secretario de la embajada americana en Londres. Abandonó España y se dirigió a Londres para desempeñar el puesto que le habían designado. Allí permanecerá desde 1829 hasta 1832, año en que regresará a su país. Una semana antes de su regreso a Nueva York se publicaron Tales of the Alhambra . Su regreso fue apoteósico, cientos de personas le esperaban y le vitoreaban a su regreso. Su producción literaria no volvería a ser la misma. Había escrito sobre Inglaterra, Italia, Alemania, España, pero no sobre América. De aquí que se sintiera obligado a escribir sobre su nación: recorrió el país.


El resultado de este viaje fueron tres obras de temática puramente americana, A Tour on the PrairiesAstoria  y The Adventures of Captain Boneville. Tenemos que decir que estas obras adolecerían del encanto y el lirismo de las obras anteriores. De 1837 a 1842 se retiró a Sunnyside, el primer lugar que pudo llamar su casa. Aquí volvió a centrarse en escribir obras de temática española y se interesó por la historia y la biografía. Pero Irving se dio cuenta de que se encontraba alejado de la popularidad. No podía competir como escritor con las nuevas figuras literarias, le faltaba imaginación e inventiva. Tampoco con los historiadores, nunca fue un riguroso y sistemático historiador. Veía que su país se estaba trasformando y él no podía seguir ese ritmo, ni adaptarse y, como siempre le ocurría, volvía a tener problemas económicos, sus inversiones no fueron nunca muy afortunadas. Pero de nuevo España apareció en el horizonte como tabla salvadora. El Secretario de Estado Daniel Webster le ofreció el puesto de embajador en Madrid. El hecho le cogió por sorpresa, pero le pareció que el honor coronaba una vida. Para el escritor, España era el único lugar para vivir comparable a Sunnyside. Aceptó el puesto y ese mismo año salió para Europa camino de España. Llega a España a finales de julio de 1842 y a principios de agosto presentó sus cartas credenciales como embajador de los Estados Unidos a Espartero en la Corte de Madrid. Pero la España que se encontró en este segundo viaje poco o nada tenía que ver con la que había conocido. En política se estaban padeciendo unos gobiernos inestables, iniciados con María Cristina y la regencia de Espartero que había puesto en el trono a Isabel II, una niña de doce años. Las continuas disputas de liberales y absolutistas hicieron difícil y duro en extremo el trabajo del embajador americano. Vivió con inquietud los violentos sucesos que atraían la atención y preocupaban en las embajadas: la insurrección de Barcelona, el levantamiento de Pamplona y la toma de Madrid por Narváez. El puesto de diplomático en su querida España terminó en 1846. Y, ya cansado, regresó de nuevo a casa.
A su regreso a Sunnyside no continuó escribiendo sobre temática española sino que se dedicó a revisar su obra y escribir algunos trabajos de escasa calidad literaria, aparte de la elaboración de su Life of George Washington. Murió un 28 de octubre de 1859, poco antes de que estallara la guerra civil.
Pero ¿es esto todo lo que sabemos los españoles de Irving? Aún se desconoce que este neoyorquino con sus cuentos y narraciones supo seducir al pueblo americano y europeo ganándose su afecto y respeto. Acabamos de leer que fue un viajero incansable, un lector empedernido, pero mal estudiante que pronto orientó sus pasos hacia el mundo literario. Fue el primer escritor americano que logró reconocimiento como tal. Podemos añadir un detalle más, fue ministro plenipotenciario (lo que hoy en día conocemos por embajador) de los Estados Unidos en Madrid en reconocimiento a su labor, aprecio y conocimiento de la realidad española. El escritor americano visitó nuestro país en dos ocasiones. Recorriendo los caminos del sur, podemos seguir sus pasos a través de las rutas que siguió entre Sevilla, Cádiz, Málaga y Granada. Fueron España y sus personajes el escenario e inspiración de sus mejores obras: Cuentos de la Alhambra , Conquista de GranadaVida y viajes de Cristóbal Colón y de sus compañerosVida de MahomaPero no sólo descubrió un país y un pueblo sino que forjó amistades y vivió experiencias que le marcarían para siempre.
Tenemos que afirmar que existen varios Irvings. Nosotros nos detendremos en uno en particular. Para los americanos, Irving es el autor de dos leyendas que pertenecen por derecho propio al canon de la literatura popular americana, Rip Van Winkle y Sleepy Hollow. Para los ingleses es el autor deThe Sketch Book y, para los españoles, es la persona que escribió Cuentos de la Alhambra


Curiosamente, Irving visitó Granada en dos ocasiones durante su primera estancia en España . En 1828 durante una breve visita de diez días y, finalmente, en 1829 cuando se quedó durante tres meses habitando el palacio de Boabdil. El avispado lector comprobará que Tales of the AlhambraThe Alhambra, como se conocería posteriormente la obra, se publicó en 1832, tres años después de que el escritor americano abandonara España para ocupar el puesto de secretario de la legación diplomática en Londres. Esto quiere decir que la obra no se escribió, in sensu estricto, durante su estancia en el palacio nazarí. La obra la había comenzado mucho antes. Durante su estancia en Sevilla se produjo un acontecimiento fundamental para la génesis de Cuentos de la Alhambra. El 30 de diciembre de 1828 se encontraba en el teatro con la entonces marquesa consorte de Arco Hermoso y posteriormente conocida con el pseudónimo literario de Fernán Caballero. Hay dos anotaciones en su diario: "Tomar notas de "Stories of Dos Hermanas" y "Escribí parte de la historia del soldado encantado de la Alhambra". Esta idea la corrobora sus propios diarios. Así, recoge en una anotación del 10 de enero de 1829: "Escribí un poco de los Cuentos de la Alhambra". Pero ¿por qué escribió esta obra? Irving vino a España para hacer una traducción de los documentos de Colón. De los materiales que manejó para redactar la biografía de Colón extrajo información suficiente para escribir dos obras más Crónica de la conquista de Granada y Viajes de los Compañeros de Colón. Pero aquí hay un hecho importante que ha pasado desapercibido: el encuentro en Sevilla con el pintor escocés, y amigo, David Wilkie. Puede que fuera Wilkie quien le sugirió la idea de hacer un libro sobre la fortaleza nazarí. La dedicatoria de The Alhambra a David Wilkie, aparecida en la primera edición londinense (más tarde sistemáticamente omitida y nunca traducida al castellano), ofrece pistas más que seguras:

"Entonces fuiste tú quien me pediste encarecidamente que escribiera algo que pusiera de manifiesto estas características, algo en el estilo de Haroun Alrasched, que tuviera un toque de ese sabor árabe que impregna todo en España. Traigo esto a colación para recordarte que has sido tú, en cierto modo, responsable del presente trabajo, en el que ofrezco algunos bocetos árabes de la vida y las leyendas basadas en tradiciones populares, que fueron acuñadas principalmente durante una estancia en uno de los lugares con más vestigios morisco-españoles de la Península"

Al abandonar Granada, Irving llevaba atesorado un material interesante y variado con el que podía redactar una obra similar a cualquiera de las anteriormente escritas. Las opciones eran varias: un nuevo Sketch Book de temática española apoyado enlas leyendas que le habían narrado los hijos de la Alhambra, o un Bracebridge Hall de color español, el espacio físico donde situar la acción era único, la Alhambra. Y había una tercera opción: una nuevaConquest of Granada. Los datos con los que contaba sobre la ocupación árabe de la fortaleza eran óptimos para una nueva narración histórica.
El libro no fue lo que Irving había planeado. Como en ocasiones anteriores, había delegado en un miembro de la embajada de su país la revisión de las pruebas que, unido a las modificaciones que los editores incluyeron, dieron un resultado no deseado. Colburn y Bentley, los editores londinenses de la obra, la titularon:
The Alhambra, by Geoffrey Crayon, Author of the Sketch Book, Bracebridge Hall, Tales of a Traveller, etc.
Por su parte, los editores americanos Carey y Lea, le pusieron por título: The Alhambra: A Series of Tales and Sketches of the Moors and the Spaniards, by the Author of the Sketch Book.
El resultado fueron dos ediciones del mismo año pero con títulos distintos. Finalmente, Irving impuso el título deThe Alhambra. Y, como era lógico, también asumió la autoría de la obra con su nombre y apellido. Tenemos que decir que una de las características del escritor americano fue el uso de pseudónimos; llegó a utilizar cuatro distintos que tienen que ver con su evolución como escritor. Si al publicarse The Conquest of Granada y poner Murray el nombre de Irving en la portada despertó las iras del escritor americano por lo que calificó deimperdonable abuso, ahora quería responsabilizarse de lo allí escrito y, a partir de la edición revisada de Putnam de 1851, se colocó en portada su nombre.
La obra es de gran calidad artística, tanto en los aspectos formales como en el contenido y estructura de las historias. Está escrita con una técnica descriptiva muy parecida a la empleada en la pintura, con ingenio, respeto y afecto por los protagonistas, los objetos y los lugares que le rodearon en su estancia en el palacio del Rey Chico. La secuenciación de las historias no es ni caprichosa ni aleatoria, sino que responde a un ordenamiento meditado y a una estrategia calculada. La primera parte de la obra  está formada por historias que narran acciones, la segunda  está dedicada a las leyendas y las reflexiones. Si el estilo de Irving es siempre cuidado, en esta obra se supera aún más y alcanza nuevas cotas de elegancia y refinamiento.
Curiosamente, los críticos en las primeras recensiones de la obra consideraron las ediciones inglesa y americana como frías y asépticas. Sin embargo, la edición revisada de Putnam de 1851 superó estos defectos y presentó una The Alhambra con sus mejores galas.

“Cuentos de la Alhambra es una obra escrita con ingenio, respeto y afecto por los protagonistas, los objetos y los lugares que le rodearon en su estancia en el palacio del Rey Chico”.

Otra característica de esta obra son las variaciones que sufriría. Así en la distribución de las treinta y una historias de la edición de Londres, el autor no siguió un orden lógico, aunque la secuenciación sí tiene su razón de ser. Uno de los grandes aciertos fue haber distribuido, sin preocuparse de simetrías, las anotaciones sobre el monumento, las disquisiciones históricas y los cuentos. Lo que prueba, por una parte, la libertad de composición romántica y, por otra, los hábitos desordenados del escritor americano. Para complicar un poco más las cosas, la impresión de Filadelfia se hizo a partir de un manuscrito distinto al de la edición de Londres y, como cabe esperar, presenta diferencias con aquél, sobre todo en el orden de secuenciación de las historias, más coherente en la británica que en la americana.



Irving llevó a cabo una revisión profunda de todo el texto de The Alhambra para preparar la edición completa de sus obras que le había pedido el editor Putnam. En esta ocasión se tomó la tarea en serio. Seleccionó como punto de partida la edición americana de 1832 y la revisión que de ésta hizo en 1836. Corrigió minuciosamente todo el texto y reorganizó la obra. Amplió algunas historias, añadió otras nuevas, así como parte de los manuscritos que originalmente escribió y que nunca se habían incorporado a la obra. Ésta ganó en el proceso, no por la adición de nuevos capítulos o la reorganización de los viejos, sino más bien por los cambios realizados en el cuerpo del texto, por el colorido, la implicación personal, la lograda finalización de un período histórico y el mayor desarrollo de algunas descripciones y detalles. Irving aumentó de esta forma la extensión del libro en un tercio. Hay que decir que el resultado fue una obra nueva. Lo que se aprecia al leer las leyendas de la edición revisada de Putnam de 1851 es que éstas se organizan con arreglo a cierto orden topográfico más que histórico.
Esta multiplicidad de ediciones se trasladará a las traducciones que nos han llegado. Dependiendo de las ediciones que uno maneje se encontrará con que ha leído treinta y un cuentos y otros más afortunados cuarenta y uno.
A lo largo de varias generaciones, The Alhambra ha rivalizado en popularidad con el prestigio de History of New York y The Sketch Book. En ocasiones, estas dos últimas han ensombrecido la importancia y relevancia de The Alhambra. Sin embargo, resulta artísticamente muy superior no sólo a aquéllas, sino a cuantas otras escribiera Irving. Nadie reflejó el encanto y magia de la fortaleza árabe como el escritor y viajero americano. Han sido legiones de artistas los que han visitado el monumento pero ninguno de ellos lo ha inmortalizado tanto como nuestro protagonista.
Me gustaría acabar estas líneas recordando que Irving debe tanto a España, Granada y a la Alhambra como el palacio nazarí debe a Irving. La diferencia está en que él nos ha dejado sus cuentos, sus personajes y su humor. Creo que nosotros le hemos dado muy poco. Estas líneas buscan resarcir el cariño, respeto y amor que profesó por nuestro país, por nuestras gentes y por nuestro carácter. Muchos han sido los escritores y literatos enamorados de España, pero pocos los que la hayan querido tanto como Washington Irving.

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http://www.alhambra.org/esp/index.asp?secc=/alhambra/alhambra_sus_leyendas




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