martes, 10 de enero de 2017

EL HOLANDÉS ERRANTE....RICHARD WAGNER Y EL BUQUE FANTASMA



El Buque Fantasma,es el nombre de un buque creado por la fantasía de varias generaciones de marineros. Alerta sobre el quebrantamiento de la festividad del Viernes Santo, día en que el Señor permaneció enterrado en el santo sepulcro. La leyenda circula desde la época de los primeros viajes de descubrimiento. Los marinos a menudo ven visiones y escuchan sonidos que no parecen de este mundo. Gran parte de estas extrañas apariciones pueden ser actualmente atribuidas a fenómenos físicos bien estudiados.
La historia del Holandés Errante es muy famosa. Se trata de una historia salida de la imaginación de los marineros que habla de un duro e intrépido marino condenado a vagar eternamente sobre la superficie del mar. Se ha señalado con mucho acierto que las leyendas sobre condenados a la vida eterna en el mar tienen su contrapartida en tierra en las leyendas del Judío Errante, Cartaphilus, o la de Al Samiri, el hombre que hizo el becero de oro. [Según la que parece ser la historia primitiva], en el viejo castillo de Falkenberg, en la provincia de Limburg, un espectro ronda por las noches y se oye una voz que grita entre las ruinas ¡Asesino, asesino! Grita dirigiéndose al Norte, al Sur, al Este y al Oeste; y antes de que se escuchen los gritos, aparecen dos pequeñas llamas que le acompañan se gire hacia donde se gire. Hace seiscientos años que grita y durante todo ese tiempo las llamas le han acompañado. (Rappoport) El despechado de amor Reginald asesinó a su hermano y a su esposa y huyó al norte acompañado de una forma blanca a su derecha y una forma negra a su izquierda. Caminó hasta el límite de la tierra y un barquero que luego desapareció le condujo a bordo de un gran barco con las velas desplegadas. Seiscientos años lleva navegando esa nave sin timón ni timonel y durante todo ese tiempo han estado las dos formas jugándose a los dados el alma de Reginald.

Versión de marineros alemanes:
Según una leyenda, El Holandés Errante se llamaba Bernard Fokke y era un marino que vivió en el siglo XVII, osado e inteligente, que fue capaz de vijar de Batavia a Holanda en noventa días. Se suponía que podía viajar tan rápido gracias a la ayuda del diablo y a los poderes mágicos del propio Fokke. Esta creencia se vio reforzada por el hecho de que Fokke era un hombre de constitución muy fuerte, muy feo y de carácter violento. Cierto día no regresó de uno de sus viajes y la gente dio en decir que el diablo había reclamado lo suyo. Se dijo que Fokke había sido condenado, por sus muchos pecados, a vagar eternamente en su barco desde el cabo de Buena Esperanza hasta el extremo sur de América. Todos los marinos del océano Indico aseguraban haberlo visto a él y a su tripulación, que consistía en tres ancianos de largas barbas. Tan pronto como alguien trataba de hablar con ellos, el barco desaparecía.

Versión de Jal (Scènes de la vie maritime)
Había una vez un duro y temerario capitán holandés que no creía en Dios ni en los santos ni en nada. Un día partió hacia el Sur y todo fue bien hasta que llegaron a la latitud del cabo de Buena Esperanza. Allí se levantó una tormenta y el barco corrió un gran peligro. La tripulación y el pasaje aconsejaron al capitán que se acercara a la costa, pero él se rio de los los temores de tripulantes y pasajeros. Comenzó a cantar terribles canciones burlándose y riéndose de la tempestad y blasfemando contra la Providencia. Una celestial figura descendió del cielo para recriminarle su osadía a lo que el capitán respondió con un disparo primero y luego abalanzándose contra el emisario, quien lo maldijo y condenó a vagar sin llegar a puerto jamás. "Se te considerará un diablo del mar. Vagarás sin cesar por todas las latitudes y nunca hallarás reposo ni buen tiempo. La sola visión de tu barco, que seguirá rondando hasta el fin de los tiempos, traerá la desgracia a quien lo vea".

Versión de los marinos franceses (s.XVIII):
El Voltigeur u Holandés Errante [La volant Hollandais] envía borrascas, hunde barcos y hace perder el rumbo. Hay marinos que dicen que se atreve a visitar barcos que pasan cerca y que envía cartas que hacen volverse loco al capitán que las lea. Tiene el poder de elevar barcos y arrojarlos desde lo alto, así como de cambiar de aspecto a voluntad. Su tripulación está tan maldita como su capitán porque está formada por pecadores en grado extremo.

Reseña en un diario inglés sobre el suceso del Bacchante (1881):
A las cuatro de la mañana el Holandés Errante se cruzó por delante de nuestra proa. Una extraña luz roja, como de barco fantasma brillaba por todas partes, y en medio de ella resaltaban claramente los mástiles y velas de un bergantín a unas doscientas yardas de distancia. El vigía del castillo de proa lo divisó por el lado de babor y el oficial de guardia también lo vio claramente desde el puente, así como el guardiamarina, que fue enviado al castillo de proa. Para cuando llegó no podía verse vestigio ni señal alguna de ningún barco ni cerca ni lejos en el horizonte; la noche estaba clara y el mar en calma. En total lo vieron treinta personas. Pero no se pudo averiguar si se trataba de Van Diemen o El Holandés Errante, o quién. El Tourmaline y el Cleopatra, que navegaban a estribor nuestro, nos hicieron señales preguntándonos si habíamos visto esa extraña luz roja. (citado por Bassett en Wanderships)


Inspiración de numerosas obras posteriores:
El barco fantasma o El Holandés Errante es tema de muchas obras literarias. Son muy famosos: The Phantom Ship, del capitán Maryat, y la ópera de Wagner Der Fliegende Holländer. El libreto de Wagner está inspirado en el séptimo capítulo de la novela del alemán Heinrich Heine Memorias del Señor de Schnabelewopsky. Se desarrolla en la costa de Noruega en tiempos no precisados. Longfellow incluye en su Birds of Passage un poema corto titulado El barco Fantasma. Este poema, según explica el propio Longfellow, está inspirado en la historia que Cotton Mather relata en su obra Magnalia Christy.




RICHARD WAGNER Y EL BUQUE FANTASMA


A principios de 1840 Richard Wagner escribe el primer esbozo en prosa de El holandés errante, que pocos meses después vende a la Opera de París. Poco menos de un año después, en la primavera de 1841, comienza la composición. El 21 de octubre queda terminada la partitura, con excepción de la obertura, a la que da fin el 19 de noviembre. El 2 de enero de 1843 se estrenó la ópera bajo la dirección del compositor. En la actualidad, El holandés errante es una de las obras más representadas de Wagner.


 La obertura, todavía convencional en cuanto a la forma, se parece a un poema sinfónico. Tema: el mar y su mítico navegante, el «holandés errante», tal como vive en los relatos de muchos pueblos marineros. En medio de un denso trémolo de los excitados violines, se eleva un motivo obstinado. Es lo que Berlioz denominó idée fixe y que Wagner convierte en Leitmotiv: un motivo breve, conciso, que queda fijado en el oído y en la memoria, y que con cada aparición alude a la persona, la idea, el objeto que simbolice. En esta obra Wagner trabaja todavía con pocos motivos. Después del recién mencionado, que pertenece al misterioso «holandés» y a su buque fantasma, en la obertura aparece otro motivo más íntimo. Representa sin lugar a dudas el amor puro de Senta y además el tema favorito de Wagner, la redención por el amor.
Tanto la obertura como el argumento de la ópera están formados por esos dos elementos fundamentales. La tempestad en el mar es uno de los componentes, el amor redentor es el otro. La técnica orquestal de Wagner es admirable ya en esta obra de juventud. Su capacidad de descripción en este drama llega más lejos que la de su modelo inmediato, Weber. También las tormentas operísticas de Rossini y Meyerbeer, por brillantes que sean, se quedan un poco cortas frente a este fenómeno de la naturaleza del que Wagner nos hace testigos.




El telón se levanta ante la orquesta, que sigue moviéndose tempestuosamente. El velero de Daland ha buscado refugio en una agreste ensenada de la costa noruega. La tripulación se retira a descansar, sólo el piloto queda de guardia y canta además una canción a su prometida, a la que no ha podido abrazar ese día a causa de la tormenta.
Por último, el piloto también se duerme, vencido por el cansancio. De repente centellean unas luces fantasmales sobre el mar, sopla un viento que parece surgir de los confines del mundo. Y sobre las aguas corre, casi se podría decir que vuela, un imponente buque con mástiles negros y velas rojas. El buque se dirige hacia la ensenada y echa el ancla cerca del velero de Daland. Del buque fantasma desciende un hombre solo. Con mirada sombría y pasos lentos sube por la costa. Es el «terror de los mares» (como se denominará más adelante), el «holandés errante», expulsado, maldito, condenado a una pena eterna. (Wagner conoció esta figura lúgubre y profundamente trágica en la versión poética de Heine y le añadió algunos rasgos.) El condenado puede desembarcar cada siete años y buscar su salvación en el amor de una mujer que lo ame sin condiciones. Todos los intentos anteriores han sido inútiles. El holandés, condenado por el cielo a navegar sin descanso por los mares, ha tenido que subir una y otra vez a su buque y hacerse a la mar. El monólogo del holandés sería suficiente para reconocer el genio dramático musical de Wagner. En un largo canto recitativo (Wagner se aproxima al canto hablado con el que en futuras obras reemplazará la clásica melodía), el sombrío marino describe su tormento, su anhelo, su deseo de morir. Un coro de espíritus, que parece surgir del buque, subraya lúgubremente sus palabras, su deseo de disolverse en la nada, su deseo de que llegue el fin del mundo, que parece su única salvación y la de sus hombres. Daland despierta. Sorprendido, se frota los ojos, despierta al piloto. ¿De dónde procede aquel enorme buque extranjero? Ambos dan voces según los usos del mar: ¿Nombre? ¿Bandera? Sin embargo, del gigantesco cuerpo negro no sale ninguna respuesta. Daland ve al hombre en la costa y entabla conversación con él. Aun cuando no comprende todo lo que dice el extranjero, su espíritu algo primitivo entiende que se trata de un capitán muy rico que le ofrece verdaderas riquezas por albergarlo una sola noche. Y si el extranjero quiere conocer a su hija, incluso casarse con ella, el ambicioso Daland no tendría nada que objetar; Senta es una joven buena, bella y virtuosa, explica al holandés. El viento ha cambiado. El buque de Daland puede levar anclas y poner rumbo a su pueblo. El buque del holandés lo seguirá. Que Daland no se preocupe: es rápido y alcanzará al pequeño velero. El misterioso extranjero permanece todavía un instante en la costa, como si estuviera diciendo una oración. La joven con que se encontrará, ¿será su salvadora?



El preludio del acto segundo sigue el camino del holandés desde el mar hasta la casa de Daland. En el gran salón, las jóvenes del pueblo están ocupadas hilando. Alegre y ligero, su canto asciende melodiosamente sobre el murmullo de las ruecas.
Sólo Senta no participa en el canto alegre y despreocupado de sus compañeras. Su mirada se posa continuamente en un enorme cuadro, colgado sobre la puerta, con la imagen de un hombre extraño. El cuadro representa al «holandés errante», tal como vive en la fantasía de los habitantes de la costa. Las jóvenes se burlan de Senta a causa de sus ensoñaciones románticas. Finalmente, la invitan a que cante su canción favorita. La grandiosa balada comienza con el motivo del destino del marino condenado, que aparece en la orquesta. Senta hace suya la exclamación, que, como el «¡Ahó!» de los marineros, se oye por encima de las olas agitadas por la tormenta. Primero con serenidad, luego creciendo a cada instante, como si viviera el cruel destino del hombre sobre el que canta, Senta cae en una especie de éxtasis. Canta sobre las tormentas del mar, sobre la condenación eterna; luego su voz se hace más suave, más implorante; la melodía de amor pone consuelo sobre la desesperanza. Con profundo temor, las compañeras sienten que el espíritu de Senta mora en la lejanía, en el mundo desconocido del buque fantasma. Oyen con horror las últimas palabras de Senta: que el cielo la elija para ser la redentora del desconocido marino. Erik, que ha entrado calladamente en la sala y percibe el encantamiento de la joven, a la que ama desde hace mucho tiempo y con la que quiere casarse, se estremece.


Fuera se oyen voces de alegría. Han regresado los marineros, su buque se ve ya detrás de las rocas. Las mujeres corren hacia la orilla. Erik retiene a Senta, le suplica. Es como si ella despertara. Sorprendida, confía a su amigo que ha cantado la balada inconscientemente. Erik le cuenta un sueño. Veía a Senta correr hacia su padre, a cuyo lado caminaba un hombre extraño, oscuro y triste. Senta se estremece ante esa confirmación de sus propios presentimientos. Erik continúa: Senta se arrojaba a los pies del extraño y huía con él por el mar. Los ojos de Senta se iluminan. Entonces sabe con seguridad que el holandés se presentará. Y mientras Erik, profundamente afectado, se retira, Senta canta una vez más el motivo de la redención por el amor. Antes de que termine, se abre la puerta. El marino rodeado de leyendas se detiene debajo de su propio cuadro. Detrás de él aparece Daland y saluda ruidosamente a su hija. Pero Senta está como hechizada. No puede dar un solo paso ni pronunciar una sola palabra. Daland se encarga de la «presentación»; su melodía ligera y trivial permite advertir claramente que ni siquiera intuye el profundo vínculo entre aquellos dos seres que se pertenecen desde el comienzo de los tiempos. Por último, Daland se retira, evidentemente satisfecho por haber encontrado tan buen pretendiente para su hija. Senta y el holandés siguen el uno frente al otro, sin poder hablar. Sólo sus almas parecen comunicarse. ¡Cuánta poesía hay en este silencio, después de la prosa de Daland! Finalmente, el holandés encuentra las primeras palabras. Senta confirma la promesa del padre: será su mujer, fiel hasta la muerte. El marino se estremece: ¿sabe la joven quién es él? Las palabras de Senta parecen indicar que sí. Cada uno expresa sus más profundos pensamientos en un monólogo, que a pesar de la simultaneidad no se convierte en diálogo ni en dúo, en el sentido corriente. Daland los interrumpe, anuncia que el feliz regreso será celebrado con una fiesta.

El acto tercero lleva la fiesta popular al escenario. En el puerto iluminado hay dos barcos. Cerca de la orilla, el velero de Daland, cuyos tripulantes se dirigen a tierra formando coros que se destacan. Más lejos está anclado el buque fantasma del holandés. No se ve en él ninguna luz, y cuando algunos habitantes del pueblo llaman a la tripulación para invitarla al baile, no hay ninguna respuesta. Se formulan algunas preguntas: ¿qué hombres son estos? ¿Ancianos? ¿Tal vez... muertos? ¿O es el buque fantasma al que se refieren antiquísimas leyendas? Entonces se enciende sobre la cubierta un extraño fuego, da saltos como un fuego fatuo, mientras el buque parece sacudirse como en una tormenta. Entre tanto, el puerto y la ensenada están completamente tranquilos. Un horrible canto se eleva y hace que todos palidezcan en la orilla. Los habitantes del pueblo recobran el valor e intentan ahogar con sus propios cantos la canción que llega desde el buque. Cuando se santiguan es como si oyeran una carcajada de burla en el lejano buque, que vuelve a hundirse en la oscuridad y el silencio.

De la casa paterna salen Senta y Erik. El joven cazador pide inútilmente a la joven que retire el juramento que ha hecho al holandés. Senta, que ha reconocido su verdadera misión, permanece firme. Una vez más el cazador le dice que recuerde la promesa que le hizo una vez y que él tomó por un sí. El holandés es testigo involuntario de estas palabras. Se cree traicionado, como tantas veces en la vida, y corre hacia el puente que conduce a su buque. Pero Senta le cierra el paso. Le asegura de nuevo que quiere serle fiel hasta la muerte. Pero el torturado marino no quiere escuchar más. Senta podría salvarse aún, porque su promesa aún no ha sido hecha ante el altar; si fuera ése el caso, nada podría salvarla de la muerte. Pero Senta no quiere salvarse. Ni su padre ni Erik ni sus amigos lograrán que cambie de decisión. Con todas sus fuerzas grita al holandés las palabras decisivas: «¡Te conozco! ¡Conozco tu destino; te reconocí cuando te vi por primera vez! ¡El fin de tu sufrimiento está aquí! ¡Soy yo; por mi fidelidad encontrarás tu salvación!». El holandés, como perseguido por la maldición, llega a bordo de su buque, que parte velozmente. Nadie puede detener a Senta, que ha subido a una roca y desde allí se arroja al mar. La multitud se ha puesto de rodillas. En el horizonte oriental, que comienza a teñirse con los colores del amanecer, se percibe una extraña visión: dos figuras, Senta y el holandés, se elevan abrazadas, redimidas, hacia el cielo cada vez más luminoso, mientras el buque fantasma se hunde para siempre en el mar.


 Desde que los hombres recorren el mar aparecen en sus mitos y leyendas e historias de barcos misteriosos, buques fantasma (que en realidad existen: buques perdidos, abandonados por alguna razón por sus tripulantes o buques cuya tripulación ha perecido a causa de las epidemias, los asesinatos o el hambre). La fantasía humana inventa destinos de marinos que han sido condenados a recorrer sin descanso los océanos, así como la posibilidad de su redención por medio de la muerte! El poeta romántico alemán Heinrich Heine adaptó la leyenda y la incluyó en sus Memorias del señor de Schnabelewopski.


Es posible que Wagner leyera esta novela ya en Riga, en 1838. Su temerario viaje por el Báltico y por el mar del Norte hizo que volviera a leer el texto o que sintiera el destino del personaje; y de ese modo surgió el primer esbozo de la ópera El holandés errante. Wagner lo redactó detalladamente poco después de su llegada a París (1839), pero, necesitado urgentemente de dinero, lo vendió ala Ópera de esa ciudad, que encargó la puesta en música del texto de Wagner al compositor francés Fierre Louis Philippe Dietsch. Wagner obtuvo 500 francos por su trabajo, pero se reservó el derecho de adaptarlo musicalmente. De hecho, poco tiempo después volvió sobre el asunto y escribió un libreto brillante, en el que proveyó de características nuevas a la antiquísima leyenda. Es sorprendente su descripción de la naturaleza, que ofrece mucho espacio para la música. La figura del holandés, que se diferencia por su gran plasticidad de Daland y Erik, es grandiosa: nos encontramos frente a un hombre perteneciente a un reino intermedio, un personaje muy estimado por el romanticismo, lleno de trágica grandeza, que se sale de todo marco terrenal. La idea favorita de Wagner, la de la redención por el amor, encuentra aquí su primera realización: Senta es la primera de las grandes figuras femeninas de Wagner. Es sorprendente el vigor poético de Wagner en esos años juveniles; su lenguaje es plástico, exacto, pictórico. El personaje del holandés errante alcanza, en la caracterización de Wagner, la altura de las grandes figuras de la literatura mundial.


 En esta obra se produce de manera nítida el paso de la ópera al drama musical. La partitura contiene todavía algunos números musicales, pero no están separados de manera rigurosa, como en Weber, Marschner o en el Rienzi del propio Wagner. Es clara la tendencia a crear síntesis cada vez más amplias. También es clara la transformación de la «melodía en sí» (que predominaba en los compositores anteriores) en el canto recitativo-dramático. Por lo demás, precisamente esta obra, ligada de manera estrecha al romanticismo alemán, es interesante desde el punto de vista musical, pues Wagner utiliza distintos lenguajes musicales para los dos tipos de hombres que se enfrentan aquí: por un lado los completamente «terrenales», Daland, Erik, Mary, los marineros noruegos con el piloto, las jóvenes del pueblo; por el otro el holandés y las almas que le son afines, Senta, que ingresa cada vez más en la esfera del holandés. Por supuesto, en esta obra (Wagner la escribió antes de cumplir los 30 años) todavía se pueden constatar influencias: está presente Weber, también Marschner, sin duda Meyerbeer, cuya influencia era muy difícil de evitar en la época. Ya en El holandés errante se advierte que la característica musical más fuerte de Wagner será la armonía. La melodía y el ritmo, a pesar de que alcanzan una altura significativa, carecen todavía de características decisivas. Pero desde el punto de vista dramático, Wagner supera ya a todos sus modelos; las ocurrencias sólo tienen validez en la medida en que se subordinan a una idea dramática central. Wagner es, tanto desde el punto de vista poético como desde el musical, un dramaturgo nato. 



En el viaje de Pillau (donde embarca después de huir de Riga) a Londres, Wagner experimenta en medio de terribles tormentas la vigencia de los mitos y leyendas, tal como los había conocido, por ejemplo, en la ya mencionada novela de Heine. A principios de 1840 escribe el primer esbozo en prosa de El holandés errante, que pocos meses después vende a la Opera de París. Poco menos de un año después, en la primavera de 1841, comienza la composición. El 21 de octubre queda terminada la partitura, con excepción de la obertura, a la que da fin el 19 de noviembre.

El decisivo éxito que obtiene Rienzi en Dresde convence al Hoftheater de esta ciudad de que hay que nombrar a Wagner director de orquesta y de que se puede representar el 2 de enero de 1843 El holandés errante bajo su dirección. El éxito de este estreno es menos consistente que el de Rienzi, que gusta más al público por su estilo de grande opera. En la actualidad, El holandés errante es una de las obras más representadas de Wagner: la moderna técnica escénica permite, con la posibilidad de las proyecciones, vertiginosas representaciones del buque fantasma; además, la psicología profunda de las dos figuras principales, el holandés y Senta, está más cerca de nuestra interpretación caracterológica, más exigente que en épocas pasadas. No sabemos si se puede decir lo mismo del componente romántico de la obra.



http://www.mgar.net/docs/dutchman.htm
http://www.hagaselamusica.com/clasica-y-opera/pera/el-holandes-errante-de-richard-wagner/

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