martes, 29 de septiembre de 2015

ASHORA.... EL EMPERADOR PACIFISTA DE LA INDIA




Horrorizado por las matanzas y deportaciones que él mismo provocó al conquistar el reino de Kalinga, Ashoka se convirtió al budismo y renegó del uso de la violencia para gobernar
Ashoka fue el tercer emperador de los maurya, una dinastía que entre los siglos IV y II a.C. dominó casi la entera totalidad de la India, Pakistán y parte de Afganistán. Con habilidad y poderío militar, los maurya se fueron expandiendo progresivamente desde Pataliputra (Patna), la capital del reino, situada en la cuenca del río Ganges, hasta que Ashoka logró unificar todo el territorio de la India por primera vez en la historia.
Cuenta una leyenda india, de tradición budista, que Ashoka era hijo del rey Bindusara y de una de sus esposas, Subhadrangi, la hija de un brahmán. Apartada del lecho del rey por una intriga palaciega, cuando al fin tuvo acceso a su esposo y le dio un hijo, se cuenta que le puso el nombre de Ashoka, «el que no tiene pena», porque al nacer el bebé había acabado con las angustias de su madre. El príncipe Ashoka gozó siempre de la confianza de su padre, quien le encargó el gobierno de las provincias de Ujjain y de Gandara. Al morir Bindusara en 273 a.C., Ashoka se hizo con el poder, aunque para ello ordenó matar a todos sus hermanos –seis según una fuente; 99 según otras– y someter a torturas a sus partidarios. Tras cuatro años de sangrienta guerra civil, se asentó finalmente en el trono de Pataliputra y dio inicio a un reinado que se caracterizó por un cruento despotismo.



Soberano implacable

Las crónicas, en efecto, recogen numerosos episodios, quizá legendarios, que le valieron el sobrenombre de Chanda Ashoka, «Ashoka el cruel». Se decía, por ejemplo, que cuando en una ocasión las mujeres de su harén lo despreciaron por su fealdad, ordenó quemar a quinientas. El peregrino budista chino Fa Xian recogió asimismo la tradición de que Ashoka había hecho construir un infierno terrestre en forma de jardín amurallado, al que el emperador atraía a los curiosos para torturarlos de forma horrible. La leyenda cuenta que un monje budista soportó los suplicios y de este modo logró convertir al soberano.
Sin embargo, el relato más común de la conversión de Ashoka tiene que ver con la práctica conquistadora de los maurya. Con el padre de Ashoka, Bindusara, el Imperio se había consolidado como el más poderoso y extenso de Asia. Sólo se resistía al omnímodo control de los maurya un próspero reino situado en la costa este del subcontinente indio, Kalinga, en el actual estado de Orissa. Hacia el año 262 a.C., ocho años después de su subida al trono, Ashoka emprendió una campaña militar para anexionarse este territorio que se vio coronada con el éxito. Según las estimaciones del propio rey, 150.000 personas fueron deportadas y otras 100.000  murieron, siendo muchas más las que posteriormente sucumbieron a sus heridas. Al pisar el campo de batalla y ver con sus propios ojos las montañas de cadáveres apilados y las lágrimas de los vencidos, Ashoka comprendió que la conquista de un reino significaba muerte y destrucción para todos, ya fueran amigos o enemigos, y desventura para aquellos cautivos que se verían lejos de sus familias y sus tierras.

La conversión al budismo

De la experiencia de Kalinga surgió un nuevo Ashoka, un soberano que, verdaderamente contrito, deseaba purificar su alma ante la desolación que había provocado con una sola orden suya. Así lo expresó en uno de sus edictos grabados sobre piedra: «El amado de los dioses sintió remordimientos por la conquista de Kalinga, porque cuando es conquistado un país por primera vez las matanzas, la muerte y la deportación de personas resultan muy tristes para el querido de los dioses y pesan gravemente sobre su alma».
Durante un año y medio, Ashoka invitó a sabios de todo el reino para que participaran con él en intensos debates filosóficos, buscando esa paz que su vida de guerrero le había negado. Pero sería el budismo, la influyente religión contemplativa que había surgido en el norte de la India en el siglo VI a.C., la que calmaría sus inquietudes. En el décimo año de su reinado, Ashoka decidió salir en peregrinación. Durante 256 días, el rey y su séquito viajaron a pie por las riberas del Ganges hasta llegar a Sárnath, un suburbio a las afueras de Varanasi (Benarés), donde Buda dio su primer sermón. Cerca de la ciudad sagrada de los hindúes estaba la localidad de Bodh Gaya, el lugar donde se alzaba el árbol bodhi, bajo el cual el príncipe Siddartha Gautama se convirtió en Buda, «el Iluminado». Ante la visión del árbol, Ashoka sintió que él mismo alcanzaba  esa ilustrada serenidad que necesitaba y erigió un templo allí mismo. A partir de entonces se hizo llamar Dharma Ashoka o «Ashoka el piadoso».
Repudiando la gloria que había alcanzado con las armas, Ashoka decidió dedicarse a predicar su nueva fe: el dharma o la doctrina de la piedad. Ashoka trató así de humanizar un poder que había ejercido de manera despiadada al principio de su reinado, convirtiéndose en el primer soberano de la historia que renunciaba expresamente a las conquistas y la violencia. Así al menos se le recuerda en la tradición histórica india, aunque los historiadores recuerdan que, pese a sus lamentos, Ashoka nunca renunció al conquistado reino de Kalinga ni al empleo de la fuerza, bien que moderada, contra los pueblos rebeldes de la frontera.
Pese a ello, el mensaje de Ashoka era revolucionario. El emperador trataba a todos sus súbditos por igual, en contraste con las doctrinas del brahmanismo, en el que la pertenencia a una casta define la posición social. Uno de sus edictos decía: «Todos los hombres son mis hijos y de la misma forma que a mis hijos les deseo que sean felices y prósperos, tanto en este mundo como en el siguiente, también se lo deseo a ellos». Hizo del pacifismo el principio inspirador de su reinado. El sonido de los tambores, que antes anunciaba la marcha de los soldados al campo de batalla, se convirtió en lo que él llamó «la música del dharma»: el alegre anuncio de espectáculos teatrales que enseñaban la nueva religión con fuegos artificiales y con elefantes blancos, símbolos de la pureza y la sabiduría de Buda. Mandó grabar sus edictos, con los detalles de su conversión y las doctrinas del dharma, en pilares en las plazas más concurridas del Imperio y en los pasos de montaña más transitados por sus súbditos.
Ashoka fundó cientos de monasterios y santuarios, mejoró las vías de comunicación entre las principales capitales, plantó árboles que dieran sombra a los caminantes y sembró el Imperio de pozos para calmar su sed, y erigió hospitales y zonas de descanso para solaz de aquellos que entraran en sus dominios y fueran en peregrinación a los lugares santos de la India. Preocupado por la difusión internacional del budismo, Ashoka pidió a su propio hijo, Mahendra, que encabezase una misión predicadora a Sri Lanka y envió embajadores hasta las distantes cortes de Occidente, como la del rey Ptolomeo II Filadelfo en Alejandría.  



Ashoka el piadoso

En ocasiones se ha culpado al pacifismo de Ashoka de haber debilitado el Estado y propiciar su decadencia y disolución, pues, en efecto, tras su muerte el Imperio maurya no tardó en disgregarse. De hecho, una tradición mantiene que en sus últimos años Ashoka perdió el control del reino. Su nieto, Samprati, alarmado por las continuas donaciones que hacía Ashoka a la orden budista, prohibió al tesorero real que le entregara más fondos y finalmente lo destronó. Pese a ello, en la India contemporánea siempre se ha recordado a Ashoka como el rey más importante de su historia. Fue el unificador del país y encarnó de forma inigualable el ideal budista del monarca universal, chakravartin, «un rey que reinará sobre este mundo rodeado de mares sin opresión, después de conquistarlo sin violencia, con su justicia».
http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/historia/secciones/10521/ashoka_emperador_pacifista_india.html

EL LAGO TURKANA....¿ULTIMOS RITOS EN EL MAR DE JADE?


Una tórrida mañana de primavera, Galte Nyemeto estaba de pie en la orilla del lago Turkana asegurándose de que no había cocodrilos. El agua era somera, y la probabilidad de que apareciese un reptil, baja. Pero Nyemeto, sanadora tradicional de la tribu daasanach, estaba con una paciente, y hubiese sido nefasto –espiritualmente y, por supuesto, en otros sentidos– que un cocodrilo interrumpiese la ceremonia.
Hacía mucho tiempo que la caza había acaba­do con casi todos los hipopótamos, más grandes y peligrosos, pero aún quedaban muchos cocodrilos, sobre todo allí, al sur del delta donde el río Omo, procedente de Etiopía, vierte sus aguas en Kenya. Se dice que los cocodrilos del río, que a veces siguen la corriente hacia el sur, son más astutos y maliciosos que los nacidos en el lago, pero los daasanach consideran a unos y otros el mismísi­mo demonio. Por eso Nyemeto, además de verificar que no hubiese animales salvajes, evaluaba la perspectiva espiritual de la jornada.
Aquí y allá el agua parda abandonaba su perfecta quietud por el roce del ala de un flamenco o por el ascenso de un pez. Del oeste llegaba el rugido distante de una motora. Nada de cocodri­los, ni una vaca o un camello siquiera. Satisfecha, Nyemeto indicó a una joven, llamada Setiel Guokol, que se metiese en el agua y se sentase para lavarse. Así lo hizo; se mojó la cara con las manos y luego se salpicó la espalda.
Mientras, Nyemeto hurgaba en el lodo, sacaba dos puñados chorreantes y, con rápidos toques, untaba de barro la columna de Guokol, en la que se marcaban todos los huesos. «Badab –repetía con cada untura, ahuyentando la muerte–. El lago es un lugar purificador.»




Nyemeto es conocida como una sanadora de casos desesperados. Cuando nada funciona –los fármacos en el dispensario, el dios del hombre blanco en la iglesia, los cooperantes en sus casas de cemento–, la gente acude a ella con sus dolencias y sus temores. A cambio de una modesta propina ella les ofrece esperanza.
«Soy la última parada», afirmó.
Guokol llevaba meses enferma y últimamente había empeorado, debilitándose de día en día por arte de los espíritus malignos, algo que los daasanach llaman gaatch. Cuando su familia la convenció para que acudiese a Nyemeto, Guokol no era ni sombra de lo que fue: fortaleza, belleza, salud. Tendría unos 30 años.
En el agua Nyemeto se desprendía de sus malas pulgas habituales y ahora, con gestos maternales, untaba a Guokol de barro y la enjuagaba bajo el inclemente calor matutino. Concluida la ceremonia, la ayudó a ponerse en pie y ambas regresaron a la orilla cogidas del brazo.
«No vamos a mirar atrás –dijo Nyemeto–. Hemos dejado atrás a los espíritus.»
Y Guokol, temblando de frío, flaca como un junco, dijo: «Creo que me curaré».

Selicho se enclava en el corazón de una de las regiones más remotas del África oriental. Prácticamente en el confín más septentrional de Kenya, a más de 400 kilómetros de la carretera nacional más próxima, se encuentra a unos mi­­nutos a pie de la frontera con Etiopía, donde la tierra seca se extiende –ondulada, dura, tórrida, abandonada– otros 200 kilómetros. Si vas en pos de la esperanza, en este lugar es lógico llamar a la puerta de Nyemeto. Y que te lleve al lago para sanarte es lo más normal del mundo. Aquí la fe y la esperanza equivalen por definición al agua, que por ahora el Turkana ofrece en abundancia.

Es el lago desértico permanente más grande del mundo y existe en la región desde hace unos cuatro millones de años, durante los cuales se ha expandido y contraído en una depresión volcánica paralela al Gran Rift Valley. Hace una eternidad pisaron sus orillas los homininos; los primeros humanos cazaron, recolectaron y pescaron aquí en la lenta migración al norte que los llevaría fuera de África. Hace 10.000 años el lago era mucho más grande que ahora. Hace 7.000 ya se estaba contrayendo. Tribus neolíticas levantaron sobre sus aguas unas misteriosas columnas de piedra en puntos mágicos. Y hoy Nyemeto perpetúa unas tradiciones vinculadas a sus aguas, tradiciones cuyo origen quizá se pierda en la noche de los tiempos, aunque nadie sepa con certeza dónde y cuándo surgieron.
Pero el Turkana, como todas las aguas del desierto, es vulnerable. La mayoría del agua dulce del lago –en torno al 90%– procede del río Omo, y ahora Etiopía, que está preparando para la cuenca del Omo proyectos a gran escala –entre ellos una enorme presa hidroeléctrica y plan­taciones de caña de azúcar, un cultivo ávido de agua–, amenaza con alterar el curso ancestral del río y desecar el lago. Según las previsiones más pesimistas el Turkana acabará secándose y muriendo en pocos años, lo que convertirá a la población local en refugiados que huyen de una inmensa polvareda inhabitable.



Los miembros de la tribu de Nyemeto se cuentan entre los que más perderían si se materializan los planes de desarrollo etíopes, en los que no tienen ni voz ni voto. Su territorio se extiende a ambos lados de la frontera, dividido hace más de un siglo por topógrafos resueltos a apuntalar los intereses británicos a un lado y el Imperio etíope al otro. La división dejó a la mayoría de los daasanach en Etiopía; en Kenya quedó un grupo mucho más reducido, que hoy es uno de los grupos étnicos más exiguos y débiles del país.
En Kenya hay unos 10.000 miembros de esta tribu, pero hasta hace poco ni siquiera tenían representante electo. Hoy lo tienen a escala provincial, a un mundo de distancia del Parlamento de Nairobi y a la cola de las ayudas. Muchos keniatas del sur consideran que el lago y sus habitantes, como Nyemeto y Guokol, no forman parte de su nación. Aquí no hay tendido eléctrico, ni institutos de secundaria, ni transporte regular. Los daasanach son, al igual que su lago, poco menos que invisibles.



Michael Moroto Lomalinga, jefe de los daasanach de Kenya, conoce esta precaria existencia desde el día que nació, hace unos 60 años. Por entonces el país seguía bajo dominio británico y el norte se consideraba tan inútil e insalvable que los mapas lo rotulaban como «cerrado».
«No constamos en las estadísticas oficiales –dice Moroto–. En el censo aparecemos como “otros”. Eso es un problema.»
Él vive en Ileret, una aldea de cabras, viento y polvo cerca de Selicho, en la orilla nordeste del lago. Como otros jefes tribales de Kenya, fue nombrado por el Gobierno. Lleva casi 20 años en el puesto, una especie de alcaldía. Hay muchos problemas entre los vecinos, mucha burocracia, y algún que otro rumor de corrupción. Pero en abril de 2014, tras una larga sequía, Moroto se enfrentaba a asuntos más peligrosos, todos ellos relacionados de algún modo con el agua.
Por el este, el pueblo gabbra introducía su ganado en territorio daasanach. Por el oeste, los turkana importunaban a los daasanach que pescaban en el lago. Ambas tribus superan a la suya en número, tienen mejores contactos políticos, poseen mejores armas ilegales. Los turkana han sobreexplotado sus propias aguas y empiezan a hacer incursiones hacia Ileret y Selicho, amenazando con saqueos, robando redes y a veces incluso matando a algún daasanach.
Tampoco los daasanach son víctimas inocentes, ni están faltos de orgullo ni de armas de fuego. Más de una vez se han revuelto con violencia y a menudo son ellos quienes inician las escaramuzas. El deber de Moroto es hacer lo posible por impedir que esa ira degenere en los ancestrales ciclos de matanza y venganza que pueden perpetuarse durante generaciones. Hay agua y pescado para todos, repite hasta la saciedad, aunque no siempre se lo cree.




«Somos un pueblo marginado –dice Moroto–. Cuando combatimos, solemos llevar las de perder, y el Gobierno no es de mucha ayuda. No trabaja por la paz cuando hay paz. Solo trabaja por la paz cuando hay conflicto.»
Y habrá conflicto. Porque sobre las escaramuzas rutinarias de las tribus del desierto se ciernen la presa y las plantaciones de caña de azúcar. Las autoridades de Nairobi apenas se inmutan, pero Moroto es consciente de la violencia que podría engendrar un lago que está desapareciendo.



Abdul Razik encendió un cigarrillo y apoyó el pie descalzo en el bidón rojo de gasolina. Junto a él un pez enorme yacía inmóvil en el fondo del bote. La embarcación, recién pintada de verde, volaba sobre las aguas opacas. La pintura, explicó Razik, era para camuflarse y ocultar su nueva inversión a los piratas de la tribu turkana.

 Razik acababa de revisar las redes, que mantenía a flote con botellas viejas de Coca-Cola que hacían de boyas. Solo había un pez. Rumbo a casa, Razik señaló hacia el norte, más allá de un laberinto de juncos altos, en dirección a Etiopía. No las había visto, pero sí había oído hablar de la presa y las plantaciones que amenazaban con secarle la vida.
«Si cortan el río, se quedan con toda el agua y desaparece el lago, muchos sufrirán –dijo–. Miles de personas, decenas de miles de personas. Muchísima gente depende de este lago.»
Razik es emprendedor, uno de los pocos que ve en el lago Turkana la posibilidad de hacer algo más que simplemente llevar una subsistencia precaria. Vive en Selicho y está casado con una daasanach, pero es keniata árabe, oriundo de la costa oceánica. Es dueño de cuatro botes y a veces trae de Nairobi un camión con un contenedor de hielo. Compra las capturas de sus vecinos, va llenando el contenedor durante varios días hasta acumular dos o tres toneladas de pescado y luego regresa a Nairobi para venderlo.




Antes de venir a vivir aquí Razik estuvo varios años trabajando en una conservera de Kisumu, una ciudad a orillas del lago Victoria, mucho más al sur. El Victoria es el mayor lago de África, compartido por Kenya, Uganda y Tanzania. Sostiene una industria pesquera multimillonaria que abastece los ávidos mercados regionales y exporta anualmente miles de toneladas de perca del Nilo a Europa. La alta demanda ha estresado gravemente la ecología del lago, y el éxito del sector ha generado múltiples problemas sociológicos: chabolismo ribereño, drogas, delincuencia, explotación salarial y laboral. Un buen día Razik dijo basta y se marchó. «Además –añadió–, empezaba a escasear la perca.»
Ponderó sus opciones. En el lago Turkana no había pesca industrial, y por ende tampoco ninguno de los problemas que eso lleva consigo. Sería una existencia menos cómoda, quizá peligrosa, pero con escasa competencia, y allí sí que­daba perca del Nilo, como la que yacía en su bote.
Lleva seis años viviendo con los daasanach. Su negocio ha empezado a dar beneficios y él ha tomado cariño a la tribu. No siempre es fácil ser musulmán en Kenya, pero a los daasanach nunca les ha importado su religión; su esposa incluso se ha convertido. Además, añadió Razik, los habitantes de Selicho son gente de paz y no sobrepescan. Piensa quedarse y formar una familia. Mientras haya paz, percas y hielo para sus contenedores, se puede ser feliz. Él ve posibilidades. Hasta que mira al norte.



Unos 725 kilómetros río arriba, en Etiopía, está la presa hidroeléctrica Gilgel Gibe III, que se terminó de construir en enero. Mucho más cerca del lago Turkana, enormes bulldozers re­­corren las secas riberas, que roturan para cultivar caña de azúcar y algodón. Pronto los efectos de esas obras llegarán a Kenya, con unas consecuencias que podrían ser devastadoras para los 90.000 keniatas tribales que dependen del lago.
«El río Omo es el cordón umbilical del lago Turkana. No hay mejor metáfora –dice Sean Avery, ingeniero hidráulico que ha dedicado años a estudiar y explorar la cuenca del Omo-Turkana–. Si cortas ese cordón, el lago muere.»
Avery vive en Kenya y ha analizado para el Banco Africano de Desarrollo y otros clientes lo que Etiopía pretende hacer con el río. En 2013 el Centro de Estudios Africanos de la Universidad de Oxford publicó un folleto que recogía su trabajo y resumía su investigación acerca del desarrollo en las márgenes del Omo. Sus conclusiones le causaron una honda depresión.
«Si sacas agua de un río y la usas para regar en un clima como este, una parte de esa agua retorna a la cuenca por filtración –explica–, pero la mayoría desaparece.»
Avery y otros expertos afirman que el primer peligro es la presa, la más grande de África, un muro de hormigón de 243 metros. Los represamientos dañan inevitablemente los ecosistemas existentes aguas abajo. Durante los tres primeros años de funcionamiento, período durante el cual hasta un 70 % del caudal del río quedará embalsado, la Gibe III causará al Omo y al lago un gravísimo estrés similar al de una sequía.
Una vez lleno el embalse, el lago se normalizará poco a poco… hasta que entren en escena las plantaciones. La caña de azúcar consume ingentes cantidades de agua, y cultivarla en las áridas tierras etíopes del valle del bajo Omo sería imposible si no se regula el caudal del río con la presa. En el sur de Etiopía hay miles de hectáreas clasificadas oficialmente como cultivos de caña y de algodón, y según Avery se están reservando varios miles más para cultivos futuros. Ya han empezado a plantarse caña y algodón, y todos los cultivos beberán de un solo grifo: el Omo.
Es difícil saber con exactitud cómo o cuándo se materializarán esas amenazas. Desde que se iniciaron las obras en 2006, la terminación de la presa se ha pospuesto varias veces, pero el pasado mes de enero ya se empezaba a embalsar agua. Y aunque han comenzado a plantarse los cultivos, la transformación agrícola de la zona aún no es tan grande como podría llegar a ser en el futuro.
Avery y otros expertos aluden a la catástrofe a cámara lenta del mar de Aral para predecir lo que quizás ocurra. En su día el Aral fue la cuarta masa de agua interior en cuanto a mayor tamaño del mundo, cuyas aguas rielaban entre Kazajistán y Uzbekistán. En época soviética los dos ríos que desaguaban en el lago se desviaron para el cultivo de algodón. En 2007 el Aral estaba prácticamente muerto, su fértil lecho convertido en un páramo de polvo y su superficie moteada por buques pesqueros herrumbrosos y salinas corrosivas.
La misma apocalíptica suerte podría correr el lago Turkana, y su desaparición destruiría el sustento de miles de pescadores, convirtiéndolos en refugiados desesperados. En el peor de los casos, explica Avery, las plantaciones de azúcar y algodón seguirían creciendo, y al cabo de mu­­chos años el río quedaría reducido y el lago descendería 18 metros, o más. En última instancia es posible que el propio Turkana diese lugar a dos lagos menores: uno de ellos probablemente junto al territorio de los daasanach. El otro, más al sur: aislado, salinizado y somero.

Habitualmente el Gobierno etíope ha desoído las críticas a sus planes generales para la cuenca del Omo. Varios científicos entrevistados para este artículo coinciden en que prácticamente no se ha hecho pública ninguna información sobre su impacto potencial. La única información pú­­blica, apuntó Avery, revela que los etíopes jamás han prestado atención al lago Turkana. «Sus estudios concluyen en la misma orilla –explica–. ¿Por qué? El argumento de que los proyectos no afectarán al lago es insostenible.»
Con todo, las acciones reflejan las intenciones, y quizá lo más preocupante por el momento sea la campaña de «aldeización» que el Gobierno está llevando a cabo en el valle del Omo, donde las tribus de nómadas y pastores se han concentrado en asentamientos permanentes. Las autoridades aseguran que la campaña obedece a la voluntad de las tribus, pero los residentes del valle del Omo y varios colectivos pro derechos humanos denuncian que se está imponiendo la sedentarización a los pueblos tradicionales para despejar el territorio y utilizar las tierras para cultivos. A las sospechas se suma el hecho de que el Go­­bierno de Etiopía suele vedar por sistema el acceso de periodistas y otros investigadores a la zona.


Su pueblo también había visto la esperanza relucir en el agua.
«Los etíopes persiguen el desarrollo a cualquier precio –explicó Avery–. En cierto modo no podemos reprochárselo. Son muchas las naciones que han hecho algo semejante con sus recursos naturales. Pero será muy destructivo.»

En kenya la mayoría de los políticos no se pronuncia sobre los proyectos de Etiopía, pese a las inquietantes predicciones y el clamor de los grupos activistas locales. El jefe Moroto describe malestar y protestas a orillas del lago, incluso en zonas tan al norte como su propia aldea. Pero caen en saco roto. Los cargos públicos que entrevisté en mi periplo alrededor del lago Turkana solían negarse a hablar, alegando temer las consecuencias políticas. Sin embargo, la verdad saltaba a la vista. Se manifestaba en una queja privada, en un triste encogerse de hombros o en una petición desesperada de ayuda. A veces, en una afirmación sin ambages.

Un día en Ileret, a última hora de la tarde, hablaba con un agente de policía a propósito de la seguridad. En la frontera nordeste se estaban registrando ataques de militantes islamistas procedentes de Somalia. Pregunté si se sentía seguro en aquella parte de Kenya. El policía, oriundo del sur, escupió un pedazo de qat y levantó un dedo. «Amigo mío –dijo–, mire a su alrededor. Esto no es Kenya. No, no, no.»
Más adelante la vieja sanadora, Nyemeto, se expresaría en términos parecidos. «¿Y dónde dice que queda Kenya? –preguntó–. Nunca he estado allí.»

En las planicies arenosas que rodean Selicho, Abdul Razik se debatía en un terreno intermedio. «Esta zona no significa nada para los del sur –dijo–. Ni saben cómo se vive aquí ni les preocupa el futuro de esta gente.»

Hablaba a la sombra de un enorme camión de hielo. El agua derretida caía de la plataforma en un chorro cintileante bajo el cual danzaban varios niños pequeños sin más atuendo que un par de sartas de cuentas.
. Los pescado­res llegaban con sus capturas; algunos hablaban con esperanza de emular a Razik y embolsarse en un solo viaje más dinero del que sus familias y vecinos habían visto en toda su vida. Para la mayoría era un sueño inalcanzable.
Mientras charlábamos, un grupo de pescadores daasanach, airados e inquisitivos, se congregó junto a nosotros bajo el sol abrasador. Les habían llegado noticias fragmentarias y rumores, pero apenas comprendían los planes de Etiopía ni el silencio de Kenya. Razik era un hombre viajado, hablaba varias lenguas, estaba más enterado, y todos le expresaban su preocupación a gritos.
Algunos preguntaban a dónde irían si el lago se secase. Otros afirmaban que nadie puede bloquear un río tan poderoso como el Omo. Unos pocos juraron atacar a quien lo intentase. Razik meditó, razonó, hasta que perdió los nervios y terminó acuchillando el aire con el cigarrillo y vertiéndose té hirviente por el pecho.

Pero no hay furia que dure cuando el calor aprieta tanto. Cerca, unos hombres empezaron a limpiar una perca grande; las escamas se abrieron con un sonoro rasgón. Pronto el hambre ganó la partida a la ira, y Razik se acercó al pescado. Se arrodilló, introdujo la mano y extrajo un órgano largo y viscoso. «¿Sabe qué es? –preguntó–. En inglés no sé cómo se llama, pero es muy valioso. Los chinos lo pagan muy bien.»
La vejiga natatoria se utiliza a veces en las medicinas tradicionales. Razik explicó que podría exportarla a Uganda y otros lugares donde estaban aumentando las comunidades chinas. Otra posibilidad en el horizonte.

La última mañana del tratamiento de Setiel Guokol soplaba el viento y lucía un sol cegador. En condiciones normales, dijo Nyemeto, sacrificarían un carnero. Ella izaría el cadáver y Guokol pasaría bajo el chorro de sangre en un último rito de purificación. Pero Guokol no tenía un marido que pastorease carneros y su familia era demasiado pobre. Así que Nyemeto hirvió agua y cascarilla de café y dijo que aquello valdría.

Guokol había probado otros remedios. Había cruzado el desierto y el río para llegar al dispensario de Ileret. Allí le pusieron una inyección, le dieron un frasco de pastillas, la mandaron a casa. No se curó. El nombre occidental de su dolencia seguía siendo un misterio, al menos para ella.
Estaba sentada sobre una piel de cabra vieja y renegrida. Llevaba una banda de cuentas rojas alrededor de un bíceps consumido. Los vecinos se acercaron a contemplarla. La tradición de los daasanach –y de muchas tribus de la zona– dicta que si un enfermo no se cura, será transportado a un campamento solitario separado de la aldea. Para que la muerte, si es que llega, no intente llevarse también a los vivos.
Nyemeto se acercó con una calabaza grande y, con la mano, fue vertiendo el café flojo sobre la piel de su paciente. Oprimió con los dedos los hombros, la cabeza y las piernas de Guokol, insistiendo en los pies. «¡Llévate tu mal! –dijo, alzando las manos al cielo–. ¡Llévate tu mal!»
La ceremonia fue breve. Guokol se incorporó como buenamente pudo y se envolvió en una manta roja, pese al bochorno. «No tengo miedo –dijo–. Es nuestra costumbre.»
Murió ese mes de junio. Me contaron que fue sepultada no lejos del lago. Era la temporada de crecidas en el Omo, y las aguas marrones, ricas en sedimento y oxígeno, pronto llegarían a Kenya. Buenas aguas para las percas, buena pesca para los hombres… con los flamencos alzando el vuelo como bengalas en el cielo.

http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/ng_/10538/lago_turkana_s_ritos_mar_.html?_page=2

lunes, 28 de septiembre de 2015

EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA....MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA





El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es la obra cumbre de Miguel de Cervantes Saavedra, y una de las obras más influyentes de la literatura española y hasta de la literatura universal. Además, se le considera la primera novela moderna. Consiste en dos partes que se publicaron en 1605 y 1615.



Es una parodia de los libros de caballería en la que abundan los sucesos graciosos, pero que a la vez critica la sociedad española de la época.
Su trascendencia está en que nos hace reflexionar sobre los grandes temas de la condición humana, como la fe, la justicia, la realidad y el amor. Esta reseña de Don Quijote te dará una breve introducción al argumento, los temas principales, la estructura y el estilo de esta gran obra.




Es la historia de un hidalgo de la Mancha de unos 50 años que tras leer muchos libros de caballería, un género popular en siglo XVI, decide disfrazarse de caballero andante y embarcarse en una serie de aventuras con su viejo caballo Rocinante. Tiene como fin "irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligro donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama"

Siguiendo la tradición caballeresca, don Quijote se encomienda a Dulcinea del Toboso, una figura imaginada por el protagonista. En el mundo de Quijote, nada es lo que aparenta ser.










Los molinos son gigantes, las ventas son castillos, las plebeyas son princesas, y los títeres son moros. Durante estas andanzas los caminos de don Quijote y Sancho Panza se cruzan con otros personajes que cuentan sus historias. Pero no todas las aventuras son divertidas ni graciosas --en algunas, especialmente en la segunda parte-- don Quijote y Sancho Panza se convierten en los blancos de burlas y engaños. Al final, don Quijote ya no es el personaje cómico y burlesco. Vencido por el desegaño, nuestro protagonista recupera la cordura pero pierde la vida.



Se divide en dos tomos, de 52 y 74 capítulos, respectivamente, que narran la historia de un hidalgo manchego al estilo de las caballerescas. También se puede dividir en tres salidas. La primera es del capítulo 1 a 8, la segunda es el resto del primer tomo, y la tercera ocupa toda la segunda parte.
Se narra en primera persona, aunque parece tercera persona en la mayor parte de la novela. Una de las pocas instancias en las que se percibe la narración en primera persona es la primera (y famosísima) línea de la novela: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme . . .". Predomina el diálogo, especialmente entre don Quijote y Sancho Panza.
Es una obra renacentista por su humanismo, pero con rasgos barrocos (el desegaño, el ambiente teatral y las apariencias falsas). Si bien es una parodia de libros de caballería en la que predomina el diálogo, las historias intercaladas, que vienen de otros personajes con quienes don Quijote se encuentra en sus andanzas, se prestan al empleo de diferentes estilos narrativos. El relato pastoril, la novela sentimental, la novela picaresca y la novela italiana son algunos ejemplos. Además aparece la tradición popular en los cuentos y refranes (“sabiduría popular”) de Sancho Panza. También incluye formas poéticas, como viejos romances caballerescos, canciones y sonetos.



Libre albedrío: 
 “Yo soy yo y sé que puedo ser no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia . . .” , demuestra que don Quijote ha decidido trazar su propio camino. Durante el episodio de los galeotes encadenados, don Quijote dice: "Aunque bien sé que no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro albedrío, y no hay yerba ni encanto que le fuerce" . Y más adelante dice: " . . . porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres" 
Un subtema del libre albedrío es la libertad de amar.
Un ejemplo es cuando se le culpan a Marcela por el suicidio del hombre que la amaba, porque ella no le correspondía. Don Quijote no está de acuerdo y dice que uno no tiene obligación de casarse con quien no quiere.



Lo real vs. lo irreal: 
 Cervantes juega con esta dualidad en diferentes planos, siempre borrando la línea entre la realidad y la irrealidad. Comienza con la cuestión de la autoría. Cervantes ficcionaliza la autoría, diciendo que encontró la traducción del texto de Don Quijote en Toledo. Dice que el autor es Cide Hamete Benengeli. Otro ejemplo es el tema de la identidad de don Quijote. ¿Es quién es o quién procura ser? También aparece este tema en el episodio de la Cueva de Montesinos. Nadie cree que don Quijote vio lo que dijo haber visto. De hecho, hay una pausa en la trama en que Cervantes dice que el traductor encontró razones escritas por Hamete sobre la duda que éste tenía con respecto a la veracidad de este cuento. En el episodio del retablo del Maese Pedro don Quijote comienza a arremeter contra los títeres, como si lo que pasara en el escenario fuera real. El espectáculo de los títeres es muy visual y su reacción se asemeja a los espectadores de una obra de teatro. Lloran, gritan y tienen miedo porquen confunden la realidad con la ficción.




Todos piensan que don Quijote está loco, pero según el crítico Américo Castro es una locura instrumental. Es decir que la supuesta demencia del protagonista le sirve para crear su propia realidad y vivir según sus propias reglas. Aquí entra la fe. Para don Quijote, la importancia de la fe supera la de la realidad. Don Quijote hasta llega a admitir que no le importa tanto si Dulcinea existe en la realidad o no.
Si algo del mundo real no coincide con su ideal, inventa excusas para justificar la situación y cree vehemente en ellas. Por ejemplo, dirá que el castillo está encantado o culpa a un fantasma para justificarse. En otros momentos el protagonista actúa con mucha cordura. Por ejemplo, para emprender sus aventuras de caballería en un mundo moderno regresa a su casa a buscar dinero y ropa limpia, detalles mundanos que no aprecen en los libros de caballería. Esta coexistencia de cordura y demencia resalta desde un principio cuando don Quijote afirma que sabe quien es y quien puede ser.



                                             


 FRASES DE DON QUIJOTE...

Al bien hacer jamás le falta premio.
* Amistades que son ciertas nadie las puede turbar.
* Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama.(El Quijote)
* Aún entre los demonios hay unos peores que otros, y entre muchos malos hombres suele haber alguno bueno.
* Bien predica quien bien vive.
* Cada uno es artífice de su propia ventura.
* Cada uno es como Dios le hizo, y aún peor muchas veces.
* Casamientos de parientes tienen mil inconvenientes.
* Come poco y cena menos, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.
* Como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles.
* Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.
* Cuando no estamos en la una, estamos en la otra.
* Dad crédito a las obras y no a las palabras.
* De altos espíritus es apreciar las cosas altas.
* De gente bien nacida es agradecer los beneficios que recibe.
* De las miserias suele ser alivio una compañía.
* Después de las tinieblas espero la luz.
* Don Quijote soy, y mi profesión la de andante caballería. Son mis leyes, el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil. ¿Es eso, de tonto y mentecato?.
* Donde está la verdad está Dios.
* Donde hay mucho amor, no suele haber demasiada desenvoltura.
* Donde una puerta se cierra, otra se abre.
* El agradecimiento que sólo consiste en el deseo, es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras.
* El amor antojadizo no busca cualidades, sino hermosuras.
* El amor es deseo de belleza.
* El amor junta los cetros con los cayados; la grandeza con la bajeza; hace posible lo imposible; iguala diferentes estados y viene a ser poderoso como la muerte.
* El amor nunca hizo ningún cobarde.
* El amor y la afición con facilidad ciegan los ojos del entendimiento.
* El andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos.
* El año que es abundante de poesía, suele serlo de hambre.
* El hacer bien a villanos es echar agua al mar.
* El hacer el padre por su hijo es hacer por sí mismo.
* El mayor contrario que el amor tiene es el hambre y la continua necesidad.
* El mejor cimiento y zanja del mundo es el dinero.
* El pobre está inhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunque en sumo grado la posea.
* El que esta para morir siempre suele hablar verdades.
* El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.
* El que no sabe gozar de La ventura cuando le viene, no se debe quejar sí se pasa.
* El retirar no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza.
* El sueño es el alivio de las miserias para los que las sufren despiertos.
* El valor reside en el término medio entre la cobardía y la temeridad.
¡Oh, valiente caballero
que en su imaginación creó,
a un gran héroe que luchó
por el bien del mundo entero!

Con su espada bien erguida
partió en busca de aventuras
y las daba por vencidas
en su inconsciente locura.

Anduvo por montes y valles
luchando con fe y valor,
en las más oscuras calles
se defendió con honor.

Su corazón valeroso
nunca a nadie defraudó
y su alma conquistó
a Dulcinea del Toboso.

Fue caballero ejemplar
en su aventura vacilante,
a nadie pudo derrotar
como caballero andante.

Con su gruesa vestidura
el triunfo en su mente creó
y Sancho Panza le llamó,
el de la Triste Figura.

Julio Medina
1971



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CONFUCIO....EL PENSAMIENTO CONFUCIANO



Pensador chino, nacido en Shan-tung donde también murió. Confucio es el nombre castellanizado del chino K'ung fu-tzu, Kong-fu-tze o Kong-tze, que los primeros misioneros latinizaron por Confutius. La primera biografía que de él se conserva, sin duda desfigurada por la leyenda, se encuentra en las Memorias históricas de Ssu-ma Ch'ien, que es la primer historia de las dinastías chinas, escrita hacia el año 86 a.C. De origen humilde, entró al servicio del soberano del estado de Lu (hoy Shan-Tung), junto al cual alcanzó altos cargos administrativos. Obligado al exilio por intrigas políticas, recorrió los diversos reinos de China intentando convencer a los soberanos para que construyeran el orden y la paz. Ante el fracaso de su predicación, volvió a su tierra para dedicarse a la enseñanza privada. Reunió un gran número de discípulos y se dedicó a la recopilación de textos antiguos, para transmitir desde ellos las enseñanzas de los antiguos sabios sobre el cielo y la ética individual, familiar y estatal.
Su pensamiento ha llegado hasta nosotros gracias a las recopilaciones que hicieron sus discípulos en los libros conocidos como Lun Yü (Discursos y diálogos). En esta recopilación se lee esta declaración de Confucio: "Yo transmito, no creo". Sin embargo, es evidente que no se limitó a transmitir los valores del pasado, pues interpretándolos y explicándolos según sus propios principios éticos, desarrolló una obra innovadora, y ha contribuido más que nadie a la forja del pensamiento y el carácter de su pueblo. Sus enseñanzas se centran en el concepto del Jen: la virtud perfecta. Insistía en la necesidad de gobernar según la virtud, pues por ella y no por pretensiones hereditarias, podría la nobleza mantenerse en su posición de privilegio y ahorrar a la sociedad los males en que se debatía.





La China de Confucio

El filósofo chino K´ung Fu Tseu (c.551-c.474 a.C.), cuyo nombre queda latinizado como Confucio, vivió a finales de lo que, en la historiografía china, se conoce como el Período de Primavera y Otoño (771- 484), que coincide con la época de feudalismo que se desarrolló bajo el gobierno de la dinastía Zhou. Es un tiempo turbulento, caracterizado, especialmente al final (momento en que vivió Confucio), por la corrupción de la Corte, por la ambición de unos señores feudales que resultaban más poderosos militarmente que los mismos emperadores de la dinastía gobernante, y por las luchas entre los distintos Estados vasallos. Pero estos ambiciosos señores no se conformaban con la fuerza que les daba su ejército, sino que, del mismo modo que los emperadores se atribuían el título de “Hijo del Cielo” y se presentaban así como intermediarios entre su pueblo y la divinidad, también ellos quisieron revestir su poder de prestigio y de cierta idea de auctoritas, recurriendo para ello a un saber milenario emanado de la antigüedad y de los hechos de los gobernantes sabios del pasado. La reverencia por los antepasados y la idealización de una antigüedad supuestamente perfecta cuyas virtudes deben ser redescubiertas y aplicadas en el presente, una de las ideas centrales del pensamiento confuciano, cobra pues todo su sentido si la entendemos en relación con el contexto histórico en que vivió el filósofo. Durante este período proliferaron las diferentes escuelas de pensamiento y toda China buscó para su gobierno ministros cultos. Pero contrariamente a lo que quizá esperaban de ellos los señores feudales, algunas de estas escuelas y hombres sabios se expresaron en unos términos totalmente adversos la corrupción, ambiciones, y carencia de escrúpulos que observaban a su alrededor. De hecho, ciertos pensadores se negaron a participar en el gobierno o fueron depuestos de sus cargos a causa de su coherencia ideológica. El mismo Confucio fue uno de ellos.
Confucio se entregó a los estudios durante su juventud y con el tiempo accedió a diversos cargos administrativos en su Estado. Pero no por ello dejó de ampliar sus conocimientos sobre tradiciones históricas, rituales y literarias, que comenzó a transmitir a sus discípulos, con los que colaboraría también en la recopilación e interpretación de diversos escritos de la antigüedad. Debido a una rebelión contra sus protectores de la ciudad de Lu, tuvo que expatriarse al Estado vecino de Ch´i, donde volvió a entregarse exclusivamente a estudiar. Cuando pudo volver a su tierra, contaba ya con millares de discípulos y con una fama que hizo que lo volvieran a llamar para un cargo administrativo aún más alto, que él abandonaría muy pronto para volver a sus estudios y viajar por otros Estados. El número de sus discípulos aumentaba a su paso por cada uno de ellos. Los últimos años antes de su muerte los pasó en su Estado natal de Lu, donde siguió impartiendo sus enseñanzas y se dedicó a ordenar sus escritos.



La obra de Confucio

El pensamiento confuciano nos ha llegado gracias a una serie de escritos antiguos que el maestro y sus discípulos se ocuparon de recoger y comentar. Éstos se organizan en nueve libros, que se dividen a su vez en dos grupos:
-Los Cuatro Libros: Libro del Gran Estudio, o Da XueDoctrina del Medio, o Zhong YongAnalectas, o Lun yiEscritos de Mencio, o Meng-tzu.
-Otras seis obras clásicas: Libro de las Mutaciones, o YiyingLibro de los Ritos, o  LiyingLibro de la Música, o YojingAnales de Primavera y Otoño, o Chunquiu;  Libro de las Canciones, o Shih-chingLibro de la Historia, o Shujing.






El pensamiento confuciano

La doctrina confuciana no es una religión, sino un saber cuyo objeto es ser útil en todos los aspectos del gobierno y de la vida de cada hombre. El hecho de que Confucio no hable con claridad de un dios o dioses, ni se refiera a cómo son y qué cualidades tienen el Cielo y el Señor de lo Alto, tantas veces mencionados en sus escritos, nos da a entender en realidad que los letrados (nombre que también reciben los seguidores del filósofo) son coherentes con su sistema y que solamente se refieren a aquello que tienen cerca y sobre lo que pueden influir y ejercer transformaciones. Confucio propone un pensamiento práctico y moral en el que se mezclan cierto escepticismo moderado y grandes dosis de buen sentido. Se muestra enemigo de toda especulación que no vaya encaminada a tener alcance inmediato sobre la vida humana. Su doctrina se basa en destacar la importancia de la educación, del conocimiento, de la reflexión sobre uno mismo, así como en la idea de redescubrir y aplicar el buen ejemplo dado por los reyes de la antigüedad y los antepasados, de donde deben tomar su inspiración las normas de conducta.
Según Confucio, el bienestar cívico depende de la sabiduría que el rey y los príncipes gobernantes reciben del cielo. La ciencia, el conocimiento de uno mismo y el amor al prójimo son los fundamentos para conseguir la mejora de la sociedad. La vida en el “más allá” no se admite en su doctrina de modo expreso, pero se alude constantemente al culto a los antepasados, así como a las virtudes de la piedad filial y de la práctica de las virtudes ancestrales. La sociedad en paz, equitativa y justa, que se supone había sido la de la antigüedad idealizada, es el punto de partida para la armonía universal. Esta armonía puede conseguirse en la tierra por la observancia de las Cinco relaciones sociales que son las siguientes: “soberano-súbdito”, “padre-hijo”, “hermano mayor-hermano menor”, “esposo-esposa”, “amigo-amigo”.
El universo constituye una unidad en la que el hombre y la sociedad creada por él son una parte. Como el pensamiento confuciano tiende al positivismo y a la utilidad práctica del saber, los letrados (ju), como también se conoce a los seguidores de Confucio, no se detienen en argumentos acerca del origen del universo, sino que parten de una idea previa de armonía universal que asimilan a las épocas doradas de la antigüedad. El conocimiento se alcanza mediante los esfuerzos en discernir la verdad de las cosas, ese orden que le es propio a cada una de ellas dentro de la armonía cósmica, de la que participan, además del hombre, la vida vegetal y animal, el ciclo ordenado de las estaciones y en general todo lo que existe. El orden armónico está preestablecido y no debe ser alterado. Todo esto aplicado al gobierno de los Estados se expresa en la figura del gobernante sabio que quiere lo mejor para su pueblo y procura hacerlo feliz dándole acceso a la educación. El mal gobernante actúa, sin embargo, contra la armonía natural, y con esta violación del Decreto del Cielo causa la ruina y el desastre de sus súbditos.
La doctrina confuciana es conservadora, en el sentido de que interpreta la Sabiduría como el cumplimiento del deber en el puesto que a cada uno le ha sido asignado, así como la reverencia a los antepasados. Mediante la meditación y el cumplimiento de estos deberes se alcanza el conocimiento del Decreto del Cielo. A la manera de los filósofos occidentales de la Grecia antigua, el maestro confuciano imparte sus enseñanzas manteniendo diálogos con sus discípulos. En estos diálogos se van dando a conocer los caminos para discernir el bien y el mal, y los que en ellos participan adquieren la práctica de la meditación personal, que llevará a su vez al descubrimiento de las vías para el discernimiento de la verdadera naturaleza de las cosas.
La moral confuciana se resume en el cultivo de dos virtudes: la humanidad y la equidad. Humanidad significa sociabilidad, altruismo, piedad filial, amor al prójimo... La equidad se refiere al respeto por uno mismo y por los demás.
Los conceptos fundamentales del pensamiento confuciano y de las escuelas neoconfucianas son:
-El Tao: La senda o camino que lleva al conocimiento de la sabiduría tradicional. Es la vía de conocimiento que han recorrido todos aquellos que han llegado a la sabiduría, y por eso el Tao confuciano significa “Camino de Sabios”. Su sentido es, pues, diferente del Tao del Taoísmo.
-El Te: La virtud. Una cualidad inherente al individuo y asociada al “nombre” que llevan todos aquellos que siguen el “Camino de los Sabios”.
-El I: La justicia en su aspecto equitativo, pero expresada sin embargo en el sistema de derechos y deberes propio del orden feudal, es decir, aplicada a cada capa de la sociedad.
-El li: El decoro, especialmente en todo lo que tiene de ritual y ceremonia social. El li se aplica sobre todo a la etiqueta, al sistema de reglas tácitas que rige el orden social en todas sus manifestaciones desde tiempos ancestrales (la vida de la Corte, la guerra...).
-El Cheng-ming: La “rectificación de los nombres”. Se expresa en frases como “El rey es el rey, el padre es el padre...”. Significa que no hay que dejarse despistar por los sofismas, sino recurrir siempre a la simple noción del lugar de cada cosa y de cada hombre. Desde este lugar y mediante el cumplimiento de las obligaciones que le son propios en esencia, puede el individuo acceder al Camino de los Sabios. Esta idea implica una rudimentaria filosofía del lenguaje según la cual, si se nombra una cosa con un significante que no le corresponde, se induce a engaño y este engaño perturba el orden cósmico.
-El Li-yueh: El ejercicio de ciertas clases de música que permiten practicar el li o acceder al Tao. Es decir, ejercitar la virtud y la sabiduría.
-El Jen: La regla de oro de la moral confuciana. Expresa la reciprocidad de conducta, y su enunciado puede traducirse como “No trates a los demás de la forma en que no quisieras que te trataran a ti”. Su sentido se refiere particularmente al trato con los inferiores en rango.






Las escuelas neoconfucianas

Los seguidores del pensamiento confuciano han dado lugar a muy diversas interpretaciones de la ideas originales del pensador chino, aunque las más significativas son las de Mo-tse y la de Mencio. Tras una época de estancamiento, el confucianismo renació dando lugar al llamado “neoconfucianismo”, que se desarrolló a lo largo de los siglos con períodos de particular esplendor, como el que tuvo lugar durante los siglos XVII y XVIII. Destaca la figura de Zhu Xi (1130-1200) cuyo prestigio sólo fue superado por el del propio Confucio y por Mencio, el más inmediato continuador de las enseñanzas del maestro. Las escuelas derivadas del original pensamiento confuciano reciben influencias muy diversas, como las taoístas y las budistas. Dentro de la cosmología neoconfuciana podemos distinguir una especie de dualismo, expresado en las nociones de ch´i o “materia” y li o “ley que rige la ordenación de la materia”.




El Confucianismo en la China actual

Es evidente que, sin las ideas de Confucio y los neoconfucianistas y la extraordinaria labor de propagación que sus seguidores llevaron a cabo a lo largo de los siglos, no cabe entender la historia de China ni mucho menos su pensamiento e instituciones culturales, especialmente la familiar, que aun hoy constituye la piedra angular de la sociedad china. Sin embargo, con la victoria del comunismo chino en 1949, el futuro de las ideas y tradiciones de raíz confuciana se hizo más incierto. La familia, como institución en la que se expresa a pequeña escala todo el sistema de relaciones que determinan la armonía universal, ha perdido buena parte de la reverencia de la que fue objeto en otras épocas. Incluso llegó a organizarse una campaña oficial contra el confucianismo entre los años 60 y 70. En todo caso, la historia e incluso la cultura actual de China sería tan incomprensible sin las ideas confucianas como la occidental sin la filosofía griega o el cristianismo
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