sábado, 10 de diciembre de 2016

RUDYARD KIPLING...SU OBRA Y "EL HOMBRE QUE PUDO REINAR"



Poeta y narrador británico nacido en Bombay (India) el 30 de diciembre de 1865 y fallecido en Londres el 18 de enero de 1936. Autor de una interesante producción poética en la que exalta la libertad individual y la capacidad creativa del ser humano, es fundamentalmente recordado en la actualidad por sus espléndidas prosas de ficción, en las que indaga en las complejas relaciones entre el individuo y la sociedad, y postula la necesidad de otorgar primacía a unas leyes morales que controlen los impulsos primarios del hombre. Fiel defensor, a lo largo de toda su obra, del colonialismo británico (desde la perspectiva pseudodarwiniana de que es necesario -e, incluso, obligatorio- extender la cultura de una nación "superior" a otros pueblos "inferiores" o más atrasados), fue el primer ciudadano de dicha nacionalidad que recibió el Premio Nobel de Literatura, que le fue entregado por la Academia Sueca en 1907 "en reconocimiento de la capacidad de observación, originalidad imaginativa, virilidad de ideas y memorable talento para la narración que caracteriza toda la producción literaria de este autor mundialmente conocido".


Nacido en el seno de una familia en la que se respiraba una densa atmósfera artística e intelectual (su padre, el pintor John Lockwood Kipling, era un especialista en artesanía india que ejercía como director de la escuela artística de Lahore, cuyo Museo pronto pasó a dirigir), recibió desde niño una esmerada formación escolar, iniciada en Southsea (Inglaterra), adonde el pequeño Joseph Rudyard fue enviado con tan sólo seis años de edad . Durante este período de su infancia, el futuro escritor se alojó en casa de una pariente de avanzada edad, aislado en una densa soledad que le dejó un turbio recuerdo, como después se encargó de reflejar en un célebre relato titulado "Baa, baa, black seep" ("Bee, bee, oveja negra"), recogido en el volumen de cuentos Wee Willie Winkie...; en esta narración breve, Kipling satirizó algunos aspectos de la vida escolar, pero mostró su admiración por la tradición educativa británica. Este respeto por las severas normas de conducta de los internados ingleses volvió a queda manifiesto en los relatos de su colección titulada Stalky & Co. (Stalky y compañía, ), en los que Kipling rememoró su paso, ya en plena pubertad ), por el United Services College de Westward Ho (sito en el condado de Devonshire), una institución académica para hijos de militares y funcionarios al servicio de la Corona británica, en donde el rigor y la aspereza de los maestros pretendían inculcar en los educandos los rígidos principios de la moral victoriana.

Al margen de la experiencia personal (que el escritor británico recordó con agrado en su edad adulta, a pesar de la severidad y la soledad que le envolvieron), Joseph Rudyard Kipling mostró en esta etapa de su formación unas excedentes dotes para el estudio, pronto orientadas hacia el conocimiento de las disciplinas humanísticas. En 1882, cuando aún no había cumplido los diecisiete años de edad, regresó a Lahore en calidad de subdirector de Civil and Military Gazetta, publicación en la que ya era conocido por su precocidad literaria, plasmada en unos poemas primerizos que habían visto la luz en territorio inglés bajo el título de Schoolboy Lyrica (Lírica de un escolar). Pero fue su retorno a la India lo que le impulsó definitivamente hacia la creación literaria, después de haber vuelto a experimentar las relaciones entre los occidentales y la población indígena, de haberse reafirmado en su idea positiva acerca de la "función civilizadora" del pueblo británico, y de haber vuelto a tomar conciencia histórica de la riqueza cultural de su lugar de origen (pero no desde la perspectiva exótica y colorista del visitante eventual, sino como parte integrante de esa tradición milenaria a la que, a pesar de su nacionalidad británica, pertenecía desde el mismo instante de su nacimiento). Estas ideas, que habrían de constituir el principal núcleo temático de su producción literaria, comenzaron a manifestarse en los poemas de Departrnental Ditties (Cantinelas departamentales, ), su primer libro significativo, compuesto por una serie de vigorosos apuntes que, al tiempo que reflejaban entre burlas y veras la forma de vida cotidiana que el joven Kipling descubría a su alrededor, mostraban su admiración por los logros sociales y culturales impuestos por la dominación británica.
Idéntico valor anecdótico e ideológico presentaban sus dos siguientes publicaciones, sendas recopilaciones de relatos que, publicadas bajo los títulos de Soldiers Three (Tres soldados) y Plain Tales from the Hills (Cuentos sencillos de las colinas,), le otorgaron ya un merecido prestigio literario, basado sobre todo en su singular capacidad para la descripción de costumbres, anécdotas, paisajes y figuras humanas. Inmerso, ya por aquel entonces, en una febril dinámica creativa, tras siete años trabajando como periodista en la India regresó a Inglaterra y se afincó en Londres, donde empezó a adquirir popularidad por su novela semi-autobiográfica The Light that Failed (La luz que se extingue, también traducida al castellano bajo el epígrafe de En tinieblas), su volumen de relatos Life's Handicap (Obstáculos de la vida), y, sobre todo, por su poemario titulado Barrack-Room Ballads (Baladas de sala de cuartel), una espléndida colección de textos líricos que constituyeron una radical novedad dentro de la poesía inglesa del momento, pues hasta entonces nadie se había inspirado en el ejército nacional para entonar un canto a la libertad.
Con poco más de veinticinco años de edad, Joseph Rudyard Kipling se había convertido en uno de los autores favoritos de los lectores de la Inglaterra victoriana, con la consiguiente preocupación por parte de una crítica elitista que no veía con buenos ojos la excesiva franqueza de sus versos ni el alarde de virilidad patriótica desplegado en todos sus escritos. Plenamente integrado en los principales foros y cenáculos literarios londinenses,  colaboró en la redacción de la novela The Naulahka con el escritor y editor estadounidense C. W. Balestier, con cuya hermana Caroline contrajo nupcias en el transcurso de aquel mismo año. Tras emprender un largo recorrido por las más remotas tierras del mundo, el matrimonio se afincó en una propiedad de la familia Balestier en el estado norteamericano de Vermont, en donde Kipling continuó desplegando una infatigable actividad creativa que le llevó a escribir algunas de sus obras maestras, como las colecciones de relatos Many Inventions (Invenciones varias) y The Day's Work (El trabajo cotidiano) -que le consagraron como un auténtico especialista en el cultivo de la narrativa breve-, el poemario The Seven Seas (Los siete mares, 1896) -que introdujo otra innovación temática en la poesía inglesa de su tiempo: la exaltación del maquinismo y los avances tecnológicos-; y las narraciones extensas The jungle book (El libro de la selva, 1894) y The second jungle book(1895).
En 1896, una absurda disputa mantenida con su cuñado incrementó la impopularidad de los Kipling en el estado de Vermont, por lo que el matrimonio abandonó los Estados Unidos de América para volver a fijar su residencia en Londres. Tras la aparición de la exitosa novela de aventuras Captains courageous (Capitanes intrépidos) y de la ya mencionada recopilación de relatos Stalky & Co. (Stalky y compañía), Kipling y su familia intentaron instalarse de nuevo en Norteamérica, en busca de un clima más favorable para reponerse de la grave dolencia pulmonar que se le había declarado al escritor. Pero esta segunda visita a los Estados Unidos tuvo fatales consecuencias para la familia, ya que, aunque Kipling se repuso satisfactoriamente de su enfermedad, perdió allí a su amada hija, víctima del mismo mal (la pulmonía) del que él venía huyendo.
Había, entretanto, establecido relaciones de amistad y complicidad ideológica con algunos políticos conservadores como el futuro presidente estadounidense Theodore Roosevet, quien admiraba su vehemente defensa del imperialismo occidental, plasmada por aquellos años en dos odas de declarada inspiración político-ideológica: "Recessional" , que festejaba el sexagésimo aniversario de la reina Victoria, y "The White Man's Burden" ("La carga del hombre blanco"), en la que Kipling, ya asumida su condición pública de "Profeta del Imperialismo", instaba a los Estados Unidos a emprender misiones de ayuda y fomento del desarrollo en los países subdesarrollados.
A comienzos del nuevo siglo, Kipling dio a la imprenta la que tal vez sea su mejor novela, Kim , en la que abordaba con excelente pulso narrativo el conflicto entre los valores religiosos de las antiguas culturas asiáticas y el racionalismo occidental. Un año después, Kipling adquirió una casa rural en una remota aldea del antiguo reino sajón de Sussex, y se estableció allí con la intención de consagrarse únicamente a la escritura, mientras relegaba en su esposa la gestión de todos sus papeles (labor ciertamente ardua, habida cuenta de los substanciosos beneficios que venía obteniendo, desde hacía varios años, de la venta masiva de sus obras). El empresario y colonizador británico Cecil John Rhodes, defensor entusiasta de un imperialismo de claro sesgo racista, mantuvo en sus últimos años de existencia una sólida amistad con Kipling, a quien regaló una casa en Sudáfrica en la que el escritor pasó largas temporadas invernales.
El mismo año en que fijó su residencia en la aldea de Sussex, Kipling sorprendió gratamente a críticos y lectores con las prosas breves y fantasiosas de Just so stories (Precisamente así,) -un lírico homenaje, no exento de cierto sarcasmo, al paraíso perdido de la infancia-, y continuó luego cultivando con ventajosa madurez la narrativa breve, género al que aportó otros títulos tan brillantes como Traffics and Discoveries (Circulación y descubrimientos), Puck in Pook's hill (Puck de la colina de Pook) -notable incursión en los temas y ambientes de la tradición medieval-, Actions and Reactions (Acciones y reacciones), Rewarsd and Fairies (Recompensas y hadas) -continuación de Puck in Pook's hillDebits and Credits (Deudas y créditos), y Limits and Renewals (Límites y renovaciones). Voluntariamente alejado del bullicio editorial londinense, vivió con holgura del producto de la venta de sus libros, tanto más difundidos por todo el mundo cuanto mayor era -paradójicamente- el aislamiento intelectual de su autor, escasamente apreciado en los círculos culturales progresistas de Europa y América. Continuó manteniendo algunos contactos -aunque cada vez más espaciados, pues era evidente su desencanto de la vida pública- con políticos conservadores partidarios, como él, del dominio imperialista; pero, feliz y acomodado en su refugio, rechazó sistemáticamente todos los honores y homenajes a los que era convocado, hasta que la decisión de la Academia Sueca de otorgarle el Premio Nobel -muy criticada por la intelectualidad progresista de todo el mundo- le forzó a salir de su retiro rural durante un breve período de tiempo.

El estallido de la Primera Guerra Mundial vino a sacarle, en parte, de este aislamiento, pero por circunstancias dramáticas, pues en ella perdió a uno de sus hijos. En 1915, la dirección del prestigioso rotativo norteamericano Los Angeles Times, consciente del interés que despertaban las noticias de una guerra que, por aquel entonces, parecía sólo una contienda europea ajena a los intereses estadounidenses, consiguió contratar a Kipling como corresponsal encargado de informar a los americanos del conflicto en el Viejo Continente. Esta fue una de las últimas reapariciones de Kipling en el panorama social y cultural de su tiempo, pues, al término de la guerra, las nuevas tendencias vanguardistas que se difundieron velozmente por Europa y parte de América pusieron énfasis en el desfase estético e ideológico de su producción literaria (que, pese a ello, seguía gozando del favor popular). Totalmente alejado de los derroteros artísticos e intelectuales que triunfaron en las décadas de los años veinte y treinta, perdió la vida en Londres a comienzos de 1936, mientras se hallaba redactando unas memorias que pensaba dar a la imprenta bajo el título de Algo de mí mismo (y que, inconclusas, permanecieron inéditas hasta finales del siglo XX). Cinco años después, el genial poeta y crítico anglo-americano Thomas Stearns Eliotreivindicó, ante el asombro de críticos, lectores y editores, los indudables aciertos de su producción poética, cuando ya desde 1937, merced a la primera versión cinematográfica de una de sus obras -Capitanes intrépidos, rodada por el cineasta estadounidense Victor Fleming-, su prosa de ficción volvía al recobrar el enorme predicamento de que había gozado antes de la irrupción de las vanguardias.


La producción poética de Rudyard Kipling, de gran popularidad entre los lectores anglo-parlantes hasta después de la Primera Guerra Mundial, alcanzó su primer gran éxito notable a raíz de la aparición de Barrack-Room Balads (Baladas de sala de cuartel, 1892), una colección de composiciones líricas en las que, por vez primera en la poesía británica, se pretendía indagar en el sentido ético y político del dominio inglés en la India, al paso que se intentaba enfocar esta presencia colonial desde una perspectiva abierta hacia la libertad, la creatividad y el desarrollo humano. Otros poemarios de Kipling siguieron cautivando a los lectores ingleses hasta que los nuevos gustos literarios impuestos por las innovaciones rupturistas de la Vanguardia arrumbaron una poesía ya ciertamente desfasada; pero, a comienzos de los años cuarenta, el celo crítico del ya mencionado T. S. Eliot "redescubrió" al poeta nacido en Bombay y reivindicó los indudables logros estéticos alcanzados por algunos cancioneros suyos como The seven seas (Los siete mares). Entre estos méritos, el poeta y crítico anglo-americano subrayó el poderoso ritmo de la poesía de Kipling -deudor, en buena medida, de las marcadas cadencias de los himnos metodistas que había repetido hasta la saciedad durante su severa escolarización-; la maestría en el dominio métrico de la balada y, desde luego, la sinceridad mostrada por el poeta a la hora de plasmar en sus versos su visión particular de los argumentos poetizados, sinceridad que exasperó -como ya se ha apuntado más arriba- al sector más tradicionalista de la crítica inglesa de su tiempo, y que, aunque contó con la admiración de la mayor parte de los lectores, indignó también a algunos personajes relevantes de la vida pública británica -entre ellos, la reina Victoria, quien se sintió aludida en un poemario menor de Kipling, The Widow at Windsor (La viuda de Windsor).
Hay, además, en la poesía de Kipling, al lado de esa interpretación positiva de un fenómeno social, político, económico y cultura como es el imperialismo, una entusiasta exaltación de la energía individual, de la capacidad intrínseca del ser humano para lograr, desde su propia superación, unas mejoras que redunden en la armonía de la vida colectiva. Ello queda bien patente en uno de sus poemas más célebres, titulado "If" ("Si") y dedicado a su hijo:



Si
Si puedes mantener la cabeza cuando todo a tu alrededor
pierde la suya y te culpan por ello;
Si puedes confiar en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero admites también sus dudas;
Si puedes esperar sin cansarte en la espera,
o, siendo engañado, no pagar con mentiras,
o, siendo odiado, no dar lugar al odio,
y sin embargo no parecer demasiado bueno, ni hablar demasiado sabiamente;
Si puedes soñar-y no hacer de los sueños tu maestro;
Si puedes pensar-y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
Si puedes encontrarte con el triunfo y el desastre
y tratar a esos dos impostores exactamente igual,
Si puedes soportar oír la verdad que has dicho
retorcida por malvados para hacer una trampa para tontos,
O ver rotas las cosas que has puesto en tu vida
y agacharte y reconstruirlas con herramientas desgastadas;
Si puedes hacer un montón con todas tus ganancias
y arriesgarlo a un golpe de azar,
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y no decir nunca una palabra acerca de tu pérdida;
Si puedes forzar tu corazón y nervios y tendones
para jugar tu turno mucho tiempo después de que se hayan gastado
y así mantenerte cuando no queda nada dentro de ti
excepto la Voluntad que les dice: “¡Resistid!”
Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud
o pasear con reyes y no perder el sentido común;
Si ni los enemigos ni los queridos amigos pueden herirte;
Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado;
Si puedes llenar el minuto inolvidable
con un recorrido de sesenta valiosos segundos.
Tuya es la Tierra y todo lo que contiene,
y —lo que es más— ¡serás un Hombre, hijo mío!



El libro de la selva  y El segundo libro de la selva


Después de haber ofrecido ya una amplia muestra de su habilidad como prosista en sus colecciones de relatos, y tras la publicación de una mediocre novela de vaga inspiración autobiográfica -The Light that Failed (La luz que se extingue)-, Rudyard Kipling se lanzó de lleno al ámbito genérico de la fábula para abordar algunas de sus inquietudes permanentes, como la relación del individuo con el medio social que le rodea y la necesidad de hallar siempre, desde los fundamentos de la ética, unas leyes morales que regulen los instintos naturales del hombre. The jungle book (El libro de la selva) y The second jungle book  -reunidos, según criterios editoriales posteriores, bajo el título de El libro de las tierras vírgenes- narran las diversas peripecias por las que atraviesa Mowgli, un muchacho criado desde su nacimiento por una loba, y cuyo único hábitat es la jungla India, en la que va completando un arduo proceso de aprendizaje rodeado por los animales que, a su lado, protagonizan las numerosas historias ensartadas por Kipling en este sencillo hilo conductor. La formación "humana" de Mowgli queda, así, dirigida por los ejemplos que le brindan el malhumorado -pero siempre mesurado y juicioso(oso Baloo, la pantera negra Bagheera )que simboliza esa capacidad de esfuerzo, riesgo y aventura tan cara a la visión idealista que albergaba Kipling acerca del hombre-, y, entre otros seres irracionales (aunque aquí muy reflexivos y sesudos), la serpiente Kaa, una pitón blanca que encarna, en su sabiduría, la tradición místico-cultural de la India ancestral. Frente a ellos se extiende la amenaza constante del tigre Shere Khan, representante de la maldad y la destrucción de los valores solidarios que conforman lo que podría denominarse "la ley de la jungla", y a la postre vencido y humillado por el joven Mowgli, quien culmina así su esforzado proceso de aprendizaje.

Más allá de las exigencias formales y temáticas de la fábula, y del aparente tono didáctico-moral propio de una obra dirigida a los jóvenes lectores, El libro de las tierras vírgenes pone de manifiesto una de las obsesiones fundamentales en la ideología de Kipling: la necesidad de crear y mantener unas estructuras sociales y jurídicas que, amparadas en un orden moral, constituyen la base inamovible de la sociedad e impiden que ésta se precipite hacia su disolución. En toda la obra de Kipling (y, desde luego, en lo más profundo de su pensamiento), la acción social del ser humano sólo cobra sentido en la medida en que se emplea en la creación y la conservación de esos códigos, reglas y estructuras que hacen posible la convivencia. De ahí su permanente fascinación por cualquier colectivo humano e, incluso, animal, como ocurre en el Libro de la selva, que, como el ejército o la escuela, se sostienen por lazos de lealtad, solidaridad y obediencia a las jerarquías; y de ahí también que su idílica visión de la jungla sea, tras el trasfondo amable de la fábula, una metáfora de esa armonía social en la que debe imperar siempre el juicio de Baloo, la audacia de Bagheera y la sabiduría de Kaa, por encima de los afanes destructivos de Shere Khan.


Kim 

También como una novela de aprendizaje y aventuras puede leerse otra obra maestra de Rudyard Kipling, Kim (1901), aunque en su fondo subyace un nivel más denso que habla de las ventajas del sincretismo cultural y racial, de la búsqueda de la paz y la verdad como caminos seguros hacia la armonía universal y, por ende, hacia el encuentro con el Ser Supremo. Kimball O'Hara, llamado por todos "Kim", es un muchacho huérfano desde su temprana infancia, hijo de un sargento irlandés y una ciudadana inglesa que residían en la India. En su desamparo, ha perdido cualquier reminiscencia de la cultura occidental de sus mayores: vive en Lahore como un indígena más, piensa como ellos y utiliza sólo su idioma (el indostaní). En dicha ciudad se topa con Teshoo, antiguo lama del Monasterio de Such-Zen, quien, ya liberado de los caprichosos vaivenes de la Rueda de la Fortuna -es decir, de las ambiciones de la vida mundana-, ha partido en busca del Río de la Flecha, cuyas aguas purificadoras consiguen que quien se bañe en ellas pierda todo residuo de pecado. El sacerdote budista -auténtico guía en el proceso de aprendizaje del joven Kim- es portador de un mensaje que le confió Mahabud-Ali, un tratante de caballos que trabajó para el Servicio Secreto Británico en la India. Kim acompaña al santón en la búsqueda del río purificador, y en el transcurso de su peregrinación ambos se topan con el regimiento en el que había prestado servicio su progenitor. Al ser reconocido como un ciudadano inglés, Kim se ve forzado a asumir sus deberes de occidental: abandona al santón, asiste a la escuela y acaba siendo destinado al Servicio Secreto. Pasa así a formar parte de "The Great Game" ("El Gran Juego"), como se conoce a la organización de espías al servicio de la corona británica, y, en el transcurso de varias misiones que lleva a cabo con gran derroche de esfuerzo y valentía, alcanza a comprender -desde la óptica imperialista de Kipling, claro está- la auténtica importancia del dominio colonial. Finalmente, se reencuentra con su viejo maestro y le acompaña en su camino de vuelta a la montaña.
Al trasluz del argumento desgranado en Kim, Rudyard Kipling aparece no como ese mero defensor del imperialismo que, según sus detractores, asumió el papel "oficioso" de cantor de la pax britannica impuesta por el Reino Unido a los ciudadanos de sus territorios coloniales, sino más bien como un moralista plenamente convencido, en su fuero interno, de la necesidad de extender un desarrollo sobre aquellas zonas secularmente desfavorecidas. Consciente, en el fondo, de que el imperialismo británico camina a pasos agigantados hacia su decadencia y desaparición, no se limita a enaltecer sus valores y a proclamar la necesidad de su conservación, sino que intenta demostrar que la "superioridad" de las instituciones occidentales es el único garante de una sociedad basada unos códigos éticos y morales que, a su vez, hacen posible el desarrollo. En este sentido, resulta muy significativa su sincera creencia en que no todos están capacitados para gobernar, y en que los que los están tiene la obligación de hacerlo.


EL" HOMBRE QUE PUDO REINAR"
 Siempre he sentido admiración por esta pequeña novela corta que desprende aventuras a raudales, grandes emociones y enervantes diálogos. Esta magia que desprende ha sabido hechizar a generaciones de lectores yendo incluso más allá del ámbito literario para recalar en medios más grandes como el mismo cine, en donde vimos a todo color, gracias a John Huston en su película homónima de 1975, cómo ambos hermanos de hermandad se juraban amistad eterna, y que por el hijo de la viuda llegarían a ser grandes reyes… Reyes de Kafiristan.

Pero ¿cuál es esa mítica tierra que añoran estos dos canallas?, ¿qué es Kafiristan? No es un lugar de leyenda, aunque haya pasado con justicia como tal al imaginario literario. Es una tierra situada actualmente en el espacio fronterizo entre Afganistán y Pakistán y que a lo largo del siglo XIX los ingleses denominaron de esta manera a los territorios que quedaban al noroeste del Imperio Británico de la India más allá del mítico Paso de Jaiber. Si se cogiera un helicóptero y lo recorriéramos de punta a punta observaríamos que es un lugar algo pedregoso, con ciertas zonas fluviales  y con una gran cantidad de picos altos y nevados, difíciles de transitar, pertenecientes al impracticable Hindú Kush. Kafiristán significa «el país de los que no tienen fe», en alusión al hecho de que sus habitantes no practicaban la religión musulmana. Curiosamente a este país tan «ateo» es donde van a buscar y labrar su destino con fe nuestros dos héroes. Los habitantes de tan duro lugar son los kalash, antiguos kafiris, siendo estos rubios y de piel clara y que aseguran descender de los soldados de Alejandro Magno, pues en la antigüedad, el rey de Macedonia dejó su huella allí fundando la mítica ciudad de Iskander donde se hace culto a un dios solar denominado Iskander Kebir o Iskander Bozorg y donde también se asegura que hay un magnífico tesoro dejado allí por las tropas macedónicas y que será recogido por Alejandro o su hijo cuando vuelva con ellos.

Esta fabulosa leyenda no podía pasar desapercibida por los hermanos masones Peachy y Dravot, y es aquí donde comienza el relato de sus aventuras. Presupongo que las personas que en estos momentos estén leyendo esta humilde reseña habrán leído alguna vez o visionado en cierta ocasión El hombre que pudo reinar, de Rudyard Kipling. Pero por si acaso, y si existe algún despistado les haré un resumen sucinto de tan maravillo libro: La India es un país maravilloso, con una enorme variedad geográfica, poblacional y religiosa fuera de lo común. Se puede andar por parajes solitarios, calurosos y ardientes y en un rato poner el pie en una tierra helada y yerma. Grandes selvas y enigmáticas selvas cruzan el país junto a extensísimos páramos sin presencia humana por ningún lado. Cada región es un mundo por explorar, cada persona un enigma por resolver y cada religión un secreto insondable. Pues en aquel país, en el colonial siglo XIX dos ingleses hartos de la milicia deciden hacer fortuna recorriendo los cuatro puntos cardinales viviendo del pillaje y la extorsión a viciosos rajás haciéndose pasar en muchos casos como corresponsales del Northern Star. Un día afortunado conocen a un verdadero corresponsal del periódico (trasunto del mismísimo Kipling), hermano masón como ellos, y le explican sus verdaderos motivos: ir hasta el Kafiristan y derrotar a todas las tribus del lugar para llegar a ser reyes por derecho… y claro está, conseguir todos los tesoros posibles para provecho privado. Allí conocen un montón de costumbres y acometen un sinfín de hazañas que serán recordadas por toda la eternidad, llegando incluso a ver la fabulosa ciudad de Iskander, meta de su odisea. ¿Pero acaba aquí la historia?, tal vez sí, tal vez no, pues para saberlo tendrán que acompañar a nuestros dos amigos en su periplo. No se arrepentirán.




Como se podrá ver, un argumento irresistible de leer. Rudyard Kipling tuvo un referente claro al escribir esta novela corta, las aventuras del norteamericano, cuáquero y masón Josiah Harlan, que a mediados del siglo XIX se adentro en Afganistán con el propósito de fundar su propio imperio, alcanzando el título de Príncipe de Ghor, recóndito territorio situado en las cumbres del Hindú Kush. No es una novelita de aventuras sin más, sino todo un canto a la vida misma y a la aventura por la aventura. Hay que recordar que el siglo XIX es un mundo en continua expansión. No nos encontramos con los viajes filantrópicos del siglo XVIII donde destacan los nombres de Humboldt o Malaspina. Los exploradores de este nuevo siglo son distintos, no son simples científicos que solamente se dedican a la clasificación de la naturaleza, sino que intervienen valerosamente y se inmiscuyen continuamente en aventuras y peligros sin fin. Destacan hombres como Richard Francis Burton, Arminius Vambery, William Jardine, Charles Masson o Sir James Brooke. Hombres que fueron grandes exploradores, espías al servicio de la corona o tunantes de la mayor ralea. Pero siempre con la idea fija de labrarse su propio destino contra la condición que les ha tocado vivir. Es en este punto donde entran nuestros queridos Peachy y Dravot. Ellos no quieren ser solamente hombres, quieren inscribir a fuego y hierro su propia línea en su vida, llegando incluso a ser reyes, o incluso más ¡dioses de Kafiristan! Es una idea muy romántica la de esta gente, pero que no siempre culminó en éxito. Puede parecer que las peripecias de estos dos granujas son fútiles y sin sentido, que es absurdo que dos personas solo con su voluntad quieran despegar un poco el vuelo de su condición, pero Kipling inteligentemente deja caer durante toda esta historia el mensaje de que es un canto a ciertos perdedores pero que las vivencias que han sufrido durante toda su aventura no la cambian por nada del mundo. Son héroes hechos de una pasta, de una aleación inquebrantable, que a más de uno de nosotros nos gustaría estar en su pellejo.
A través del relato de Kipling se conocen un montón de costumbres de la India y de las zonas del norte del país. Podrá adentrarse por las populosas y abarrotadas calles, sentir el aroma del curry en las deliciosas comidas, y observar el mundo hindú como nunca lo había conocido. Aunque, esto se lo tengo que advertir, y como es normal en numerosas novelas de Kipling, la visión que se tiene de los nativos del país siempre es desde el punto de vista occidental, tan paternalista con las costumbres orientales. Muchas veces se ha acusado de racismo a Rudyard Kipling por cómo presenta a los hindúes. Craso error, porque hacer valoraciones a posteriori, actuales, sobre el mundo colonial es bastante subjetivo. El autor, para más inri ¡nacido y criado en la mismísima joya de la corona británica! tuvo cierto paternalismo con el país colonizado pero nunca menosprecio por sus ocupantes. En otro orden de cosas, también les diré que aparte de ser una novela de aventuras coloniales es una excelente novela sensorial porque gracias a ella podemos adentrarnos como nunca en el fascinante mundo de la India, Pakistán y el guerrero Afganistán.

Uno de los elementos que llaman mucho la atención en este relato es la mención a las religiones y la masonería. Dravot y Peachy y el trasunto de Kipling, reportero del Northern Star son masones. Sus páginas están llenas de referencias a costumbres, ritos y simbología masónica. Se saludan con frases ceremoniales y se despiden con oraciones pactadas de antemano: «Nos conocimos por la hermandad, y nos separamos por la hermandad», «El Hijo de la Viuda», o el reloj que lleva la inscripción de una escuadra y un compás. Puede parecer algo misterioso, pero no lo es. El autor era masón. Fue iniciado en Masonería a los veinte años en la Logia «Esperanza y Perseverancia Nº 782» de Lahore, Punjab, India. Dedicó su vida y sus escritos a profundizar en la condición de Hombre, y su devenir existencial. El que haya incluido a dos personajes de su logia no es baladí. En toda la obra existe un sentido de la hermandad y la unión de las personas increíbles. No se separan el uno del otro atados como están por su condición y pacto previo anterior a la aventura. Es un mensaje de cómo la humanidad unida puede prosperar y romper cualquier cadena. Más allá de la hermandad todo es perdición y desorden. Estos elementos citados configuran un relato en el que se entremezcla la emoción con lo místico y lo humano haciéndolo imperecedero en el tiempo.




Ya solo me queda animarles a leer este libro, pequeño en extensión pero inmenso en sabiduría y conocimiento. Por sus páginas podrán conocer las increíbles hazañas de estos dos pícaros suboficiales del ejército británico que sueñan con ir más lejos que su propio destino y ser coronados reyes de una tierra mítica. Desde que se publicó en 1888 en una selección de relatos en El Rickshaw Fantasma y otros cuentos misteriosos, las andanzas de Peachy Talafierro Carnehan y Daniel Dravot han fascinado a legiones de lectores, ¿se perderán la oportunidad de cabalgar junto a ellos en aquel mundo colonial de 1880? Yo no me lo perdería, pues si consiguen ir con ellos, escalar el helado Hindú Kush y sentarse en el trono de Iskander flanqueado por ellos, les aseguro que llegarán  no a ser rey sino que su testa será coronada con la gloria de Kafiristan.

http://historiaconminusculas.blogspot.com.es/2012/06/el-hombre-que-pudo-reinar-de-rudyard.htmlhttp://www.enciclonet.com/articulo/kipling-joseph-rudyard/https://verbiclara.wordpress.com/2008/11/30/si-if…-espanolingles-rudyard-kipling/

1 comentario:


  1. Gracias ARACELI REGO: por este hermoso relato de la vida y obras de este célebre escritor: que dejó honda huella para la posteridad, saludos afectuosos allende el mar.

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