sábado, 4 de febrero de 2017

LEON TOLSTOI Y BEETHOVEN....LOS COSACOS Y LA SONATA A KREUTZER


“Los cosacos” es una de las primeras novelas de Lev N. Tolstói , tiene mucho de autobiográfico, al ser un fiel reflejo de la honda impresión que el Cáucaso dejó en el escritor. Ese deslumbramiento late con tal fuerza en “Los cosacos”, que se convierte en el elemento fundamental de la novela y atrapa por su vehemencia al lector.

Olenin, el protagonista de la historia, es un joven crápula de San Petersburgo que, deseando romper con su medio y su modo de vida, parte a incorporarse como cadete a las tropas del Cáucaso. Su llegada a las orillas del Terek, antesala de las grandiosas montañas caucásicas, supone un cambio radical en su vida, no sólo en su aspecto externo sino, fundamentalmente, en el interno.
La sencilla vida en la stanitsa (aldea) cosaca y el contacto continuo con una naturaleza primigenia que redimensiona lo humano, causa  en Olenin una impresión tal que trastoca por completo su cosmovisión. Los afanes, logros y vanos deseos del hombre nada son ante la impasibilidad ciclópea de las montañas. La única opción de un ser que se tiene a sí mismo por racional, si quiere vivir con dignidad, es procurarse un medio de vida en comunión perfecta con la naturaleza, entendida como una fuerza viva superior al hombre.
Esa nueva filosofía, de cuya verdad se siente totalmente seguro nuestro joven, le proporciona una dicha como jamás ha sentido. Dicha que viene a completarse cuando comprende que está enamorado de Mariana, la bella hija de los campesinos en cuya casa se aloja.
En oposición al carácter de Olenin, pura reflexión, Tolstói traza el firme personaje de Lúkashka, un joven cosaco que sirve en el puesto de vigilancia que defiende el territorio ruso de los rebeldes chechenos. Aventurero, intrépido y aguerrido, Lúkashka es en acto lo que Olenin quisiera llegar a ser, incluido el prometido de la hermosa Mariana.
Pero Olenin no es, ni será, un cosaco. Y como tampoco interpreta bien el papel de soldado ruso en el Cáucaso, haciendo lo que se espera de él: jugar, beber y conquistar muchachas, resulta extraño a todos cuantos le rodean. Cuando finalmente abandone la stanitsa, el joven comprenderá que es imposible zafarse de esa vida falsa, hipócrita y sin sentido a la que, sin embargo, pertenece por nacimiento y educación. Intentarlo sólo puede granjearle sufrimiento, máxime cuando todos los demás aceptan con serenidad su lugar en el mundo, sin cuestionárselo ni desear cambiarlo: así Mariana, así Lúkashka.

Las descripciones de los paisajes, de la vida de los cosacos, de las jornadas de caza o de las escaramuzas con los chechenos, conforman una especie de interesante crónica sobre la vida en el Cáucaso. A su vez, la rotundidad de los personajes, sobre todo los cosacos, a los que el autor logra conferir un aura de héroes a la vez que los presenta como profundamente humanos, creíbles, verosímiles a pesar de su valentía mítica, hace de esta novela una joya para disfrutar una y mil veces.



“Sonata a Kreutzer” es una obra de una intensidad subyugadora, una de esas obras cuyo crescendo arrebata al lector, que se ve incapaz de abandonar la obra hasta no concluir su lectura. Enhebra además, junto a esa fuerza del argumento, una serie de razonamientos tan certeros que son un puntal fundamental para crear el asombro del lector: asombro ante lo que narra la obra, asombro ante unos razonamientos cuya lógica evidente permitimos que se oculte bajo los buenos modos de nuestra vida ‘civilizada’.
En esta brevísima novela, Lev Tolstói nos relata la historia de Pózdnyshev, un hombre que se casa enamorado y dispuesto a llevar una vida de tranquila felicidad doméstica. Pero las dulzuras de la luna de miel pronto dejan paso a la rudeza de la vida cotidiana, cuando el amor se quita la máscara y queda la descarnada realidad. Cuando por último entran en escena los celos, el final trágico se precipita: Pózdnyshev quitará la vida a su mujer.
El protagonista es consciente de que lo que ha hecho está mal y la idea del cuerpo de su esposa, inerte sólo por su causa, le llena de horror. No obstante, comprende que sus actos han sido el fruto de una serie de hechos y convenciones de las que él no ha tenido la energía suficiente para escapar.
La primera parte de la novela, en la que el protagonista se dedica a narrar sus reflexiones acerca de lo que suponen las relaciones entre hombres y mujeres, es magistral. Tolstói se sirve de un personaje que ha tocado fondo, un asesino, para poner en su boca pensamientos que nadie más podría expresar sin causar escándalo y que sin embargo, están llenos de razón.
Pózdnyshev no se engaña y considera que un único sentimiento preside las relaciones entre hombres y mujeres: el deseo sexual. Un deseo primigenio, esencia misma del ser humano, pero que éste ha tenido que disfrazar bajo la palabra ‘amor’, para no tener que reconocer ante sí mismo que, al menos en ese aspecto, muy poco le diferencia del resto de los animales.


Al hombre se le educa además desde su primera juventud para que satisfaga esa pasión y se le enseña a mirar a la mujer como vehículo para la obtención de un placer que, además, es saludable. El hombre no es capaz de contemplar a la mujer como una compañera, mucho menos como a una igual: la mujer es simplemente un objeto de placer. A algunas se las puede conseguir de una manera sencilla; para conseguir a otras, y por un convencionalismo social, es necesario pasar por el trámite del matrimonio.
La mujer, por su parte, debe convertirse en una simple mercadería y lograr convencer a algún hombre de que pague el precio (el matrimonio) para poder disfrutar con ella de los placeres sensuales; además de abrirle a ella a su vez la puerta a esos placeres que de otra manera le están vedados. Pózdnyshev, de regreso del infierno tras matar a su esposa, se rebela contra una sociedad que bendice unas relaciones desiguales.
El hombre humilla a la mujer cada vez que la contempla como un objeto destinado sólo a su placer. E inevitablemente, la contempla así siempre, porque eso le dictan sus instintos y eso aplaude la sociedad. El hombre precisa satisfacer su sensualidad siempre, y eso le lleva a ser el único animal que no respeta los periodos de gestación o lactancia de su compañera: no aprecia el milagroso esfuerzo de dar vida a un nuevo ser, sino que sigue buscándola para su solaz. Siendo esto así, jamás podrá darse una relación de igualdad entre hombres y mujeres.
La segunda parte de la novela, en la que el protagonista abandona las reflexiones generales sobre las relaciones entre hombres y mujeres, para centrarse en los detalles de su infeliz vida matrimonial, donde los momentos de deseo acabaron por no poder encubrir el odio que se había ido desarrollando entre los cónyuges, es menos interesante. A pesar del final dramático, de la tensión creciente que conduce a él, tiene menos capacidad de apelar al lector.
Una reflexión apunta, no obstante, entre el relato de los acontecimientos. Y es que la esposa de Pózdnyshev, hermosa, liberada por los médicos del peligro de la maternidad, vuelve a ser un bocado apetecible, no sólo para su esposo. La idea de que pueda gozar de placeres sensuales con otro, liberada del temor de engendrar un hijo fuera del matrimonio, enerva a un marido que, por una vez, teme a una mujer dueña de su sexualidad.
En resumen, una obra que invita a reflexionar sobre el papel de la sexualidad en las relaciones entre hombres y mujeres, enseñándonos que, en algunos sentidos, poco han cambiado a pesar del paso del tiempo.

Hermanada a esta breve novela de Leon Tolstoi está la sonata, extraordinaria, que lleva el nombre, también, de La sonata a Kreutzer, en la que su autor, Beethoven, recrea la pasión, mejor dicho, las pasiones de la naturaleza humana. Ambos integran, como pocas veces, en la música y la literatura, dos vasos comunicantes de donde salen estremecedoras páginas que se complementan.
De sus 10 sonatas para piano y violín, la Kreutzer proyecta el siempre huracanado sentimiento-carácter de Beethoven; su razón y voluntad la crearon en uno de sus casi siempre entregados momentos a la música conmovedora, entre lo dramático y lo trágico de lo más humano de la humanidad. En ella se motivó Tolstoi para su arrebatadora novela de amor-desamor matrimonial de lujuria conyugal.
Tolstoi y Beethoven  son creadores de originalidad grandiosa; inmortales de la música en partituras y de literatura en páginas sublimes. Leer éstas y escuchar aquellas, es revivir en esas obras que sacuden el conocimiento por medio del impacto que recibimos. Y más si también miramos las pinturas de Van Gogh, donde sobre el caserío, el aire se mueve velozmente.
Las sonatas de Beethoven y Tolstoi ponen al escucha-lector en el borde de la abismal sensualidad y lo empujan a belleza de la novela y la música que se complementan como los pétalos de una flor al abrirse y cerrarse, y constituyen la unión de la genialidad.
Tolstoi escogió la Sonata a Kreutzer como la música de la novela para exaltar el auge y decadencia del amor hasta sus últimas consecuencias eróticas. Experimentar las notas musicales y la prosa de esos gigantes sobre los que, en sus hombros, podemos ver y sentir dos sonatas de amor que se van diluyendo, disolviendo… hasta extinguirse.
A estos incansables creadores de la música y la novela se les localiza en toda su obra, pero para iniciarse en ellos hay que escuchar y leer sus sonatas, creaciones de la genialidad del sentimiento por lo dramáticamente humano de la naturaleza del amor en los tres movimientos beethovianos de una “grandeza, intensidad y complejidad” (escribe Miguel Ángel de las Heras), y en la prosa tolstoiana, otra de las caras del poliedro del amor trágico-conyugal de pasiones eróticas que se mecen entre celos y lujuria. Dos obras para entrar musicalmente a la literatura y viceversa.


http://www.solodelibros.es/los-cosacos-lev-n-tolstoi
http://www.solodelibros.es/sonata-a-kreutzer-lev-n-tolstoi/
http://www.voltairenet.org/article164285.html

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