sábado, 21 de noviembre de 2015

LA MUJER ROMANA.... EL ARTE DEL MAQUILLAJE Y LA POETISA SULPICIA


La mujer ocupó un lugar destacado en la Antigua Roma, en comparación con otras sociedades antiguas. Matrona o prostituta, sacerdotisa o emperatriz, era considerada inferior según las leyes y permanecía siempre como una menor, es decir, jurídicamente igual que los niños. 
Dependía de la autoridad de su padre y, si contraía matrimonio, de la de su esposo. Sin embargo, hacia el principio de nuestra era empezó a emanciparse gracias a sus logros, superando el rol tradicional que le había sido impuesto. La mujer encarna desde ese momento principios positivos como la fertilidad, la prosperidad, la creación o el poder del destino. 

 En los inicios del imperio, las figuras femeninas de los mitos clásicos proliferan en los ámbitos domésticos: en los muros, cerámica, pintura, joyas, estatuaria y objetos familiares. A la mujer se la relaciona con la mitología, la religión y la fuerza materna, pero también con la seducción y el exceso. Desde las musas inspiradoras del espíritu hasta las centauras atractivas y poderosas, que esconden peligros y amenazas. O desde los distintos modelos de Venus, a quienes se encomendaban los jefes militares, a las terribles amazonas, quienes mutilaban o mataban a los hijos varones y sólo conservaban a las hembras, extirpándoles un pecho para que pudiesen disparar mejor con el arco. 
Por otro lado, los retratos de mujeres romanas experimentaron un gran desarrollo. Sus peinados, más o menos elaborados, permiten conocer la moda de cada época. La muestra incluye piezas destacadas como las pinturas murales procedentes de Pompeya o las denominadas "placas campanas", una treintena de relieves en terracota restaurados para la ocasión.

Cremas para el rostro, maquillajes, coloretes... Las damas romanas pasaban horas ante el espejo para lograr un aspecto espléndido
Un peinado a la última moda; joyas rutilantes en los brazos, el cuello y la cabeza; un elegante vestido de seda: todo formaba parte del aderezo personal con el que las damas de la antigua Roma buscaban encandilar en las reuniones de sociedad, en el teatro o al pasearse en litera por las calles de la Urbe. Pero había otro elemento de la apariencia personal al que se daba más importancia todavía: el cutis. El cuidado de la piel fue una auténtica obsesión de las romanas de clase elevada, y en torno a él se desarrolló un arte del maquillaje no menos sofisticado y lujoso que el de nuestra época.
Los cánones de la belleza romana aconsejaban a la mujer una piel luminosa, sonrosada y, sobre todo, blanca. La blancura de la piel era el supremo rasgo de distinción. Ovidio, que fue autor de un breve libro en el que daba consejos para aderezar y conservar la belleza del rostro, escribió en su Arte de amar: «Sabréis también procuraros blancura en el rostro empolvándoos». Para lograr ese efecto de blancura se utilizaban diversas sustancias, que se aplicaban sobre el rostro al modo del maquillaje actual. En 2003, unos arqueólogos hallaron en Londres un bote de estaño del siglo II que se había conservado herméticamente cerrado y que contenía una crema blanquecina ligeramente granulosa, sin duda usada como maquillaje.

El producto hallado en Londres tenía tres ingredientes: lanolina de la lana de oveja sin desengrasar, almidón y óxido de estaño. La lanolina servía de base para la mezcla; el almidón suavizaba la piel, función para la que sigue usándose hoy día en los productos cosméticos; el estaño era el elemento que blanqueaba la piel, y empezó a utilizarse durante el Imperio en sustitución del acetato de plomo, que tenía efectos muy nocivos.
Las fuentes refieren muchos otros tipos de cosméticos usados por las mujeres romanas para blanquear el rostro. Algún autor habla de una mezcla a base de yeso, harina de habas, sulfato de calcio y albayalde, aunque el resultado final era más bien el de oscurecer la piel. Para aclarar el rostro también se empleaba una base de maquillaje elaborada con vinagre, miel y aceite de oliva, así como las raíces secas del melón aplicadas como una cataplasma y los excrementos de cocodrilo o estornino. Otros ingredientes utilizados como blanqueadores fueron la cera de abeja, el aceite de oliva, el agua de rosas, el aceite de almendra, el azafrán, el pepino, el eneldo, las setas, las amapolas, la raíz del lirio y el huevo. Con el mismo propósito, se decía que las mujeres ingerían cominos en gran cantidad. Para dotar a la piel de una mayor luminosidad se usaban los polvos de mica.


Al mismo tiempo, las mujeres gustaban de resaltar sus pómulos coloreándolos en tonos rojos muy vivos, como símbolo de buena salud. Para ello se aplicaban tierras rojas, alheña o cinabrio, aunque había alternativas más económicas, como el jugo de mora o los posos de vino. Por otro lado, el carmín de labios, también en tonos rojos muy vivos, se lograba con el ocre procedente de líquenes o de moluscos, con frutas podridas e incluso con minio. Además, según Propercio, estaba muy difundida la moda de que las mujeres se marcasen las venas de las sienes en azul.
Según el ideal de belleza romana, la mujer debía poseer grandes ojos y largas pestañas. Mediante un pequeño instrumento redondeado de marfil, vidrio, hueso o madera, que previamente se sumergía en aceite o en agua, se aplicaba el perfilador de ojos, que se obtenía con la galena, con el hollín o con el polvo de antimonio. Para la sombra de ojos, generalmente negra o azul, eran imprescindibles la ceniza y la zurita. Asimismo, y por influencia egipcia, existían las sombras verdes elaboradas con polvo de malaquita. Las cejas se perfilaban sin alargarlas y se retocaban con pinzas. En este sentido existía una preferencia por las cejas unidas sobre la nariz, efecto que se lograba aplicando una mezcla de huevos de hormiga machacados con moscas secas, una mezcla que también se usaba como máscara para las pestañas.


Los cosméticos se compraban en los mercados. Los que eran líquidos se colocaban en pequeños recipientes de terracota, en vasos de vidrio verde y azulado o en pequeños envases realizados con diferentes materiales; el cuello del recipiente estaba cerrado de tal forma que el maquillaje podía verterse gota a gota. Los cosméticos espesos se vendían en pequeños cofres de madera de talla egipcia, acompañados con conchas para mezclar, espátulas, lápices, pinceles o bastoncillos para aplicar el maquillaje.
Para maquillarse era indispensable disponer de un espejo. Éste podía tener forma redondeada, de acuerdo con la tradición etrusca, o cuadrada, modelo muy difundido y común durante todo el Imperio. Tradicionalmente, los espejos se fabricaban en metal (ya fuera de bronce, cobre, plata u oro) y tenían mangos finamente trabajados, tanto en metal como en hueso o marfil. Según Plinio el Viejo, la factoría más importante de espejos se encontraba en Brindisi, si bien en época tardía los espejos de vidrio acabaron reemplazando a los espejos de metal.
Por otra parte, las mujeres romanas no se conformaban con lograr una piel blanca; ésta debía estar además impecable: libre de arrugas, pecas o manchas. Para conseguir esto último, las mujeres solían colocarse mascarillas por la noche. Existían mascarillas de belleza contra las manchas, como una realizada con hinojo, mirra perfumada, pétalos de rosa, incienso, sal gema y jugo de cebada. Para contrarrestar las arrugas era muy común una mascarilla compuesta de arroz y harina de habas; también se recurría a la leche de burra, con la que había mujeres que se lavaban hasta siete veces al día, según refería Plinio el Viejo. El mismo autor recoge otro sorprendente remedio contra las arrugas: el astrágalo (hueso del pie) de una ternera blanca, hervido durante cuarenta días y cuarenta noches, hasta que se transformaba en gelatina y se aplicaba posteriormente con un paño. Para tratar las pecas se recomendaba la aplicación de cenizas de caracoles. Para alisar la piel era muy común una mascarilla a base de nabo silvestre y harina de yero, cebada, trigo y altramuz. Asimismo existían mascarillas faciales para anular el acné, las ulceraciones oculares y las heridas labiales.


Maquillarse y cuidar la piel requería, pues, una buena dosis de tiempo y habilidad. También había que acostumbrarse a manipular productos a veces un tanto repulsivos; por ejemplo, para elaborar las mascarillas faciales se utilizaban como ingredientes excrementos, placentas, médulas, bilis y hasta orines, lo que obligaba a perfumarlas intensamente. No es extraño que el poeta Ovidio recomendara a las mujeres aplicarse los cosméticos a solas, sin que las vieran sus amantes: «¿A quién no apesta la grasa que nos envían de Atenas extraída de los vellones sucios de la oveja? Repruebo que en presencia de testigos uséis la médula del ciervo u os restreguéis los dientes: estas operaciones aumentan la belleza, pero son desagradables a la vista  ¿Por qué he de saber cuál es la causa de la blancura de vuestro rostro?».
Pero, a veces, ni todo el ingenio desplegado por las damas romanas bastaba para garantizar su objetivo de seducir al hombre amado. Marcial, en uno de sus epigramas, se burla de cierta mujer que se «acuesta sumergida en un centenar de mejunjes», con un rostro prestado (el de la mascarilla), y que «le hace un guiño con el entrecejo que saca por la mañana de un bote»; era demasiado vieja para enamorar a nadie.


Sulpicia fue una de las pocas mujeres escritoras de la Antigüedad cuya obra ha llegado hasta nosotros. Seis poemas de amor, escritos al estilo de los poetas elegíacos como Catulo o Propercio, y dedicados a su amado Cerinto, son todo lo que conservamos de su producción literaria. No obstante, son suficientes como para haber producido una gran cantidad de material historiográfico sobre la figura de esta mujer que vivió en el s. I d.C.
Vivió bajo el gobierno de Augusto en Roma. Su padre era el orador Servio Sulpicio Rufo, hijo del jurista Servio Sulpicio Rufo. Su madre, Valeria, era hermana de Marco Valerio Mesala Corvino, compañero de estudios de Cicerón y patrono de Tibulo. 

Sulpicia, poetisa romana
En este ambiente intelectual que la rodeaba, Sulpicia adquirió una educación que, como era el caso de todas las mujeres romanas de la élite, cubrió diversos aspectos; no obstante, y debido al círculo de poetas que se creó en torno a su tío Mesala, con literatos como Ovidio, Tibulo o Ligdamo, Sulpicia debió aprender el arte de la poesía desde niña.
Huérfana de padre, Sulpicia se crió bajo la potestas de su tío materno, quien parece que la crió dándole una libertad que no era típica de las mujeres romanas. Es por ello que suele hablarse de Sulpicia como de una mujer “emancipada”, que fue capaz de escoger a quién amar y rechazar la constricción que el matrimonio suponía para las romanas.
La obra de Sulpicia ha llegado hasta nosotros de forma accidental, ya que no constituye un corpus propio, sino que se inserta dentro de la obra de Tibulo. Este hecho puede deberse a que las mujeres tendrían en Roma poca o ninguna oportunidad de publicar sus escritos y de difundirlos. Por otro lado, integrar sus poemas dentro de la obra de Tibulo garantizaba a Sulpicia que sus creaciones no pasarían al olvido y se seguirían copiando como parte de los poemas de alguien afamado. Los seis poemas que conservamos, un total de 40 versos, son los que siguen:

Al fin me llegó el amor, y es tal que ocultarlo por pudor
antes que desnudarlo a alguien, peor reputación me diera.
Citerea, vencida por los ruegos de mis Camenas,
me lo trajo y lo colocó en mi regazo.
Cumplió sus promesas Venus: que cuente mis alegrías
quien diga que no las tuvo propias.
Yo no querría confiar nada a tablillas selladas,
para que nadie antes que mi amor lea,
pero me encanta obrar contra la norma, fingir por el qué dirán
me enoja: fuimos la una digna del otro, que digan eso.



Aborrecible se acerca el cumpleaños, que en el fastidioso campo
triste tendré que pasar, y sin Cerinto.
¿Hay algo más grato que la ciudad? ¿Es apropiado para una chica
una casa de campo y el frío río del lugar de Arezzo?
Descansa de una vez, Mesala, preocupado por mí en demasía;
a veces, pariente, no son oportunos los viajes.
Me llevas, pero aquí dejo alma y sentidos
por mi propia decisión, aunque tú no lo permitas.


¿Sabes que el inoportuno viaje ya no preocupa a tu chica?
Ya puedo estar en Roma en tu cumpleaños.
Celebremos los dos juntos el día de tu aniversario
que te viene por casualidad, cuando no lo esperabas.

Está bonito lo que te permites, despreocupándote de mí,
seguro de que no voy a caer de repente como una tonta.
Sea tuya la preocupación por la toga y la pelleja que la lleva,
cargada con su cesto, antes que Sulpicia, la hija de Servio.
Por mí se preocupan quienes tienen como motivo máxima de cuita
que no vaya a acostarme con un cualquiera.

¿Tienes, Cerinto, una devota preocupación por tu chica,
porque ahora la fiebre maltrata mi cuerpo cansado?
¡Ay!, yo no desearía librarme de la penosa enfermedad,
si no creyera que tú también lo quieres.
Pero, ¿de qué me valdría librarme de la enfermedad, si tú
puedes sobrellevar mis males con corazón indiferente?
Para ti no sea yo, luz mía, un ansia tan ardiente
como parece que fui, hace algunos días;
si alguna falta cometí, tonta en mi exceso de juventud,
de la que confieso que me arrepiento más,
es haberte dejado solo ayer por la noche
deseando disimular mi ardiente pasión.
Todos los poemas, como se puede comprobar, tienen como tema central el amor de Sulpicia por Cerinto. Rechazada ya la antigua teoría de que Cerinto sería el prometido de Sulpicia, la historiografía ha apostado por la opción de que sería más bien su amante, lo que destaca la valentía de los poemas de la poetisa, que se atreve a expresar un amor que en Roma se encontraba prohibido para las mujeres, que debían limitar su sexualidad al matrimonio.
Sulpicia, poetisa romana
Sulpicia, poetisa romana
No sabemos si, como aventuran algunos autores, la relación acabó con un feliz matrimonio, sobre todo si tenemos en cuenta que probablemente Sulpicia ya se encontrase prometida con algún hombre y Cerinto no perteneciera a la clase social adecuada para unirse a ella. Lo que sí se desprende de sus poemas es que Sulpicia era una mujer inusitadamente libre para la época en la que vivió, y que mostraba sus sentimientos sin importarle lo que la sociedad romana opinase al respecto.
http://revistadehistoria.es/sulpicia-poetisa-romana
http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/historia/secciones/7851/arte_del_maquillaje_antigua_roma.html
http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/historia/actualidad/10853/como_era_mujer_sociedad_romana.html#gallery-3

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