jueves, 8 de octubre de 2015

EL CONCILIO DE CALCEDONIA.... LEON I Y EL MONOFISISMO


Cuarto concilio ecuménico (universal) de la Iglesia católica, celebrado en la iglesia de Santa Eufemia de Calcedonia, barrio de Constantinopla, situado en el lado asiático del Bósforo, muy cerca de la residencia imperial. El concilio se llevó a cabo entre los días 8 de octubre y 1 de noviembre del año 451, bajo la presidencia del emperador Marciano y su mujer Pulqueria. Aunque el número de firmas de los asistentes al acto ascendió a seiscientos, lo cierto es que realmente acudieron unos trescientos cincuenta prelados, ya que muchos obispos firmaron en nombre de colegas ausentes. La representación fue mayoritariamente oriental. El papa León I estuvo representado por cuatro legados. La reunión del concilio se hizo con la intención de resolver un nuevo problema cristológico, denominado Monofisismo, por el que se declaraba que en Cristo no había más que una naturaleza: la divina.
La sede metropolitana de Alejandría había alcanzado, desde principios del siglo V, una creciente influencia dentro de la Iglesia. Fueron precisamente los teólogos y prelados alejandrinos los que jugaron un papel preponderante en la lucha de la defensa de la ortodoxia, frente a las desviaciones heréticas de ascendencia antioquea. Aparte de esta brillante victoria intelectual, los patriarcas alejandrinos intervinieron activamente en los asuntos internos de la Iglesia de Constantinopla de una manera creciente. La plasmación de esas injerencias se pudo observar con claridad cuando Cirilo mandó deponer a Nestorio, en el anterior Concilio de Éfeso (431). Hacia mediados del siglo V, otra nueva intervención alejandrina puso nuevamente en primer plano la cuestión cristológica y provocó la apertura de una nueva crisis religiosa: la monofisista.
Tras la muerte de Cirilo (triunfador de Éfeso), no todos sus partidarios y discípulos de la escuela alejandrina tenían las ideas tan claras sobre la unión personal en Cristo. Éstos ya no admitían tan al pie de la letra la doctrina defendida en Éfeso de la unión de las dos naturalezas en Cristo. Ello fue así por la característica tendencia de la Escuela de Alejandría a exagerar la unión de las dos naturalezas hasta llegar a la fusión en una sola. En resumidas cuentas; para estos teólogos, decir dos naturalezas equivaldría a decir dos personas, cosa ésta de la cual renegaban. Dióscoro, sucesor de Cirilo en el patriarcado de Alejandría, fue el portavoz de la nueva reacción. Según él, después de la Encarnación ya no hubo en Cristo dos naturalezas, sino una sola – de ahí la denominación de monofisista a esta herejía – porque la naturaleza humana había sido absorbida por la divina. Para apoyar su doctrina, Dióscoro, como era su costumbre, acudió al testimonio de los Padres de la Iglesia, los cuales, según él, no habían hecho otra cosa que defender su causa.
Aunque fue Dióscoro el fautor de la nueva doctrina, un monje llamado Eutiques, abad de un convento en Constantinopla, fue el encargado de propagar las nuevas ideas. Eutiques había tomado parte activa en todo el desarrollo de la campaña antinestoriana, y pasaba por ser el prototipo de la ortodoxia. En realidad, no era un gran pensador, ni un hombre original en sus planteamientos, pero las circunstancias lo colocaron en aquel puesto relevante, y él mismo llegó a considerarse un producto de la providencia divina puesto ahí para defender lo que él llamaba la ortodoxia: el monofisismo. Dióscoro, enseguida se dio cuenta del importante papel que podía desempeñar Eutiques por lo que le apoyó fervientemente para contrarrestar en la medida de lo posible el papel preponderante del patriarca de Constantinopla, Flaviano, y favorecer así su ascensión como patriarca de Alejandría. Dióscoro y Eutiques encontraron una valiosa ayuda en el gran dignatario de la Corte, el omnipotente eunuco Crisafio, que disponía totalmente del dócil Teodosio II. Con estos poderosos resortes, el monofisismo adquirió una relevancia cada vez mayor, gracias al apoyo recibido desde el mismo poder político.
Flaviano se dio cuenta enseguida de lo peligrosa que era la nueva herejía preconizada por Dióscoro y Eutiques, con el agravante de contar con la protección del palacio imperial. Por todo ello, decidió convocar un sínodo provincial, en la ciudad de Constantinopla en el año 448, en el que Eusebio de Dorilea presentó una acusación formal contra Eutiques. En este sínodo se conminó a los heréticos a retractarse y volver al seno de la ortodoxia, con especial interés hacia Eutiques y Dióscoro. Ante la negativa de éstos, Flaviano lanzó un anatema contra ellos y sus seguidores. La guerra cristológica volvía a renacer de sus cenizas, envolviendo a Bizancio en guerras civiles que sólo lograron debilitarla más.
Eutiques intentó conseguir el apoyo del papa León I, a quien envió un informe detallado de todos los acontecimientos y de todas las humillaciones de las que fue objeto, según él. A su vez, Dióscoro y el eunuco Crisafio convencieron al pusilánime emperador para que hiciera lo mismo que había hecho Eutiques. Teodosio II no tardó mucho tiempo en enviarle una misiva al Papa aconsejándole que apoyase la nueva doctrina. Cuando León I recibió ambas comunicaciones, se dio cuenta de la gravedad del asunto. Así pues, mientras que le llegaban los informes fidedignos de Flaviano, y con el objeto de entretener la impaciencia de Eutiques y sus seguidores, mandó una carta conciliadora al emperador, asegurándole que en cuanto recibiera la información suficiente daría una respuesta definitiva.
León I, en cuanto tuvo los informes mandados por Flaviano, se pudo enseguida del lado del credo ortodoxo. Como buen teólogo y jurista que era, León I redactó un documento fundamental, la célebre Epístola Dogmática, en la que exponía la doctrina católica sobre las dos naturalezas en Cristo y su unión personal. Esta epístola, modelo posterior de los documentos dogmáticos infalibles emanados del Romano Pontífice, debía ser admitida por todos, sin la menor reserva: era una norma de fe incuestionable para todo el conjunto de la Iglesia Universal de Cristo, emitida por el Papa como sucesor directo de San Pedro, y como tal, infalible y la más alta autoridad del Universo.
Ni Dióscoro ni Eutiques aceptaron la solución papal, pues ese hecho significaría su derrota total y defenestración del cargo. Con el apoyo de Crisafio, convencieron al emperador Teodosio II para que convocase, en el año 449, un concilio en Éfeso, cuya presidencia asumió el propio patriarca de Alejandría. El papa León I envió legados portadores de la Epístola Dogmática, pero Dióscoro no permitió la lectura de dicho documento e impuso al concilio su voluntad, con auténticas muestras de intransigencia. Todo ello con la absoluta aquiescencia del emperador. Flaviano fue depuesto de su cargo y desterrado; se condenó la doctrina de las dos naturalezas en Cristo y se rehabilitó al depuesto Eutiques. El concilio tan sólo duró un día.

La reacción papal contra el sínodo fue fulminante. León I lo calificó como el latrocinio de Éfeso y lo declaró nulo. León I pidió al emperador, dos veces, que convocara un nuevo concilio en Italia, pero sus esfuerzos fueron en vano.
Gracias a una serie de circunstancias de carácter político, el monofisismo fue perdiendo todos los apoyos que hasta entonces lo habían sustentado. El primer acontecimiento importante fue la caída en desgracia del eunuco Crisafio y la retirada del poder de la emperatriz Eudoxia, favorables a la nueva doctrina. Pero el factor principal que hizo cambiar el panorama fue la muerte, en el año 450, del emperador Teodosio II, que fue sucedido por su hermana Pulqueria, la cual siempre había simpatizado con la ortodoxia. Pulqueria se casó con el general Marciano, favorable a una paz interna y con deseos de solucionar el gravoso problema cristológico. Con Marciano en el poder, León I consiguió la celebración del concilio ecuménico, pero no en Italia, sino en Calcedonia.
La preparación del concilio se hizo con extraordinaria rapidez, tanto por parte de los monofisistas como de los defensores de la ortodoxia. La presidencia del concilio, por orden expresa del pontífice, correspondió a sus cuatro legados junto con el nuevo patriarca de Constantinopla, Anatolio. El favor imperial estaba de parte de la ortodoxia. Esto lo notó Dióscoro al presentarse con diecisiete prelados egipcios. Al verse perdido, intentó un último golpe de efecto: pidió al emperador la condenación del papa León I. Pero el golpe le falló. En la primera sesión, Dióscoro fue fulminantemente acusado por Teodoreto de Ciro y Eusebio de Dorilea, que propusieron la deposición inmediata de éste y de todos los seguidores que no estuviesen dispuestos a retractarse. En la segunda sesión, se leyó la profesión de fe del Concilio de Nicea y la Epístola Dogmática del papa. Todo el concilio la admitió como la única válida y verdadera. No obstante, aún quedaban por resolverse algunos escrúpulos contra la formulación de la doctrina de las dos naturalezas. Los representantes papales se opusieron a tal revisión ya que, según ellos, la doctrina ortodoxa ya había quedado clara y diáfana con la Epístola Dogmática papal, y por lo tanto no era necesario revisar o discutir un documento perfecto e infalible. Finalmente, sobre la base de la Epístola se redactó una nueva profesión de fe, aceptada por todos por unanimidad. Tal profesión de fe declaraba que: “Todos nosotros profesamos a uno e idéntico Hijo, nuestro Señor Jesucristo, completo en cuanto a la divinidad y completo en cuanto a la humanidad... en dos naturalezas, inconfusas, intransmutables (contra los monofisistas), inseparadas e indivisas (contra los nestorianos), aunadas ambas en una sola persona y en una hipóstasis”.
La sexta sesión, en la que Marciano y su enérgica esposa Pulqueria tuvieron la presidencia de honor, fue sin duda alguna el punto culminante del concilio. Los padres lo dieron por clausurado después de que se rehabilitase en sus respectivas sedes a Teodoreto de Ciro y a Ibas de Edesa, dos pilares de la escuela antioquea y antiguos defensores del monofisismo. También se elaboraron veintiocho cánones, en los que se recogió toda una serie de imposiciones legales que afectaban, entre otras cosas, a las ordenaciones, los deberes de los clérigos, la edad para la admisión de diáconos y la semestral reunión de concilios provinciales, a cargo de todos los obispos de la Iglesia. El último canon, el 28, estaba consagrado a la sede de Constantinopla, denominada como la Nueva Roma. El concilio estimó que la sede imperial debía gozar de las mismas ventajas que Roma. Para tal efecto, se decidió que tendría la misma preeminencia que Roma sobre las demás sedes episcopales. Esta ley suscitó la oposición de los legados pontificios, que en esa misma sesión de clausura presentaron una protesta formal contra la medida. León I se negó a aceptar tal hecho, a pesar de las instancias del emperador y del propio concilio. En efecto, esta medida estaba en clara contradicción con la doctrina del primado del Papa de Roma que previamente León I había reforzado y defendido con resolución.
Con las decisiones del Concilio de Calcedonia y las medidas rigurosas tomadas por los emperadores, el problema no quedó, ni mucho menos, acabado. Al contrario, las contiendas que se suscitaron tras el concilio adquirieron cada vez más extensión e intensidad, dando origen a nuevas complicaciones. El monofisismo se hizo fuerte en Egipto, mientras que la lucha por la preeminencia de la Iglesia entre las sedes de Roma y Constantinopla agravó más el problema. Fue esto último un motivo constante de fricción que acabaría disgregando a la Iglesia en dos: la Occidental y la Oriental.
 http://www.enciclonet.com/articulo/concilio-de-calcedonia/#

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