domingo, 20 de septiembre de 2015

LA BELLA OTERO....LA MUJER MAS BELLA DE SU ÉPOCA




Su notable belleza (que le valió ser considerada la mujer más hermosa del mundo) y su talento fascinaron a numerosos admiradores, muchos de los cuales caían rendidos a sus pies. El ambiente alegre y frívolo de la Belle Epoque fue el marco adecuado para el surgimiento de su figura, que adquirió caracteres de leyenda.
Poco antes de que estallara en Europa y América el grito de las feministas, poco antes de que las mujeres reivindicaran su derecho a ser tratadas como personas y no como meros objetos de placer, Europa vivió bajo el reinado de algunas mujeres, que en cierto modo se tomaron desquite de tantas humillaciones que durante siglos venían sufriendo sus hermanas menos afortunadas.
Fue en París en 1900, durante la llamada belle époque: la Exposición Universal de ese año, cerca de la torre Eiffel, se pobló de hermosas mujeres, acompañadas de millonarios y potentados llegados de los países más remotos. Esos hombres de incalculable fortuna gastaban sumas fantásticas en las mujeres más hermosas. Los aristócratas europeos aburridos de sus esposas habían aprendido a derrochar su dinero junto a mujeres menos dignas pero más divertidas.


La frecuentación de chispeantes mujeres ligeras se había convertido en un elegante hábito social, como la caza del zorro en los parques de Windsor o en algún castillo del Loira, y era también un signo de status. Las cocottes, cortesanas de lujo, cotizaban muy caros sus favores. París se transformó así en un centro internacional de la belleza femenina, cuya soberana era Carolina Otero, más conocida como la Bella Otero, una gallega inigualable, de enormes ojos negros, de pestañas aterciopeladas que hacían sombra a una tersa piel blanca apenas aceitunada, “un animal de instinto”, como diría más tarde el poeta francés Jean Cocteau, que la conoció en su juventud.




Nunca se supo muy bien cómo apareció en la Costa Azul. Solo se sabe que una noche, en el casino de Montecarlo, los habitúes vieron llegar a una joven vestida modestamente, pero que, por su porte y su rostro, atraía la mirada de toda la concurrencia. Todos observaron cómo ponía diez luises sobre un número y se alejaba de la mesa para tomar aire en un ventanal. Cuando Carolina (que no conocía muy bien las reglas del juego) volvió a su lugar, vio que se llevaban su dinero y lo reemplazaban por fichas; por desconocimiento,creyó que había perdido,las dejó sobre el mismo número, que salió varias veces consecutivas: en minutos llegó a ganar así una fortuna.
Cuando le explicaron que la montaña de fichas que tenía delante era suya y equivalía a mucho dinero, no le alcanzaron las manos para recoger sus ganancias: Lina se levantó entonces las faldas y echó en ellas su tesoro. El salón entero prorrumpió en una exclamación motivada por la suma y por las hermosas piernas que la joven había dejado al descubierto.



Esas mismas piernas fueron entrevistas por un empresario que decidió llevarla a París y presentarla como cantante y bailarina de music-hall. Nació de esa manera una leyenda que aún perdura, pues Carolina no se limitó a exhibir sus gracias naturales sino que se entregó a un duro aprendizaje en el que no cejó hasta el fin de su carrera. Al día siguiente de su debut, los diarios y revistas comenzaron a ocuparse de ella elogiando sus movimientos felinos, su gracia de “joven cierva”. La consagraron casi sin que tuviese que esforzarse para triunfar.



Si a principios de siglo a alguien se le hubiera ocurrido examinar el programa de actividades que cumplían los personajes que visitaban París oficialmente, habría notado que siempre se incluía una reunión privada con el presidente del Senado. Tal reunión solía ser una coartada que permitía al príncipe de Gales (coronado como Eduardo VII en 1902), por ejemplo, tener una prolongada charla con Carolina Otero, o con su rival en ciertas lides amorosas, Liane de Pougy.
Pero el mayor éxito lo alcanzaba Carolina con los grandes duques rusos, de paso por París, a quienes enloquecía con sus bailes y su voz cada vez más seductora, gracias a las lecciones de canto. El entusiasmo llegó hasta tal punto que fue contratada para actuar en Moscú y San Petersburgo.
Carolina se alojó en Rusia en palacios especialmente cedidos por algunos de esos príncipes. El gran duque Nicolás la encerró cierta vez en un salón durante una disputa y se llevó la llave y el abrigo de marta de la bailarina. Esta, enfurecida, se arrojó por una ventana sobre la nieve, sin ningún abrigo, en pleno invierno ruso. Un campesino que pasaba en trineo la llevó a la mansión del príncipe Pedro, donde debió pasar tres meses en cama con pulmonía. De sus andanzas por Rusia Carolina regresó a París con un regio botín: el collar de la emperatriz Eugenia de Montijo, el collar de la emperatriz de Austria, un collar de brillantes que había pertenecido a María Antonieta, ocho brazaletes de rubíes y pulseras de esmeraldas, para citárselo las joyas más notables.



Se engañaría, sin embargo, quien pensara que era una mujer fría o calculadora. Vivía en realidad pasiones tan intensas como fugaces, amores devastadores que duraban algunas semanas en las cuales ella no se permitía ninguna infidelidad, quizás tan solo un archiduque o algún Rothschild. Por otra parte, sabía hacerse querer: quienes rompían con ella la seguían amando y apreciando.
Tal vez por eso Guillermo II la invitó a representar en Berlín una pantomima escrita especialmente por él, para ella. Los jóvenes  más guapos de Alemania se la disputaron, pero Carolina prefirió al barón Ollstreder, un riquísimo cincuentón, cuyo encanto no solo provenía de su fortuna incalculable sino de su vigorosa personalidad.
También los norteamericanos fueron hechizados por la fascinación de la Bella. Varios millonarios yanquis la cortejaron y lograron que se la contratara para actuar en Nueva York, pues su fama había cruzado el Atlántico. Así fue como los neoyorquinos se atropellaron para obtener una entrada y ver de cerca a esa estrella en pleno apogeo.



A su regreso, Lina se instaló en una fastuosa residencia de la Promenade des Anglais, en Niza, y alternó su vida entre París y el casino de Montecarlo. Gradualmente se fue retirando de los escenarios donde había reinado, aunque seguía con sus clases de canto: no quería despedirse de ese mundo de luces que había sido suyo, sin demostrar que además de belleza tenía talento. Decidió culminar su carrera cantando el papel protagónico en la ópera Carmen, y el público, que había atestado el teatro Varietés para presenciar el primer fracaso de la Otero, asistió en cambio, a su mayor triunfo. Sus enemigos se retiraron mordiéndose los labios porque Lina se había convertido en una cantante lírica. Sin embargo, aquella victoria fue su último triunfo pues en seguida se retiró del teatro y también de la vida galante.
Cuando sus admiradores la acosaban para que volviera a las tablas, Carolina sonreía y respondía, a pesar de su belleza todavía evidente: “Quiero que me recuerden hermosa”. Se refugió en su mansión de Niza, de donde únicamente salía para pasear por la avenida costera o para trasladarse al casino de Montecarlo, donde fue a parar la mayor parte de sus bienes. De todas las pasiones, la última en abandonarla fue la del juego y tuvo que rematar su casona de Niza y trasladarse a una pieza de hotel donde apenas cabían sus retratos, sus fotos y las cartas de los príncipes y magnates que las revoluciones y los años habían ido relegando al olvido.



Empero, no desapareció por completo de la crónica-cotidiana: se volvió a hablar de ella cuando vendió el resto de sus joyas y recuerdos para poder pagar sus deudas y seguir viviendo. En la década de 1951-1960 su nombre empapeló las calles de muchas capitales, porque otra hermosísima mujer, la actriz mexicana María Félix, interpretaba en una película la vida de Carolina.
Poco tiempo antes la orgullosa española había recibido un último homenaje galante. Un riquísimo barón alemán había adquirido en la subasta de los bienes de la ex Bella un valioso broche que él mismo le había regalado durante la tempestuosa juventud de ambos. El barón le remitió la joya junto con una canasta de flores y una tarjeta en que recordaba los tiempos pasados: todo un gesto digno de la belle époque. Fue esa una de las pocas joyas que Lina conservó hasta su muerte, pobre y solitaria, en 1965.




José Martí

El alma trémula y sola

El alma trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
La bailarina española.
Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.
Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega;
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.
Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alelí
Que se pusiera un sombrero!
Se ve, de paso, la ceja,
Ceja de mora traidora:
Y la mirada, de mora:
Y como nieve la oreja.
Preludian, bajan la luz,
Y sale en bata y mantón,
La virgen de la Asunción
Bailando un baile andaluz.
Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombro la manta:
En arco el brazo levanta:
Mueve despacio el pie ardiente.
Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.
Y va el convite creciendo
En las llamas de los ojos,
Y el manto de flecos rojos
Se va en el aire meciendo.
Súbito, de un salto arranca:
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.
El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es una rosa la boca;
Lentamente taconea.
Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro…
Baila muy bien la española,
Es blanco y rojo el mantón:
¡Vuelve, fosca, a un rincón
El alma trémula y sola!

https://cjaronu.wordpress.com/2015/02/19/el-alma-tremula-y-sola-la-bailarina-espanola-jose-marti/
http://historiaybiografias.com/carolina_otero/

2 comentarios:

  1. Excelente historia... La vida de la ¨Bella Otero"

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  2. No entiendo como esta mujer tan fea triunfó tanto.

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