sábado, 20 de agosto de 2016

ARIADNA....SIMBOLOGIA Y COSMOVISIÓN DE UN MITO




La mitología griega forma parte de nuestras raíces europeas y es uno de los referentes simbólicos más importantes de la cultura occidental. Todo mito encierra una cosmovisión y sintetiza nuestros modos de percibir el mundo, pues los mitos siempre «nos dicen algo profundo y enigmático sobre nosotros mismos», y por ello nos fascinan tanto, en la medida en que el relato mítico «traduce sueños, fantasmas, deseos y miedos ancestrales»que forman parte de nuestra esencia humana, y ahí reside la clave de su sentido y su valor.
El poder simbólico del mito es tan amplio y potente que abre infinitas posibilidades de volver sobre él una y otra vez, escribirlo y reescribirlo desde múltiples perspectivas y profundizar en su significado, que es inagotable porque «el mito nunca es apresable en su pureza originaria». En el ámbito de lo mítico confluyen elementos evidentes y contenidos ocultos, y en su núcleo siempre se desvela una alternancia entre lo racional y lo irracional, lo bello y lo monstruoso, la comedia y la tragedia, el bien y el mal… en una síntesis que nos resulta a la vez «fascinante y repulsiva» pero que nunca deja de seducirnos. El mito encierra un enigma, es fragmento de realidad velada, contiene retazos de verdad que pueden intuirse pero que nunca acaban de aprehenderse por completo.
«Para entender bien el sentido de un mito hace falta seguirlo en su totalidad viviente, es decir, tener en cuenta los estratos que se han depositado sobre él a lo largo del tiempo», y esto es lo que nos proponemos hacer en este estudio del mito de Ariadna. Esta figura mitológica, según la interpretación que aquí se ofrece, representa la ruptura con el orden patriarcal y el despliegue de una actitud audaz que hace posible la entrada en un nuevo ámbito cuyos caminos no están prefijados sino que se van eligiendo sobre la marcha, en una búsqueda constante de la ruta para llegar al centro del laberinto, que es también el centro de sí misma. Ariadna no se conforma con esperar a Teseo junto a la entrada del laberinto sino que penetra ella misma hasta el centro de él y se atreve a enfrentarse al monstruo, por ello puede ser entendida como una Ariadna empoderada cuyo deseo de conocer lo que está oculto la lleva a superar el miedo a lo desconocido y a abrir caminos poco trillados…
Esta lectura del mito busca superar la visión de la figura de Ariadna desde la perspectiva del «memorial de agravios» (que ha propiciado una interpretación de Ariadna en clave de joven engañada y abandonada por Teseo, castigada por Artemisa, sometida a los caprichos de Dionisos… es decir, un personaje a merced de las circunstancias que le vienen impuestas desde fuera) y pergeña una lectura alternativa de este relato en clave feminista, detectando en esta figura elementos de aprendizaje que ayuden a comprender la condición femenina y que proporcionen un punto de apoyo desde el que articular un paradigma de empoderamiento inspirado en la propia tradición occidental.



Volvemos sobre el mito para reinterpretarlo, usando sus cimientos para añadir nuevos estratos que, de algún modo, están ya contenidos en el núcleo que todo mito lleva consigo,. El hilo de Ariadna nos conducirá a lo largo de este recorrido reflexivo en el que no debemos perder de vista que «tejer e hilar son metáforas del devenir del tiempo, del desarrollo de acontecimientos». El largo ovillo mágico permite encontrar el camino para entrar y salir del laberinto, y la corona de Ariadna dará luz a este trayecto. Este análisis permite tomar conciencia de la complejidad del mito de Ariadna y servirá como punto de partida para reflexionar sobre diversos aspectos de la vida de las mujeres, incluido su acceso al conocimiento, y sobre los elementos de empoderamiento que estas tienen a su alcance. En la lectura que aquí se formula, Ariadna es interpretada paradigmáticamente como un modelo de poder en femenino, basado en el despliegue del autoconocimiento y la acción autónoma, que son dos de las reivindicaciones más importantes realizadas por el feminismo actual para promover la igualdad de género.
Esta reapropiación simbólica de la figura de Ariadna dialoga con la tradición occidental y explora sus raíces, buscando en el mito nuevas posibilidades de decir y explicar el mundo, nuevos caminos que llevan a entender mejor cómo se ha construido lo femenino dentro del orden patriarcal y cómo en el fondo de la tradición subyacen modelos alternativos de feminidad y masculinidad y patrones de relaciones de género más igualitarias. 


La princesa Ariadna, hija del rey Minos y de la reina Pasífae, vivía en la isla de Creta, junto al laberinto del minotauro Asterión, un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro nacido de la unión entre Pasífae y un toro blanco enviado por el dios Poseidón. El arquitecto Dédalo, aliado con la reina, construye una vaca de madera en la que ella se esconde para poder tener relaciones sexuales con el toro. El minotauro es engendrado de modo escandaloso y, según la interpretación de este mito desde una perspectiva patriarcal, su nacimiento pone de relieve que la liberación del deseo femenino es peligrosa porque «abole una vez más los límites y lleva a lo humano más allá de sí mismo». Es interesante reflexionar en este punto sobre el simbolismo del toro, asociado a Pasífae pero que también forma parte de la genealogía de Minos, su legítimo esposo, ya que según el relato mítico que Hesíodo recoge en su Teogonía el rey de Creta es uno de los tres hijos nacidos de la unión de Zeus, transmutado en toro, con la ninfa Europa. Según este conocido episodio, Zeus adopta la forma de un toro y se sirve de ese engaño para raptar a Europa y violarla, y de ese modo son engendrados Minos, Radamante y Sarpedón.


El toro «es el gran progenitor, amante y consorte fecundante de la diosa en una época en la que lo divino es concebido como femenino». Según la interpretación de Françoise Gange, el toro representa al amante de la mujer divinizada, el aliado de las diosas y de las sacerdotisas cuyo poder es previo a la institucionalización del orden patriarcal. La figura de la mujer joven a lomos de un animal salvaje representa a la diosa y su consorte, el toro simboliza al amante fuerte y fecundo al que ella doma sexualmente. Sin embargo, el toro que en principio parece dócil acaba revelando una fuerza indomable que se impone a lo femenino, y el mito del rapto de Europa «narra el paso violento de la cultura de la diosa madre al del panteón de dioses padres, en un grupo virilizado que orientará a la humanidad hacia la conquista». El poder femenino sucumbe bajo el poder de Zeus, el Dios padre, que impone su ley e institucionaliza el patriarcado.
Minos es hijo del Zeus que vence a Europa y la somete a sus deseos; el rey de Creta representa por tanto el orden patriarcal recién instaurado. Pasífae pertenece a una época anterior, su figura remite a la diosa y a la sacerdotisa que se une al toro fecundante. Sin embargo, el patriarcado no puede tolerar esa unión y la estirpe de la diosa es demonizada: el minotauro, hermanastro de Ariadna, es encerrado en un laberinto especialmente diseñado por Dédalo para contener al monstruo. El minotauro es el gran incomprendido, «castigado por una falta de la que es inocente, a la vez sagrado y maldito», y su mayor delito es «haber nacido», al igual que el Segismundo de La vida es sueño, de Calderón de la Barca.
En estos relatos míticos Creta simboliza la patria primigenia; es la tierra nutricia y maternal, pues recordemos que Zeus, hijo de Rhea y Chronos, fue escondido por su madre en una cueva de esta isla para evitar que fuese devorado por su padre; Zeus halló cobijo en Creta, donde fue amamantado por la cabra Amaltea. Pero Creta es además el lugar en el que habita Europa antes de ser secuestrada por Zeus, y desde esta perspectiva el rapto de Europa puede ser interpretado como una prueba de que el dios de dioses (que en tantas ocasiones parece «humano, demasiado humano») está anclado a sus raíces terrenales y arrastra consigo el recuerdo de su patria insular, de su primera memoria y de su infancia. Creta es la tierra madre para Zeus, es el estrato primigenio en el que conviven lo racional y lo irracional, lo conocido y lo desconocido: Creta es un remanso de paz para el Crónida, pero también «contiene sus zonas de inquietud y de terror, con el laberinto y su monstruo devorador como Chronos, el minotauro». Creta es también la patria de Ariadna y, como se verá posteriormente, ella también es partícipe de esa dualidad y de la coexistencia entre los dos niveles de realidad inscritos en el espacio geográfico cretense. En la Creta mítica conviven el espacio ordenado según la ley de Minos, (que es una trasposición del «orden racional» y la ley del padre) y el espacio desordenado y «rizomático» (por decirlo con Deleuze), representado por el laberinto, que prolifera al margen de la norma y abre un campo de emergencia de múltiples posibilidades que escapan de la esfera de la legalidad. 


La mitología relata que Androgeo, príncipe de Creta y hermano de Ariadna, acudió a competir en los juegos panatenaicos y venció a todos los atenienses que, enfurecidos por la victoria del extranjero, lo asesinaron. Para vengar la muerte de su hijo, Minos declaró la guerra a Atenas y ganó la batalla, por lo que quedó establecido que cada año debían ser enviados a Creta catorce jóvenes atenienses (siete hombres y siete mujeres) que serían entregados en sacrificio al minotauro. Durante muchos años, hombres y mujeres eran reclutados a la fuerza e introducidos en el laberinto cretense para servir de alimento al monstruo. Al cabo de algún tiempo aconteció que al príncipe Teseo, hijo del rey ateniense Egeo, le tocó ir a Creta (por sorteo o por propia elección, según las diferentes versiones del mito), y el joven se propuso matar a Asterión y acabar así con el sacrificio impuesto a su pueblo. Acompañado de otros trece jóvenes atenienses, y con esa misión en perspectiva, Teseo se embarca rumbo a la isla de Creta. 


La princesa Ariadna se enamora de Teseo en cuanto lo ve y decide ayudarle a matar al minotauro. Antes de salir de Creta, Dédalo había explicado a Ariadna cómo entrar y salir del laberinto y le había entregado un ovillo mágico que permitía transitar por su interior sin perderse. Como prueba de su amor por Teseo, Ariadna le entrega un valiosísimo regalo, pues «el famoso ovillo se acompaña de la transmisión de un saber sobre los recodos del laberinto» Ariadna comparte su conocimiento con Teseo y permite que el héroe obtenga la gloria y venza al minotauro sirviéndose de los saberes y estrategias de los que ella es depositaria. «El hilo de Ariadna deviene así cordón umbilical e hilo de la vida que conduce hacia el monstruo, y que se arriesga sin cesar a ser cortado por Ariadna en el momento del reencuentro». Ella maneja el hilo y conoce todos sus secretos, pero todavía no se atreve a utilizar ese conocimiento para su propio beneficio y le cede su ovillo mágico a Teseo, que queda así vinculado a la princesa a través del hilo que los conecta a ambos.
Teseo promete a Ariadna que, si logra vencer al monstruo, la llevará a Atenas y se casará con ella. Ilusionada ante esta perspectiva, la princesa entrega a Teseo un extremo del ovillo mágico y ella se queda a la entrada del laberinto sujetando el otro extremo; él se interna en el laberinto, mata al minotauro y sale para reencontrarse con la joven. Esa derrota es un episodio cargado de simbolismo, ya que no implica únicamente una victoria sobre el guardián del laberinto sino que alude a la dominación de Minos que, tras la muerte del minotauro, «queda privado de descendientes masculinos»; su prole viva se reduce a Ariadna y Fedra porque tanto su hijo legítimo, Androgeo, como su hijo ilegítimo, Asterión, han sucumbido bajo el poder de Atenas.
En otra línea interpretativa, matar al minotauro supone «acabar con la animalidad que afecta a lo humano en su mismo núcleo» e implica la instauración de un orden racional, el orden de la polis, representado por la figura de Teseo que «crea la ley al matar al monstruo». Esa ley es además la ley del padre, la ley patriarcal, pues como ya se ha dicho anteriormente el minotauro es hijo de un amor prohibido que da rienda suelta al deseo femenino; su nacimiento se incardina en el linaje de la diosa que no tiene cabida en el espacio de poder masculino, y por ello el minotauro es encerrado y derrotado.
En contraposición a la ciudad racional, que en este mito está simbolizada por la polis ateniense, el laberinto representa el espacio femenino. Laberinto viene del griego «labrys», hacha doble, y ya en el paleolítico y el neolítico se hallan representaciones de esta hacha, a menudo asociadas al culto a la Gran Diosa y a otras divinidades telúricas de culturas más primitivas. Según algunos descubrimientos arqueológicos realizados en Creta, el hacha de doble filo era utilizada específicamente por las sacerdotisas minoicas para usos ceremoniales; el hacha era el símbolo más sagrado de la civilización minoica, y su posesión por parte de una mujer permite deducir el nivel de poder femenino que existía en ese contexto cultural prehistórico. El sacrificio de los jóvenes atenienses recogido en este mito alude al sacrificio anual en honor a la sacerdotisa; ese culto queda cancelado cuando Teseo mata al minotauro y rompe así con el tributo debido a la Gran Diosa. La diosa es demonizada, convertida en monstruo maléfico e identificada con el minotauro, y «Teseo acaba con el sacrificio de jóvenes/amantes de la diosa e instaura el orden del macho dominante». Desde esta perspectiva, este pasaje de la historia de Teseo alude al poder patriarcal que desplaza al poder femenino a través de la violencia, aniquilándolo simbólicamente. 


 La princesa rompe con el linaje de la Diosa madre y ayuda al héroe patriarcal a instaurar un nuevo orden, traiciona a su tierra natal-matriarcal (Creta) y pone su conocimiento al servicio de Teseo, que le promete a cambio entrar a formar parte del orden patriarcal –representado por Atenas. Sin embargo, lo que Ariadna no sabe todavía cuando sale de Creta es que a las mujeres les está vetado el acceso al poder patriarcal, que es exclusivamente ejercido por los hombres, y en mitad de la travesía hacia Atenas, en la isla de Naxos, Teseo abandona a Ariadna mientras está dormida en la playa. Teseo y Ariadna son dos figuras antagónicas, ella «se comporta como adulta y propone al héroe una boda, pero él la considera como una virgen» y es incapaz de asumir el compromiso que ella le exige. Con respecto a Teseo, Ariadna representa «la condición femenina, frágil figura entre tipos masculinos que ejercen o buscan el poder». Encarna el estereotipo de la joven enamorada que traiciona a su familia y huye de su hogar para estar junto a su amado, pero este no está a la altura del amor que Ariadna le ofrece y, en un acto de cobardía, la abandona mientras ella duerme. Diferentes versiones del mito afirman que Teseo abandonó a Ariadna porque se enamoró de una de las jóvenes que viajaban junto a ellos en el barco de regreso a Atenas, o que Artemisa intervino para obligarlo a huir de Naxos dejando atrás a Ariadna. En todo caso, Teseo se aleja de ella sin explicarle las razones de su marcha.
En este mito el hilo de Ariadna representa la atadura, el vínculo que une a los dos miembros de la pareja y los compromete recíprocamente, pues el ovillo que ella entrega a Teseo «es su arma para ligar al héroe a su propio destino». El mismo hilo que permite al héroe entrar y salir del laberinto lo ata después a su salvadora; él rompe esa atadura cuando abandona a Ariadna y huye en silencio rumbo hacia un futuro del que ella no forma parte. Teseo se aprovecha de Ariadna para que le ayude a vencer al monstruo y poder así aumentar sus hazañas heroicas; desde el punto de vista masculino «una de las razones por las que gusta el cuento de Teseo y el minotauro es porque Teseo escapa del peligro matando a la bestia y escapando del laberinto, con la ayuda, por supuesto, de una hermosa princesa». Ariadna no es sujeto de su propia historia sino que funciona como recompensa, es el premio que espera al héroe al final del camino, una vez que este haya vencido al monstruo. Sin embargo ese premio tiene su reverso, y acaba por convertirse en una carga excesivamente pesada que Teseo quiere dejar atrás.
Pero la huida de Teseo es susceptible de una lectura alternativa en clave positiva, ya que introduce un punto de inflexión en la historia de Ariadna y abre para ella un camino de empoderamiento en el que, liberada del orden patriarcal representado por Minos y Teseo, toma conciencia de sus capacidades y conocimientos y empieza a utilizar los recursos a su alcance para desarrollar su propio proyecto. Sin Teseo, Ariadna se atreve por primera vez a usar el hilo para recorrer ella misma el laberinto y enfrentarse a todos sus monstruos, y esa audacia de Ariadna es la que apoya una lectura de esta figura mitológica como un referente de empoderamiento femenino. 


Después del abandono de Teseo, hay varias versiones sobre lo que le sucedió a Ariadna. Una de las interpretaciones es que Ariadna se había unido a Teseo en el templo de Artemisa y la diosa, enfadada, castiga esa impiedad matando a Ariadna. Otra versión cuenta que Dionisos, enamorado de Ariadna, acude a su encuentro y se casa con ella, pero Artemisa, celosa de la joven cretense, la mata, y en recuerdo de ella Zeus pone su corona en el cielo; es por eso que hay una constelación llamada «la corona de Ariadna». Una tercera versión del mito, recogida entre otros por Hesíodo, afirma que «la boda de Dionisos con Ariadna hace que Zeus le conceda la inmortalidad». Esta versión es la que más nos interesa aquí, ya que es la que mejor permite llevar a cabo una lectura del mito de Ariadna en términos de empoderamiento.
Ariadna y los elementos asociados a ella, el ovillo y el laberinto, adquieren otra dimensión simbólica a partir de su llegada a Naxos y su encuentro con Dionisos, hijo de Zeus y Semele, dios del vino, del éxtasis místico y de la embriaguez. Dionisos es el dios que honra a la madre y, a través de ella, a todas las mujeres, y representa por tanto un nuevo modo de relación entre lo masculino y lo femenino. Es el dios transgresor que irrumpe en el flujo del tiempo cotidiano y lo altera; cuando él aparece «el ser ordenado en el tiempo, tejido con los hilos del tiempo, se torna vacío y hueco, y da comienzo la fiesta de Dioniso». La celebración dionisíaca se abre a lo inesperado, rompe con la monotonía y posibilita que aflore lo que estaba oculto y reprimido porque, de la mano de este dios, «uno se pierde en sí para encontrarse a sí mismo». La existencia se enriquece con la presencia de Dionisos, que permite que el tiempo de la vida inmanente se expanda y trascienda sus propios límites. No hay una preocupación por la inmortalidad sino que «todo se juega aquí, en la existencia presente», cuyo carácter complejo y poliédrico se ve reflejado en el espejo de Dionisos.


Lo dionisíaco se asocia a que «las profundidades de la realidad se han abierto, las formas elementales de todo lo que es creativo, de todo lo que es destructivo, han aflorado», pues esta deidad ambivalente conecta lo elevado y lo subterráneo, lo visible y lo invisible, lo expresado y lo silenciado. Se borran las fronteras entre lo divino y lo humano y Dionisos «arrastra al ser humano al universo del devenir, de lo sensible, de la multiplicidad, para hacerle traspasar sus propias fronteras y entrar en la esfera de lo inefable, lo permanente, lo uno, el eterno retorno». Este dios es el que reúne y conecta, lleva a cabo la síntesis de lo heterogéneo. Es alteridad, «en él se dan lo uno y lo múltiple» porque para este dios todo son máscaras, la identidad no es unívoca sino laberíntica, y en el espejo iniciático que Dionisos porta «nuestro reflejo se perfila como una figura extraña, una máscara que, frente a nosotros, nos mira». Dionisos nos empuja a tomar conciencia de la multiplicidad que nos constituye y a jugar con todas nuestras máscaras, lo que equivale también a recorrer todos los caminos de nuestro laberinto. La conexión simbólica entre Ariadna y Dionisos se hace así evidente, ya que el espejo y el laberinto aluden a nuestra realidad más profunda, a nuestra existencia que se manifiesta como una síntesis de elementos diversos: todos los reflejos que el espejo nos devuelve, o todas las rutas que podemos hacer por el laberinto.
La temporalidad de Dionisos no está organizada linealmente ni sometida a la vara de medir de las Moiras sino que está ligada al ovillo mágico de Ariadna, ese hilo interminable que permite desviarse del destino preestablecido y transitar infinitas veces por el laberinto de lo incierto, lo monstruoso, lo desconocido, lo inconsciente y lo aterrador… Dionisos y Ariadna nos instan a adentrarnos en el caos de lo que somos, a recorrer nuestro propio laberinto siguiendo itinerarios no prefijados. Y el hilo de Ariadna, profunda conocedora de ese espacio y hermanastra del monstruo que lo habita, servirá para que siempre podamos entrar y salir de él. 


Ariadna comienza a tomar conciencia de la multiplicidad que la constituye a partir de su encuentro con Dionisos, y esto le permite iniciar un camino de exploración y autoconocimiento que puede interpretarse como una forma de aumentar su poder. Ariadna asume que el ovillo mágico le pertenece y lleva a cabo una reapropiación del hilo que le va a permitir tejer su propia existencia. Es fundamental saber que se sabe, y Ariadna comienza a ejercer su poder cuando descubre el verdadero valor de su conocimiento del laberinto y lo usa en su propio provecho, poniendo en práctica una actitud audaz que la lleva a entrar hasta el fondo del mismo en lugar de conformarse con esperar a Teseo junto a la entrada. En este segundo momento del mito, Ariadna logra sustraerse al poder patriarcal –es representativo que Ariadna esté sola en una isla, Naxos, lejos de su familia y fuera del influjo de la ley del padre– y se aventura a enfrentarse con lo desconocido, a gestionar la alteridad representada por el minotauro, mitad hombre y mitad animal, hermanastro de la princesa, y que por tanto está estrechamente emparentado con ella… y podría decirse que forma parte del núcleo de su ser. Ariadna se empodera cuando se enfrenta a esa alteridad que el laberinto y su monstruo representan, aun sabiendo que es probable que no le guste lo que va a encontrar ahí dentro. Se atreve a saber, porque en cierto modo intuye que el conocimiento de las profundidades del laberinto le dará poder sobre sí misma.
El laberinto es el espacio de lo desconocido, de lo oculto, de la alteridad más radical que permanece latente en el interior de cada individuo. Y, sin embargo, «la exploración asidua de los territorios fronterizos significa la posibilidad de una inscripción, de una simbolización de lo femenino por la fluctuación, por el nomadismo». El feminismo actual descarta la heterodesignación y busca superar la definición de «mujer» construida desde el punto de vista masculino, a la vez que se esfuerza en encontrar las herramientas más adecuadas para llevar a cabo la «desconexión y desidentificación de la institución sociosimbólica de la feminidad, incluso a nivel inconsciente». En el proceso de redefinición de las identidades, las mujeres asumen colectivamente la tarea de «inventar los términos que las describen sin recurrir convencionalmente a los herbarios o los bestiarios». La teoría feminista rechaza así la identificación de las mujeres con la naturaleza o con lo monstruoso y aberrante por contraposición a lo masculino, que se asocia a la cultura y a los modelos canónicos de corporalidad y proporción, y promueve como alternativa el «desarrollo de su capacidad para experimentar el mundo y darle contenido» sin temer a los hallazgos que puedan surgir en ese despliegue. Ariadna es un buen ejemplo de esta actitud, entre otras cosas, porque nos enseña que lo monstruoso está dentro de cada individuo independientemente de su sexo, y que en lugar de negar esa dimensión constitutiva resulta más adecuado recorrer el camino que conduce hacia el centro del laberinto donde todos los senderos se entrecruzan y enmarañan, y donde las distinciones entre masculino y femenino, ser humano y animal, naturaleza y cultura, no son tan tajantes como el canon dominante ha querido hacernos creer. Ariadna despliega así un modelo de subjetividad nómada basado en el trazado de múltiples itinerarios a través de los planos de devenir que intersectan en cada existencia concreta, y que están simbolizados por la idea del laberinto. 


Al contrario que Teseo, Dionisos no teme a las ataduras que la relación con Ariadna implica; se compromete con ella precisamente porque se siente atraído por su hilo y porque desea conocer, de la mano de Ariadna, el laberinto y sus secretos. En relación con lo femenino, «Dionisos es el amante de mujeres que tienen el centro en sí mismas, que no están definidas por sus relaciones con hombres concretos» sino que transitan por sus propios laberintos en busca de su identidad. El amor de Dionisos da a Ariadna el papel de mujer adulta: le ofrece vino y la invita a explorar sus propios límites, a salir fuera de sí. Desde esta lectura «Ariadna incardina la duplicidad del eros conyugal de la mujer adulta», es amante y consorte de Dionisos y se sitúa en un plano de igualdad y reciprocidad con respecto a él. En esa unión hay un intercambio mutuo, él toma el hilo que ella le tiende y llega hasta el centro del laberinto, y ella, que creía conocer el laberinto, se interna otra vez en él con una nueva mirada, propiciada por la conexión entre distintos mundos que Dionisos le muestra y comparte con ella. A partir de su relación con el dios «Ariadna asume un poder y una trascendencia completamente nuevos», supera el dolor provocado por la traición de Teseo y pasa a ser la mujer que ama y es amada en igual medida, que es aceptada por el esposo en toda su complejidad porque Dionisos está dispuesto a asumir y acoger todos los laberintos que ella encierra. En este sentido, la unión de Ariadna y Dionisos simboliza la madurez del compromiso y la reciprocidad de la relación de pareja.
Ariadna, cuyo nombre significa etimológicamente «la de gran pureza», alude asimismo al alma que se va purificando a medida que desenrosca el hilo dorado que sirve de guía por el interior del laberinto, en el camino hacia el conocimiento.Ni Dionisos teme al laberinto, ni Ariadna siente miedo ante la ruptura del orden establecido representado por el dios, pues sabe que adentrándose en la senda que él le indica podrá llegar a conocer aspectos insólitos del laberinto. Ariadna nos recuerda que el conocimiento profundo de las cosas siempre implica una cierta audacia, pues requiere ir más allá de lo establecido. Acontece así que, junto a Dionisos, «Ariadna ya no es el ánima que aguarda fuera del laberinto mientras otro entra. Ella significa alma en el sentido de lo que se encuentra en el centro del laberinto». El laberinto simboliza a la propia Ariadna y es a ella a quien encontramos en su núcleo, porque el centro del laberinto es el punto de llegada del recorrido que Ariadna –y que cada mujer– ha de emprender para llegar a conocerse a sí misma y para construir y desplegar su identidad. Ese punto de llegada se convierte a su vez en punto de partida, porque los recorridos posibles por un laberinto son infinitos y porque «en el centro del laberinto llegamos al punto donde uno vuelve al comienzo» Desde esta perspectiva, el acto de enroscar y desenroscar el ovillo de Ariadna emula el proceso acumulativo y dinámico del autoconocimiento, que surge a partir de los distintos itinerarios que vamos trazando en el interior de nuestro laberinto, descubriendo cosas nuevas cada vez y ensartando cada aprendizaje en el hilo de la vida. El poder de Ariadna reside en su hilo mágico, que se constituye en asidero y punto de anclaje móvil que le permite transitar por todos los mundos, entrar en todos los laberintos y vencer a todos los monstruos, que son metáfora de todos los miedos. Ariadna comienza a empoderarse a partir del momento en que comprende el verdadero alcance de las propiedades mágicas de su ovillo y las utiliza para sí, para internarse en su laberinto e intentar descifrarlo y darle sentido, deconstruyéndose y reconstruyéndose una y otra vez.
El hilo de Ariadna nos indica el camino hacia nuestro interior y nos alienta a buscar en él la fortaleza necesaria para superar las adversidades que la existencia nos plantea. Además, esta diosa nos recuerda que el autoconocimiento y la confianza en las propias capacidades son dos elementos fundamentales para el empoderamiento. 


Consideraciones finales

A lo largo de estas páginas se ha planteado una lectura simbólica de Ariadna en clave de empoderamiento.
No se trata,  de romper con la tradición cultural de la que provenimos –algo que, por otro lado, resultaría muy difícil poner en práctica– sino de dialogar con ella, de buscar sus referentes básicos y releerlos, en un intento de satisfacer nuestra necesidad de hallar respuestas y de encontrar nuevas coordenadas desde las que cartografiar lo femenino y lo masculino y trazar mapas alternativos de las relaciones de género. Con certeza, reflexiones simbólicas como las que aquí se proponen permitirán avanzar tanto en un nivel ideológico como en un sentido práctico. Desplegar un proceso de autoconocimiento y experimentación similar al de Ariadna puede funcionar como metáfora del empoderamiento e inspirarnos, en el plano teórico, para cuestionar y reformular los discursos dominantes y recrear las tradiciones , para diseñar estrategias de actuación y establecer criterios concretos que permitan alcanzar mayores cotas de poder en los distintos ámbitos de nuestra vida privada y pública. Solo hay que tirar del hilo y ver dónde nos lleva.

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