lunes, 21 de septiembre de 2015

GIROLAMO SAVONAROLA....EL "MONJE NEGRO"



Nació en el seno de una familia  de Ferrara. Su abuelo , se había sentido atraído por los problemas religiosos y quizá fue quien más influyó en su idea reformadora de la Iglesia. Abandonó los estudios de medicina para entrar en secreto, en la orden de predicadores y mendicantes de los dominicos en Bolonia. Siendo ya miembro de la orden escribió diversos tratados acerca de la decadencia de la Iglesia y sobre los textos de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. Entre 1485 y 1489 visitó numerosas ciudades italianas, entre ellas Florencia, en calidad de predicador talentoso y dotado de un gran fervor misionero. Sin embargo, no agradó demasiado a los florentinos.Ingresó en el convento dominico de San Marcos de Florencia, del que fue elegido prior . Savonarola empezó a tratar en sus sermones los temas del Apocalipsis y las visiones de la amenaza del fin del mundo. Ejerció una enorme influencia sobre la población con sus ideales de pobreza y desposeimiento y con prédica de la flagelación por la corrupción moral, la degeneración, el lujo, el derroche y el afán de placeres en los círculos de la Iglesia oficial y de la ciudad; sus adeptos acabaron por venerarlo como a un profeta. La intensidad y el radicalismo de sus arremetidas retóricas contra Lorenzo de Médicis y su hijo Pietro, así como contra a Santa Sede y la Iglesia, no cesaban de crecer. Cuando los Médicis fueron derrocado y Carlos VIII de Francia conquistó el reino de Nápoles, sus profecías se vieron cumplidas y Savonarola mantuvo estrecho contacto con el monarca francés. 


La república teocrática:
El religioso instauró entonces en Florencia una especie de democracia teocrática en la que se seguían sus ideas sin que él mismo participara activamente en la política, permaneciendo en un segundo plano como eminencia gris. El fervor moral de sus secuaces pronto se transformó en vigilancia, espionaje y denuncias. Con la reclamación del derecho de resistencia contra la Iglesia, en su último sermón antes de la ejecución, Savonarola tocó un punto delicado. Gran parte de la sociedad florentina aplaudía las aspiraciones de una fracción reformista de teólogos que pretendían contrarrestar el creciente absolutismo del papa mediante una constitución conciliar y la cogestión en las cuestiones de importancia decisiva para la Iglesia; sin embargo, dichos esfuerzos fracasaron y muchos tomaron al papa por el anticristo.  Savonarola publicó su Trattato circa il Reggimento di Firenze (Tratado acerca del gobierno de Florencia). En él proponía una reforma de gobierno "basada en la justicia, la paz y la confianza entre los ciudadanos". 
 Savonarola opinaba que ello sólo sería posible si la causa inicial y final era la aspiración hacia el bien común -bene comune-, un principio ético extraído de los textos de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. Sin embargo, el predicador dominico era demasiado radical en sus opiniones y fomentaba la quema en la hoguera de todos aquéllos que se abandonaran al vicio y el libertinaje, así como la restricción y supervisión de la ciencia y la supresión del desnudo en el arte. A pesar del carácter casi dictatorial de su conciencia misionera hacia finales de su vida, Savonarola tenía por modelo a Cristo crucificado.
Su terrible y profética elocuencia fascinó a los florentinos. Su doctrina era muy simple: muy pronto la Iglesia pagaría por sus innumerables pecados, igual que la sociedad, que degeneraba buscando sólo su provecho y su placer. Un punto de vista adecuado a las inquietudes de su tiempo. Así las ardientes prédicas del monje impresionaron tanto a los florentinos, que cada vez eran más los que acudían al convento de San Marco y después a la catedral para oírlo: las buenas gentes se codeaban allí con Botticelli, Miguel Angel o el filósofo platónico Marsilio Ficino. Entre otros azotes anunciaba la llegada de un nuevo Ciro, que vendría de más allá de los Alpes como instrumento de la cólera divina. Según él, los florentinos eran el pueblo elegido. A través de Florencia habría de llegar todo y, por tanto, debían purificarse. Savonarola sustituyó el Carnaval por la fiesta de la Penitencia; además hizo alzar en plena Señoría una gigantesca "hoguera de las vanidades", en la que se arrojaron cosméticos, joyas, y libros, mientras que los artistas veían consumirse sus obras insuficientemente devotas o demasiado paganas. Savonarola incitaba incluso a los niños a que denunciaran las afrentas contra la moral.  
En 1492 muere Lorenzo. En muchas ocasiones se ha dicho que Fray Jerónimo fue llamado a la cabecera del moribundo y que se negó a darle la absolución. Más que dato histórico es voz popular pero muestra el tenor de la fama del fraile. En realidad, Lorenzo muere lamentando no haber tenido tiempo para completar la biblioteca que hoy lleva su nombre en Florencia. La precoz muerte de Lorenzo sume a la ciudad en el luto, a pesar de todo. En Italia, se rompe el equilibrio logrado por la paciente, sagaz y adinerada diplomacia del Magnífico. Los franceses entran en Italia con su rey al frente -Carlos VIII- y Pedro, primogénito y sucesor de Lorenzo, cede y lo deja ocupar cuatro bastiones toscanos. Los florentinos se enfurecen y expulsan a los Médicis de la ciudad el 9 de noviembre de 1494. Fray Jerónimo no ceja, y menos ahora cuando ve cumplidas sus predicciones apocalípticas en buena parte. El pueblo - que ha vuelto a organizarse en partidos- lo convierte en árbitro de la situación. Savonarola promueve la reforma radical de las leyes de la ciudad: instaura un Monte de Piedad, legisla contra la disolución moral, organiza las "quemas de vanidades". Un día, entre el entusiasmo de la multitud, proclama Rey de Florencia a Jesucristo. Evidentemente el primer ministro era el fraile. (Angel R.Guevara) 


Desafíos a la Iglesia:
Savonarola predicaba el ideal de la pobreza y el desposeimiento: "Una iglesia que devasta, que ampara a prostitutas, mozalbetes licenciosos y ladrones, y en cambio persigue a los buenos y perturba la vida cristiana no está impulsada por la religión sino por el diablo, al que no sólo se le puede sino que se le debe hacer frente". Cuando el papa Alejandro VI le ofreció el cargo de dignatario de la Iglesia con la intención de disuadirle de su anticlericalismo despiadado y severo, Savonarola rehusó: 
Este no fue el único gesto de desafío a la Iglesia; el propio Savonarola había encendido con anterioridad una hoguera y escenificado una acción disciplinaria simbólica. El 7 de febrero de 1497 organizó en la Plaza de la Signoria una "hoguera de las vanidades" en la que ardieron objetos que simbolizaban los vicios profanos: instrumentos musicales, imágenes, joyas, naipes e, incluso, los libros de Boccaccio y Petrarca por su contenido "impúdico". Esta acción le valió la excomunión por parte del papa Alejandro VI, pero al mismo tiempo le sirvió de incentivo para organizar otra hoguera todavía más espectacular al año siguiente.



Tortura, proceso y muerte en la hoguera...
El triunfo de Savonarola fue efímero. Las facciones florentinas lo desbordaron y el Papa Alejandro VI ayudó a que así fuese.
El proceso careció de rigor legal (era axioma de la época que dove il motivo di procedere non c'é, bisogna fabricarlo, es decir, " donde no haya motivo para proceder, hay que fabricarlo".) acusación capital: haberse atribuido el don de profecía. Además: herejía, cisma, rebeldía... diecisiete cargos. Padeció varias semanas de torturas inhumanas por "defensor de la herejía y el cisma y por pretender innovaciones perniciosas". Fue condenado a muerte, ahorcado y quemado públicamente en la Plaza de la Signoria . Un eclesiástico le dice: " te separo de la Iglesia militante... y de la triunfante". El fraile responde: " Sólo de la militante; la otra no depende de ti". Reza el Te Deum ... antes que él muere fray Silvestre y fray Domingo, sus hijos espirituales y seguidores. No quiso enardecer a la multitud en su favor. Sólo le pidió que orara por él y luego rezó el Credo. 
 Sus cenizas fueron arrojadas al Arno por miedo a los buscadores de reliquias. Las decenas de miles de partidarios que había congregado en torno suyo como predicador en la catedral de Florencia lograron eludir la oposición de la población, que se dirigió contra el propio Savonarola consiguiendo su arresto. La recién renacida república de Florencia vive un momento difícil y una situación precaria. Poco después de su muerte comenzó la veneración del predicador ascético. Su interpretación del Salmo 50, el Miserere, que había escrito encadenado de pies y manos, alcanzó gran difusión, gracias entre otras a la edición impresa de Lutero de 1523. La caída del fraile ocasionó cambios en los puestos de la administración citadina. Los "savonarolianos" pierden sus empleos. 

Críticas a Savonarola: Maquiavelo escribió una carta en la que refiere, con "amargo y desilusionado sarcasmo", algunas de las homilías de Savonarola. Maquiavelo acusa al dominico de haber querido hacer un partido político a partir de una idea moral, dividiendo a la humanidad en dos bandos.
además, lo tacha de oportunista y le da, en El Príncipe, el título de "profeta desarmado", incapaz de construir algo durable, justamente porque no quiere afrontar la realidad. Maquiavelo es un teórico del triunfo, no del martirio. Savonarola dice a los hombres cómo deben ser. Maquiavelo tratará de mostrarles cómo son. La Iglesia no reconoció la coincidencia de sus pensamientos teológicos con la doctrina eclesiástica oficial, así como el carisma de su persona y su actividad visionaria, hasta el año 1558. El alemán Johann Wolfgang Goethe lo calificó de "monstruo grotesco", e historiadores de los siglos XIX y XX vieron Savonarola un lúgubre fanático que pretendía quemar y exterminar los bellos frutos del Renacimiento, el humanismo y las artes. Su figura sigue suscitando polémica, y si bien muchos lo consideran un fanático cegado por la religión otros piensan que fue un genio que abrió nuevas perspectivas. 



La caridad en Florencia:
La Florencia del siglo XV era famosa por su tolerancia intelectual y religiosa. Se valoraba mucho la devoción practicada en comunidad, por ello se hacían promesas por cualquier propósito imaginable, se mandaba a colgar exvotos en las iglesias y se realizaban generosos donativos. Sin embargo, lo más habitual era ingresar en una de las dos grandes congregaciones florentinas, la Arciconfraternitá della misericordia, que se ocupaba del ciudadano y el entierro de los pobres, o la Compagnia di Santa Maria del Bigallo, dedicada sobre todo a los huérfanos y los expósitos. Los miembros de las congregaciones provenían de todos los estratos sociales. Los fabricantes textiles y los banqueros acaudalados se complacían practicando de forma anónima la caridad con los necesitados, quizá en el afán de compensar las grandes ganancias que obtenían con la usura; además de preocuparse por el provecho propio, no había que escatimar esfuerzos por el bien común. Detrás de todo ello estaba el ideal cristiano de la caridad. La clase media y alta florentina han mantenido este compromiso social hasta nuestros días, puesto que forma parte de la fiorentinità, del carácter de los florentinos. Puede que sigan siendo ricos, que todavía posean el antiguo palacio familiar, quizás incluso la villa en el campo, pero ocultan esa riqueza material y tan sólo muestran los rasgos ideales de la discreción, la modestia, el ahorro y la caridad. (Ruth Strasser) 



G.Papini. Juicio Universal. Savonarola....
SAVONAROLA:
Fui misterio también para mí mismo hasta el día del fuego y ahora estoy dispuesto a decir la verdad sobre mi ser. Había nacido con ánimo ávido y encendido, deseoso de sobresalir y de mandar. En mis tiempos y en mi patria todos aspiraban a conquistar o aumentar su dominio, por cualquier medio, legítimo o no, con tal que fuese apto para ese fin. Se veían todos los días hombres carentes, pero sagaces y atrevidos, convertirse en señores de tierras y de ciudades, a veces hasta de reinos. Capitanes de bandas mercenarias, mercaderes astutos y liberales, señorcillos de provincia, aventureros de toda procedencia y de toda ralea habían logrado, en aquel siglo, hacerse jefes y regidores de casi todos los estados italianos. Yo vi, desde joven, que por dos caminos llegaban estos a la señoría: por la fuerza de las armas ayudada por la del engaño o con la fuerza del oro ayudada por la del engaño. Yo no tenía oro para pagar soldados o para corromper ciudades.
Y, sin embargo, en mi ánimo ambicioso, exaltado por la vehemencia de una voluntad firme, sentía urgir aquella ansia de imperio que poseía a tantos corazones de mi siglo. Y me di cuenta de que quedaba abierta una tercera vía para el dominio de los pueblos: la palabra. Pero ¿qué palabra? No, en verdad, una elocuencia puramente humana que no habría sabido conquistar a los futuros súbditos. Una oratoria poética y enteramente retórica como la de los humanistas podía hacer que se adquiriese gracia ante un mecenas, pero no dar el poder sobre las ciudades. Y como un juvenil desilusión de amor, unida a la pasión del estudio y de la perfección, me habían impulsado a hacerme fraile, me di cuenta de que la palabra inspirada por Dios, anunciada y proclamada en nombre de Dios, podía ser un medio para la adquisición de un poder absoluto sobre las almas de los hombres, es decir, de orientar su querer hacia nuestro intento. Pero no bastaba para esto la dulzura de la palabra evangélica, que, por sí misma, es renuncia al dominio de este mundo. Vi, por experiencia, que algunos pueblos son llevados a obedecer más con la amenaza y con el terror que con las suaves caricias de la esperanza; y en mis sermones y en mis cuaresmales tomé como texto y modelo los profetas del Antiguo Testamento, que tan a menudo recriminaban y maldecían a los pueblos y anunciaban azotes y desventuras. También yo con el correr del tiempo me hice semejante a un profeta de la antigua ley y logré con lo terrible de mi palabra brillante arrastrar detrás de mí a las gentes, primero al pueblo sencillo y a las mujeres y luego a todos los demás, hasta los poetas y los filósofos. No pudiendo tener lanzas o florines para apoderarme de la ciudad, usé armas todavía más seguras: la profecía y el espanto. Fui un profeta en apariencia inerme, pero mis violentas y convincentes profecías de desgracias, de calamidades y de llantos fueron mis verdaderas armas y, por lo menos durante algún tiempo, armas victoriosas.
Se dijo que yo era el rival del Magnífico, que entonces mandaba en Florencia, pero en verdad, más que rival yo quería ser su sucesor en el dominio y me hice tal. No hablaba en mi nombre, sino en nombre de Dios. Dios era el emperador del Universo, Cristo rey de la ciudad y yo, en aquella ciudad, el virrey de Cristo. Por eso dije al pueblo, aterrorizado a causa de las desventuras por mí anunciadas, que para sustraerse a los castigos que se preparaban no había más que un solo camino: la conversión perfecta a las leyes divinas, el desprecio de las vanidades y de las diversiones mundanas, el retorno a la antigua pureza cristiana. Y como yo era el verdadero suministrador de tales remedios en aquella ciudad, pude, durante algunos años, ejercitar en ella un poder como no habían tenido mis predecesores, mercaderes enriquecidos que hablaban en nombre del hombre, mientras que yo hablaba en nombre de un Señor mucho más poderoso: en nombre de Dios. Advierte, sin embargo, que yo no era en aquella predicación hipócrita y simulador, como dijo alguno. Creía firmemente que la palabra de Dios era palabra de verdad y su ley la verdadera ley. Pero, además, presumía que Dios me inspiraba a semejanza de sus profetas antiquísimos y que por esto podía prever con certeza y desviar con autoridad los castigos que se preparaban contra mi patria. Sólo en este orden hubo abuso y presunción por mi parte, mas no engaño, pues creía con toda el alma lo que afirmaba. Pero ahora reconozco que a esta firme creencia en mis virtudes proféticas y políticas me impulsaba secretamente aquella ansia de dominio que he confesado al principio. Si yo hubiese sido más cristiano, esto es, despojado de todo deseo de poder terreno e inclinado a la humanidad, muy distinta hubiera sido mi vida y mi suerte. Pero llevado del prepotente estímulo de ser el dueño y rector -aunque fuera en nombre de Cristo- de una ciudad, imaginé que en pocos años se podría reducir a vida piadosa y pura un pueblo acostumbrado al lucro, al lujo, al arte, al placer. Allí se hubiera querido un santo y yo no era un santo, y por eso, después de un breve triunfo, la empresa fracasó y fui vencido. Había hecho quemar las vanidades, pero entre aquellas vanidades estaba también la belleza y la sabiduría, y por aquella culpa contra el espíritu fui, también, castigado con el fuego. Logré hacerme príncipe también a mí, pero como los demás príncipes nuevos acaban, de ordinario, bajo el hierro de los conjurados, yo, aunque príncipe cristiano, acabé mi vida entre aquellas llamas con las que tantas veces había amenazado a la ciudad pecadora. Y mi esperanza está toda en Aquel a quien, aunque con demasiado orgullo, quise servir.
Giovanni Papini. Guiudizio Universale. Apóstoles y profetas. Escrito entre 1940 y 1956. 



Benito Jerónimo Feijoo , Carta sobre la Causa de Savonarola
... nunca he pretendido, que fuese infalible la justicia de aquella sentencia. Fueron hombres los que testificaron la culpa, fueron hombres los que decretaron la pena; por consiguiente no incapaces, ni unos, ni otros de error, o dolo. En toda sentencia contra cualquiera delincuente hay esta absoluta falibilidad. Pero esto no obsta a que todas las que se pronuncian, observando las solemnidades esenciales del Derecho, sean acreedoras a un positivo, prudente, y racional asenso, si contra la justicia de ella no hay por otra parte argumentos concluyentes.
... al menos dos delitos gravísimos de Savonarola fueron de pública notoriedad; y así, ni sus mismos defensores se atreven a negarlos. Uno fue su inobediencia, y desprecio al precepto, y Censuras Pontificias con que se le había mandado abstenerse de la predicación. Otro, haber solicitado ardientemente, que el Rey de Francia Carlos VIII entrase con Ejército en Italia a subyugar sus Provincias con el pretexto de reformar la Corte de Roma, y costumbres de los Eclesiásticos. 


Los franciscanos de Nueva España y el savonarolismo (s.XVI):
Algunos historiadores, sin embargo [además de la mayor influencia erasmista], se han fijado en la influencia de otros movimientos en el pensamiento utópico de los franciscanos en Nueva España. Entre ellos figura José Antonio Maravall, quien ve en el cristianismo interior de tendencia reformadora un inequívoco influjo del savonarolismo. Esta línea presenta una veta de utopismo político-social, no sólo ajeno a la influencia de Tomás Moro, sino incapaz de comprenderlo. Motolinía, fray Jerónimo Mendieta, fray Francisco Gonzaga, se mueven en esta tendencia savonarolista. Es curioso que la única vez que Mendieta cita a Vasco de Quiroga lo hace para reprocharle su formalismo legal, oponiendo a éste un "Derecho libre" con el cual no se pretende encuadrar a los indios en ninguna forma de vida organizada, sino preservarlos en sus condiciones naturales y originarias, "que, como todo lo que en el hombre es originario y natural, tiene un mayor valor y su conjunto está más próximo y mejor dispuesto para la recepción del cristianismo interior, ya que ésta es la religión del mismo Dios, autor de aquella primitiva y originaria naturaleza humana". En la base de esta idea se halla una concepción exaltadora del indio, en cuanto encarnación de lo natural y, por eso mismo, de todas las virtudes que a lo natural y a la Naturaleza son inherentes.  Una comprensión de esta tendencia habría que completarla con la ideología milenarista de Gerónimo de Mendieta; en el caso de éste, como en el de Las Casas, el dominio español en el Nuevo Mundo se derivaba exclusivamente del deber evangelizador de España, pero la diferencia con el apasionado dominico era que, frente al universalismo medieval de éste, Mendieta interpretaba el descubrimiento americano con caracteres apocalípticos. (José Luis Abellán. Cap. IV, Las utopías americanas
 http://www.mgar.net/var/savonaro.htm


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