jueves, 19 de enero de 2017

RENACIMIENTO ESPAÑOL.....LA RENOVACION DEL ARTE ESPAÑOL


La primera arquitectura renacentista desarrollada en España es producto de la implantación de modelos italianos trasplantados por el deseo de novedad y prestigio de las familias nobles. En este aspecto, destaca sobre todo la familia Mendoza, a la que se deben los primeros edificios como el Palacio de Cogolludo , de Lorenzo Vázquez, en la provincia de Guadalajara o el Palacio-castillo de La Calahorra , en la provincia de Granada. Cuando se construyen estos edificios, en Italia se está produciendo la reacción a la arquitectura clásica de Bramante. La novedad va a ser la característica que diferencia los programas arquitectónicos de la nobleza frente a los realizados por la Monarquía.

Bajo el auspicio de los monarcas Isabel y Fernando, se desarrolla durante el primer tercio del siglo el estilo plateresco, que da paso en el segundo tercio, coincidiendo con el reinado de Carlos V, al Renacimiento purista y, en el último tercio, al herreriano, propiciado por Felipe II.



El término plateresco aparece por primera vez en la obra de Ortiz de Zuñiga en el siglo XVII. A partir de ese momento, se va afianzando hasta que es aceptado para definir la arquitectura del primer tercio del siglo XVI en España.

La Monarquía, como expresión de su poder y de la nueva unidad religiosa y política conseguida por los Reyes Católicos, codificará una arquitectura unificada y característica mediante una serie de recetas que se va a imponer en todo el territorio peninsular y en la que se van a desarrollar una serie de nuevas tipologías de edificios, como es el modelo de Hospital.

Al ser un arte oficial (válido para la afirmación política) y no el desarrollo de una serie de estudios y ensayos teóricos (como había ocurrido en Italia), los elementos renacentistas se incorporan más con un criterio decorativo y ecléctico. La arquitectura plateresca se va a caracterizar por la combinación de estructuras del gótico final, desarrolladas especialmente en el denominado estilo isabelino, con elementos renacentistas, sin que se produzca ninguna contracción y donde también tendrán cabida otros elementos como los mudéjares. Uno de los edificios que mejor muestra estas convergencias es el Palacio del Infantado de Guadalajara.

Los elementos decorativos serán, por tanto, una de las características del plateresco: los medallones en las enjutas, los entablamentos y basamentos, los grutescos, los festones, las columnas balaustradas, los frontones... decoran las fachadas de los edificios en cuyos interiores se sigue utilizando la bóveda de crucería gótica.

Dentro de la nueva tipología de edificios que se desarrollan se encuentran los hospitales, donde se aplica el modelo italiano codificado por Filarete. Sus mejores ejemplos son el Hospital de la Santa Cruz de Toledo, el de Santiago de Compostela y el de Granada. Pero el centro del plateresco por excelencia va a ser la ciudad de Salamanca, tanto por el número de edificios que en ella se construyen como por la finura de su decoración, hecho en el que influye la excelente calidad de la piedra.

Uno de sus primeros edificios es la Casa de las Conchas, dentro de la tradición gótica de vivienda y con una decoración plenamente renacentista. El arquitecto que llena todo el primer tercio en esta ciudad es Juan de Álava, constructor del Convento de San Esteban, donde partiendo del modelo de iglesia de San Juan de los Reyes, del gótico final, plantea una fachada interpretada como un gran paño decorativo, con portada de grandes dimensiones.

Dentro de esta misma ciudad se encuentra el Claustro del convento de las Dueñas, realizado por Gil de Hontañón, las Fachadas de la catedral nueva o la del Colegio de los Irlandeses iniciada por Diego de Siloé y terminada por Juan de Álava.

Pero la gran obra del plateresco es la Fachada de la Universidad (de autor desconocido), constituida como un paño decorativo independiente del edificio, donde los temas decorativos, de flores, medallones, escudos y grutescos, ofrecen un inusitado ritmo.

De este mismo periodo son La Escalera Dorada de la catedral de Burgos, realizada por Diego de Siloé, y la fachada de San Gregorio de Valladolid.



En el segundo tercio del siglo, con la llegada al trono del emperador Carlos V, el plateresco será sustituido por un arte de corte dedicado a exaltar la figura del emperador, presentado como nuevo César. El arte renacentista italiano es utilizado no ya como la aportación de una serie de elementos decorativos sino como un lenguaje coherente que comprende todo el edificio.

Bajo el patrocinio y el mecenazgo ejercido por Carlos V se encontrarán una serie de aristas que introducen las formas clásicas italianas. Pedro Machuca proyecta una de las obras más originales y emblemáticas del momento: El Palacio de Carlos V en Granada, cuya planta cuadrada en la que se inscribe un patio circular, presenta una concepción geométrica de gran pureza y donde la riqueza del plateresco da paso a un sentido decorativo austero, cercano a la sobriedad bramantesca. En esta misma ciudad trabaja Diego de Siloé, que realiza la catedral de Granada y donde se observa una perfecta simbiosis entre la tradición gótica y el estilo renacentista. En el entorno andaluz trabaja también Andrés de Vandelvira que, siguiendo el modelo de Siloé, realiza la Catedral de Jaén, la iglesia funeraria del Salvador de Ubeda y el palacio de los Cobos y el de Vázquez de Molina, en la misma ciudad.




Rodrigo Gil de Hontañón es, tal vez, el arquitecto más versátil, utilizando, libre de perjuicios, prácticamente todos los lenguajes arquitectónicos del momento. A él se deben obras platerescas como el Palacio de Monterrey de Salamanca, góticas como la catedral de Segovia y renacentistas como La fachada de la Universidad de Alcalá. Con ello se explica no sólo unas características artísticas, sino las de una sociedad donde no existen los modelos únicos, donde todos son válidos y donde se aplicará el más necesario en cada momento.

En el círculo de Toledo, la figura que domina el panorama es Alonso de Covarrubias, nombrado arquitecto real; a él se debe la Fachada principal del Alcázar de Toledo, el Alcázar de Madrid, y el Patio del Hospital de Tavera. En toda la obra de Alonso de Covarrubias se puede seguir la evolución general de la arquitectura española, desde las exuberancias decorativas del primer plateresco hasta la actitud purista dominante al mediar el siglo.

El plateresco y el purismo castellano se proyectan con diversas variantes sobre Extremadura, el País Vasco y Galicia. En Aragón, los monumentos más significativos son la Portada de Santa Engracia de Zaragoza , obra de Gil Morlanes, y la de Santa María de Calatayud, realizada por Juan de Talavera y Esteban de Obray, así como los palacios de los Luna y la Lonja de Zaragoza, sin autor conocido, edificados a mediados de siglo.



El último tercio del siglo XVI va a estar dominado por la construcción del edificio más importante del siglo: el palacio-monasterio de San Lorenzo de El Escorial , complejo donde se reúnen un monasterio, una iglesia, un palacio y un panteón. Está señalado, con su austeridad y su grandeza, como el triunfo del estilo desornamentado derivado de fuentes italianas, pero al que Felipe II y sus arquitectos imprimieron un sello peculiar. Juan Bautista de Toledo inicia las obras: a él se deban la planta general del edificio, la fachada meridional y el patio de los Evangelistas. Le sucedió como arquitecto general principal el italiano Giovanni Battista Castello el Bergamasco, que construyó la gran escalera a lo imperial del interior, la primera de este tipo que se conoce en Europa.

Juan de Herrera dirigió la obra desde 1572 hasta el final y le imprimió su sello característico. Otras obras de Herrera serán la Lonja de Sevilla y la catedral de Valladolid.

Las primeras obras del Renacimiento que aparecen en España son importadas de Italia o labradas aquí por artistas italianos. El Sepulcro del cardenal Mendoza en la catedral de Toledo, de autor desconocido, es probablemente una obra importada, lo mismo que los de Enríquez de Ribera y su esposa, de la universidad de Sevilla, realizado por los italianos Aprili y Gagini, o el de Ramón de Cardona, obra de Giovanni da Nola. De estilo puramente quatrocentista italiano son los sepulcros realizados por el también italiano Doménico Fancelli, que hizo los sepulcros de Diego Hurtado de Mendoza de la catedral de Sevilla, del Príncipe don Juan en Santo Tomás de Ávila y el de Los Reyes Católicos en la Capilla Real de Granada.

Otros relevantes escultores toscanos trabajarán en Sevilla, como Pietro de Torrigiano, Jacobo Florentín y Vasco de la Zarza, activo en Toledo y en Ávila. Bartolomé Ordóñez es el escultor de origen español más sobresaliente de estos inicios del Renacimiento.

En el centro burgalés trabaja, desde finales del siglo XV, el borgoñón Felipe Bigarny, que desplegó una importante actividad colaborando en diferentes momentos con Diego de Siloé y Alonso de Berruguete. Entre 1520 y 1528, la figura de mayor influencia en este entorno es Diego de Siloé, que había estudiado en Italia y cuya influencia en la adopción de las formas renacentistas será determinante. Igualmente, destaca la figura de Juan de Valmaseda, relacionado con el estilo de Bigarny y con el de Siloé, pero de una fuerza expresiva muy personal: trabaja, sobre todo, en la zona de Plasencia.

El centro escultórico mayor de toda Castilla es, sin duda, Valladolid, donde se instala en los años veinte Alonso de Berruguete, hijo del pintor Pedro de Berruguete y formado en Roma y en Florencia en el círculo de Miguel Ángel. Su obra pictórica quedó muy por debajo de su obra escultórica, que hace de él una de las personalidades más geniales del manierismo europeo. Su estilo aparece ya netamente definido en el retablo de Olmedo y en el de San Benito de Valladolid, con obras muy importantes que se extienden por Salamanca, Santiago y Valladolid. El otro gran maestro de la escuela vallisoletana es el francés Juan de Juni, activo en Castilla durante casi medio siglo. De la generación posterior a estas dos importantes figuras hay que destacar a Miguel Anchieta, activo en el País Vasco, Navarra y Aragón, cuya obra recibe la influencia de Juan de Juni y de Miguel Ángel, y el también miguelangelesco Gaspar de Becerra, pintor y escultor que había estudiado en Roma.

Dentro del círculo real domina el trabajo de Pompeyo Leoni, que trabaja en España desde 1556, realizando los grupos de bronce de los enterramientos de los reyes, Carlos V y Felipe II, en El Escorial.

Fuera del círculo castellano, el centro más destacado en Zaragoza, donde trabaja Gil Morlanes y sobre todo Damián Forment, figura central de la escuela, así como el francés Gabriel Joly.



En pintura nos encontramos con un primer momento caracterizado por las interpretaciones absolutamente libres que hacen de los modelos italianos artistas procedentes de Europa, de tradición flamenca; y, por otra parte, de la aplicación a la pintura del presupuesto formal que se aplica a la escultura: la imagen pictórica se centra casi exclusivamente en los temas religiosos, con la finalidad de promover la devoción de los fieles. Caso aparte es la pintura privada, sobre todo la de los reyes Carlos V y Felipe II, o la que estos mismos monarcas utilizan como medio de afirmación y prestigio: es en este momento cuando se empiezan a formar las colecciones reales, con obras como las del Bosco o las de Tiziano.

Valencia será el primer foco que adopte las formas renacentistas, debido a su continua relación con Italia. La obra de Rodrigo de Osona el Viejo, el Maestro del Caballero de Montesa, los italianos Francesco Pagano y Paolo de San Leocadio, así como la de Fernando Yáñez de la Almedina y Hernando de los Llanos, aportan un estilo renacentista evolucionado, con influencias de Leonardo. Los últimos tercios del siglo estarán dominados por el clasicismo, de influencia rafaelesca y de Sebastiano Pombo, de Vicente Masip y de su hijo y continuador Juan de Juanes.

En el círculo sevillano trabaja a principios de siglo Alejo Fernández, que conjuga la influencia del quattrocento italiano con la de la pintura flamenca. Hacia 1540 se empieza a extender el manierismo romano merced a la importante obra de Juan de Campaña, tendencia que será reforzada por el sevillano formado en Italia, Luis de Vargas. En la ciudad de Granada, el artista más destacado es Pedro Machuca, autor del palacio de Carlos V, cuya labor pictórica se relaciona con las mejores tendencias del manierismo. Lugar aparte ocupa el extremeño Luis de Morales, que combina influjos lombardos, romanos y flamencos dentro de un lenguaje propio.

En Castilla, los primeros momentos estarán dominados por la obra de Pedro de Berruguete, que hacia 1447 se encuentra trabajando en el Palacio Ducal de Urbino. Es el introductor de las novedades del quattrocento italiano, matizadas por su formación hispanoflamenca. Las nuevas corrientes estilísticas tendrán que luchar en Castilla la Vieja contra el arraigo de la tradición gótica hasta bien entrado el siglo XVI; sin embargo, en el círculo de Toledo el Renacimiento es impuesto por la obra de Juan de Borgoña, que impone un italianismo sosegado y límpido, aprendido en su estancia y realizaciones en Italia.

Sus seguidores (los Comontes, Juan Correa de Vivar y Blas de Prado) mantendrán el estilo aprendido de Borgoña. Pero en Toledo trabajará en estos años uno de los grandes maestros de la pintura española: el Greco, cuya extensa obra es de una excelente calidad y se une a las mejores corrientes del manierismo italiano.

En el círculo cortesano destaca la obra de Antonio Moro, autor de retratos y con el que se va a formar Alonso Sánchez Coello, especialista en retratos de cámara, y Juan Pantoja de la Cruz. En la decoración de El Escorial trabajarán un importante número de pintores italianos como Pellegrino, Tribaldi, Luca Cambiaso o Federico Zuccari; junto a ellos hay que hacer mención de Juan Fernández de Navarrete el Mudo, uno de los pocos pintores hispanos que aprovecharon la lección de los maestros venecianos.


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