lunes, 15 de agosto de 2016

GOTTFRIEND WILHELM LEIBNIZ......DOCTRINA FILOSÓFICA Y EL CONOCIMIENTO HUMANO.





Filósofo, científico e historiador alemán, nacido en Leipzig en 1646 y fallecido en Hannover el 14 de noviembre de 1716. Leibniz busca la integración tanto en sus trabajos filosóficos como en el campo de las ciencias. En filosofía trata de armonizar la philophia perennis con las necesidades del momento. Es un gran innovador, con la audacia y amplitud de pensamiento de la genialidad.

Formado en la tradición del aristotelismo escolástico, tras conocer la nueva ciencia mecanicista de la naturaleza y la filosofía contemporánea (Descartes, Hobbes, Spinoza), se aleja muy pronto de dicha tradición. Pero después de un breve periodo de simpatía hacia el atomismo, rechaza también el mecanicismo como perspectiva filosófica, por su incapacidad para explicar la esencia de la materia. No está de acuerdo con reducir la materia a la extensión (res extensa, como pretendía Descartes al restringir los entes corporales a determinaciones geométricas). Para Leibniz el atributo principal de la materia está en la fuerza (vis), y no en la extensión. Con lo cual el mecanicismo cartesiano es reemplazado por el dinamismo. La materia, afirma también contra Descartes, no puede ser infinitamente divisible. Ciertamente Leibniz acepta la existencia de los átomos, pero no los considera últimos constitutivos de la materia, porque, al ser materiales, serían también extensos y por lo tanto divisibles. De ahí concluye que los últimos elementos deben ser elementos entitativos no materiales, que él denomina mónadas (del griego monás, unidad) o átomos formales. Por otro lado, Leibniz se aleja también del monismo panteísta spinoziano al proponer un mundo conformado por la multiplicidad de los seres creado.


Las mónadas son unidades simples o sustancias simples, indescomponibles e inextensas, de naturaleza inmaterial e infinitas en número. Cada mónada es cualitativamente distinta a las demás (no existen en la naturaleza dos seres absolutamente iguales entre sí). Son unidades de fuerza, pero ninguna puede actuar o influir sobre las demás; las mónadas únicamente se comunican "directamente" con Dios, su creador. Si aparentemente reina entre ellas alguna interinfluencia, esto se debe a esa dependencia causal de Dios -que es la mónada más perfecta y completamente activa- , el cual así lo ha dispuesto (principio de la armonía preestablecida). Se vislumbra aquí el intento de solucionar la difícil cuestión de la intercomunicación de las dos sustancias del hombre: la armonía entre la mónada del alma y las mónadas del cuerpo. Todas las mónadas que pueblan el universo fueron sincronizadas por Dios desde el momento de su creación. Ocurre, además, que cada una de ellas refleja a todo el universo desde su particular perspectiva, desde su propio punto de referencia. Entre las mónadas se da un orden jerárquico, dependiendo de la mayor o menor claridad con que cada una refleja el universo, y que se traduce en un mayor o menor grado de actividad interna. En los seres inorgánicos, la representación o percepción es inconsciente, no tienen conciencia de tal percepción. Las mónadas de los vegetales se encuentran en un grado más depurado de percepción, pero confusa, por carecer de memoria. En los animales se da ya una percepción consciente y clara (con memoria). El hombre se encuentra en el grado siguiente, donde la percepción, gracias a la mónada del alma, es autoconsciente, clara y distinta (o sea, racional), lo cual equivale a la apercepción (percepción de la percepción) con capacidad de reflexionar. En este estado se muestra también ya la apetición (apetito por las percepciones claras).  

Leibniz reconoce un grado superior en esta escala para los ángeles (espíritus puros), hasta
llegar a la mónada por excelencia (Monas monadum), la percepción absolutamente clara y distinta.

Como Descartes y Malebranche, también Leibniz acude a la existencia de Dios para fundamentar su metafísica. Es Dios quien hace posible nuestra comunicación con el mundo exterior, gracias a nuestra comunicación exclusiva con él por medio de la mónada de nuestra alma. La posibilidad de la existencia de Dios la fundará en las pruebas clásicas, aunque añadiéndoles algunas matizaciones.
Leibniz se propone demostrar que este mundo, creado por Dios, es el mejor de los infinitos mundos posibles. No debe atribuírsele a Dios, como pretendía Descartes, una libre creación de las verdades eternas, porque también Dios debe seguir el principio de la no contradicción. Contra Spinoza, sostiene que no se da una relación necesaria entre Dios y lo creado, sino de libre elección. Ahora bien, Dios no escoge al azar, sino que prefiere infaliblemente el mejor orden. Leibniz llega a afirmar: "El mundo podría haber sido sin pecado y sin sufrimiento, pero yo niego que en ese caso hubiese sido mejor". Éste es el denominado "optimismo" de Leibniz (sobre el cual Voltaire ironizó en Cándido). No se trata de una actitud psicológica, de un modo de sentir, sino exclusivamente de una tesis metafísica. Sosteniendo la distinción en Dios entre intelecto y voluntad, y la prioridad de aquél respecto a éste, el principal atributo de Dios no será la omnipotencia, sino la sabiduría y la bondad. En cuanto a las objeciones de los hombres motivadas por los males que existen en el mundo, Leibniz se vale del argumento agustiniano, en el sentido de que los hombres, no conociendo más que partes limitadas del mundo creado (que para Leibniz se extiende al infinito), no pueden comprender que lo que aisladamente aparece como un defecto, contribuye en realidad a la armonía y perfección del todo, al igual que una disonancia en el conjunto de un fragmento musical.

A la batalla contra el materialismo y la irreligiosidad, Leibniz añade la crítica contra el empirismo. Admite la necesidad de la experiencia para adquirir conocimientos, pero a la afirmación aristotélica de que "nada hay en el entendimiento que antes no haya estado en los sentidos", hay que añadirle "salvo la mente misma". Hay un conocimiento innato en el hombre, pero es potencial ("innatismo virtual"), que sólo se desarrolla con la actividad de la mente. La mente humana se halla en continua actividad, aunque esa actividad no siempre se manifieste en la superficie: se dan muchas percepciones, de las que no somos conscientes en el momento de producirse, y que afloran después, poco a poco, en la conciencia.
Consecuente con lo expuesto, Leibniz concibe dos tipos de verdades: verdades de razón, innatas, y verdades de hecho, que proceden de la experiencia. Las primeras son aquellas en cuya formulación lo que se dice en el predicado se halla implícito en el sujeto. Las verdades de hecho, por el contrario, no son analíticas. Es decir, del análisis del predicado no se sigue que éste se halle implícito en el sujeto. Las verdades de razón se fundan en el principio de contradicción: se incurre en contradicción al negarlas. No sucede lo mismo en las verdades de hecho, las cuales se fundan en el principio de la razón suficiente. Este principio significa que todo tiene su razón de ser. Las verdades de razón se dan sólo en el hombre, porque nuestra mente es limitada, pero para Dios todas las verdades son de razón porque conoce todo en presente. Además, las verdades de razón se refieren a esencias y se fundan en el conocimiento divino; mientras que las de hecho se refieren a objetos contingentes y se fundan en la voluntad de Dios. Entre las verdades de razón se encuentra: la idea de Dios, los principios lógicos, los principios matemáticos y los principios prácticos de moral. Aunque estas verdades son innatas, no siempre son evidentes. Con frecuencia se llega a ellas por medio de mucha reflexión y esfuerzo.

Últimamente se ha descubierto la importancia de Leibniz en el campo de la logística, aspecto casi ignorado por sus propios contemporáneos. Él, en efecto, había sentido ya desde su juventud la inquietud por hallar un lenguaje formal que siguiera las mismas leyes que el cálculo. En su Discurso sobre el arte combinatorio, Leibniz establece una sistematización de los silogismos, en línea de lo que más adelante se denominará gödelización (o pruebas de Gödel): así como un número entero puede ser descompuesto en el producto de sus factores primos, así también un concepto puede descomponerse en los conceptos anteriores que lo integran. Si se hacen corresponder los números primos con los conceptos primitivos, será posible averiguar si a un sujeto se le puede atribuir o no un determinado predicado. Leibniz hace notar que, para el razonamiento, en lugar de usar las denominaciones dadas a las cosas, bastaría ordenar los conceptos primitivos en un alfabeto, en el que los signos representaran un determinado concepto; de este modo, con la simple combinación de los signos, se podría automáticamente confirmar verdades ya conocidas e incluso descubrir verdades sobre las que no hubiesen reparado los filósofos. Con semejante instrumento esperaba Leibniz poner fin a las inoperantes y estériles disputas entre filósofos y escuelas.La concepción leibniziana del universo creado para autoperfeccionarse en armonía, desemboca en una moral que tiende a buscar precisamente esa armonía entre todos los seres, particularmente entre los hombres. La actividad del hombre tenderá no sólo a su perfeccionamiento particular, puesto que forma parte de un universo ejemplificado en sus semejantes. Es un ser en ineludible interrelación con los demás hombres y con Dios. La suprema armonía se conseguirá con la aceptación de la ley más universal, de mayor rango y de mayor semejanza con Dios: la ley del amor.

BIBLIOGRAFIA

HOLZ, H, Leibniz,
ORTEGA Y GASSET, J., La idea de principio de Leibniz y la evolución de la teoría deductiva
VALENTIE, M.E., Una metafísica del hombre. Ensayo sobre la filosofía de Leibniz
http://www.enciclonet.com/articulo/leibniz-gottfried-wilhelm/#




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