viernes, 26 de junio de 2015

MALDICIONES......LA MALDICION DE TUTANKHAMON





Maldición que supuestamente mató o perjudicó gravemente a todas las personas que participaron en el descubrimiento y apertura de la tumba del faraón egipcio Tutankhamon (yerno y posiblemente también hijo de Amenofis IV), que debió de morir cuando contaba dieciocho años de edad, en torno al año 1.350 a.C.
El descubrimiento, a finales del año 1922, en el llamado Valle de los Reyes egipcio, de la tumba de este no muy significado faraón, ha constituido uno de los hitos más notables de la historia de la arqueología mundial, debido, más que a la escasa importancia histórica del personaje, al notabilísimo estado de conservación en que se encontraba su tumba, a las excepcionales riquezas que atesoraba, y al hecho de que hubiera permanecido durante siglos prácticamente intocada por los saqueadores de tumbas que han destruido muchos otros yacimientos funerarios egipcios. Los promotores de su búsqueda, el mecenas británico Lord Carnarvon y el arqueólogo de la misma nacionalidad Howard Carter, se convirtieron en personajes de fama mundial, y su descubrimiento se convirtió de forma inmediata en un asunto de interés universal.


Sobre la llamada maldición de Tutankhamon que supuestamente afectó a todos los descubridores de la tumba del faraón, e incluso a las familias de varios de ellos, han corrido ríos de tinta desde entonces. El historiador de origen alemán C. W. Ceram ha intentado explicar de este modo la génesis y evolución de esta leyenda: "No es posible comprobar hoy día cómo surgió el cuento de la maldición del faraón. Lo cierto es que hasta el pasado año 1930 se habló mucho de ello en toda la prensa mundial... La maldición del faraón es un tema tan burdo como la famosa maldición del diamante Hope, o como la terrible serie de reveses provocados por la menos conocida maldición de los monjes de Lacroma. Estos buenos frailes, desterrados de la isla de este nombre, que se halla delante de Ragusa, la maldijeron. Los propietarios posteriores, el emperador Maximiliano, la emperatriz Isabel de Austria y el príncipe heredero Rodolfo, así como el rey Luis II de Baviera y el archiduque Francisco Fernando, todos murieron de muerte no natural. El motivo que aventó la leyenda de la maldición del faraón lo dio sin duda la prematura defunción de lord Carnarvon. Cuando a consecuencia de la picadura de un mosquito falleció el 6 de abril de 1923, después de tres semanas de dura lucha con la muerte, se oyeron muchas voces que hablaban de un castigo del sacrílego. Bajo el epígrafe de La venganza del faraón se divulgó poco después la noticia de una víctima de la maldición de Tutankamón. Y luego siguieron: la segunda, la séptima y hasta la decimonona víctima. Esta última se mencionó en un informe telegráfico de Londres fechado el 21 de febrero de 1930, publicado por un periódico alemán. "Hoy, lord Westbury, hombre de setenta y ocho años, se ha arrojado, desde un séptimo piso, por la ventana de su vivienda en Londres y ha quedado muerto instantáneamente. El hijo de lord Westbury, que en su época participó como secretario del investigador Carter en la excavación de la tumba de Tutankamón, fue también hallado muerto en noviembre del año pasado en su casa, aunque la noche anterior se había acostado completamente sano. No se ha podido averiguar la causa de su muerte".
"Inglaterra se horroriza...", escribe otro periódico, al saber el fallecimiento repentino de Archibald Douglas Reid, cuando examinaba con rayos X una momia, después que la víctima número 21 del faraón, el egiptólogo Arthur Weigall, había "sucumbido también a los malignos efectos de una fiebre desconocida". Luego muere también A. C. Mace, que juntamente con Carter abrió la cámara sepulcral; pero en esta información se oculta el hecho de que Mace estaba enfermo desde mucho antes, que ayudaba a Carter a pesar de su enfermedad, y que luego, por tal causa, abandonó el trabajo. Por último, falleció nada menos que por "suicidio provocado en un arrebato de locura", el hermanastro de lord Carnarvon, Aubrey Herbert. 



Y la estadística asombrosa continúa: en febrero de 1929, lady Elizabeth Carnarvon murió a consecuencia de la "picadura de un insecto". En el año 1930, de todos los que habían participado más íntimamente en la expedición, vivía sólo Howard Carter, el descubridor del sepulcro. "La muerte se acercará rápidamente a cuantos perturben el reposo del faraón", reza una de las numerosas versiones de la maldición que Tutankamón había mandado escribir, al parecer, en su tumba. Una vez propagada la noticia de que en América había muerto de modo misterioso, víctima de un accidente, un tal Mr. Carter, se dijo que el faraón prevenía así al hombre que había descubierto su sepulcro, castigando a uno de sus familiares. Pero entonces, un grupo de arqueólogos serios, irritados por tanta necedad, tomaron cartas en el asunto. Carter mismo dio la primera réplica. Arguyó que el "investigador se dispone a su trabajo con todo respeto y con una seriedad profesional sagrada, pero libre de ese terror misterioso, tan grato al supersticioso espíritu de la multitud ansiosa de sensaciones". Habla de "historias ridículas" y de una "degeneración actualizada de las trasnochadas leyendas de fantasmas", y termina examinando objetivamente las noticias según las cuales pasar el umbral de la tumba suponía efectivamente un peligro, cosa que quizá científicamente hubiera podido explicarse. Sin embargo, añade que, precisamente para evitar este peligro, se toman las debidas precauciones antes de penetrar en el malsano y enrarecido ambiente de la misma. La última frase de Carter es amarga cuando observa: "Todo espíritu de comprensión inteligente se halla ausente de estas estúpidas manifestaciones. Esto demuestra que aún no hemos progresado en este terreno tanto como a muchos les gusta creer". Con fino instinto de publicidad, el egiptólogo alemán Georg Steidorff contesta también en el año 1933. Se esfuerza en comprobar las noticias cuyo origen debe averiguarse aún. Constata que el señor Carter fallecido en América no tiene otra cosa de común con el egiptólogo Howard Carter que el apellido. También averigua que los dos Westbury no habían tenido absolutamente nada que ver con la tumba del faraón ni con la momia, ni directa ni indirectamente. Y esgrime el argumento más poderoso, después de muchas otras razones: "la maldición del faraón no existe en absoluto"; jamás fue enunciada ni figura en ninguna inscripción.




Confirma lo que Carter indicaba ya: que "el ritual funerario egipcio no contiene maldición alguna de esta índole para la persona viva, sino sólo la petición de que se dirijan al muerto deseos piadosos y benévolos. El querer transformar en maldiciones las escasas fórmulas protectoras del difunto contra toda forma o conjuro que se hallan en algunas figuritas mágicas de las cámaras sepulcrales, constituye una evidente falsificación de su sentido".
Aunque numerosas personas pretendieran desmentir que hubiese formulada algún tipo de maldición que amenazase a quienes "violasen" la tumba del faraón, lo cierto es que, desde muy antiguo, se conocen auténticas inscripciones funerarias con maldiciones de este tipo, que no hay que tomar más que como estrategias protectoras de tumbas de personajes notables y poderosos, quienes, al ser enterrados ritualmente con ricos ajuares, excitaban la codicia de ladrones y saqueadores más o menos profesionales a quienes se pretendía alejar con tales maldiciones. De hecho, André Parrot, en su ya clásico tratado sobre Malédictions et Violations de Tombes (Maldiciones y violaciones de tumbas), que vio la luz en París en 1939, ha revelado cómo en numerosas inscripciones funerarias halladas en antiguas tumbas de Mesopotamia, Siria, Fenicia, Palestina, Transjordania, Tracia, Galia y África, se amenazaba con males terribles a los ladrones que pretendiesen apoderarse de los ajuares y tesoros de los difuntos, y a veces también a sus familias.
Tales creencias no han cesado de ser reactualizadas una y otra vez a lo largo de la historia, hasta llegar, como ya apuntó Ceram, al famoso diamente Hope, que supuestamente provocó la muerte de sus sucesivos poseedores.


 O a muchas otras historias relacionadas con tumbas y tesoros faraónicos. Digna de mención, por ejemplo, es la célebre película The mummy (La momia) dirigida en 1959 por Terence Fisher, y protagonizada por Peter Cushing y Christopher Lee, que narraba la historia de un viejo egiptólogo británico que, en compañía de su hermano y de su hijo, y tras ardua búsqueda, localizaba la riquísima tumba de una antigua princesa-diosa egipcia. En la tumba se escondía también el "papiro de la vida", que contenía viejas fórmulas capaces de preservar la vida durante siglos. El castigo por trangredir la prohibición de perturbar el descanso y de apoderarse de los secretos y riquezas de la tumba fue terrible: en primer lugar, la locura del descubridor; y, después, su muerte en el manicomio, adonde llega a perseguirle la momia encargada de vengar el sacrilegio, tras revivir gracias a las fórmulas mágicas del "papiro de la vida".
Hoy en día, este tipo de creencia siguen arraigada en lugares y tradiciones de todo el mundo. Por ejemplo, en Madagascar, se piensa que los ladrones de las ofrendas o de las riquezas de las tumbas de los reyes o de sus descendientes estaban destinados a ponerse enfermos, a empobrecerse o a morir. Y, recientemente, en un artículo sin nombre de autor titulado " 


Un periodista inglés estuvo diez años tras su pista: localizada el Arca de la Alianza",se aseguraba que "el periodista inglés Graham Hancock, ha asegurado conocer la localización de uno de los objetos sagrados bíbliocos más misteriosos y que más literatura ha generado. Se trata del Arca de la Alianza, sobre cuyo emplazamiento nos llegan ahora más datos tras la publicación en Gran Bretaña de su libro El signo y el sello. Hancock siguió su pista por distintos países de Asia Menor y África oriental, hasta que dio con la pequeña iglesia de Santa María de Sión en Axoun, Etiopía, que se construyó en el año 372 y que, por tanto, goza el privilegio de ser la primera iglesia cristiana subsahariana. El objeto sagrado ha estado siempre prohibido a la visión de visitantes y curiosos, siguiendo la leyenda que asegura que una supuesta radiación emana de él y que mata a los seres humanos. Escritores y científicos han propuesto todo tipo de teorías, desde que se trata de un comunicador interestelar, hasta un meteorito con un alto contenido de uranio. En la tradición hebrea, según relata la Biblia, el Arca de la Alianza, de madera de acacia recubierta de oro, que guardaba las Tablas de la Ley, no podía ser expuesta a la vista de los mortales, excepto los guardianes-sacerdotes, que debían portar un extraño atuendo ritual. En la pequeña iglesia etíope todavía se conservaría la tradición, ya que a través de los siglos una casta sacerdotal ha preservado de la vista de los curiosos el arca, oculta tras una sólida lápida pétere, y su actual guardián, Abba Fameray, sigue anunciando toda clase de males para aquellos que miren el cofre secreto. Estudiosos y periodistas realizan en la actualidad gestiones para que los superiores de la iglesia les autoricen a examinar su contenido.

Bibliografía

  • PARROT, André. Malédictions et Violations de Tombes
  • CERAM, C. W. Dioses, tumbas y sabios.(trad. M. Tamayo)
    http://www.enciclonet.com/articulo/maldicion-de-tutankhamon/

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