viernes, 9 de diciembre de 2016

JEAN PAUL SARTRE Y "EL SER Y LA NADA"



Jean Paul Sartre nació en París . Tras doctorarse en Filosofía, ejerció como profesor en distintos liceos.Realizó cursos de especialización en Berlín y en Friburgo, en donde tomó contacto con los sistemas filosóficos alemanes, de los cuales se sintió particularmente atraído por la fenomenología de Husserl y la analítica existencial de Heidegger. A su vuelta empezó a dar clase en el Liceo Condorcet de París, pero, tras estallar la II Guerra Mundial, se incorporó al ejército francés y fue hecho prisionero por los alemanes en 1940. Liberado en 1941, volvió a enseñar filosofía al tiempo que participaba activamente en la Resistencia francesa. Durante los primeros años de la postguerra se convirtió en intérprete de la profunda disgregación de los valores tradicionales; es aquí cuando desarrolla todo su pensamiento y una extensa producción literaria en términos de constante polémica antiburguesa. En 1945 fundó la revista Les temps modernes, en la que vieron la luz varios de sus escritos, y desde entonces se consagró por completo a la actividad literaria. En 1964 le fue concedido el Premio Nobel de literatura, premio que rechazó aduciendo proteger así su integridad literaria.
Sus primeras obras datan de los años anteriores a la guerra. Así, en 1936 publicó un par de ensayos, y en 1938 su famosa novela La náusea. En 1939 publicó en prensa una obra sobre las emociones (Esquisse d'une théorie des émotions), y varios relatos recogidos bajo el título de Le mur. Después, durante la guerra, publicó un libro sobre la imaginación, L'imaginaire: psychologie phénoménoligique de l'imagination (Lo imaginario: psicología fenomenológica de la imaginación), y el que tal vez sea su más famoso escrito filosófico, L'être el le néant: essai d'une ontologie phénoménologique (El ser y la nada: ensayo de una ontología fenomenológica). En ese mismo año se representó su obra de teatro Les mouches (Las moscas), y dos años más tarde aparecieron los dos primeros volúmenes de su novela Les chemins de la liberté (Los caminos de la libertad), así como la pieza teatral Huis clos (A puerta cerrada). En 1946 aparecieron otras dos obras escénicas, Morts sans sépulture y La putain respectuese, y se publicaron sus Réflexions sur la question juive. En los años subsiguientes publicó un número considerable de obras de teatro, y posteriormente aparecieron unas series de ensayos reunidos bajo el título de Situations. Debe destacarse, asimismo, la publicación de Critique de la raison dialectique (Crítica de la razón dialéctica), en donde tras una larga y atenta reconsideración del marxismo, desarrolla la idea de que los problemas centrales no son ya los del individuo y los de su conciencia en relación con el mundo exterior, sino el del condicionamiento histórico y social al que está sometido el individuo y del que no puede escapar, mezclando de esta forma el punto de vista marxista con el existencialista.



La doctrina filosófica de Sartre nace de la conjunción de varios focos de influencia ejercidos en el autor por distintas corrientes por las que se sintió especialmente atraído: en primer lugar, la corriente fenomenológica instaurada por Edmun Husserl ; en segundo lugar, el pensamiento de Martin Heidegger; y, finalmente, la tendencia marxista que siempre marcó su actividad y su pensamiento político.



El ser y la nada es la obra filosófica fundamental de lo que podríamos llamar una primera etapa del pensamiento sartriano. En ella defiende la idea de una ontología fenomenológica basada en una distinción básica entre ser en sí y ser para sí. Partiendo de la concepción fenomenológica husserliana de la naturaleza intencional del yo, Sartre se centra en el análisis de la conciencia como conciencia intencional (es decir, conciencia que siempre tiende hacia algo, conciencia que es siempre conciencia de algo), para lo cual es fundamental analizar la relación entre sujeto y objeto. Sujeto y objeto son los dos polos de la ontología fenomenológica. El objeto se caracteriza como aquello que aparece a la conciencia, y en este sentido el objeto es fenómeno. Pero no es fenómeno en el sentido en que tradicionalmente había defendido la filosofía tradicional; en efecto, la tradición filosófica occidental hacía ver que las cosas constan, por así decirlo, de dos caras: el fenómeno y el nóumeno. El fenómeno es lo que aparece, mientras que el nóumeno es aquello que queda oculto, algo incognoscible que constituye la esencia genuina de la cosa y que se sitúa más allá de nuestros mecanismos de conocimiento. Sartre, contra este punto de vista, defiende que la cosa es puro fenómeno, es decir, que no hay nada que se oculte; simplemente, lo que aparece es, y el ser o lo que es, es lo que aparece. El objeto así entendido es lo que Sartre denomina ser en sí. Frente a él, la conciencia se caracteriza como ser para sí; el ser para sí es nada, en el sentido de que la conciencia es siempre conciencia de algo, es decir, se dirige siempre a un ser que no es ella misma; el propio "yo", a veces identificado con la conciencia, viene a ser aquí algo que no se diferencia esencialmente de los propios objetos, y se sitúa ontológicamente al mismo nivel que los fenómenos del mundo externo. La conciencia no se entiende como una entidad "espiritual" o de cualquier otro tipo, sino como una intencionalidad que no es nada en sí misma, pero que tiene que relacionarse con el mundo en el que se halla.
De esta forma, en El ser y la nada se anuncia un dualismo ontológico entre la nada de la conciencia que tiende perpetuamente a la superación de la facticidad y el ser como presencia bruta de lo que es. Por otra parte, Sartre desarrolla sobre la base de lo expuesto una analítica de marcado carácter ético en la que cobra especial relevancia la noción de libertad. Efectivamente, la conciencia ha quedado caracterizada como una estructura abierta, como mero proyecto, lo que desemboca en la constatación de la absoluta libertad de elección de que está dotado el ser humano. Esta libertad absoluta genera angustia frente a lo posible y el sentimiento de una responsabilidad igualmente absoluta; esto es así porque, según una conocida máxima sartriana, "la existencia precede a la esencia". La existencia es ahí la conciencia, el ser para sí, mientras que la esencia son los objetos, el ser en sí. Así se intenta expresar la originariedad e irreductibilidad de la subjetividad, frente a la facticidad y el carácter compacto del ser en sí: "el hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente". Y en cuanto que pura subjetividad, el hombre se distancia de todo lo demás y no es nada, sino una estructura en constante inadecuación consigo misma. Eso es la libertad: la estructura misma de la existencia, de la conciencia o del ser para sí.
En medio de esta libertad, lo que persigue la existencia es el poder determinar o conquistar su esencia; en este sentido, el proyecto de la existencia humana es el empeño constante por salvar la distancia o inadecuación entre el ser para sí y el ser en sí. El sujeto tiende a un ideal que es la perfecta coincidencia del en-sí y el para-sí, pero tal ideal está abocado al fracaso, porque el en-sí y el para-sí son contradictorios. Por eso la tragedia del hombre en cuanto que es ese proyecto es que su pasión es inútil.
Aun así, Sartre insiste apasionadamente en defender que "el existencialismo es un humanismo" (como reza el título de uno de sus más famosos y polémicos ensayos). ¿Cómo justifica y explica tal afirmación? En primer lugar, el hombre es la única trascendencia, puesto que el universo de la subjetividad humana (en último extremo, el único universo que existe) es el de una realidad que está fuera de sí, y que proyecta y existe justamente en la medida de su proyección. En segundo lugar, el orden del resto de las cosas se establece en relación a esa trascendencia que ella misma es, y que carece de otra ley que la que se da a sí misma. Es esta suerte de centralidad del hombre la que identifica al existencialismo con el humanismo.

Resumiendo según la filosofía de Sartre, el hombre es originalmente libre; su libertad consiste en la posibilidad de la "trascendencia", pues puede disponer de sí mismo y de su situación, puede rebasarla, cambiarla y determinarla en otro sentido. En todo eso actúa no solamente como individuo solitario, sino que se descubre a sí mismo como ser social. Pues no está solo con su libertad; se ve alcanzado por la «mirada del otro».
Eso parece suponer en principio una restricción de su libertad, que en realidad resulta ser, sin embargo, una reduplicación de ésta: pues la mirada del otro, bajo la cual el sujeto se transforma transitoriamente en objeto, se devuelve, y así surge una dialéctica de reconocimiento recíproco. Sartre dio al existencialismo cierta popularidad. El mismo, que no daba importancia a las etiquetas, vio que la existencia humana, que vive de la libertad, no está definida desde el principio: el hombre no escoge de una vez la opción que tiene ante sí, sino que es un proceso que dura toda la vida y que se ha de renovar día a día.
La consciencia de esta situación puede ser experimentada como una condena, pues el hombre tiene la sensación de "cargar sobre los hombros el peso del mundo entero" y "es responsable del mundo y de sí mismo como modo de ser". Sartre halló un constante placer en guardar cierta flexibilidad en su propia existencia; no vacilaba en cuestionar sus propias posiciones ni en subordinar repentinamente su filosofía a otra.
Así, por ejemplo, se declaró seguidor de Marx, lo que irritó, más que a algunos de sus adeptos, a los marxistas ortodoxos, que no se fiaban del filósofo de la libertad. Pero éste permaneció imperturbable y siguió defendiendo una visión del mundo que hoy ya no tiene muchos defensores, a pesar de que las ideas de esta visión del mundo son seguramente mejores que los sistemas fracasados que hasta hace poco se remitían a ellas: "El marxismo, lejos de estar agotado, es muy joven todavía… Apenas acaba de iniciar su evolución. El marxismo sigue siendo la filosofía de nuestro tiempo; es insuperable porque no se han superado todavía las condiciones que lo hicieron surgir."
Como otros filósofos franceses anteriores, Sartre toma el cogito ergo sum (pienso, luego existo) de Descartes como punto de partida filosófico. Pero mientras que Descartes tomó su conciencia como garantía de su propia realidad, Sartre creyó que la conciencia presenta la realidad de las cosas externas; es decir, prueba la existencia de los objetos de conciencia. Sin embargo, para los demás, uno mismo sólo es un objeto.
Este punto se explica con relación a la «mirada» externa: se es el objeto de la mirada del otro. Y esto produce un sentido C; alienación y separación de los demás que a uno le gustaría poder superar, lo que no es posible. Cada individuo está definitivamente solo en el mundo. Esto también significa que no es posible reconocer la libertad de los otros; el principio kantiano de que los demás deber ser tratados con respeto y como fines en sí mismos no se puede llevar a cabo, y debe vivirse con el conflicto resultante. Como dice uno de los personajes de la obra de Sartre Huís dos: "El infierno son los otros".
Si la propia perspectiva de los demás es limitada restringida, en cambio, el concepto del yo queda absolutamente libre de trabas. Sartre atribuye al sujeto conciente una ilimitada libertad de la autocreación. En contraste con la visión aristotélica de que, por ejemplo,  antes de que exista realmente un cuchillo alguien tiene que tener en su mente la misma idea del cuchillo , lo opuesto se convierte en certeza en el caso del hombre. : De ahí la famosa frase de Sartre: "La existencia precede  a la esencia". En otras palabras, el ser humano individual no cuenta con un modelo o una maqueta inicial. 
Ciertamente, hay constantes que no es posible cambiar sexo, edad, raza, etc..., pero, aparte de éstas se puede  tomar el propio contexto social y hacer con él lo que se quiera.
En lo tocante a la moralidad, es una equivocación, según Sartre, no hacer uso de esta libertad y limitarse a seguir a la multitud, conformarse. Tal conformidad, junto con la creencia en la coherencia (se vive ten un universo ordenado en el que las cosas acaban por tener sentido) era lo que él denominó "mala fe" , cuyo reverso es la autenticidad. El reconocimiento de la incoherencia de la realidad, llamada por Sartre "l absurdo", produce disgusto o "náusea". Es la fuente de Angst, ansiedad o culpabilidad existencial, frente a la elección. Según él, "no tenemos excusas detrás de nosotros ni justificaciones ante nosotros". Se está condenado a ser libre".
Estas ideas pertenecen a lo que suele considerarse el período "clásico" de Sartre: los años transcurridos entre mediados de la década de 1930 y finales de la década de 1940  en los que reflexionó sobre las emociones y la imaginación y se ocupó de cuestiones relativas a la ética personal. A partir déla década de 1950, Sartre inició en una fase más centrada en la política, en la que dio más peso a la tesis marxista de que las condiciones sociales y económicas, junto con las fuerzas históricas, afectan a la elección de individuos y grupos.
Los ataques al existencialismo caricaturizan su afirmación de que la vida no tiene sentido y de que el mundo es un lío nauseabundo e imprevisible en el que los burgueses adoptan el papel de villanos. Sartre trató de defenderse de estos ataques, aunque una evaluación desapasionada puede detectar que tenían algún pequeño fundamento.
Por otra parte, sus admiradores proyectaron una imagen tremendamente ensalzada de él como defensor de la libertad política y moral, un intrépido antinazi y héroe de la resistencia francesa.
 No cabe duda... Sartre fue un gran escritor y pensador, y una de las influencias esenciales para su generación.

http://www.enciclonet.com/articulo/sartre-jean-paul/
http://html.rincondelvago.com/jean-paul-sartre_9.html
http://historiaybiografias.com/sartre/

1 comentario:


  1. Gracias ARACELI REGO: el pensamiento de Sartre en sus diferentes etapas y épocas, vino a evolucionar el pensamiento filosófico de sus tiempos y, como lo expones, tuvo mucha influencia de los filósofos alemanes, principalmete Heidgger y, en su patria Husserl: saludos afectuosos allende el mar.

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