miércoles, 30 de noviembre de 2016

WENCESLAO FERNANDEZ FLÓREZ EN EL PURGATORIO.



La primera vez que me topé con la firma de Wenceslao Fernández Flórez en prensa fue hojeando una recopilacion de  La Codorniz, la revista fundada por Miguel Mihura en 1941. Mihura lo mimaba con una página completa en el semanario, pero Wenceslao era un satírico y no encajaba con el humorismo lírico y absurdista de raíz ramoniana que se exhibía en La Codorniz. Inmediatamente consulté historias literarias y me di cuenta de que apenas había sitio para él.
¿Qué ocurría? Quise indagar más. Advertí que el nombre de Wenceslao y su literatura, en cierto modo, habían sido falsificados. Amarga ironía. El franquismo no quería saber nada de aquel narrador agnóstico y antimilitarista, ácido con los valores tradicionales, que aparece en sus novelas y relatos de antes de la guerra. Prefería, claro está, las sátiras antirrepublicanas, sus invectivas contra Azaña y, sobre todo, Una isla en el mar rojo (1939), relato autobiográfico de una dolorosa vivencia que el propio autor, con el tiempo, marginó de sus obras completas. Era mejor identificar a Wenceslao con el cronista deportivo burlón y con el crítico taurino excéntrico que leer y contextualizar novelas como Las siete columnas (1926) o Relato inmoral (1927).
 






Estaba claro que la crítica oficial de posguerra había manipulado el sentido de esas novelas. Pero no sólo la crítica. También el autor cantó su palinodia tratando de volcar su sentido hacia posiciones más ortodoxas. Mucho peor fue su suerte con el paso de los años. Su novelística y su inmensa labor en prensa fueron postergadas casi en su totalidad. ¿Cómo podía plantearse el rescate del autor de Una isla en el mar rojo? Era más sencillo identificarlo con la dictadura. Y se hizo el silencio. La historia literaria española ha sido muy dada a este tipo de operaciones de inclusión y exclusión según sus intereses ideológicos, impregnada de ciertos usos judiciales. Surgieron los fiscales y mandaron al escritor al purgatorio..."allí donde sólo es audible la afonía de los muertos"... Aparecieron después unos pocos promotores del incienso. A la condena le sucedió la hagiografía, el relato de un hombre sin contradicciones, los beneficios de la elipsis. También se equivocaban.


Dentro de Wenceslao hay muchos Wenceslaos. Individualista, rebelde, dandi, tímido, escéptico, antirrepublicano. ¿Conservador? Sí, pero no siempre ni en la misma medida. Imposible agotar el retrato, porque el modelo es cambiante. Wenceslao vivió la Restauración, la dictadura de Primo, la República y el franquismo. Su pensamiento y su literatura se encuentran inscritos en una evolución que no puede reducirse a un corte sincrónico, a un adjetivo totalizador.


Wenceslao es sobre todo un maestro de las formas breves, del cuento y del artículo. Su talento brilla hasta la excelencia en los espacios cortos



Novelista mediano, Wenceslao es sobre todo un maestro de las formas breves, del cuento y del artículo. Su talento brilla hasta la excelencia en los espacios cortos. Las Acotaciones de un oyente, que se extienden a lo largo de veinte años, representan una historia de España pasada por el tamiz del sarcasmo. Su lectura es como aventurarse en el tren del miedo: un trayecto marcado por el asombro, la carcajada y la amargura. El humorista es siempre el hombre que sabe demasiado; por eso se le teme o se le desprecia. Nadie como Fernández Flórez vapuleó a una clase política egoísta y ágrafa. Mientras Valle-Inclán perfilaba su esperpento a través de la figura de un poeta ciego con la voz templada por el aguardiente, él asistía cada mañana, desde su tribuna de prensa en el Parlamento, a una sesión interminable y grotesca con personajes reales que graznaban delante de sus ojos. Fue un regeneracionista mesiánico: a su juicio, sólo Antonio Maura poseía el carisma político para emprender una purificación nacional que pasaba por la derrota del endémico caciquismo. La estación final de ese viaje por los baldíos del desengaño, una crónica titulada “El redactor de sucesos” que Wenceslao publica en ABC en abril del 36, aprieta todavía hoy en la garganta del lector como un torniquete: ante la inminencia de la tragedia, las palabras ya no sirven, se pudren en el papel o en la boca. ..Moribundo país. 







Sobresaliente en la crónica política, Fernández Flórez también es un notable costumbrista, aunque se reserva un poco más el acero y no pretende hacer sangre. Fue un crítico teatral ágil en la nota reporteril y justamente despreciativo con géneros como el astracán. Cerrado el grifo de la crónica política, se interna en la crónica deportiva y taurina armado de una distancia benévola, sin el ardor satírico y caricaturesco de otros tiempos. ¿Fue entonces un satírico que se quedó sin tema? ¿Se autocensuró, como señala Díaz-Plaja? Nos faltan datos para sostener una afirmación así. Más bien, parece que se adaptó a su público y exprimió su ironía (ya no ácida, sino melancólica) donde otros cayeron en la soflama política o murieron de inanición literaria.




Tres frases ...

 "Para la muerte y para el amor, para las miserias que creemos grandezas, la Naturaleza tiene el mismo gesto dulce, la misma mirada candorosa de Volvoreta, la misma misteriosa tranquilidad"...


 "Los pájaros volvieron. Ningún árbol tornó a pensar en convertirse en sillas y en trincheros. La fraga recuperó de golpe su alma ingenua, en la que toda la ciencia consiste en saber que de cuanto se puede ver, hacer o pensar sobre la tierra, lo más prodigioso, lo más profundo, lo más grave es esto: vivir". 


 "Un día llegan unos hombres al bosque y plantan un poste de telégrafos. Los árboles acogen con sorpresa la llegada del nuevo invitado, pues lo consideran uno más entre ellos. Se sienten deslumbrados por su aspecto: consideran que los hilos telegráficos son sus ramas interminables; frutos los aisladores de cristal, tronco esbelto y liso, el poste fruto de carpintería. Estos árboles son seres bondadosos e inocentes, a los que les gusta abrigar nidos de pájaros entre sus ramas, cantar melodías que imitan el fragor del mar contra las rocas, la marcha de un tren de vapor o el murmullo del viento, e invitan al poste telegráfico a realizar este tipo de cosas para que se sienta como uno más de ellos"... 



Un libro...

No encuentro mejor manera de presentarlo en esta página que con una novela que trata sobre Galicia.
¿Quieren saber lo que es Galicia? ¿Quieren de verdad penetrar en el alma gallega? Entonces dejenme que les muestre la  obra de mi paisano Wescenlao , una de las precursoras del realismo mágico. El bosque animado es una descripción por la que no pasan los años, aunque la Galicia rural y sometida ya no exista como tal. ¿O sí?




El bosque animado narra la vida de un pequeño lugar cercano a la capital, Cecebre, donde actualmente está situado el pantano que abastece de agua a toda la comarca. Pero en tiempos de nuestro buen Wescenlao , era una fraga, atravesada por caminos humedos y sombrios por donde huían las criaturas que lo habitaban, al más mínimo rumor de nuestra presencia. Porque el bosque es animado por la animación de la vida que lo envuelve, pero principalmente es animado por las ánimas de los seres que en ella viven, sean estos los árboles que no dejan ver el bosque, sean los animales que se desenvuelven entre ellos, sean las de los vivos y muertos que a su alrededor o de él viven.





Primero tendré que comentarles lo que es una fraga... "Una fraga es un bosque compuesto de diversas especies de árboles, sin que exista una especie mayoritaria. Los árboles, los matorrales, los insectos, las aves, los pequeños mamíferos, cantan todos juntos una canción que mece interiormente sus vidas". Vidas suaves y plácidas, solo interrumpidas por el paso del hombre, al que acompaña la tragedia, empujado por la explotación del bosque y por su codicia . También es la historia de estos hombres y mujeres, de Marica da Fame, del bandido Fendetestas, del alma en pena de Fiz de Cotobelo, de los señores D'abondo, caciques del lugar. Pero principalmente es la historia del bosque, de sus árboles y de sus criaturas, que se deslizan silenciosamente por sus veredas, intentando siempre pasar desapercibidos a la especie humana y que le dejen vivir sus pequeñas vidas, inmersas en la canción de los árboles. No se dejen engañar por la película que se hizo, basada en la novela, pero alejada de su contenido. Es la historia de un mundo que ya no es, pero que seguro se conserva en el alma común de la naturaleza, además de en estas páginas. En ellas Fernández Flórez consigue el milagro de traspasarnos con la poesía que envuelve las raíces de eso tan difícil de explicar que es Galicia.




EL Bosque animado esconde en su interior una de las metáforas políticas más potentes de la época y, sin duda, toda una declaración de intenciones de su autor.

El panteísmo de Fernández Flórez es más que conocido: todo el universo representa la obra de Dios, en la que el ser humano es una insignificante mota de polvo, en absoluto tan importante como para que la divinidad pierda el tiempo trazando un destino particular para cada uno, pero sí una obra suficientemente perfecta y coherente como para que todos ocupemos un lugar por insignificante que éste sea. Un lugar concreto y de posibilidades estrechas, con escaso margen de maniobra, donde cada uno tenemos la misma elección de partida: deprimirnos por el lugar que nos ha tocado (en cuanto intrascendente o indeseable o injusto que nos pueda parecer) o aceptarlo y vivir nuestra vida de la mejor forma que cada uno sea capaz y bien entienda.
Este punto de partida es del que salen las interpretaciones de Fernández Flórez como un autor reaccionario, pues se define el orden natural de las cosas como esencialmente inmutable y a cualquier intento de cambio o transformación como una perversión inútil. Sin embargo, nada hay en el fondo de esta idea más allá de la defensa del orden tradicional de las cosas, de la vida tal como era, y de la futilidad de derribar lo natural por otro orden artificial, de substituir lo sublime por lo mundano.
En cada una de las dieciséis escenas que componen El bosque animado se esconde algo de esta filosofía universalista y estática. El bosque de Cecebre (realmente existente y encuadrado en el municipio coruñés de Cambre, dónde nuestro autor tenía una casa de veraneo) resulta un espacio cerrado, un universo narrativo, un lugar simbólico de ámbito universal que encierra en su interior historias, situaciones y personajes representativos de esa metáfora global. Sus formas de relación, sus comportamientos, sus circunstancias y los hechos que les rodean, reproducen una imagen de lo que el universo es, de lo que nosotros somos en él, y de cuáles son los factores que condicionan la relación universal-personal, sin por eso revertir órdenes y jerarquías. No en vano la ordenación episódica deja paso a la más evidente “estancia”, lugar independiente pero también parte de otro más grande al que pertenece y de cuya construcción toma su sentido.
Y el principal factor de relación, en una lectura general, es la del azar fatalista, de un contexto donde lo que consideramos estable o constante se encuentra, en realidad, condicionado por el drama o el dolor o la muerte. Cuando sobreviene la fatalidad, la estabilidad se rompe y se quiebra, efectivamente de forma rotunda y definitiva, de una forma contundente y fuerte como ninguna otra teoría de cambio social ha sido capaz de conseguir hasta ahora (presente, otra vez aquí, el perenne escepticismo de Fernández Flórez).



Sin embargo, El bosque animado posee también una dimensión moral humana y humanista a la que pocas veces se le presta la atención que merece. Quizás porque, hijo de una época convulsa, otros aspectos de interpretación y crítica más apetitosos han asumido un protagonismo desmedido del libro. Conservador no significa inhumano, y este libro deja una ventana abierta a la bondad, a la generosidad o a la entrega hacia los demás. Con todo, estas características no dejan de ser excepcionales en un mundo humano criticado desde la fábula de los animales, víctimas constantes de la especie que acabó con el dodo en Madagascar sin venir a cuento y sin motivo, por simple capricho o voluntad asesina.
Al final de este recorrido moral es, precisamente, donde comienzan las interpretaciones (quizas) erróneas de El bosque animado. ¿Cómo es posible que quien así piensa de la especie humana parezca apostar, sin embargo, por el estatismo social o por la jerarquía natural de las cosas o ( como los críticos más furibundos han afirmado) por el irremediable mecanismo darwiniano de la victoria del más poderoso frente al más débil? Aquí es donde la literatura de Fernández Flórez se tiñe de esa moral cristiana para la que el fatalismo y la negrura de los pesimistas no es sino una fase, un exceso voluntario de un ser humano incompleto en cuanto se le desposee de una dimensión positiva a la que se le suele prestar escasa o ninguna atención. Una moral que para sus máximos detractores es optimismo o falta de realismo pero que, en sentido estricto, dota al ser humano de Fernández Flórez de una personalidad más vital de lo que los encorsetados personajes de buenos o malos suelen hacer en la literatura mainstream.
En cierta forma, esta personalidad viva y estos retratos complejos de escenas humanas perfectamente creíbles y reconocibles sean lo que, a pesar del tiempo y las muchas críticas vertidas, hace de El bosque animado un libro inolvidable de la literatura española (quizás uno de los pocos clásicos modernos de la década de 1940). Las versiones cinematográficas o las reediciones pueden ser un síntoma, pero no hay mejor prueba que su lectura pues, para cada lector que ha abierto sus páginas y se ha sumergido en ellas, aquella experiencia es para siempre un hermoso recuerdo grabado a fuego...

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http://www.fabulantes.com/2013/03/el-bosque-animado-wenceslao-fernandez-florez/
http://unlibroaldia.blogspot.com/2010/11/wenceslao-fernandez-florez-el-bosque.html 
http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=4304
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