lunes, 29 de diciembre de 2014

ISABEL PETROVNA.... EMPERATRIZ DE RUSIA




La emperatriz Isabel, segunda hija de Pedro el Grande, nació en 1709. Su padre siempre había querido casarla con Francia, y cuando la primera prometida de Luis XV, una infanta española de cinco años, fue devuelta a su país tras la ruptura de un compromiso que había dejado de ser conveniente, otras diecisiete princesas europeas entraron en liza como candidatas al trono francés. Una de ellas era Isabel. No resultó elegida, a pesar de que su madre, la emperatriz Catalina I, una vez viuda decidió proseguir la lucha por la consecución de las ambiciones de su difunto esposo. Todo en vano, pues Luis XV contraía matrimonio con María Leczinska, hija del destronado rey de Polonia. 
Al morir su madre y su sobrino, el zar Pedro II, Isabel pudo haber ocupado el trono de Rusia, pero la apartaron para situar en él a otra persona más fácil de dominar: su prima Ana Ivanovna, duquesa de Curlandia. A fin de cuentas Pedro el Grande había abolido la ley de sucesión tras los problemas que tuvo con su hijo Alexis. La nueva ley dejaba al zar libertad para elegir a su sucesor, pero la arbitrariedad del criterio y la ausencia de regulación del tema abría el camino a las conspiraciones y golpes de Estado, traduciéndose a la postre en un aumento del poder del Consejo Supremo para designar al heredero. 

Pedro el Grande
La nueva emperatriz tampoco tendría en cuenta los derechos de Isabel a la hora de nombrar un sucesor. La hija de Pedro fue relegada en favor de otro pariente, Iván de Brunswick; pero Isabel lograría triunfar sobre la familia Brunswick germanos con ayuda del embajador francés en la corte de San Petersburgo. Era éste Jacques-Joachim Trotti, marqués de La Chétardie, descrito como “figura byroniana rápida de ingenio pero superficial de talento”. 
El día de su llegada a San Petersburgo, el embajador recorrió las calles de la ciudad en la carroza real, acompañado de un impresionante cortejo de jinetes, hombres de a pie, lacayos, pajes y correos. La emperatriz Ana le recibió solemnemente sentada en el trono, luciendo la corona. No sabía que ese día comenzaba una gran aventura en la que Isabel, entonces de 28 años, iba a desempeñar el papel de heroína. 
Isabel era una mujer hermosa y vivaz, poseedora del raro don de establecer buenas relaciones con hombres de toda clase y condición. Su figura era espléndida, tenía ojos azules, hablaba francés correctamente y bailaba el minueto con maestría. Mujer apasionada, excelente amazona, elegante, ella imponía la moda; el encanto y la agudeza que emanaban de su persona cautivaron desde el primer momento al embajador, que pronto se convirtió en su amigo y parece que, con el tiempo, en uno de sus amantes, por otra parte bastante numerosos. El francés nunca dejó de ser un ardiente partidario suyo. 

La Chétardie
El embajador frecuentaba el palacio real en su compañía y la entretenía con anécdotas de Luis XV, hablándole de sus muchas prendas y del interés que sentía por ella. Isabel lo escuchaba con pasión y aprendía a apreciar las costumbres y la etiqueta occidental tanto como la de su amada Rusia. 
Mientras tanto, los proyectos matrimoniales hechos para ella habían ido fracasando. Unas veces renunciaban por otro partido que consideraban mejor y en otras ocasiones, incluso, fallecían. Su último prometido había muerto de viruela.
La emperatriz Ana la detestaba. Aún así, pudo contar con una pequeña corte a su alrededor. Estos eran amantes o confidentes. Isabel se sentía sola y necesitaba compañía y afecto. Algunos de sus romances y tórridos amoríos fueron con los Chouvalov (Alejandro y Pedro), con Miguel Vorontsov y con Lestocq y Schwartz. Su gran amor de juventud fue el Conde Simon Narishkin, del cual fue separada violentamente. Era adorada por los oficiales y soldados de la guardia, entre otras cosas porque aceptaba ser madrina de sus hijos. A veces se alojaba en una casa de campo en la que recibía a los soldados. Entre sus amantes se encontraba Alexis Razoumovski, con quien acabara casándose en secreto en 1742. A pesar de todo, era una religiosa devota, aunque tal vez no muy fiel seguidora en cuanto al cumplimiento de las normas morales. El clero apreciaba su devoción y le perdonaba su vida disoluta, viendo en ella a la sola heredera de Pedro I. 
Vorontsov
En 1740, al cabo de un año de la llegada de la Chétardie a Rusia, moría la emperatriz Ana. Mientras yacía en su lecho de muerte, la gente esperaba que Isabel heredaría esta vez el trono, pero no fue así. Finalmente el nuevo zar fue el protegido de Ana, su sobrino nieto Iván VI, un niño de apenas un año de edad. Su madre sería la regente. 
La revolución estaba por empezar. Las intrigas y conspiraciones estaban servidas; correos secretos iban y venían de San Petersburgo a Moscú, e Isabel era vigilada día y noche por la regente, consciente de que la hija de Pedro era la favorita tanto del pueblo como del ejército.


Durante los años del reinado de Ana Ivanovna, Isabel había tenido que sufrir las continuas amenazas de la emperatriz, que hubiera deseado encerrarla en un convento y conjurar así el peligro que representaba tenerla en la corte, donde se podría formar un poderoso partido en torno a su figura. Esas amenazas estuvieron a punto de materializarse ahora, cuando uno de los propios aliados y amantes de Isabel, Lestocq, quiso imponerle ese destino. Por fortuna para ella, poco después se arrepentía. 
Así, entre tantos peligros, un año después de la muerte de Ana, durante una fría tarde de finales de noviembre, la carroza que conducía a la gran duquesa Isabel se detenía ante la embajada francesa. La escoltaban su confidente, el conde Vorontsov, y siete granaderos. Comenzaba para ella la parte más peligrosa de aquella aventura. 
Al aparecer La Chétardie, Isabel le dijo que estaba a punto de “subir a la gloria”. La última descendiente de los Romanov por línea directa masculina marchaba en dirección al cuartel de los granaderos de Preobraienski, donde reunió a los soldados y seguidores, alzó un crucifijo, se postró de rodillas y, entre lágrimas, les dijo que era su madre, la madre del pueblo ruso.
—¡Juro morir por vosotros, jurad vosotros morir por mí!

Carruaje de Isabel Petrovna

Desde el cuartel había que dirigirse al Palacio de Invierno, para lo cual era preciso atravesar la avenida Nevski. El camino estaba cubierto de nieve endurecida. La gran duquesa, sentada en la carroza y acompañada por un numero de soldados que juraron guardar absoluto silencio durante la marcha, abrigaba cierto temor a causa del ruido que hacían las ruedas sobre la nieve helada. Se apeó y manifestó su deseo de caminar, pero los hombres, considerando que su paso era demasiado lento, la izaron sobre sus hombros para aligerar la marcha.
La resistencia que ofreció el Palacio resultó más bien débil. La regente, junto con su marido y su hijo, fueron apresados y enviados a una fortaleza. Desde allí, poco después los destinarían a Siberia, adonde el matrimonio llegaría sin lengua. 
A las dos de la tarde del día siguiente, un gran número de nobles y prelados se reunía en el Palacio para saludar a Isabel como emperatriz de todas las Rusias, mientras que en el exterior el pueblo la aclamaba con tremenda algarabía. Ella se puso al cuello la cruz de San Andrés y salió a corresponder a las aclamaciones de la multitud. Después recorrió solemnemente las filas de los soldados. Prometió que durante su reinado no rodarían cabezas, y es cierto que se atuvo a la palabra empeñada: abolió la pena de muerte; pero se arrancaron miles de lenguas y muchos pares de orejas, por no mencionar el número de personas cegadas o con la nariz aplastada. Isabel se mostró cruel con sus enemigos. No los mató, pero los torturó. 



Su reinado de casi 20 años comenzó oficialmente con la ceremonia de su coronación el 25 de abril de 1742. La emperatriz Isabel pronto se sintió irritada por las pretensiones del embajador francés, que esperaba recibir un trato especial. El porte soberbio de La Chetardie y lo fastuoso de su atuendo disgustaban, además, a los nobles rusos, sobre todo a Alexis Bestuchev, político astuto e implacable que llegó a ocupar el cargo de gran canciller. Bestuchev era un anglófilo convencido. Se decía de él que estaba al servicio del embajador británico y que era enemigo acérrimo de Francia. 
La Chétardie, en un arranque de cólera, envió cartas desdeñosas sobre la mujer a la que ayudara a subir al trono, criticando su frivolidad y vanidad: “Se cambia de vestido cuatro o cinco veces al día, y le horroriza el trabajo”. Las cartas, por supuesto, estaban escritas en clave, pero la policía rusa la descubrió, las leyó y se las entregó a Bestuchev para que éste las utilizara a su conveniencia. El incidente puso fin al influjo de La Chétardie sobre Isabel. En 1744 el embajador francés fue conducido a la frontera, advirtiéndosele que jamás se le ocurriera volver por allí.



Isabel gobernó con habilidad, devolviendo a Rusia el orgullo nacional perdido. Siguió la política de su padre al colocar a ciudadanos rusos en puestos clave dentro del gobierno, evitando así influencias extranjeras. Terminó con la larga disputa entre Rusia y Suecia y mantuvo su alianza con Austria y Francia contra Prusia durante la guerra de los Siete Años. 
Su reinado estuvo igualmente marcado por avances culturales. El 25 de enero de 1755 establecía mediante un decreto la fundación de la Universidad de Moscú. Creó un teatro, trajo músicos y cantantes italianos y además se ocupó de cambiar la arquitectura de San Petersburgo para reflejar los estilos dominantes en la Europa de la época.

En 1717 Catalina I encarga a su arquitecto personal, el alemán Johann-Friedrich Braunstein, la construcción de una casa de verano. Años después, en 1733, la emperatriz Ana emprende la expansión del palacio, pero para Isabel se había quedado anticuado y encargó una remodelación total, tomando como base las características del estilo rococó. 


Isabel Petrovna fallecía sin dejar descendencia el 25 de diciembre de 1761, según el calendario ruso, que aún no era el gregoriano. El trono era ahora para su sobrino, Pedro III.

http://themaskedlady.blogspot.com.es/2010/11/isabel-petrovna-emperatriz-de-rusia.html

domingo, 28 de diciembre de 2014

LA BATALLA DEL GARELLANO



Batalla de Garellano: Enfrentamiento bélico entre las tropas francesas y españolas que tuvo lugar en 1503 durante las guerras de Italia de comienzos del siglo XVI por el dominio de Napoles y Sicilia

 

Antecedentes

Un mes y medio después del último intento de los franceses por cruzar el rio Garellano, y tras haber sido reforzado con 3.000 soldados italianos al mando de Bartolomé Albiano, jefe de los Ursinos, el Gran Capitán decidió llegado el momento de asestar un golpe definitivo al ejército francés acampado frente a él en la orilla derecha del río Garellano.
El sencillo plan concebido por el Gran Capitán Fernando Fernández de Córdoba consistía en un ataque al campamento francés tras haber cruzado el río por un puente que habría que tenderse unas cuatro millas aguas arriba del puente de barcas construido por los franceses en la jornada del 6 de noviembre. El nuevo puente fue tendido con todo sigilo la noche del 27 al 28 de diciembre. Al día siguiente los españoles se pusieron en movimiento.

 

Organización de las tropas

Bartolomé Albiano iba en vanguardia con la caballería ligera. Pedro Navarro iba a continuación con el cuerpo de infantería española,donde marchaban García de Paredes, Zamudio, Pizarro y Villalba. Le seguía Próspero Colonna con los hombres de Armas. Cerraba la marcha el Gran Capitáncon el resto del ejército. Las tropas de Albiano y Pedro Navarro sorprendieron un destacamento normando y de caballería francesa en Suio y lo arrollaron a su paso.

 

Desarrollo de la Batalla

En vista del mal tiempo reinante desde hacía un mes y medio y de que las lluvias no cesaban, el marqués de Saluzzo, nuevo jefe del ejército francés, decidió retirarse a Gaeta a pasar el invierno, por creer imposible realizar ninguna operación militar en aquellas condiciones climatológicas. Ya había tomado acciones para iniciar esta retirada, pues había embarcado la artillería para que la llevasen por el río hasta el golfo de Gaeta, pues su traslado por aquellos empantanados caminos habría impedido la marcha del ejército francés. Por tanto, su sorpresa fue grande cuando los supervivientes del ataque a Suio le anunciaron la llegada inminente de los españoles. El marqués ordenó la inmediata retirada a Gaeta. Cuando las tropas de Albiano y Pedro Navarro llegaron al campamento francés lo encontraron vacío.
La caballería de Albiano y Colonna se adelantó y alcanzaron a los franceses cuando pasaban por un puente sobre el lecho de un corto río que hay antes de llegar a Mola di Gaeta, y les obligaron a hacerles frente, cosa que el marqués de Saluzzo hizo para evitar que la retirada se convirtiera en una desbandada. Al llegar al lugar el grueso del ejército del Gran Capitán, la infantería de Pedro Navarro y de García de Paredes atacó con tal ímpetu que los franceses atravesaron el puente y se refugiaron en Mola dispuestos a pernoctar aquella noche.
El Gran Capitán ordenó a Pedro Navarro y a García de Paredes que marcharan fuera de caminos hasta colocarse detrás del pueblo para cortar la retirada al enemigo y atacarles de flanco y por su retaguardia. Al amanecer del día siguiente, los franceses salieron de Mola. Les siguió el grueso del ejército español y cuando les alcanzaron, las tropas de Pedro Navarro y García de Paredes atacaron de flanco y por la retaguardia, provocando el colapso de los franceses, que se desbandaron e iniciaron una desordenada huida perseguidos por la caballería de Colonna, abandonando la artillería que llevaban consigo,banderas, equipajes y carros de transporte. Los supervivientes de aquel día se refugiaron en Gaeta, mientras que el ejército vencedor acampó aquel día en Castiglione, frente a Gaeta.
Los franceses sufrieron entre tres y cuatro mil muertos, y otros tantos desaparecidos y prisioneros. Ese día el caballero Bayardo se distinguió por su valor, peleando como un bravo y perdiendo tres veces su caballo. La destrucción del ejército francés fue total, de manera que el 1 de enero se efectuó la capitulación de Gaeta y el abandono de los franceses del reino de Nápoles.

 

Consecuencias

La derrota francesa fue de tal envergadura que provocó la capitulación de Gaeta el 1 de enero de 1504. El Gran Capitán hizo su entrada triunfal en Nápoles por segunda vez, donde el pueblo y las autoridades locales le recibieron con mayor entusiasmo que cuando la victoria de Ceriñola.
En Francia, la noticia del desastre de Garellano y la capitulación de Gaeta sumieron al rey, la Corte y la nación en un profundo abatimiento.Todo ello, unido a la derrota sufrida en el Rosellón, convencieron a Luis XII de la inutilidad de continuar la lucha. Abiertas las negociaciones con España,se concluyó un tratado de paz el 11 de febrero de 1504, que fue ratificado por los Reyes Católicos en Santa María de la Mejorada en el mes de marzo. En virtud del tratado, el reino de Nápoles pasó a poder de España.
Pocos meses después murió la reina Isabel la Católica, valedora de El Gran Capitán.

 

Consideraciones

Si en la primera campaña El Gran Capitán dió excelentes muestras de liderazgo y organización, en su segunda campaña brilló su genio militar.
En Calabria, Barletta, Ceriñola y Garellano permaneció a la defensiva inicialmente observando y estudiando al enemigo, estorbándole con audaces reacciones ofensivas y maniobrando para llevarle a su terreno, hasta estar en condiciones de asestar el ataque definitivo. Siempre evitó aceptar un batalla hasta no tener seguridad en la victoria o en obtener un mal menor que no entablando el combate.
1503, durante las guerras de Italia de comienzos del siglo XVI por el dominio de Nápoles y Sicilia
.http://www.ecured.cu/index.php/Batalla_del_Garellano

MARIA CRISTANA DE BORBÓN Y DOS SICILIAS Y EL GUADACORPS ...EL MATRIMONIO MORGAMÁTICO


Se conoce como matrimonio morganático a la unión realizada entre dos personas de rango social desigual —por ejemplo, entre príncipe y condesa o entre noble y plebeyo—, en el cual se impide que el cónyuge y cualquier hijo de dicha unión herede u obtenga los títulos, privilegios y propiedades del noble. Es un término referido a las convenciones sociales y culturales propias de otras épocas. Era conocido también como «matrimonio de la mano izquierda» porque en este tipo de matrimonio el novio sostenía la mano derecha de la novia con su extremidad izquierda, cuando lo normal es hacerlo al revés.
Este tipo de matrimonio era conocido en el derecho germánico, del que pasó al derecho de muchos pueblos. Según parece, su nombre proviene de morgen (matutino) y gabe (don). En ocasiones se le denomina también matrimonio sálico. La Iglesia Católica lo consideró siempre como un matrimonio más.
Principalmente, se realiza entre un noble y una plebeya, o viceversa, aunque estos últimos son casos poco comunes, ya que generalmente las mujeres no heredan ni reciben títulos y privilegios. En esta forma de matrimonio cada cónyuge mantiene su estado social original. A los hijos nacidos de este matrimonio se los conoce como hijos morganáticos y, a efectos legales, son considerados hijos legítimos.

                        La Reina María Cristina Borbón Dos Sicilias


EL MATRIMONIO CON FERNANDO VII

En mayo de 1929, muere la tercera esposa de Fernando VII, María Josefa Amalia de Sajonia sin haber tenido descendiente con ninguna de las tres esposas que ya había tenido. Luisa Carlota hija de los reyes de Sicilia influye para que un familiar suyo se casara con el rey español. La elegida es María Cristina, que era sobrina de Fernando VII. El rey tenía veintidós años más que María Cristina. 

                                             
Fernando VII y María Cristina paseando por los jardines del palacio de Aranjuez, en 1830. Óleo de Luis Cruz y Ríos, 498 x 710 cm. Museo de Bellas Artes de Asturias.

María Cristina llega a España a principios de diciembre de 1829. Así, el 11 de diciembre de 1829, se celebra la boda en Aranjuez. Es bien recibida por los liberales, pues un posible hijo lo haría heredero y desplazaría al príncipe Carlos María Isidro, que era conocido por su talante absolutista y conservador, reacio a cualquier cambio político y social.
Fernando VII padecía una macrosomía genital, fruto de la costumbre matrimonial borbónica de casarse primos con primos para preservar la sangre real. 

                                          
María Cristina de Borbón-Dos Sicilias por Franz Xaver Winterhalterrealizado en París de 1841

Rápidamente María Cristina quedó embarazada y el 30 de octubre de 1830 nace la futura Isabel II. En el momento que María Cristina queda embarazada, Fernando VII activa la Pragmática Sanción de 1789 y anula la Ley Sálica, que de este modo permitiría reinar a las mujeres.
Nuevamente la reina  queda embarazada y, el 30 de enero de 1832, da a luz a una segunda niña, Luisa Fernanda, que sería casada con el duque de Montpensier. A mediados del año 1832, enferma gravemente el rey y su primer ministro Francisco Tadeo Calomarde consigue hacer firmar la derogación de la Pragmática Sanción aprovechando su debilidad. Sin embargo, consigue recuperarse de su enfermedad y anula esta firma. Destituye a su primer ministro y hace que María Cristina actué como Gobernanta.
Los liberales ofrecieron todo su apoyo a María Cristina con el objetivo de reforzarla y conseguir que no llegara al poder Carlos María Isidro. Concedió una amnistía a los liberales presos e hizo que algunos ocuparan puestos de responsabilidad. Muere Fernando VII, el 29 de septiembre de 1833. Es nombrada Regenta inmediatamente debido a la minoría de edad de la futura Isabel II, pues tenía entonces tres años.

El 28 de diciembre de 1833, a los tres meses de quedarse viuda contrajo matrimonio morganático en secreto con un sargento de su Guardia de Corps, Agustín Fernando Muñoz y Sánchez. Fernando Muñoz entró en la Guardia de Corps gracias a que su abuela paterna Eugenia Funes había sido nodriza de una de las hermanas del rey Fernando VII.
                                                       
Caricatura 

¿Cómo se conocieron María Cristina y Fernando Muñoz?

Hay dos versiones, la primera nos dice que una noche María Cristina se fijó en él y le preguntó si se cansaba, a lo que Fernando respondió “en servicio a su majestad no puedo cansarme nunca”. La respuesta satisfizo tanto a María Cristina, que enseguida quedó libre de servicio y ya la atendía nocturnamente en su lecho.
La segunda versión es el relato  de su nieta María de la Paz Juana Amelia Adalberta Francisca de Paula Juana Bautista Isabel Francisca de Asís (otra característica de los Borbones es la amplia utilización de nombres como vemos en este ejemplo). La historia decía, que la reina madre se encontraba paseando con su carruaje, yendo y viniendo de vacaciones, cuando a consecuencia de un bache se dio un golpe en la nariz y empezó a sangrar, entonces solicitó a su dama de compañía le facilitase un pañuelo y como ésta no lo tenía aceptó el de uno de los miembros de su escolta y así empezó la relación.

                                                      
Fotografía de Fernando Muñoz

El sacerdote que oficio la ceremonia fue Marcos Aniano González, que era amigo del novio y siguió al matrimonio durante  tres lustros tanto como capellán de Palacio y único confesor de María Cristina.
La ceremonia se celebró en el Palacio de Oriente, a las siete y media de la mañana, actuando como testigos el marqués de Herrera y Miguel López de Acevedo. Entonces María Cristina tenía veintisiete años y Fernando Muñoz veinticuatro.
María Cristina era muy religiosa y no quería vivir su relación con Muñoz fuera del matrimonio, pero si se casaba con él perdía sus títulos y sus privilegios.
Las sospechas transcendieron pese a los esfuerzos por mantener oculta la relación y  el matrimonio secreto. María Cristina, que aparecía en numerosos actos públicos, intentaba disimular sus embarazos a base de emplear amplios vestidos, que ocultasen su abultado vientre. Estas sospechas se debieron a los cinco embarazos de la Regente que delataban las relaciones con otra persona. Así se decía “La Regente es una dama casada en secreto y embarazada en público”.
                                 


Sus enemigos políticos y rivales los carlistas también le dedicaron coplillas alusivas a sus embarazos:

Clamaban los liberales
que la reina no paría,
¡Y ha parido más muñoces
que liberales había!

También fue famosa en esta época la canción popular dedicada a la Regente María Cristina y que todos hemos oído alguna vez:

María Cristina me quiere gobernar
y yo le sigo, le sigo la corriente
porque no quiero que diga la gente
que María Cristina me quiere gobernar.

No se sabe muy bien si eran los carlistas los que le cantaban la canción a los liberales o eran estos a los carlistas. Esta canción posteriormente fue usada mucho en Cuba.
De este matrimonio nacieron ocho hijos ,a los que la reina Isabel II concedió títulos nobiliarios:
  • María de los Desamparados Muñoz y Borbón 1834. Condesa de Vista Alegre.
  • María de los Milagros Muñoz y de Borbón. 1835, Marquesa de Castillejo
  • Agustín María Muñoz y de Borbón. 1837. Duque de Trancón, I Vizconde de Rostrollano y Príncipe de Ecuador.
  • Fernando María Muñoz de Borbón. 1838. Vizconde de la Alborada y otros títulos.
  • María Cristina Muñoz y de Borbón. 1840. Marquesa de la Isabela y Vizcondesa de la Dehesilla.
                                            

Estos cinco hijos lo fueron durante su Regencia. Como no podía estar embarazada oficialmente al ser viuda, hizo que viviera largas temporadas apartadas en el palacio de Vista Alegre. Nada más nacer sus hijos, eran enviados a París donde eran atendidos por personal de confianza. Posteriormente, tuvieron otros tres hijos:
  • Antonio de Padua Muñoz y de Borbón. 1842.
  • Juan Muñoz y de Borbón. 1844. Conde del Recuerdo entre otros títulos.
  • José María Muños y de Borbón. 1846. Conde de Gracia y Vizconde de la Arboleda.
Enseguida comenzaron a llamar a Fernando Muñoz con el nombre de Fernando VIII.   Si no tuvieron más hijos fue porque ya eran mayores pero no por su pasión,segun ciertos relatos,irrelevantes.

 http://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura---ocio/lado-oscuro-reina-maria-cristina-borbon-sicilias/20141103110417108836.html


 

 

sábado, 27 de diciembre de 2014

LOUIS PASTEUR

Louis Pasteur

(Dôle, Francia, 1822-St.-Cloud, id., 1895) Químico y bacteriólogo francés. Formado en el Liceo de Besançon y en la Escuela Normal Superior de París, en la que había ingresado en 1843, Louis Pasteur se doctoró en ciencias por esta última en 1847.
Al año siguiente, sus trabajos de química y cristalografía le permitieron obtener unos resultados espectaculares en relación con el problema de la hemiedría de los cristales de tartratos, en los que demostró que dicha hemiedría está en relación directa con el sentido de la desviación que sufre la luz polarizada al atravesar dichas soluciones.
Louis Pasteur
Profesor de química en la Universidad de Estrasburgo en 1847-1853, Louis Pasteur fue decano de la Universidad de Lille en 1854; en esta época estudió los problemas de la irregularidad de la fermentación alcohólica. En 1857 desempeñó el cargo de director de estudios científicos de la Escuela Normal de París, cuyo laboratorio dirigió a partir de 1867. Desde su creación en 1888 y hasta su muerte fue director del Instituto que lleva su nombre.
Las contribuciones de Pasteur a la ciencia fueron numerosas, y se iniciaron con el descubrimiento de la isomería óptica (1848) mediante la cristalización del ácido racémico, del cual obtuvo cristales de dos formas diferentes, en lo que se considera el trabajo que dio origen a la estereoquímica.
Estudió también los procesos de fermentación, tanto alcohólica como butírica y láctica, y demostró que se deben a la presencia de microorganismos y que la eliminación de éstos anula el fenómeno (pasteurización). Demostró el llamado efecto Pasteur, según el cual las levaduras tienen la capacidad de reproducirse en ausencia de oxígeno. Postuló la existencia de los gérmenes y logró demostrarla, con lo cual rebatió de manera definitiva la antigua teoría de la generación espontánea.
En 1865 Pasteur descubrió los mecanismos de transmisión de la pebrina, una enfermedad que afecta a los gusanos de seda y amenazaba con hundir la industria francesa. Estudió en profundidad el problema y logró determinar que la afección estaba directamente relacionada con la presencia de unos corpúsculos -descritos ya por el italiano Cornaglia- que aparecían en la puesta efectuada por las hembras contaminadas. Como consecuencia de sus trabajos, enunció la llamada teoría germinal de las  enfermedades, según la cual éstas se deben a la penetración en el cuerpo humano de microorganismos patógenos. 

Después de 1870, Louis Pasteur orientó su actividad al estudio de las enfermedades contagiosas, de las cuales supuso que se debían a gérmenes microbianos infecciosos que habrían logrado penetrar en el organismo enfermo. En 1881 inició sus estudios acerca del carbunco del ganado lanar, y consiguió preparar una vacuna de bacterias desactivadas, la primera de la historia.
La continuación de sus investigaciones le permitió desarrollar la vacuna contra la rabia, o hidrofobia, cuyo virus combatió con una vacuna lograda mediante inoculaciones sucesivas en conejos, de las que obtenía extractos menos virulentos. La efectividad de esta vacuna, su última gran aportación en el campo de la ciencia, se probó con éxito el 6 de julio de 1885 con el niño Joseph Meister, que había sido mordido por un perro rabioso y, gracias a la vacuna, no llegó a desarrollar la hidrofobia. Este éxito espectacular tuvo una gran resonancia, así como consecuencias de orden práctico para el científico, quien hasta entonces había trabajado con medios más bien precarios.
El apoyo popular hizo posible la construcción del Instituto Pasteur, que gozaría a partir de entonces de un justificado prestigio internacional. En 1882 fue elegido miembro de la Academia Francesa.
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 DESCUBRIMIENTOS
 1- Estableció en 1847 que la cristalografía simétrica es propia de los minerales, mientras que los materiales orgánicos desarrollan cristalografías asimétricas.

2- Descubrió la vida anaeróbica y de allí explicó la gangrena.

3- Estudió y manejó en 1855, la fermentación anaeróbica como clave de la industria del vino.

4- Desarrolló la ‘Pasteurización por calor que destruye los microbios sin afectar los alimentos.

5- Demostró que la generación espontánea no existe, y que existen los microbios, con lo que dio el golpe final a las teorías científicas aristotélicas.

6- Mostró que los microbios son distintos entre si, se nutren de distintos alimentos y responden a distintos bactericidas.

7- Descubrió que formas atenuadas de microbios pueden usarse para generar inmunidad, tema en el que completó los trabajos de 1798 del británico Edward Jenner (1749-1823) sobre vacunas y protección contra la viruela.

8- Impuso normas higiénicas en los hospitales para evitar el contagio de enfermedades, asumiendo la existencia de los microbios.

9- Hizo posible la industria de la seda en Francia, resolviendo en 1865 las enfermedades de los gusanos productores.

10- Encontró que la rabia se transmite por algo que no es visible al microscopio (virus) y creó su vacuna en 1885.

11- Encontró la cura para el Ántrax del ganado y el cólera de las aves.

12- Creó el “Instituto Pasteur” para enfermedades infecciosas, inaugurado por el presidente de Francia Sadi Carnot en 1888, que hoy es centro mundial de investigaciones; en su discurso inaugural, dijo: Insto a Uds a interesarse en los sagrados dominios de los laboratorios, que son los templos del futuro. Allí es donde la humanidad crecerá y se fortalecerá".
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viernes, 26 de diciembre de 2014

FRANCIS BACON


(Londres, 1561-id., 1626) Filósofo y político inglés. Su padre era un alto magistrado en el gobierno de Isabel I, y fue educado por su madre en los principios del puritanismo calvinista. Estudió en el Trinity College de Cambridge y en 1576 ingresó en el Gray's Inn de Londres para estudiar leyes, aunque pocos meses después marchó a Francia como miembro de una misión diplomática. En 1579, la muerte repentina de su padre lo obligó a regresar precipitadamente y a reemprender sus estudios, falto de recursos para llevar una vida independiente.

Francis Bacon
En 1582 empezó a ejercer la abogacía, y fue magistrado cuatro años más tarde. En 1584 obtuvo un escaño en la Cámara de los Comunes por mediación de su tío, el barón de Burghley, a la sazón lord del Tesoro; durante treinta y seis años se mantuvo como parlamentario y fue miembro de casi todas las comisiones importantes de la cámara baja. La protección de Robert Devereux, segundo conde de Essex, le permitió acceder al cargo de abogado de la reina.
Su situación mejoró con la subida al trono de Jacobo I, quien lo nombró procurador general en 1607, fiscal de la Corona en 1613 y lord canciller en 1618, además de concederle los títulos de barón Verulam de Verulam y de vizconde de St. Albans. Sin embargo, en 1621, procesado por cohecho y prevaricación, fue destituido de su cargo y encarcelado. Aunque fue puesto en libertad al poco tiempo, ya nunca recuperó el favor real.
Durante toda su carrera persiguió una reforma coherente de las leyes y el mantenimiento del Parlamento y los tribunales a salvo de las incursiones arbitrarias de los gobernantes; pero, sobre todo, su objetivo era la reforma del saber. Su propósito inicial era redactar una inmensa «historia natural», que debía abrir el camino a una nueva «filosofía inductiva», aunque la acumulación de cargos públicos le impidió el desarrollo de la tarea que se había impuesto, a la que, de hecho, sólo pudo dedicarse plenamente los últimos años de su vida.
Sometió todas las ramas del saber humano aceptadas en su tiempo a revisión, clasificándolas de acuerdo con la facultad de la mente (memoria, razón o imaginación) a la que pertenecían; llamó a este esquema «la gran instauración», y muchos de los escritos dispersos que llegó a elaborar, como El avance del conocimiento (Advancement of Learning, 1605) -superado más tarde por el De augmentis scientiarum-, estaban pensados como partes de una Instauratio magna final. 

Criticando el planteamiento aristotélico, consideró que la verdad sólo puede ser alcanzada a través de la experiencia y el razonamiento inductivo, de acuerdo con un método del que dio una exposición incompleta en su Novum organum scientiarum (1620). El método inductivo que elaboró pretendía proporcionar un instrumento para analizar la experiencia, a partir de la recopilación exhaustiva de casos particulares del fenómeno investigado y la posterior inducción, por analogía, de las características o propiedades comunes a todos ellos. Según Bacon, ese procedimiento había de conducir, gradualmente, desde las proposiciones más particulares a los enunciados más generales.
Aun cuando el método baconiano ejerció, nominalmente, una gran influencia en los medios científicos, lo cierto es que el filósofo desarrolló su pensamiento al margen de las corrientes que dieron lugar al surgimiento de la ciencia moderna, caracterizada por la formulación matemática de sus resultados, a la que él mismo no concedió la importancia debida. Bacon concibió la ciencia como una actividad social ligada a la técnica, elaborando una utopía, Nueva Atlántida (The New Atlantis, publicada póstumamente en 1627), basada en la organización científica de la sociedad.
   
FRASES

La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad

Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde
.
Si comienza uno con certezas, terminará con dudas; mas si se acepta empezar con dudas, llegará a terminar con certezas

Vengándose, uno se iguala a su enemigo; perdonándolo, se muestra superior a él.
.
No hay cosa que haga más daño a una nación como el que la gente astuta pase por inteligente
.
La ocasión hay que crearla, no esperar a que llegue

 Vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar, y viejos autores para leer.

Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos masticados y digeridos
.
El dinero es como el estiércol: no es bueno a no ser que se esparza
.
Sin la amistad, el mundo es un desierto.


jueves, 25 de diciembre de 2014

SAN FRANCISCO DE ASIS INVENTA EL PRIMER PESEBRE

San Francisco de Asís y el primer "nacimiento" de Navidad

"Natividad con San Francisco y San Lorenzo", óleo sobre lienzo de Caravaggio. Pintado en 1609 para el oratorio franciscano de San Lorenzo en Palermo. Desafortunadamente fue robado en 1969, encotrándose en paradero desconocido. Tomado de: http://fotolog.miarroba.es/corremundos/romance-del-nacimiento-262/


De San Francisco de Asís al moderno pesebre.
En algunos países les llaman Belén o Pesebres. El primer nacimiento se creo en Italia. Fue Francisco de Asís, el iniciador de los nacimientos entre 1200 y 1226. Se cuenta que mientras recorría la pequeña población de Rieti en 1223, la Navidad lo sorprendió en la ermita de Greccio y fue allí donde todo comenzó.
Tuvo la inspiración de reproducir en vivo el nacimiento de Jesús. También se cree que el primer nacimiento con figures se construyo en Nápoles y que estuvo echo de figures de barro.
La tradición de los Belenes se difundió rápidamente por toda Italia y luego al mundo entero y hoy por hoy figura en las tradiciones navideñas de cientos de países alrededor del mundo. (Militza Cordero Santiago

Francisco de Asís en Greccio
Greccio es una pequeña población de 1.500 habitantes, situada entre Roma y Asís, a 15 quilómetros de Rieti, en la pendiente del Monte Lacerone y a 705 metros de altitud. El santuario se encuentra a poco más de dos quilómetros, encima de una escarpada roca y rodeado de bosques de encinas. Desde la explanada se contempla el castillo de Greccio y una hermosa vista del valle de Rieti.
A San Francisco este lugar le gustaba porque le parecía "rico en su pobreza", y el territorio porque decía que no había visto ningún otro con tantas conversiones como este. Muchos de sus habitantes, empezando por Juan Velita, señor de Greccio, profesaron la Regla de la Tercera Orden y llevaban una vida de penitencia en sus propias casas. Cada día, a una determinada hora, los frailes entonaban las alabanzas del Señor y la gente del castillo, grandes y pequeños, salían de sus casas y respondían: "Alabado sea el Señor". Esto les valió verse libres por un tiempo del pedrisco y de los lobos, mas luego de algunos años, empezaron a enorgullecerse y a odiarse entre ellos, como predijo San Francisco, lo que trajo como consecuencia que el castillo fuese pasto de las llamas, por obra de la soldadesca de Federico II, en 1242.
El primer "Nacimiento" viviente
Todo se celebró como estaba previsto: la noche de Navidad, la gente del castillo se dirigió al lugar donde vivían los frailes, con cantando y con antorchas y en medio del bosque. En una gruta prepararon un altar sobre un pesebre, junto al cual habían colocado una mula y un buey. Aquella noche, como escribió Tomás de Celano, se rindió honor a la sencillez, se exaltó la pobreza, se alabó la humildad y Greccio se convirtió en una nueva Belén. Para una celebración tan original Francisco había obtenido el permiso del papa Honorio III. La homilía corrió a su cargo, pues era diácono, y mientras hablaba del niño de Belén, se relamía los labios y su voz era como el balido de una oveja. Un hombre allí presente vió en visión a un niño que dormía recostado en el pesebre, y Francisco lo despertaba del sueño. La gente volvió contenta a sus casas, llevándose como recuerdo la paja, que luego se demostró una buena medicina para curar a los animales.
San Francisco permaneció en Greccio hasta pasada la Pascua de 1224. De aquí se encaminó a Perusa, para echar en cara a sus habitantes el mal que estaban haciendo a sus vecinos y anunciarles las consecuencias que ello traería consigo.

El santuario de Greccio hoy
Hoy el santuario de Greccio ha crecido mucho: a la antigua iglesia y convento del siglo XIII se han añadido otras construcciones y una iglesia más espaciosa, pero el lugar conserva todo su encanto. La gruta, transformada en capilla el mismo año de la canonización del Santo, se conserva casi intacta, con la roca que sirvió de altar y de pesebre (ver foto arriba). Sobre la pared frontal hay restos de algunos frescos de la escuela de Giotto, de los siglos XIII-XIV.
En el conventito primitivo todo nos habla de la sencillez y pobreza de los primeros tiempos. El dormitorio mide apenas 7 metros de longitud por 1,40 - 2,00 metros de anchura. Al fondo hay una minúscula celdilla excava en la roca, donde se dice que dormía San Francisco. Aquí tuvo lugar, por tanto, el episodio de la almohada de plumas, regalo de Juan Velita, que no dejaba dormir al Santo.
En el piso superior hay otro dormitorio, de la segunda mitad del siglo XIII, todo de madera, con celdas a ambos lados. A continuación hay un coro del siglo XVII que conduce a la primera iglesia dedicada a San Francisco después de su canonización en 1228, como dice Tomás de Celano: "ahora aquel lugar ha sido consagrado al Señor, se ha construido encima un altar en honor de San Francisco y se le ha dedicado una iglesia" (1Cel. 87). En una capilla lateral, más moderna, se conserva un retrato del siglo XIV, copia de otro más antiguo, que representa a San Francisco con los estigmas y con un pañuelo en actitud de limpiarse los ojos, afectados por una grave infección que prácticamente lo dejó ciego al final de su vida.
En la explanada de delante del santuario está la nueva iglesia, del 1959, con algunas vidrieras modernas y varias representaciones del Nacimiento de Cristo. En los alrededores está la celda donde se retiraba San Francisco.
"Si yo hablara con el emperador, le suplicaría que, por amor de Dios y en atención a mis ruegos, firmara un decreto ordenando che ningún hombre capture a las hermanas alondras ni les haga daño alguno; que todas las autoridades de las ciudades y los señores de los castillos y en las villas obligaran a que, en la Navidad del Señor de cada año, los hombres echen trigo y otras semillas por los caminos fuera de las ciudades y castillos, para que, en día de tanta solemnidad, todas las aves y, particular- mente las hermanas alondras, tengan qué comer; que, por respeto al Hijo de Dios, a quien tal noche la dichosa Virgen María su Madre lo reclinó en un pesebre entre el asno y el buey, estén obligados todos a dar esa noche a nuestros hermanos bueyes y asnos abundante pienso; y, por último, que en este día de Navidad, todos los pobres sean saciados por los ricos" (San Francisco, Leyenda de Perusa, 14).

El primer nacimiento
En aquella ocasión, quiso celebrar el acontecimiento y hacer algo especial que ayudase a la gente a recordar al Cristo Niño y su nacimiento en Belén.
Una de las tradiciones más arraigadas es la puesta del nacimiento del Niño Jesús cerca o bajo el árbol de Navidad. Pero ¿sabes de dónde proviene esta tradición? ¿Quién la inició? Nos cuenta Tomás de Celano que San Francisco de Asís pasó la Navidad de 1223 en Greccio, una pequeña población de 1,500 habitantes, situada entre Roma y Asís, a 15 kilómetros de Rieti, en la pendiente del Monte Lacerone y a 705 metros de altitud. En la actualidad, un santuario dedicado al santo se encuentra a poco más de dos kilómetros, encima de una escarpada roca y rodeado de bosques de encinas. Desde la explanada se contempla el castillo de Greccio y una hermosa vista del valle de Rieti. A San Francisco le gustaba este lugar porque, según cuenta su biógrafo Tomás de Celano, le parecía “rico en su pobreza”, y porque decía que no había visto ningún otro con tantas conversiones como éste. Muchos de sus habitantes, empezando por Juan Vellita, señor de Greccio, profesaron la Regla de la Tercera Orden, hoy Orden Franciscana Seglar, y llevaban una vida de penitencia en sus propias casas. Cada día, a una determinada hora, los frailes entonaban las alabanzas del Señor y la gente del castillo, grandes y pequeños, salían de sus casas y respondían: “Alabado sea el Señor”. Según Celano, esto les valió verse libres por un tiempo de tormentas y de lobos, pero después de algunos años empezaron a enorgullecerse y a odiarse entre ellos, como predijo San Francisco, lo que trajo como consecuencia que el castillo fuese arrasado por las huestes de Federico II, en 1242.
En su biografía del santo, Celano asegura que la Encarnación era un componente clave en la espiritualidad de Francisco y quiso, en aquella ocasión, celebrar el acontecimiento y hacer algo especial que ayudase a la gente a recordar al Cristo Niño y su nacimiento en Belén. Celano nos dice que, inspirado por el Evangelio según San Lucas (2, 1-7), unos quince días antes de la Navidad mandó llamar a Juan de Vellita y le dijo: “si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno”. Todo se celebró como estaba previsto: la noche de Navidad, la gente del castillo se dirigió al lugar donde vivían los frailes, cantando y con antorchas cruzando alegremente el bosque. En una gruta prepararon un altar sobre un pesebre, junto al cual habían colocado una mula y un buey. Aquella noche, como escribió Tomás de Celano, se rindió honor a la sencillez, se exaltó la pobreza, se alabó la humildad y Greccio se convirtió en una nueva Belén. Para una celebración tan original Francisco había obtenido el permiso del Papa Honorio III. La homilíacorrió a su cargo, pues era diácono, y mientras hablaba del niño de Belén, se relamía los labios y su voz era como el balido de una oveja. La gente volvió contenta a sus casas, llevándose como recuerdo la paja, que luego demostró ser una buena medicina para curar a los animales.
La idea de reproducir el nacimiento se popularizó rápidamente en todo el mundo cristiano, y de los seres vivos,se pasó a la utilización de figuras. En nuestro país la tradición se introdujo con los primeros misioneros franciscanos que llegaron a América y que trajeron la idea de su fundador. Asimismo, la tradición señala que el primer nacimiento se construyó en Nápoles a fines del siglo XV y fue fabricado con figuras de barro. Generalmente el nacimiento se monta antes de Navidad, el 8 de Diciembre, día de la Inmaculada Concepción, y se conserva armado hasta el 2 de febrero, fecha de la presentación de Jesús en el templo.
Que esta Navidad Cristo haya hacido en nuestros corazones y, como San Francisco de Asís, le demos un lugar preponderante en nuestras vidas para proclamar con fervor: ¡Oh alto y glorioso Dios! Ilumina las tinieblas de mi corazón. Dame la recta esperanza y caridad perfecta; sentido y conocimiento, Señor, para que siga tu santo y veraz mandamiento. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
(Por: Antonio Lara Barragán Gómez OFS, Escuela de Ingeniería Industrial, Universidad Panamericana, Campus Guadalajara, alara@up.edu.mx)

martes, 23 de diciembre de 2014

LA ESPAÑA DE JOSE BONAPARTE


Las intenciones de Napoleon estaban tan claras cuando se produjo la invasion de España,por parte de sua tropas que sin esperar que los Borbones le cediesen sus derechos al trono de España, comenzó a buscar entre sus hermanos a un monarca que los sustituyese. Luis se negó a abandonar el trono holandés que ya ocupaba, y el Emperador recurrió entonces a José. Previamente convocó en Bayona a una diputación general destinada a elaborar una Constitución en la que debía basarse la nueva monarquía. Al parecer, fue Murat de quien partió la idea de reunir una Asamblea en la pequeña ciudad fronteriza para "fijar las incertidumbres, reunir las opiniones y halagar el amor propio nacional". La convocatoria de la Asamblea fue publicada en La Gaceta de Madrid el 24 de mayo de 1808, y en ella se convocaba a 150 diputados entre los tres estamentos tradicionales: 50 miembros del estamento eclesiástico, entre arzobispos, obispos, canónigos, curas párrocos y generales de las órdenes religiosas; 51 elementos del estamento nobiliario, entre los que había grandes, títulos, caballeros, representantes del Ejército, la Marina y representantes de los Consejos; y por último, 49 representantes del estamento popular, entre comerciantes y miembros de lasUniversidades, de las provincias aforadas e insulares y de las ciudades con voto en Cortes                      
La reunión había de tener lugar el 15 de junio, pero al llegar esa fecha muchos de los diputados convocados no comparecieron. Para entonces, la mayor parte del país estaba ya en plena guerra y fue imposible llevar a cabo las correspondientes elecciones, excepto en aquellas zonas que estaban claramente bajo dominio francés. Finalmente, la mayor parte de los asambleístas no fueron elegidos, sino nombrados por Murat, la Junta de Madrid, o el mismo Napoleón. Los representantes que marcharon a Bayona, que pertenecían a la jerarquía nobiliaria o eclesiástica, estaban dispuestos a colaborar con el emperador francés y constituían los primeros ejemplos de los afrancesados, que jugarían un papel importante en la nueva Monarquía.
De los 150 previstos, sólo acudieron en un principio 65 representantes, aunque su número ascendía a 91 el 17 de julio, fecha en la que terminaron las reuniones. En el momento de abrirse la reunión, se presentó ante los diputados un proyecto de Constitución ya elaborado, de tal forma que la misión que se planteaba la Asamblea era, por una parte, adaptar aquel proyecto a los sentimientos y a las aspiraciones de los españoles, y por otra darle apariencia de legalidad como documento aprobado por las Cortes del Reino. Sin embargo, la labor de la Junta se limitó al último de estos dos cometidos. En realidad, no estaba claro quién había sido el autor del proyecto. El conde de Toreno creía que había sido un español, sin embargo el estudio que realizó Sanz del Cid sobre la Constitución de Bayona ponía de manifiesto lo contrario, aunque a juicio de este historiador, el proyecto sufrió varias transformaciones por parte de algunos españoles que fueron consultados en la Asamblea.

La Constitución de Bayona, la primera de la larga y variada historia constitucional española, tiene en realidad el carácter de una Carta Otorgada, puesto que fue el rey José, de su propia autoridad, quien la decretó. Consta de 146 artículos, repartidos en 13 títulos que tratan de los siguientes asuntos: I, De la Religión; II, De la sucesión a la Corona; III, De la Regencia; IV, De la dotación de la Corona; V, De los oficios de la Casa Real; VI, Del Ministerio; VII, Del Senado; VIII, Del Consejo de Estado; IX, De las Cortes; X, De los reinos y provincias; XI, Del orden judicial; XII, De la Administración y de la Hacienda; XIII, Disposiciones generales.
El texto de este documento no es más que una transcripción de disposiciones entresacadas del derecho constitucional de la Revolución y del Imperio, en la que a lo sumo se recogieron algunas referencias al carácter y tradición españoles para darle una apariencia de obra nacional. Establecía un régimen autoritario en el que, a pesar de un presunto carácter moderado que ofrecía ciertas garantías al ciudadano, seguía siendo el rey el centro y el resorte de todo el sistema. Ninguno de los demás órganos del Estado representaba una limitación insuperable a su iniciativa. En definitiva, se trataba de establecer un régimen en España que, adaptando las formas y las apariencias constitucionales, fuese adecuado para una enérgica y eficaz acción administrativa. Por otra parte, mediante este estatuto de Bayona trataban de introducirse tímidamente, sin grandes audacias, los principios liberales tales como la supresión de los privilegios, la libertad económica, la libertad individual y una cierta libertad de prensa
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lunes, 22 de diciembre de 2014

LUDWING VAN BEETHOVEN


A las cinco de la tarde del 26 marzo de 1827 se levantó en Viena un fuerte viento que momentos después se transformaría en una impetuosa tormenta. En la penumbra de su alcoba, un hombre consumido por la agonía está a punto de exhalar su último suspiro. Un intenso relámpago ilumina por unos segundos el lecho de muerte. Aunque no ha podido escuchar el trueno que resuena a continuación, el hombre se despierta sobresaltado, mira fijamente al infinito con sus ojos ígneos, levanta la mano derecha con el puño cerrado en un último gesto entre amenazador y suplicante y cae hacia atrás sin vida. Un pequeño reloj en forma de pirámide, regalo de la duquesa Christiane Lichnowsky, se detiene en ese mismo instante. Ludwig van Beethoven, uno de los más grandes compositores de todos los tiempos, se ha despedido del mundo con un ademán característico, dejando tras de sí una existencia marcada por la soledad, las enfermedades y la miseria, y una obra que, sin duda alguna, merece el calificativo de genial. 

Nacido en Bonn en 1770, Ludwig van Beethoven creció en el Palatinado, sometido a los usos y costumbres cortesanos propios de los estados alemanes; desde allí saludaría la Revolución francesa y luego el advenimiento de Napoleón como el gran reformador y liberador de la Europa feudal, para acabar contemplando desilusionado con la consolidación del Imperio francés. Su obra arrasó como un huracán las convenciones musicales clasicistas de su época y tendió un puente directo, más allá del romanticismo posterior, con Brahms y Wagner, e incluso con músicos del siglo XX como Bartók, Berg y Schonberg. Su personalidad configuró uno de los prototipos del artista romántico defensor de la fraternidad y la libertad, apasionado y trágico.
La familia Beethoven era originaria de Flandes, lo que no era un hecho extraordinario entre los servidores de la provinciana corte de Bonn en el Palatinado. Ludwig, el abuelo del compositor, en cuya memoria se le impuso su nombre, se había instalado en 1733 en Bonn, ciudad en la que llegó a ser un respetado maestro de capilla de la corte del elector. Dentro del rígido sistema social de su tiempo, Johann, su hijo, también fue educado para su ingreso en la capilla palatina. El padre de Beethoven, sin embargo, no destacó precisamente por sus dotes musicales, sino más bien por su alcoholismo; a su muerte, en 1792, se ironizó con crueldad en la corte sobre el descenso de ingresos fiscales por consumo de bebidas en la ciudad.
Johann se casó con María Magdalena Keverich en 1767, y tras un primer hijo también llamado Ludwig, que murió poco después de nacer, nació el 16 de diciembre de 1770 el que habría de ser compositor. A Ludwig siguieron otros dos niños, a los que pusieron los nombres de Caspar Anton Karl y Nikolauss Johann. A la muerte del abuelo, auténtico tutor de la familia (Ludwig contaba entonces tres años de edad), la situación moral y económica del matrimonio se deterioró rápidamente. El dinero escaseó; los niños andaban mal nutridos y no era infrecuente que fueran golpeados por el padre; la madre iba consumiéndose, hasta el extremo de que, al morir en 1787 a los cuarenta años, su aspecto era el de una anciana.
Parece ser que Johann se percató pronto de las dotes musicales de Ludwig y se aplicó a educarlo con férrea disciplina como concertista, con la idea de convertirlo en un niño prodigio mimado por la fortuna, a la manera del primer Mozart. En 1778 el niño tocaba el clave en público y llamó la atención del anciano organista Van den Eeden, que se ofreció a darle clases gratuitamente. Un año más tarde, Johann decidió encargar la formación musical de Ludwig a su compañero de bebida Tobias Pfeiffer, músico mucho mejor dotado y no mal profesor, pese a su anarquía alcohólica que, ocasionalmente, imponía clases nocturnas al niño cuando se olvidaba de darlas durante el día.



i
infancia y formación
Los testimonios de estos años trazan un sombrío retrato del niño, hosco, abandonado y resentido, hasta que en su destino se cruzó Christian Neefe, un músico llegado a Bonn en 1779, quien tomó a su cargo no sólo su educación musical, sino también su formación integral. Diez años más tarde, el joven Beethoven le escribió: «Si alguna vez me convierto en un gran hombre, a ti te corresponderá una parte del honor». A Neefe se debe, en cualquier caso, la nota publicada en el Cramer Magazine en marzo de 1783, en la que se daba noticia del virtuosismo interpretativo de Beethoven, superando «con habilidad y con fuerza» las dificultades de El clave bien temperado de Johann Sebastian Bach, y de la publicación en Mannheim de las nueve Variaciones sobre una marcha de Dressler, que constituyeron sin duda alguna su primera composición.
En junio de 1784 Maximilian Franz, el nuevo elector de Colonia (que habría de ser el último), nombró a Ludwig, que entonces contaba catorce años de edad, segundo organista de la corte, con un salario de ciento cincuenta guldens. El muchacho, por aquel entonces, tenía un aire severo, complexión latina (algunos autores la califican de «española» y recuerdan que este tipo de físico apareció en Flandes con la dominación española) y ojos oscuros y voluntariosos; a lo largo de su vida, algunos los vieron negros, y otros gris verdosos, siendo casi seguro que su tonalidad varió con la edad o con sus estados de ánimo.
Amarga habría sido la vida del joven Ludwig en Bonn, sobre todo tras la muerte de su madre en 1787, si no hubiera encontrado un círculo de excelentes amigos que se reunían en la hospitalaria casa de los Breuning: Stefan y Eleonore von Breuning, a la que se sintió unido con una apasionada amistad, Gerhard Wegeler, su futuro marido y biógrafo de Beethoven, y el pastor Amenda. Ludwig compartía con los jóvenes Von Breuning sus estudios de los clásicos y, a la vez, les daba lecciones de música. Habían corrido ya por Bonn (y tal vez este hecho le abriera las puertas de los Breuning) las alabanzas que Mozart había dispensado al joven intérprete con ocasión de su visita a Viena en la primavera de 1787. Cuenta la anécdota que Mozart no creyó en las dotes improvisadoras del joven hasta que Ludwig le pidió a Mozart que eligiera él mismo un tema. Quizá Beethoven recordaría esa escena cuando, muchos años más tarde, otro muchacho, Liszt, solicitó tocar en su presencia en espera de su aprobación y aliento.
Estos años de formación con Neefe y los jóvenes Von Breuning fueron de extrema importancia porque conectaron a Beethoven con la sensibilidad liberal de una época convulsionada por los sucesos revolucionarios franceses, y dieron al joven armas sociales con las que tratar de tú a tú, en Bonn y, sobre todo, en Viena, a la nobleza ilustrada. Pese a sus arranques de mal humor y carácter adusto, Beethoven siempre encontró, a lo largo de su vida, amigos fieles, mecenas e incluso amores entre los componentes de la nobleza austriaca, cosa que el más amable Mozart a duras penas consiguió.
Beethoven tenía sin duda el don de establecer contactos con el yo más profundo de sus interlocutores; aun así, sorprende la fidelidad de sus relaciones en la élite, especialmente si se considera que no estaban habituadas a un lenguaje igualitario, cuando no zumbón o despectivo, por parte de sus siervos, los músicos. Forzosamente la personalidad de Beethoven debía subyugar, incluso al margen de la genialidad y grandeza de sus creaciones. Así, su amistad con el conde Waldstein fue decisiva para establecer los contactos imprescindibles que le permitieron instalarse en Viena, centro indiscutible del arte musical y escénico, en
noviembre de 1792
.
En Viena
El avance de las tropas francesas sobre Bonn y la estabilidad del joven Beethoven en Viena convirtieron lo que tenía que ser un viaje de estudios bajo la tutela musical de Haydn en una estancia definitiva. Allí, al poco de llegar, recibió la entusiasta protección del príncipe Lichnowsky, quien lo hospedó en su casa, y recibió lecciones de Johann Schenck, del teórico de la composición Albrechtsberger y del maestro dramático Antonio Salieri.
Sus éxitos como improvisador y pianista eran notables, y su carrera como compositor parecía asegurada económicamente con su trabajo de virtuoso. Porque, entretanto, el joven Beethoven componía infatigablemente: fue éste, de 1793 a 1802, su período clasicista, bajo la benéfica influencia de la obra de Haydn y de Mozart, en el que dio a luz sus primeros conciertos para piano, las cinco primeras sonatas para violín y las dos para violoncelo, varios tríos y cuartetos para cuerda, el lied Adelaide y su primera sinfonía, entre otras composiciones de esta época. Su clasicismo no ocultaba, sin embargo, una inequívoca personalidad que se ponía de manifiesto en el clima melancólico, casi doloroso, de sus movimientos lento y adagio, reveladores de una fuerza moral y psíquica que se manifestaba por vez primera en las composiciones musicales del siglo.
Su fama precoz como compositor de conciertos y graciosas sonatas, y sobre todo su reputación como pianista original y virtuoso le abrieron las puertas de las casas más nobles. La alta sociedad lo acogió con la condescendencia de quien olvida generosamente el origen pequeño burgués de su invitado, su aspecto desaliñado y sus modales asociales. Porque era evidente que Beethoven no encajaba en aquellos círculos exclusivos; era un lobo entre ovejas. Seguro de su propio valor, consciente de su genio y poseedor de un carácter explosivo y obstinado, despreciaba las normas sociales, las leyes de la cortesía y los gestos delicados, que juzgaba hipócritas y cursis. Siempre atrevido, se mezclaba en las conversaciones íntimas, estallaba en ruidosas carcajadas, contaba chistes de dudoso gusto y ofendía con sus coléricas reacciones a los distinguidos presentes. Y no se comportaba de tal manera por no saber hacerlo de otro modo: se trataba de algo deliberado. Pretendía demostrar con toda claridad que jamás iba a admitir ningún patrón por encima de él, que el dinero no podía convertirlo en un ser dócil y que nunca se resignaría a asumir el papel que sus mecenas le reservaban: el de simple súbdito palaciego. En este rebelde propósito se mantuvo inflexible a lo largo de toda su vida. No es extraño que tal actitud despertase las críticas de quienes, aun reconociendo sinceramente que estaban ante un compositor de inmenso talento, lo tacharon de misántropo, megalómano y egoísta. Muchos se distanciaron de él y hubo quien llegó a retirarle el saludo y a negarle la entrada a sus salones, sin sospechar que Beethoven era la primera víctima de su carácter y sufría en silencio tales muestras de desafecto.
Durante estos «años felices», Beethoven llevaba en Viena una vida de libertad, soledad y bohemia, auténtica prefiguración de la imagen tópica que, a partir de él, la sociedad romántica y postromántica se forjaría del «genio». Esta felicidad, sin embargo, empezó a verse amenazada muy pronto, ya en 1794, por los tenues síntomas de una sordera que, de momento, no parecía poner en peligro su carrera de concertista. Como causa los biógrafos discutieron la hipótesis de la sífilis, enfermedad muy común entre los jóvenes que frecuentaban los prostíbulos de Viena, y que, en cualquier caso, daría nueva luz al enigma de la renuncia de Beethoven, al parecer dolorosa, a contraer matrimonio. La gran crisis moral de Beethoven no estalló, sin embargo, hasta 1802.
La crisis
En 1801 y 1802 la progresión de su sordera, que Beethoven se empeñaba en ocultar para proteger su carrera de intérprete, fue tal que el doctor Schmidt le ordenó un retiro campestre en Heiligenstadt, un hermoso paraje con vistas al Danubio y los Cárpatos. Ello supuso un alejamiento de su alumna, la jovencísima condesa Giulietta Guicciardi, de la que estaba profundamente enamorado y por la que parecía ser correspondido. Obviamente, Beethoven no sanó y la constatación de su enfermedad le sumió, como es lógico que ocurriera en un músico, en la más profunda de las depresiones.
En una carta dirigida a su amigo Wegener en 1802, Beethoven había escrito: "Ahora bien, este demonio envidioso, mi mala salud, me ha jugado una mala pasada, pues mi oído desde hace tres años ha ido debilitándose más y más, y dicen que la primera causa de esta dolencia está en mi vientre, siempre delicado y aquejado de constantes diarreas. Muchas veces he maldecido mi existencia. Durante este invierno me sentí verdaderamente miserable; tuve unos cólicos terribles y volví a caer en mi anterior estado. Escucho zumbidos y silbidos día y noche. Puedo asegurar que paso mi vida de modo miserable. Hace casi dos años que no voy a reunión alguna porque no me es posible confesar a la gente que estoy volviéndome sordo. Si ejerciese cualquier otra profesión, la cosa sería todavía pasable, pero en mi caso ésta es una circunstancia terrible; mis enemigos, cuyo número no es pequeño, ¿qué dirían si supieran que no puedo oír?"
Para colmo, Giulietta, la destinataria de la sonata Claro de luna, concertó su boda con el conde Gallenberg. La historia, que se repetiría años después con Josephine von Brunswick, debiera haber hecho comprender al orgulloso artista que la aristocracia podía aceptarle como enamorado e incluso como amante de sus mujeres, pero no como marido. El caso es que el músico creyó acabada su carrera y su vida y, acaso acariciando ideas de un suicidio a lo Werther, la famosa novela de juventud de Goethe, se despidió de sus hermanos en un texto ciertamente patético y grandioso que, de hecho, parecía más bien dirigido a sus contemporáneos y a la humanidad toda: el llamado Testamento de Heiligenstadt.
No intentó el suicidio, sino que regresó en un estado de total postración y desaliño a Viena, donde reanudó sus clases particulares. La salvación moral vino de su fortaleza de espíritu, de su arte, pero también del benéfico influjo de sus dos alumnas, las hermanas Josephine y Therese von Brunswick, enamoradas a la vez de él. Parece ser que la tensión emocional del «trío» llegó a un estado límite en el verano de 1804, con la ruptura entre las dos hermanas y la clara oposición familiar a una boda. Therese, quien se mantuvo fiel toda su vida en sus sentimientos por el genio, lamentaría años más tarde su participación en el alejamiento de Ludwig y Josephine: «Habían nacido el uno para el otro, y, si se hubiesen unido, los dos vivirían todavía». La reconciliación tuvo lugar al año siguiente, y fue entonces Therese la hermana idolatrada por Ludwig. Pero ahora era el músico el que no se decidía a dar un paso definitivo y, en 1808, pese a que le había dedicado la Sonata, Op. 78, Therese abandonó toda esperanza de vida en común y se consagró a la creación y tutela de orfanatos en Hungría. Murió, canonesa conventual, a los ochenta y seis años.

La mayoría de críticos, aun respetando la unidad orgánica de la obra de Beethoven, coinciden en señalar este período, de 1802 a 1815, como el de su madurez. Técnicamente consiguió de la orquesta unos recursos insospechados sin modificar la composición tradicional de los instrumentos y revolucionó la escritura pianística, amén de ir transformando poco a poco el dualismo armónico de la sonata en caja de resonancia del contrapunto. Pero, desde un punto de vista programático, el período de madurez de Beethoven se caracterizó por su empeño de superación titánica del dolor personal en belleza o, lo que es lo mismo, por su consagración del artista como héroe trágico dispuesto a enfrentarse y domeñar el destino.
Obras maestras de este período son, entre otras, el Concierto para violín y orquesta en re mayor, Op. 61 y el Concierto para piano número 4, las oberturas de Egmont y Coriolano, las sonatas A Kreatzer, Aurora y Appassionata, la ópera Fidelio y la Misa en do mayor, Op 86. Mención especial merecen sus sinfonías, que tanto pudieron desconcertar a sus primeros oyentes y en las que, sin embargo, su genio consiguió crear la sensación de un organismo musical, vivo y natural, ya conocido por la memoria de quienes a ellas se acercan por primera vez.
La tercera sinfonía estaba, en un principio, dedicada a Napoleón por sus ideales revolucionarios; la dedicatoria fue suprimida por Beethoven cuando tuvo noticia de su coronación como emperador. («¿Así pues -clamó-, también él es un ser humano ordinario? ¿También él pisoteará ahora los derechos del hombre?»). El drama del héroe convertido en titán llegó a su cumbre en la quinta sinfonía, dramatismo que se apacigua con la expresión de la naturaleza en la sexta, en la mayor alegría de la séptima y en la serenidad de la octava, ambas de 1812.
La gran crisis fue superada y se transmutó en la grandiosidad de su arte. Su situación económica, además, estaba asegurada gracias a las rentas concedidas desde 1809 por sus admiradores el archiduque Rudolf, el duque Lobkowitz y su amigo Kinsky o la condesa Erdödy. Pese a su carácter adusto, imprevisible y misantrópico, ya no ocultaba su sordera como algo vergonzante, y su vida sentimental, acaso sin llegar a las profundidades espirituales de su amor por Josephine y Therese, era rica en relaciones: Therese Maltati, Amalie Sebald y Bettina Brentano pasaron por su vida amorosa, siendo esta última quien propició el encuentro de Beethoven con su ídolo Goethe.
La relación fue decepcionante: el compositor reprochó a Goethe su insensibilidad musical, y el poeta censuró las formas descorteses de Beethoven. Es famosa en este sentido una anécdota, verdadera o no, que habría tenido lugar en verano de 1812: mientras se hallaba paseando por el parque de Treplitz en compañía de Goethe, vio venir por el mismo camino a la emperatriz acompañada de su séquito; el escritor, cortés ante todo, se apartó para dejar paso a la gran dama, pero Beethoven, saludando apenas y levantando dignísimamente su barbilla, dio en atravesar por su mitad el distinguido grupo sin prestar atención a los saludos que amablemente se le dirigían.

En términos generales, y pese a sus fracasados proyectos matrimoniales, el período fue extraordinariamente fructífero, incluso en el terreno social y económico. Así, Beethoven tuvo ocasión de dirigir una composición de «circunstancias», Victoria de Wellington, ante los príncipes y soberanos europeos llegados a la capital de Austria para acordar el nuevo orden europeo que habría de regular la sucesión napoleónica y contrarrestar el peligro de toda revolución liberal en Europa. Los más reputados compositores e intérpretes de Viena actuaron como humildes ejecutantes, en homenaje a Beethoven, en aquel concierto de éxito apoteósico.
El genio, sin embargo, no se privó de menospreciar públicamente su propia composición, repleta de sonidos onomatopéyicos de cañonazos y descargas de fusilería, tildándola de bagatela patriótica. El Congreso de Viena marcó en 1813 el fin de la gloria mundana del compositor, pues sólo dos años más tarde habría de derrumbarse el frágil edificio de su estabilidad. Ello ocurriría en el terreno más inesperado, el familiar, y concretamente en el ámbito de sus relaciones, de facto paternofiliales, con su sobrino Karl: si el genio había rehuido el matrimonio para mejor poder consagrarse al arte, de poco habría de servirle tal renuncia en los últimos y dolorosos años de su vida.
El final
En 1815 murió su hermano Karl, dejando un testamento de instrucciones algo contradictorias sobre la tutela del hijo: éste, en principio, quedaba en manos de Beethoven, quien no podría alejar al hijo de Johanna, la madre. Beethoven entregó de inmediato por su sobrino Karl todo el afecto de su paternidad frustrada y se embarcó en continuos procesos contra su cuñada, cuya conducta, a sus ojos disoluta, la incapacitaba para educar al niño. Hasta 1819 no volvió a embarcarse en ninguna composición ambiciosa. Las relaciones con Karl eran, además, todo un infierno doméstico y judicial, cuyos puntos culminantes fueron la escapada del joven en 1818 para reunirse con su madre o su posterior elección de la carrera militar, llevando una vida ciertamente escandalosa que le condujo en 1826 al previsible intento de suicidio por deudas de juego. Para Beethoven, el incidente colmó su amargura y su pública deshonra.
Desde 1814 dejó de ser capaz de mantener un simple diálogo, por lo que empezó a llevar siempre consigo un "libro de conversación" en el que hacía anotar a sus interlocutores cuanto querían decirle. Pero este paliativo no satisfacía a un hombre temperamental como él y jamás dejó de escrutar con desconfianza los labios de los demás intentando averiguar lo que no habían escrito en su pequeño cuaderno. Su rostro se hizo cada vez más sombrío y sus accesos de cólera comenzaron a ser insoportables. Al mismo tiempo, Beethoven parecía dejarse llevar por la pendiente de un caos doméstico que horrorizaba a sus amigos y visitantes. Incapaz de controlar sus ataques de ira por motivos a veces insignificantes, despedía constantemente a sus sirvientes y cambiaba sin razón una y otra vez de domicilio, hasta llegar a vivir prácticamente solo y en un estado de dejadez alarmante. El desastre económico se sumó casi necesariamente al doméstico pese a los esfuerzos de sus protectores, incapaces de que el genio reordenara su vida y administrara sus recursos. El testimonio de visitantes de toda Europa, y muy especialmente de Inglaterra, es, en este sentido, coincidente. El propio Rossini quedó espantado ante las condiciones de incomodidad, rayana en la miseria, del compositor. Honesto es señalar, sin embargo, que siempre que Beethoven solicitó una ayuda o dispendio de sus protectores, austriacos e ingleses, éstos fueron generosos.



En la producción de este período 1815-1826, comparativamente más escasa, Beethoven se desvinculó de todas las tradiciones musicales, como si sus quebrantos y frustraciones, y su poco envidiable vida de anacoreta desastrado le hubieran dado fuerzas para ser audaz y abordar las mayores dificultades técnicas de la composición, paralelamente a la expresión de un universo progresivamente depurado. Si en su segundo período Beethoven expresó espiritualmente el mundo material, en este tercero lo que expresó fue el éxtasis y consuelo del espiritual. Es el caso de composiciones como la Sonata para piano en mi mayor, Op. 109, en bemol mayor, Op. 110, y en do menor, Op. 111, pero, sobre todo, de la Missa solemnis, de 1823, y de la novena sinfonía, de 1824, con su imperecedero movimiento coral con letra de la Oda a la alegría de Schiller.
La Missa solemnis pudo maravillar por su monumentalidad, especialmente en la fuga, y por su muy subjetiva interpretación musical del texto litúrgico; pero la apoteosis llegó con la interpretación de la novena sinfonía, que aquel 7 de mayo de 1824 cerraba el concierto iniciado con fragmentos de la Missa solemnis. Beethoven, completamente sordo, dirigió orquesta y coros en aquel histórico concierto organizado en su honor por sus viejos amigos. Acabado el último movimiento, la cantante Unger, comprendiendo que el compositor se había olvidado de la presencia de un público delirante de entusiasmo al que no podía oír, le obligó con suavidad a ponerse de cara a la platea.
El año siguiente todavía Beethoven afrontó composiciones ambiciosas, como los innovadores Cuartetos para cuerda, Op. 130 y 132, pero en 1826 el escándalo de su sobrino Karl le sumió en la postración, agravada por una neumonía contraída en diciembre. Sobrevivió, pero arrastró los cuatro meses siguientes una dolorosísima dolencia que los médicos calificaron de hidropesía (le torturaban con incisiones de dudosa asepsia) y que un diagnóstico actual tal vez habría calificado de cirrosis hepática.
Ningún familiar le visitó en su lecho de enfermo; sólo amigos como Stephan von Breuning, Schubert y el doctor Malfatti, entre otros. La tarde del 26 de marzo se desencadenó una gran tormenta, y el moribundo, según testimonia Hüttenbrenner, abrió los ojos y alzó un puño después de un vivo relámpago, para dejarlo caer a continuación, ya muerto. Sobre su escritorio se encontró la partitura de Fidelio, el retrato de Therese von Brunswick, la miniatura de Giulietta Guicciardi y, en un cajón secreto, la carta de la anónima «Amada Inmortal».
Tres días más tarde se celebró el multitudinario entierro, al que asistieron, de luto y con rosas blancas, todos los músicos y poetas de Viena. Hummel y Kreutzer, entre otros compositores, portaron a hombros el féretro. Schubert se encontraba entre los portadores de antorchas. El cortejo fue acompañado por cantores que entonaban los Equali compuestos por Beethoven para el día de Todos los Santos, en arreglo coral para la ocasión. En 1888 los restos fueron trasladados al cementerio central de Viena.
Teniendo en cuenta que sus sinfonias son sobradamente conocidas, me permito la licencia de hablar solamente de su biografia en una fecha  tan importante para el insigne compositor.El estreno de la 5ª y 6ª sinfonia un 22 de diciembre del año 1808,















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