lunes, 29 de diciembre de 2014

ISABEL PETROVNA.... EMPERATRIZ DE RUSIA




La emperatriz Isabel, segunda hija de Pedro el Grande, nació en 1709. Su padre siempre había querido casarla con Francia, y cuando la primera prometida de Luis XV, una infanta española de cinco años, fue devuelta a su país tras la ruptura de un compromiso que había dejado de ser conveniente, otras diecisiete princesas europeas entraron en liza como candidatas al trono francés. Una de ellas era Isabel. No resultó elegida, a pesar de que su madre, la emperatriz Catalina I, una vez viuda decidió proseguir la lucha por la consecución de las ambiciones de su difunto esposo. Todo en vano, pues Luis XV contraía matrimonio con María Leczinska, hija del destronado rey de Polonia. 
Al morir su madre y su sobrino, el zar Pedro II, Isabel pudo haber ocupado el trono de Rusia, pero la apartaron para situar en él a otra persona más fácil de dominar: su prima Ana Ivanovna, duquesa de Curlandia. A fin de cuentas Pedro el Grande había abolido la ley de sucesión tras los problemas que tuvo con su hijo Alexis. La nueva ley dejaba al zar libertad para elegir a su sucesor, pero la arbitrariedad del criterio y la ausencia de regulación del tema abría el camino a las conspiraciones y golpes de Estado, traduciéndose a la postre en un aumento del poder del Consejo Supremo para designar al heredero. 

Pedro el Grande
La nueva emperatriz tampoco tendría en cuenta los derechos de Isabel a la hora de nombrar un sucesor. La hija de Pedro fue relegada en favor de otro pariente, Iván de Brunswick; pero Isabel lograría triunfar sobre la familia Brunswick germanos con ayuda del embajador francés en la corte de San Petersburgo. Era éste Jacques-Joachim Trotti, marqués de La Chétardie, descrito como “figura byroniana rápida de ingenio pero superficial de talento”. 
El día de su llegada a San Petersburgo, el embajador recorrió las calles de la ciudad en la carroza real, acompañado de un impresionante cortejo de jinetes, hombres de a pie, lacayos, pajes y correos. La emperatriz Ana le recibió solemnemente sentada en el trono, luciendo la corona. No sabía que ese día comenzaba una gran aventura en la que Isabel, entonces de 28 años, iba a desempeñar el papel de heroína. 
Isabel era una mujer hermosa y vivaz, poseedora del raro don de establecer buenas relaciones con hombres de toda clase y condición. Su figura era espléndida, tenía ojos azules, hablaba francés correctamente y bailaba el minueto con maestría. Mujer apasionada, excelente amazona, elegante, ella imponía la moda; el encanto y la agudeza que emanaban de su persona cautivaron desde el primer momento al embajador, que pronto se convirtió en su amigo y parece que, con el tiempo, en uno de sus amantes, por otra parte bastante numerosos. El francés nunca dejó de ser un ardiente partidario suyo. 

La Chétardie
El embajador frecuentaba el palacio real en su compañía y la entretenía con anécdotas de Luis XV, hablándole de sus muchas prendas y del interés que sentía por ella. Isabel lo escuchaba con pasión y aprendía a apreciar las costumbres y la etiqueta occidental tanto como la de su amada Rusia. 
Mientras tanto, los proyectos matrimoniales hechos para ella habían ido fracasando. Unas veces renunciaban por otro partido que consideraban mejor y en otras ocasiones, incluso, fallecían. Su último prometido había muerto de viruela.
La emperatriz Ana la detestaba. Aún así, pudo contar con una pequeña corte a su alrededor. Estos eran amantes o confidentes. Isabel se sentía sola y necesitaba compañía y afecto. Algunos de sus romances y tórridos amoríos fueron con los Chouvalov (Alejandro y Pedro), con Miguel Vorontsov y con Lestocq y Schwartz. Su gran amor de juventud fue el Conde Simon Narishkin, del cual fue separada violentamente. Era adorada por los oficiales y soldados de la guardia, entre otras cosas porque aceptaba ser madrina de sus hijos. A veces se alojaba en una casa de campo en la que recibía a los soldados. Entre sus amantes se encontraba Alexis Razoumovski, con quien acabara casándose en secreto en 1742. A pesar de todo, era una religiosa devota, aunque tal vez no muy fiel seguidora en cuanto al cumplimiento de las normas morales. El clero apreciaba su devoción y le perdonaba su vida disoluta, viendo en ella a la sola heredera de Pedro I. 
Vorontsov
En 1740, al cabo de un año de la llegada de la Chétardie a Rusia, moría la emperatriz Ana. Mientras yacía en su lecho de muerte, la gente esperaba que Isabel heredaría esta vez el trono, pero no fue así. Finalmente el nuevo zar fue el protegido de Ana, su sobrino nieto Iván VI, un niño de apenas un año de edad. Su madre sería la regente. 
La revolución estaba por empezar. Las intrigas y conspiraciones estaban servidas; correos secretos iban y venían de San Petersburgo a Moscú, e Isabel era vigilada día y noche por la regente, consciente de que la hija de Pedro era la favorita tanto del pueblo como del ejército.


Durante los años del reinado de Ana Ivanovna, Isabel había tenido que sufrir las continuas amenazas de la emperatriz, que hubiera deseado encerrarla en un convento y conjurar así el peligro que representaba tenerla en la corte, donde se podría formar un poderoso partido en torno a su figura. Esas amenazas estuvieron a punto de materializarse ahora, cuando uno de los propios aliados y amantes de Isabel, Lestocq, quiso imponerle ese destino. Por fortuna para ella, poco después se arrepentía. 
Así, entre tantos peligros, un año después de la muerte de Ana, durante una fría tarde de finales de noviembre, la carroza que conducía a la gran duquesa Isabel se detenía ante la embajada francesa. La escoltaban su confidente, el conde Vorontsov, y siete granaderos. Comenzaba para ella la parte más peligrosa de aquella aventura. 
Al aparecer La Chétardie, Isabel le dijo que estaba a punto de “subir a la gloria”. La última descendiente de los Romanov por línea directa masculina marchaba en dirección al cuartel de los granaderos de Preobraienski, donde reunió a los soldados y seguidores, alzó un crucifijo, se postró de rodillas y, entre lágrimas, les dijo que era su madre, la madre del pueblo ruso.
—¡Juro morir por vosotros, jurad vosotros morir por mí!

Carruaje de Isabel Petrovna

Desde el cuartel había que dirigirse al Palacio de Invierno, para lo cual era preciso atravesar la avenida Nevski. El camino estaba cubierto de nieve endurecida. La gran duquesa, sentada en la carroza y acompañada por un numero de soldados que juraron guardar absoluto silencio durante la marcha, abrigaba cierto temor a causa del ruido que hacían las ruedas sobre la nieve helada. Se apeó y manifestó su deseo de caminar, pero los hombres, considerando que su paso era demasiado lento, la izaron sobre sus hombros para aligerar la marcha.
La resistencia que ofreció el Palacio resultó más bien débil. La regente, junto con su marido y su hijo, fueron apresados y enviados a una fortaleza. Desde allí, poco después los destinarían a Siberia, adonde el matrimonio llegaría sin lengua. 
A las dos de la tarde del día siguiente, un gran número de nobles y prelados se reunía en el Palacio para saludar a Isabel como emperatriz de todas las Rusias, mientras que en el exterior el pueblo la aclamaba con tremenda algarabía. Ella se puso al cuello la cruz de San Andrés y salió a corresponder a las aclamaciones de la multitud. Después recorrió solemnemente las filas de los soldados. Prometió que durante su reinado no rodarían cabezas, y es cierto que se atuvo a la palabra empeñada: abolió la pena de muerte; pero se arrancaron miles de lenguas y muchos pares de orejas, por no mencionar el número de personas cegadas o con la nariz aplastada. Isabel se mostró cruel con sus enemigos. No los mató, pero los torturó. 



Su reinado de casi 20 años comenzó oficialmente con la ceremonia de su coronación el 25 de abril de 1742. La emperatriz Isabel pronto se sintió irritada por las pretensiones del embajador francés, que esperaba recibir un trato especial. El porte soberbio de La Chetardie y lo fastuoso de su atuendo disgustaban, además, a los nobles rusos, sobre todo a Alexis Bestuchev, político astuto e implacable que llegó a ocupar el cargo de gran canciller. Bestuchev era un anglófilo convencido. Se decía de él que estaba al servicio del embajador británico y que era enemigo acérrimo de Francia. 
La Chétardie, en un arranque de cólera, envió cartas desdeñosas sobre la mujer a la que ayudara a subir al trono, criticando su frivolidad y vanidad: “Se cambia de vestido cuatro o cinco veces al día, y le horroriza el trabajo”. Las cartas, por supuesto, estaban escritas en clave, pero la policía rusa la descubrió, las leyó y se las entregó a Bestuchev para que éste las utilizara a su conveniencia. El incidente puso fin al influjo de La Chétardie sobre Isabel. En 1744 el embajador francés fue conducido a la frontera, advirtiéndosele que jamás se le ocurriera volver por allí.



Isabel gobernó con habilidad, devolviendo a Rusia el orgullo nacional perdido. Siguió la política de su padre al colocar a ciudadanos rusos en puestos clave dentro del gobierno, evitando así influencias extranjeras. Terminó con la larga disputa entre Rusia y Suecia y mantuvo su alianza con Austria y Francia contra Prusia durante la guerra de los Siete Años. 
Su reinado estuvo igualmente marcado por avances culturales. El 25 de enero de 1755 establecía mediante un decreto la fundación de la Universidad de Moscú. Creó un teatro, trajo músicos y cantantes italianos y además se ocupó de cambiar la arquitectura de San Petersburgo para reflejar los estilos dominantes en la Europa de la época.

En 1717 Catalina I encarga a su arquitecto personal, el alemán Johann-Friedrich Braunstein, la construcción de una casa de verano. Años después, en 1733, la emperatriz Ana emprende la expansión del palacio, pero para Isabel se había quedado anticuado y encargó una remodelación total, tomando como base las características del estilo rococó. 


Isabel Petrovna fallecía sin dejar descendencia el 25 de diciembre de 1761, según el calendario ruso, que aún no era el gregoriano. El trono era ahora para su sobrino, Pedro III.

http://themaskedlady.blogspot.com.es/2010/11/isabel-petrovna-emperatriz-de-rusia.html

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